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Salí a buscarme puede clasificarse como una novela testimonial, pero también como un libro de superación personal. Una niña, Constanza, es abusada sexualmente en su niñez y su vida cambia drásticamente. La alegría de la adolescencia se convierte en drama y comienza una etapa de sacrificios, temores, cuestionamientos, culpas, remordimientos... Emociones y pensamientos que arrastra por mucho tiempo y que solo logra descifrar y enfrentar cuando, a partir de un afortunado encuentro con un grupo de asesores de desarrollo personal, se da su propio lugar en el mundo. Con un lenguaje directo, este libro muestra el exitoso, aunque muy duro, proceso espiritual y psicológico que emprende la protagonista para superar retos, sanar traumas de la infancia y alcanzar su integridad emocional. Sus páginas cuentan cómo salir de donde no se quiere estar, venciendo miedos y códigos establecidos por la sociedad. Este libro va dedicado a esas mujeres que se levantan cuando el mundo cae, secan sus lágrimas y sonríen para los demás. A esas mujeres que se comparan con otras porque les parecen más guapas, más exitosas y más seguras. A esas mujeres que cargan y soportan toneladas de culpabilidad de otros y aun así siguen en pie. Gracias por seguir, aunque la dureza de ser mujer sea más dura que la vida misma. Y recuerda: no hay nadie como tú, un ser maravilloso, perfecto y único.
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Seitenzahl: 188
Veröffentlichungsjahr: 2023
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SALÍ A BUSCARME
Inés Bello
© Inés Bello
© Salí a buscarme
Abril 2023
ISBN papel: 978-84-685-7450-9
ISBN ePub: 978-84-685-7449-3
Depósito legal: M-11195-2023
Editado por Bubok Publishing S.L.
Tel: 912904490
Paseo de las Delicias, 23
28045 Madrid
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No temas, mi niña, no sabes lo que tienes en herencia. Igual que Jesús sufrió y murió en la cruz, para luego estar a la derecha de su padre, a ti te tocó vivir este momento, para luego vivir en la felicidad.
Simón de Rojas
Índice
PRÓLOGO
INTRODUCCIÓN
14 de septiembre
Enero de 1969
CAPÍTULO 1. La llegada
Invierno frío
Enero del 69
CAPÍTULO 2. Mi árbol genealógico
Abril del 38
Noviembre del 33
Julio del 36
Verano del 53
La decisión
CAPÍTULO 3. Pérdida de confianza
Vivir con la suegra
CAPÍTULO 4. El cambio
Casa nueva
Navidad
CAPÍTULO 5. El colegio
Octubre del 75
Julio de 1980
CAPÍTULO 6. Falta de tiempo
Diciembre de 1980
Presencia de tristeza, pérdida de interés, sentimiento de culpa y falta de autoestima
CAPÍTULO 7. Casa de abuela y sus enseñanzas
Vacaciones diferentes
CAPÍTULO 8. Juegos de niños
6 de enero
6 meses después
CAPÍTULO 9. Vacaciones en casa de tía
Cambio de casa
Un verano fatal
CAPÍTULO 10. Encuentro inesperado
Encontronazo
02:00 a. m. de un día cualquiera
CAPÍTULO 11. Mi niña interior
La habitación
CAPÍTULO 12. Las creencias
Junio de 1983
El armario
Charla con el director
Día de lluvia
CAPÍTULO 13. Soledad
Amor: Es entregar aunque no recibas nada a cambio
CAPÍTULO 14. El trabajo
Primer día de trabajo
La señorita Raquel
CAPÍTULO 15. Depresión
Continuar
El diagnóstico
Las visitas
CAPÍTULOS 16. Despertar
La llamada
CAPÍTULO 17. Sanar las heridas
El cuidado de mi tía
Mi 50 cumpleaños
Mi mejor regalo
AGRADECIMIENTOS
SIMÓN DE ROJAS (28/10/1552 – 29/09/1624)
MIS LIBROS VITAMINA
PRÓLOGO
Recuerdo cuando conocí a Inés, iniciaba la formación para convertirse en coach y era imposible no dejarse contagiar por su alegría y su entusiasmo.
