Santa Juana - George Bernard Shaw - E-Book

Santa Juana E-Book

George Bernard Shaw

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Beschreibung

"Santa Juana es una obra dramática escrita por George Bernard Shaw que narra la vida de Juana de Arco, la campesina francesa que lideró ejércitos en nombre de Dios durante la Guerra de los Cien Años. La obra presenta a Juana como una figura extraordinaria y compleja, guiada por una profunda fe y convicción moral, enfrentándose con valentía a las estructuras políticas, religiosas y sociales de su época. Desde sus primeros encuentros con los líderes militares hasta su captura, juicio y ejecución, Shaw ofrece un retrato profundamente humano de Juana, alejado del misticismo convencional. En lugar de una mártir santificada, la presenta como una reformadora, una figura adelantada a su tiempo, con ideas revolucionarias sobre la iglesia, el estado y el rol de la mujer en la sociedad. Con diálogos brillantes y provocadores, Shaw utiliza la historia de Juana para criticar la intolerancia institucional, la corrupción del poder y los peligros del fanatismo. Santa Juana es tanto un homenaje a la heroína histórica como una poderosa reflexión sobre el conflicto entre el individuo y el sistema. Esta obra, cargada de intensidad emocional e inteligencia crítica, continúa resonando en lectores contemporáneos por su vigencia ética y política."

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Veröffentlichungsjahr: 2026

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SANTA JUANA

GEORGE BERNARD SHAW

ESCENA PRIMERA

Una hermosa mañana primaveral del año 1429, junto al río Mota, entre Lorena y Champaña, en el castillo de Vaucouleurs.

El capitán ROBERTO DE BAUDRICOURT, caballero, militar, bien parecido y de aspecto enérgico, pero sin voluntad propia, trata de ocultar ese defecto del modo habitual en él.: vociferando terriblemente a su MAYORDOMO, un ser insignificante, enjuto de carnes, y pelo ralo, cuya edad puede oscilar entre los dieciocho y los cincuenta y cinco años; ese tipo de hombre que no puede envejecer porque nunca fue joven.

Ambos están en una sala de sillería soleada en la primera planta del castillo. Sentado a una maciza mesa de roble, en una silla del mismo estilo, el capitán deja ver su perfil izquierdo. El MAYORDOMO permanece erguido frente a él, si de erguida puede calificarse su timorata postura, al otro lado de la mesa. Tras él, abierta, una ventana del siglo X171 con parteluz. Cerca de ella, en el rincón, una torrecilla con una estrecha entrada arqueada que conduce a una escalera de caracol, que desciende hasta el patio. Bajo la mesa, un resistente taburete de cuatro patas, y bajo la ventana, un arca de madera.

ROBERTO. ¡No hay huevos! ¡No hay huevos! ¡Por todos los diablos! ¿Qué quieres decir con que no hay huevos?

MAYORDOMO. No es culpa mía, señor. Es la voluntad de Dios.

ROBERTO. Blasfemia. Dices que no hay huevos y culpas a tu Hacedor.

MAYORDOMO. ¿Qué puedo hacer, señor? Yo no puedo poner huevos.

ROBERTO. (Sarcástico.) ¡Vaya, vaya! ¡Encima te burlas! MAYORDOMO. No, señor, Dios es testigo. Todos tenemos que pasarnos sin huevos, al igual que vos. Las gallinas no quieren poner.

ROBERTO. En efecto. (Se levanta.) Ahora, escúchame.

MAYORDOMO. (Humilde.) Sí, señor.

ROBERTO. ¿Quién soy yo?

MAYORDOMO. ¿Quién sois vos, señor?

ROBERTO. (Acercándose a él.) Sí, ¿quién soy yo? ¿Soy Roberto, señor de Baudricourt y capitán de este castillo de Vaucouleurs o acaso soy un vaquero?

MAYORDOMO. ¡Ah!, señor, bien sabéis que sois más poderoso aquí que el mismo Rey.

ROBERTO. Precisamente. Y bien, ¿sabes quién eres tú?

MAYORDOMO. No soy nadie, señor, salvo que tengo el honor de ser vuestro mayordomo.

ROBERTO. (Adjetivo a adjetivo lo acorrala hacia la pared.) No sólo tienes el honor de ser mi mayordomo, sino el privilegio de ser el peor y el más incompetente, baboso, llorón, farfullador, charlatán e idiota de toda Francia. (Vuelve a la mesa a largos pasos.) MAYORDOMO. (Encogiéndose sobre el arca.) Sí, señor; aun señor tan poderoso como vos debo parecer algo así.

ROBERTO. (Se vuelve.) Será culpa mía, ¿no?

MAYORDOMO. (Viene hacia él, sumiso.) Señor, siempre torcéis el sentido de mis más inocentes palabras.

ROBERTO. Tu cuello es lo que voy a torcer si te atreves a repetir cuando te pregunte cuántos huevos hay, que tú no puedes ponerlos.

MAYORDOMO. (Protestando.) Señor, señor...

