Sanar tu historia - Machy Guerrero - E-Book

Sanar tu historia E-Book

Machy Guerrero

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¿De dónde viene tu dolor? ¿Crees que afecta la manera en la que te relacionas con el mundo? En estas páginas encontrarás herramientas que te ayudarán a convertirte en la persona que necesitas ser para ti y quienes te rodean, desde la comprensión, la empatía, el amor y un profundo entendimiento de cómo debiste ser tratado en tus primeros años de vida. Sanar no significa borrar lo que pasó ni dejar de sentirlo, mucho menos llegar a un punto donde todo esté resuelto. Sanar es entenderte con una mirada compasiva. Ten la certeza de que, al terminar tu lectura, te encontrarás frente a frente con tu trauma y no sentirás nada más que alivio y paz. Entender y nombrar lo que nos ha ocurrido es solo el primer paso hacia la libertad.

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Seitenzahl: 151

Veröffentlichungsjahr: 2025

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ES HORA DE SALIR DEL ESTADO DE SUPERVIVENCIA, SOSTENER TU TRAUMA CON AMOR Y EMPEZAR A VIVIR.

 

¿De dónde viene tu dolor? ¿Crees que afecta la manera en la que te relacionas con el mundo?

En estas páginas encontrarás herramientas que te ayudarán a convertirte en la persona que necesitas ser para ti y quienes te rodean, desde la comprensión, la empatía, el amor y un profundo entendimiento de cómo debiste ser tratado en tus primeros años de vida.

Sanar no significa borrar lo que pasó ni dejar de sentirlo, mucho menos llegar a un punto donde todo esté resuelto. Sanar es entenderte con una mirada compasiva.

Ten la certeza de que, al terminar tu lectura, te encontrarás frente a frente con tu trauma y no sentirás nada más que alivio y paz. Entender y nombrar lo que nos ha ocurrido es solo el primer paso hacia la libertad.

Machy Guerrero es psicóloga y psicoterapeuta especializada en el ámbito infanto-parental, promotora de los buenos tratos en la infancia y la adolescencia. Está certificada en Disciplina positiva en la familia por la Positive Discipline Association.

Posee diversos diplomados que abarcan áreas como la parentalidad y el desarrollo infantil, el apego y la mentalización, el abordaje multidimensional del trauma complejo y la sexualidad.

Su formación incluye también estudios en neurociencias afectivas y en terapia sistémica, consolidando un enfoque integral en su práctica profesional.

Es conferencista internacional, madre de dos hijos y cuenta con una plataforma que ha logrado impactar a más de cinco millones de seguidores.

 

 

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A mis padres que, sin saberlo, con sus buenos tratos me regalaron salud mental.

A mis hijos, que me confrontaron con mis heridas y por quienes quiero ser mejor persona.

A mi hermana y mis amigas, que son mi red de apoyo y con quienes aprendí cómo se vive un apego seguro.

Índice

Nota de la autoraIntroducción1. De aquí viene el trauma2. Todo comienza en la infancia3. La huella de tus vínculos4. El adulto en quien te convertiste5. Enfrentar el dolor desde el presente6. ¿Cómo dejar atrás los patrones?7. Así se ven los buenos tratos: lo que merecías y mereces recibir8. Lo que todos necesitamosEpílogo

NOTA DE LA AUTORA

Por economía de lenguaje y para hacer más ágil la lectura, encontrarás “niños” en general cuando me refiero a niñas y niños o “padres” cuando me refiero a padres y madres. Me disculpo de antemano por la omisión, porque intento siempre ser incluyente.

INTRODUCCIÓN

“A mí me pegaron y no me pasó nada”, “Conmigo eran muy duros y gracias a eso soy una persona de bien”. Tal vez has dicho esas frases, quizá las has pensado o escuchado mil veces.

