Sanatorio bajo la clepsidra - Bruno Schulz - Bruno Schulz - E-Book

Sanatorio bajo la clepsidra - Bruno Schulz E-Book

Bruno Schulz

0,0
2,14 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Sanatorio bajo la clepsidra de Bruno Schulz es una obra que continúa la atmósfera onírica y simbólica de Las tiendas de canela fina, pero con un tono más sombrío y melancólico. El relato gira en torno a la figura del padre enfermo, internado en un sanatorio donde el tiempo parece disolverse, regido no por relojes sino por un flujo extraño y subjetivo. El narrador, a menudo identificado con un alter ego del propio Schulz, visita ese espacio en el que la enfermedad, la memoria y el sueño se confunden, construyendo un universo donde lo cotidiano se transforma en metáfora. El sanatorio se convierte en un lugar fuera del tiempo, un espacio donde las leyes de la realidad se suspenden. El padre, que en Las tiendas de canela fina ya aparecía como un personaje excéntrico y visionario, aquí se acerca a la decadencia física y a la desaparición, pero sigue habitando un mundo de imágenes delirantes, obsesiones cósmicas y metamorfosis simbólicas. El narrador observa cómo la enfermedad del padre se convierte en un espejo de la fragilidad humana y, al mismo tiempo, en un portal hacia dimensiones poéticas donde objetos, estaciones y paisajes cobran vida propia. La obra no sigue un argumento lineal, sino que se organiza como una serie de escenas y visiones en las que la infancia, la memoria y la muerte se entrelazan. El tiempo fluye de manera inestable: los días se dilatan, las estaciones parecen eternas, y lo vivido se confunde con lo imaginado. Esta percepción alterada del tiempo es el núcleo de la metáfora de la clepsidra, un reloj de agua que mide la vida de forma irregular y subjetiva. Desde su publicación, Sanatorio bajo la clepsidra ha sido leído como una meditación literaria sobre la muerte del padre, la pérdida de la infancia y la imposibilidad de fijar la realidad. Su prosa lírica y sus imágenes surrealistas lo convierten en un texto único dentro de la literatura del siglo XX, en el que el límite entre lo real y lo onírico se desvanece. Bruno Schulz (1892–1942) fue un escritor y artista polaco-judío cuya obra breve pero intensa une autobiografía, mito y visión poética. Tanto en Las tiendas de canela fina como en Sanatorio bajo la clepsidra, Schulz creó un universo literario singular que sigue inspirando a lectores y escritores por su manera de transformar la experiencia cotidiana en un territorio de misterio y revelación.

Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:

EPUB
MOBI

Seitenzahl: 130

Veröffentlichungsjahr: 2025

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Bruno Schulz

SANATORIO

BAJO LA CLEPSIDRA

Título original:

Sumario

PRESENTACIÓN

EL JUBILADO

NEMROD

EL SEÑOR

DON KAROL

AGOSTO

LAS CUCARACHAS

VISITACIÓN

LOS PÁJAROS

SANATORIO BAJO LA CLEPSIDRA

PRESENTACIÓN

Bruno Schulz

1892 — 1942

Bruno Schulzfue un escritor, ensayista y artista plástico polaco de origen judío, ampliamente reconocido como una de las voces más singulares y poéticas de la literatura europea del siglo XX. Nacido en Drohobycz, entonces parte del Imperio austrohúngaro (actualmente Ucrania), Schulz es recordado por su prosa onírica, marcada por imágenes simbólicas, atmósferas visionarias y una exploración profunda de la memoria y la subjetividad. A pesar de su obra breve, dejó una huella perdurable en la literatura mundial.

Infancia y educación

Bruno Schulz nació en el seno de una familia judía de clase media. Desde temprana edad mostró inclinaciones artísticas, tanto literarias como visuales. Estudió arquitectura y bellas artes en Leópolis y Viena, pero regresó a su ciudad natal, donde trabajó como profesor de dibujo en una escuela secundaria. La vida provinciana y la figura de su padre desempeñaron un papel central en su formación literaria, inspirando muchos de los elementos simbólicos de su obra.

Carrera y contribuciones

Schulz publicó solo dos libros de relatos en vida: Las tiendas de canela (1934) y Sanatorio bajo la clepsidra (1937). En ellos construye un universo literario único, donde la realidad cotidiana se transforma en mito y fantasía a través de un lenguaje intensamente poético e imaginativo. Sus textos han sido relacionados con el surrealismo y el modernismo europeo, aunque mantienen una identidad propia, profundamente enraizada en su experiencia personal y cultural.

