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"Salir del paso" es ignorar o cuando menos disimular un error. No es una rectificación, un acto de arrepentimiento y menos una autocrítica. Nos dimos cuenta de que "salir del paso" forma parte esencial del arsenal práctico y retórico de los movimientos guerrilleros que examinamos. Quizás por eso tanta renuencia de ellos a debatir. Este libro se atreve a hacerlo con la franqueza que otorga una larga investigación. Abordamos sin frenos tres décadas de violencia revolucionaria en Bolivia. Indagamos la vida íntima de tres ejércitos (el ELN, el EPLN y el EGTK). Si bien no son todos, son los más decisivos. En el trayecto pusimos en pie una nueva interpretación de hechos sabidos, mal digeridos e incluso escondidos con deliberación o descuido. Salir del paso indaga sobre el honor injustamente perdido del Partido Comunista de Bolivia (PCB), la opaca huella boliviana en la hora de gestar el ELN, la improvisación casi catastrófica de los preparativos para Ñancahuazú, los yerros del Che en Bolivia, la postura de Fidel Castro tras la muerte de Barrientos, el origen del dinero recolectado para detonar los focos guerrilleros, las intenciones del EGTK de cara al Estado-nación llamado Bolivia y la autoría de los asesinatos de la calle Abdón Saavedra. A su vez, entrega una entrevista exclusiva a Mario Monje Molina realizada en 2013 en Moscú.
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Seitenzahl: 934
Veröffentlichungsjahr: 2025
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© Rafael Archondo / Gonzalo Mendieta, 2023
© Plural editores, 2023
Primera edición: octubre de 2023
D.L: 4-1-3567-2023
ISBN (impreso): 978-9917-625-63-6
ISBN (digital): 978-9917-34-137-6
Producción:
Plural editores
c. Jacinto Benavente Nº 2255
Teléfono: 2411018 / Casilla 5097 / La Paz, Bolivia
e-mail: [email protected] / www.plural.bo
Diagramación digital: ebooks [email protected]
A Ignacio e Iñaki, que dan luz y de la buena
Siglas
Prólogo
Presentación
1. Cinco pistas para el despegue
¿Cómo pensaba el Che?
Los dos aportes de Guevara
Construir sin utensilios prestados
Me voy
Nexos tirantes
“La gente quiere vivir”
La vacilante marcha de Monsieur Debray
Al corazón de Los Andes
¿Qué pasó?
Guerrillero de tintero
Danton vive
Mario Monje tenía un plan
Prehistoria del pcb
El contexto nacional y el plan Monje
La debilidad de Barrientos
La primera ruptura
Los naufragios iniciales en Perú y Argentina
Monje, un personaje complejo
La leyenda negra
La reunión del 31 de diciembre de 1966
Monje al Che: “En tu cabeza hay una ametralladora”
Monje, años después
El diario de Miguel
La ruta hacia el sacerdocio
Bolivia
La umsa
En la militancia armada
Un testamento espiritual
El Mallku le pone poncho a la guerrilla
Las ideas
Lo que Felipe no fue
El barniz marxista de García Linera
2. Historia de tres ejércitos
La “invención” del eln
Praga: la capital del pasaporte falso
Dos delegaciones bolivianas
Al Cherogando
Mañana me voy a Lima…
Chau Perú
El acuerdo del 28 de julio
Finca comprada
¿Cuándo y dónde empezar?
El incordio francés
Volver a ser el Che
El dilema moral
La verdad de Reyes
Si yo a Cuba le cantara…
Olvidar a Monje
Los errores militares del Comandante
La marcha interminable
La retaguardia abandonada
Abrir fuego, ¿para qué?
Delatar al Che: ¿quería ser discreto?
Los jeeps de la guerrilla
Marcelo Quiroga pensó en Bolivia, no en Vietnam
Todos en paz menos él
Y Bolivia no fue Vietnam
Barrientos, Fox y LeMay
Henderson y uno de los prólogos de la guerrilla del Che
San Juan, los gringos, la precariedad de Barrientos
¿Crear muchos Vietnam?
¿Quién ordenó matar al Che?
Balance de un foco: Ñancahuazú en cifras
¿Dónde está enterrado?
Vivir sin el Che
Es Raúl
Suicidas
En familia
Luchar sin Cuba
La encerrona
La muerte de Pepe
El asesinato de Ricardo y Victoria
Nueva fuente de dinero
Saldaña, sucesor del Inti
La Imilla
Teoponte, ahora sí volvimos
Resistiendo el golpe de Banzer
Se asoma el mayor Sánchez
Ampliado Ñancahuazú en Lima
Dilatación arterial y estrechamiento mental
Balance final de los focos
Sopa de letras para llegar al parlamento
La historia del epln
El desencanto de los persistentes: volveremos al eln
El secuestro de Lonsdale: 4 muertes inútiles
Un preso de oro
Confesión
cnpz en las paredes
La toma
El rol jesuita
Fusiles en la cordillera: emerge el egtk
Del mitka al orat
Las búsquedas
Un papagayo de la guerra comunitaria
Qhananchiri versus el “izquierdismo burgués”
Katarismo marxizado
Explosiones en el altiplano
Ruptura en la prisión
3. Lo que aprendimos
4. Entrevistas
Mario Monje Molina
Elizabeth Burgos
Igor Rybalkin
Raquel Gutiérrez Aguilar
5. Cronología de la violencia revolucionaria
Posfacio
Fuentes escritas y audiovisuales
adn Acción Democrática Nacionalista
apra Alianza Popular Revolucionaria Americana
bpp Bloque Popular Patriótico
cbn Cervecería Boliviana Nacional
cnpz Comisión Néstor Paz Zamora
codep Consejo de Defensa del Pueblo
cob Central Obrera Boliviana
comibol Corporación Minera de Bolivia
cntcb Confederación Nacional de Trabajadores Campesinos de Bolivia
csutcb Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia
cpl Comités Populares de Liberación
c4m Coordinadora 4 de Marzo
crop Confederación de Repúblicas del Pacífico
ecp Eje de Convergencia Patriótica
egtk Ejército Guerrillero Tupaj Katari
eln Ejército de Liberación Nacional
erp Ejército Revolucionario del Pueblo
epln Ejército Patriótico de Liberación Nacional
fab Fuerza Aérea de Bolivia
frb Frente de la Revolución Boliviana
fsb Falange Socialista Boliviana
fri Frente Revolucionario de Izquierda
fstmb Federación Sindical de Trabajadores Mineros de Bolivia
flin Frente de Liberación Nacional
igm Instituto Geográfico Militar
iu Izquierda Unida
jcb Juventud Comunista de Bolivia
jcr Junta de Coordinación Revolucionaria
Komintern Internacional Comunista
ltmLes Temps Modernes (Los Tiempos modernos)
mas Movimiento al Socialismo
mbl Movimiento Bolivia Libre
mcb Movimiento Campesino de Bases
mpc Movimiento Popular Cristiano
mitka Movimiento Indio Tupaj Katari
mip Movimiento Indígena Packakuti
mir Movimiento de Izquierda Revolucionaria
mir Movimiento de Izquierda Revolucionaria Masas
m-26 Movimiento 26 de Julio
mln-t Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros
mpln Movimiento Popular de Liberación Nacional
mnri Movimiento Nacionalista Revolucionario de Izquierda
olas Organización Latinoamericana de Solidaridad
orat Organización Revolucionaria de Ayllus Tupajkataristas u Ofensiva Roja de Ayllus Tupajkatatistas
ost Organización Socialista de los Trabajadores
prin Partido Revolucionario de la Izquierda Nacional
ps Partido Socialista
psd Partido Social Demócrata
prtb Partido Revolucionario de los Trabajadores de Bolivia
pcc Partico Comunista de Cuba
por Partido Obrero Revolucionario
por c Partido Obrero Revolucionario Combate
psi Partido Socialista Internacional
pcb Partido Comunista de Bolivia
pcp Partido Comunista del Perú
pcus Partido Comunista de la Unión Soviética
pca Partido Comunista Argentino
pcv Partido Comunista de Venezuela
pcml Partico Comunista Marxista Leninista
ppcc Partidos Comunistas
pir Partido de Izquierda Revolucionaria
udp Unidad Democrática y Popular
urss Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas
umss Universidad Mayor de San Simón
umsa Universidad Mayor de San Andrés
vr Vanguardia Revolucionaria
Los estudios sobre la violencia revolucionaria en la América Latina de la Guerra Fría han estado tradicionalmente guiados por referentes filosóficos que dan por sentada la legitimidad de la lucha armada. Pensadores como Hannah Arendt, Walter Benjamin, Frantz Fanon y, más cerca aún de las experiencias guerrilleras de los años 60 y 70, Jean Paul Sartre y Régis Debray, escribieron páginas emblemáticas sobre la legitimidad de la violencia bajo regímenes autoritarios. El generalizado contexto democrático de las tres últimas décadas incentiva la discusión sobre esas premisas intelectuales.
