Sanar sin caretas - Daniela Brussa - E-Book

Sanar sin caretas E-Book

Daniela Brussa

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Beschreibung

El proceso de sanación no es lineal. Hay días en los que nos duele hasta el aire que respiramos. Sin embargo, si nos lo proponemos, podemos acudir a herramientas y técnicas que nos permitan liberarnos de ese dolor. Pero para eso hay que asumirlo primero. No se trata de arrancar el dolor, ni de ponerse una máscara que lo tape, ni de dibujar sonrisas que lo maquillen, ni de comprar una vida que nunca quisimos: se trata de aprender a vivir con la cicatriz que ese dolor nos deja, abrazándola, mirándola de frente, llorándola, asumiéndola, sabiendo que no siempre vamos a estar bien, y eso no tiene por qué estar mal.

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Seitenzahl: 279

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Producción editorial: Tinta Libre Ediciones

Córdoba, Argentina

Coordinación editorial: Gastón Barrionuevo

Diseño de tapa: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Diseño de interior: Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones.

Brussa, Daniela Soledad

Sanar sin caretas / Daniela Soledad Brussa. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2023.

236 p. ; 21 x 15 cm.

ISBN 978-987-824-584-3

1. Desarrollo Personal. 2. Espiritualidad. 3. Coaching. I. Título.

CDD 158.1

Prohibida su reproducción, almacenamiento, y distribución por cualquier medio,total o parcial sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor.

Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.

La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidadde/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.

Hecho el depósito que marca la Ley 11.723

Impreso en Argentina - Printed in Argentina

© 2023. Brussa, Daniela Soledad

© 2023. Tinta Libre Ediciones

Prólogo

Este libro tiene herramientas para sanar, para salir adelante de un trauma ocasionado por una pérdida.

He leído muchos libros de espiritualidad, autoayuda, coaching, biodescodificación emocional, pero siempre sentí que están escritos desde el lugar de alguien que ya superó todos sus conflictos y ahora es una persona sumamente sana, abundante, próspera y feliz.

Con este libro quiero acompañar a las personas a sanar, pero a través de la vivencia del dolor, para que puedan sentir una doble compañía, la de alguien a quien una pérdida la atraviesa por entero y la de alguien que, de a un pasito por día, un día a la vez, va valiéndose de herramientas que le permiten aprender a convivir con él. Para mí el proceso de sanación o resolución de aquellas cosas que más nos limitan y nos duelen, no es lineal, y por supuesto no conlleva una receta mágica. Hay días en los que la vida duele, que el aire que respiramos, de manera paradójica nos asfixia, y eso no está mal y no es motivo de culpabilidad alguna, es una oportunidad para darnos el espacio que necesitamos para sentir, asimilar, buscar herramientas y, finalmente liberarnos.

Con amor, a todos aquellos que lo lean y les sirva para su proceso de sanación.

Genuino, sin caretas, desde el dolor hacia la superación.

El dolor

El duelo es el proceso de aprender a vivir con las cicatrices de la pérdida

Hakuki Murakami

No llegaste.

Miré el reloj una y otra vez. A las 11:00 horas, miré tu nombre en el chat, volví a mirar la hora, 11:03 horas, intenté distraerme, pensé en lo denso que podría estar el tránsito como pensaba a diario, pensé que tendrías algún compromiso personal, una cita con el médico quizás te tendría retrasado, volví a mirar el reloj, 5 minutos más, volví a mirar tu nombre en el chat. Miré tu cara, en el chat, en el teléfono, en las fotos.

Son 11:22 horas y no estás y yo sigo negando la realidad, pensando que la ruta por la que transitás está durísima, que tu moto entró en reserva, que ya vas a llegar.

Son las 15:41 horas y ya casi no veo la pantalla de mi computadora de tanto llorar. No lo puedo disimular, con nadie. Lloré ayer, lloré hoy y no sé hasta cuando más.

Retrocedí los chats, tanto como pude. Hoy hace un mes que me operé, y un mes que me dijiste algo que jamás pensé que escucharía y que atesoro en mi corazón para siempre, llegué hasta el collage con nuestras tres fotos.

“No sé cómo hacer si no estás conmigo, me siento tan sola en este vacío”, ahora recuerdo la estrofa de ese blues que yo misma escribí, y sigo llorando.