Sin embargo, para muchos, además de grandes momentos, la infancia también tuvo tristeza, abandono, negligencia, confusión o malos tratos. Aun así, parece que “estamos bien”: tenemos un trabajo, amigos, gozamos de libertad, incluso podemos tener grados académicos significativos, pero… ¿realmente nada nos pasó?

Llevo varios años estudiando sobre salud mental infantil, apego y trauma. He acompañado a miles de familias en talleres y asesorías y cada sesión me ha llevado al mismo punto. Casi todos los problemas humanos tienen su origen en la calidad de las relaciones que nos ofrecieron las personas que nos cuidaron en las primeras etapas de nuestra vida.

Lo vivido en el periodo en que nuestro cerebro y seguridad emocional estaban en construcción tiene eco en cómo en el presente nos sentimos, nos tratamos, el tipo de relaciones que tenemos y cómo nos regulamos emocionalmente.

Sanar tu historia tiene la intención de que conozcas lo que es el trauma y cómo las vivencias que experimentamos en dicha etapa han configurado la manera en que nos relacionamos con el mundo.

Descubrirás cómo debiste ser tratado y adquirirás herramientas que te ayudarán a ser la persona adulta que hoy necesitas para ti y para quienes te rodean, desde la comprensión, la empatía, el entendimiento y el amor.

Cuando tomamos conciencia de lo que necesitábamos recibir y no obtuvimos, encontramos la explicación a mucho de lo que nos pasa en el presente. Esto también nos ayuda a diferenciar los buenos tratos de los que no lo son y que tenemos normalizados. Al hacerlo, logramos alzar la voz, poner límites a los demás y tomar mejores decisiones en nuestras relaciones personales.

Para los que somos mamás y papás, entender que lo que vivimos nos lastimó, nos iluminará el camino para dejar de repetir patrones y educar a nuestros hijos de manera mucho más cuidadosa, amable, respetuosa y amorosa.

Al ser un tema sensible, es probable que al leer algunos párrafos te sientas agitado, conmovido o detonado. Si es así, te invito a darte unos minutos, respirar y procesar en calma la información que encuentres aquí.

Sin embargo, te prometo que Sanar tu historia es un espacio seguro; uno que te contiene con cariño y respeto porque entiendo que todo eso que nos dolió en la infancia es complejo. No obstante, ten la certeza de que, al terminar el libro, te abrazará una sensación de alivio y paz. Entender y poder nombrar lo que nos ha ocurrido es liberador.

Deseo que este libro se sienta como un abrazo a tu corazón, que logre transmitirte calma, esperanza y, sobre todo, mucha compasión por ti y por los demás.

Sanar no es borrar lo que pasó ni dejar de sentir. Tampoco es llegar a un punto donde todo está resuelto. Para mí, sanar es empezar a entenderte con una mirada compasiva. Mi intención no es dar soluciones rápidas. Quiero ayudarte a poner palabras donde antes había silencio. Quiero recordarte que si algo duele es porque tiene una historia.

Gracias por leer con el corazón abierto. Gracias por atreverte a cuestionar y a mirar hacia adentro. Aquí vamos, con calma.

1 De aquí viene el trauma

El trauma vuelve como reacción, no como recuerdo.

 

BESSEL VAN DER KOLK(PSIQUIATRA Y ESCRITOR NEERLANDÉS)

SANAR ES POSIBLE

En una de las sesiones que tuve con Lucy, una de mis pacientes, platiqué sobre el trauma y la crianza. Ella me compartió que su mamá era una mala persona, que era una auténtica “bruja mala” (como la llamaba de pequeña), porque la maltrató desde que era niña. La ofendía, le gritaba constantemente, la invalidaba, la humillaba. Como castigo, la hacía ponerse de rodillas sobre corcholatas, entre otros abusos físicos y emocionales.