Los debates de aquella legitimidad, en la historiografía más reciente sobre las guerrillas latinoamericanas (Vera Carnovale, Aldo Marchesi, Eugenia Palieraki, Arturo Taracena…), se han complejizado por la evidencia de que no toda la lucha armada en esas décadas se movilizó contra regímenes autoritarios. En Chile, por ejemplo, el mir se fundó para hostilizar al gobierno democrático de Eduardo Frei Montalva. Lo mismo podría decirse de la guerrilla venezolana de las faln, encabezada por Fabricio Ojeda y Douglas Bravo, que se levantó en armas contra otra democracia: la de Rómulo Betancourt, Raúl Leoni y el partido Acción Democrática (ad).
La mayoritaria reorientación ideológica de las izquierdas latinoamericanas hacia diversas modalidades de marxismo-leninismo, que siguió a la radicalización socialista de la Revolución Cubana de 1959, produjo aquella activación de guerrillas contra dictaduras o democracias, en tanto variantes del mismo estado burgués. En algunos países como Bolivia, las guerrillas no sólo actuaron contra un tipo u otro de régimen político sino contra gobiernos que se desprendían de una revolución nacional y popular como la encabezada por Víctor Paz Estenssoro y el mnr, entre 1952 y 1964.
Este libro, escrito por Rafael Archondo y Gonzalo Mendieta, deja clara aquella radicalidad guevarista, en los orígenes del Ejército de Liberación Nacional (eln), que acabaría organizándose como movimiento armado en la zona de Ñancahuazú. Si bien Debray, en su estancia en Bolivia, en 1964, había concluido que las condiciones del país no eran favorables a la creación de un foco guerrillero prolongado, también pensaba que la Revolución nacionalista de los 50 podía ser rebasada por otra “bolchevique clásica”, mediante una “lucha armada corta y decisiva”.
Dos años después, aquella recomendación había sido desechada por el grupo que encabezaba el comandante Manuel Piñeiro en La Habana, ya involucrado en la rápida instalación de un foco guerrillero en el sudeste de Bolivia. No sólo se había elegido una zona distinta a la recomendada por el marxista francés, el Alto Beni, en el departamento de La Paz, donde había bases sociales que seguían al mnr y, en especial, al vicepresidente Juan Lechín, sino que la guerrilla surgía con una fuerte presencia de soldados cubanos y un diferendo inocultable entre el Che Guevara y el líder del Partido Comunista Boliviano, Mario Monje.
El estudio de Archondo y Mendieta propone la experiencia accidentada del eln, entre 1966 y 1967, y su trágico desenlace con la ejecución de Guevara, como punto de partida de un ciclo de violencia revolucionaria que se extendería, de manera intermitente, a lo largo de tres décadas. La saga continuaría entre 1969 y 1971, después de la dispersión de los últimos sobrevivientes del grupo guevarista, con el intento de rearmar el eln, en Teoponte, bajo el mando de Rodolfo Saldaña, Osvaldo Peredo y el chileno Elmo Catalán.
En 1971, el eln lograría su acción más destacada al sumarse a la resistencia contra el golpe de Estado de Hugo Banzer, que abortó la breve experiencia militar progresista impulsada por el general Juan José Torres. Pero ya para 1973, la organización se había integrado a la Junta de Coordinación Revolucionaria (jcr), que unió al mir chileno, los tupamaros uruguayos y el erp-pt argentino. Poco después, el viejo grupo insurreccional se transformaría en el Partido Revolucionario de los Trabajadores de Bolivia (prtb), que poco a poco comenzaría a insertarse en la lucha pacífica y electoral.
El segundo momento reconocible, en esta historia de la violencia revolucionaria boliviana, es el que se abre en los años 80, como deriva del Movimiento Indio Tupac Katari (mitka), que entre fines de los 70 y principios de la década siguiente intervino en varias contiendas electorales. En la segunda mitad de los 80, en medio de las transiciones a la democracia en América Latina y del avance de las reformas de Mijaíl Gorbachov en la urss, ese flanco de la izquierda boliviana, ahora en diálogo abierto entre marxismo e indigenismo, regresó a las armas.
De fines de los 80 a principios de los 90, mientras caía el Muro Berlín y se desintegraba el bloque soviético en Europa del Este, dos organizaciones, la Comisión Néstor Paz Zamora (cnpz) y Ejército Guerrillero Tupac Katari (egtk), a las que pertenecieron Felipe Quispe, Michael Northdufter, Álvaro García Linera y Raquel Gutiérrez Aguilar, entre otros, realizaron múltiples acciones violentas como atentados a los sistemas de energía, atracos de bancos y joyerías, destrucciones de monumentos y secuestros de empresarios.
El relato y la interpretación que proponen los autores señala una excepción a la regla descrita por Jorge Castañeda en su clásico estudio La utopía desarmada (1993). Archondo y Mendieta describen una izquierda latinoamericana que no se desarma plenamente en el periodo de las transiciones democráticas latinoamericanas y que, ya en los 90, desemboca en la creación de un movimiento social antineoliberal como el sindicato cocalero y el mas que, a inicios del siglo xxi, llevarían a Evo Morales a la Presidencia de la República.
El libro tiene el mérito de desafiar, a través del caso boliviano, algunas visiones muy extendidas sobre el paso de la lucha armada a la política democrática en la América Latina de fines del siglo xx. Como se muestra aquí, ese tránsito no siempre partió de una clara ruptura o discontinuidad con el método guerrillero y se abrió a nuevas formas de violencia tan tarde como la última década del siglo xx. Sugieren Archondo y Mendieta que esa adaptación dubitativa o incompleta al contexto democrático ayudaría a explicar las narrativas históricas favorables a la experiencia guerrillera desde el mas en el poder, a partir de 2006.
Otra virtud reconocible del volumen producido por estos investigadores es el valor de su archivo. Por medio de un creativo trabajo con fuentes orales, Archondo y Mendieta agregan a la investigación un apéndice con dos entrevistas, realizadas en Moscú, a Mario Monje, líder comunista boliviano, protagonista central de los vínculos y conflictos entre la Unión Soviética y las izquierdas latinoamericanas de los años 60, y a Igor Rivalkyn, ex agente soviético que jugó un papel fundamental en la proyección regional de línea de Moscú hacia los partidos comunistas y las guerrillas latinoamericanas en aquellos años.
También entrevistaron los autores a dos mujeres ineludibles en la historia de los movimientos armados bolivianos: Elizabeth Burgos, antropóloga e historiadora venezolana que en su juventud, como pareja de Régis Debray, tomó parte en la formación del primer eln, y Raquel Gutiérrez, militante del egtk, involucrada en acciones violentas en Bolivia en los años 80. Con posiciones autocríticas sobre aquel pasado en la violencia revolucionaria, los cuatro entrevistados ofrecen un testimonio invaluable sobre los dilemas de la memoria que plantean las revoluciones latinoamericanas de la Guerra Fría.
