Salud mental y COVID-19 - Tesania Velázquez - E-Book

Salud mental y COVID-19 E-Book

Tesania Velázquez

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Beschreibung

Aún hoy, la pandemia de la COVID-19 sigue impactando en la salud mental de las personas. En el Perú, por ejemplo, ha hecho que diferentes malestares psicosociales se incrementen, como la exclusión, la discriminación, la corrupción y la violencia, así como también la pobreza y la desigualdad, sobre todo en los grupos vulnerables: las mujeres, las niñas y niños, los adolescentes y los adultos mayores. Por ello, las organizaciones sociales, los colectivos y las comunidades se dieron a la tarea de recuperar conocimientos y experiencias previas para brindar respuestas de acción colectiva, desde la solidaridad y la resistencia, que generaron, a su vez, sentimientos de cuidado y apoyo mutuo. Este libro pone en un primer plano el cuidado de la salud mental desde un enfoque comunitario, ya que solo la participación activa de las personas, las familias y las comunidades en los procesos de atención, pero principalmente de prevención y promoción, puede asegurar bienestar y salud mental. Esta comprensión de la salud mental implica recuperar la dimensión política plena inherente a todo individuo social para actuar sobre sí mismo y sobre su comunidad.

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Seitenzahl: 201

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Tesania Velázquezes magíster en Evaluación Psicológica y Forense por la Universidad de Salamanca. Es docente asociada del Departamento de Psicología de la PUCP. Es coordinadora del grupo de investigación en Psicología Forense y Penitenciaria y miembro del grupo de investigación en Psicología Comunitaria de la PUCP. Se especializa en temas de psicología penitenciaria, violencia de género, salud mental comunitaria e intervención en desastres.

Tesania Velázquez Editora

SALUD MENTAL Y COVID-19

Ana Sofía Carranza Risco • Cecilia Chau • Elba Custodio Espinoza • Adriana Fernández Godenzi • Cecilia Ferreyra Díaz • Adriana Hildenbrand Mellet • Valeria Lindley Llanos • Miryam Rivera Holguín • Javier Sánchez Calderón • Tesania Velázquez • Patty Vilela

Salud mental y COVID-19 Tesania Velázquez, editora

© Pontificia Universidad Católica del Perú, Fondo Editorial, 2022Av. Universitaria 1801, Lima 32, Perú[email protected]

Imagen de portada: Laura Paulo

Diseño, diagramación, corrección de estilo y cuidado de la edición: Fondo Editorial PUCP

Primera edición digital: mayo de 2022

Prohibida la reproducción de este libro por cualquier medio, total o parcialmente, sin permiso expreso de los editores.

Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú N° 2022-04164e-ISBN: 978-612-317-749-2

A César PezoIn memoriam

Índice

Abreviaturas, acrónimos y siglas

Introducción

Tesania Velázquez

Crisis sobre crisis: ciudadanía y salud mental en tiempos de pandemia

Adriana Fernández Godenzi y Ana Sofía Carranza Risco

Salud mental en los espacios educativos: desafíos y caminos

Cecilia Ferreyra Díaz y Adriana Hildenbrand Mellet

Violencia contra las mujeres y salud mental en el contexto de la COVID-19

Tesania Velázquez y Valeria Lindley Llanos

Salud mental y poblaciones vulnerables frente a la COVID-19: estrategias comunitarias de familiares de personas desaparecidas

Elba Custodio Espinoza y Miryam Rivera Holguín

La salud y la promoción de la salud en tiempos de pandemia

Cecilia Chau, Patty Vilela y Javier Sánchez Calderón

Sobre l@s autor@s

Abreviaturas, acrónimos y siglas

Ceplan

Centro Nacional de Planeamiento Estratégico

DRE

Direcciones Regionales de Educación

Enaho

Encuesta Nacional de Hogares

Enceve

Encuesta Nacional de Convivencia Escolar y Violencia en la Escuela

Fenttrahop

Federación Nacional Trabajadoras y Trabajadores del Hogar Perú

MCLCP

Mesa de Concertación para la Lucha contra la Pobreza

MIMP

Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables

Minjus

Ministerio de Justicia

Minsa

Ministerio de Salud

OHCHR

Office of the United Nations High Commissioner for Human Rights [Oficina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos]