ROBERTO. No, no, no. Nada de señor, señor, sino no señor, no señor. Mis tres gallinas de Berbería y la negra son las mejores ponedoras de Champaña. ¡Y tú vienes y me dices que no hay huevos! ¿Quién los robó? Dímelo antes de que te eche a patadas del castillo por mentir y por vender mis bienes a los ladrones. Ayer faltaba leche también. No lo olvides.

MAYORDOMO. (Desesperado.) Lo se, señor. Lo sé demasiado bien. No hay leche, no hay huevos, mañana no habrá nada.

ROBERTO. ¡Nada! Vas a robarme todo, ¿eh?

MAYORDOMO. No, señor, nadie roba nada, pero un maleficio pesa sobre nosotros, estamos embrujados.

ROBERTO. No me vengas con ese cuento. Roberto de Baudricourt quema a las brujas y ahorca a los ladrones. Vete y tráeme cuatro docenas de huevos y dos cántaros de leche a este cuarto antes de mediodía o si no, ¡que el cielo se apiade de tu alma! Te voy a enseñar a burlarte de mí. (Vuelve a su asiento con aire de haber zanjado el asunto por fin.)

MAYORDOMO. Señor, os digo que no hay huevos. Ni los habrá, aunque me matéis, mientras La Doncella esté a la puerta.

ROBERTO. ¡La Doncella! ¿Qué Doncella? ¿De qué hablas?

MAYORDOMO. La muchacha de Lorena, señor. De Domremy.

ROBERTO. (Se levanta con ira.) ¡Por todos los diablos! ¡Por todos los diablos!

¿Quieres decir que esa muchacha que tuvo la osadía de pedirme audiencia hace dos días, y a quien te ordené devolver a su padre con el mandado expreso de que le diera una buena paliza, está todavía ahí?

MAYORDOMO. Le dije que se marchara, señor, pero no quiso.

ROBERTO. No te ordené decirle que se marchara, te dije que la echaras. Tienes cincuenta hombres armados y una docena de imbéciles criados para cumplir mis órdenes.

¿Acaso le tienen miedo?

MAYORDOMO. Es tan decidida, señor...

ROBERTO. (Tomándole por, el cogote.) ¡Decidida! Mira, te voy a arrojar escaleras abajo.

MAYORDOMO. No, señor, por favor.

ROBERTO. Bien, deténme entonces con tu decisión. Debe de ser bastante fácil: cualquier mujercilla la tiene.

MAYORDOMO. (Colgando fláccidamente de sus manos.) Señor, señor, no os libraréis de ella por arrojarme a mí por la escalera. (ROBERTO lo deja caer. Se acurruca de rodillas en el suelo, contempla señor.) Lo veis, señor, sois mucho más decidido que yo. Pero ella lo es también.

ROBERTO. Lo que soy es mucho más fuerte que tú, estúpido.

MAYORDOMO. No, señor, no es eso; es vuestro fuerte carácter, señor. Ella es más débil que nosotros; es sólo una chiquilla, pero no podemos hacerla marchar.

ROBERTO. Hatajo de canallas. Tenéis miedo de ella...

MAYORDOMO. (Se levanta cautelosamente.) No, señor; tenemos miedo de vos, pero ella nos infunde valor. No parece estar asustada de nada. Quizá vos podáis atemorizarla, señor.

ROBERTO. (Inflexible,) Quizá, ¿dónde está ahora?

MAYORDOMO. Abajo en el patio, señor, hablando con los soldados como de costumbre.

Siempre está charlando con los soldados salvo cuando reza.

ROBERTO. Reza, ¡eh! Crees que reza, idiota. Conozco a esa clase de muchachas que están siempre hablando con los soldados. Hablará conmigo un ratito. (Se acerca a la ventana y da un fuerte grito.) ¡Eh! ¡Tú!

UNA VOZ DE MUCHACHA. (Vibrante, fuerte y áspera.) ¿Es a mí, señor?

ROBERTO. Sí, a ti.

LA voz. ¿Tú eres el capitán?

ROBERTO. Maldita descarada. Sí, soy el capitán. Sube inmediatamente. (A los soldados del patio.) Vosotros, mostradle el camino. Deprisa. (Se retira de la ventana y vuelve a su sitio en la mesa, donde se sienta con aire autoritario.)

MAYORDOMO. (En voz baja.) Quiere hacerse soldado. Quiere que le deis la ropa de soldado, armadura, señor, y una espada; en serio. (Se escabulle detrás de ROBERTO.) JUANA aparece en la entrada de la torrecilla. Es una campesina fuerte de diecisiete ó dieciocho años, decentemente vestida de rojo, con una cara poco común, ojos muy separados y saltones, como sucede frecuentemente con la gente imaginativa; nariz larga y bien formada, con anchas ventanas; el labio superior pequeño; boca decidida, pero de labios abundantes, y barbilla bonita, combativa. Se acerca animosamente a la mesa, encantada por haber logrado estar por fin en presencia de Baudricourt, y esperanzada con respecto a los resultados. El ceño del capitán no la detiene ni la asusta lo más mínimo. Su voz es normalmente cordial y zalamera, muy confidencial, atractiva y muy de resistir.