Todavía, en el chat laboral tu nombre figura con tu puesto, todavía pienso que te tomaste el día, que ya vas a volver a que podamos reírnos, y también enojarnos, porque es parte de lo que somos, de lo que nos pasa, a que me apoyes, a leer tus consejos que me ayudan tanto. Son las 16:00 horas y recuerdo que me olvidé de tomar agua. Me puse hielo en los ojos, ojalá no estés mal.

Fui a la heladera y en el desayunador está en una bolsa doblada prolija tu campera, que ahora es mi campera, la saqué de la bolsa, la miré, la tuve en las manos y me di cuenta de que el hielo en los ojos no me sirve para nada.

Levanto la vista y veo la lechuza multicolor que me regalaste, es tan hermosa, me gusta tanto. Me siento feliz y angustiada a la vez. Intento mantener un equilibrio que me es imposible.

¿Y las risas en la cancha?

¿Y las clases de yoga?

Nunca más.

Por favor volvé.

***

Fui a bañarme, yo suelo lavar mi pelo cada día y medio, estoy tan mal que no recuerdo si debería lavármelo o no. Salí al patio y miré la pileta, y recordé que una vez llegué a casa y te mandé una foto metida en la pileta.

“Ese pelo está seco”, leí en un mensaje tuyo.

“Ya sabés muy bien que me cuido los rulos”, respondí.

Hoy me tiré a la pileta y sumergí mi cabeza en el agua, aguantando la respiración hasta casi no poder más. Salí del agua y así como quedó el pelo, con el cloro quién sabe en qué porcentaje o concentración, así tal cual lo dejé, qué más da cuidar el pelo si no puedo cuidarme el alma.

Los ojos me duelen de tanto llorar, y mientras paso la toalla por la cara puedo reconocer la sal de las lágrimas, estoy llorando de nuevo, casi sin parar.

Hoy es un nuevo día y me levanté con los ojos hinchados, la mirada cansada, la cabeza abrumada, y el trabajo avasallándome. El ruido interno es tan ensordecedor que ya no sé lo que hago ni lo que digo.

Miré tu nombre todo el día en los chats. Hasta este momento no lloré, pero me duele tanto la cabeza que ya no sé cuál será la prioridad dramática que se impondrá sobre mi cuerpo.

Miré el último mensaje, recordé que te conté que hay días que tengo ganas de morir. Nunca imaginé que los días que vendrían podrían ser mucho peores que ese.

No estás, y ahora que escribo esto, una lágrima se desliza sobre mi cara cansada. En este momento te saludaría, quizás deseando que termines bien el día, pero ya no más, ya no estás. La vida me había arrebatado algo tan mundano como eso. Ya no puedo seguir escribiendo.

***

Hoy me levanté sabiendo qué día es, pero entendiendo, en mi corazón, que vivo en un eterno calendario de una rutina aplastante y gris. Abrí un mueble y encontré un libro de autoayuda. Sabías más que bien que yo siempre lo cuestiono todo. Y esta no es la excepción, miré la tapa, y ni siquiera quise volver a leer el título, automáticamente pensé en que no me ayudaría para nada. Que no habría manera de poder sanar este dolor con ese libro, y, a mi modo de ver, con ningún otro.

Siempre fui una persona introvertida, que prefirió conocerse a sí misma, mi mundo interior es tan vasto que me cuesta salir al mundo exterior.

Siempre me gustó mucho escuchar a los demás, y es un placer para mí sentir que recurren a mí en busca de un consejo, de aliento, de consuelo, pero, asimismo, me cuesta mucho pedir ayuda, hablar de mí, sentir confianza con alguien.

Con vos lo tenía todo. Nunca supiste lo importante que eran tus respuestas para mí. Según tu percepción, eras malo para dar consejos, pero, para mí, cada una de tus respuestas a mis dudas más profundas eran una puerta que se abría para que yo entienda, comprenda y, sobre todo, viva mejor.

Fui al baño, me miré al espejo y me di cuenta de que tengo el pelo muy mal recogido, y encima recogido, con la cantidad de veces que hablamos de mis rulos. Antes solía decirte que me incomodaba un poco mirarme al espejo, nunca me acepté demasiado físicamente, sin embargo, esta vez quedé mirándome fijo, un par de minutos, sintiendo lástima por mí misma, mientras a la vez me daba culpa estar en esa postura de víctima que no me gusta, pero de la que no puedo salir.