OMS

Organización Mundial de la Salud

OPS

Organización Panamericana de la Salud

RIUPS

Red Iberoamericana de Universidades Promotoras de la Salud

Sinttrahol

Sindicato de Trabajadoras y Trabajadores del Hogar de la Región Lima

Senaju

Secretaría Nacional de la Juventud

UCI

Unidad de cuidados intensivos

UGEL

Unidades de Gestión Educativa

Introducción

Tesania Velázquez

La pandemia de la COVID-19 está afectando a todas las sociedades en diferentes grados y dimensiones. En nuestro país, ella ha puesto de relieve las desigualdades económicas y sociales, la precariedad de los sistemas de salud y las limitaciones en los servicios de protección. Igualmente, la crisis ha intensificado aquellos males sociales, como la corrupción, la precariedad institucional, la política y el gobierno alejados del bien común. Todo ello tiene un impacto considerable en el bienestar y en la salud mental de las personas, y más aún entre quienes están en situación de vulnerabilidad.

En los dos últimos años, producto de la pandemia, los síntomas de diversos malestares y las experiencias de sufrimiento han aumentado y han sido más frecuentes. Crecieron los indicadores de violencia contra la mujer y demás integrantes del grupo familiar, así como la participación constante de jóvenes en conductas delictivas. Además, el cierre de las escuelas y la falta de acceso a la educación virtual ha generado la expulsión de cientos de miles de niñas, niños y adolescentes del sistema educativo. Asimismo, las medidas tomadas, como el confinamiento y el aislamiento social, han producido pérdidas de vínculos afectivos, entre otras problemáticas psicosociales. Estas situaciones nos exigen colocar el tema de la salud mental como una prioridad en la agenda pública.

La afectación se traduce en cifras que dan cuenta de la vulnerabilidad a la que se ven expuestas ciertas poblaciones, como las mujeres, niñas, niños y adolescentes, así como personas con dificultades socioeconómicas. Por ejemplo, considerando únicamente cifras de violencia, se sabe que, en los primeros meses de la pandemia, se elevaron en un 25% las llamadas a la línea 100 del Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables (MIMP) por parte de mujeres que habían sido violentadas física o psicológicamente, principalmente por su pareja (Jaramillo & Ñopo, 2020). Además, en 2021 el Ministerio de Salud (Minsa) ha dado a conocer que la proporción de casos atendidos entre adolescentes de 12 a 17 años ha crecido del 15% al 21% (Gob.pe, 2021). Solo con estas cifras se puede demostrar que existen distintos fenómenos psicosociales que se han agravado y están perjudicando la salud mental de muchas peruanas y peruanos, quienes experimentan estresores múltiples, en medio de una crisis sanitaria llena de miedo, dolor e incertidumbre.

Ante estos procesos, surge la necesidad de analizar la salud mental desde un enfoque comunitario. En los últimos años, la noción de salud mental ha transitado de un enfoque centrado en lo intrapsíquico e individual hacia uno holístico y comunitario, en el que los contextos cultural y social cobran protagonismo, y la relación con el entorno y la comunidad definen el bienestar y la salud mental (Minsa, 2020; Rivera-Holguín & Velázquez, 2017; Rodríguez, 2009). Por ello, la pobreza, la violencia, la corrupción, la desigualdad y la discriminación emergen como problemas correlacionados directamente con la salud mental. Estas situaciones muestran el deterioro de las relaciones humanas, en las cuales el beneficio individual supera la dimensión colectiva. Efectivamente, constituyen problemas de salud mental porque se deteriora la relación y el tejido social, la posibilidad de confiar y generar bien común, con lo que se afecta la noción de un nosotras/nosotros, y se fractura la idea de un colectivo, de crear y vivir en comunidad.

