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Sanar en la muerte nos recuerda que nunca estamos solos, aún en la cumbre de la individualidad. Desde la experiencia personal, Sol relata los avatares de una joven mujer en la búsqueda de sí misma. Explora la sexualidad, los límites de la libertad y el compromiso con una vocación. Este camino no solo la llevó a mirar la muerte con otros ojos, sino también a experimentarse en ella. ¿Qué sucede cuando lo conocido ya no tiene más sentido? Este libro explora un campo intrigante para el ser humano, desde el principio del tiempo: ese momento que entrelaza la vida y la muerte. Ese instante sin cuerpo, que puede durar una eternidad.
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Seitenzahl: 144
Veröffentlichungsjahr: 2023
Producción editorial: Tinta Libre Ediciones
Córdoba, Argentina
Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo
Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.
Romero Acuña, María Sol
Sanar en la muerte / María Sol Romero Acuña. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.
128 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-987-817-965-0
1. Desarrollo Personal. 2. Espiritualidad. 3. Psicología. I. Título.
CDD 158.1
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Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2023. Romero Acuña, María Sol
© 2023. Tinta Libre Ediciones
A mi tía Nori
Prólogo
Los meandros de un largo camino sanador
Prologar este libro es un gran desafío. Un desafío múltiple. Decir “desafío” es referir la implicación que supone: ningún escrito deja de desafiarnos en algún sentido, pero este lo hace en más de uno.
El primer desafío que yo tengo es intentar mantener una palabra tan desnuda, tan libre, que pueda estar a la altura de la desnudez y la libertad de la palabra de Sol. Con desnudez aludo a la falta de las vestiduras habituales en las palabras, de los pliegues y velos que buscan ocultar zonas oscuras propias, o del texto, o del saber. A veces velamos con citas, para legitimar o para dar cuenta del denso entramado en el que las palabras y las personas están. Eso es lo que se suele llamar “cultura”, o teorías. Aquí las ideas brillan muy sueltas, muy solas, con una rara soledad. No encontramos las vestimentas de las palabras autorizadas, las palabras de otros que dan suelo o adornan con otros reflejos las propias experiencias y también tiñen o colorean los desiertos creativos. Estoy hablando de ese estado de la lengua, del lenguaje, en el que cobra forma el texto.
Otro desafío, y seguramente el más importante, es el tema que ocupa a Sol. Una experiencia singular, un camino de aprendizajes (o tal vez más de un camino de aprendizaje) que en gran medida me son ajenos. No solo en lo intransferible que tiene cualquier camino propio, sino también por las sendas que transita. Un camino que hace eco con los testimonios de algunos místicos que hablan de la profunda soledad a la que se puede llegar o enfrentar en este enigma que es vivir, cuando vivir cobra un valor y una forma trascendental.
Acepté prologar este libro porque me interesan estas formas de exploración, porque abre espacios donde la singularidad de las vivencias es inédita y ofrecida al lector no para convencerlo de algo, sino con la esperanza de que nos pueda servir para acompañarla, ver, escuchar. También con la esperanza de que le sirva a ella esta envoltura primera que un prólogo da a un texto. Asistimos a una inmersión en la búsqueda de sanación de heridas, de dolores propios y de otros que pueden llegarnos desde pasados no muy conocidos.
Finalmente aparece el desafío del lugar, del espacio donde Sol sitúa sus experiencias, lugar donde lo propio y lo del otro entran en contacto y se transmiten, se trasfunden y se transforman. Muchas fronteras caen: entre lo propio y el otro, entre la vida y la muerte. Entre el que aprende y el que enseña, entre los sexos. Entre las tradiciones espirituales de Oriente y de América. Ese extraño espacio que somos invitados a compartir se revela ya en el mismo título del libro.
Sanar en la muerte porta un sentido enigmático. Dice Sol: “Cruzando el borde (diríamos que siempre cruzando bordes) de sentirme más que los demás”, y desandando esos cruces.
Muchas preposiciones dan diferentes sentidos al encuentro entre estas dos palabras, entre estas dos ideas, entre estas dos entidades y potencias: la sanación y la muerte. Cruza, entonces, un borde irreductible: el de la vida y la muerte, donde sanar pertenece a uno solo de estos bordes. Sanar la muerte, sanar “a” la muerte, sanar “desde” la muerte, sanar “ante” la muerte, sanar “con” la muerte. ¿Sanar “en”? Extrañeza es una palabra que emerge. Las “en/trañas” y lo “ex/traño” aluden a algo de la intimidad visceral que amorosamente recorre y relata Sol.