¿Salir? Desde ese día no salgo de casa, no tuve contacto con el mundo exterior. Mientras mi corazón va sintiendo que no queda nada que me inspire confianza, intento mirar mis plantas, mejorar el jardín, pero no puedo.

Mi cabeza vuelve una y otra vez a ese momento en el que siento que perdí todo lo que me sostenía, contra todo pronóstico, contra toda publicación de psicólogos y todo tipo de terapeutas que nos hablan del apego, de la dependencia emocional, de cómo debemos dejar eso atrás, querernos a nosotros primero, para saber querer bien y así luego querer a alguien más.

Bueno, no me quiero. Ni un poquito. No me quiero por mi destino, por mi camino, por las paredes que yo misma levanto frente a mi cada día y que me alejan más y más de los sueños.

¿Sueños? Creo que ya no sueño.

Creo que ya no tengo deseos de mirar la luna, el sol, el cielo. Ayer, como acostumbro cada noche de luna llena, fui a un lugar alejado y entonces la vi salir, y la fotografié.

Respiré profundo y recordé que siempre te decía que adoraba las noches de luna llena porque, en esas noches, el sol y la luna se miran de frente. Puedo tener frente a mí la luna, apenas saliente en un cielo muy claro, imponente, pidiendo lugar para brillar, pero, al girar la cabeza veo al sol, y cómo va llegando su ocaso, y de esa forma siento que esos astros me muestran dos cosas: la primera es que nada es imposible, si ellos pueden estar frente a frente contra todo pronóstico, por qué nosotros no podríamos salir adelante con todas aquellas cosas que llevamos en el corazón y que encienden la llama de nuestra alma.

Por otro lado, esto me invita a sentir que cada día es un nuevo comienzo, esta tarde, para la luna y su inminente posibilidad de brillar, y mañana lo será para el sol, que hoy se rinde ante ella corriéndose de su rol de protagonista, para verla brillar.

Saqué tantas fotos como pude. Miré a la luna muy fijo, y volteé la mirada para ver al sol, a cada instante el paisaje ofrecía una leve, pero notoria variación, de tonos, de distancias, y mi alma, tristemente apagada, por unos instantes se iluminó.

¿Será que si no hay imposibles alguna vez te veré nuevamente quién sabe en qué dimensión? ¿Será que el tiempo vuelve atrás y no paso por esto?

Mi diálogo interno empezó nuevamente a hacerse preguntas que me hicieron caer hacia esa espiral oscura una vez más. Ya solo quedaba el ocaso, en la naturaleza, y en mi corazón.

***

Después de 5 días de no salir de mi casa más que para cumplir con compromisos familiares y para ver ese espectáculo natural que tanto bien solía hacerme, volví a la oficina. Estoy confundida, me di cuenta de que me costó manejar la moto, lo que normalmente hago en automático esta vez fue diferente, tuve que pensar los movimientos, en la mitad del trayecto percibí que no lograba darme cuenta de cuál era la palanca de freno de la del embrague.

Te recordé todo el camino, pensé en todas y cada una de las veces en las que hablábamos de motos, en cómo te conté que empecé con una moto de 50 cilindradas, y de allí a mis 20 años compré unas 110 cilindradas para luego, con el paso de los años animarme a tener una moto con embrague manual de 125 cilindradas. Ahora tengo una de 190 y junto a ella, una Retronaked del 1996 restaurada, de 500 cilindradas.

Recordé cómo cada día me decías que me cuide al volver, porque vos sabías que a veces, se me iba un poco la mano con la velocidad, y vos, que eras tan protector, siempre ahí diciéndome “ojo con la motaza”. Esa expresión solía darme mucha gracia, y, a su vez, mucha ternura.

Recordé el día que me contaste que te habías comprado una, de cómo sentías que te costaba aprender a manejar, de todas las veces que te dije que tenías que tener paciencia, que no es fácil coordinar, pero que se puede; y si, por supuesto que pudiste, nuestras charlas de motos eran geniales, cuántas veces habré sonreído saliendo de mi estrés laboral, emocional, de mis problemas de salud que me acompañan hace años.