Desde nuestra perspectiva hablar de pobreza, violencia, discriminación y corrupción es también hablar de un impacto en la salud mental, porque limitan y dañan una convivencia saludable y el bienestar de las personas. Por eso, la salud mental nos implica a todas las personas en tanto ciudadanos y parte de un colectivo social.

La pandemia por la COVID-19 requiere también un enfoque centrado en la promoción de la salud, en el que cuerpo y mente no son dos instancias escindidas, sino, más bien, imbricadas: se enferma el cuerpo, pero también la mente. Los procesos de afectación se producen de manera simultánea, el dolor del cuerpo es también producto del estrés, la incertidumbre y el miedo que nos han invadido en los últimos meses como personas y como país. Nada nuevo si miramos a nuestros pueblos originarios, quienes desde siempre han sostenido que la separación entre cuerpo y mente es artificial y nos invitan a un mayor diálogo con el cuerpo, los otros y la naturaleza.

Desde esta comprensión de salud mental podemos señalar que la afectación en nuestra sociedad en tiempos de la pandemia ha supuesto un aumento del sufrimiento social (Kleinman, Das & Lock, 1997) y de las dolencias comunitarias; sin embargo, esto no ha sido igual para todas y todos. Hay quienes han sido más golpeados por encontrarse en situación de mayor vulnerabilidad, como niñas, niños, adolescentes, jóvenes, mujeres, comunidad LGTBIQ+, personas con discapacidad, entre otros.

Además, hay grupos en nuestra sociedad que a lo largo de su vida van sumando historias de violencia y exclusión, porque no solo son víctimas en el contexto actual de pandemia, sino que acumulan experiencias violentas pasadas como es el caso de las personas afectadas por el conflicto armado interno. En estos casos las personas han buscado recuperar sus respuestas a sus anteriores experiencias para hacer frente a las nuevas situaciones de duelo. Por ejemplo, las mujeres se han organizado en grupos, en acciones comunitarias; se trata de un continuum que ahora puede incorporar experiencias de vida pasadas.

Este libro privilegia las acciones de organización comunitaria, de acción colectiva y de sororidad que nos ayudan a identificar experiencias y respuestas que se han dado durante los últimos dos años. La capacidad de afrontar y resistir de las personas frente a la pandemia ha sido puesta en escena a través de la formación autogestionada de diferentes colectivos, comités, organizaciones, movimientos, ollas comunes, aynis, redes, entre otras. Especialmente, las mujeres, los jóvenes y las comunidades de pueblos originarios, desde la reciprocidad y la solidaridad, han generado mayores respuestas comunitarias.

Ante los cambios —rápidos y permanentes— de la coyuntura social y política, así como la evolución de la pandemia, la escritura del libro ha sido difícil y compleja. Somos conscientes de que las secuelas de la pandemia son inabarcables desde una sola disciplina, pero hemos tratado de reflejar los avances en la investigación y discusión sobre los efectos sociales de la COVID-19, así como los debates que se han generado en nuestro país respecto al deficiente manejo y gobernanza de la pandemia, a partir de distintas inconsistencias y contradicciones de los gobiernos de turno, y las respuestas políticas poco eficientes de los otros poderes del Estado. Por ejemplo, en 2020, se creó una estrategia para evitar el contagio, en la que hombres y mujeres salían de sus casas en días diferentes, decisión que, más que una ayuda, se convirtió en fuente de confusión, aumento de carga doméstica para las mujeres e incluso discriminación a poblaciones vulnerables como las personas trans. Otro ejemplo, con respecto a la educación, fue la circulación de mensajes contradictorios sobre protocolos y fechas de retorno a las aulas, hecho que fomentó nuevamente la confusión y retrasó el inicio de clases presenciales y otras urgentes medidas educativas.