Para Lucy, lo más doloroso era que con su hermano no era así. A él siempre lo cuidaba, lo defendía y lo trataba bien. Ella no podía entender por qué era tan diferente el trato entre ambos. Creció pensando que algo malo pasaba con ella, por lo que se esforzaba demasiado para no equivocarse, para no molestar y no hacerla enojar, y para ver si, de ese modo, lograba su amor.

Sin embargo, no importaba cuánto se esforzaba, el comportamiento de su mamá nunca cambió. Esto continuó incluso en la vida adulta, etapa en la que la madre la criticaba constantemente, lo que la hizo sentir insuficiente. Le era profundamente doloroso no tener su aprobación, ni buenos tratos o demostraciones afectivas.

Después de compartirme lo que había vivido, me preguntó: “¿Por qué soy una buena persona si me pasó todo eso? ¿Por qué yo no maltrato a mi hija si a mí sí me maltrataron? ¿No se supone que repetimos el patrón?”. Entonces le pregunté por su padre y su relación con él. Su rostro cambió. “Mi papá es el ser más lindo de este mundo, él siempre me amó y me defendió de mi mamá, se metía en los conflictos y siempre me apoyó”.

Esa puede ser la respuesta a tus preguntas, le dije. “Necesitamos al menos a una persona, solo a una, que nos ame profundamente para hacerle frente al dolor y a la adversidad. En este caso, no fue cualquier persona, fue tu padre. Él te salvó. No solo porque te demostró que era posible una vida de amor, ternura y buenos tratos, sino que, además, te defendió”. Lucy no pudo contener las lágrimas al entender esto y expresó sorprendida: “¡Claro! Por eso lo quiero tanto, por eso a él siempre tengo ganas de verlo”. Nos quedamos un momento disfrutando de ese momento consolador en el que Lucy lloraba, pero también sonreía con una ternura especial.

Si esta historia te conmovió tanto como a mí, quiero que pienses en lo esperanzador que es saber que solo necesitamos a una persona que nos haga sentir amados y vistos para que nuestra historia tenga una luz. ¿Puedes recordar a alguien que te haya cuidado, amado y protegido? ¿Cómo te sentías a su lado con su voz y sus miradas? Esa persona te dio bases sólidas y recursos para atravesar el dolor que la vida pueda traer.

EL COMIENZO

Quise iniciar el libro con esta historia porque me gustaría que, a pesar de que hablemos de aspectos dolorosos, también encuentres esperanza. Creo que la vida está llena de sabores y sinsabores, de dolores y alegrías, de luz y oscuridad.

En este libro quiero que puedas asomarte a ese lado oscuro, pero que sepas dónde encontrar la luz también. Y si bien son las relaciones humanas las que dañan nuestra salud mental, las que nos generan tanto dolor, también es en las relaciones humanas donde construimos salud mental, donde conocemos la calma, el apoyo y el amor.

Piensa en esa vez en que alguien te lastimó y en las personas que te ayudaron a salir o a atravesar ese dolor. Siempre habrá quienes nos lastimen y generen heridas, pero también quienes sean un abrazo, una caricia y una bandita para nuestro corazón.

Lamentablemente, hay personas que no tuvieron a alguien que los defendiera, los amara o protegiera y, por eso, su historia se cuenta diferente, con más dolor y con menos recursos para salir adelante. Sin embargo, no significa que no tengan esperanza. Todos podemos sanar nuestras heridas, y esto es algo que quiero transmitirte a lo largo de estas páginas.

¿QUÉ ES EL TRAUMA?

Tal vez tengas este libro en tus manos porque quieres entenderte mejor, comprender cómo han impactado en tu vida las experiencias dolorosas que has vivido y en la persona en la que te has convertido. O bien, porque quieres cuidar a los que amas para que no pasen por lo que tú has pasado. Sea cual sea la razón, en estas páginas me encargaré de guiarte lo mejor posible para que comprendas lo que significa tener trauma y qué podemos hacer con él en la vida que llevamos ahora.