Creo que me detuve demasiado en todas esas anécdotas y al final me di cuenta de que no estaba logrando manejar coherente ni responsablemente.

Llegué a la oficina y saludé al personal de la guardia, con mi sonrisa de siempre, hay algo en mí que me lleva, filosóficamente, a no trasladarle mis angustias a los demás, porque lógicamente, cada uno tiene sus batallas, pero ese positivismo que me caracteriza muchas veces maquilla mi realidad, de igual modo, con mi mejor sonrisa y onda saludé y me senté en el escritorio.

Mis días empiezan con mate sino no empiezan, eso lo sabías muy bien. Miré mi equipo de mate con el fulgor con que alguien que camina en el desierto puede llegar a ver un oasis, y entonces vi la bombilla que me regalaste, y el sticker que venía con la bombilla al que cuidadosamente pegué en el termo. Y me paralicé. El aire me quebró la garganta, nuevamente los ojos con lágrimas, respiré entrecortado, lo más profundamente que pude para no llorar, reprimí el instinto y, como quien vive en piloto automático, fui a la cocina, preparé el mate y volví, para mirar los chats otra vez, y ver que, en el laboral, ya no figuras en el organigrama, sin embargo, aún queda tu puesto, aún por momentos siento que vas a volver.

Aún ahora, siendo las 08:48horas de la mañana, yo sigo pensando en que vas a llegar, que esto es cuestión de días, que por algún motivo hace un tiempito que te ausentás, bajé la mirada, el mate está frío, por momentos intento sumergirme en una realidad paralela que no duela tanto pero no lo logro. Me duele. Y no hay positivismo que pueda poner para que esto pase.

***

Hoy vinieron personas que formaban parte del que fuera tu equipo y también parte del equipo de otra planta. Mi exjefe invitó a todos a cenar menos a mí, y en este momento, me encantaría poder estar charlando de esto con vos, que me ayudes a reírme como lo hiciste siempre, esta parte es una de las más duras para mí, enfrentarme al costado más miserable de los seres humanos, dejé lo mejor de mí en esa área a cambio de soportar desprecios, te necesito, necesito tus palabras de aliento y tus chistes ocurrentes. Pero no estás. ¿Adónde te fuiste? ¿sabrías que estoy sufriendo?

Volví a casa en la moto, con esa sensación de ir por la vida “pateando las piedras”, una vez charlamos sobre los puntos a favor y en contra de las motos. Uno de ellos para nosotros, que tanto adoramos la música, es que en la moto no se puede escuchar música, a ambos se nos ocurrió que se podría escuchar con los auriculares en el celular, vos me dijiste que todavía no lo intentarías pero que yo, que hacía de mis 15 años que manejaba moto lo hiciera.

Recuerdo haber sentido miedo como siempre, algo que vive conmigo, pero un día lo hice, y te grabé un video como evidencia, y desde ese día siempre salgo en moto con música en los auriculares, no importa si está bien o mal, lo hago, me hace bien.

Y así me fui con la música en los oídos hasta que, en la mitad del recorrido empezó a sonar esa canción que dice: “vuelve a casa arrastrando sus tesoros”. Vos me habías dicho una vez: “te pido por favor que escuches esa canción”; empecé a llorar sin consuelo. Tuve que parar de manejar. La música se detuvo mientras escuchaba los latidos cada vez más fuertes de mi agitado corazón que se esforzaba por mantener a un cuerpo que no podía permanecer de pie.

Otra vuelta de 24 horas en el calendario, y yo estoy tan atareada que llegué a pensar en que quizás esto no sea tan malo. Es bueno al menos para no llorar, van tres horas en las que no derramo lágrimas. Llegué a un punto en el que elijo estar sobrepasada de trabajo muy por encima de un nivel que soy capaz de soportar con tal de que no exista un intrépido minuto de falsa paz en el que tus recuerdos se filtren nuevamente.

Ayer fui a baile, crucé la puerta, y en una pared del salón hay una frase que dice “bailar alegra el alma”; la miré fijo, al irme volví a mirarla con la esperanza de que sea cierto.

Pasó una semana, en la que puedo notar que no me di cuenta de cuándo fue lunes, ni miércoles, nada.