Dr. Rafael Rojas
El Colegio de México
Salir del paso describe una actitud o comportamiento humano que para los autores de este libro define de manera precisa el atrabancado paso al que obliga la violencia cuando esta toma el control de un proyecto político.
Por atrabancado entendemos: obrar con precipitación, es decir, compulsivamente. Y es que la violencia inyecta estímulos que hacen impensable la pasividad o el azoro. Quien empuña el fusil no aspira a portarlo decorativamente. La pulsión por su activación o su uso letal se abre paso vertiginosamente seductora.
Que nadie se equivoque. No hemos comenzado este libro diciendo con palabras rebuscadas que toda guerra política caerá presa inevitablemente de la irresponsabilidad y el arrebato aventurero. No hay acá una derogación moral a priori del uso de la violencia. De ser así, ya no habría nada que investigar y punto final.
Pero ojo… es que han sido los mismos teóricos o estrategas de la violencia revolucionaria quienes han llenado de elogios la espontaneidad con la que solían y suelen operar los proyectos armados. Esa parece ser parte neurálgica de su encanto.
En el clásico ¿Revolución en la Revolución? (1967) escrito por el filósofo francés Régis Debray, una auténtica “biblia” de la guerra de guerrillas, el autor deplora los “montajes ideológicos preformados”, que condicionan los planes rebeldes, y coquetea abiertamente con la idea de que los insurgentes debieran cultivar la misteriosa magia que regala el paso inesperado, la movida desconcertante, el giro espectacular. Debray llega a decir que el aprendiz docto de comandante guerrillero: “Sabrá menos que otro inventar, improvisar, arreglárselas con los medios disponibles, decidir en el momento mismo una operación audaz para salir de un mal paso. Creyendo saber ya, aprenderá menos deprisa, sin flexibilidad” (cursivas nuestras).
Queda sentado entonces que también para sus promotores, la violencia revolucionaria debe adornarse con la falta de prudencia. Sería así una actividad ideal para espíritus impacientes. Es lo que esperamos demostrar en las siguientes páginas utilizando para ello sólida información acunada en la historia de Bolivia y también de América Latina.
Así, los datos recopilados en este libro trabajan en pos de un objetivo central: revelar el modo en el que la violencia coloniza inexorablemente la política hasta reconfigurarla por completo. Esperamos que, al finalizar su lectura, ya no se repita con tanta ligereza aquella manida y descontextualizada frase del estratega militar prusiano Carl Von Clausewitz quien dejó escrito: “La guerra es una mera continuación de la política por otros medios (1832)”. Acá discrepamos de esa tesis, generalmente incomprendida por obra de Lenin, para señalar que la guerra es, en realidad, una profunda alteración de la política que la convierte, con frecuencia, en lo que aquí hemos optado por llamar violencia revolucionaria.1
Bolivia vivió tres décadas (1967-1997) en las que diversos grupos se organizaron para apuntalar dicha violencia revolucionaria. Buscaron detonar una guerra emulando los ejemplos de Colombia, Cuba, Guatemala, Argentina, Uruguay, El Salvador o Perú. Su meta era derrocar al gobierno establecido. El precursor de estos intentos en Bolivia fue nada menos que Ernesto Che Guevara, y el último eslabón de la cadena, Felipe Quispe Huanca. Ambos señores abren las puertas de entrada y salida de nuestro relato.
Los incitadores de estos esfuerzos cayeron invariablemente muertos, heridos o presos; o, en el más afortunado de los casos, resultaron prófugos o expatriados. Hablamos de una serie estable y constante de fracasos.2 Nada que pudieran celebrar. En cambio, a muchos de ellos les fue muy bien cuando optaron por enterrar las armas y trazarse derroteros electorales.
Nadie hasta ahora se había ocupado de eslabonar estas historias en un flujo escrito integrado, entretejiendo datos y explorando concatenaciones. Salir del paso es el fruto del empeño de este par de cronistas, Rafael Archondo y Gonzalo Mendieta, unidos por el placer de investigar, conjeturar traviesamente y trazar sentidos novedosos amparados en la despreocupación e incluso en el desdén por la glorificación de los héroes.3
Este libro abarca tres décadas de violencia revolucionaria, entendiendo por ella, la que se despliega fuera del Estado y generalmente en contra de él. Recopila información ya publicada, la compacta, agrega nueva y recompone o enmienda interpretaciones altamente cuestionables que siguen impregnando nuestra comprensión convencional hasta nublarla.
Los actores colectivos de este recorrido son esencialmente tres organizaciones armadas, nuestras siglas imprescindibles para abordar el trayecto con solvencia: el eln, el epln y el egtk.
Conozcámoslas de modo introductorio para desplegar un primer paisaje panorámico.
A decir del exvicepresidente Álvaro García Linera (2017), el Ejército de Liberación Nacional (eln) de Bolivia fue fundado por el argentino-cubano Ernesto Che Guevara. Así fue. A pesar de su proclamada adscripción territorial, no hubo un solo ciudadano boliviano en el origen de esta herramienta financiada y diseñada por el aparato cubano de seguridad e inteligencia.4
Este punto de partida indispensable para entender al eln boliviano es revelador5 y justifica por sí solo la publicación de la primera parte de este recuento. Nadie había querido mirarlo antes de esa manera.
Bajo dicha premisa, la historia íntima que arranca acá consigna de partida que los elenos bolivianos6 vivieron su vida pública a expensas de factores foráneos. Un cuerpo político cuyo emblema fue la “liberación nacional” devino así en una dócil sucursal; un satélite, cuyas decisiones y acciones quedaron supeditadas a intereses externos o supranacionales.7
El eln funcionó como un alfil de la Guerra Fría la mayor parte de su existencia (1966-1980). No obstante, para los autores de este libro queda claro que la actividad de esta organización no se agota con decir aquello. Aun sabiendo que estamos ante un cuerpo colectivo subordinado, se trató de un actor político de primera línea en el país. No aspiramos a minimizar su presencia, sino a situarla en un contexto más preciso.
Entre 1966 y 1969, el eln dependió del Estado cubano. Casi inmediatamente después pasó a gravitar alrededor de los movimientos armados de Uruguay y Argentina, consecutivamente, los que se animaron incluso a dictar sus lineamientos y, como ocurrió con Cuba, a darle dinero (hubo dos fuertes desembolsos, uno en 1969 y otro en 1975). En 1980 o quizás un poco antes, el eln quedó disuelto y disgregado.8 Hasta entonces tuvo seis jefes y una jefa.
En su trayecto marcial, el eln activó dos focos guerrilleros, uno en 1967 y otro en 1970, sufrió un centenar de bajas letales y le causó 49 muertos al Ejército boliviano. Se mantuvo en operaciones en las montañas durante un total discontinuo de doce meses.
En la década del 80, los residuos de la organización descrita alcanzaron a impulsar un intento de construcción partidaria que derivó finalmente en su sorpresiva inclusión electoral y parlamentaria. El clímax de unificación se llamó Eje de Convergencia Patriótica (ecp), sigla que en 1989 se integró a las filas de la Izquierda Unida (iu). Así, de repente, varios aspirantes a comandantes terminaron como diputados en alianza con la que solían descalificar como “izquierda reformista” o burguesa.
El encauzamiento de las ideas guerrilleras en acciones parlamentarias no fue del agrado de los jóvenes del ecp. Los disidentes de aquel salto a las urnas encararon, por sí mismos desde 1987 y en señal de protesta, episódicas acciones armadas que concluyeron con varios muertos en 1990. Sus excamaradas, ya convertidos en diputados, intentaron salvar esas vidas. Al final solo les quedó investigar las torturas a las que fueron sometidos los sobrevivientes.
Aquel fue un intento por reconstituir el eln con otros nombres y ciertas reformulaciones ideológicas acordes con la nueva coyuntura. Nos referimos al Ejército Patriótico de Liberación Nacional (epln), mejor conocido por la sigla (cnpz) Comisión Néstor Paz Zamora. Es, después del eln tradicional u originario, la segunda ola que atrae a una nueva generación de jóvenes radicalizados. Conversamos largo con dos de ellos, tomamos nota de las voces de los demás, pero también de sus escritos. El recuento completo aparece por primera vez en letras impresas.