Te explicaré cómo surge, cómo se vive, cuáles son sus consecuencias, cómo se siente, pero también cómo lo que hacemos y decimos puede generar un trauma en otros. Entender lo anterior te permitirá tener una mejor relación con la gente que amas y contigo mismo.

Quiero mostrarte cómo una persona con trauma puede responder de diferentes maneras. ¿Alguna vez has escuchado a alguien decir: “Yo no estoy traumado por lo que viví en la infancia, veme, estoy bien”? Solemos responder así porque tenemos la idea de que tener un trauma es casi sinónimo de psicopatía o de estar en un hospital psiquiátrico, y no es así. No por fuerza se ve como nos lo han mostrado en las películas o en la literatura.

Entender qué nos lastima, qué nos hace daño y qué nos hace bien nos da la oportunidad de tener una vida libre de sufrimiento. ¿Por qué es importante revisarlo? Porque el trauma no solo tiene la capacidad de afectarnos a nosotros, sino también a quienes nos rodean.

El trauma es lo más común que encontramos en los seres humanos. En realidad, la vida nos enfrenta constantemente al dolor y por eso todos somos propensos a vivir trauma. Alguien con una herida emocional profunda puedes ser tú, puedo ser yo o una persona con quien convives a diario, pero la buena noticia es que la gran mayoría tiene la capacidad de superarla y estar mejor.

La palabra “trauma” viene del griego traûma (τραῦμα) y significa “herida”. En el ámbito médico, la palabra “trauma” se usa para referirse a lesiones físicas, pero en el ámbito psicológico nos referimos a la forma actual en la que esas heridas se presentan en tu vida. Es un vocablo que cada vez se populariza más en la cotidianidad con frases como: “Esa película me traumó” o “Seguramente esa persona está traumada”. Cuando lo usamos así, queremos decir que quedamos afectados o que no nos encontramos bien, pero el trauma es mucho más complejo que eso.

No es gratuito que esta palabra se asocie con dolor o con algo que provoca sufrimiento, pero esto no significa que todo evento que nos daña se vuelve trauma. Para explicarme mejor, usaré la definición del doctor y escritor canadiense Gabor Maté:

El trauma no es lo que te pasó, sino lo que ocurrió dentro de ti como resultado de eso que te sucedió.

Desmenucemos esta cita. Donde dice: “No es lo que te pasó” significa que el trauma no se trata del evento mismo. Hay sucesos potencialmente traumáticos, pero no por fuerza acaban en trauma. Al contrario, hay otros que no consideraríamos traumáticos, pero que terminan siéndolo.

Usualmente, los eventos que se consideran traumáticos son aquellos que están relacionados con una guerra, una agresión sexual, vivir o presenciar violencia, negligencia familiar, abandono, o quizá algo que ha puesto en peligro nuestras vidas.

A estos eventos los conocemos como Trauma (con T mayúscula)1 porque son situaciones que amenazan la supervivencia y que a la mayoría de las personas le impactarían. Sin embargo, hay quienes han experimentado eventos de este tipo y que no representan un trauma para ellos. ¿Por qué? Porque depende de los recursos y las características que esa persona tenga.

Por otro lado, tenemos también el trauma (con t minúscula) que son experiencias más sutiles pero acumulativas que no ponen en riesgo tu vida, aunque impactan en cómo te piensas, cómo te sientes, cómo te relacionas y habitas este mundo. Algunos ejemplos de esto sería recibir humillaciones, invalidaciones constantes, ausencia de protección, burlas, etcétera. Trauma, en realidad, puede ser cualquier cosa: todo depende de cómo suceda.

¿Por qué en una misma familia, los hijos recuerdan distinto y reaccionan diferente a las mismas experiencias? ¿Por qué un mismo evento no afecta de la misma manera a todos? Porque depende de múltiples factores que varían en cada persona.

La edad en la que se vive el evento potencialmente traumático.