JUANA. (Con una reverencia.) Buenos días, señor capitán.

Capitán, tenéis que darme caballo y armadura, y algunos soldados y enviarme a presencia del Delfín. Estas son las órdenes de mi señor.

ROBERTO. (Ofendido.) ¡Las órdenes de tu señor! ¿Y quién diablos es tu señor? Vuelve con él y dile que no soy ni duque ni par a sus órdenes. Yo soy el señor de Baudricourt y no obedezco órdenes de nadie, salvo del rey.

JUANA. (Tranquilizadora.) Sí, señor, muy bien. Mi Señor es el rey del Cielo.

ROBERTO. Pero bueno, esta muchacha está loca. (Al MAYORDOMO.) ¿Por qué no me lo dijiste, pedazo de alcornoque?

MAYORDOMO. No la enojéis, señor. Dadle lo que pide.

JUANA. (Impaciente, pero amable.) Todos dicen que estoy loca, señor, hasta que hablo con ellos. Pero ya veréis que es la voluntad del Señor que hagáis lo que Él ha puesto en mi mente.

ROBERTO. La voluntad del Señor es que te devuelva a tu padre con órdenes de que te encierre bajo llave y te saque esa locura que tienes dentro. ¿Qué tienes que decir a esto?

JUANA. Eso es lo que vos creéis, señor, pero encontraréis que todo sucede de un modo diferente. También dijisteis que no me recibiríais y aquí estoy.

MAYORDOMO. (Suplicando.) Sí, señor, ya lo veis, señor.

ROBERTO. Mantén la boca cerrada.

MAYORDOMO. (Abatido.) Sí, señor.

ROBERTO. (A JUANA, con una amarga sensación de haber perdido confianza en sí mismo.) De modo que ahora presumes que te haya recibido, ¿no?

JUANA. (Con dulzura.) Sí, señor.

ROBERTO. (Sintiendo que ha perdido terreno, junta los puños con firmeza sobre la mesa e hincha pecho para impresionar y recobrarse de una sensación molesta y muy familiar.) Ahora, escúchame. Voy a tratar de ser claro.

JUANA. (Va al grano.) De acuerdo, señor. El caballo cuesta dieciséis francos. Es mucho dinero, pero puedo ahorrarlo en la armadura. Puedo encontrar una armadura de un soldado que me quede bien; soy dura y no necesito una armadura bonita, hecha a medida, como la que vos lleváis. No quiero tampoco muchos soldados; el Delfín me dará todo lo que necesite para levantar el sitio de Orleáns.

ROBERTO. (Estupefacto.) ¡Para levantar el sitio de Orleáns!

JUANA. (Con sencillez.) Sí, señor, es lo que Dios me ordena hacer. Tres hombres serán suficientes si son buenos y considerados conmigo. Han prometido acompañarme Polly y Jack y...

ROBERTO. ¡Polly! Golfa indecente, ¿te atreves a llamar Polly en mi presencia al caballero Beltrán de Poulengey?

JUANA. Sus amigos le llaman así, señor. No sabía que tuviera otro nombre; Jack...

ROBERTO. Ese será el señor Juan de Metz, supongo, ¿no?

JUANA. Sí, señor. Jack vendrá con mucho gusto: es un caballero muy amable, y me da dinero para los pobres. Creo que Juan Godsave vendrá y Dick el arquero, y sus criados Juan de Honecourt y Julián. No tendréis que preocuparos de nada, señor. Yo lo he preparado todo, sólo tenéis que dar la orden.

ROBERTO. (Contemplándola asombrado y estupefacto.) ¡Que el diablo me lleve!

JUANA. (Con serena dulzura.) No, señor. Dios es misericordioso, y santa Catalina y santa Margarita benditas, que me hablan todos los días (bosteza), intercederán por vos iréis al paraíso, y seréis recordado para siempre como el primero que me ayudó.

ROBERTO. (Todavía confuso, pero cambiando de tono, pues intenta seguir una nueva pista. Al MAYORDOMO.) ¿Es verdad lo del señor de Poulengey?

MAYORDOMO. (Con vehemencia.) Sí, señor, y lo del señor de Metz también. Los dos quieren ir con ella.

ROBERTO. (Pensativo.) Mm. (Se acerca a la ventana y grita hacia el patio.) Eh, vosotros, que venga el señor de Poulengey. (Se vuelve a JUANA.) Sal fuera y espera en el patio.

JUANA. (Sonríe alegremente hacia él.) De acuerdo, señor. (Se va.) ROBERTO. (Al MAYORDOMO.) Acompáñala, pedazo de inútil. No te alejes demasiado y no la pierdas de vista. La llamaré más tarde.

MAYORDOMO. No lo olvidéis, señor; ¡por el amor de Dios! Pensad en esas gallinas, las mejores ponedoras de Champaña, y...

ROBERTO. Y tú piensa en mi bota y mantén tu trasero fuera de su alcance.