Salud mental y COVID-19 ofrece un conjunto de artículos que abordan diferentes aristas del impacto de la pandemia en la salud mental y que enfatizan las respuestas comunitarias por parte de la población. Este libro es un trabajo colectivo: hemos ido tejiendo, entre el conjunto de investigadoras, una red con el fin de buscar el diálogo y colocar nuestras inquietudes, afectos y subjetividades en la construcción de cada uno de los capítulos. Somos un conjunto de investigadoras con diferentes trayectorias y experiencias que hemos tratado de hilvanar de manera comunitaria esta propuesta.

La lectura de este texto permite seguir la secuencia propuesta por la tabla de contenidos, en la cual hemos tratado de urdir los diferentes capítulos para una lectura fluida. No obstante, en función de los intereses del lector, pueden leerse los capítulos de forma independiente, porque cada uno es en sí mismo una unidad.

Este libro, partiendo de una concepción comunitaria de la salud mental, propone que la pandemia ha exacerbado los problemas psicosociales existentes en nuestra sociedad. Para ello analizamos el contexto social y político marcado por una crisis permanente y cíclica que afecta el ejercicio de la ciudadanía e impacta negativamente en la salud mental de las peruanas y peruanos; el cierre de las escuelas —por dos años— ha sido una de las expresiones más dramáticas de esta crisis. La interrupción de trayectorias educativas y en muchos casos la expulsión del sistema educativo de niñas, niños y adolescentes constituye uno de los costos más altos de la pandemia en nuestra sociedad. Ante ello, tenemos que reconfigurar el espacio educativo para fortalecer el desarrollo integral, a partir de la promoción de la salud mental y el bienestar socioemocional. En la práctica esto implica fortalecer tanto los vínculos como la participación de estudiantes, docentes y familias, quienes son protagonistas de la comunidad educativa.

Adicionalmente, proponemos que la violencia, uno de los fenómenos más complejos que atraviesa nuestra sociedad, es interpersonal, pero también estructural, y se sustenta en la falta de empatía y el desprecio por las poblaciones más vulnerables. Por tanto, ella afecta innegablemente la salud mental, y no solo de las víctimas, sino de la sociedad en su conjunto. Esto último se evidencia en la violencia contra las mujeres, así como en las familias con personas desaparecidas durante el conflicto armado interno. La pandemia y las insuficientes medidas sanitarias dictadas por los gobiernos generaron condiciones para incrementar la violencia contra las mujeres y, además, para volver a experimentar vivencias previas y emociones negativas, como en el caso de los familiares de las personas desaparecidas.

No obstante, el libro rescata el uso de diferentes recursos y agencias puestas en escena por diferentes grupos de personas que convirtieron sus vulnerabilidades en acción y esperanza ante las constantes crisis y dificultades, con énfasis en la promoción de la salud colectiva y comunitaria. Ejemplo de ello son las ollas comunes, las movilizaciones de la Generación del Bicentenario, el compromiso de las y los profesores ante las adversidades, las organizaciones de mujeres, de vecinos, de personas afectadas por el conflicto armado interno, quienes apostaron por acciones colectivas y comunitarias como (re)activar sus redes de soporte, proponer la solidaridad mutua y la sororidad, revalorizar sus prácticas culturales para el cuidado de la salud, así como gestar acciones colectivas para salir adelante.

De esta manera, cuando se promueve la salud se requiere actuar desde los recursos y las necesidades de las mismas comunidades, y debe darse protagonismo y control a las y los ciudadanos en la toma de acciones para el cuidado de su propia salud involucrando a todos los actores. Desde los gobiernos se requieren acciones intersectoriales que fortalezcan los servicios de salud en los ámbitos cuantitativo (mayor cantidad) y cualitativo (adaptación cultural). De parte de la ciudadanía resulta importante incrementar la agencia ciudadana y fortalecer la acción comunitaria, de tal manera que todas y todos apuesten por el cuidado de la salud personal y colectiva.