Ya no puedo discernir qué día es más triste, si los lunes en los que volvemos a nuestra rutina y yo me siento a esperar un “qué onda, ¡buen día!”, o los miércoles en los que te recuerdo que ese es tu día favorito de la semana y que, si no le ponés onda, cuándo sino, o los viernes, en los que sé que vas a poder hacer lo que más te gusta y por lo que derribaste tus creencias que te limitaban y que te llevaban a pensar que ya estabas grande, que “ya había pasado tu tren”, No sé. No puedo responderme a mí misma esa pregunta porque perdí mi brújula interior hace bastante. Mi vida se volvió un extraño calendario sin sábados ni domingos. Transito una existencia atemporal, en la que me siento apabullada, y adormecida.

Hoy terminé mi almuerzo sintiéndome la inadaptaba de siempre, escuchando conversaciones que no son más que ruido sin sentido para mí, entre el compromiso y las respuestas políticamente correctas te pienso, y recorro finalmente el tramo hasta llegar a mi escritorio y ver si ya llegaste vos también, para que charlemos sobre la comida y hagamos chistes sobre eso. Como si no supiera de sobra que eso nunca más va a pasar.

***

Hoy ya no figura tu nombre en el chat del trabajo, hoy sos un usuario no reconocido por el sistema; pienso en cuántas veces hablamos de eso, de ser personas que viven afuera de la caja de las imposiciones sociales, pero ahora este lugar me golpea en toda la cara con una realidad aplastante, mientras voy escribiendo estas líneas, voy percibiendo que tus frases se hicieron mías, que “en toda la cara” era una de tus frases más recurrentes.

Y bueno, después de todo algo queda…

En este momento en que la sensación térmica es de 41 grados, yo estaría diciéndote que adoro el verano a pesar de sus caprichosos extremos, y vos, seguirías totalmente enojado con el clima a pesar de todas y cada una de mis afirmaciones que lo defienden. Todo para terminar ambos hablando del otoño y la primavera, con sus amaneceres y atardeceres fulgorosos, inigualables, y ahí surgía siempre el punto de conciliación donde yo terminaba con una sonrisa dibujada en mi rostro, que me llevaba a recordar las cientos de fotos que tengo de los amaneceres y atardeceres otoñales.

Me doy cuenta de que hay muchas cosas que aprendí a valorar, y, al mismo tiempo, me cuestiono si te habré valorado lo suficiente. Alguna vez quizás pueda saberlo. O quizás no. Siento un escalofrío en todo el cuerpo y una sensación de vacío que ya se me hizo carne, dudo si en algún momento se irá.

***

Esta es mi primera menstruación después de la intervención en mi mioma intramural del tamaño de una naranja. Percibo que no mejoró nada, el dolor, la hinchazón, todo sigue igual. Estaba acostada en el costado de la pileta cuando empecé a sentir las clásicas arcadas, fue en ese momento en el que me di cuenta de que, tras casi diez días de dolor y abdomen inflamado, por fin había terminado ese calvario. Recordé que una vez te hablé sobre mis dolores, y me dijiste que te ponía triste saber que no la estaba pasando bien, y me sentí acompañada, porque, a pesar de que no hayas pasado por el cuerpo esa sensación, yo sentí que alguien me abrazaba, incondicionalmente, que no era una carga, que lo que me pasaba a alguien le importaba desde otro lugar, yo siempre supe de tu expertis para colocarte todo tipo de escudos y corazas que blinden tus sentimientos, pero ese día, y esa frase, en un minuto me aliviaron años de dolor. Ojalá hubiera alguna manera de hacer que lo sepas, de trascender la materia y cruzar el umbral que separa la existencia de cada uno.

Hoy te pediría un abrazo, y te diría personalmente lo que ya te dije hace muy poco, muchas veces, tanto dolor me quita las ganas de vivir, y muchas veces siento que, irremediablemente, la única salida de todo esto es una muerte que se apiade de los casi 20 años que llevo viviendo así. Y, seguramente, te enojarías, y me retarías, y me harías salir de ese estado de victimización en el que me pongo, sin querer, producto del dolor que, emocional y mentalmente me tiene cansada.

Pero no estás, por lo tanto, no puedo decirte ni una cosa ni la otra, ni darte un abrazo ni verte enojado, ni nada, y entonces, pienso en si realmente esto podría ser peor.