En cada encuentro ponía su humanidad al servicio de todos. Por eso me alegro mucho de que se haga realidad el sueño de su libro.
Creo que será bueno para cada persona que lo lea, porque esa chispa que tiene Inés encenderá más corazones.
Es un orgullo para la escuela Lider-haz-GO! saber que hemos servido de espacio de crecimiento para ella y le agradezco que me haya permitido acompañarla y contemplar su evolución.
Su libro es el relato de la superación, del reto de la vida y cómo aprender, hacerse responsable y protagonista del trayecto.
Fue un apoyo para disfrutar y acompañar a otros en el camino de la construcción de las personas que quieren ser.
Inés comparte desde su experiencia la comprensión de cómo el perdón del pasado permite agradecer el presente y generar el futuro que se quiere.
La felicidad es el estado emocional en el que uno vive armonizando con lo que piensa, con lo que siente y con lo que hace.
Desde ahí puede mirar y perdonar el pasado, respetando los valores que le transmitieron y acepta como propios, habiendo elegido los que sirven como pilares de su vida y superando los que son un obstáculo para el crecimiento.
Inés explica, con la autoridad de la propia experiencia, que la felicidad la construye cada uno, viviendo cada momento en ese equilibrio entre pasado y futuro, desde la responsabilidad y con consciencia de la libertad, disfrutando y aprendiendo cada paso del camino.
Gracias, Inés, por tu alegría, por tu vulnerabilidad y por permitir que tu luz ilumine más caminos.
María Manzano Sánchez
(Máster coach certificada por ICF.
Fundadora de Lider-haz-GO!)
A mi amorcitiño, porque un día me dijiste que podía, porque me ayudaste a creer en mí, porque siempre has estado cuando te he necesitado.
Gracias
INTRODUCCIÓN
Aunque los nombres y los lugares donde ocurrieron los hechos fueron cambiados, esta es una historia real de una mujer del siglo xxi llamada Constanza.
Este libro, con un toque de humor, quiere hacer pasar un rato agradable con su lectura, aun habiendo momentos dolorosos.
¡Ama la vida!, aunque siempre no fue así.
Ha venido arrastrando sus miedos, frustraciones y ansiedades por traumas de su pasado y pensaba que algún día todo iba a estar bien, que algún día sería feliz, que algún día tendría eso que deseaba, que algún día se acabaría su falta de estabilidad emocional, y así pasaba la vida y ese día nunca llegaba, pues estaba atrapada en su mente de escasez que no le permitía ser feliz.
Durante años sufrió agresión sexual por parte de un familiar y bullying fuera y dentro del colegio; esto hizo que más se esforzara en buscar protección en cualquier parte, estaba tan obsesionada en encontrar a alguien para que la salvara que se perdió a sí misma.
Con el paso de los años se dio cuenta de que solo ella podía salvarse, tomando decisiones que aunque difíciles, la han llevado al lugar donde está ahora, como un ser único y especial.
Esta es una historia sobre descubrirse a uno mismo, que no siempre te ayudan, que muchas veces te sientes sola aun estando en compañía, pero que no hay que perder ni abandonar tus sueños. El éxito está en la voluntad de ser constante en cuanto a lo que deseas, saber «perdonar» y saber «perdonarse».
«La vida, en general, es más un viaje que un destino».
Hoy por hoy, es mejor saber que no sabes nada y asumir cada día como un día más para explorar.
«SI CREES, PUEDES».
Este libro va dedicado a esas mujeres que se levantan cuando el mundo cae, secan sus lágrimas y sonríen para los demás. A esas mujeres que son madres, esposas, cuidadoras, cocineras, enfermeras, amantes, amigas, trabajadoras, todo menos lo que quieren «ser».