Además de su labor literaria, Schulz fue un destacado dibujante e ilustrador, creando obras visuales de carácter igualmente simbólico y expresivo. Su arte gráfico complementa y dialoga con su producción literaria, evidenciando la coherencia de su imaginario artístico.

Impacto y legado

La obra de Schulz, aunque reducida en extensión, se considera una de las más originales del siglo XX. Transformó la memoria personal, el entorno provinciano y la experiencia judía en materia literaria universal, donde lo real y lo fantástico se entrelazan de manera única.

Su escritura influyó en autores como Czesław Miłosz e Isaac Bashevis Singer, y sigue inspirando a lectores, críticos y artistas contemporáneos. Su estilo, cargado de lirismo y simbolismo, le otorgó un lugar destacado en la literatura europea moderna.

Bruno Schulz fue asesinado en 1942 por un oficial nazi durante la ocupación alemana en Polonia, en plena Segunda Guerra Mundial. Su muerte prematura truncó una carrera prometedora y dejó inconclusos varios de sus proyectos, entre ellos la novela perdida El Mesías.

Hoy, Bruno Schulz es celebrado como un maestro de la prosa poética, cuya obra breve pero intensa permanece como testimonio de la fuerza creadora frente a la adversidad y la tragedia histórica. Su legado continúa vivo como ejemplo de imaginación literaria y resistencia cultural.

Sobre la obra

Sanatorio bajo la clepsidra de Bruno Schulz es una obra que continúa la atmósfera onírica y simbólica de Las tiendas de canela fina, pero con un tono más sombrío y melancólico. El relato gira en torno a la figura del padre enfermo, internado en un sanatorio donde el tiempo parece disolverse, regido no por relojes sino por un flujo extraño y subjetivo. El narrador, a menudo identificado con un alter ego del propio Schulz, visita ese espacio en el que la enfermedad, la memoria y el sueño se confunden, construyendo un universo donde lo cotidiano se transforma en metáfora.

El sanatorio se convierte en un lugar fuera del tiempo, un espacio donde las leyes de la realidad se suspenden. El padre, que en Las tiendas de canela fina ya aparecía como un personaje excéntrico y visionario, aquí se acerca a la decadencia física y a la desaparición, pero sigue habitando un mundo de imágenes delirantes, obsesiones cósmicas y metamorfosis simbólicas. El narrador observa cómo la enfermedad del padre se convierte en un espejo de la fragilidad humana y, al mismo tiempo, en un portal hacia dimensiones poéticas donde objetos, estaciones y paisajes cobran vida propia.

La obra no sigue un argumento lineal, sino que se organiza como una serie de escenas y visiones en las que la infancia, la memoria y la muerte se entrelazan. El tiempo fluye de manera inestable: los días se dilatan, las estaciones parecen eternas, y lo vivido se confunde con lo imaginado. Esta percepción alterada del tiempo es el núcleo de la metáfora de la clepsidra, un reloj de agua que mide la vida de forma irregular y subjetiva.

Desde su publicación, Sanatorio bajo la clepsidra ha sido leído como una meditación literaria sobre la muerte del padre, la pérdida de la infancia y la imposibilidad de fijar la realidad. Su prosa lírica y sus imágenes surrealistas lo convierten en un texto único dentro de la literatura del siglo XX, en el que el límite entre lo real y lo onírico se desvanece.

Bruno Schulz (1892 — 1942) fue un escritor y artista polaco — judío cuya obra breve pero intensa une autobiografía, mito y visión poética. Tanto en Las tiendas de canela fina como en Sanatorio bajo la clepsidra, Schulz creó un universo literario singular que sigue inspirando a lectores y escritores por su manera de transformar la experiencia cotidiana en un territorio de misterio y revelación.

EL JUBILADO

Soy un jubilado en el sentido literal de la palabra. Un hombre que ha llegado muy lejos en esta condición. Sí, estoy muy adelantado. Un jubilado de alta calidad.