Entre 1985 y 1992, una corriente sindical campesina encabezada por Felipe Quispe Huanca conformó el Ejército Guerrillero Tupaj Katari (egtk). Los lazos de continuidad de los tupajkataristas con los dos ensayos previos son tenues, pero no por ello irrelevantes. En cada tramo, los debates ideológicos giraron sobre ejes comunes y en torno a evaluaciones, a veces severas, de los respectivos fracasos. El seguimiento de cada experiencia, pero sobre todo su interrelación, arroja conclusiones interesantes para la historia de Bolivia. Hemos intentado sacarle el jugo a todo lo narrado vigilando el rigor y la coherencia en el momento de reportar nuestros hallazgos.
El egtk cobijó un esfuerzo intelectual orientado a conciliar el marxismo con el indianismo. Este proyecto fue encarado casi exclusivamente por un grupo de siete militantes urbanos de las clases medias cochabambinas y tuvo a Álvaro García Linera como su principal exponente. Sin embargo, la síntesis de ambas doctrinas no fue asimilada por el conjunto y yace convertido aún en un aporte meramente libresco. Luego García Linera intentaría inyectar su síntesis remodelada desde la Vicepresidencia del Estado y en los hechos lograría cooptar con ello a varios exmilitantes del egtk para su proyecto político llamado Movimiento al Socialismo (mas). A su vez, Raquel Gutiérrez Aguilar, mexicana, una de las pocas mujeres adheridas al proyecto, ensayaría una lectura disidente de lo obrado, incorporando fuertes dosis anarquistas y feministas en sus planteos.
Al margen de su pertinencia o concordancia con la realidad del país, la fusión, al menos discursiva, de marxismo e indianismo es parte ya de los anales del pensamiento político boliviano y se trata del esfuerzo más consistente, aunque igualmente fallido, por arraigar la teoría guerrillera en la práctica histórica nacional.
En su corta existencia, algo menos de tres años, el egtk organizó quince atentados contra los sistemas de distribución de energía (los blancos fueron torres de alta tensión y ductos), ejecutó cinco atracos que lo llevaron a poseer y a administrar más de medio millón de dólares y puso en acción a cuando menos 150 aymaras y quechuas.9 La mayor parte de ellos participaron activamente después en la ola de protestas iniciada en abril de 2000, que derivó en la aprobación, en 2009, de una nueva Constitución. Algunos se integraron a la nueva clase gobernante boliviana, moderando considerablemente sus opiniones y metas iniciales. Nunca más volverían a hablar de destruir el “Estado nación capitalista boliviano”.
Tras la liberación en 1997, de los últimos detenidos por actividades subversivas o armadas, Bolivia parece haber cerrado este capítulo específico de las relaciones estrechas y disruptivas entre política y violencia. Los funerales se seguirán suscitando, pero a partir de ahí, ocasionados ya por circunstancias e ideas distintas.
Es útil advertir, de inicio, que la dependencia del eln boliviano de sus patrocinadores sucesivos lo llevó a entronizar para sí una lógica militar exógena que le hizo prescindir del análisis de la realidad boliviana. Para el eln lo que ocurriera en el país resultaba generalmente irrelevante y hasta anecdótico. Lo neurálgico era que se contara con una estructura, un financiamiento y una militancia dispuesta a “volver a las montañas”, como prometió su cuarto jefe, el Inti Peredo10 el 19 de julio de 1968. Por eso, para la gran mayoría de la sociedad boliviana, el comportamiento del eln se fue tornando extravagante y exótico hasta caer lentamente en el olvido. Solo con la llegada de varios elenos al poder político en 2006 se alentó una fiebre nostálgica que derivó en la erección de un monumento metálico al Che Guevara en la Ceja de la ciudad de El Alto. Durante el primer gobierno del mas (2006-2019), el guerrillero argentino asesinado en La Higuera en 1967 se integró al repertorio simbólico del Estado Plurinacional de Bolivia. En una suerte de vejación simbólica masiva, las Fuerzas Armadas fueron obligadas a gritar “Patria o Muerte” durante sus liturgias cívicas.
Además de lo señalado, narraremos en estas páginas los esporádicos momentos en que los elenos se liberaron de sus patrocinadores, más por defecto que por iniciativa propia. Durante esos instantes el eln comprendía quizás fugazmente que, para liberar Bolivia, primero debía liberarse él mismo. Sin embargo, en medio de esos respiros, no tuvo el tiempo suficiente para crear o forjar una nueva dinámica y construirse como una corriente efectiva de pensamiento propio.11 Quien recolecta documentos del eln debe conformarse con leer hojas orientadas exclusivamente al reclutamiento perentorio. Afortunadamente no ocurrió lo mismo con el egtk, transformado antes y después de sus atentados en un laboratorio de ideas. Su riqueza analítica contrastaría fuertemente con la pobreza de sus logros militares.
En el marco de lo señalado, este libro abarca también el periodo comprendido entre la “invención” del eln en julio de 1966 y la resolución funesta del secuestro del empresario Jorge Lonsdale en la madrugada del 5 de diciembre de 1990. Si bien los secuestradores del 90 no se reivindicaron en un 100% herederos del Che, fueron la última derivación de su doctrina. Para entonces el apoyo financiero de Cuba se había esfumado tras la irrupción de las democracias latinoamericanas y el fin de la Guerra Fría. En el caso de la cnpz, que secuestró a Lonsdale, el patrocinador, en términos técnicos y logísticos, fue el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (mrta) del Perú,12 que usó a Bolivia como su campo de retaguardia. Antes hubo un curso fugaz de adiestramiento a cargo del eln de Colombia en la zona de Alto Beni del departamento de La Paz.
A todo ello agregamos el vibrante episodio del surgimiento y caída del egtk. Es el tiempo en que la ideología elena fue reformulada profundamente y derivó en una concepción nueva teñida de katarismo,13 una especie de segunda nacionalización de la guerrilla en Bolivia (la primera fue ensayada sin éxito en Teoponte el año 1970). Por primera vez, el esfuerzo guerrillero carecía de un paraguas internacional.
Varios de estos adelantos muestran que salir del paso fue la consigna silente que acompañó la planificación y toma de decisiones de las hermandades armadas organizadas en Bolivia entre 1966 y 1992.
A fin de solventar esta tesis y el flujo general del relato hemos empleado abundante bibliografía producida por los mejores especialistas nacionales e internacionales en el tema. Destacamos, entre muchos, a Gustavo Rodríguez Ostria (1952-2022) y a Humberto Vázquez Viaña (1937-2013). Su distancia crítica con el eln, al que Humberto incluso perteneció junto a su hermano Jorge, aportó decisivamente a formarnos una idea cabal de lo que fueron esos años. Consignamos, en clave boliviana, el profuso debate mundial sobre el destino final del Che Guevara. Fueron los años en los que el planeta giró brevemente en torno a la pregunta: ¿por qué Bolivia? El tramo posterior correspondiente a los años 70, 80 y 90 recupera fuentes diversas, algunas de ellas, orales.
Una mención especial como fuente de información creíble merece acá el Diario de Harry Villegas, más conocido como Pombo, oficial del Ejército cubano y guerrillero del eln en Bolivia. Daniel James (1979), autor de una precoz biografía del Che, afirma con razón que el citado documento “es de mayor valor histórico que el diario de cualquier otro guerrillero, incluso el del propio Che”.
Del mismo modo, somos conscientes de que cualquier texto que intente abordar la historia de los elenos bolivianos no podía prescindir de la laboriosa recopilación entregada generosamente al público por el periodista Carlos Soria Galvarro,14 exmilitante del Partido Comunista de Bolivia (pcb), pero sobre todo de la jcb (la Jota), brazo juvenil y la organización más sacudida por la llegada del Che a Bolivia. Aquellos cinco tomos publicados por el Kechi (Soria Galvarro) en 2005 retuvieron nuestra retina y mente durante varios meses.