A esas mujeres que si les das una casa, te devuelven un hogar y una familia; a esas mujeres que están siempre a la sombra de un hombre y no hablan porque no tienen derecho a tener un propósito de vida.
A esas mujeres a quienes hacen callar golpeándolas y robándoles sus sueños; a esas que alimentan a sus familias sin trabajo, ese trabajo que le prohibieron hacer.
A esas mujeres que se casaron porque sus padres se lo dijeron y a esas otras que son criticadas porque con treinta años aún no lo han hecho.
A esas mujeres que padecen la menstruación y cuando les llega la menopausia, no les permiten tener cambios de humor, ni tampoco calores y sofocos nocturnos.
A esas mujeres que pierden su figura con el embarazo, paren con dolor, amamantan y pierden el sueño y, aun así, tienen que mantenerse guapas para que sus parejas no las abandonen.
A esas mujeres que se comparan con otras, porque les parecen que son mejores, más guapas, más exitosas y más seguras, pero recuerda…
«No hay nadie como tú, un ser maravilloso, perfecto y único».
¿Creen que somos débiles? Adelante, inténtenlo. ¿Creen que las palabras que nos hieren frenarán nuestro avance?
Ser mujer es duro, pero tenemos la fuerza de una «reina» sin poder serlo y sentimos que tenemos una misión en esta vida.
Un niño antes de empezar a andar se cae muchas veces, llora, busca consuelo y lo intenta de nuevo hasta que lo consigue. Pues la vida es igual, inténtalouna y otra vez y si caes, levántate, pide ayuda, pero no pierdas la «fe».
¡Mujer!, que crías a tus hijos sola, los educas, les enseñan valores y a enfrentarse a la vida. Esa vida que un día te da un puñetazo y te descolocas, maldices y preguntas: ¿por qué a mí?
En «ti» está la respuesta, solo debes tener una conversación contigo misma y en vez de preguntarte ¿por qué a mí?, pregúntate ¿para qué me sucedió esto?, ¿qué tengo que aprender? Todo es un aprendizaje y lo que nos sucede es una «lección».
Si crees en ti, «vivirás tu vida»; si permites que los demás te hagan creer que no puedes, entonces «vivirás sus vidas», la pena atacará directamente el alma y arrasará con todo.
A todas esas mujeres que cargan y soportan toneladas de culpabilidad de otros y aun así siguen en pie.
«Gracias por seguir, aunque la dureza de ser mujer sea más dura que la vida misma».
SALÍ A BUSCARME
14 de septiembre
Ese día, la primera vez que sucedió, digo la primera vez porque hubo muchas otras, no supe cómo reaccionar, solo tenía 11 años, no alcanzaba a comprender que una persona que se hacía llamar «mi tío», un familiar que me tenía que proteger, no lo hiciera. Me sentí tan rota y sucia, que también lo sintió mi corazón y desde ese momento algo en mí cambió, era como una muñeca destrozada que no sabe cómo recomponerse. Se rompió una parte de mi inocencia que se reía, era apasionada y quedó escondida por mucho tiempo. «Aprendí a tener miedo».
Tenía miedo del miedo que sentía cuando te veía aparecer. Se me paralizaba el cuerpo y no sabía cómo reaccionar ante ti; cuando me tomabas por la cara para acercar tus labios a los míos, sentía un escalofrío por todo mi cuerpo que hacía que tuviera arcadas y salía corriendo a encerrarme en mi habitación.
Siendo tan pequeña no entendía qué estaba sucediendo, pero sí entendía qué era sentir asco y lo sentí durante el tiempo que me tocó lidiar con estas acciones inaceptables o con este «juego», como tú lo llamabas. «Pero no se lo digas a nadie… ¡Shhhhh!... ¡Es nuestro secreto!», me decías.
