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San Ignacio de Loyola vivió a caballo entre la Edad Media y el Renacimiento. Coetáneo de la Reforma protestante encabezada por Martín Lutero, se mantuvo siempre fiel al papado romano, e hizo de su fe una razón para fundar la Compañía de Jesús. Hábil político y visionario, su compleja y rica personalidad puede resumirse en el lema que escogió para sellar su entrada en la orden jesuita y la de todos los sacerdotes que ingresaban en ella: Para la mayor gloria de Dios.
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Veröffentlichungsjahr: 2018
Introducción
La vidaJuventudConversiónCamino de Jerusalén: Montserrat y ManresaAdriano VI, un pontificado breveJerusalén y el regresoIgnacio de AntioquíaNace la Compañía de JesúsLas visionesPaulo IVLos últimos añosLa autobiografía
La espiritualidad de Ignacio de LoyolaEl discernimientoConsolación, desolación, perseverancia y vigilanciaLos Ejercicios espiritualesCómo llevar a cabo los ejercicios espiritualesEl director espiritualLos Ejercicios espirituales hoyLa oraciónEl Diario espiritualSimbología del Diario espiritualOración de san Ignacio
La Compañía de JesúsHistoriaEl símbolo de los jesuitasOrganizaciónEspiritualidadCarlo Maria Martini, un cardenal jesuitaUn papa jesuitaLa vida del jesuita
Los lugares de san IgnacioIglesia de San Ignacio, RomaIglesia del Gesú, RomaSantuario de LoyolaCamino ignaciano
San Ignacio en el arteSan Ignacio en el teatro y el cine
ApéndiceCronología
Ad maiorem Dei gloriam
(Para la mayor gloria de Dios)
SAN IGNACIO DE LOYOLA
(Íñigo López de Loyola, Azpeitia, 1491 - Roma, 31 de julio de 1556)
CANONIZADO el 12 de marzo de 1662 por Gregorio XVRECIBE SEPULTURA en la capilla de San Ignacio de la iglesia del Gesú en RomaSE CONMEMORA el 31 de julioPROTEGE a los militares
SANTUARIO PRINCIPAL Complejo del Santuario de San Ignacio de Loyola (Azpeitia, Guipúzcoa)SEDE PRINCIPAL DE LA ORDEN Iglesia del Santo Nombre de Jesús (o del Gesú) en Roma
San Ignacio de Loyola, de Pedro Pablo Rubens (1600). National Gallery of Art, Londres.
La figura de Ignacio de Loyola ha conocido a lo largo de los siglos lecturas e interpretaciones muy diversas. En la actualidad, su nombre se relaciona sobre todo —o quizá solamente— con los jesuitas, orden de la que fue fundador y que estuvo en el foco de interés de todos cuando el cardenal Bergoglio se convirtió en el primer jesuita en ser elegido papa con el nombre de Francisco.
Ignacio vivió a caballo entre la era antigua y la moderna, entre la Edad Media y el Renacimiento; fue coetáneo de Martín Lutero y cuando se descubrió América solo tenía un año: vivió, por tanto, en un periodo de grandes cambios en la historia y en la Iglesia. El método de investigación espiritual que elaboró, un método preciso, riguroso —se podría calificar casi de «científico»—, es extremadamente moderno porque con sus Ejercicios espirituales se fijó el objetivo de liberar al individuo de la ignorancia, de los vicios, de lo que Ignacio llamaba «pasiones desordenadas», con el fin de que supiera encontrar la verdad más auténtica. Teniendo en cuenta este enfoque, resulta evidente que se trata de un método que no solo se adapta a los católicos, sino a todo aquel que quiera vivir con conciencia y profundidad su vida interior, independientemente del credo al que pertenezca. Mas, como a menudo ocurre, este aspecto de su vida y de su espiritualidad se vio eclipsado por el curso de los acontecimientos que afectaron a la Compañía de Jesús.
La importancia de la figura de Ignacio en la historia, no solo de la Iglesia, sino de toda la espiritualidad, se resume en el martirologio romano que, con fecha de 31 de julio, día dedicado a su recuerdo, reza:
Memoria de san Ignacio de Loyola, el sacerdote, que nació en Gascuña, en España, vivió en la corte del rey y el ejército, hasta que, gravemente herido en una pierna, se convirtió a Dios; completó sus estudios de teología en París, y allí se unieron a él sus primeros compañeros, quienes más tarde formarían la Compañía de Jesús en Roma, donde se llevó a cabo un ministerio fructífero, dedicándose a escribir varias obras y a la formación de discípulos, para la mayor gloria de Dios.
La existencia de Ignacio de Loyola puede en realidad recogerse en la máxima que quiso para sí mismo y para los sacerdotes que entraron en la orden que fundó: «Para la mayor gloria de Dios». De hecho, sus actos siempre estuvieron guiados por este propósito: glorificar a Dios con su vida y hacer llegar el Evangelio a todos los seres humanos.
Su compañero y coautor de las Constituciones de la orden, Jerónimo Nadal, lo define como un «contemplador de la acción». En efecto, Ignacio fue un hábil político y visionario, hombre capaz tanto de grandes astucias como de momentos de éxtasis contemplativo. Lo que es cierto es que se trata de una personalidad extremadamente compleja y poliédrica que para ser comprendida plenamente exige la lectura exhaustiva de todas sus obras, desde la Autobiografía hasta las cartas, pasando por las Constituciones de la Compañía de Jesús y —esenciales—, los Ejercicios espirituales.
Las siglas bibliográficas empleadas en el presente volumen tienen la siguiente correspondencia:
EE: Ejercicios espirituales2 Cor: Segunda epístola de san Pablo a los Corintios Lc: Evangelio de Lucas Jn: Evangelio de Juan Gál: Epístola a los Gálatas