Hay que decir que, en el lapso estudiado, se percibe una notoria concentración de estudios y ensayos relacionados con el periodo 1966-1967. El peso desproporcionado que la figura del Che le ha cargado a este corto momento en la larga historia del eln boliviano, genera un desbalance que aquí buscamos contrarrestar. Por ello, este es quizás el primer intento sistemático de entender a Guevara como el primero de los siete jefes del grupo.
En calidad de primicia, nuestro libro consigna una extensa entrevista realizada en Moscú el año 2013 por Gonzalo Mendieta a Mario Monje Molina, quien fuera primer secretario del Partido Comunista de Bolivia (pcb) en los meses en los que el Che llegó al país para instalar el foco de Ñancahuazú. También contamos con el amplio testimonio de Simón Reyes Rivera, exsecretario ejecutivo de la Central Obrera Boliviana (cob) y dirigente comunista en ese mismo periodo. La memoria de Reyes fue atesorada por su familia y nos fue confiada por ella a fin de dejar asentada su versión de los hechos ocurridos entre 1966 y 1967.
Podría decirse que gracias a estos dos testimonios los lectores tienen por primera vez ante sí una defensa sólida de los comunistas bolivianos contra los ataques esgrimidos por Fidel Castro en 1968 a tiempo de publicar el Diario delChe. Como veremos, el propio Castro moderaría sus propios juicios con el paso de los años. De todas maneras la justa reivindicación del pcb aparece en el papel medio siglo después de haber permanecido enterrada.
A ello sumamos la visión soviética. Gonzalo Mendieta entrevistó también al ruso Igor Rybalkin, alto funcionario del Partido Comunista de su país, quien estuvo en contacto y fricción con los asuntos relacionados con Bolivia en los años que nos ocupan. La conversación, que acompaña a la de Mario Monje Molina, termina de completar el cuadro de situación.
En este trayecto, dejamos constancia de nuestro lamento por los equívocos de profano en los que incurren escritores e historiadores no bolivianos cuando se refieren al periodo de la guerrilla del Che en Bolivia. Qué ganas nos dieron de haber sido sus editores nativos para que entendieran, por ejemplo, que el Alto Beni no es igual al Beni o que no hay mineros en Camiri. Deficiencias similares aparecen profusamente entre quienes desde fuera del país abordan las derivaciones del katarismo en la década de los 90. El mejor modo de contrarrestar estos últimos yerros ha sido fichar y aprender de Pedro Portugal y Carlos Macusaya, los dos investigadores más rigurosos de las sendas de la wiphala.15
José Antonio Quiroga, Raúl Rivero, Yesko Quiroga y Daniela Murialdo revisaron el primer gran borrador de este libro y liberaron al público lector de varios errores e imprecisiones. Les quedamos enormemente agradecidos. Siete medios de comunicación ayudaron a los autores de este libro a adelantar numerosos datos, que ellos fueron transmitiendo en forma de artículos y columnas. Muchos de esos textos se fundieron en estas páginas unificadoras. Esos medios fueron los diarios bolivianos Página Siete y La Razón (suplemento dominical Ventana), La Jornada de México, las revistas Rascacielos de Bolivia y Levadura de México, el semanario Pulso y la Agencia de Noticias Fides (anf). También queremos agradecer públicamente a la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), sede México, que publicó por primera vez la síntesis que acá aparece sobre el pensamiento del Che y a la Universidad Nacional Autónoma de México (unam) y a su Instituto de Investigaciones Sociales (iis), en cuya estancia posdoctoral se encubaron algunos de los hallazgos consignados en “Salir del Paso”.
Una mención especial de gratitud va para Rafael Rojas Gutiérrez, director de la Revista de Historia Mexicana y miembro destacado del Colegio de México por haber aceptado leer nuestra investigación y distinguirla con un excelente prólogo.
Como antesala de la historia de los ejércitos, este libro comienza con cinco retratos de igual número de personalidades. Entregamos una especie de mini biografías intelectuales del Che Guevara, Régis Debray, Mario Monje, Miguel Northdufter y Felipe Quispe. Gracias a esas semblanzas, el lector entenderá didácticamente el sello personal que tuvieron los tres ensayos de violencia revolucionaria ocurridos entre 1967 y 1997.
El eln acompaña esta investigación incluso cuando ya había desaparecido. Entre los hallazgos obtenidos está precisamente su influencia tibia en la formación del llamado epln, desde donde se desprendió la cnpz. Del mismo modo registra el breve paso de Felipe Quispe por las filas elenas y el financiamiento otorgado por el eln a la fractura del mitka, en cuyo seno se gestó la Organización Revolucionaria de Ayllus Tupajkataristas (orat), que dio origen al egtk.
El libro persigue los caminos de la violencia revolucionaria desde su irrupción hasta su disolución temporal. Somos conscientes de que esta no estalló por primera vez en 1967 y que seguramente no ha concluido en 1997. Antes del Che y después de Quispe, Bolivia vivió refriegas de hondo calado. Se alzaron los liberales contra los conservadores, los movimientistas contra los pursistas, los falangistas contra el Movimiento Nacionalista Revolucionario (mnr) en el poder, los alteños, achacacheños y viacheños contra Sánchez de Lozada. La diferencia está en que todos ellos se concibieron como insurrectos fulminantes y no como guerrilleros de prolongado alcance y dedicación exclusiva. Esta diferencia no es nada desdeñable. Cuando la guerra no termina, dice Régis Debray (1999), se asoma la faz de “la monarquía”. Que los bolivianos no nos hayamos aficionado al uniforme de combate luce como un rasgo democratizador de gran calibre, que nos debiera subir a la cima del orgullo.
Bolivia era y es un país de asaltantes del cielo más que de emboscados en el monte. Bolivia era y es patio de complotadores más que de guerreros de oficio y a tiempo completo. Nos apasiona la política que subordina a la guerra breve y no la receta inversa. Quizás por ello este país desencantó tanto a los amigos de Fidel Castro y obligó a Quispe a ser diputado y luego casi gobernador de La Paz por la vía de las urnas.
Quizás quepa decir entonces con solvencia que, a los bolivianos, en contra de lo que se suele pensar, no nos entusiasma mucho salir del paso, tal vez porque preferimos retraer los pies cuando percibimos el borde del abismo.
Rafael Archondo Quiroga. Gonzalo Mendieta Romero
Octubre de 2023
1 Decimos aquí sin temor que la violencia revolucionaria es la política sometida a los arbitrios de la tracción material.
2 Si se revisa con detenimiento la historia de las guerrillas en América Latina se constata que Bolivia, Brasil, Paraguay, Chile, Ecuador, Honduras, Costa Rica, Panamá, República Dominicana y Haití son los países en los que estas fracasaron de manera ostensible. Los epicentros rebeldes fueron Venezuela, Colombia, Nicaragua, El Salvador, Guatemala, Argentina y Uruguay.
3 Nos preocupa aún menos la denostación de las figuras públicas. Nuestro punto de observación es otro, pero tampoco es neutral.
4 Según Vázquez Viaña (2008), el primer boliviano en enterarse que el Che Guevara estaba en Bolivia fue Jorge, el hermano del autor el 5 de noviembre de 1966. La participación del comandante y exministro de Cuba en la guerrilla en ciernes fue un secreto de Estado hasta ese momento. En ese día, el eln, aún en la cabeza del legendario guerrillero, se topaba con su primer recluta nativo.
5 El eln existió también en el Perú y existe aún en Colombia.
6 Mote usado para los militantes del eln.
7 Este dato es llamativo. La creación exógena de movimientos guerrilleros es relativamente rara. Ni siquiera la guerrilla de Masetti en la Argentina, diseñada entre éste y el Che fue tan importada como lo fue el eln boliviano.
