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Enfermedad de Alzheimer y otras demencias, trastorno depresivo, accidente cerebrovascular, epilepsia, condición del espectro autista, trastorno obsesivo-compulsivo, trastorno bipolar… Estas son solo algunas de las enfermedades del cerebro. Los síntomas no siempre son muy claros y, muchas veces, podemos tardar años en detectarlos. O los reconocemos cuando se van agravando y nos generan una señal de alerta para realizar la consulta médica. ¿Qué es normal y qué no? ¿A quién acudir para obtener un diagnóstico adecuado? ¿Cómo abordar el tratamiento y asistir de la mejor manera? Y, sobre todo, ¿cómo seguir adelante y acompañar sin desmoronarnos en el camino? Este grupo de profesionales de excelencia nos ofrece una guía práctica para detectar las enfermedades del cerebro y actuar de acuerdo con cada etapa. Un material imprescindible para Saber acompañar sin miedo y con empatía.
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Seitenzahl: 418
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Dr. Facundo Manes
Todos, en una u otra medida, necesitamos de los demás. Pero hay quienes tienen mayores limitaciones para cuidarse a sí mismos y requieren de la presencia y acción más frecuente del otro. Este libro está pensado y destinado a este otro, que cuida, que acompaña, que expresa de la manera más cabal lo que significa ser humano.
Por eso es que al escribir estas breves palabras iniciales siento responsabilidad y honor. Responsabilidad, porque a lo largo de todos estos años de médico pude experimentar una y otra vez lo importante que es el conocimiento para poder mejorar la calidad de vida de los familiares de los pacientes con enfermedades neurológicas o psiquiátricas. Por otro lado, el honor de colaborar con este granito de arena con mis colegas que depositaron en mí su confianza para comunicar a la sociedad información con una alta calidad científica y contenido humanista.
Este libro está escrito y editado por expertos en el tema. Se trata, sin dudas, de una guía recomendada para familiares, cuidadores y personas cercanas a un ser querido que padece una enfermedad mental. Un material así es resultado de una nueva época en la comprensión de las enfermedades de la mente: combina información basada en neurociencias con la experiencia profesional junto con consejos prácticos y ejemplos específicos. A lo largo de estas páginas, los familiares y cuidadores encontrarán datos relevantes e información seleccionada sobre los distintos aspectos del cuidado y acompañamiento de alguien que padece una enfermedad mental, desde los aspectos médicos hasta los legales.
Como neurólogo y especialista en neuropsiquiatría, tuve la posibilidad de acompañar a muchas familias a transitar el arduo camino del diagnóstico y tratamiento de la enfermedad mental. Y así, comprobar lo afectuoso y a la vez exigente que puede ser ese camino. Los autores y las autoras de este libro, a partir de sus sólidos conocimientos científicos y vasta experiencia clínica, han logrado dar cuenta de este recorrido para acompañar al que acompaña, cuidar a quien cuida.
Comenzando por el momento de la primera consulta, los miedos y desafíos y la importancia del diagnóstico médico oportuno, este trabajo nos invita a conocer cuáles son las evaluaciones específicas muchas veces necesarias para lograr una comprensión más acabada de lo que le sucede a quien padece la enfermedad mental. Los resultados que arrojan las evaluaciones son un paso clave para el diagnóstico y el diseño de un tratamiento adecuado, incluyendo diversos aspectos del tratamiento, como la medicación, el tratamiento psicológico, herramientas como el mindfulness, los aportes de la terapia ocupacional, el rol de la terapia física, el entrenamiento cognitivo, de las habilidades sociales y del lenguaje. También, se describe la importancia de la expresión artística para la rehabilitación y el rol de una alimentación adecuada, además de nombrar otros posibles tratamientos actuales. Estas páginas abordan temáticas que exceden el tratamiento en sí mismo y nos llevan a pensar en tópicos tan relevantes como el rol fundamental que tiene la familia, el régimen jurídico en la salud mental, la vuelta a actividades esenciales para el bienestar personal, como lo son el trabajo, el estudio o la incorporación de hábitos saludables. Asimismo, en la responsabilidad social en derribar de una vez por todas el estigma de las enfermedades mentales.
Estoy seguro de que este libro será una herramienta muy importante para transitar este camino, no solo al brindar información relevante sino también como fuente de reconocimiento y esperanza para quienes están ahí, tendiendo la mano, andando y ayudando a andar.
Julián BustinMédico psiquiatra y especialista en gerontopsiquiatría
Teresa TorralvaNeuropsicóloga
“Hace años, un estudiante le preguntó a la antropóloga Margaret Mead cuál consideraba ella que era el primer signo de civilización en una cultura. El estudiante esperaba que Mead hablara de anzuelos, ollas de barro o piedras de moler. Pero no. Mead dijo que el primer signo de civilización era un fémur que se había roto y luego sanado. Mead explicó que, en el reino animal, si te rompes una pierna, mueres. No puedes huir del peligro, ir al río a tomar algo o buscar comida. Eres carne de bestias que merodean. Ningún animal sobrevive a una pierna rota el tiempo suficiente para que el hueso sane. Un fémur roto que se ha curado es evidencia de que alguien se ha tomado el tiempo para quedarse con el que se cayó, ha vendado la herida, lo ha llevado a un lugar seguro y lo ha ayudado a recuperarse. Mead dijo que ayudar a alguien más en las dificultades es el punto donde comienza la civilización”.
Este párrafo aparece en un libro de Ira Byock, un médico estadounidense que se dedica a los cuidados paliativos. Refleja de alguna manera la idea que queremos transmitir en este libro. Solamente vamos a llegar a construir un estado de bienestar personal, familiar o una sociedad civilizada cuando podamos ayudar y acompañar adecuadamente a las personas con enfermedades mentales. Y eso solo lo podemos realizar si estamos empoderados y libres porque tenemos los conocimientos e información necesaria para poder preguntar, acompañar, cuestionar, empatizar o lo que corresponda en cada momento de este trayecto para lograr una mejor calidad de vida de las personas.
Porque como todos sabemos, no hay salud sin salud mental. Una de cada cuatro personas en el mundo padece una enfermedad mental, y seis de las diez enfermedades que producen mayor discapacidad son enfermedades mentales. En este libro, cuando hablemos de enfermedades mentales nos vamos a referir a lo que expresa Eric Kandel, Premio Nobel de Medicina, y que ampliaremos en el primer capítulo: “La nueva biología de la mente se basa en la suposición de que en todos los procesos mentales interviene el cerebro, desde los procesos inconscientes que guían nuestros movimientos al patear una pelota, hasta aquellos que nos permiten interactuar con otras personas. Las alteraciones en la salud mental surgirían cuando ciertas partes de los circuitos cerebrales son hiperactivas, hipoactivas, inactivas o son incapaces de comunicarse de manera eficaz. En muchos casos, estos cambios no implican modificaciones estructurales permanentes del cerebro”.
