Santiago en 1850 - Germán Hidalgo Hermosilla - E-Book

Santiago en 1850 E-Book

Germán Hidalgo Hermosilla

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Beschreibung

No exenta de aquel espíritu decimonónico que bregaba entre el interés por el conocimiento y la búsqueda de aventuras, la obra que presentamos es la descripción más acabada de Santiago del siglo XIX. Sustentada en la capacidad de observación y en el rigor de un científico, pero sensible además al paisaje, a las gentes y a la ciudad como un hecho urbano, la descripción de Santiago realizada por el astrónomo norteamericano James Melville Gilliss asoma hoy como una verdadera guía culta que no solo aporta una imagen más viva de la ciudad de entonces, sino que nos trae de vuelta una cierta idea de mundo. Santiago en 1850. Un astrónomo norteamericano en Chile nos regala, en efecto, un retrato ejemplar de la capital de Chile, pero de cuando Chile recién comenzaba a ser Chile; y este es un pequeño detalle que no debemos soslayar, pues, para decirlo de una sola vez y en pocas palabras, es una parte fundamental de nuestra herencia cultural, que en esta edición, va acompañada del plano de Santiago de 1850, las plantas de los edificios más significativos de la época, y de algunos encuadres tomados de la vista panorámica que el mismo Gilliss solicitó realizar a uno de sus asistentes.

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Seitenzahl: 261

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Con el patrocinio de la Escuela de Arquitectura y la Facultad de Arquitectura, Diseño y Estudios Urbanos de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE CHILE

Vicerrectoría de Comunicaciones y Extensión Cultural

Av. Libertador Bernardo O’Higgins 390, Santiago, Chile

[email protected]

www.ediciones.uc.cl

SANTIAGO EN 1850.James Melville Gilliss, un astrónomo norteamericano en Chile

Editor: Germán Hidalgo Hermosilla

© Inscripción Nº 2021-A-7286

Derechos reservados

Marzo 2022

ISBN 978-956-14-2937-6

ISBN digital 978-956-14-2938-3

Dirección de diseño: Diego Andrade

Dirección de arte: Salvador Verdejo

Producción: versión productora gráfica SpA

Dibujos planimétricos FONDECYT 1150308:

Plano de Santiago 1850: Ítalo Cordano, Diego González y Nicolás Verdejo

Plantas de casos: Diego González

Plantas de edificios: Diego González

Diagramación digital: ebooks [email protected]

CIP – Pontificia Universidad Católica de Chile

Gilliss, J.M. (James Melville), 1811-1865, autor.

Santiago en 1850 : James Melville Gilliss un astrónomo norteamericano en Chile; Germán Hidalgo Hermosilla, editor.

1. Gilliss, J.M. (James Melville), 1811-1865.

2. Santiago (Chile) – Descripciones y viajes – Siglo 19.

3. Desarrollo Urbano – Chile – Santiago – Historia – 1850.

I. t.

II. Hidalgo Hermosilla, Germán, editor.

2021 983.315 + DDC23RDA

Hay, pues, en lo profundo, un hálito de optimismo, de ingenua confianza en la riqueza de los hechos urbanos (urbanos en sentido genérico, sin acepción de modelos impuestos). Una confianza que nace seguramente de la misma mirada fervorosa con la que el sabio astrónomo escudriña el firmamento.

Manuel de Sola-Morales, De cosas urbanas.

Índice

AGRADECIMIENTOS

PRESENTACIÓN

RESEÑA BIOGRÁFICA DE GILLISS

PLANO DE SANTIAGO DE 1850

Proyecto Fondecyt Nro. 1150308.

Santiago 1850: la capital antes de su modernización. La mirada urbana de la Expedición Naval Astronómica norteamericana de James Melville Gilliss (2015-2018)

SANTIAGO

James Melville Gilliss

Agradecimientos

La publicación de este libro ha sido posible gracias el aporte de la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo de Chile, ANID, que a través de su programa FONDECYT financió el proyecto de investigación N° 1150308, “Santiago 1850: la capital antes de su modernización. La mirada urbana de la expedición naval astronómica norteamericana de J. M. Gilliss”, el que fue patrocinado por la Pontificia Universidad Católica de Chile y en su representación quisiera agradecer al decano de la Facultad de Arquitectura Diseño y Estudios Urbanos, Mario Ubilla; al director de la Escuela de Arquitectura, Luis Eduardo Bresciani; y al subdirector de Investigación y Desarrollo, Pedro Alonso, quienes han apoyado mi trabajo y han contribuido en el financiamiento de esta publicación. La Universidad de Chile, fue la otra institución patrocinante, ya que tres de los co-investigadores del proyecto formaban parte del cuerpo académico de su Facultad de Arquitectura y Urbanismo.