8 El indicador de su disolución fue el golpe del general García Meza, el momento estelar para cualquier movimiento armado que hubiese querido despegar resistiendo a uno de los gobiernos más impopulares del siglo xx.
9 A pesar de la cifra estimada, el egtk no deja de ser un grupo pequeño. En América Latina, movimientos como las farc de Colombia o Sendero Luminoso de Perú superaron holgadamente el millar de reclutas. Guerrillas más modestas como el erp argentino consiguieron congregar cuando menos a 500 hombres armados.
10 El Inti Peredo es Guido Peredo Leigue, el cuarto jefe del eln. Sus hermanos Roberto Coco y Osvaldo Chato también fueron militantes de la organización. Antonio Raúl, el mayor, se sumó al final cuando la instrucción fue crear el Partido Revolucionario de los Trabajadores de Bolivia (prtb). Este último fue el único de los hermanos que no abrazó la lucha armada de manera directa, aunque se mostró persuadido de su necesidad.
11 ¿Cabía esperar algo así? Por supuesto que sí. En el Cono Sur el foquismo guevarista fue profundamente reformulado o quizás incluso desechado por las nuevas generaciones que vieron morir al Che en 1967. En el caso del Perú, Sendero Luminoso descartó por completo los aportes de Debray y el Che y optó por recrear los postulados de Mao en contacto con la realidad andina.
12 En 1985, el grupo peruano organizaría el secuestro del empresario industrial Samuel Doria Medina, quien logró salir con vida del impasse tras el pago de un rescate. Los secuestradores fueron después detenidos.
13 El Katarismo es un conjunto de ideas que evocan a Tupaj Katari y a Tomás Katari, dos líderes indígenas anticoloniales. Postula la liberación de las naciones oprimidas en Bolivia y tuvo una influencia consistente en la vida pública nacional boliviana.
14 En consonancia con lo narrado, Soria también fue militante del Eje de Convergencia Patriótica (ecp).
15 Bandera andina multicolor y cuadriculada creada en la década del 70 por Germán Choquehuanca.
Este libro inicia su recorrido instalando como anfitriones de partida a cinco individuos clave.
El quinteto que acá inaugura relato y reflexión nos ayuda a condensar todos los antecedentes indispensables para comprender la vida de las tres organizaciones guerrilleras estudiadas, esos tres ejércitos que sucumbieron pocos metros después de haber arrancado.
Dichas personas son Ernesto Guevara de la Serna, más conocido como el Che; el francés Jules Régis Debray, apodado Danton en los diarios de combate de Ñancahuazú; Mario Monje Molina, boliviano, oriundo de Los Yungas de La Paz, conocido por los combatientes como Estanislao, y primer secretario del pcb en el tiempo de la guerrilla del Che; el italiano Michael Northdufter, líder de la Comisión Néstor Paz Zamora (cnpz) operando bajo el alias de Gonzalo y Felipe Quispe Huanca, ideólogo y fundador del egtk, además de líder principal del Movimiento Indígena Pachakuti (mip). El nombre de guerra de Quispe era Tata Marcelo.
Los hemos seleccionado, porque en torno a ellos se agolpan las principales ideas que inspiraron a la creación de estructuras armadas en Bolivia. Sus vidas, pero sobre todo sus mentes, ayudan a explicar didácticamente el contexto en el que luego nos sumergiremos.
Del mismo modo, Guevara, Debray, Monje, Northdufter y Quispe expresan de manera inmejorable el debate desarrollado dentro y fuera de Bolivia en torno a las promesas y compromisos que solía detonar la lucha armada en el mundo.
El trayecto pone en evidencia la forma en la que los bolivianos fuimos “nacionalizando” la concepción foquista y también el modo en el que finalmente nos apartamos de ella por completo. Con ello, Bolivia se ahorró un baño de sangre como el que padecieron países como Argentina, Perú o El Salvador. El logro, otra vez, no es menor, porque siempre se sabe cuando empieza la violencia, pero difícilmente, cuándo y menos cómo acabará.16
Ernesto Guevara de la Serna nació el 14 de junio de 1928 en el seno de una familia de clase media en la ciudad argentina de Rosario. Se graduó como médico en su país natal y desde muy joven emprendió varios viajes terrestres por los países de América Latina, donde experimentó una vida aventurera, alternada con la práctica de la medicina como mecanismo para solventar sus gastos vagabundos.
Su primera experiencia política intensa tuvo lugar en 1954 en ocasión del derrocamiento violento del gobierno de Jacobo Arbenz en Guatemala. El Che, que ya se había casado y tenido una hija allí, se sintió defraudado por la impotencia del régimen democrático para resistir la intervención norteamericana. Conmovido por esa vivencia, Guevara se mudó a México donde conoció a Fidel Castro, quien en ese momento estaba preparando una fuerza expedicionaria armada decidida a derrocar al gobierno cubano. El médico argentino se sumó al grupo de 82 hombres que, en noviembre de 1956, se internó en el mar Caribe en dirección a la isla. En su cabeza quedaba que, de triunfar, la Revolución cubana no repetiría la agonía de Arbenz.
Después de un desembarco calamitoso en el que muere casi toda la tripulación, Guevara consiguió ser uno de los 17 sobrevivientes que desencadenan una guerra de guerrillas que dos años más tarde ingresará victoriosa en La Habana. Luego de ocuparse de diversas labores represivas, el Che, convertido desde el inicio de la guerra en uno de los principales comandantes del proceso, encabeza el Banco Nacional y después el naciente Ministerio de Industrias, desde donde plantea ideas nuevas acerca de la manera de construir la naciente sociedad calificada como socialista.
Guevara acaudilla una tendencia dentro de la Revolución que puede ser considerada como más próxima al maoísmo que a las visiones clásicas de los soviéticos. Dos años antes de su muerte, su voz resuena fastidiosa para Moscú desde Argel (1965b) cuando les exige a los países socialistas industrializados que no se hagan cómplices de la explotación económica imperialista y que paguen el desarrollo de sus socios ideológicos más pobres. En esa ocasión, el Che pidió dejar de lado los cálculos económicos y el beneficio material para substituirlos por criterios políticos solidarios en el manejo del comercio mundial. En ese sentido, Guevara se perfila como un portavoz enérgico de los intereses del llamado Tercer Mundo, incluso en crítica abierta a la Unión Soviética. A pesar de ello, el guerrillero jamás cuestionará públicamente las relaciones entre La Habana y Moscú, al contrario, elogiará en varios informes la ayuda que le prestaron los soviéticos, alemanes del este o checoslovacos a sus poco afortunadas iniciativas industrializadoras. Del mismo modo, jamás se inclinará públicamente ante la Revolución china y solo se reservará una relación epistolar con el canciller de Mao, Zhou Enlai.
Tras esta introducción imprescindible, vale la pena preguntarse ¿cuáles fueron los pilares fundamentales de su pensamiento?
Podríamos explorar por lo menos dos que se acoplan a los objetivos de este libro: el papel de la violencia en el alumbramiento de la Revolución y la génesis del hombre nuevo dentro de la transición al socialismo.
Como vemos, el Che podría ser calificado como un teórico del método revolucionario, pero también de la construcción de la nueva sociedad. Esos fueron sus ámbitos de contribución y en ellos nos internamos de inmediato para comprender, al final, cuán interrelacionados están.
Quizás uno de los momentos más dramáticos de la producción intelectual del Che se haya producido el año de su muerte. En su mensaje a la Tricontinental, en 1967,17 Guevara alcanza el clímax de su radicalismo cuando proclama que “un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal”. Altamente irritado por el asesinato del presidente del Congo, Patricio Lumumba, y por la guerra del Vietnam en curso, el guerrillero constata públicamente que las condiciones de la lucha revolucionaria, tras el triunfo de la Revolución cubana, van a ser muy difíciles. Por ello afirma que “sólo el odio será capaz de aportar en el ser humano la intransigencia necesaria para ir más allá de sus límites”.