Por lo tanto, al hablar de enfermedades mentales nos referimos a todas las enfermedades que son originadas por una disfunción cerebral y que se expresan con síntomas psicológicos, cognitivos y conductuales. Es decir, que afectan las emociones, el pensamiento y el comportamiento.
Entre las distintas enfermedades mentales podemos mencionar: los trastornos del estado de ánimo, los trastornos de ansiedad, la esquizofrenia, los trastornos neurocognitivos y muchos otros que se encuentran descriptos en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (dsm 5) y en la categoría V de la Clasificación Internacional de las Enfermedades (icd-10). Estos son los manuales diagnósticos que se utilizan en la actualidad a nivel mundial.
Teniendo en cuenta esa definición de enfermedad mental, este libro también está dirigido a los familiares de personas que tienen síntomas psicológicos, conductuales o cognitivos relacionados con enfermedades neurológicas, tales como enfermedad de Parkinson, de Alzheimer, epilepsia, accidente cerebrovascular, esclerosis múltiple, traumatismo de cráneo, entre muchas otras. Sin distinción de edad (niños, adolescentes, adultos jóvenes y adultos mayores) e independientemente del origen de los síntomas. También está dirigido a familiares que recién ingresan al universo de la enfermedad de su ser querido, a aquellos que ya la conocen, pero no obtuvieron las respuestas que necesitaban, a aquellos que probaron diferentes tratamientos y sienten que se estancaron o llegaron a un techo y también a aquellos que siempre quieren saber y conocer más para ayudar mejor.
Sin embargo, a pesar de la gran prevalencia de las enfermedades mentales, el sufrimiento estremecedor que generan en las personas que las padecen, sus familiares y otros seres queridos, y los altos costos para las diversas economías y los sistemas de salud, aún existe una compleja y preocupante mezcla de desconocimiento y alto estigma en la población general en casi todo lo que respecta a este tipo de enfermedades. Como profesionales de la salud mental, recibimos a diario y en distintos momentos del día algunas de las siguientes preguntas de pacientes, familiares, amigos e incluso de los diversos medios de comunicación:
¿Es normal lo que estoy sintiendo? ¿Me tengo que preocupar por la conducta de mi hijo? ¿A quién consulto por lo que le está pasando a mi mamá? ¿Tiene alguna enfermedad? ¿Tiene algún nombre eso que le está pasando? ¿Le decimos qué es lo que tiene? ¿Cuál es el pronóstico? ¿Por qué le pasa esto? ¿Es hereditario? ¿Cómo se hace el diagnóstico? ¿Cuáles son los tratamientos? ¿Cómo puedo ayudar para que esté mejor?
Lo cierto es que debido a esta preocupante mezcla de gran desconocimiento y alto estigma asociado a las enfermedades mentales, muchas veces los pacientes y sus familias no cuentan con información clara que les permita transitar de la mejor manera posible por estos difíciles momentos de sus vidas. Muchas veces estas enfermedades pueden durar muchos años o ser crónicas.
Así, este libro tiene como objetivo brindar información práctica, que ayude a transitar las distintas etapas de una enfermedad mental desde las primeras preocupaciones hasta llegar al diagnóstico. También conocer cuáles son los cambios conductuales, cognitivos y psicológicos que pueden aparecer, cuáles son los tratamientos más frecuentes y cuál es el impacto de las enfermedades mentales en las relaciones interpersonales. Se revisará también el rol del equipo interdisciplinario incluyendo a los médicos especialistas, la psicoterapia, la terapia ocupacional, la fonoaudiología, la estimulación cognitiva, el entrenamiento en habilidades sociales, las terapias basadas en las artes, entre otros. Se brindará información acerca de cuándo es necesario incluir opciones de tratamiento más específicas o recibir asesoramiento legal. Como otro punto fundamental, se abordarán las temáticas relacionadas con la vuelta al trabajo, al estudio y a la propia comunidad. Revisaremos cómo las actividades recreativas pueden ser fuente de bienestar y cómo ayudar a la familia y al paciente a combatir el estigma asociado a las enfermedades mentales. Llegando al final de este recorrido se brindarán algunas recomendaciones de cómo convivir con la enfermedad mental de un ser querido. Se darán a conocer los distintos aspectos del estrés del cuidador para reconocerlos e intentar prevenirlo o reducirlo. Por último, cerraremos este recorrido con las consideraciones finales relacionadas con cuánto ayuda el conocimiento a la hora de acompañar al paciente, sus familiares y seres queridos en este camino complejo y lleno de desafíos.
Al comienzo de cada sección, presentaremos testimonios de pacientes o familiares que han atravesado por las distintas etapas de este proceso, porque no hay nadie mejor que cada uno de ellos para transmitir su experiencia. El libro cuenta también con diversos relatos de situaciones similares a las que tú y tus familiares pudieron haber atravesado. También incluye un pequeño glosario que tiene como objetivo definir algunos términos para hablar el mismo idioma.
Si logramos nuestro cometido, al terminar de leer estas páginas tendrás nuevas opciones de tratamiento, sabrás cómo encarar el diagnóstico, te liberarás de los prejuicios y los mitos con respecto a las enfermedades mentales, sabrás cómo acompañar de manera más eficaz a tu familiar que padece una enfermedad mental y al resto de tu familia que seguramente también lo necesitan. Finalmente conocerás o redescubrirás nuevos recursos que probablemente no sabías que tenías.
En síntesis, el equipo interdisciplinario de profesionales de INECO, especialistas en distintos aspectos del diagnóstico y tratamiento de las enfermedades mentales, te ofrecen de forma ordenada y en un lenguaje simple este libro que intentará acompañarte, darte seguridad y empoderarte durante el recorrido.
¿Empezamos?
En el caso de Carlos, mi marido, haber tenido un diagnóstico temprano fue fundamental para entender, vivir, convivir y adaptarnos a una nueva realidad. En nuestra casa, los olvidos frecuentes eran una de las cosas que tomábamos con humor entre la familia, por lo que no nos llamaba la atención. Por casualidad, o causalidad, al compartir un almuerzo con otras personas, una amiga de la familia nos preguntó si mi marido estaría dispuesto a hacerse una evaluación, y lo aceptamos sin ninguna inquietud. Luego de varias sesiones y estudios exhaustivos tuvimos la confirmación del diagnóstico.