Cuánto maquillaje…cuántas ocupaciones me fui buscando para tapar el dolor. Creo que voy a reventar, no puedo dejar de pensar en cuánto me ayudaba tu compañía a soportar las miserias humanas. Cómo lográbamos abstraernos de todo eso con nuestras charlas llenas de risas, consejos, enojos.

Había un mundo creado por los inadaptados, a los que los miserables no podían acceder, ahí se vivía con locura, también había lugar para las rabietas, ahí afloraba nuestro niño interior, pero de algo estábamos seguros, era invisible a los miserables, y eso lo volvía reconfortante a niveles inexplicables.

Enojado y todo, yo podía ver tu pureza, y eso era como ver una cascada cristalina después de una dura caminata. Tu forma de ser era el lugar en el que refugiaba mis vulnerabilidades.

Pero ahora ya no estás, y yo no puedo dejar de sentir que no voy a poder. Ni siquiera sé si quiero poder…

Te extraño.

***

No hace mucho, leí un escrito que me impactó muchísimo, que decía que un día, las flores están radiantes y poco a poco llega ese momento en el que te ves brindando por un nuevo año con esperanza de algo mejor. Que, casi sin parpadear, ves como la sombra en la pared de tu casa ahora se va mucho más temprano, que saliste a hacer tus cosas y sin darte cuenta, ya lo hacés con todo el cuerpo cubierto y cuidándote de un resfriado, y que, sin haber disfrutado de nada, las flores y los cantos de los pájaros vuelven a estar radiantes, y nuevamente estás brindando, y ese año pasó, y así pasa la vida.

Y en la publicación el escritor decía que deseaba que la vida nos pasara como a los niños, que viven su día a día disfrutando, jugando, sin prejuicios. Y yo deseo lo mismo, pero no sé cómo hacer para detener el reloj, y si lo detengo, viene el dolor a calarme hondo, pasaron semanas en las que no escribí, y ahora, frente a estas líneas, vuelvo a llorar, y vuelvo a sentir lo mucho que me cuesta el día a día, y siento que unos meses fueron mil años y me enojo y me cuestiono todo. Y pienso que por qué no fui yo, si total no tengo nada que perder.

Alguna vez te molestaste cuando te mostré una letra de uno de mis blues y te dije que mi idea era titularlo “nada para dar”, en ese momento me sentía así. Pero ahora, además, no tengo nada que perder.

Pero la vida no funciona de esa manera. El destino se encapricha y entonces las cosas pasan de acuerdo a los designios de quien sabe quién. Una vez fui a Buenos Aires y, como siempre, mi atención va puesta en el cielo, entonces, mirando las partes superiores de una arquitectura que me cautiva, encontré un edificio con una frase que me emocionó: NO HI HA SOMNIS IMPOSSIBLES: no hay sueños imposibles.

Que lejos quedó esa emoción, y la sonrisa y el entusiasmo que sentí cuando lo vi y te lo conté.

¿De qué más podría despojarme la vida? Si soy consciente de que, al arrojar la moneda, mi alma quedó en la cara seca de la suerte…

***

Hoy vine al trabajo como siempre, y, aunque tu nombre figure en “presencia desconocida”, aunque este sistema no te reconozca, yo sí, y entonces anclé nuestras conversaciones para mirar un poquito cada día.

Estuve muy atareada, el correr se volvió normalidad absoluta, tanto que ya ni quiero mirarme a la cara, mis ojos, la visión borrosa, la vista cansada, siento que envejezco a pasos agigantados.

Salí a despejarme en mi bicicleta, me senté en la hamaca de la famosa plaza de la que siempre hablábamos, la que da al campo, después de ahí, una ruta casi imperceptible que deja ver un atardecer que, diría yo, es la mejor receta para terminar el día.

Me hamaqué con fervor. Sonreí como una nena, me hamaqué hasta cansarme mientras recordaba cómo debatíamos sobre a qué refería la canción “baby, vamos a hamacarnos baby”, yo, siempre creí que refería al momento que yo vivía en ese instante, al estar hamacándose como los chicos, vos, con tu “mente a velocidades extremas”, como yo siempre te decía entre risas, considerabas que refería al encuentro íntimo entre dos personas.