Sólo el odio, escribe él, lo convierte en “una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar” (“nuestros soldados tienen que ser así”). “Todas las fuerzas volcánicas de los países pobres deben orientarse”, afirma, “a golpear con dureza contra el enemigo del género humano: los Estados Unidos de Norteamérica”.
Esta breve cita (1967), que encuentra al autor a cinco meses de su muerte, expresa con claridad una de las principales conclusiones de su teoría: sólo la violencia generará las condiciones óptimas para la transformación de la sociedad. En tal sentido, aquel primer paso hacia el cambio deberá estar gobernado por una pasión humana llevada al límite.
Acá encontramos un sugerente parangón con las ideas de Hobbes (1980). Mientras para el filósofo inglés, el miedo es el sentimiento que puede inducir al ser humano a un comportamiento racional de acatamiento al soberano (Leviatán), en Guevara será el odio, otro sentimiento igual de volcánico, el motor de un comportamiento contrario, es decir, el de la rebelión (Behemoth). Para ambos, el Che y Hobbes, ni el acatamiento ni la insubordinación pueden descansar en la racionalidad pura, porque para impulsarlos se precisaría de una palanca pasional. Es como si ambos sentimientos fueran las dos caras de la misma moneda; por un lado, el miedo universal a la muerte prematura, y por el otro, el deseo de liquidar al adversario, que constriñe y anula, aún a costa de la vida propia. Insólita conexión esta entre un subversor empedernido y un sembrador del orden colocados a siglos de distancia.
No obstante, queda clara también una inquietante convergencia. Ambas pasiones, el miedo y el odio, se orientan a fortalecer un Estado, en un caso a consolidarlo a cambio de su protección; en el otro, a destruirlo para edificar uno nuevo. Ya veremos cómo en el caso del Che, la edificación del Estado revolucionario viene justificada, porque el sistema social anterior, era una “carrera de lobos”, que garantizaba el triunfo de unos cuantos a costa de la miseria del resto. Otra imagen hobbesiana en la conciencia del guerrillero escritor.
Por lo señalado hasta aquí puede decirse de inicio que los conceptos aportados por Guevara suelen ir acompañados por un claro pincelazo subjetivo, una especie de fuego interno en el que se involucran las pasiones y las voluntades humanas, que son las que albergan la esencia de las tendencias materiales. Así, siete años antes (1960a), en su famoso manual Guerra de guerrillas: un método, el Che escribió: “No siempre hay que esperar a que se den todas las condiciones para la revolución; el foco insurreccional puede crearlas”.
La frase ya marca por sí sola la reformulación que él perseguía dentro del ideario leninista del momento. Ya ni siquiera se trata de una vanguardia política profesionalizada, incrustada en el seno de la clase obrera, como se predicaba desde la usanza bolchevique, sino de un segmento armado minoritario, que, en virtud de su movilidad geográfica y su habilidad política y militar para ir cambiando las relaciones sociales en el campo, se iría convirtiendo en un catalizador de la lucha social hasta llevarla al derrocamiento del régimen político vigente. Usando un lenguaje médico, el doctor Guevara compara a la guerrilla con una “espina irritativa”.
La consecuencia inmediata de este planteamiento conducía a pensar en que ya resultaría vano esperar a que las condiciones del salto político maduraran. Casi bastaba con que la vanguardia pudiera obtener la capacidad de fuego para desencadenar el proceso. La compra del arsenal parecía ser el único problema pendiente para la revolución venidera. Sin embargo, el Che es muy claro al diferenciar un grupo de bandidos de una guerrilla liberadora. La distinción está en que esta última cuenta con el apoyo activo de la población. He ahí su filón político, que la distingue de la delincuencia organizada, el otro embrión estatal con el que la Policía de muchos países solía confundir a los insurgentes.18
En este último asunto salta a la vista un matiz que resulta decisivo para el análisis. Como ya se mencionó, Guevara (1960a) advierte que el foco puede crear las condiciones para la revolución; pero líneas abajo habla sólo de su capacidad para acelerarlas. Esta aparente contradicción es superada cuando se sigue con cuidado la trama argumental del documento: en efecto, lo que el autor parece decir es que no hay que esperar a contar con una capacidad de fuego equivalente a la del Ejército para desatar la lucha, porque a ello es posible llegar más tarde. Lo fundamental sería entonces que exista un contexto social favorable que aliente y proteja a la guerrilla. Así, la idea del Che podría resumirse diciendo que el grupo armado de vanguardia es un fermento de la revolución a condición de que la población campesina esté anuente a involucrarse en sus acciones armadas tendientes a transformar de inmediato la realidad social vigente. De manera que, el foco, más que crear unas condiciones determinadas (estas ya existen) las hace madurar.
Por ello, la fortaleza de la guerrilla más que militar es esencialmente política, dado que ese es el factor que rompe el equilibrio y permite que la propia fuerza violenta del Ejército sea usada en su contra. Ello no significa, en ningún caso, que el grupo combatiente embrionario pueda darse el lujo de ignorar o menospreciar sus cualidades militares. Es más, para el Che, el mando del movimiento debía estar en el fusil y su capacidad para demoler los pilares del odiado Estado, transformado gradualmente en enemigo no sólo de los insurgentes, sino de la mayoría de los civiles.
Por eso el resto del manual abunda en ejemplos orientados a lo ya afirmado: las armas y la moral de combate son expropiadas a un enemigo infinitamente superior gracias al clima político propicio para los rebeldes.
Entonces, el guerrillero, para Guevara (1960a), más que un militar, es un “reformador social”, o mejor planteado, un reformador agrario. Las primeras tácticas recomendadas por el autor van encaminadas a la modificación de las relaciones de propiedad a favor de los potenciales combatientes, es decir, los campesinos.
Es a partir de esas acciones más políticas que militares, que el guerrillero se va haciendo parte del tejido social de la región, lo cual lo convierte en indestructible. De esa manera y sobre todo cuando la guerrilla empieza a ocupar territorios y abandona la fase nómada, el ejército rebelde va edificando las bases de un Estado nuevo organizado en torno al objetivo de la toma del poder, pero también alrededor de la distribución de la riqueza. El Che dedica varias páginas de su manual a la necesidad de construir redes de comunicación, industrias de armas o zapatos, hospitales para los heridos, mecanismos de abastecimiento, sistemas judiciales, tributarios y de auditoría, escuelas y hasta un periódico clandestino.19 En ese sentido, cuando tiene éxito, la guerrilla va reemplazando al Estado o va llenando los vacíos dejados por él hasta terminar con su completa sustitución. La amalgama entre política y violencia es compacta. Ambas se retroalimentan. Cada golpe es para ganar simpatías y antipatías en los actores previamente elegidos, pero cada discurso es a su vez para reforzar la capacidad material de destruir al enemigo.
Claramente marcado por la experiencia de Guatemala, Guevara concluye su manual subrayando la necesidad de que la revolución sea capaz de retener el poder conquistado. Es la etapa de la guerra defensiva, por la cual las experiencias militares acumuladas se emplean para preservar el nuevo orden. Sus previsiones abarcan incluso la eventualidad de una invasión norteamericana que obligaría a las fuerzas cubanas a pelear casa por casa, en medio de una generalización masiva de la experiencia guerrillera, invencible militarmente siempre y cuando preserve y amplíe el respaldo popular. En los años siguientes, los persuasores del llamado “foquismo” insistirán –entre los escépticos– que, aunque se pueda tomar el poder en dos o tres días mediante un “golpe de mano” insurreccional, de todas maneras, surgirá la necesidad de defenderlo, preservarlo y proyectarlo. Para ello, hará falta siempre, decían, construir un aparato armado leal capaz de convertirse en un escudo de las conquistas sociales impulsadas.