Necesitábamos saber cómo sería el desarrollo de la enfermedad y en cuánto tiempo el deterioro se acentuaría y marcaría limitaciones. El objetivo fue entonces que él disfrutara lo máximo posible en todo lo que le resultara placentero. A Carlos siempre le gustó la fotografía, el arte, la música, la lectura y sobre todo viajar, así que desde ese momento nos dedicamos a todas esas actividades que lo entusiasmaban y le generaban interés. A medida que transcurría el tiempo, las fuimos adaptando a sus posibilidades, por lo que pudo disfrutar al máximo con su familia y sus amigos, que lo han estado mimando y acompañando de la manera más amorosa a nuestro alcance.
La detección temprana y el diagnóstico han sido fundamentales para poder transitar la patología de la persona que más amo con la mejor calidad de vida que le hemos podido brindar.
—Becky, esposa.
Siempre la admiré a mi hermana, como estudiante, como cocinera, por sus gustos definidos y excéntricos, por su sensibilidad, su forma compasiva y su bondad, pero también como hermana mayor. En la adolescencia las cosas se volvieron tormentosas para ella y me distancié un poco y un poco más cuando fuimos creciendo, me recuerdo desorientada. Cuando me explicaron la enfermedad que tenía, las cosas cambiaron. Hoy la abrazo muy fuerte cada vez que la veo. Me enorgullece su valentía cuando todos los días atraviesa lo que le pasa, y la apoyo en lo que puedo.
—Anastasia, hermana.
Fabián TriskierMédico psiquiatra
María acaba de salir de una consulta con el nuevo pediatra de sus hijos, Federico de 7 años, Olivia de 5 y Ulises de 2. Llorando, intenta llamar por teléfono a su marido. Está muy angustiada porque el pediatra le sugirió hacer una consulta con un psiquiatra infantil. No es que el profesional haya observado nada que ella no hubiera percibido antes, pero hasta ese momento, nadie le había sugerido hacer ese tipo de consulta.
“¿Está seguro, doctor? ¿No le parece que son muy chiquitos para eso?”, le preguntó conteniendo el llanto.El pediatra le explicó que no, que no había edad para hacer una consulta a un especialista, si esta estaba justificada. Y que le preocupaban algunos comportamientos de Federico y Ulises. Federico había estado sufriendo crisis de mucha angustia cada vez que María se separaba de él. Cada mañana, el ingreso a la escuela resultaba problemático, porque el niño comenzaba a llorar y se resistía a ingresar al edificio. En esas circunstancias, solamente Olivia, su hermana, podía calmarlo. Respecto a Ulises, al pediatra le preocupó la pobreza de su lenguaje, su indiferencia a interactuar con otras personas, su costumbre de pasar mucho tiempo jugando solo y de no fijar la mirada cuando le hablaban. María acordaba con lo que el pediatra había observado sobre la conducta de Ulises, pero argumentó: “Igual mi hijo se hace entender, seguro le pasa porque tiene hermanos más grandes”. Y agregó que le habían dicho que había que esperarlo, que “cada chico tiene su tiempo”.
“¿Con un psiquiatra, doctor?’’. El profesional le respondió que la psiquiatría es una especialidad médica al igual que la pediatría, pero eso no convenció a María: “Al pediatra van todos los chicos, al psiquiatra no... ¿Cómo voy a decir que llevé a mis hijos a un psiquiatra?”. Sin embargo, para ella, la psiquiatría no era una especialidad desconocida. De hecho, tiempo atrás María había sido derivada por su psicoterapeuta a una interconsulta con una psiquiatra luego de diagnosticarle un trastorno de ansiedad con crisis de pánico. La psiquiatra a la que consultó no consideró necesario hacer ninguna indicación farmacológica, y ella continuó el tratamiento psicoterapéutico con buenos resultados. Mientras pensaba e intentaba disimular su angustia frente a sus hijos, siguió intentando comunicarse sin éxito con su esposo. María sabía que él no estaría de acuerdo con hacer una consulta psiquiátrica. Para él, la psiquiatría tampoco era una disciplina desconocida. Siempre atribuyó a los psiquiatras la responsabilidad por el suicidio de su hermano mayor, que desde joven había sufrido alternancias de episodios de depresión con otros en los que se encontraba hiperactivo, eufórico y verborrágico, sin necesidad de dormir y en algunas ocasiones con ideas delirantes. Nunca aceptó el diagnóstico de trastorno bipolar de su hermano, al igual que no había aceptado el tratamiento psiquiátrico que le indicaron a él. Tampoco había querido hacer una consulta a un especialista por su madre, quien había estado teniendo problemas en su memoria y cambios marcados en su conducta: “Lo único que falta es que me digan que tiene alzhéimer…”.
Las reacciones de María y su esposo respecto a la psiquiatría no son inusuales. En las primeras páginas del libro El gen, el oncólogo y escritor estadounidense Siddhartha Mukherjee, nacido en la India, relata cómo su padre nunca aceptó el diagnóstico de esquizofrenia de su sobrino y “llevó a cabo una solitaria campaña contra los psiquiatras encargados de cuidarlo, con la esperanza de convencerlos de que su diagnóstico fue un colosal error, o que su destrozada psique se arreglaría de alguna manera mágica”.
La consulta a un especialista en salud mental, y fundamentalmente si se trata de un psiquiatra, sigue despertando resistencia y temor en muchas personas, sin embargo, es la vía necesaria para establecer un diagnóstico y prescribir un tratamiento adecuado.
Las enfermedades mentales rara vez aparecen “de la nada”. Muy a menudo, la familia, los amigos, los maestros, algún compañero de trabajo, un médico o la persona misma comienzan a reconocer pequeños cambios de comportamiento o la sensación de que “algo no está del todo bien”.
Es importante aclarar que la presencia de un número reducido de síntomas por sí solo no necesariamente indica una enfermedad mental. Sin embargo, deberían tomarse en cuenta como un indicador para realizar una consulta profesional. La coexistencia de varios síntomas a la vez, la persistencia de estos por un período significativo de tiempo o la percepción de que los síntomas están causando un malestar que genera dificultades a la hora de estudiar, trabajar o relacionarse con los demás sí son un motivo para consultar a un profesional de la salud mental. En ciertos casos, por ejemplo en personas con pensamientos o intenciones suicidas, o en personas con intención de hacer daño a otros, la atención debería ser inmediata.
Reconocer los síntomas y signos de una enfermedad en las primeras etapas de su desarrollo puede ser de gran ayuda. Las intervenciones tempranas permiten reducir la gravedad de una enfermedad, retardar su curso y, en algunos casos, prevenir por completo su desarrollo.