(El MAYORDOMO se retira deprisa y tropieza en la puerta de frente con BELTRÁN

DE POULENGEY, un linfático caballero armado francés, de unos treinta y seis años, al servicio del preboste general, muy despistado, casi nunca habla, excepto si se dirigen a él, y entonces es lento y seco en sus respuestas; todo lo contrario de ROBERTO, arrogante, locuaz, enérgico en apariencia, pero en realidad abúlico. El MAYORDOMO le deja paso y desaparece.

POULENGEY saluda y se pone firme mientras espera sus órdenes.) ROBERTO. (En tono amistoso.) No, Polly, no se trata de un servicio, sino de una charla amistosa. Siéntate. (Coro el empeine saca el taburete de debajo de la mesa.) (POULENGEY, relajándose, entra en la sala, coloca el taburete entre la mesa y la ventana y se sienta, reflexivo.

ROBERTO, medio sentado en el extremo de la mesa, empieza la charla amistosa.) ROBERTO. Escúchame, Polly, tengo que hablarte como un padre. ((POULENGEY le mira serio por un momento, pero no dice nada.)

. .

ROBERTO. Es acerca de esa muchacha por la que te interesas. Acabo de hablar con ella. Primero: está loca; pero no importa. Segundo: no es campesina, sino burguesa. Y eso sí es muy importante. Conozco bien a los de su clase. Su padre vino el año pasado a representar a su 7

pueblo en un pleito: es uno de sus notables. Un granjero. Pero no es noble, vive del dinero que gana. Tampoco se trata, sin embargo, de un labrador o un artesano. Podría tener un pariente jurista o clérigo. Esta clase de gente quizá no cuente mucho socialmente, pero puede dar muchos disgustos a las autoridades. Es decir, a mí. Ahora bien, a ti sin duda te parece muy fácil llevarte a la chica, engatusándola con la idea de que va a ver al Delfín. Pero si la metes en jaleos, me puedes meter a mí en un buen lío. Al fin y al cabo, yo soy el señor de su padre y mi deber es protegerla. Así que, amigos o no, Polly, te prohíbo que le pongas las manos encima.

POULENGEY. (Con gran énfasis.) Pensaría antes en hacer algo así con la Virgen María que con esa chica.

ROBERTO. (Alejándose de la mesa.) Pero ella dice que tú, y Jack, y Dick os habéis ofrecido a acompañarla. ¿Para qué? No me irás a decir que habéis tomado en serio esa locura de ir a ver al Delfín.

POULENGEY. (Con parsimonia.) Hay algo extraño en ella. Ahí abajo, en el cuerpo de guardia, algunos son muy mal hablados y peor pensados. Pues bien, nadie ha dicho una palabra que pudiera ofenderla ni se ha metido con ella por ser mujer... Han dejado de jurar delante de ella. Hay algo, algo. Quizá valga la pena intentarlo.

ROBERTO. Vamos, Polly, serénate. El sentido común nunca ha sido tu fuerte, pero esto es demasiado. (Se retira disgustado.)

POULENGEY. (Sin inmutarse.) ¿De qué sirve el sentido común? Si tuviéramos algo de sentido común, nos uniríamos al duque de Borgoña y al rey inglés. Tienen en su poder medio país, todas las tierras al norte del Loira. Tienen París en sus manos, incluso este castillo; sabes bien que tuvimos que rendirlo al duque de Bedford, y que sólo lo mantienes bajo palabra de honor. El Delfín está en Chinon, como una rata acorralada, con la diferencia de que él no lucha.

Ni siquiera sabemos si es el Delfín; su madre dice que no y ella debería saberlo. Fíjate: ¡la reina negando la legitimidad de su propio hijo!

ROBERTO. Bueno, ella casó a su hija con el rey inglés. ¿Puedes reprochárselo?

POULENGEY. Yo no reprocho nada a nadie. Pero gracias a ella, el Delfín está en la miseria, y esto debemos tenerlo en cuenta también. Los ingleses tomarán Orleáns, el Bastardo no podrá detenerlos.

ROBERTO. Venció a los ingleses hace dos años en Montargis. Yo estaba con él.

POÜLENGEY. Eso ya no importa. Ahora sus hombres están desmoralizados, y él no puede hacer milagros. Te digo que nada puede salvar nuestra causa excepto un milagro.

ROBERTO. Eso de los milagros está bien, Polly. El único problema es que ya no suceden hoy en día. POULENGEY. Eso creía yo. Pero ya no estoy tan seguro. (Se levanta y se pasea con aire pensativo hacia la ventana.) En todo caso, a estas alturas no podemos dejar ningún resorte por tocar. Hay algo en esa muchacha. .

ROBERTO. Crees que la muchacha puede hacer milagros, ¿verdad?

POULENGEY. Creo que la muchacha misma es ya un milagro. De todas formas, es la última carta que nos queda. Mejor jugarla que abandonar la partida. (Se pasean hacia la torrecilla.)

ROBERTO. (Vacilando.) ¿De veras crees eso?

POULENGEY. ¿Acaso nos queda algo más en que creer?

ROBERTO. (Yendo hacia él.) Mira, Polly, si estuvieras en mi lugar, ¿dejarías que una muchacha así te sacara dieciséis francos para un caballo?

