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El caos se ha instalado en Oriente Próximo y en su entorno. El horror del 'califato' impuesto por el Daesh en Siria y en Irak, entre 2014 y 2017, y su terrorismo a escala planetaria fueron una consecuencia paradójica de las "primaveras árabes" de 2011. ¿Cómo se asentó ese caos y cómo se puede salir del mismo? Gilles Kepel nos explica la crisis actual de Oriente Próximo situando los acontecimientos y conflictos en su contexto histórico y político. "Salir del caos" es un libro basado en cuatro décadas de estudios, de estancias y experiencias in situ, análisis y conferencias, y una veintena de libros publicados por Gilles Kepel, uno de los más reputados expertos mundiales en el mundo islámico. Un libro que aúna el rigor analítico académico con el carácter más divulgativo, asequible a cualquier lector que tenga la curiosidad de saber qué está pasando en el Este mediterráneo, un mundo mucho más próximo a nosotros de lo que nos parece y que condicionará nuestro futuro dependiendo de cómo salga del caos.
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Seitenzahl: 725
Veröffentlichungsjahr: 2020
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GILLES KEPEL
SALIR DEL CAOS
LAS CRISIS EN EL MEDITERRÁNEO Y EN ORIENTE MEDIO
Mapas inéditos de Fabrice Balanche
Traducido del francés porElena M. Cano e Íñigo Sánchez-Paños
A la memoria de mi padre,Milan KepelPraga, 8 de enero de 1928París, 3 de marzo de 2019
INTRODUCCIÓN: TUMBA PARA SIRIA
PRIMERA PARTEEL BARRIL Y EL CORÁN
1. LA ISLAMIZACIÓN DEL ORDEN POLÍTICO (1973-1979)
El crepúsculo del nacionalismo árabe
La guerra del Ramadán de octubre de 1973: arma del petróleo y protoyihad
La puesta en marcha gradual de la islamización de las sociedades
1979, año bisagra: puja entre chiíes y suníes
2. LA IRRUPCIÓN DE LA YIHAD INTERNACIONAL: CONTRA EL «ENEMIGO CERCANO» (1980-1997)
La lucha por el control de la islamización durante la década de 1980
Año 1989: yihad y caída del comunismo
La primera fase del yihadismo fracasa: década de 1990
Yihad en Argelia y primer terror en Francia (1992-1997)
La yihad infructuosa en Egipto (1992-1997) y en Bosnia (1992-1995)
Yihadización del conflicto palestino
3. LA SEGUNDA FASE YIHADISTA: AL QAEDA CONTRA EL «ENEMIGO LEJANO» (1998-2005)
Osama bin Laden y Al Qaeda
Caballeros bajo el estandarte del Profeta
De la segunda Intifada al 11 de septiembre: la ejemplaridad del atentado suicida
El cataclismo del 11 de septiembre
Los «neoconservadores» en el espejo yihadista: la «guerra contra el Terror»
4. LA TERCERA GENERACIÓN YIHADISTA: REDES Y TERRITORIOS (2005-2017)
SEGUNDA PARTEDE LAS «PRIMAVERAS ÁRABES» AL «CALIFATO» YIHADISTA
INTRODUCCIÓN
Las «primaveras árabes» en contexto
Caída del régimen o fractura confesional
1. LAS INSURRECCIONES DE PRIMER TIPO: DE LA CAÍDA DE LOS DÉSPOTAS A LA TRANSFORMACIÓN ESTREPITOSA DE LAS SOCIEDADES
La democracia tunecina, entre fractura social y peligro yihadista
La chispa salta en Sidi Bouzid
Arrebato democrático contra el salafismo
Fractura regional y peligro social
El cerco egipcio: Hermanos Musulmanes contra sociedad militar
El happening de la plaza Tahrir
Los Hermanos Musulmanes pasan a la ofensiva
Regreso del Ejército y despliegue salafista
La desintegración libia: del «Estado canalla» a la anomia tribalo-yihadista
Ataques occidentales y desintegración nacional
Los Hermanos Musulmanes y las tribus
Proliferación yihadista y tráfico de seres humanos
CONCLUSIÓN: DEMOCRACIA, ENCAUZAMIENTO O CAOS
2. LAS INSURRECCIONES DE SEGUNDO TIPO: BRECHA ENTRE CHIISMO Y SUNISMO, Y DEBACLE DE LAS REBELIONES
El aborto suní de la revuelta en Baréin
Del tribalismo yemení a la exacerbación identitaria
El pluralismo tribal, sucedáneo de democracia
Radicalizaciones sectarias
Del levantamiento sirio a la yihad del Levante
La fábrica iraquí del yihadismo sirio
Salafización de la rebelión y ceguera occidental
Escisión en el corazón de la yihad
La proclamación del «califato»
Intervención rusa y recuperación de Alepo
El gran juego turco: entre proyección neootomana y presiones nacionales
La caída del «califato»
CONCLUSIÓN
TERCERA PARTEDESPUÉS DEL DÁESH: DISGREGACIONES Y RECOMPOSICIONES
1. LA FRACTURA DEL «BLOQUE SUNÍ»
El ostracismo contra Catar
La revolución del Ritz-Carlton en Riad
Debacle suní y cogestión del chiismo en Irak
2. EL RETO PLANETARIO DE LA BATALLA DEL LEVANTE
La anunciada derrota de la insurrección siria: Occidente en apuros
De Afrín a Kirkuk: regreso al «infortunio kurdo»
¿Hegemonía iraní o imperio con pies de barro?
Del «momento ruso» al dilema putiniano entre sus aliados regionales
Las decisiones obligadas de Donald Trump
CONCLUSIÓN GENERAL: FALLAS DE ORIENTE MEDIO Y TECTÓNICA MUNDIAL
APÉNDICES
AGRADECIMIENTOS
CRONOLOGÍA
IMÁGENES
CRÉDITOS
Cuatro decenios antes de la redacción de este libro, en 1977-1978, pasaba yo un año en Siria como becario de lengua árabe en el Instituto Francés de Damasco. Era una etapa obligada para los arabistas en ciernes, el ábrete sésamo que nos introduciría en la cueva en la que se encontraban ocultos los secretos gramaticales y fonológicos de un Oriente que nos apasionaba. Salvo raras excepciones, nadie entraba en la profesión sin haber pasado una temporada en el Sham, como decíamos entre nosotros, utilizando el antiguo término semítico que se empleaba en el dialecto local y que significa a la vez el Levante y su capital tradicional. En la geografía musulmana en la que se está cuando se mira a La Meca desde Occidente, el Sham designa la izquierda o el norte, y su opuesto, el Yemen, la derecha o el sur.
Ni yo ni ninguno de mis compañeros habríamos podido imaginar que, cuarenta años después, ese mismo término de Sham se convertiría en el grito de guerra de los yihadistas de los barrios periféricos franceses que se incorporaban a las filas del Estado Islámico (o Dáesh) para acabar in situ con los «apóstatas» —y, en particular, con los alauíes, confesión esotérica a la que pertenecen el presidente sirio Háfez al-Ásad (su hijo Bashar tenía doce años por entonces)— antes de regresar a sus lugares de origen para matar a sus propios conciudadanos «infieles» en la sala Bataclan o en el Stade de France. Y ni en mis peores pesadillas había imaginado nunca que, en junio de 2016, me vería condenado a muerte como arabista aguerrido por un miembro del Dáesh franco-argelino de Roanne y Orán, asentado en la ciudad siria de Al-Raqa, donde el «Estado Islámico» había establecido su efímera capital. La sentencia había sido pronunciada a través de la aplicación Facebook.live utilizada por un soplón del anterior, asesino franco-marroquí de un policía y de su mujer en Magnanville, en el departamento francés de Yvelines. Y que, por consiguiente, me vería obligado a vivir en París, en pleno Barrio Latino, con protección policial. En aquella lejana época, como sabemos, Internet era algo desconocido, inimaginable, impensable, y el atlas en dos dimensiones permitía ver los Estados encerrados en fronteras que correspondían a unos territorios delimitados por gruesas rayas negras. Así era el mapa del Imperio Romano que estaba colgado más arriba de la pizarra en el aula de Letras Superiores en 1974, que suscitó en mí el sueño de Oriente y me empujó a embarcar al verano siguiente en Venecia, en un barco que iba a Estambul, el Levante y Egipto, para descubrir las comarcas físicas que aquel mapa dibujaba. No cabía en modo alguno anticipar la infinita sucesión de acontecimientos que la World Wide Web y las redes sociales introducirían en las mentes y las representaciones del mundo, la confusión mental que iría de la mano de la evaporación de la distancia y de la perspectiva, la desaparición de los puntos de referencia del espacio y del tiempo, que nos ha llevado a perder el norte cuarenta años después.