Si una persona presenta una o varias de las siguientes situaciones, es conveniente que realice una consulta con un profesional de la salud mental:
Eric Kandel, Premio Nobel de Medicina, describe en uno de sus libros como, hasta no hace mucho tiempo, los psiquiatras consideraban que los trastornos mentales se relacionaban con factores psicosociales que alteraban la mente, mientras que los trastornos neurológicos tenían que ver con factores biológicos que alteraban el cerebro. Consideraban al cerebro y a la mente como entidades totalmente separadas. No se pensaba que los problemas emocionales o conductuales estuvieran vinculados a una disfunción de los circuitos cerebrales. De hecho, hasta la década de 1990 era habitual clasificar los trastornos mentales en orgánicos o funcionales.
La nueva biología de la mente, dice Kandel, se basa en la suposición de que en todos los procesos mentales interviene el cerebro, desde los procesos inconscientes que guían nuestros movimientos al patear una pelota, hasta aquellos que nos permiten interactuar con otras personas. Las alteraciones psiquiátricas surgirían cuando ciertas partes de los circuitos cerebrales son hiperactivas, inactivas o incapaces de comunicarse de manera eficaz. En muchos casos, estos cambios no implican modificaciones estructurales permanentes del cerebro y, por lo tanto, son más fáciles de corregir. Kandel es de los que piensan que en la medida que avance la investigación del cerebro y de la mente, no habría grandes diferencias entre las enfermedades neurológicas y psiquiátricas.
Por otra parte, hoy es posible afirmar que las psicoterapias tienen la capacidad de actuar sobre los circuitos cerebrales que determinan una conducta, para modificarla y lograr así el alivio de los síntomas. Los tratamientos para las enfermedades mentales son cada vez más eficaces. Sentimientos como la vergüenza, el miedo o la negación pueden generar demora o directamente evitar la búsqueda de ayuda profesional. Muchas veces esto sucede por atribuir al malestar de las personas causas morales o considerarlo parte de una personalidad débil que debe fortalecerse. Las enfermedades mentales son problemas de la salud y así deben ser encaradas, sabiendo que existen profesionales que pueden ayudarnos.
Un psiquiatra es un médico que, luego de haber finalizado sus estudios en la Facultad de Medicina, ha completado una formación de posgrado en Psiquiatría. Un psiquiatra puede prescribir a su paciente medicamentos y otro tipo de tratamientos médicos. Además, debería ser capaz de llevar a cabo una psicoterapia, aunque no todos lo hacen. En caso de que no se dedique a realizar psicoterapia, debería derivar a la persona a un psicólogo, en caso de necesitarla. El psiquiatra puede indicar una medicación de la misma forma en que se hace en otro tipo de especialidades médicas. Probablemente, antes de hacerlo, le pedirá al paciente algún estudio: el análisis de laboratorio y el electrocardiograma son los más frecuentes. Esto no debería generar preocupación, por el contrario, son controles previos necesarios. También, podrá solicitar una consulta con otros profesionales de la salud; por ejemplo, especialistas en neurología, endocrinología o clínica médica. Algunas alteraciones psicológicas, de la conducta o cognitivas de la persona podrían deberse a alteraciones en ciertas hormonas, como las producidas por la glándula tiroides. Otras podrían ser consecuencia de alguna enfermedad neurológica, como la epilepsia, la enfermedad de Parkinson o el traumatismo craneoencefálico, entre muchas otras. En esos casos, la interconsulta será necesaria para establecer un diagnóstico y un tratamiento adecuado. Los psicofármacos pueden ayudar a corregir los desequilibrios en la química cerebral que se cree que están involucrados en algunos trastornos mentales. Las personas en tratamiento con medicamentos a largo plazo necesitarán encontrarse con su psiquiatra periódicamente para monitorear la efectividad del mismo y cualquier efecto secundario que pudiera aparecer.
Un psicólogo es un profesional que ha completado sus estudios en la Facultad de Psicología y que, a menudo, ha realizado estudios de posgrado en Psicología Clínica u otras especialidades, como la neuropsicología. Los psicólogos clínicos tratan los trastornos mentales con psicoterapia y no están habilitados a prescribir medicamentos. Existen numerosas formas de psicoterapia, con diferentes orientaciones teóricas. Algunas pueden demostrar su eficacia a través del método científico, otras no. En general, todas se basan en un vínculo de diálogo entre el terapeuta y el paciente. Su objetivo es eliminar o controlar los síntomas problemáticos para que la persona pueda sentirse mejor. Dependiendo de la magnitud del problema, el tratamiento puede durar unas pocas sesiones durante algunas semanas o muchas sesiones durante varios años. La terapia se puede hacer individualmente, en pareja, en familia o en grupo. Hay psicoterapias que ayudan a los pacientes a cambiar conductas o patrones de pensamiento, o a explorar el efecto de las relaciones y experiencias pasadas en las conductas presentes. Otras, se focalizan en los modos en los que la persona se vincula y comunica con la familia y otras relaciones.
Psicólogos y psiquiatras están capacitados para hacer un diagnóstico en salud mental. Sin embargo, podría suceder que la entrevista diagnóstica no sea suficiente para cumplir con ese objetivo. Entonces ambos profesionales podrán complementarla con una evaluación neuropsicológica, una evaluación funcional o del lenguaje. En ciertos casos se requieren otro tipo de estudios, tales como análisis de laboratorio, electroencefalograma, neuroimágenes, que solamente pueden ser solicitados y evaluados por un profesional de la medicina. Entonces, el psicólogo debería derivar al paciente a un psiquiatra para completar adecuadamente el diagnóstico. Una vez establecido este, cada profesional deberá evaluar cuáles son los tratamientos indicados para el caso y comunicárselos al paciente. Probablemente, algunas personas requieran un abordaje colaborativo, en el que cada profesional realizará su intervención, pero que la mayoría del tiempo será complementaria.
También, el tratamiento podría estar a cargo de uno solo de los profesionales. Por ejemplo, un paciente con un diagnóstico de trastorno depresivo mayor podría ser tratado con psicoterapia. En esa situación, tanto el psicólogo como el psiquiatra podrían atenderlo. Sin embargo, de ser necesario incorporar al tratamiento algún medicamento antidepresivo, indefectiblemente deberá incluirse a un especialista en psiquiatría, mientras el psicólogo continúa con la terapia.