POULENGEY. Yo pagaré el caballo. ROBERTO. ¿De veras?

POULENGEY. Sí, apostaré por mis ideas. [ls1

ROBERTO. ¿Vas a jugar la friolera de dieciséis francos por una causa perdida?

POULENGEY. No es un juego. ROBERTO. ¿Qué es, si no?

POULENGEY. Una certeza. Sus palabras y su ardiente fe en Dios me han inflamado.

ROBERTO. (Dejándolo por imposible.) ¡Estás tan loco como ella!

POULENGEY. (Obstinado.) Lo que necesitamos ahora son unos cuantos locos. ¡Mira a dónde nos han conducido los cuerdos!

ROBERTO. (Su irresolución ahora vence totalmente su afectada decisión.) Me siento como un gran imbécil. Bueno, si estás, tan seguro...

POULENGEY. Estoy lo suficientemente seguro como para llévarla a Chinon, a no ser que tú me lo impidas.

ROBERTO. Eso no es justo. Quieres echar la responsabilidad sobre mis hombros.

POULENGEY. Decidas lo que decidas, tú serás el responsable.

ROBERTO. Sí, así es, ¿qué voy a decidir? No sabes lo difícil que me resulta. (Buscando un recurso dilatorio, con la esperanza inconsciente de, que JUANA decida por él.) ¿Crees que debo volver a verla?

POULENGEY. (Levantándose.) Sí. (Va hacia la ventana y grita.) ¡Juana!

VOZ DE JUANA. ¿Nos deja marchar, Polly?

POULENGEY. Entra. Sube. (Volviéndose hacia ROBERTO.) ¿Te dejo sólo con ella?

ROBERTO. No, quédate, y échame una mano. (POULENGEY se sienta en el arca.

ROBERTO vuelve a su sillón, pero sigue en pie, inflado para impresionar.

JUANA entra con muy buenas noticias.)

JUANA. Jack irá a medias en lo del caballo.

ROBERTO. ¡Estupendo! (Se sienta, desinflado.)

POULENGEY. (Serio.) Siéntate, Juana.

JUANA. (Un poco cortada, mirando a ROBERTO.) ¿Puedo?

ROBERTO. Haz lo que te mandan.

(JUANA hace una reverencia y se sienta en el taburete, entre los dos.

ROBERTO trata de ocultar su perplejidad adoptando un tono severo.) ROBERTO. ¿Nombre?

JUANA. (En tono familiar.) En Lorena siempre me llaman Jenny. Aquí en Francia soy Juana. Los soldados me llaman La Doncella.

ROBERTO. ¿Apellido?

JUANA. ¿Apellido? ¿Qué es eso? Mi padre se suele llamar a veces de Arco, pero yo no sé nada. Ya visteis a mi padre. Él...

ROBERTO. Sí, sí, lo recuerdo. Eres de Domremy, en Lorena, según creo.

JUANA. Sí, pero, ¿eso qué importa? Todos hablamos francés.

ROBERTO. No hagas preguntas, limítate a contestarlas. ¿Edad?

JUANA. Diecisiete, o al menos eso me han dicho. Puede que sean diecinueve. No lo sé.

ROBERTO. ¿Qué quieres decir con que santa Catalina y santa Margarita te hablan todos los días?

JUANA. Que me hablan, señor.

ROBERTO. ¿Cómo son?

JUANA. (De repente, obstinada.) No os diré nada; no me han dado permiso.

ROBERTO. ¿Pero las ves realmente, y hablan igual que yo estoy hablando ahora contigo?

JUANA. No, es algo diferente. No os lo puedo decir: no debéis preguntarme acerca de las voces.

ROBERTO. ¿Voces?, ¿qué quieres decir?

JUANA. Oigo voces que me dicen lo que tengo que hacer. Vienen de Dios.

ROBERTO. Vienen de tu imaginación.

JUANA. Claro, así es como vienen todos los mensajes de Dios.

POULENGEY. Jaque mate.

ROBERTO. ¡Ni hablar! (A JUANA.) ¿Así que Dios te dice que tienes que levantar el sitio de Orleáns?

JUANA. Y coronar al Delfín en la catedral de Reims.

ROBERTO. (Asombrado.) Coronar al Del... ¡Cielos!

JUANA. Y hacer que los ingleses abandonen Francia.

ROBERTO. (Sarcástico.) ¿Alguna cosita más?

ROBERTO. (Encantadora.) Por ahora no, gracias, señor.

ROBERTO. Supongo que crees que levantar un sitio es tan fácil como coger una vaca en un prado. ¿Crees que ser soldado es un oficio cualquiera?

JUANA. No creo que sea muy difícil si Dios está de tu parte, y pones tu vida en sus manos. Pero muchos soldados son unos inútiles.

ROBERTO. (Ceñudo.) ¡Inútiles! ¿Has visto pelear alguna vez a los soldados ingleses?

JUANA. Sólo son hombres. Dios los ha hecho iguales a nosotros, pero les dio su propio país y su propia lengua, y no es su deseo que se adueñen de nuestro país y traten de hablar nuestra lengua.