En la pandemia hemos aprendido algunas lecciones. El cuidado de la salud debe ir más allá de modelos y respuestas individuales, asistencialistas y medicalizadas, para acercarse a la promoción y el desarrollo de iniciativas comunitarias que pueden ser sostenibles. Hoy más que nunca es importante afrontar la salud mental desde un enfoque comunitario, ya que la realidad social, política y, más aún, la pandemia nos afecta integralmente y nos instala en una situación de riesgo permanente. Solo pensándonos desde la empatía, el respeto, la ternura y el bien común podremos construir nuevas formas de vincularnos. Y solo trabajando en conjunto —Estado, sector privado y sociedad civil— podremos salir adelante como país, priorizando la salud mental y el bienestar de todas y todos.

Referencias

Gob.pe. (2021). Ministerio de Salud proyecta atender más de 1 200 000 casos por problemas de salud mental durante el 2021. Nota de prensa, 10 de octubre. https://www.gob.pe/institucion/minsa/noticias/543572-ministerio-de-salud-proyecta-atender-mas-de-1-200-000-casos-por-problemas-de-salud-mental-durante-el-2021

Jaramillo, Miguel & Hugo Ñopo (2020). Impactos de la epidemia del coronavirus en el trabajo de las mujeres en el Perú. Documento de investigación, 106. Lima: Grade. https://www.grade.org.pe/publicaciones/impactos-de-la-epidemia-del-coronavirus-en-el-trabajo-de-las-mujeres-en-el-peru/

Kleinman, Arthur; Veena Das & Margareth Lock (1997). Introduction. En Arthur Kleinman, Veena Das y Margareth Lock (eds.), Social Suffering (pp. 9-27). California: University of California Press.

Minsa-Ministerio de Salud (2020). Guía técnica para el cuidado de la salud mental de la población afectada, familias y comunidad, en el contexto del COVID-19 (resolución ministerial N° 186-2020-MINSA. http://bvs.minsa.gob.pe/local/MINSA/5001.pdf

Rivera-Holguín, Miryam & Tesania Velázquez (2017). Modelo de salud mental comunitaria. En Miryam Rivera-Holguín y Germán Vargas (eds.), Salud mental comunitaria: miradas y diálogos que nos transforman (pp. 95-113). Lima: Grupo de Trabajo de Salud Mental, DARS, URSpsi de la PUCP.

Rodríguez, Jorge (2009). Violencia y salud mental. En Jorge Rodríguez (ed.), Salud mental en la comunidad (pp. 257-267). Washington D.C.: OPS.

Crisis sobre crisis: ciudadanía y salud mental en tiempos de pandemia

Adriana Fernández Godenzi y Ana Sofía Carranza Risco

Grupo de Investigación en Psicología ComunitariaPontificia Universidad Católica del Perú

Tenemos una cultura de la guerra que está inserta en el corazón de la república, no sabemos convivir, tienes que matar al otro para poder vivir, no sabemos coexistir en paz.

Mc Evoy (2021a)

El Perú, a través de su historia republicana, nos muestra que la construcción de nuestra democracia ha sido siempre una tarea complicada y los últimos años, desde la vacancia del presidente Pedro Pablo Kuczynski en 2018, nos revelan que es aún una agenda pendiente con marchas y contramarchas. Se puede decir que frente a esta realidad, lo que caracteriza nuestro proyecto de nación es la inestabilidad de la democracia y las crisis políticas cíclicas y recurrentes, las cuales se han intensificado en los últimos años, sumándose, además, a esta situación, la crisis sanitaria mundial producida por la COVID-19.

En este contexto actual de crisis sobre crisis en el que vivimos nos preguntamos: ¿cómo la pandemia impacta en el ejercicio de la ciudadanía, los derechos humanos y la salud mental de peruanas y peruanos que vivimos en un país que se encuentra en crisis política casi permanentemente? Este capítulo pretende responder esta pregunta desde el punto de vista de dos psicólogas peruanas que hemos experimentado en primera persona el manejo que los diferentes gobiernos1 han tenido de la crisis sanitaria y cómo la ciudadanía ha respondido desde marzo de 2020, cuando llegó a nuestro país la primera persona contagiada por la COVID-19.