Ambas tienen sentido, ambas son lindas para mí, las dos abarcan mi costado infantil, y mi costado salvaje. Miré a mi derecha y hacia arriba y ahí estaba la luna, en cuarto creciente, y debajo de ella, en un poste de luz, una lechuza, y entonces recordé la leyenda de la lechuza y la llama que yo misma escribí mientras estaba intentando recuperarme de mi operación, inspirada en la lechuza de yeso con corazón de imán y el llavero de llama que no era llavero sino mi talismán, tus regalos que llevo en mi mochila de acá para allá.

La leyenda termina diciendo que una lechuza y una llama fervientemente enamoradas, burlando los escritos sobre lo biológicamente posible o imposible, fusionan sus almas, una noche de cada cuarto creciente, para ayudar a los humanos a cumplir sus sueños, que aquel humano soñador que mirara el arco de la luna, y viera una especie de “lechullama”, una lechuza de colores brillantes con el pelaje denso de una llama, sería ayudado a cumplir sus sueños.

Esta era una lechuza común, ojalá fuera la famosa “lechullama” que concede deseos, pero, de todas formas, por el principio de mentegénesis que tanto estudié en las leyes de biodescodificación emocional, deseé, deseé con todas mis fuerzas, pedí mi deseo, no importa que tan imposible parezca….

Volví sintiendo el aire puro en mis pulmones, y una sensación de alivio en el corazón.

No recuerdo cuántas son las veces en las que me enojé en estos meses, no puedo llevar la cuenta de las rabietas internas a las que, descaradamente di rienda suelta para después sentir una culpa despiadada, por momentos siento que me cuesta discernir la realidad. Y entonces vuelvo a cuestionarme todo, y la maldita culpa que me hace sentir mal, que me impide ver mi valor, que me impide entender que no está mal que haya cosas que me afecten o que no me gusten, que me duelan, que está bien poner límites cuando las cosas no son sanas o no son recíprocas. Estoy muy confundida, si pongo límites siento que no estoy amando incondicionalmente conforme a las enseñanzas del libro Un Curso de Milagros al que suelo seguir, pero si no los pongo, siento un vacío emocional producto de esa falta de reciprocidad que para mí es importante.

Vienen a mi mente las veces en las que más fuerte discutimos, y vos terminabas diciéndome frases pícaras, en esos momentos en los que el aire se ponía tenso y yo salía con “no sé, perdón si te jode pero no puedo evitar sentirme usada muchas veces”, de inmediato vos decías cosas como “está bien, largá todo, es mejor escupir que tragar”, sabías que yo me reiría por el doble sentido de la frase, sabías muy bien que a mí las guarradas me hacían reír mucho, y, lo que hoy muchos verían como un escándalo, para nosotros era una especie de código, esas frases con doble sentido eran las frases de quiebre que me sacaban de un estado emocional en el que me sentía envuelta en una confusa nube negra, a estados divertidos en los que te decía que pares porque estaba a punto de explotar de la risa.

“Estoy apretando la cara para no largar la risotada”, dijiste una vez, la verdad es que esta es la primera vez que sonrío frente a estas líneas. Levanté la mirada, vi por la ventana esta tarde gris, ya otoñal, y despacito volví a apagarme.

No sé si algún día encontraré la palabra exacta que defina lo que siento, y a veces me cuesta demasiado seguir escribiendo. Pero al hacerlo, siento que de alguna manera seguís estando, seguís acompañándome, ahora recuerdo que por suerte pude decirte que tu risa era muy graciosa y super contagiosa, te reías de una manera muy especial, tu quinestésica voz, grave, acogedora, hacia adentro, armonizada, se transformaba en un sonido agudo y tan genuino que me encantaba. No solo porque me hacía reír hasta sentir que no iba a poder parar, sino también porque en tu risa volvía ese, el que pone a descansar la armadura. Tu risa y tu mirada delataban la pureza de tu alma y lo genuino de tu ser, eso de lo que no te podías escapar, podías disfrazarlo todo y con todos, pero conmigo no.

Yo podía ver el brillo de tu alma, de tus ilusiones y la inocencia de tu ser a través de tus ojos. Y entonces entendí porque era tan fuerte la coraza. Si no andabas por la vida con armaduras sufrirías mucho, pero esto me lleva a pensar que el sufrimiento es inevitable, entonces, ¿para qué fingir?