Cada uno de nosotros estamos atados a las palabras con diferentes nudos. Nudos que se desenlazan fácilmente o nudos tan firmes que son como eslabones de una cadena. La muerte está en los agujeros de esos eslabones y, sin embargo, ese vacío le da su flexibilidad a la cadena.
La muerte está en Sol y en su historia de modos muy polares. Su empresa familiar es una clínica que trabaja con los “encadenados por sus diagnósticos con la muerte”, es el lugar “predestinado” para la “heredera”. El cáncer en nuestra cultura es uno de los nombres del terror, del miedo a morir. Sol estudia una carrera para ocupar su lugar en la empresa familiar. Y en algún momento da un viraje respecto de ese destino y abre un camino donde ayuda a los que la muerte los toma de un modo en el que no pueden desencadenarse de la vida y pasar en paz y confianza a otro mundo, otro plano, a lo desconocido. Permanece en la sanadura humana, legado familiar, en presencia del misterio, y la meditación es la brújula. Abriendo las puertas de la percepción con plantas maestras. Buscando guías y maestros y dejándolos cuando había que continuar lo singular de su camino. Pone palabras, inventa figuras, abre espacios, se interna en la locura de lo desconocido para sanar “en” la muerte.
Acuerdo con Sol en que lo atractivo de su libro es la manera de buscar. El punto de partida de su búsqueda enlaza la vida, la transmisión y el amor. Tener un hijo o escribir un libro pueden dar lugar al mismo enlace.
Hay aquí una constatación de nuestro estado de “yecto” (yecto: arrojados al mundo): somos arrojados a la vida, y al morir, teniendo que realizar algo para que sea vida y al mismo tiempo romper los moldes de las vidas pret a porter, prefabricadas, donde no hay que buscar ningún sentido porque el sentido es el “común” ya dado.
Aquí no vamos a encontrar ninguna conformidad con el sentido común ya dado. Hay un caminar a contrapelo, un ir contra corriente, un buscar contra viento y marea. Tampoco retrocede frente a lo increíble. A lo riesgoso. A lo loco. “Movida por la curiosidad… A veces me guiaba hacia nuevos y perfectos lugares y otras veces no”. En ese camino, o en esa batalla entre la luz y la oscuridad, el amor y la desobediencia a los mandatos, hay momentos peligrosos, pero un faro permanente cobija, y arropa: busca en/con/a través/del amor.
Se pregunta para qué escribir y se responde para no vivir muerto. Escribir para religarse a la vida. ¡Bienvenidas esas letras!
Norma Barbagelata
Primavera de 2022
Introducción
Una primavera me mudé a la casa que mis padres me prestaron. Había pertenecido a mi abuela materna, mi mamá la heredó y yo fui a vivir ahí cuando me separé de mi primer novio. Fue una relación que duró diez años. Me separé de él porque me propuso tener un hijo y yo no quise. Me di cuenta de que todavía no sentía el amor suficiente para transmitírselo. Esto me inspiró a buscarlo. Supe que quería ser madre algún día y para eso me propuse, primero, encontrarle un sentido a mi propia vida…
Este libro relata parte del camino que recorrí buscando respuestas. Y aunque obtuve algunas que podrían servirte en tu propio camino, creo que es la manera de buscar, ante el dolor y el sinsentido, lo que puede traerte inspiración para animarte a crear el tuyo. No encontré la receta para la felicidad eterna pero, al día de hoy, creo que algo así no existe.
La complejidad y el misterio son parte de la vida, y lo interesante, la sal que le da gusto, es el espacio de libertad que se genera entre nuestro nacimiento y nuestra muerte y, aun, después de ella. Tomar la libertad y hacer algo con ella es el regalo que tengo por ser humana. Disfrutarla y compartirla es el regalo que me doy a mí misma.
Inicio
Me encontré soltera y sin trabajo, con ahorros para pagar mis escasos gastos y con mucho tiempo libre. De mi antigua vida me quedaba un título universitario de licenciada en Administración; los trabajos que podía hacer en relación con eso eran muchos y variados, pero ninguno me daba alegría. Me prometí que solo volvería a generar dinero haciendo algo que realmente me gustara. Lo único que encontré fue la práctica de yoga, que me trajo bienestar físico y mental. Decidí completar una formación para convertirme en profesora de hatha yoga y remodelar el garage de casa para dar clases ahí. Cuando me inscribí, la directora me preguntó si meditaba y si era vegetariana; le dije que ninguna de las dos cosas, y me invitó a considerarlo como complemento para una buena formación.