Más adelante, cuando al Che le toca hacer un balance de la Revolución cubana, su interpretación sobre la manera acelerada (cuatro años) en que esta definió su carácter socialista y su alineamiento a la Unión Soviética será explicada por los giros vertiginosos de una espiral de violencia entre la isla y Washington. Según su punto de vista, dado que la Reforma Agraria lesionó algunos intereses norteamericanos, Estados Unidos respondió con medidas agresivas, las cuales, a su vez, fueron replicadas desde La Habana con otras aún más radicales. El resultado fue que de haber impuesto sólo una rebaja de las tarifas telefónicas y eléctricas a las compañías norteamericanas,20 la Revolución cubana terminó por nacionalizarlas íntegramente hasta culminar colocando toda la economía bajo el manto del Estado.
El Che recapitula este movimiento pendular de la siguiente manera (1963e):
Los grandes propietarios, muchos de ellos norteamericanos, sabotearon la Ley de Reforma Agraria (…) ¿Qué hacer frente a esta disyuntiva? De todos los caminos, el más justo y el menos peligroso era avanzar. Pero ya que avanzábamos, lo hicimos con profundidad, violentamente. (…) Ellos (…) tomaron contramedidas. (…) Como en un match de boxeo, (…) muchos golpes se cruzaron; al final, cuando el panorama se aclaró, los principales medios de producción estaban en poder del pueblo.
Encontramos otra vez la misma figura anterior: la violencia de una acción drástica libera energías insospechadas que provocan una respuesta incrementada hasta derivar en un forcejeo intenso de ambos polos y en la victoria de uno sobre el otro. El combate tiene otro rasgo importante, se realiza de manera intuitiva (“cuando el panorama se aclaró”), en medio de un aprendizaje espontáneo, en el cual la verdad va siendo develada en el terreno de la práctica. Por eso Guevara acostumbraba a afirmar que el carácter socialista del proceso político cubano se produjo más por las agresiones del imperialismo, que por las bondades del socialismo. Habría sido entonces un caminar a tientas, más pasional que racional. La cita pertinente al respecto sale del discurso en Argel (1965b): “Las crudas verdades del imperialismo (…) fueron forjando a nuestro pueblo y enseñándole el camino que luego hemos adoptado conscientemente”. En el mismo sentido, el Che formula la idea de que la Revolución cubana fue descubriendo por sus propios métodos y circunstancias “los caminos que señalara Marx” (1960c). Este proceso habría transcurrido sin objetivos previos, siguiendo apenas los deseos de la mayoría del pueblo y buscando su “felicidad”. Al final, fueron los mismos conductores de la travesía los que se sorprendieron a sí mismos con un país encaminado hacia el socialismo.
Esta faceta del pensamiento de Guevara es vital para entender su propia práctica como jefe militar. La convicción de que la violencia puede ser reveladora, esclarecedora y sobre todo, reordenadora de circunstancias, lo llevará a asumir acciones audaces, casi tanteando o probando fortuna. Su fracaso nos permitirá decir que quizás lo hizo para salir del paso.
En resumen, para el comandante argentino cubano, lo que conocemos como praxis política normal (“el quietismo”, en sus palabras), es decir, la lucha legal, electoral o sindical, no puede engendrar nada que no sea mera normalidad. El Che siente un profundo desprecio por la práctica política convencional y aboga por un recurso completamente extraordinario que consiste en iniciar una guerra en un espacio geográfico marginal con la perspectiva de organizar más tarde un asedio al poder central asentado en las ciudades. El mecanismo para producir relaciones políticas radicalmente distintas es la violencia ejercitada en un contexto social poco controlado por el Estado y susceptible de transformación acelerada mediante el uso de la fuerza. De manera que la “otra” racionalidad, esa que se considera perfecta, nace de las entrañas del método de lucha y se despliega hasta cambiar la sociedad incluso antes de la toma física del poder político. De ese modo, la violencia, que los marxistas de la primera generación21 calificaron piadosamente como “partera” de la nueva sociedad, era para el Che nada menos que la nueva sociedad en sí misma. En su concepción totalizadora, el medio era el fin.
Al mismo tiempo, Guevara asegura sin ambigüedades (1960d) que existe una teoría verdadera, el marxismo, que ha definido leyes siempre presentes en los acontecimientos históricos, aunque quienes los protagonicen no estén conscientes de ello.
Nosotros revolucionarios prácticos, iniciando nuestra lucha, simplemente cumplíamos leyes previstas por Marx, el científico y por ese camino de rebeldía, al luchar contra la vieja estructura de poder, al apoyarnos en el pueblo para destruir esa estructura, y al tener como base de nuestra lucha la felicidad del pueblo, estamos simplemente ajustándonos a las predicciones del científico Marx.
Retomando lo dicho líneas previas, queda claro que la violencia más que partera o mero vehículo de los cambios, es una experiencia cognitiva, un brebaje transformador.
De acuerdo con su perspectiva, la Revolución cubana, sin siquiera proponérselo, se encontró con el marxismo en su camino y sin tampoco saberlo, se puso a volcar esas ideas en la práctica. Hay entonces, para Guevara, un saber acabado y absoluto, capaz de comprender la realidad y de predecirla con exactitud. De ahí, a sostener que al mundo perfecto solamente hay que conocerlo, a plan de tiros, para echarlo a andar, dista sólo un paso. Este extremo llegará más delante de mano de la educación y el esclarecimiento político como armas de la Revolución.
En otros pasajes de la obra de Guevara se enfatiza mucho en el intercambio de saberes entre los guerrilleros venidos de otros lugares y situaciones socio económicas, y los guajiros de la Sierra Maestra. Ese mutuo aprendizaje recíproco o trueque de conocimientos militares por políticos es la amalgama que debería llevar al triunfo de ambos segmentos galvanizados por la lucha de clases. En palabras del Che (1960c): “Los campesinos nos enseñaron su sabiduría y nosotros les enseñamos nuestro sentido de rebeldía a los campesinos”. Surge aquí una idea más social de quién es portador de la sabiduría. Se trata de un ser colectivo que bebe de diferentes marcos vivenciales y los articula.
Pese a que el Che fue más un luchador práctico que un teórico, son remarcables sus reflexiones sobre la construcción del socialismo en Cuba. La mayor parte de sus textos sobre el particular aparecieron entre 1960 y 1965, tiempo en el que ejercía como ministro de Industrias de la isla y se involucraba en la polémica mundial acerca de ley del valor como herramienta válida o reprobable para edificar una sociedad no capitalista. Su concepción del Hombre Nuevo proviene de este periodo.
El núcleo de los postulados de Guevara tiene que ver con el llamado “hecho de conciencia”. Bajo ese concepto entendemos la transformación de la naturaleza del ser humano mediante los cambios operados en la sociedad y la economía. Podría decirse que esa es la etapa intelectual del Che que mayores posibilidades tiene de ser recordada. En ella nos adentramos raudamente para demostrar cómo sus inconsistencias terminaron regresándolo al terreno de la violencia como único campo práctico de maniobras para enfrentar las demoras registradas en la edificación de la nueva sociedad. Comprendido ello, el Che partió primero al Congo y finalmente a Bolivia.
Guevara comprendió muy pronto que al igual que Rusia a principios del siglo xx, Cuba estaba obligada a “quemar” etapas en su proceso de industrialización. Quizás la frase que mejor define la ruta política elegida por el Che esté en el discurso en Argel (1965b) cuando afirmaba: “El desarrollo de los países que empiezan ahora el camino de la liberación, debe costar a los países socialistas”. Aquí está el nudo de sus postulados en torno a la construcción de la nueva sociedad. Él afirma que esta no debe regirse bajo criterios económicos o mercantiles, propios del capitalismo, sino que tiene que hacerlo a partir de herramientas nuevas. Para Guevara, el vuelco radical y definitivo, aquel que garantiza un cambio verdadero, necesita producirse en la conciencia de los seres humanos. Es allí donde se consolidaría el nuevo orden social.
Por eso, exigía en Argel que las relaciones económicas entre los países socialistas y los subdesarrollados, que han roto con el proyecto capitalista, dejen de basarse en el llamado “beneficio mutuo”. Una conducta virtuosa obligaba a los más ricos a perder en beneficio de los pobres.