ROBERTO. ¿Quién te ha metido esas tonterías en la cabeza? ¿No sabes que los soldados están sometidos a su señor feudal y no les debe importar ni a ellos ni a ti si es el duque de Borgoña o el rey de Inglaterra o el de Francia? ¿Y qué tiene que ver su lengua en todo esto?

JUANA. Yo sólo sé una cosa. Todos estamos sometidos al Rey del cielo y Él nos dio nuestros países y nuestras lenguas para que lo conserváramos. Si no fuera así, sería un asesinato matar a un inglés en batalla y estaríais, señor, en peligro del fuego eterno. No debéis pensar en vuestro deber hacia el señor feudal, sino en vuestro deber hacia Dios.

POULENGEY. No vale la pena seguir, Roberto, puede taparte la boca siempre que quiera.

ROBERTO. ¿Sí? Ya lo veremos. (A JUANA.) No estamos hablando de Dios, estamos hablando de asuntos prácticos. Te repito la pregunta. ¿Has visto alguna vez luchar a los soldados

ingleses? ¿Los has visto saquear, incendiar y convertir el campo en un desierto? ¿No has oído historias del Príncipe Negro, que era más negro que el mismo diablo, o del padre del rey inglés?

JUANA. No tengas miedo, Roberto.

ROBERTO. Maldita sea, no tengo miedo. ¿Y quién te dio permiso para llamarme Roberto?

JUANA. Con ese nombre te bautizaron. Los demás nombres son de tu padre, o de tus hermanos o de cualquier otro.

ROBERTO. ¡Uf!

JUANA. Escúchame, señor. En Domrémy tuvimos que largarnos al pueblo de al lado para escapar de los soldados ingleses. Tres de ellos quedaron atrás, heridos. Llegué a conocer a aquellos tres pobres condenados ROBERTO. ¿Sabes por qué los llaman condenados?

JUANA. No todo el mundo los llama así

ROBERTO. Es porque siempre están pidiendo a Dios que condene sus almas. Eso es lo que significa condenado en su lengua. ¿Qué te parece?

JUANA. Dios tendrá piedad de ellos y volverán a ser criaturas de Dios cuando regresen a la tierra que Él les destinó y a la que fueron destinados. He oído las historias del Príncipe Negro.

Cuando pisó nuestro suelo, el diablo entró en él, e hizo de el un malvado. Pero en su tierra, en el lugar que Dios hizo para él, era bueno. Siempre es así. Si yo fuera a Inglaterra, contra la voluntad de Dios, a conquistarla, y tratara de vivir allí y hablar su lengua, el demonio me poseería y cuando fuera vieja me estremecería al recordar las maldades que habría hecho.

ROBERTO. Tal vez. Pero cuanto más diablo fueras, mejor lucharías. Por eso, esos condenados tomarán Orleáns y tú no podrás detenerlos, ni diez mil como tú.

JUANA. Mil como yo podrán detenerlos. Diez como yo podrán, si Dios está de nuestra parte. (Se levanta impetuosamente y va hacia él, incapaz de permanecer sentada por más tiempo.) No lo entendéis, señor. Nuestros soldados terminan siempre derrotados porque luchan sólo para salvar el pellejo, y la forma más fácil de salvar el pellejo es salir corriendo. Nuestros nobles sólo piensan en el dinero que van a ganar en los rescates: la cuestión no es matar o morir, sino 10 Goddams: Compuesto de 'God' (Dios y 'damn (condenar). Aludiría, por tanto, a aquéllos que dicen imprecaciones. Pero aquí significa simplemente 'ingleses' y su origen habría que buscarlo en el francés antiguo, en la palabra godon. Nosotros mantenemos el término 'condenados' para intentar seguir el juego de palabras que viene a continuación, unas líneas m" adelante.

pagar o cobrar. Pero les enseñaré a luchar para que la voluntad de Dios se cumpla en Francia y entonces arrearán a esos pobres condenados como a un rebaño de ovejas. Polly y tú viviréis para ver el día en que ya no quede ningún soldado inglés en tierra francesa, y no habrá más que un rey, no el rey feudal inglés, sino el rey francés por la gracia de Dios. ROBERTO. (A POULENGEY.) Todo esto puede que no sea más que una tontería pero las tropas se lo pueden tragar, aunque nada de lo que podemos decir parece empujarlos a pelear. ¡Incluso el Delfín podría tragárselo! Y si consigue hacer luchar al Delfín, podrá conseguirlo de cualquiera.

POULENGEY. No perdemos nada con intentarlo, ¿no te parece? Esa muchacha tiene algo...

ROBERTO. (Volviéndose a JUANA.) Ahora, escúchame y (con desesperación) no me interrumpas mientras lo voy pensando.

JUANA. (Se deja caer sobre el taburete, como una niña obediente.) Sí, señor.

ROBERTO. Estas son las órdenes: tienes que ir a Chinon bajo la escolta de este caballero y tres de sus amigos.