Aunque Damasco en sí misma estaba en calma en aquellos finales de los años 1970, el caos había asolado ya el cercano Líbano. La guerra civil, con su cortejo de atrocidades íntimas, se desencadenaba según líneas político-confesionales que daban testimonio de la confusión de las dos identidades, entre «progresistas del islam» y «cristianos conservadores». Esos apelativos híbridos expresaban el conflicto que, alrededor de la presencia armada de los refugiados palestinos en el Líbano, oponía por alcanzar el poder a maronitas, en declive demográfico, mayoritariamente prooccidentales, y suníes, atraídos más bien por el campo socialista —de ahí el epíteto, que parece hoy descabellado u obsoleto, de «progresistas»—. Muy pocos observadores percibían por entonces el juego de las petromonarquías de la península Arábiga y del wahabismo saudí, fabulosamente enriquecidos desde los días inmediatamente siguientes a la guerra de octubre de 1973, gracias al aumento vertiginoso de los precios del petróleo que los convertiría en los actores principales de la reislamización virulenta de la región y aspiraría a arrasar el espíritu cosmopolita del Levante de mi juventud. Y nadie imaginaba que la revolución iraní surgiría inmediatamente después, convirtiendo a los chiíes, en otro tiempo marginales, pero radicalizados a su vez por una doctrina islamista concurrente, en la fuerza política mayor del Líbano y, a continuación, de una vasta media luna de territorios que cruzan Siria e Irak hasta Persia.
Mis compañeros del Instituto de Damasco y yo estábamos fascinados por aquella civilización levantina, en la que proyectábamos entremezcladas nuestras ensoñaciones. Habíamos leído poco en general y no estábamos prácticamente nada familiarizados con el corpus de los viajeros por Oriente, desde Volney o Chateaubriand, nuestros predecesores olvidados. La mayoría de nosotros estábamos imbuidos de un izquierdismo somero cuya ideología reinaba sobre el microcosmos estudiantil en el decenio transcurrido desde mayo de 1968. En diez años, no obstante, había perdido su dogmatismo original y quedaba una doxa aproximada, una visión confusa del mundo, articulada alrededor de unas cuantas certezas, de las que el antiimperialismo y el antisionismo constituían las piezas claves. Mientras esperábamos que cayeran, la Siria de Háfez al-Ásad, punta de lanza de la resistencia frente a Israel y campeona del progresismo árabe, contaba a priori con nuestro apoyo.
No tardé en desencantarme. Me gustaba mucho el campo sirio —que me recordaba el pueblo de mi familia, en el interior nizardo, donde pasaba las vacaciones cuando era niño, y también me recordaba la gesta de la Odisea, que acababa de estudiar en el curso preparatorio, con el que terminé los estudios greco-latinos—. Pero esa recurrencia romántica no pudo ocultar por mucho tiempo la brutalidad de un régimen y la violencia de una sociedad que encontré perfectamente descritas e ilustradas en los álbumes de Riad Sattouf (nacido él también aquel año de 1978), publicados en 2014, L’Arabe du futur1 —exactamente igual que yo las había vivido y observado—. Mis compañeros y yo, con una libertad que no había sufrido en el Barrio Latino impedimento alguno, aprendimos a bajar la voz en público, a desconfiar de todos, descubriendo lo habitual de una dictadura «de izquierda», evitando hablar de los que habían desaparecido en los calabozos, así como frecuentar a sus allegados. Y, sobre todo, conocí en el Instituto Francés de Damasco al investigador Michel Seurat, ocho años mayor que yo (había nacido en 1947). Como arabista brillante y sociólogo inspirado por Alain Touraine, consagraba sus trabajos al análisis del régimen sirio. Fue a vivir luego al Líbano con su mujer y sus hijas pequeñas, y pagaría con la vida sus investigaciones: el 22 de mayo de 1985, en el aeropuerto de Beirut, lo secuestró y lo retuvo como rehén una elusiva Organización de la Yihad Islámica diligenciada desde Teherán y Damasco, y murió estando detenido en 1986, vilipendiado por sus asesinos como «investigador espía especializado».
Justo antes de ese trauma que marcó mi existencia e influyó profundamente en mi enfoque, fue la desilusión nacida del choque de la realidad siria lo que me empujó, inspirado asimismo por la admiración que le tenía a Michel Seurat, a abandonar, una vez de vuelta en París, las humanidades clásicas y la civilización árabe antigua que habían hibridado en estudios políticos destinados a dilucidar el drama que estaba representándose en Oriente Medio y había dañado mis certezas simplistas. Apenas había ingresado en Sciences-Po2, en 1978, cuando me vi confrontado a otra paradoja: el inicio de la «revolución islámica» iraní. A pesar del año que había pasado en Damasco, no tenía la perspectiva que me habría permitido enmarcar con el distanciamiento necesario la islamización «revolucionaria», chií y antiimperialista de Teherán, con su réplica «reaccionaria», suní y antisocialista en Riad. En aquellos años de 1970 fue, sin embargo, cuando comenzó el ciclo del caos, cuyos dos motores fueron el asombroso crecimiento de la renta del petróleo y la exacerbación del islamismo político —que demolieron el Levante—.
La correlación de esos dos fenómenos estructuró el medio siglo transcurrido, recubriendo la historia de dos generaciones. En la tierra del Sham fue donde alcanzó su monstruoso paroxismo con la proclamación, el 29 de junio de 2014, a comienzos del Ramadán, del «califato» del Dáesh. Ese año el precio del petróleo sufrió una caída inaudita del 70 %, obligando a volver a pensar las expectativas a medio y a largo plazo para el desarrollo de la región, sus modelos político, económico, social —incluso el lugar de la religión en su interior—. El acontecimiento se debió a varias causas: la explotación del petróleo de esquisto en Estados Unidos, que se convirtió de nuevo en uno de los tres primeros productores mundiales, junto a Rusia y Arabia Saudí. Y también a la transformación de los hábitos de los consumidores de los países de la OCDE, con la perspectiva de la generalización de los vehículos eléctricos, lo que, a largo plazo, tira de las cotizaciones a la baja. Tales fenómenos simultáneos cuestionan la economía rentista según la habíamos conocido durante los cincuenta años transcurridos en Oriente Medio, así como la perdurabilidad de su corolario, la hegemonía del islamismo político propagado tanto por las petromonarquías árabes como por sus rivales iraníes de la orilla opuesta del golfo Pérsico.
El 26 de septiembre de 2017 se dio un acontecimiento aparentemente trivial, que sirve de ejemplo de ese desacoplamiento inédito entre las dinastías de la península y el establishment salafista que proporcionó durante decenios la legitimación religiosa del poder que ejercían, a la vez que se propagaban, gracias a su aval, por el conjunto del mundo musulmán suní: un decreto del rey Salmán de Arabia Saudí autorizando a conducir a las mujeres a final del Ramadán de 2018, a pesar de las protestas de los ulemas en nombre de su concepto estricto de la moral. El decreto se publica veintisiete años —una generación— después de que, el 6 de noviembre de 1990, algunas saudíes que habían cogido el volante en Riad fueran perseguidas y vilipendiadas. El príncipe heredero saudí Mohamed bin Salmán, de treinta y dos años, una novedad en esa monarquía gerontocrática, confrontado a la necesidad de reorganizar el mercado del trabajo y de incorporar la población femenina permitiendo su movilidad, con el fin de garantizar la era pospetrolera, incrimina en noviembre de 2017 la escalada extremista en la que, en su opinión, se encuentra metido el país desde 1979. Aquel año bisagra, en efecto, empezó con el regreso de Jomeini a Teherán y acabó con la invasión soviética de Afganistán, preludio de la yihad en aquel país —abriendo la caja de Pandora de un terrorismo islámico internacional que perdura desde entonces—. Lo que resulta así cuestionado es la esencia misma del sistema saudo-wahabí según había dominado Oriente Medio desde la victoria del arma de los hidrocarburos en la guerra de octubre, que opuso a Israel y a los Estados árabes —cuyos apelativos de guerra del Yom Kipur o guerra del Ramadán dicen también hasta qué punto sería emblemática del futuro encorsetamiento del espacio político por parte del dogma religioso—.