¿Cómo te atrevías a decirle a una niña que aún no sabía lo que era la vida, que estaba empezando a descubrirla y que todo era curiosidad, que tuviera un secreto? Eso es irreal, es como estar separada de ti misma y de las emociones.
Según la gente que te conocía, eras un hombre educado, servicial, ordenado, te gustaba la limpieza y estar bien aseado, no soportabas los malos olores ni la suciedad. Creo que esos que hablan así de ti, no conocían tu otra personalidad: cruel, adúltero y que no respetabas el sexto mandamiento… «No cometerás actos impuros» pues el señor ha dicho:
«Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios». Los pecados contra la pureza cometidos con pleno conocimiento, son muy graves y creo que tú no verás a Dios precisamente.
Eras un buen actor, un impostor que fingía ser alguien que no es, representabas y hacías creer algo que no era verdad, con tus gestos y acciones. Tu identidad cambiaba según la relación con tu entorno.
Cada vez que era mi cumpleaños y soplaba las velas, pedía el mismo deseo: ¡por favor, que se muera!
Así año tras año, hasta la edad adulta, cuando recibí esa llamada para comunicarme lo que había sucedido.
No me lo podía creer, tu cuerpo estaba inerte, sin vida, y aunque el fallecimiento de alguien es doloroso, para mí fue todo lo contrario.
Me senté en el sillón paralizada, ¡no por lo que te había pasado!, sino porque ya no volvería a tenerte miedo. Lloré por un buen rato y di las gracias una y otra vez, no recuerdo muy bien, pero creo que di las gracias como cien veces.
«Lo que el corazón quiere de verdad, la mente te lo acaba mostrando». No significa que lo que uno quiera con energía vaya a venir inmediatamente, sino que tu cerebro se activa para encontrar en tu entorno cosas que tienen que ver con lo que deseas, de modo que termine sucediendo. Y yo deseaba con todo mi ser que… ¡desaparecieras!
Y aquí estoy, poniéndote flores, que si por mí fuera no te las pondría por lo que hiciste conmigo, pero me lo pidió tu mujer y acepté, como tantas cosas, pero no por ti, sino por ella, para que se quedara tranquila.
La dejaste sola y perdida, maldito egoísta, y encima echándote de menos. Jamás entenderé cómo siguió contigo después de saber lo que hacías.
Moralmente estar aquí para mí, no está ni bien ni mal, simplemente estoy y no me produce ninguna emoción de tristeza, es como tirar la basura: lo que apesta, cuanto antes se saque de la casa, mejor, para no dejar su hedor impregnado por todos lados.
Puede extrañarle a alguien que te esté diciendo todo esto, si pasan por aquí y me ven hablando con tu lápida, pero quería decirte algo… ¡en vez de hundirme, me volviste más fuerte!
Cuando crees que tu vida es sobre ti y tu vida no tiene nada que ver contigo, es sobre cada una de las vidas que tocas y la forma en que las tocas.
Neale Donald
Enero de 1969
1969. Un año lleno de acontecimientos… El astronauta Niel Armstrong puso un pie en la luna... Los Beatles realizan su última actuación… El Apolo 11 gana la carrera espacial de Estados Unidos… En ese año también nacen, Catherine Zeta-Jones, Jennifer Anniston, entre otros…
Pero lo que les quiero contar es la historia de mi nacimiento, que también fue por esa fecha y ya es mucho. Aunque no fue un acontecimiento para el mundo, sí lo fue para mí.
Nací en medio de numerosas dificultades y, a pesar de la adversidad, era una niña muy feliz. Me criaron en la religión «católica, apostólica y romana», y me educaron para ser obediente, servicial y tener miedo por todo.
Me decían que los niños y niñas que no obedecían irían al «infierno», pero como yo quería ir al cielo, a todo decía «sí».