JUANA. (Radiante, entrecruza las manos.) ¡Oh, señor! Vuestra cabeza está rodeada de luz, como la de un santo.

POULENGEY. ¿Cómo va a arreglárselas para llegar ante el rey?

ROBERTO. (Que ha intentado ver su aureola.) No lo sé. ¿Cómo se las arregló para llegar a mí? Si el Delfín consigue impedir que se le acerque, vale más de lo que yo pensaba. (Se levanta.) La enviaré a Chinon y puede decir que la he enviado yo. Y que sea lo que Dios quiera; no puedo hacer más.

JUANA. ¿Y el vestido? ¿Puedo ponerme ropa de soldado, verdad, señor?

ROBERTO. Ponte lo que quieras, yo me lavo las manos.

JUANA. (Muy excitada por su éxito.) Vamos, Polly. (Sale como una exhalación.) ROBERTO. (Da la mano a POULENGEY.) Adiós, viejo amigo. He apostado fuerte.

Pocos hombres lo habrían hecho. Pero como tú dices, esa muchacha tiene algo.

POULENGEY. Sí, tiene algo. Adiós. (Salen.)

(ROBERTO, que todavía duda si no habrá sido puesto en ridículo por una loca y de clase inferior por añadidura, se rasca la cabeza y vuelve lentamente desde la puerta.) (EL

MAYORDOMO entra corriendo con una cesta.)

MAYORDOMO. ¡Señor, señor!

ROBERTO. ¿Qué pasa ahora?

MAYORDOMO. Las gallinas están poniendo como locas, señor. ¡Cinco docenas de huevos!

ROBERTO. (Se estremece con una convulsión, se santigua y con los labios lívidos dice.) ¡Dios del Cielo! (Alto, pero sin aliento.) Él nos la ha enviado.

ESCENA SEGUNDA

Chinon, en Turena. Un extremo de la sala del trono, en el castillo, separado por cortinas para formar una antecámara. El ARZOBISPO DE REIMS, que ronda los cincuenta, un prelado obeso, de aspecto nada eclesiástico en su figura salvo su imponente porte, y el lord chambelán, señor de LA TREMOUILLE, monstruoso y arrogante pellejo de vino, esperan al Delfín. Hay una puerta en la pared, a la derecha de ambos. La tarde del 8 de marzo de 1429 ya está bastante avanzada. El ARZOBISPO permanece en pie con dignidad, mientras el chambelán, a su izquierda, bufa sin poder contener su mal humor.

LA TREMOUILLE. ¿Y por qué diablos nos tiene aquí el Delfín esperando tanto tiempo? No se como podéis tener la paciencia de estar ahí como una estatua de piedra.

ARZOBISPO. Ya veis, soy arzobispo, y un arzobispo es algo así como una estatua. De todas formas, tenéis que aprender a estar quieto y soportar a los tontos con paciencia. Además, mi querido lord chambelán, el Delfín tiene el privilegio real de haceros esperar, ¿no?

LA TREMOUILLE. ¡Maldito sea el Delfín! Con perdón de vuestra reverencia, ¿sabéis cuánto dinero me debe?

ARZOBISPO. Mucho más que a mí, no lo dudo, porque sois mucho más rico que yo.

Pero apostaría que os debe todo lo que os podéis permitir prestarle. Eso es justamente lo que me debe a mí.

LA TREMOUILLE. ¡Veintisiete mil, ese fue el último sablazo! ¡La friolera de veintisiete mil!

ARZOBISPO. ¿Y qué habrá sido de todo ese dinero? La ropa que lleva no se la daría yo ni a un cura.

LA TREMOUILLE. Su comida consiste en un simple pollo o un trozo de carnero. Me saca hasta el último real y no le luce por ninguna parte. (Aparece un PAJE en la puerta.) ¡Al fin!

PAJE. No, señor, no es su Majestad. Es el señor de Rais.

LA TREMOUILLE. ¡El joven Barbazul! ¿Por qué le anuncian?

PAJE. El capitán La Hire viene con el. Debe haber sucedido algo, creo.

(Gilles de Rais, un hombre joven, de veinticinco años, muy elegante y autosuficiente, y que se permite la extravagancia de llevar una barbita rizada teñida de azul en una Corte bien afeitada, entra. Trata de agradar, pero le falta gracia natural y no logra ser simpático. De hecho, cuando once años más tarde, desafíe a la Iglesia, será acusado de tratar de obtener placeres por medio de horribles crueldades y será ahorcado. De momento, sin embargo, no vislumbra la posibilidad de morir en la horca. Se dirige con desenfado hacia el ARZOBISPO. El PAJE se retira.)

BARBAZUL. Vuestro humilde corderillo, arzobispo. Buen día tengáis, monseñor.

¿Sabéis lo que le ha pasado a La Hire?

LA TREMOUILLE. Sus blasfemias, tal vez, lo han vuelto loco. BARBAZUL. No, justo lo contrario. A Frank el Malhablado, el único que podía ganarle a blasfemar en toda Turena, le dijo un soldado que no debía usar ese lenguaje cuando se está al borde de la muerte.