En Latinoamérica y el Caribe, ciertas patologías son abordadas de manera similar por diferentes especialidades médicas. Por ejemplo, las demencias son tratadas por psiquiatras, neurólogos o médicos geriatras en algunos casos. Otro ejemplo son las personas con diagnóstico correspondiente al espectro autista, quienes pueden ser atendidos médicamente por psiquiatras o neurólogos, según el caso. Ciertas patologías serán tratadas por un neurólogo, tales como la epilepsia, la enfermedad de Parkinson, la esclerosis múltiple o los traumatismos cerebrales. Sin embargo, también puede ocurrir que este especialista solicite la colaboración de psiquiatras o psicólogos para acompañar en el abordaje de los síntomas conductuales, psicológicos o cognitivos, como mencionamos previamente.
Debemos descartar algunas afirmaciones que no son ciertas. Eso nos ayudará a clarificar lo que venimos diciendo:
Esta afirmación es falsa. Ambos profesionales atienden problemas leves, moderados y graves, y muchos de los problemas de salud mental se pueden beneficiar con las intervenciones. Tener que tomar medicación no significa que un problema sea más grave, simplemente indica que, en un determinado momento, ese es el tratamiento más adecuado según la evaluación del profesional.
Esta afirmación es falsa. No todos los problemas de salud mental pueden tratarse con medicamentos. Son muchos los casos en los que la indicación, o al menos la primera indicación, es la psicoterapia. Por otra parte, no todos los tratamientos psicoterapéuticos son prolongados, esto puede depender de la orientación de los mismos, pero también de la necesidad de cada paciente.
Esta afirmación es un error. Algunos problemas de salud mental requieren necesariamente medicación para evitar que los síntomas afecten el bienestar de la persona o su entorno familiar o social. En esos casos, los psicofármacos posibilitan que la persona tenga un control sobre sus emociones o su conducta que, sin la medicación, sería imposible de conseguir.
Esta afirmación es falsa. Muchas terapias utilizadas por los psicólogos cuentan con respaldo científico en cuanto a su efectividad para solucionar ciertos problemas de salud mental. La palabra es uno de los medios (aunque no el único) que tiene el psicólogo para modificar el funcionamiento cerebral. En algunos casos, podrá enseñar y hacer practicar ejercicios diseñados especialmente para corregir y rehabilitar el funcionamiento disfuncional del cerebro. También, puede ayudar a la persona a adquirir nuevas habilidades en el ámbito social o emocional, a identificar y controlar conductas, pensamientos y emociones desajustados que actúan como factores que desencadenan o mantienen el problema psicológico.
En definitiva, tanto psicólogos como psiquiatras pueden ayudar a las personas con problemas de salud mental. Por regla general, el psicólogo lo hará fundamentalmente mediante psicoterapia, mientras que el psiquiatra lo ayudará con psicofármacos, aunque también puede estar capacitado para hacer psicoterapia.
Durante la primera entrevista, ya sea con un psiquiatra o un psicólogo, es muy importante que la persona sea tan abierta y honesta como sea posible. El profesional le hará preguntas para poder realizar una adecuada evaluación diagnóstica, así que es fundamental poder hablar y describir en detalle todos los síntomas que siente.
La persona que hace la consulta tendrá que exponer sentimientos y aspectos íntimos de su vida. Probablemente esa sea la parte más difícil, pues se está frente a alguien que es desconocido o con quien no hay un vínculo de confianza. Sin embargo, es de esperar que el profesional esté capacitado para tratar temas delicados de manera pertinente y paciente, por lo que no hay razón para avergonzarse. Todo aquello que se transmita durante la entrevista es de carácter confidencial y se encuentra amparado bajo el “secreto profesional”. De todos modos, el profesional podría considerar algunas excepciones que lo liberarían de dicho secreto, como por ejemplo, la consideración de que el entrevistado pueda encontrarse en una situación de riesgo inminente para sí mismo o para otros.
Muchas personas sienten ansiedad en su primera entrevista, por lo tanto, antes de concurrir, es recomendable escribir los principales motivos de la misma, tratando de incluir detalles explicativos. Por ejemplo: “Cada vez que salgo de casa me demoro mucho más tiempo que el resto de las personas, porque tengo que revisar al menos tres veces si cerré las ventanas y la puerta con llave. A veces llego hasta la esquina y tengo que volver, porque la duda no me deja pensar en otra cosa y pienso en lo que podría suceder si no cerré todo con llave”. Recordemos que no hay ningún motivo para sentirnos inhibidos o avergonzados por los síntomas, probablemente el profesional ya ha escuchado síntomas similares en otro paciente, aunque parezca que ninguna otra persona ha sufrido algo parecido.
Si la ansiedad es muy importante, ir en compañía de una persona cercana puede ser de utilidad. Además, podrá responder a preguntas específicas del profesional y ofrecer una perspectiva diferente frente a ciertos hechos, agregando información que podría ser relevante.
Es natural que la persona prefiera esconder cierta información o aspectos de su vida personal en una entrevista. Sin embargo, el profesional no podrá ayudar de manera adecuada si no cuenta con la información completa. Probablemente será necesario hablar sobre temas que la persona no expondría en otro ámbito: tener una disfunción sexual, preocupaciones excesivas por cuestiones que no lo justifican, realizar compras y gastos excesivos que la han llevado a endeudarse, tener una compulsión al juego, o el incremento en el consumo de bebidas alcohólicas, por ejemplo. Además, es muy importante responder a las preguntas del profesional con la mayor precisión y honestidad posible.
Es muy importante concluir la consulta habiendo comprendido bien las explicaciones e indicaciones del profesional. Y haber realizado todas las preguntas que se consideren necesarias. Si algo no se comprende durante la entrevista, se le debe pedir al profesional que lo repita o que ponga por escrito información importante para no olvidar.
Por ejemplo, si el profesional es un psiquiatra y prescribe un medicamento, debería comunicar cómo se espera que el fármaco actúe e informar sobre cualquier efecto secundario que pueda tener. También, se puede preguntar qué otras opciones de tratamiento pueden estar disponibles, tales como la psicoterapia o si correspondiera, cambios en los hábitos de vida.
La primera entrevista debería terminar con un diagnóstico y un plan de tratamiento. Si no es posible establecer uno en la primera consulta, es importante aclarar cuáles deberían ser los pasos para lograrlo.
En caso de que el profesional indicara una psicoterapia, es importante que pueda sugerir también la orientación de la misma y las razones acerca de por qué esa orientación sería la más adecuada para tratar los síntomas que han motivado la consulta.