Las páginas siguientes aspiran a poner en perspectiva esos decenios caóticos —y, seguidamente, a considerar las vías de salida que van dibujándose—. Como ese medio siglo ha coincidido con la experiencia del autor, que ha sido testigo directo, observador y cronista, hasta verse absorbido en su propio objeto de estudio por la sentencia de muerte dictada en su contra por el Dáesh, estas páginas reivindican una interpretación personal que va a guiar y a organizar los hechos, mezclando con las observaciones de «larga duración» acontecimientos simples que, con el paso del tiempo, me parecen esclarecedores.
Los cuatro primeros decenios, desde la guerra de Octubre de 1973 hasta los levantamientos conocidos como «primaveras árabes», que surgen en realidad en el invierno de 2010-2011, están sintetizados genealógicamente en la primera parte del libro. Iremos observando la subida de nivel de la islamización de lo político y la espiral de la yihad que invade poco a poco el planeta —a partir del año 1979, cuando la beligerancia en Afganistán, gracias a los botafuegos americanos, responde a la revolución iraní, y culmina con la caída de la Unión Soviética, diez años después—. Veremos las tres fases sucesivas de ese yihadismo, pasando por el 11 de septiembre de 2001, que asestó a los Estados Unidos un contragolpe tan asombroso como dramático —que marca espectacularmente el comienzo de un milenario cristiano, al que se superpone un improbable milenio islamista—. Esa retrospectiva se nutre de la media docena de obras publicadas sobre el tema, desde Le Prophète et Pharaon (1984)3 hasta Terreur et martyre (2008), de los que solo he retenido y organizado los materiales que me han parecido pertinentes para interpretar los fenómenos contemporáneos cruciales acaecidos durante los años 2010.
Esa década paradójica, objeto de la segunda parte del libro, empieza con la esperanza inmensa de las «primaveras árabes» de 2011, se prolonga con la proclamación del «Estado Islámico» del Dáesh y la generalización del terrorismo islamista hasta en territorio europeo y se acaba cuando cae el «califato», en otoño de 2017, con la reconquista de Al-Raqa, después de Mosul. El análisis de tal contradicción —que ve cómo levantamientos democráticos que habían engendrado tantas esperanzas llegan al horror absoluto del Dáesh, por una parte, y la restitución de regímenes autoritarios, por otra, mientras prosperan Estados arrogantes y zonas sin ley— se nutre de las investigaciones y búsquedas sobre el terreno llevadas a cabo en ambas orillas del Mediterráneo. Sobre la base de los cuestionamientos planteados en Passion arabe (2013) así como en Terreur dans l’Hexagone (2015)4, lo que viene luego pasa revista a la situación en los seis países que han vivido la «revolución árabe» —respectivamente, Túnez, Egipto, Libia, Baréin, Yemen y Siria—, a lo que se añaden consideraciones sobre Irak, porque de la articulación entre los dos últimos Estados es de donde nació y creció el monstruo del Dáesh. Gracias a la caída de este último, a finales de 2017, disponemos de la perspectiva necesaria para aprehender el conjunto de los acontecimientos de ese período trágico. He intentado establecer un cuadro global de una gran cantidad de hechos que acabamos de conocer —o de padecer violentamente en su sentido literal—, entresacar enseñanzas inscribiendo la historia inmediata en la memoria amplia de los decenios precedentes. El Levante, y más particularmente Siria, a los que consagro la mayor cantidad de páginas, constituyen el núcleo principal de este libro, por lo mucho que me parece que en esa región se han cristalizado y han llegado al paroxismo las crisis que sacuden el Mediterráneo y Oriente Medio.
La tercera parte trata de los acontecimientos que siguieron a la caída del Dáesh y la derrota anunciada de la rebelión siria, hasta la decisión de Donald Trump de retirar sus tropas del norte de Siria en octubre de 2019. Vino a continuación, ese mismo mes, la ejecución de Abu Bakr al-Bagdadi a manos de fuerzas especiales; y después, en enero de 2020, la del general iraní Qasem Soleimani, con drones estadounidenses. Se plantea la turbadora redistribución de cartas entre una Turquía segura de sí misma, un Irán provocador, con Vladímir Putin en el papel de hacedor regional de reyes, como consecuencia del nuevo despliegue estadounidense. He intentado evaluar en esos capítulos los seísmos que tales acontecimientos anuncian.
La mayor parte de todo el material se ha recogido recorriendo el norte de África así como Oriente Próximo y Oriente Medio. Eso debería ayudarnos a poner mejor en relieve los diversos enfoques aplicables a una y otra orillas del Mediterráneo —para lo bueno y para lo malo—.¿Cuál es el porvenir del salafismo y del yihadismo, como consecuencia de la fragmentación del «bloque suní» y de los cambios profundos ya en curso en la península Arábiga? ¿Irán conseguirá afianzar su hegemonía en la «media luna chií», o su enfrentamiento con los Estados Unidos de Donald Trump transformará sus éxitos en victorias pírricas? ¿Cómo la Rusia de Vladímir Putin, que ha vuelto a encontrar un estatuto de gran potencia gracias a su intervención eficiente en Siria, va a ejercer de árbitro entre aliados tan improbables como Israel, Arabia Saudí, Turquía e Irán? ¿Y qué será de Europa, situada en el meollo de una zona de crisis cuya línea de frente es un Mediterráneo permeable a los refugiados, tanto como a los terroristas? ¿Va a superar su impotencia y a reafirmarse como actor geopolítico? Con unas instituciones paralizadas y el Brexit debilitándola, ¿puede contentarse con padecer pasivamente las fuerzas centrífugas en su suelo, desencadenadas a la vez por partidos de extrema derecha y populismos de extrema izquierda, mientras el islam sigue progresando en las periferias marginadas?
El desinterés de la superpotencia estadounidense por el Mediterráneo y Oriente Medio ha ido en aumento desde que Estados Unidos se convirtió en el primer productor mundial de hidrocarburos, gracias al gas y al petróleo de esquisto. Ese alejamiento empezó ya bajo la presidencia de Obama, y Donald Trump lo ha llevado al paroxismo con sus modos espectaculares. El cuadragésimo quinto presidente, empeñado en «devolverle su grandeza a Estados Unidos», ha dado a entender que ya no lo preocupaban los retos complejos de política exterior, cuyas consecuencias militares habían sido desastrosas, desde Afganistán hasta Irak, y habían supuesto un coste elevado para el contribuyente, así como un precio en sangre significativo —con más de siete mil soldados muertos entre el 11 de septiembre de 2011 y el final de las operaciones en Irak en 2016—. Gran parte de esos muertos provenían de Pensilvania, de Michigan o de Wisconsin, los tres principales «Swing States» que le dieron la victoria a Donald Trump en las elecciones de 2016.