ARZOBISPO. Ni en ningún otro momento. ¿Pero acaso estaba Frank el Malhablado al borde de la muerte?

BARBAZUL. Sí, acaba de caerse a un pozo y se ha ahogado. La Hire está tan asustado, que está fuera de sí.

(Entra el capitán LA HIRE, un hombre de guerra que no tiene modales cortesanos sino de cuartel, y bastante pronunciados.)

BARBAZUL. Acabo de contárselo al chambelán y al arzobispo. El arzobispo dice que estás perdido.

LA HIRE. (Se aleja agrandes pasos de BARBAZUL y se planta entre el ARZOBISPO y LA TREMOUILLE.) No tiene ninguna gracia. Es más grave de lo que pensábamos. No era un soldado, sino un ángel vestido de soldado.

ARZOBISPO.

CHAMBELÁN.

(A la vez.) ¡Un ángel!

BARBAZUL.

LA HIRE. Sí, un ángel. Ha venido desde Champaña con media docena de hombres atravesando toda clase de obstáculos: borgoñones, ingleses, desertores, salteadores, y Dios

sabrá qué otras gentes, y no han tropezado con nadie, salvo con los campesinos. Conozco a uno de los que la acompañan: Poulengey. Dice que ella es un ángel. Si vuelvo a soltar una blasfemia en mi vida, que Dios condene mi alma al fuego eterno.

ARZOBISPO. Un principio muy piadoso, capitán. (BARBAZUL y LA TREMOUILLE

se ríen de él. Vuelve el PAJE.)

PAJE. Su Majestad.

(Al oír la vox, todos se ponen firmes de una manera mecánica. El Delfín, de veintiséis años, en realidad CARLOS VII desde la muerte de su padre, pero no coronado aún, entra a través de las cortinas con un papel en las manos. Es físicamente enclenque, y la moda imperante de ir perfectamente afeitado y de esconder todo el pelo bajo una gorra o un tocado, tanto los hombres como las mujeres, le confiere un aspecto todavía peor. Tiene ojos pequeños y estrechos, casi juntos, una larga nariz que cuelga sobre su labio superior, grueso y corto, y la expresión de un perrito acostumbrado a las patadas, pero incorregible e incontrolable. No es vulgar ni estúpido, sin embargo, tiene un cierto desparpajo que le permite defenderse en la conversación. justamente ahora está ilusionado como un niño con un juguete nuevo. Se acerca a la izquierda del ARZOBISPO. BARBAZUL y LA HIRE se retiran hacia las cortinas.) CARLOS. Ah, señor arzobispo, ¿sabéis lo que acaba de enviarme Roberto de Baudricourt de Vaucouleurs?

ARZOBISPO. (Con desprecio.) No me interesan las últimas novedades en materia de juguetería.

CARLOS. (Indignado.) No es un juguete. (Mohíno.) Sin embargo, puedo pasar muy bien sin vuestro interés.

ARZOBISPO. Vuestra Alteza se ofende sin motivo.

CARLOS. Gracias. Siempre dispuesto a echar un sermón, ¿no es cierto?

LA TREMOUILLE. (Con dureza.) ¡Ya basta de refunfuñar! ¿Qué te traes entre manos?

CARLOS. ¿A ti que te importa?

LA TREMOUILLE. Me importa saber lo que pasa entre la guarnición de Vaucouleurs y tú. (Le arranca el papel de l a mano del Delfín y comienza a leerlo con cierta dificultad, siguiendo las palabras con el dedo y deletreando sílaba a sílaba.) CARLOS. (Mortificado.) Todos vosotros creéis que podéis tratarme como os dé la gana porque os debo dinero y porque no soy un buen guerrero. Pero por mis venas corre sangre real.

ARZOBISPO. Incluso eso se ha llegado a poner en duda, Alteza. Resulta difícil

reconocer en ti la grandeza de Carlos el Sabio.

CARLOS. No quiero volver a oír hablar de mi abuelo. Tan sabio fue que gastó toda la sabiduría de la familia para cinco generaciones y me dejó a mí hecho un pobre tonto, maltratado y vilipendiado por vosotros.

ARZOBISPO. Domínate, Alteza. Esos arranques de petulancia no son correctos.

CARLOS. ¡Otro sermón! Gracias. ¡Qué lástima que, aunque seáis Arzobispo no vengan los santos y los ángeles a veros!

ARZOBISPO. ¿Qué quieres decir?

CARLOS. ¡Ajá! preguntádselo a ese fanfarrón. (Señala a LA TREMOUILLE.) LA TREMOUILLE. (Furioso.) Mide tus palabras, ¿has oído? CARLOS. Sí, he oído. No hace falta que grites. Todo el castillo lo ha podido oír. ¿Por qué no vas y les gritas a los ingleses y los derrotas por mí?

LA TREMOUILLE. (Alzando el puño.) jovenzuelo...

CARLOS. (Corre a esconderse detrás del ARZOBISPO.) No levantes la mano contra mí. Es delito de alta traición.

LA HIRE. Tranquilo, duque, tranquilo.