Las enfermedades mentales muchas veces están atravesadas por numerosos prejuicios. Uno de ellos es el de la responsabilidad, la idea de que las personas son causantes de sus problemas. Por el contrario, como bien lo explica el médico psiquiatra Marcelo Cetkovich (ver el Capítulo 26), no son bajo ningún aspecto enfermedades autoprovocadas, sino que tienen una base psicobiológica compleja y requieren tratamientos combinados complejos. Este tipo de prejuicios son parte de un conjunto de conductas y concepciones equivocadas que configuran el estigma hacia las personas que sufren trastornos mentales y, por extensión, a algunas for-mas de tratamiento. Estos prejuicios deben ser evitados.
La aparición de signos y síntomas, tales como los que se describen más arriba, que perduran en el tiempo y generan malestar en las personas, deberían ser razones suficientes para hacer una consulta con un especialista en salud mental. La mayoría de los trastornos mentales muestran un importante retardo entre la aparición de los síntomas y la primera consulta. Este período puede llegar a ser muy prolongado, y durar varios años. Hoy contamos con evidencia suficiente para afirmar que la detección y el inicio temprano de tratamientos adecuados para la mayoría de los trastornos mentales implican mayores probabilidades de efectividad terapéutica.
Finalmente, María aceptó la sugerencia de su pediatra de consultar a una psiquiatra infantil para evaluar a Federico y a Ulises. Su esposo, luego de expresar su resistencia, la acompañó. La psiquiatra hizo un diagnóstico de ansiedad de separación en el caso de Federico y lo derivó a una psicóloga. Luego de algunas sesiones de terapia individual y de entrevistas de orientación a padres, Federico modificó su conducta para ir a la escuela.
El caso de Ulises fue diferente. La psiquiatra le solicitó hacer una evaluación neuropsicológica y algunas interconsultas: a una fonoaudióloga, a una terapeuta ocupacional y a una neuróloga infantil. Se estableció un diagnóstico de condición del espectro autista y se inició un tratamiento interdisciplinario. Sus padres saben que el tratamiento de Ulises será muy diferente al de Federico, pero todos los profesionales coincidieron en que el haber realizado un diagnóstico temprano y comenzado con un tratamiento eran condiciones positivas para esperar una buena evolución del niño dentro de las limitaciones propias de su condición.
La vida de María y su esposo cambió muchísimo después de conocer el diagnóstico de Ulises. Sin embargo, con la ayuda de los profesionales a cargo de su tratamiento pudieron informarse acerca de la condición de su hijo, de sus necesidades y de cómo responder en las situaciones difíciles. Saben que las dificultades de Ulises no son responsabilidad de ellos como padres, pero sí asumen la responsabilidad de hacer lo posible para garantizarle un tratamiento adecuado. Saben que haber llegado al diagnóstico tempranamente ha sido muy positivo. La vida también ha cambiado para los suegros de María, luego de que su esposo aceptó hacer una consulta psiquiátrica con su madre. Después de algunas evaluaciones y estudios, el profesional descartó el diagnóstico de enfermedad de Alzheimer y la derivó a una neuróloga, quien finalmente le diagnosticó la enfermedad de Parkinson.
A diferencia de la reacción del padre de Siddhartha Mukherjee, y de como él mismo hubiera reaccionado anteriormente, el esposo de María concurrió junto a su madre a las diferentes entrevistas con profesionales. En cada consulta, les fueron informando acerca de las características del trastorno que tenía y de las diferentes alternativas terapéuticas para poder asegurar la mejor calidad de vida para su madre.
▶ Si se perciben cambios en el comportamiento o la sensación de que “algo no está del todo bien”, consulte con un profesional de la salud mental.
▶ Si estos cambios impactan en la vida cotidiana, trabajo o estudio, es suficiente motivo para realizar una consulta.
▶ Las enfermedades mentales son problemas de salud y existen profesionales especializados en ellas.
▶ En la entrevista con el profesional de la salud mental la persona debe ser lo más honesta posible, solo así podrá recibir ayuda.
▶ Los profesionales de la salud deben guardar el secreto profesional, salvo que esté en riesgo la seguridad del paciente o de terceros.
— Baxter, L.R., Schwartz, J. M., Bergman, K. S., Szuba, M. P., Guze, B. H., Mazziotta, J. C., Alazraki, A., Selin, C. E., Ferng, H. K., Munford, P. y col. (1992). Caudate glucose metabolic rate changes with both drug and behavior therapy for obsessive-compulsive disorder. Arch Gen Psychiatry, 49(9), 681-689. DOI: 10.1001/archpsyc.1992.01820090009002
— Cetkovich, M. (2018). El estigma de la enfermedad mental y la psiquiatría. Buenos Aires: Editorial Paidós.
—Kandel,E.R. (2019). La nueva biología de la mente. Qué nos dicen los trastornos cerebrales sobre nosotros mismos. Barcelona: Editorial Paidós.
— Mukherjee, S. (2017). El Gen. Una historia personal. Barcelona: Editorial Debate.
— Porto,P.R., Oliveira, L., Mari, J., Volchan, E., Figueira, I. & Ventura, P. (2009). Does Cognitive Behavioral Therapy Change the Brain? A Systematic Review of Neuroimaging in Anxiety Disorders. The Journal of Neuropsychiatry and Clinical Neurosciences, 21(2), 114-125. DOI: 10.1176/jnp.2009.21.2.114
Clara RodríguezMédica psiquiatra
Diana BrunoNeuropsicóloga
En el primer capítulo vimos los temores y prejuicios que hay que sortear antes de realizar una primera consulta con un profesional de la salud mental. Pero ¿cuáles son esos síntomas que observamos en nuestro familiar y que nos llevan a realizar la consulta? En este capítulo intentaremos clasificarlos, ver cómo se podrían combinar, conocer sus posibles causas y por qué es tan importante que el paciente reciba un diagnóstico y tratamiento adecuados.
Entre los motivos de consulta más frecuentes encontramos síntomas anímicos, ansiosos, psicóticos, cognitivos y conductuales.
Los síntomas anímicos más frecuentes son:
— Cambios del estado de ánimo: como tristeza, enojo e irritabilidad.
— Pensamientos como: “soy un inútil”, “soy una carga para los demás”, “no sirvo para nada”, “las personas quieren engañarme y usarme todo el tiempo”, “esto nunca va a cambiar”, “las cosas van a empeorar”.
— Incremento o disminución del apetito.
— Alteraciones del sueño: dormir más o menos tiempo de lo habitual.
— Disminución del nivel de energía al realizar las rutinas habituales (requieren de mayor esfuerzo o se dejan de hacer por completo).
— Falta de interés o disfrute (como desinterés por el cuidado personal, las actividades de ocio e incluso por el sexo).