Empecé el curso y de a poco fui dejando de comer carne, conocí nuevos alimentos y la corriente agroecológica de producción de comida. Esto empezó a ocupar mis días y me habilitó una nueva relación con la cocina y con mi propio cuerpo.
La misma profesora que me enseñaba yoga abrió un curso de meditación y decidí tomarlo. Practiqué sola hasta que una compañera de clase me invitó a participar de meditaciones grupales. La experiencia me hizo muy bien y sentí que nos dábamos fuerzas entre todos para poder sostenernos en silencio y con los ojos cerrados durante cuarenta minutos. Me empecé a sentir acompañada en un camino que, al inicio, parecía muy solitario.
Un deseo pendiente se me vino a la mente: reconectar con una amiga de la escuela, de la cual me había enamorado en la adolescencia.
Le escribí para ver cómo andaba y me invitó a una fiesta que se hacía en el bar en el que ella trabajaba. Conversamos toda la noche recordando nuestra juventud y, en un momento, me animé a confesarle mi amor. Me di cuenta de que lo seguía sintiendo y se lo dije. Ella también lo sentía…
Nos regalamos la oportunidad de un noviazgo, salimos juntas a dar paseos por la costanera, a bares y boliches, y compartimos nuestras amistades y familias. De a poco mi entorno fue aceptando mi bisexualidad y yo con ellos.
Dividida
Fue la segunda vez en mi vida que esta sensación me habitó. Sentí mi cuerpo dividido, mi corazón y hasta mi voluntad divididos. Reconocí dos caminos que quería recorrer, pero no podía combinarlos en uno. Así estaba mientras ataba mi bicicleta en la puerta de un teatro (había estado perdida, recorriendo la ciudad sin poder encontrarlo), se me había hecho tarde para asistir a una conferencia que un yogui y meditador de la India iba a compartir en Santa Fe. La organizaba un buen amigo junto con una asociación internacional de meditación. Decidida, entré igual, esperando que nadie se molestara.
El sabio hablaba en inglés y mi amigo lo traducía. Escuché el final de su discurso y lo interesante fue que nos invitó a realizar una meditación grupal en ese mismo momento. La experiencia fue profunda y hermosa. Al abrir los ojos me sentí contenida y atravesada por un inmenso amor, con la mente clara y en paz. Pude ver una gran columna de luz que descendía alrededor del yogui y lo envolvía como una capa blanca como la nieve. Se extendió sobre el escenario y varios metros más allá.
Yo estaba extasiada, sin poder moverme de mi asiento. El salón se fue vaciando y mi amigo y el yogui bajaron del escenario caminando muy lentamente. El hombre marcaba el ritmo y parecía ir descendiendo desde la luz a cada paso que daba. Caminé lentamente, sintiendo de a poco mi cuerpo y el contacto con la tierra debajo de mis pies. Cuando llegué a la puerta del teatro me encontré con la mirada del yogui, hubo un instante de silencio entre los dos y luego él me dijo en inglés: “Vos tenés una pregunta para hacerme”.
Quedé totalmente desconcertada por su afirmación; busqué en mí algo para decirle, pero lo único que me salió fue: “No sé, creo que no tengo ninguna pregunta, estoy bien así”. Él insistió y me dio tiempo para ver si me podía expresar. Yo estaba muda.
Asumo que entendió mi silencio y por eso me miró compasivo y siguió caminando, como respetando mi tiempo.
Saludé a mi amigo y toda la comitiva de la organización se fue a descansar a una casa cercana. Me dispuse a desatar mi bicicleta para volver a casa. Como estaba lenta de movimientos y mentalmente desconcertada, decidí caminar mientras llevaba la bicicleta a mi lado. Cuadra a cuadra fui escaneando mi interior, quería encontrar esa bendita pregunta y, además, darle una forma coherente.
Así, llegué a la puerta de la casa donde se alojaba el yogui y me senté, frustrada, en la vereda de enfrente. Cerré los ojos y reconocí su presencia en mi campo, me conecté con mi sentir. Permanecí en su compañía un buen rato y por fin le dije: “Ya sé cuál es la pregunta: yo tengo novia, soy mujer y estoy enamorada de otra mujer. ¿Por qué me pasa esto a mí?”.