Mi casa era humilde y no tenía muchas comodidades, pero eso me enseñó que pasar desconsuelo no era tan malo, sino todo lo contrario, eso me convirtió en una mujer capaz de agradecer por todo lo conseguido y no quedarme en la queja por lo que me faltara.
«Una persona no se valora por lo que tiene, sino por lo que es».
Pasé la mayor parte de mi niñez en casa de familiares y crecí pensando que nadie me quería, pero aun así me sentía cómoda y segura, hasta la edad antes nombrada, cuando empezó mi calvario.
Muchas veces me refugié en mi pasado para darle significado a mi presente, no sabía cómo lidiar con mi vida porque no entendía lo que me estaba sucediendo.
A medida que crecía me volcaba a dar cariño, una manera de no sentirme rechazada aun sabiendo que eso significaba abandonar y renunciar a ser «yo».
Cuando logré darme cuenta de que no tenía que buscar un salvador y que tampoco tenía que salvar a nadie, renuncié a muchas cosas.
A partir de ahí ha sido una escalada para autoreconocerme y saber qué es lo que realmente me hace feliz.
Mis pensamientos, la mayor parte de ellos «negativos», creaban mi vida, sin saber que todo lo que uno piensa termina convirtiéndose en experiencia.
La escritora Louise L. Hay dice:
«Todo lo que tienes en tu vida es el reflejo de lo que crees merecer, es un reflejo sobre ti mismo»
Tenemos un pensamiento y después un sentimiento, y como nos asustamos de lo que sentimos, tratamos de huir en lugar de cambiarlo.
Comprendí que en mí estaba todo lo que necesitaba y me convertí en mi propia «reina». Aprendí a cambiar mi forma de pensar y de ver las cosas.
Aunque todo lo que ha pasado en mi existencia ha sido un aprendizaje, pues la vida está más compuesta de derrotas que de éxitos.
Cosas que no salieron, sueños rotos que nos componen, para llegar a un fin y pasar un duelo a pesar de las heridas.
Pero a pesar de las pérdidas y las faltas, construir una vida que tenga sentido, que tenga que ver con tus deseos, que te dé la alegría de vivir y de seguir adelante, es lo que importa.
Mi experiencia me enseñó a ser feliz a pesar de los problemas, aunque yo los llamo «desafíos», y sacar un toque de humor aun cuando estoy perdida, lo cual me ayuda a sobrellevarlos mejor.
CAPÍTULO 1 La llegada
Yo quiero construir. Pero no soy sino una parte insignificante pero importante de un todo, del que todavía no tengo conciencia.
Frida Kahlo
La Gomera, así es como se llama la isla que me vio nacer, y Valle Gran Rey, el municipio que me vio crecer, un lugar moldeado por la lluvia, el viento y por millones de años que han dejado una isla marcada por profundos barrancos.
Uno de ellos nace en Arure, y en su desembocadura encontramos el Valle Gran Rey, un pueblo donde se respira tranquilidad.
Mis días transcurrían con juegos y siempre en compañía de mi madre, en los quehaceres de una casa humilde situada en medio de una finca y rodeada de un patio lleno de flores.
La casa construida por mi padre era de dos pisos; en la parte de abajo estaba la cocina, una sala y un patio muy grande que daba a una vereda (camino, como se dice en canario) que teníamos que atravesar para llegar a la carretera, donde mi padre, camionero de profesión, dejaba el camión aparcado.
La parte alta de la casa tenía cuatro habitaciones, la primera para mis padres, la segunda para las chicas y la tercera para los chicos; la cuarta se usaba como salón y como lugar de celebraciones, como las bodas de mis hermanas, cumpleaños y bautizos.
Cerca de casa había una higuera, muchas veces encontré descanso en ese árbol y otras tantas los frutos nos sirvieron para cubrir alguna que otra merienda.
No eran tiempos fáciles; mi madre se levantaba temprano, daba de comer a los animales y después se ocupaba de la familia y de mí, nos educaba lo mejor que sabía, nos enseñaba a tener valores, entre ellos la honestidad, ser amables y no decir mentiras.