Las personas que presentan algunos de estos síntomas hacen mucho esfuerzo para sostener sus actividades diarias. Estas actividades les demandan mayor energía de lo habitual, lo que puede ser percibido erróneamente por los demás como una actitud de pereza o desinterés.
Los síntomas ansiosos más frecuentes son:
— Nerviosismo, inquietud, palpitaciones o elevación de la frecuencia cardíaca (taquicardia).
— Sensación de ahogo, agitación, opresión en el pecho.
— Sensación de miedo intenso, percepción de muerte inminente, sudoración, escalofríos, sensación de irrealidad.
— Entumecimiento u hormigueo en alguna parte del cuerpo (generalmente los miembros superiores e inferiores), temblores, náuseas o molestias abdominales y mareos, que pueden llegar a desmayos.
Por sus características, varios de estos síntomas generan el temor de que algo malo está pasando a nivel físico, e incluso que la propia vida está en riesgo. De hecho, muchas consultas en las guardias de los hospitales suelen ser por este tipo de síntomas.
Los síntomas psicóticos más frecuentes son:
— Las alucinaciones, que pueden darse en todas las modalidades sensoriales (táctiles, olfativas, visuales y auditivas; estas últimas son las más frecuentes).
— Las ideas delirantes: son creencias falsas firmemente sostenidas a pesar de la evidencia en su contra, que condicionan cómo actuamos y nos sentimos. En mayor medida son de matiz paranoide (como sentirse perseguido).
Estos síntomas provocan cambios en la percepción y el contacto con la realidad. Las personas que los padecen rara vez los identifican como un problema, por lo que es muy difícil lograr que accedan a una consulta con un especialista en salud mental. Para lograr este objetivo podríamos apelar a diversas estrategias, como decirle a nuestro familiar que notamos que está muy preocupado por ese tema y que queremos consultar a un especialista, o bien decirle que somos nosotros quienes estamos muy preocupados y nos gustaría que nos acompañe. El concepto fundamental es no confrontar y que la persona se sienta acompañada. Si aun así nuestro familiar no quiere consultar, podemos asistir nosotros para recibir la orientación adecuada.
En los síntomas cognitivos podemos encontrar alteraciones en:
— La orientación: tener problemas para ubicarse en lugares no tan conocidos o para identificar en qué fecha estamos.
— La atención: distraerse fácilmente, la dificultad para hacer más de una cosa a la vez y la necesidad de prestar mayor atención o hacer más esfuerzos para realizar las tareas habituales.
— Las funciones ejecutivas: dificultades para resolver problemas cotidianos, para hacer planes a futuro o cambiar de actividad cuando es necesario, para hacer las cosas en orden (por ejemplo, seguir una receta de cocina que tiene varios pasos) y para terminar una actividad en un tiempo razonable.
— La memoria: los olvidos de planes previamente hechos (por ejemplo, una cita médica), de en dónde está o hacia dónde está yendo, de acontecimientos recientes (por ejemplo, qué desayunó hoy o con quién habló por teléfono), del lugar donde se dejan las cosas (como las llaves, el teléfono o el dinero) y de los nombres de personas cercanas (como nietos o amigos).
— La cognición social: dificultades para reconocer emociones o para darse cuenta de lo que la otra persona está pensando o sintiendo.
— En el lenguaje: dificultades para encontrar la palabra correcta, para entender lo que otros dicen, lo que lee o para expresar pensamientos.
Como se puede ver, la variedad de síntomas cognitivos es muy grande, por lo tanto, además de identificar cuáles están presentes en la persona, también es importante registrar en qué contexto aparecen y desde hace cuánto tiempo.
Por último, hablaremos de los síntomas conductuales, que suelen ser muy disruptivos y llamativos.
— Hay una amplia variedad de alteraciones como: comportamiento desorganizado, desinhibición (hace o dice cosas que antes no hubiera hecho o dicho), irritabilidad, verborragia, agitación, agresión verbal o física, risa inmotivada, aumentos en el volumen de la voz o comer con voracidad.
— Apatía, inhibición conductual, lenguaje enlentecido, bajo tono de la voz (tornándose casi inaudible), enlentecimiento en la marcha y aislamiento social.
Probablemente muchos de ustedes han observado algunos de los síntomas mencionados en su familiar más de una vez, y los subestimaron por considerar que eran esperables para la situación o que se relacionaban con su forma de ser. Otros, por el contrario, han buscado a un profesional de la salud para que los guíe y los ayude a acompañar a su familiar y, de alguna manera, mejorar su calidad de vida. Lo más importante es saber que estos síntomas no suelen presentarse todos juntos, sino que pueden combinarse de diferentes maneras y deberse a distintas enfermedades.
Asimismo, no hay que olvidar que estos síntomas, cualquiera sea la combinación en la que se presenten, resultan muy molestos para la persona que los padece, pues le generan emociones y pensamientos negativos y también mucho sufrimiento y angustia. Sus actividades cotidianas se ven afectadas y la persona rinde menos en todos los ámbitos. Incluso estos problemas pueden hacer que la persona se involucre en comportamientos de riesgo de tipo impulsivo, como el consumo de drogas o la actividad delictiva. Las relaciones interpersonales con familiares y amigos también se pueden ver seriamente comprometidas.
Para poder determinar un diagnóstico, el profesional va a tener en cuenta la combinación de los síntomas que presenta el paciente, la forma en que estos fueron apareciendo y cómo fueron evolucionando, los indicadores clínicos obtenidos en la entrevista inicial y los resultados de otros estudios complementarios. Tener un diagnóstico es sumamente importante para poder acceder al mejor tratamiento.
Ahora vamos a desarrollar las características de algunas de las enfermedades o condiciones que vemos más frecuentemente en nuestras consultas.
Los trastornos afectivos son enfermedades de origen biológico que afectan nuestra habilidad de experimentar estados de ánimo normales. Se caracterizan por los cambios del estado de ánimo persistentes (gran parte del día) y duraderos (días, semanas o meses) que se acentúan a tal punto que producen repercusiones negativas y alteraciones en el nivel de funcionamiento general (físico, psíquico y social). El más frecuente es el llamado trastorno depresivo mayor.
El trastorno depresivo mayor puede representar un serio problema de salud, ya que genera sufrimiento y entorpece la realización vocacional, el cumplimiento de proyectos y hasta la capacidad de cubrir las necesidades básicas. Quienes lo padecen atraviesan períodos de tristeza e irritabilidad, pérdida del interés y del placer por las cosas que antes le generaban motivación, dificultad para atender y concentrarse, disminución del nivel de energía, alteraciones en el sueño y el apetito, enlentecimiento psicomotriz, entre otros signos y síntomas.