Es posible que haya superado ciertos límites definitivos y admisibles en este aspecto. No quiero callarlo, al fin y al cabo, ¿qué hay de tan extraordinario en eso? ¿Por qué abrir así los ojos y mirarme con esa estima hipócrita y esa gravedad solemne que contienen tanto placer secreto ante el perjuicio sufrido por el prójimo? ¡Cuántos carecen del tacto más elemental! Habría que admitir tales hechos con actitud simple, con cierta distracción y con la ligereza inherente a estos asuntos. Hay que pasarlo por alto como yo lo hago, perezosamente, canturreando detrás de la barba; hay que pasar por encima de esas cosas sin preocuparse. Quizás eso es lo que me hace sentirme inseguro de mis piernas: debo apoyar los pies lentamente, con precaución, uno delante del otro, y prestar mucha atención a la dirección que llevo. Es tan fácil desviarse en este estado de cosas... El lector me comprenderá si no soy muy explícito. La forma de mi existencia depende en gran medida de la perspicacia de los demás y exige mucha buena voluntad en este aspecto. Apelaré a ella más de una vez, apelaré a sus muy sutiles matices, que solo pueden reclamarse con una discreta guiñada, cosa particularmente difícil para mí a causa de la rigidez de mi rostro, que ha perdido el hábito de la mímica.

Por otra parte, no me impongo a nadie; me mantengo lejos de toda inclinación a derretirme de agradecimiento ante un asilo que me fuese concedido en lo íntimo de la perspicacia de alguien. Y así es, sin emoción, fríamente, con una completa indiferencia, como os concedo este favor. No me gusta que se me presente una nota de agradecimiento con el beneficio de la comprensión. Lo mejor es tratarme con cierta liviandad, con una sana falta de respeto, con buen humor y camaradería. En este sentido, mis colegas de la oficina, bonachones y simples de espíritu, y mis colegas más jóvenes en la jerarquía, han encontrado el tono adecuado.

A veces, guiado por el hábito, visito todavía la oficina a principios de mes y me detengo silenciosamente en la barandilla, esperando a que me vean. Entonces tiene lugar la siguiente escena: en un momento dado, el jefe de la oficina, el señor Kawalkiewicz, deja a un lado su pluma, guiña un ojo a sus empleados y dice de pronto, mirando al vacío como si no me viera y llevándose la mano a la oreja: «Si mi oído no me engaña, ¿es usted, señor consejero, la persona que se halla aquí, entre nosotros, en algún lugar de la oficina?». Cuando habla así, con la mirada perdida en el vacío por encima de mí, parece que tiene estrabismo y su rostro sonríe graciosamente.

 — He oído una voz en los espacios interplanetarios y en seguida he pensado que tenía que ser la suya, señor consejero — grita muy fuerte, tenso, como si se dirigiera a alguien muy lejano — . Señor, haga usted una señal cualquiera, mueva un poquito el aire, allí donde se halle.

 — Bromee usted cuanto quiera, señor Kawalkiewicz — le digo en voz baja, mirándolo fijamente a los ojos — , pero he venido a cobrar mi pensión.

 — ¿Su pensión? — grita el señor Kawalkiewicz, mirando el aire con los ojos desviados — ¿Ha dicho usted «su pensión»? Usted bromea, querido señor consejero. Hace tiempo que fue borrado de la lista de jubilados. ¿Durante cuánto tiempo más cree que va a cobrar esa pensión, estimado señor?

Así bromean conmigo: de una manera cálida, vivificante, humana. Esta jovialidad juguetona, esta manera de tomarme del brazo sin ceremonias, me causan un extraño alivio. Salgo de allí reconfortado y más alerta, y me apresuro a volver a casa para aportar a mi hogar algo de ese agradable calor íntimo que está a punto de volatilizarse.

Por el contrario, otras personas... ¡Esa pregunta insistente que nunca formulan, pero que leo continuamente en sus ojos! Es imposible resistirse. Admitamos que sea así... ¿Por qué, de pronto, esas caras alargadas y solemnes, ese silencio que parece retroceder por respeto, esa circunspección temerosa? Para no chocar con ninguna palabra, para callar con delicadeza mi condición... ¡Ah, ¡cómo conozco ese juego! No es más que una forma sibarítica de sentirse cómodos, de deleitarse con la suerte de ser otros, de protegerse de una situación como la mía, encerrándose violentamente en su fuero interno, aunque siempre lo ocultan hipócritamente. Se cambian miradas expresivas y se callan, permitiendo que su complicidad se ramifique en el silencio.

Puede que mi condición no sea normal. Debe de albergar algún defecto, insignificante, pero esencial.

 — ¡Dios mío! ¿Y entonces? No es una razón suficiente para ese deseo que experimentan, rápido y temeroso, de hacerme concesiones. A veces siento la tentación de estallar en risas cuando veo cómo esa comprensión súbita se transforma en seriedad y esa aprobación solícita con la que, por así decirlo, dejan espacio a mi condición. Como si ese fuera un argumento irresistible, supremo, irrefutable. ¿Por qué insisten tanto en este punto, por qué es de capital importancia para ellos y por qué, al comprobarlo, sienten esa profunda satisfacción que ocultan bajo la máscara de una devoción exasperada?