Por otro lado, nos acercamos a la pregunta desde una comprensión amplia de la salud mental, alejada de una visión reduccionista que pretende entenderla solo como ausencia de trastornos mentales. En esa línea, las afectaciones en la salud mental de las personas se pueden asociar a «los cambios sociales rápidos, a las condiciones de trabajo estresantes, a la discriminación de género, a la exclusión social, a los modos de vida poco saludables, a los riesgos de violencia y mala salud física y a las violaciones de los derechos humanos» (OMS, 2018).

Esta forma de comprender la salud mental nos permite vincularla a procesos psicosociales, entendidos como procesos que influyen en las relaciones que se establecen entre las personas, que a su vez están influidos por las circunstancias macrosociales en las que estas relaciones se dan (Montero, 2004). Estas condiciones macrosociales se vinculan directamente a las estructuras económicas, políticas, sociales y culturales que construyen y moldean los modos de vida de las personas, les permiten o no ejercer plenamente sus derechos y su ciudadanía, habituarse o problematizar la realidad en la que viven y, en esa línea, se consideran aspectos importantes que impactan en la calidad o en la merma de la salud mental de la población.

Crisis sanitaria sobre una crisis política (casi) permanente

En 2016, Pedro Pablo Kuczynski llegó a ser presidente del Perú después de una segunda vuelta muy ajustada contra la candidata del fujimorismo, Keiko Fujimori (50,12% vs. 49,88%) (ONPE, 2016), quien perdía por segunda vez las elecciones. Estos números reflejan una fragmentación en la población peruana, la cual también se vivió en las relaciones entre el Ejecutivo y el Congreso de la República, donde el fujimorismo tuvo una bancada abrumadoramente mayoritaria (73 escaños, 56% del total). Desde el Congreso, el fujimorismo fue debilitando la estabilidad del Ejecutivo a través de la censura de varios ministros y su posicionamiento confrontacional generó la renuncia del presidente, a quien además se involucró en actos de corrupción y compra de votos de congresistas para que no se apruebe la moción de su vacancia.

Frente a esta situación, asumió la presidencia el vicepresidente Martín Vizcarra, quien tuvo el apoyo de la población peruana por liderar una agenda anticorrupción. Con Vizcarra a la cabeza del Ejecutivo las tensiones en el Congreso no cesaron y terminaron en su disolución constitucional en 2019 y en nuevas elecciones congresales convocadas para enero de 2020 (por decreto supremo 165-2019-PCM).

En esta situación de inestabilidad política, con un vicepresidente que asumió la presidencia y con un Congreso con solo dos meses de elegido fue que se anunció oficialmente el primer caso producto de la COVID-19 en el Perú, el 6 de marzo de 2020.

Al inicio de la pandemia, las medidas del gobierno de Vizcarra fueron drásticas: se declaró el estado de emergencia, que implicó una cuarentena obligatoria que restringió derechos constitucionales, la libertad de tránsito y de reunión de toda la ciudadanía. Esto implicó el cierre completo de los negocios, los servicios educativos y la inamovilidad social obligatoria. En un principio el estado de emergencia se estableció para un periodo de dos semanas y contó con el apoyo y la aprobación de la población y de la comunidad científica, a pesar de que se estaba optando por regulaciones bastante estrictas; de hecho, estaban entre las más restrictivas aplicadas en América Latina (Dargent & Rousseau, 2021). El estado de emergencia se prorrogó hasta en cinco oportunidades, en un lapso de casi seis meses debido a que la situación de contagios fue empeorando. Hacia el final de este tiempo recién se fueron flexibilizando, de a pocos, algunas medidas (Calle Aguirre, 2020).