Pero ¿va a conducir esa focalización en los retos interiores de Estados Unidos, destinada a obtener la reelección en noviembre de 2020, a una forma de aislacionismo que podría proteger a Estados Unidos de un nuevo ataque en su propio suelo, en el mundo de después del 11 de septiembre? ¿O, por el contrario, corre el riesgo de que se interprete tal cosa como un signo de debilidad que indique el declive de la hiperpotencia estadounidense, treinta años después de la desaparición del rival soviético con la caída del muro de Berlín, el 9 de noviembre de 1989? Y, por eso mismo, ¿algunas decisiones erráticas de la Casa Blanca podrían llevar a que resurgieran dramas de política exterior en la campaña presidencial en detrimento del saliente, como ya sucedió en 1980, cuando el asunto iraní, con la toma de rehenes en la embajada de Estados Unidos en Teherán, le costó la reelección a Jimmy Carter?
Ese fue el riesgo al que se expuso Donald Trump el 2 de enero de 2020 al ordenar la muerte del general Qasem Soleimani, cuando el convoy del hombre fuerte de los Guardias de la Revolución Islámica iraní abandonaba el aeropuerto de Bagdad. Las tensiones entre Teherán y Washington en Irak habían aumentado de pronto —siendo Irak el único país en el que reinaba una especie de coexistencia entre los dos enemigos jurados— después de que una muchedumbre conducida por milicias pro iraníes atacara la embajada de Estados Unidos en Irak. Semejante tensión hizo que subieran los retos del conflicto y de las crisis de Oriente Medio a un nivel excepcional, convirtiendo de repente la elección presidencial en rehén de operaciones militares exteriores —cosa a la que el inquilino de la Casa Blanca se había opuesto vehementemente hasta ese momento—.
Tales incertidumbres obligan a Europa a reaccionar y a hacer frente a sus obligaciones. Así las cosas, la regeneración del Levante es una apuesta fundamental. Una vez privada de sus fuerzas vivas después de que su población más emprendedora emigrara hacia las orillas de un golfo Pérsico que iba a verse golpeado por la baja estructural de la cotización del petróleo después de las masacres que esquilmaron a los adversarios presentes, la reafirmación del Levante en la articulación entre Europa y Oriente Medio y en su mutua continuidad es una de las vías que hay que abrir para evitar una confrontación cultural que perpetúe las crisis vividas durante las décadas pasadas. Este libro desearía modestamente contribuir a definir los contornos de esa exigencia necesaria para construir nuestro porvenir —más allá del caos—.
1El árabe del futuro, traducción de Pablo Moíño Sánchez, ed. Salamandra.
2 Instituto de Estudios Políticos de París.
3Faraón y el profeta, traducción de María Isidra Mencos, ed. El Aleph, Barcelona, 1984.
4El terror entre nosotros: una historia de la yihad en Francia, traducción de Silvia Furió Castellví, ed. Península, Barcelona, 2016.
Al asignarle a la guerra de octubre de 1973 el comienzo del caos en Oriente Medio —que se difundirá en el mundo el 11 de septiembre de 2001 y culminará posteriormente con el «Estado Islámico» del Dáesh entre 2014 y 2017—, querríamos marcar, en primer lugar, la ruptura cultural considerable por entonces con la élite política que se había hecho con el poder en el momento de la descolonización. Sus dirigentes más conocidos —Nasser, Burguiba—, sus partidos más emblemáticos —el Baaz en Siria y en Irak, la OLP en Palestina— se habían distanciado de la legitimación islámica tradicional que las dinastías musulmanas venían utilizando para asentar su autoridad desde la predicación del Profeta y el orden social que este había instaurado en Medina y en La Meca, a comienzos de la era hegiriana (622 d. C.).
Hasta los años 1960, tanto el Baaz como el Neo Destour tunecino mostraban un laicismo que no tenía prácticamente nada que envidiar al que había establecido Ataturk al sustituir el Imperio Otomano por la República de Turquía, o al que prevalecía en la corte del sah de Irán, Mohamed Reza Pahlevi. El propio Nasser, que había subyugado la milenaria mezquita-universidad de Al-Azhar para convertirla en un instrumento de su propaganda tercermundista, si bien era fácil que él se dejara ver en la oración del viernes para acercarse a la piedad popular de la masa egipcia, abundaba en ocurrencias anticlericales. Además, había llevado a cabo una represión sin piedad contra la organización de los Hermanos Musulmanes, matriz del islamismo político a orillas del Nilo en el siglo XX. La hermandad, fundada en 1928 por el maestro Hasan al-Banna en Ismailía, capital del enclave internacional del canal de Suez en tierra egipcia y símbolo de la dominación colonial europea, aspiraba a recoger la antorcha después de la supresión del califato otomano por Ataturk, en 1924. Y había aplaudido cuando, en 1952, Nasser y sus compañeros de los Oficiales Libres tomaron el poder, porque veía en ellos el brazo secular para instaurar un Estado basado en la implantación de la sharía —ley inspirada en las Escrituras Sagradas—. El conflicto entre ambos bandos convertidos en adversarios se tradujo en el desmantelamiento de la organización en 1954, el ahorcamiento de varios de sus dirigentes, el exilio a la península Arábiga de los que pudieron marcharse, donde desarrollaron su proselitismo, y la confinación de los mandos detenidos en campamentos de régimen severo, en los que la tortura era una rutina. Entre estos últimos figuraba el futuro ideólogo mayor del yihadismo contemporáneo, el activista y literato Sayid Qutb.
Pero esa secularización oriental solo suponía un simulacro de la laicidad democrática en tierra europea. En primer lugar, porque no existía realmente separación entre los ámbitos político y religioso, sino más bien subordinación de las instituciones culturales, aunque atrofiadas, a los aparatos del poder, con un objetivo de control social o de demostrar la compatibilidad del islam con la doctrina nacionalista, incluso socialista oficial. Seguidamente, y sobre todo, porque las élites que habían captado el proceso de independencia —fueran cuales fueran las modalidades— se habían hecho por la fuerza con el Gobierno. A pesar de la promesa democrática que se suponía que debía responder al anhelo de libertad de los antiguos colonizados, éstos habían cambiado de amos para caer bajo la férula de camarillas militares, dinásticas o sectarias cuya mano, aunque indígena, resultaba tan dura como la de los europeos, cuando no más.
Todo ello venía acompañado de logros económicos y sociales lamentables, y la invocación de la justicia y del derecho positivo solo fue el discurso mentiroso del despotismo. En los Estados árabes, en Oriente Medio y muy especialmente en los «países del campo de batalla» vecinos de Israel, la prevaricación se justificaba por las urgentes necesidades de la lucha contra el enemigo. El antisionismo constituía, en efecto, la tercera etapa de un nacionalismo que se manifestó primero, en el siglo XIX, contra la dominación otomana y posteriormente, a comienzos del XX, contra la tutela europea, un nacionalismo que veía en la implantación de la entidad judía en pleno Levante y en territorio palestino el último vestigio del abominado colonialismo. La retórica política árabe convertía su eliminación en un objetivo permanente.
Después de la humillación de la nakba (‘catástrofe’) que padecieron los ejércitos árabes en 1948 y la proclamación de Israel por Ben Gurión el 15 de mayo, la crisis de Suez en 1956, cuando las fuerzas de la expedición tripartita anglo-franco-israelí se vieron obligadas por la presión estadounidense y soviética a retirarse del canal nacionalizado por Nasser, había reconfortado aquel nacionalismo. El Cairo, entre tanto, se alineaba con la Unión Soviética y ponía en marcha un socialismo basado en el modelo soviético. La guerra de los Seis Días, en cambio, desencadenada en junio de 1967 con una ofensiva aérea israelí fulgurante, después de que el rais egipcio bloqueara los estrechos de Tirán, en la entrada del golfo de Áqaba, para impedir el aprovisionamiento del puerto de Eilat, constituyó la naksa (‘derrota’) por excelencia del nacionalismo árabe. El ejército del Estado judío conquistó la península del Sinaí, la banda de Gaza, Cisjordania con Jerusalén Oriental incluida, así como los altos del Golán. Más allá de la amplitud de las pérdidas territoriales, esa guerra relámpago supuso el fracaso moral último de los dirigentes árabes que habían surgido de la independencia y cuya retórica se había desinflado de pronto ante la realidad de los hechos militares, como un globo pinchado.