Tendrá un impacto más grande si lo vivimos en la infancia porque nos encontramos en pleno desarrollo. Nuestro cerebro se está construyendo y va madurando, por lo que es mucho más sensible a las experiencias. Necesitamos más cuidados, guía, organización y apoyo para entenderlas, atravesarlas y superarlas. Los adultos solemos tener más herramientas, experiencia y madurez, por tanto, contamos con más recursos para afrontar la adversidad.

El nivel de soledad o acompañamiento que hayamos tenido al presentarse el evento.

Mientras más solos, más dolorosa es la experiencia. Cuando hay alguien que te sostiene, que te explica lo que pasa, que te toma de la mano mientras lloras, que te escucha y te valida, que te cree y está pendiente de ti, el evento puede procesarse mejor. Como ha señalado el Dr. Gabor Maté en varias de sus entrevistas, la soledad con la que se vive una experiencia dolorosa es la base del trauma: no tuvimos a quién contarle, no tuvimos a quién acudir. Eso es lo doloroso. Eso es lo que deja huella.

La duración del evento.

¿Duró mucho tiempo? ¿Se repetía constantemente? ¿Fue una sola vez? No es lo mismo un solo momento violento que vivirlo diario o con alta frecuencia. La exposición prolongada tiene una huella más profunda en el sistema nervioso.

Los recursos personales.

El tipo de apego que tenemos (lo explicaré más adelante), rasgos del temperamento, la posibilidad o no de acción en ese momento o la historia previa nos llevan a una forma particular de habitar el mundo. Son los lentes con los que interpretamos lo que vivimos, y eso cambia la manera en la que nuestro sistema nervioso percibe una situación como amenazante o manejable.

Ahora, vamos a la segunda parte de la definición del Dr. Gabor Maté: “sino lo que ocurrió dentro de ti como resultado de eso que te sucedió”. Lo que nos indica si un evento fue o no traumático es la forma en la que nuestro sistema nervioso (nuestro cuerpo) respondió al enfrentarlo, con las herramientas que en ese momento teníamos. De adultos, el trauma se refleja en la manera en la que responde el sistema nervioso en el presente.

Para ser más clara, retomaré el caso de Lucy, pero empleando algunas suposiciones que pueden ayudar a ejemplificar cómo ocurre el trauma en el sistema nervioso. Frente a la violencia verbal e incluso física de su madre, su cuerpo se activó: tal vez sus hombros se tensaron, sus manos sudaron y su corazón palpitó con fuerza.

Eso ocurrió dentro de ella en el pasado, pero la respuesta traumática sigue sucediendo en el presente, pese a que ese evento ya no existe. Si de pronto se diera algún estímulo que detonara a Lucy, por ejemplo, que su pareja la criticara, tal vez sentiría su cuerpo tenso, sus manos sudorosas y el corazón palpitándole a prisa.

¿QUÉ PASA EN NUESTRO CEREBRO CUANDO HAY TRAUMA?

Cada día surgen nuevas investigaciones y hallazgos que nos ayudan a comprender mejor el funcionamiento del cerebro, pero es un tema complejo. Sin embargo, me pareció importante agregar este apartado porque entender algunos aspectos que ocurren dentro de nosotros a nivel básico, orgánico y funcional nos ayuda a conocer el porqué de nuestras reacciones como adultos.

Ahora vamos a ponernos un poquito teóricos, pero te prometo que de manera muy sencilla explicaré un poco la función de algunas de las partes del cerebro que se afectan cuando hay un trauma. Al respecto, me gustaría aclarar que todas las partes del cerebro se interrelacionan y que lo que leerás a continuación será una breve imagen de lo que ocurre en cada una.

Para facilitarte la visualización de lo que te describiré, usaré como ejemplo el caso de Julián, un niño a quien su padre lo golpeaba cada viernes cuando llegaba a casa alcoholizado. Con los ataques del padre, Julián temblaba, sudaba, se rascaba los brazos y, en muchas ocasiones, se orinaba en los pantalones.