Lo primero que me dijo fue: “Dios actúa de manera misteriosa”. Cuando escuché eso, pensé: «Esa frase es de película de Hollywood, no puede ser la única respuesta que tengas para una pregunta tan importante para mí». Pude ver lo fuerte que había sido para mi familia de sangre recibirme a mí y a mi novia un domingo en el almuerzo familiar, y también lo poderoso de sentirme sincera y libre ante la mirada de mis padres. Recordé el amor que me transmitieron mis hermanos cuando les conté sobre Mica y que mi familia y amigos me aceptaban y me seguían queriendo igual que siempre. Ahí me di cuenta que esa ya no era la división que me aquejaba. Había otra aún más importante.
Le expuse mi dilema al yogui diciendo: “A mí me gusta la espiritualidad, enseñar yoga, hablar de Dios, ayudar a las personas a sanar sus emociones. Y también me gustan las mujeres, estoy de novia con una mujer. Desde la mirada cristiana de la vida, en la que fui educada, las mujeres tienen que estar con hombres; si no, son pecadoras y quedan fuera del amor de Dios. Desde la mirada yóguica y meditativa, ¿estoy habilitada para transmitir el amor de Dios a otras personas teniendo novia?”. Sentí mucha vergüenza en mi corazón por exponerme tan abiertamente y, a la vez, un gran enojo por sentir que tenía que pedir permiso para ser así, nueva e integrada como lo había descubierto un tiempo atrás.
Algunas imágenes de momentos compartidos con mi pareja comenzaron a venir a mi mente. Su mirada, el contacto entre nuestras manos, un beso y hasta la sexualidad compartida. A medida que las dejaba entrar, sentí cómo iba reviviendo y abrazando cada momento. Sentí la culpa con la que había vivido cada situación y, a la vez, el coraje sobre el que me había parado para darme la oportunidad de compartirlas con ella.
Recordé la primera vez que sentí atracción por ella, teníamos catorce años y éramos amigas de la escuela. Empezamos a llevarnos muy bien y un día, en su casa, me di cuenta de que me gustaba de otra manera, de que encendía un fuego en mí que hasta ese momento me era desconocido. Recordé que en su momento me dije a mí misma que eso estaba mal, pensé en mis padres, en las profesoras, en las monjas y los curas. Reafirmé la lección aprendida y anulé el sentimiento de amor y la atracción sexual. Los reprimí. Ahí me dividí por primera vez. Y así, dividida, viví los siguientes catorce años de mi vida, y aunque ahora había roto las cadenas externas que me impedían amar a una mujer, todavía quedaba en mí la sensación de no ser aceptada por Dios. La sensación de incompatibilidad entre una vida espiritual y una vida libre.
Ahora, en meditación, los dos caminos estaban expuestos, abiertos en mi corazón.
El yogui dijo: “Sí, sos parte de la diversidad de la época en la que vivís, y Dios vive en la diversidad. Ese es el reflejo que estás manifestando en tu relación, en tu camino. Son lo mismo el amor a Dios, el amor de Dios, el amor a la pareja y el amor de la pareja; son todos el mismo amor. El amor es lo que une los caminos, lo que los hace uno. Amor es todo lo que hay manifestándose en todo lo que existe”.
Con la mano derecha me toqué el centro del pecho. Me acaricié suavecito el corazón y sentí todo el amor que esta respuesta me traía. Percibí que Dios llegaba a mí a través del yogui y me sentí aceptada y querida, la sensación se expandió por todo mi cuerpo y me trajo unión y paz. Cuando la presencia del yogui se diluyó lentamente, me fui a mi casa a descansar.
Al día siguiente me levanté muy temprano y cociné un pan casero para el yogui. Quería llevárselo como agradecimiento por todo lo vivido la noche anterior. Cuando llegué a la puerta de la casa donde se alojaba, casi al mediodía, la comitiva de la organización estaba reunida en la puerta. El sabio estaba despidiéndose. Una de sus compañeras de viaje recibió el pan y él sacó una pequeña birome de uno de sus bolsillos. Le apretó un botón y se prendió una linterna en la punta opuesta a la de la tinta. Con la luz me iluminó la frente y me dijo: “Anoche viviste la verdad, experimentaste a Dios”. Dio vuelta la luz y apretó el botón de la birome. Me la puso en la mano y me dijo: “Ahora tenés que compartirlo”.
Yoga y música