La naksa, en el caso egipcio, fue la estocada final de una serie de reveses exteriores e interiores. El ejército se había quedado atrapado en el Yemen, en una expedición costosa y sangrante con la que había apoyado desde 1962 a las fuerzas republicanas contra los monárquicos, a los que sostenía Arabia Saudí. En 1966 Nasser, haciéndole frente al descontento popular, ordenó ejecutar a Sayid Qutb, principal ideólogo de los Hermanos Musulmanes. Éste acababa de publicar su manifiesto Hitos del camino, el manual de instrucciones del movimiento islamista radical. En ese texto fundacional para los yihadistas de la generación siguiente, el autor convierte la prisión donde se tortura a los militantes en la figura metonímica por excelencia del nacionalismo árabe execrado, al que califica de yahiliya —la era de la «ignorancia» o de la barbarie con la que las Escrituras designan Arabia antes de la Revelación del Corán al Profeta, y que éste destruyó para instaurar el islam—. Qutb llama a hacer exactamente lo mismo, a aniquilar la «yahiliya del siglo XX», de la que el nasserismo es parangón, utilizando todos los medios y, en particular, el «movimiento» (haraka), es decir, la yihad armada. Al anatemizar, al «declarar infiel» (takfir) al régimen, Hitos del camino invoca la legitimidad religiosa para justificar la violencia sagrada contra el Estado. La demostración de fuerza —que no alcanza la unanimidad entre los Hermanos Musulmanes— creará la corriente «radical» en el seno de la organización, corriente llamada a inmensos desarrollos posteriormente, desde Afganistán hasta Al Qaeda. En 1966 la sanción que recibe la organización es el ahorcamiento de Qutb —año que precede a la derrota de 1967—. Son muchos los que piensan entre sus seguidores que esa derrota es el castigo de Alá a Nasser por haberle dado suplicio a su mártir.
El rais dimite y vuelve seguidamente al poder después de que un enorme gentío desfilara por todo Egipto gritando «¡Nasser, vuelve!». Pero fallece al cabo de tres años, y el ideal arabista que él había encarnado no le sobrevivirá. A ese enorme vacío es al que se abalanza el islamismo político: en octubre de 1973 encontrará una palanca fenomenal.
Egipto es el principal derrotado de la guerra de los Seis Días y arrastra en su derrota al nacionalismo nasseriano, al que sustituye durante un tiempo una causa palestina que pretende emanciparse de los Estados árabes. En 1969 el nuevo líder de la Organización para la Liberación de Palestina, Yasir Arafat, se sacude la tutela de El Cairo y hace de Jordania, donde viven numerosos refugiados palestinos, su base de retaguardia para llevar la lucha armada contra Israel. Al desafiar así la autoridad del rey Husein, las organizaciones palestinas aumentan la tensión, que alcanza el paroxismo cuando el Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP), partido marxista dirigido por Georges Habache, secuestra el 6 de septiembre de 1970 tres aviones de línea en el aeropuerto jordano de Zarqa. La represión causa varios miles de muertos palestinos. Al final de un proceso que habían puesto en marcha los acuerdos de El Cairo, tres meses más tarde, entre Arafat, el rey Husein y Nasser —que fallece inmediatamente después de terminar la reunión—, los grupos armados palestinos acabarán por abandonar Jordania. Irán a asentarse en los campamentos de refugiados del Líbano, el país más débil de la región. Allí serán el adyuvante de la descomposición del país cinco años después y de la destrucción progresiva del Levante, que luego se produciría, en un contexto totalmente transformado por la islamización de lo político, que la nueva hegemonía saudí emanada del conflicto de octubre de 1973 impulsa.
Anuar el-Sadat, que sucede a Nasser aquel mismo mes de septiembre de 1970 como candidato de compromiso de un Estado Mayor dividido, empieza su mandato con dificultades, víctima de la burla de los nukat (‘chistes’) populares, que lo tratan de estúpido, como Badinguet1 visto por Adolphe Thiers. La presión es mayor aún para que lave la humillación de junio de 1967 por medio de una ofensiva para la que apenas tiene medios inmediatos. El campesino astuto, originario de un pueblo del delta del Nilo, sabrá, no obstante, como Luis Napoleón Bonaparte, engañar a todos cuantos lo subestimaron —menos a los yihadistas, que lo asesinarán—. Como había estado en su juventud cerca de los Hermanos Musulmanes, los saca de la cárcel y anima discretamente su proselitismo en los campus universitarios, donde marxistas y nasseristas de izquierdas son quienes con más virulencia se le oponen. Estos últimos quedarán eliminados en unos pocos años y el Yama’a al-islamiya (‘grupo islámico’), de obediencia qutbista, se hará con el control del activismo estudiantil.
Al mismo tiempo, Anuar el-Sadat prepara con sus consejeros militares soviéticos, que ejercen de nexo con el presidente sirio Háfez al-Ásad —que llegó al poder como él, después de la derrota—, el asalto a posiciones israelíes, que tiene finalmente lugar el 6 de octubre de 1973, maximizando el efecto sorpresa del ayuno judío del Yom Kipur que pone Israel a funcionar al ralentí. Las tropas egipcias derriban la línea fortificada Bar-Lev, en el canal de Suez, y los sirios penetran en el Golán ocupado por Israel desde 1967. Con el éxito de esa primera brecha, ambos líderes se ganaron apodos elogiosos, como «el héroe de la travesía» (batal al ‘ubur) para Sadat o «el león de octubre» (ásad tishrin) para Ásad —cuyo patronímico significa ‘león’ en árabe—. Pero la salida última de aquella guerra, que salvó el honor de los dirigentes árabes, no habría sido tal sin la intervención decisiva de Arabia Saudí y de las petromonarquías de la península Arábiga para restablecer la situación después de la contraofensiva victoriosa desencadenada por las Fuerzas de Defensa de Israel (Tsahal). Estas volvieron a cruzar el canal de Suez, rodearon al Tercer Ejército egipcio y alcanzaron el kilómetro 101 de la carretera de Suez a El Cairo. Al mismo tiempo, llegaron en Siria a 40 kilómetros de Damasco. Avance que fue posible gracias al puente aéreo militar estadounidense que abastece a diario el Estado hebreo. El 16 y el 17 de octubre los países árabes productores de petróleo reunidos en Kuwait deciden en represalia subir unilateralmente en un 70 % los precios del petróleo, así como una reducción mensual del 5 % de las exportaciones, hasta que se evacúen los territorios ocupados y se reconozcan los derechos de los palestinos. El 20 de octubre el rey Faisal de Arabia Saudí proclama un embargo sobre las entregas a Estados Unidos y los Países Bajos, «que apoyan a Israel».
Será el arma fatal —que les salva la cara a los dirigentes árabes del campo de batalla y que, más allá de ese episodio político-militar, trastoca el orden mundial al hacer de la renta petrolera uno de los vectores de fuerza centrales del planeta y confiere a quienes la controlan un poder desorbitado—. Los precios se cuadruplican en unos pocos días. La presión económica, que convierte el conflicto árabe-israelí en una cuestión de política interior de todos los países importadores de hidrocarburos, tiene como consecuencia inmediata frustrar la contraofensiva victoriosa del Estado hebreo: Sadat y Ásad quedaron a salvo gracias a Faisal y los emires de la nafta, Tel Aviv acepta el armisticio, presionado por Estados Unidos y Occidente, que tiemblan ante la repercusión de la inflación en su balanza comercial. Las petromonarquías van a consolidar de ahí en adelante su dominio utilizando una fortuna, que el incremento de los precios convierte en fabulosa, para financiar por todo el mundo suní la difusión de una ideología rigorista y conservadora. Pero les resultará difícil conseguir que el genio de la yihad vuelva a su lámpara una vez que ya está fuera, y terminarán a su vez convertidos en víctimas.