El impacto de estas medidas restrictivas se hizo sentir tanto en la vida cotidiana y costumbres de las y los peruanas como en su economía. La aplicación de cuarentenas estrictas y prolongadas en un país en el que la mayoría de sus habitantes son trabajadores de la economía popular (vendedores ambulantes, trabajadoras del hogar, pequeños comerciantes, etc.) trajo incumplimientos de las restricciones y aumento en el riesgo de contagios. A esto, se sumó una estrategia comunicacional poco clara y muchas veces contradictoria, por parte del gobierno hacia la población, sobre las medidas para cuidarnos de la COVID-19. De hecho, se podía ver en televisión nacional a alcaldes o gobernadores regionales promocionando el dióxido de cloro o la ivermectina para prevenir el contagio, cuando en la comunidad científica internacional su uso estaba completamente desestimado.

Toda esta situación puso rápidamente al Perú en el terrorífico primer lugar en número de muertes por la COVID-19 en el ámbito mundial, teniendo, para abril de 2020, un exceso de 1000 muertes por 1 000 000 de habitantes, según el Financial Times (Gestión, 2021). La pandemia producida por la COVID-19 reveló, de la forma más cruenta, la precariedad de nuestro sistema de salud, la inoperancia de un gobierno frágil y el egoísmo de una clase política que durante décadas ha sido vinculada a la corrupción y a la priorización de intereses particulares por sobre las necesidades del pueblo peruano. Como menciona Bleichmar (2007), las y los ciudadanos somos condenados a un sufrimiento cotidiano no solo por la insolvencia económica del país, sino también por la insolvencia moral y la insensibilidad profunda de sus clases dirigentes, que son responsables de buscar las soluciones y salidas a las situaciones de crisis, reduciendo al máximo los efectos negativos de las mismas en la población.

En medio de esta situación de duelos masivos, las tensiones entre el Ejecutivo y el Legislativo no cesaron. La confrontación entre ambos poderes llevó a un importante quiebre democrático y a otra crisis política con los procesos de vacancia contra el expresidente Martin Vizcarra, que terminaron con su gobierno y con la proclamación como presidente de Manuel Merino, quien era presidente de la mesa directiva del Congreso en ese momento. Esto generó la indignación de la población, la cual se plasmó en una de las protestas ciudadanas más grandes y masivas de las últimas décadas, donde las y los jóvenes tuvieron una participación activa. Miles de personas salieron a marchar o protestaron desde sus casas con cacerolazos, tanto en Lima como en varias de las principales ciudades del país contra el uso abusivo de la figura de la vacancia, que generó una sensación de «golpe legislativo» (Pérez-Liñán, 2007, citado en Dargent & Rousseau, 2021). La ciudadanía que protestó durante casi una semana consecutiva sintió que, desde el Congreso, un grupo de políticos, sin mucha legitimidad, quisieron capturar el poder y robarse la democracia en medio de «una balacera en el cementerio» (Mc Evoy, 2021a). Al final, la voz de la ciudadanía se hizo escuchar y se consiguió la renuncia de Merino, pero a un costo muy alto. Dos jóvenes peruanos, Inti Sotelo y Brian Pintado, murieron en la confrontación con la policía nacional, que, según los informes realizados por la Oficina de la Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, realizaron un uso excesivo e innecesario de la fuerza durante las protestas masivas de noviembre de 2020 (Arciniegas, 2021). La ciudadanía sintió el abuso político y a este se sumó el abuso policial. Quienes nos deben cuidar y proteger, nos violentan; quienes deben asegurar nuestros derechos ciudadanos, los pisotean. Y cuando los peruanos y peruanas pensamos que ya tocamos fondo y que ya nada peor puede pasar, la realidad siempre nos sorprende ingratamente.

Después de las protestas y con la renuncia de Merino, asumió la presidencia el gobierno de transición de Francisco Sagasti. Durante este gobierno y ad portas del bicentenario de nuestra república, se destapó el escándalo denominado Vacunagate