Admitamos que soy, por así decirlo, un pasajero liviano; de peso desmesuradamente liviano. Admitamos que ciertas preguntas me causan embarazo: ¿cuál es mi edad, ¿cuál es el día de mi cumpleaños, etc.? ¿Es esa una razón suficiente para repetirlas sin cesar, como si con ellas se agotara la cuestión? No es que me sienta avergonzado de mi condición. Nada de eso. Pero no soporto su exageración, el alcance gigantesco que le dan a ciertas cosas y toda esa deformación que, en realidad, no es más gruesa que un cabello. Me causan risa con su falso porte teatral, ese patetismo solemne montado en torno a mi caso, ese momento envuelto en una túnica trágica de pompas fúnebres. Mientras que, en realidad, nada más privado que el pathos, nada más natural, nada más banal en el mundo. Liviandad, independencia, irresponsabilidad... y musicalidad, una extrema musicalidad de los miembros, si es que puedo expresarme así. No puedo pasar cerca de un organillo sin ponerme a bailar. No es por alegría, sino porque me da igual y la melodía tiene su propia voluntad, su ritmo porfiado. Entonces cedo a ella: «Mi pequeña margarita, oh tesoro de mi alma...». Uno es tan frívolo, tan poco refractario, que no puede resistirse.

Además, ¿por qué oponerse a una proposición tan tentadora, sin compromiso y desprovista de pretensiones? Así pues, bailo, o más bien doy unos pasitos siguiendo el ritmo de la canción, con el trotecito de los jubilados, dando saltitos de vez en cuando. Además, son pocos los que pueden darse cuenta; cada uno está ocupado en sí mismo en esa carrera que es la jornada cotidiana. Sin embargo, quiero advertir aquí al lector para que no se haga una idea demasiado alta de mi condición; les pongo en guardia contra cualquier sobreestimación o subestimación. Sobre todo, nada de romanticismo. Es una situación como cualquier otra, marcada tanto por la comprensión más natural como por la banalidad. Desaparece todo aspecto paradójico una vez que se ha pasado a este otro lado del problema. Mi condición podría definirse como una gran desilusión: libertad de toda carga, danzarina liviandad, vacío, irresponsabilidad, nivelación de las diferencias, relajamiento de todos los lazos, blanda distensión de todas las fronteras. Nada me retiene, nadie me mantiene cautivo: una falta de resistencia, una libertad sin límites. Una indiferencia singular con la que me deslizo ligero a través de todas las dimensiones de la existencia. Esto debería resultar agradable, pero ¿cómo sé si lo es? Ese estado sin fondo, esa ciudadanía oblicua, esa falta de preocupación e interés por las cosas, esa falta de peso... No puedo quejarme. Existe una expresión: «no poder calentar ninguna silla». Y bien, hace tiempo que no caliento ninguna silla.

Cuando contemplo la ciudad a través de la ventana de mi habitación, con sus techos, muros y chimeneas bañados en la luz grisácea de un amanecer otoñal, todo ese paisaje hormigueante de construcciones visto a vuelo de pájaro y apenas desembarazado de la noche, cuando el día despunta de su palidez hacia los amarillos horizontes, lacerado en estrías luminosas por las tijeras negras y ondulantes del graznido de las cornejas, entonces lo siento: allí está la vida. En cuanto a los demás, cada uno está sumido en sí mismo, en algún día en el que despierta, en alguna hora que le pertenece o en algún instante. En alguna parte, en la cocina a media luz, el café hierve: la cocinera ha salido y el reflejo turbio de la lámpara danza en el suelo.

El tiempo, engañado por el silencio, reflota por un instante y luego retrocede. Durante esos instantes marginales, la noche vuelve a crecer bajo la piel ondulante del gato. Sofía, en el primer piso, bosteza largamente y se despereza antes de abrir la ventana para empezar la limpieza. Ha dormido hasta quedar satisfecha, roncando a más no poder. Se arrastra perezosamente hasta la ventana, la abre y se introduce lentamente en la masa grisácea y opaca del día, que humea. La muchacha hunde con reticencia las manos en la ropa de cama, todavía caliente e hinchada por la levadura del sueño. Finalmente, con un último estremecimiento y los ojos llenos de noche, sacude el copioso edredón en la ventana y el vello de las plumas vuela y cae sobre la ciudad en forma de pequeñas estrellas, como si fueran las perezosas semillas de los sueños nocturnos.