Gran parte de la literatura popular árabe establece un contraste entre la derrota de 1967 y la «victoria» de 1973, atribuyendo la primera a la irreligiosidad del régimen de Nasser, y la segunda, a la piedad explícita manifestada en una guerra que se desarrolla durante el Ramadán y adquiere así la dimensión legal de una yihad. Durante el mes bendito, en efecto, el ayuno es obligatorio desde la salida hasta la puesta del sol —condición poco propicia para las operaciones militares—. Pero el imperativo puede levantarse en caso de yihad, porque si la comunidad de los creyentes se encontrara en estado de debilidad para combatir, correría el peligro de desaparecer frente a los enemigos, cosa que pondría en riesgo la sostenibilidad del propio islam. De modo que los ulemas egipcios y sirios, para que los soldados pudieran tomar el rancho, e instigados por el poder político, proclamaron que la guerra del Ramadán era una yihad. Por encima de la dimensión instrumental de la fatua, el enfrentamiento se convirtió ipso facto en yihad, acompañando el movimiento global que confirió la victoria final a unas petromonarquías conocidas por su estricto rigorismo. Otros comentarios edificantes en la misma línea comparan favorablemente el grito de Al-lahu ákbar lanzado por las tropas en 1973, que los condujo al éxito, con el de «¡Tierra! ¡Aire! ¡Mar!» impuesto por la jerarquía «impía» en 1967, que llevó a una derrota ineluctable.
La utilización del arma del petróleo en octubre de 1973 se inscribe asimismo en una alteración de la relación entre Arabia Saudí y Estados Unidos, formalizada por el acuerdo entre Franklin D. Roosevelt y el rey Ibn Saúd, el 14 de febrero de 1945, a bordo del crucero Quincy, atracado en los lagos Amargos del canal de Suez. El presidente estadounidense, que llegaba directamente de Yalta y quería garantizar el abastecimiento a Occidente de hidrocarburos ante la perspectiva de un «reparto del mundo» conflictivo con la Unión Soviética, poseedora ya de los yacimientos azerbaiyanos y siberianos, toma el relevo del Reino Unido, exangüe después de los combates, para asegurar la protección de la monarquía saudí como contrapartida a la explotación de sus reservas por la compañía americana ARAMCO (Arabian American Oil Company). Aquel pacto de San Valentín —fecha propicia para compromisos eternos— fue la primera razón de ser de la presencia estadounidense en Oriente Medio y tenía precedencia sobre la relación con el Estado judío —del que Francia sería el principal proveedor de armamento hasta la guerra de 1967 (los aviones Mirage de Dassault fueron entonces clave para la victoria israelí)—. Cuando la expedición de Suez, en 1956, Estados Unidos había exigido la retirada de las tropas israelíes del Sinaí —así como de los paracaidistas anglo-franceses del canal, demostrando de ese modo los norteamericanos que no entendían que los intereses de Israel fueran prioritarios—. Solo fue a raíz de la negativa de De Gaulle a seguir aprovisionando a Tel Aviv, después de su célebre conferencia de prensa del 27 de noviembre de 1967 en la que criticó la ocupación de los territorios conquistados durante la guerra de los Seis Días, cuando Washington tomó el relevo del apoyo militar y echó abajo el pacto del Quincy, haciendo que prevaleciera la defensa de Israel sobre el comercio del petróleo. Y la parte saudí se sintió libre para incumplir en represalia, en octubre de 1973, el contrato, más aún porque la subida de los precios del crudo les venía muy bien, a medio plazo, a los americanos de Texas —entre ellos, a la Zapata Petroleum Company, fundada en 1953 por el futuro presidente George H. W. Bush, que permitía a Estados Unidos unas fructíferas relaciones—. El cambio en el equilibrio de fuerzas, no obstante, en favor de los países productores les dio a estos últimos la oportunidad de nacionalizar las compañías petroleras extranjeras presentes en su territorio y de recibir directamente los dividendos, en lugar de contentarse con los royalties liquidados hasta ese momento por las siete «grandes», llamadas Seven Sisters —lo que aumentó aún más la riqueza de las petromonarquías y su capacidad de influencia en la remodelación de Oriente Medio y la progresión de la reislamización del orden político regional—.
La propagación urbi et orbi de un sunismo wahabí y conservador había sido uno de los instrumentos de la política extranjera saudí para contrarrestar las misiones de la Universidad Al-Azhar de El Cairo, que Nasser enviaba por todo el mundo para explicar la compatibilidad del islam con el socialismo. Era un subproducto de la guerra fría, en el que cada campo se esforzaba por ganar adeptos para su creencia. Con esa intención, el 15 de diciembre de 1962 el príncipe heredero Faisal creó en La Meca la Liga Islámica Mundial, en un momento en que las tropas egipcias entrenadas por la Unión Soviética habían desembarcado en Yemen y amenazaban la frontera saudí. Pero la organización no tuvo sino un papel secundario hasta 1973 en la gran confrontación ideológica entre Moscú y Washington, así como sus respectivos aliados, cuyo vocabulario se daba en un registro diferente, en el que la cuestión religiosa solo ocupaba un espacio accesorio. Una vez desaparecido el enemigo nasserista, la Liga se benefició de los muy importantes fondos que tuvo a su disposición con el aumento vertiginoso del precio del barril para extender a todas partes la influencia saudí, convirtiendo el país en el corazón de un nuevo espacio de sentido religioso regional e internacional, centrado en la península. Lo que importaba a partir de ese momento era fortalecer su hegemonía naciente y justificar, gracias a ese mecenazgo caritativo y orientado, que los suníes más intransigentes se hicieran con la renta, en recompensa por su extremo virtuosismo. Pero la Liga no se metió en disputas internas, que habrían limitado su proyección: si bien la tarea que se había fijado era luchar contra las «innovaciones» que deformaban el «mensaje puro y auténtico del islam de los orígenes» —apuntando en especial al sufismo místico—, les cedía todo el espacio necesario a los Hermanos Musulmanes, considerados en aquel momento aliados en el proyecto global de islamización de las sociedades, y mejores conocedores del mundo moderno al que había que convertir que el poder establecido de los ulemas saudíes.
Precisamente cuando la masa de musulmanes de Europa, cuya gran mayoría eran trabajadores inmigrados, se vieron alcanzados de lleno por el paro resultante de la debacle económica a la que contribuyó en mucho la cuadruplicación del precio del petróleo, la Liga empezó a abrir, durante la segunda mitad de los años 1970, delegaciones y mezquitas en el Viejo Continente. El objetivo era controlar el movimiento de islamización que iba naciendo en unos entornos en crisis de identidad, afectados por la sedentarización aleatoria de millones de individuos que decidieron permanecer en el país de acogida, aunque los trabajos no cualificados iban desapareciendo.
También fue objetivo preferente Egipto, exangüe por sus dispendios militares desorbitados y el peso de su propia demografía, pero que seguía siendo un polo potencial de oposición a la propagación del wahabismo, gracias a la larga y prestigiosa historia de Al-Azhar, donde la confraternización religiosa sufí execrada por los salafistas estaba bien representada. Había que mantenerlo a flote, pero en una dependencia constante, con el fin de exorcizar toda veleidad futura de hacer de contrapeso al nuevo liderazgo saudí. El propio Sadat, antes de que lo aislaran del mundo árabe tras su viaje a Jerusalén y su discurso en la Knéset el 20 de noviembre de 1977, le había hecho el juego a la islamización en su propia persona. Lucía la conocida zbiba (‘pasa’), como se llama en Egipto a la callosidad parduzca que, en mitad de la frente, identifica a los creyentes piadosos que se postran contra el suelo cinco veces al día para rezar. Había añadido su nombre de Mohamed —que antes no utilizaba— a su titulatura y, por delante, el tratamiento ceremonial de «el presidente creyente» (al rais al mu’min). Egipto se cubrió de nuevas mezquitas inmensas, abigarradas con luces de neón verdes, cuyos altavoces a todo volumen dominaban la cacofonía urbana, se prohibieron las bebidas alcohólicas en la compañía aérea Egypt Air, los Hermanos Musulmanes egipcios exiliados en el Golfo en tiempos de Nasser regresaron para invertir sus petrodólares en los bancos islámicos compatibles con la sharía y durante el decenio de la presidencia de Sadat el paisaje humano del país se transformó con la adopción masiva del velo por las egipcias.