Nunca estuve de acuerdo con vos en tu postura impuesta, en la famosa coraza, porque siento que cuando uno se deja llevar por lo genuino y puro de su ser, atrae a las personas correctas a su vida. Entonces, si tu risa es la que es, solo vas a juntarte y reírte con gente que la disfrute y no tendrías que juntarte a compartir momentos con gente que te obligue a reprimir un rasgo que tanto te identifica, pero bueno, sin ánimo de juzgarte, supongo que cada uno se protege de un potencial dolor de la manera que puede.

Se me nota la tristeza en la mirada, no lo puedo disimular, hoy, de a poco el día se fue convirtiendo en un lugar hostil que me lleva a no poder poner en palabras cómo me siento, simplemente no quiero hacer nada, solo estar en silencio, no quiero que me hablen, y mientras tanto tengo que afrontar los cuestionamientos de las personas alrededor que no entienden a alguien que vive como detenido en el tiempo, para ellos todo es cuestión de ponerle actitud, de ponerle onda, de construir un buen día, y puede ser, pero cada uno tiene sus momentos. Yo solo quiero estar así, con mis harapos, mi pelo recogido, mi cara triste, solo eso. No tengo fuerza para nada más. Los recuerdos me golpean, me parten en mil pedazos y me desmoronan lo poco que había construido para tratar de hacer un milimétrico paso hacia adelante. Empiezo a pensar que estas líneas son las únicas que me entienden, mi único recurso, ya no estás, y no sé qué hacer.

Termina otro mes que me pasó por encima, lleno de eventos de, por, y para la mujer. No sé cuántos “webinars” tuve que aguantar viendo cómo las mujeres se abren paso en el mundo de las empresas, como “liderar” es todo un desafío, por supuesto, en la charla exponen como ejemplo a mujeres que tienen cargos, como si las demás no sirviéramos para nada. Estoy tan cansada de estas careteadas disfrazadas de luchas igualitarias, de escuchar como ponen de ejemplo a personas que lastiman, humillan, que llegan a un cargo por pisotear a la de al lado, ¿sororidad? Cero.

Si pudiera poner en palabras lo mucho que siento que pierdo la dignidad mientras participo de algo en lo que no creo ni tengo convicciones al respecto, no sé realmente cuál elegiría o que frase definiría lo que me pasa por la mente en este momento. Vuelvo a pensar y a darme cuenta de lo bien que me hacías, cómo solíamos charlar sobre estas cosas y como siempre venían comentarios de tu parte que me hacían reír. Adoraba tu sentido del humor, ahora entiendo lo bueno que era para mí tener que esforzarme por contener la risa, porque, en definitiva, eso significaba que me reía, algo que hoy no me sucede, mi cabeza está a mil, las ocupaciones, las esperanzas que se fueron, el mal humor, mirarme al espejo y no reconocerme, qué lejos estoy del equilibrio, me importa un carajo la igualdad.

En estos momentos, estarías felicitándome de que me desconecte a horario, siempre veías mis sobreesfuerzos, y siempre supiste que mis sueños están muy lejos de estos lugares que te apagan el brillo, nunca pude decirte lo bien que me hacía y lo mucho que me gustaba decirte “bueno, hasta acá llegué, basta por hoy”, y que vos veas la hora y, al percibir que me desconectaba a horario me dijeras “muy bien!!!!!!!!!!!”, sentía que al menos ese día me daba cuenta de la importancia que tiene cerrar la puerta y poder disfrutar la vida, y que vos me aplaudieras esa acción, sentía que tenía a una hinchada enorme alentando mi accionar. La hinchada de tu corazón. Era suficiente para mí.

Levanto la mirada y veo mi rosal, esplendoroso, rosas rococó, racimos de rosas fucsia que aprovechan el aire del otoño, eso me vuelve a recordar que una de las tantas cosas que me gustaban de vos era tu conocimiento sobre plantas, yo podía nombrar una planta y vos sabías a la perfección cuál era.

Cuánto me gustaba eso, cómo quisiera decirte lo linda que está la rosa rococó, y el jazmín cuatro estaciones, hoy en vez de llorar voy a comprar un malvón en tu nombre, de mi color favorito, el rojo.