A la hora de reconocer los síntomas es fundamental saber que la depresión no es una fluctuación anímica normal frente a situaciones que nos angustian, sino una fluctuación sostenida en el tiempo y que provoca un deterioro funcional considerable en quien la padece. Puede ser medida a través de un espectro de severidad: existen cuadros leves, moderados y severos.
Si bien no se puede determinar una causa para la depresión, se describen múltiples factores que aumentan el riesgo de padecerla. Entre ellos se encuentran los factores genéticos, las características predisponentes de la personalidad y todo tipo de eventos ambientales estresantes (tales como: el abuso sexual, dificultades socioeconómicas, escasa red social y familiar o pérdida de seres queridos). Las enfermedades crónicas, como las cardiopatías, el cáncer o cualquier condición que produzca dolor crónico, también aumentan el riesgo de padecer depresión; así como el abuso de alcohol y otras sustancias.
Este es un cuadro muy frecuente en nuestra sociedad. Al presente continúa creciendo el número de afectados y representa una de las principales causas de discapacidad alrededor del mundo, en particular en países latinoamericanos.
Los trastornos de ansiedad son el grupo de mayor prevalencia en Latinoamérica, y representa alrededor del 13 % de la población, según la Organización Panamericana de la Salud (OPS). No resulta novedoso saber que todos, en algún momento de nuestra vida, hemos estado preocupados o temerosos por algún motivo, pues ambas sensaciones y respuestas son esperables y surgen incluso como una estrategia para anticiparnos a un futuro daño. La preocupación nos acompaña en situaciones típicas como el trabajo, un examen, el momento previo a una decisión importante, el inicio de nuevos proyectos, etc.
La ansiedad, sin embargo, es una respuesta emocional displacentera y subjetiva provocada por el miedo. Cuando la ansiedad sobrepasa las posibilidades de adaptación puede volverse patológica y afectar nuestra cotidianeidad, configurando un desorden. Los desórdenes de ansiedad pueden presentarse con distintas particularidades. Los más frecuentes son: la ansiedad generalizada, la crisis de pánico y las fobias específicas.
En la ansiedad generalizada aparecen preocupaciones excesivas. Si bien la preocupación es habitual en la vida (por el dinero, la familia, el trabajo y la salud), quienes padecen de ansiedad generalizada están extremadamente preocupados por estos temas, incluso cuando no hay justificación para estarlo. Esto les genera dificultades para controlar su ansiedad y focalizarse. Algunos de los síntomas asociados son: inquietud, fatiga, dificultad para concentrarse, irritabilidad, tensión muscular y trastornos del sueño (uno de los grandes motivos que llevan a la consulta). La prevalencia del trastorno de ansiedad generalizada se estima alrededor del 2 % según la OPS, y suele afectar más a mujeres que a hombres y a adultos mayores.
La crisis de pánico es un episodio de miedo intenso que surge de manera espontánea. Quien lo padece queda sometido en forma inmediata a una intensa sensación de pérdida de control, acompañada de síntomas físicos como: incremento de la frecuencia respiratoria, sudoración, náuseas, dolor u opresión en el pecho, temblor, sensación de calor, mareos, sequedad de boca, dolor de estómago; junto a pensamientos catastróficos (que tienden a interpretar lo que se está percibiendo) como: “estoy descomponiéndome, estoy muriendo, estoy teniendo un infarto”, entre otros. La crisis dura entre 5 y 20 minutos, se presenta de manera recurrente, y entre los episodios se suele tener miedo a volver a padecerlos. Aunque no hay pruebas específicas de laboratorio o radiográficas para hacer su diagnóstico, es necesario descartar otras patologías físicas que tengan síntomas similares, como por ejemplo: infarto cardíaco, hipertiroidismo, síndrome del intestino irritable y asma.
Cuando hablamos de fobias específicas nos referimos a un miedo determinado, exacerbado y que anula nuestra capacidad de actuar. La persona afectada experimenta un elevado grado de ansiedad cuando se expone al objeto que le provoca la fobia. Incluso puede presentar reacciones físicas, como sequedad de boca, mareos, palpitaciones, náuseas y sensación de desmayarse. Las fobias son claramente diferentes de un “miedo normal”. Comienzan en la niñez, y son persistentes debido a que solo un bajo porcentaje de las personas afectadas buscan tratamiento. Las más prevalentes son la fobia a las alturas, a las tormentas, al agua, a volar, a las multitudes, a los espacios cerrados, a la sangre, a los dentistas y a los hospitales. Como se puede observar, suelen ser estímulos y situaciones a las que nos enfrentamos a diario, de ahí lo inhabilitante de las fobias. Afortunadamente, existen tratamientos con alto grado de efectividad para este tipo de desórdenes.
Tal como mencionamos anteriormente, otra causa frecuente de consulta son los síntomas afectivos, ansiosos, psicóticos, cognitivos o conductuales secundarios a enfermedades neurológicas. Estos tienen un gran impacto en el bienestar y la calidad de vida de quienes los padecen como de su entorno.
Un ejemplo podría ser el caso de la epilepsia, una enfermedad neurológica relacionada con la aparición de actividad eléctrica anormal en el cerebro. Las investigaciones realizadas a nivel mundial estiman que un 20-30 % de las personas con epilepsia sufren trastornos conductuales o psicológicos (de los cuales el 58 % son trastornos depresivos, el 32 % son agorafobia sin pánico u otros trastornos de ansiedad y un 13 % de psicosis). En relación al funcionamiento cognitivo, se ha reportado que un alto porcentaje de personas con epilepsia tienen compromiso en una o más funciones cognitivas, y entre las más afectadas se encuentran: la memoria, la atención, las funciones ejecutivas y el lenguaje.
También podemos citar el caso de la esclerosis múltiple, una enfermedad en la cual, según las investigaciones publicadas, hasta el 70 % de los pacientes tienen comprometido el funcionamiento cognitivo, incluso en estadios iniciales de la enfermedad. También se han reportado trastornos depresivos y de ansiedad.
Uno de los grandes desafíos de estos cuadros clínicos es que generan confusión para la persona que los padece, son difíciles de explicar o de poner en palabras. Para su entorno también es complejo tener una visión acabada de los cambios de conducta, de humor, rutinas de su familiar y, en consecuencia, poder contener y acompañar. Otra razón importante por la cual estas enfermedades ponen en especial alerta a la sociedad es que históricamente han sido estigmatizadas, e incluso algunas fueron conceptualizadas erróneamente como potencialmente peligrosas. Son frecuentes los sentimientos de culpa e incluso de vergüenza por sufrirlas.