Esas medidas, que tenían una función profiláctica para que la población atiborrada de propaganda antisionista aceptara el giro de ciento ochenta grados que supuso el tratado de paz firmado con Israel en 1979, no impidieron, más bien todo lo contrario, que la contestación islamista se radicalizara. Esta disponía de un terreno cultural fértil en el que echar muy hondas raíces. Se llevaría por delante al «presidente creyente», asesinado por la «organización de la yihad» el 6 de octubre de 1981, durante el desfile militar en honor de quien fue, ocho años atrás, el «héroe del cruce» del canal de Suez. Pocas lágrimas se derramaron en Egipto por el faraón impopular, según pude constatar personalmente, puesto que vivía por entonces en El Cairo. Entre las bromas mordaces que propagó el humor egipcio, una de las más conocidas contaba que un barrendero, cuando limpiaba debajo de la tribuna de honor al día siguiente de la muerte de Sadat, se encontró en el suelo algo parecido a una pasa: «¿Qué es esto? ¡Ah, sí...! ¡La zbiba del presidente!» —queriendo significar con eso que la ostentosa marca de su piedad en mitad de la frente era postiza—.
La guerra civil libanesa fue otro marcador crucial de la islamización gradual de Oriente Próximo porque redefinió en categorías religiosas el repertorio de movilizaciones políticas, que se caracterizaban hasta entonces por el nacionalismo, exacerbadas por la centralidad de la «resistencia palestina» contra el «enemigo sionista» y se inscribían en el enfrentamiento global entre los bloques soviético y estadounidense. La presencia militar palestina en el Líbano había quedado aprobada por los acuerdos secretos firmados en El Cairo el 3 de noviembre de 1969 entre el jefe del Ejército libanés y Yasir Arafat, creando una especie de Estado dentro del Estado en el sur del país, fronterizo con Israel. Se le unieron nuevos combatientes inmediatamente después de las masacres del «Septiembre Negro» en Jordania, en 1970, reimplantados gradualmente desde aquel país en el Líbano con el aval de los Estados árabes. Para estos últimos, se trataba de salvar la cara ante sus propias poblaciones, estableciendo cerca de la «entidad sionista» un punto focal desde el que mantener, con una guerrilla de intensidad media, la necesidad de la presión. El imaginario de la resistencia estaba por entonces en su zénit, reforzado como contraste por la lamentable prestación de los ejércitos árabes durante la guerra de los Seis Días. Las octavillas izquierdistas del Barrio Latino, donde era yo estudiante en un liceo, anunciaban por aquellos años: «La resistencia palestina barrerá los acuerdos de El Cairo» y «El camino a Jerusalén pasa por Amán, Beirut y El Cairo», estableciendo como equivalentes en el combate universal que había que llevar a cabo para el advenimiento del socialismo sobre la faz de la tierra la «entidad sionista» y las «burguesías árabes».
Aquellos proyectos grandiosos del mesianismo marxista no se alcanzaron en modo alguno; por el contrario, el frágil equilibrio confesional de Líbano resultó trastocado por la implantación de un movimiento armado que, por muy palestina que fuera su identidad nacional, se encontraba en el mosaico del País de los Cedros como una fuerza musulmana y suní —es decir, ni cristiana ni chií—. Los maronitas, para quienes Francia, en 1920, en su calidad de mandataria, había creado el Líbano concediéndoles a bastantes de ellos un desahogo que les permitió iniciar la transición demográfica de las clases medias, habían visto declinar su proporción entre la población del país. Y a la inversa, la masa chií, empobrecida y marginada, vivía un crecimiento considerable, que se tradujo en un éxodo rural y la edificación de un gigantesco «suburbio» (dahiyé) en el sur de Beirut. Durante la primera mitad de la década de 1970 —o sea, antes de la revolución iraní de 1978-1979 que exaltó la identidad particular de esa denominación—, se veía a los chiíes en el Líbano, sin diferencia alguna, como musulmanes y, por lo tanto, contaban globalmente como fieles para los notables suníes, entre los cuales se elegía al primer ministro (el presidente de la república, que ostentaba por entonces el poder efectivo, era constitucionalmente maronita). En semejante contexto, la implantación de las organizaciones armadas palestinas reforzaba a los musulmanes en su conjunto, para ejercer presión, con el fin de reformar el sistema político en su provecho y en detrimento de los cristianos. De hecho, los palestinos, ubicados cerca de la frontera israelí en el sur, poblado mayoritariamente por chiíes, mantenían una relación compleja con estos últimos. Abú Jihad, lugarteniente de Arafat, había ayudado a crear los primeros partidos chiíes, como Amal o el Movimiento de los Desheredados, del imán Musa al-Sadr, a mediados de los años 1970. Por conflictos territoriales, sin embargo, y porque los bombardeos israelíes en respuesta a los lanzamientos de misiles Katiusha palestinos desde suelo libanés alcanzaban todo el sur del país, las tensiones eran perceptibles. En 1978, durante la revolución iraní, Arafat ofreció ayuda organizativa a Jomeini; seguidamente, solicitó unas fatuas en favor de la «revolución palestina» para reducir las hostilidades con los habitantes chiíes. Pero la generalización de los ataques israelíes a partir de 1972 degradó globalmente las relaciones entre el Estado libanés —en particular, su contingente de cristianos— y los palestinos.
El conjunto de todos esos factores explica el desencadenamiento de la guerra civil, el 13 de abril de 1975, cuando un autobús lleno de palestinos fue asaltado por milicianos falangistas (maronitas), causando veintisiete muertos. La réplica desde el campo «islamo-progresista», en el que la potencia de fuego de las organizaciones palestinas era determinante, le permitiría obtener la delantera militar, contando con el aval sirio en un primer momento. Pero en junio de 1976 Háfez al-Ásad mandó su ejército al Líbano para restablecer el equilibrio en su provecho. La ocupación siria de una amplia parte del país duraría cerca de tres decenios: no terminaría hasta abril de 2005. De los múltiples vuelcos de la guerra civil, marcados entre otros por la invasión israelí del sur en 1978 y, posteriormente, de 1982 a 1985, de todo el territorio hasta los alrededores de la capital, por los secuestros de rehenes occidentales a partir de esa fecha, así como por los conflictos fratricidas entre facciones cristianas, solo retendremos para nuestra narración dos hechos mayores. En primer lugar, la creación de Hizbulah, que aparece a finales de 1982 y alcanza existencia oficial en 1985. Se trata de un partido chií, nacido por instigación del Irán jomeinista, que dominará tres decenios más tarde la vida política libanesa, después de haber desposeído a la OLP de la resistencia frente a Israel. Más adelante, los acuerdos firmados en Taif, en Arabia Saudí, en 1989, ratifican la derrota de los cristianos haciendo que el poder del presidente de la república (maronita) basculara a manos del primer ministro (suní). El principal beneficiado con la operación es el multimillonario libano-saudí Rafiq Hariri, que ocupará recurrentemente esa función a partir de 1992 y reconstruirá el centro devastado de Beirut por medio del proyecto Solidere, con el fin de volver a dinamizar la economía —hasta que fue asesinado, el 14 de febrero de 2005, en un atentado en Beirut, cuando pasaba con su séquito por el paisaje urbano en el que tanta huella había dejado—.
El aparente vuelco del Líbano hacia el espacio suní se manifiesta por la edificación, en la línea de demarcación entre las zonas cristiana y musulmana de la capital, en el barrio de los antiguos zocos devastados por los combates, de la gigantesca «mezquita Hariri», lindando con la antigua catedral maronita, a la que aplasta con su mole. El Acuerdo de Taif, al marginalizar explícitamente a los cristianos en favor de los musulmanes, constituye paradójicamente en realidad un vano intento suní de bloquear el irresistible auge de la comunidad chií, convertida en la primera del país por su demografía, apoyada y armada por Irán a través de Hizbulah. Para comprender las lógicas de la emergencia de una fuerza competidora chií en Arabia Saudí en el espacio de sentido islámico —cuya consecuencia es el final de la guerra civil siria, en 2018—, tenemos que considerar de nuevo con perspectiva los acontecimientos del año bisagra de 1979, que empieza con el regreso de Jomeini a Teherán en febrero y termina el día de Navidad, con la invasión soviética de Afganistán y el comienzo de la yihad suní en ese país, mientras se firma en Washington el tratado de paz entre Israel y Egipto, en marzo.