Recuerdo una anécdota que me sirvió para comprender que la verdad, en algunas ocasiones, puede doler.
Invierno frío
Era un invierno como otros muchos, y yo me había quedado en casa sin poder ir al colegio porque llovía muchísimo, ayudaba a mi madre en la cocina, o por lo menos lo intentaba, cuando sonó el timbre. Era una vecina que venía a pedirle a mi madre un paquete de leche para sus hijos.
Aunque al principio mi madre nos alimentó con leche de cabra, con el tiempo empezamos a tomar leche en polvo, un alimento que aparte de darnos el sustento, nos servía a mis hermanos y a mí de juego.
Nos tomábamos una cucharada sopera de esa leche, que unida a la saliva se convertía en una bola pegajosa; nos podíamos pasar mucho tiempo intentando despegar esa masa del cielo de la boca, con la consecuencia de un dolor de quijada (hueso que forma parte de la boca) que nos duraba todo el día.
—Siento mucho no poder ayudarte, creo que no me queda —le contestó mi madre mientras se quedaba hablando con la vecina en la puerta.
Yo, que me consideraba una niña muy buena, fui a un armario de formica que tenía mi madre cerca de la cocina donde guardaba la comida y saqué un paquete y medio de leche.
—¡Maaaaa! —grité con todas mis fuerzas—. ¡Aquí hay leche!
—¿Cómo dices, criatura?
—¡Que aquí hay leche de sobra! —gritaba yo como una verdulera, mientras salía con los paquetes en la mano.
Mi madre no sabía dónde meterse por la vergüenza.
—Pues ni sabía que me quedaba ese paquete y medio —disimulaba mi madre, mientras sus mejillas mostraban un color rosado tirando a rojo, como el culo de un mono babuino.
—Hagamos una cosa, tú te llevas el medio paquete y como en mi casa somos muchos, me quedo el entero y así nuestros hijos no se quedan sin comer.
La vecina aceptó el trato:
—Por supuesto que sí, te agradezco la ayuda.
A pesar del día de lluvia y del frío que hacía, y de no poder salir a jugar, me sentí muy feliz.
Ver alejarse a esa mujer con cara de agradecimiento, fue para mí una alegría inmensa, unos niños no se irían a la cama con el estómago vacío.
Me sentí una diosa en una nube iluminada por una luz de «amor», luz que mi madre apagó de un cholazo por haber sacado las únicas bolsas de leche que quedaban para el resto del mes.
Mi madre todo lo arreglaba a cholazos… No quieres ir a la escuela, ¡cholazo!, no quieres ir a dormir, ¡cholazo!, no quieres comer, ¡cholazo!, lloras por todo, ¡cholazo! Hasta cuando te portabas bien, había cholazo. Y digo esto porque había días en que mis hermanos hacían algunas trastadas y como yo siempre estaba pegada a sus faldas, me llevaba el cholazo por no dejarla correr detrás de ellos para castigarlos.
Mi madre, para lavar, se desplazaba unos metros fuera de la casa a una atajea donde tenían instalados los pocos vecinos unos lavaderos, y en más de una ocasión fui arrastrada por la corriente y mi madre corría como una gacela hasta el otro tramo para agarrarme por el traje y sacarme empapada, ponerme al sol para secarme y darme el cholazo por no obedecer cuando me dijo que era peligroso ponerme a jugar allí.
Las pocas ropas de las que disponíamos y que se lavaban los días de más calor, se estiraban junto a las sábanas en la hierba para que cogiese los rayos del sol. Desde muy pequeña me enseñaron que cualquier mancha el sol la quita, pero el trabajo era muy duro, sumado a la falta de electricidad y las necesidades básicas de cualquier casa en aquella época.
De hecho, no tuvimos tele en casa durante muchos años, al igual que la lavadora, que era un artículo de lujo.