Irán, como todos los productores de hidrocarburos, se había beneficiado sustancialmente de la subida del precio del barril —a pesar de que no hubiera tenido ninguna participación en la decisión de embargo de octubre de 1973, puesto que no era un Estado árabe—. Pero el sah Mohamed Reza Pahlevi había pujado enseguida aún más fuerte, viendo que, al cuadruplicarse los precios, se le presentaba la oportunidad de hacer de su país una de las más importantes potencias del mundo, poniendo de manifiesto ambiciones desmesuradas en las páginas de publicidad de la prensa internacional, haciéndose con participaciones en la agencia nuclear europea Eurodif e inquietando a sus vecinos del Golfo, que temían que llegara a dominar la región. Su megalomanía, de la que habían sido buena muestra las fastuosas fiestas de Persépolis, organizadas en octubre de 1971 para celebrar el 2500.º aniversario de la fundación del Imperio Persa, gastando miles de millones de dólares, hizo que se beneficiara principalmente del aumento descomunal de la renta petrolera su entorno de confianza, el Ejército y el aparato del Estado, en detrimento de una sociedad civil numerosa que era víctima de una violenta represión policial. La alienación de las clases medias tradicionales, encarnadas por los comerciantes del bazar, así como el clero chií que había ido creándose, favoreció una situación de crisis social agravada por la afluencia de gente del campo, atraída a las ciudades por la aspiración insatisfecha de sacarle partido al maná de los hidrocarburos, y que constituyó un enorme proletariado de «desheredados». En ese contexto, los numerosos beneficiados con becas generosas, a los que habían enviado a estudiar a Occidente por decenas de miles para edificar el Irán del futuro, se volvieron contra el régimen imperial autocrático y corrupto.
El sah, de visita en Estados Unidos en noviembre de 1977, cuando el presidente demócrata Jimmy Carter pretendía «moralizar» la política exterior americana después de su predecesor Richard Nixon, dio lugar a violentas manifestaciones de hostilidad. Los gases lacrimógenos empleados para dispersar a los estudiantes y activistas, mayoritariamente marxistas o izquierdistas, que habían invadido el centro comercial de Washington, llegaron, empujados por el viento, hasta la rosaleda de la Casa Blanca, donde el monarca tuvo que interrumpir su alocución televisada, llorando a lágrima viva. El efecto simbólico de aquellas imágenes fisuró el sistema autoritario y le dio a la oposición iraní el valor de expresarse, en particular porque las exigencias estadounidenses sobre el respeto de los derechos humanos contribuían a atemperar la represión. Como en Argelia en 1988 o cuando los «levantamientos árabes» de comienzos de la década de 2010, lo que hizo que creciera el germen del proceso revolucionario fueron las fuerzas religiosas que se hicieron con el movimiento y lo desviaron en su propio provecho. El Irán de Reza Pahlevi, al igual que en los países árabes circundantes, donde los autócratas modernizadores habían prostituido la laicidad al servicio de la dictadura, comprometiendo la legitimidad de una oposición democrática que se identificaría con esos mismos ideales, por muy auténticos que fueran, había favorecido la polarización alrededor del partido comunista, por una parte, y de las facciones más politizadas de los clérigos chiíes, por otra.
A pesar del proclamado ateísmo de los marxistas, existía entre esas dos entidades una especie de homotecia estructural: el clero, al igual que las organizaciones leninistas, está jerarquizado y es propicio a hacerse eficazmente eco de eslóganes y movilizaciones de sus fieles (al contrario de lo que sucede en el mundo suní, donde la autoridad religiosa está fragmentada entre múltiples ulemas rivales), baza estupenda para orquestar la continuidad de un movimiento revolucionario destinado a derribar el poder. Esa mencionada congruencia se había manifestado a través de numerosos grupos híbridos islamo-marxistas o islamo-izquierdistas, a semejanza del más conocido de todos ellos, los Muyahidines del Pueblo, cuya denominación combinaba el imaginario de la yihad y el del populismo. El cruce se debía a un intelectual nacido en una familia clerical, posteriormente educado en Francia, en el Barrio Latino, Ali Shariati. En su traducción al farsi de la obra de Frantz Fanon Les damnés de la terre2,había reformulado en vocabulario coránico la conocida contradicción marxista entre «oprimidos» y «opresores», dando como equivalencia para el primer término «desheredados» (mostakdafin), y para el segundo, «arrogantes» (mostakbirin). Pero esa adaptación no recogía las mismas categorías que el modelo original: al añadirle una fuerte significación moral impregnada de religiosidad, permitía desplazar las líneas de la lucha de clases y meter en el grupo inclusivo de los «desheredados» a todos los enemigos del sah, desde los mercaderes del bazar hasta el proletariado proveniente del éxodo rural. Fusionaba asimismo en el proceso revolucionario, y bajo la dirección de la facción del clero ganada por semejante ideología, las clases medias piadosas y la juventud urbana pobre, que, desde un punto de vista estrictamente social, habrían sido antagónicas.
El genio político del ayatolá Jomeini, opositor exiliado en Náyaf, población santa chií de Irak, de 1964 a 1978, y posteriormente a Neauphle-le-Château, en la periferia parisina, hasta su regreso victorioso a Teherán, el 1 de febrero de 1979, aprovechó la oportunidad y se convirtió en el campeón de los «desheredados». Así fue cómo consiguió controlar un aparato clerical con el que no contaba al principio e instrumentalizar los movimientos de izquierdas, antes de exterminarlos una vez que triunfó y proclamó la «República Islámica». Para llegar a ello, y según un proceso paralelo al del salafismo en el mundo suní, había vuelto a una forma fundamentalista y «depurada» del dogma, alejada de los pasados compromisos a lo largo de la Historia entre los ayatolás y los príncipes. En su doctrina, el imán Husein, nieto del Profeta, que murió como mártir en Kerbala en octubre de 680 a manos de los soldados del califa suní Yazid, representa la encarnación sublime de los «desheredados», mientras que el sah personifica al «arrogante» Yazid. Jomeini, provocando así que colisionaran los fundamentos de la creencia replanteados por su ideología contra los retos de la actualidad, consigue crear una movilización considerable, que pudo a la vez con todas las demás componentes de la oposición y del régimen imperial.
Quien se hace llamar «Guía» de la revolución islámica regresa triunfalmente a Teherán en un avión de Air France, y resulta que ya por entonces se ha convertido en una fuerza contraria chií, particularmente poderosa en el interior mismo del proceso de islamización de Oriente Medio, iniciado seis años antes por el reino saudí y sus aliados suníes con ocasión de la guerra del Ramadán y de la cuadruplicación de los precios del petróleo. El antagonismo entre esas dos entidades será el motor principal de las crisis y las guerras en la región durante los cuatro decenios siguientes, y se propagará más allá, alcanzando muy particularmente Europa con la exportación recurrente del terrorismo islamista a su territorio, haciendo rehenes a las poblaciones inmigradas de origen musulmán que residen en el interior de sus fronteras. Llegará incluso, al socaire de las fluctuaciones de los precios del barril, a relativizar la línea de fractura que el nacionalismo árabe había cristalizado después de las independencias: a saber, el conflicto entre Israel y Palestina, anexionándolo a sus propias lógicas (según lo pondrá de manifiesto su captación por parte del Hizbulah libanés y el Hamás palestino, ambos bajo la influencia de Teherán). Su dinámica se alimentará con un pulso permanente, al precio de una agravación constante del caos en las sociedades de Oriente Medio, por el hecho de la irresponsabilidad política mantenida por la renta petrolera, mientras ésta seguiría creciendo sin fin aparente hasta la segunda mitad de los años 2010.