Quisiera reconocer también a mis colegas y co-investigadores, José Rosas y Wren Strabucchi, con quienes he mantenido por más de doce años una línea de investigación sobre cartografías históricas de Santiago. Junto a ellos, a los co-investigadores Rodrigo Booth, Catalina Valdés, Amarí Pelioswki y Christian Saavedra, y los colaboradores internacionales, Steven J. Dick, Charlotte Bigg y Felipe Correa, quienes amablemente asistieron a nuestros foros de discusión. Steven J. Dick, historiador de la NASA, nos recibió en Washington y nos permitió conocer el Observatorio Naval, donde pudimos acercarnos un poco más a la figura de James Melville Gilliss, recorriendo la hermosa biblioteca que lleva su nombre y donde se conservan sus libros. Otros importantes investigadores, como José Ignacio González, José Maza, Claudio Gutiérrez, Hugo Palmarola, Hernán Rodríguez y Pedro Correa, contribuyeron con el proyecto, ya sea asistiendo a los seminarios, o con sus valiosos comentarios y consejos.

El plano de Santiago de 1850 no se habría podido realizar sin el paciente trabajo de Diego González, Ítalo Cordano, Nicolás Verdejo y Magdalena Montalbán, ayudantes de investigación, que aportaron inestimables horas de trabajo. Rodney Strabucchi, además de traducir el texto de Gilliss, se involucró personalmente en interesantes pesquisas sobre el personaje, que aún sigue desarrollando. En la Mapoteca de la Biblioteca Nacional siempre contamos con la atenta atención de su directora, Ana María Quiroz, quien nos facilitó valiosos materiales de trabajo. Del mismo modo, siempre recibimos la amable atención del personal del Archivo Fotográfico del Museo Histórico Nacional, que nos ha permitido publicar algunos de sus registros. Por último, no puedo cerrar estas notas sin referirme al interés de Ediciones UC por publicar este libro, y agradecer particularmente a su directora, María Angélica Zegers, por acoger este proyecto y hacerlo propio.

Presentación*

Germán Hidalgo Hermosilla

El libro que presentamos –Santiago en 1850. Un astrónomo nortemaricano en Chile–, contiene una traducción anotada e ilustrada del capítulo VIII del primer tomo de The U.S. Naval Astronomical Expedition to the Southern Hemisphere during the years 1849-50-51-52, obra que el astrónomo norteamericano James Melville Gilliss (1811-1865) publicó en Washington en 1855i.

Se trata, por tanto, de un texto arrancado de una obra mayor, que nos obliga a explicar la decisión de publicarlo por separado, como, así mismo, a explicar su sentido en la actualidad. La obra en cuestión es el primer tomo del informe que Gilliss redactó para dar cuenta de los resultados de la expedición astronómica que lo trajo al Hemisferio Surii, con el fin de realizar un experimento que involucraba a varias naciones, entre ellas, naturalmente, a Chileiii. Justamente, este primer tomo estaba destinado a explicar lo que era entonces esta joven república de América del Sur. En este punto, ya podemos identificar una primera razón que justifica, plenamente, el rescate de este texto y su difusióniv.

Para realizar esta obra, Gilliss se vio en la necesidad de acudir a distintas fuentes, y de reunir, en el más breve plazo posible, la mayor cantidad de información sobre Chile. Y en esto tuvo la mayor de las suertes, ya que en ese mismo momento, por iniciativa del gobierno del presidente Bulnes, se estaban realizando importantes estudios y relevamientos del territorio nacional. Estudios y relevamientos que el astrónomo no dudó en incorporar en su obra, anticipándose en varios años a la publicación de los trabajos originales. Como se podrá imaginar, el resultado fue, si se puede decir así, el compendio más acabado sobre Chile escrito hasta entonces, con materiales frescos, producidos por las mentes más brillantes que había en el país, y con las más adelantadas tecnologías. Gilliss se contactó entonces con el geógrafo Amado Pissis, con el agrónomo Luigi Sada di Carlo, y con los sabios Claudio Gay e Ignacio Domeyko, por citar solo a los más renombradosv. Con algunos de ellos, incluso, Gilliss se relacionó estrechamente y por bastante tiempo, profundizando en sus intereses científicos y naturalistasvi. Además de esto, y a pesar de que su trabajo le obligaba a estar permanentemente en el observatorio astronómico, instalado con la ayuda del gobierno en el cerro Santa Lucía, Gilliss circuló por los más importantes cenáculos de la capital, ya fueran estos intelectuales, científicos o sociales, pues también asistió a las tertulias que organizaba la connotada artista Isidora Zegers.

Pero lo fundamental de toda esta historia es que, dentro de todos estos logros de la publicación, se encuentra la descripción más acabada de Santiago de siglo XIX, sustentada en el rigor y en la capacidad de observación propia de un científico, pero sensible, además, al paisaje, a las gentes y a la ciudad misma, como hecho urbanovii.

Por tanto, si al extraer esta pieza de su contexto, de algún modo trastocamos su sentido original, lo hacemos premeditadamente y pensando en los aspectos positivos que se derivan de aquello. En efecto, envuelto en tan amplia y pormenorizada descripción de Chile, el capítulo sobre Santiago pasa inadvertido, inmerso en un mar de referencias y situaciones destinadas a “informar” sobre un determinado estado de cosas. Al presentarla por separado, en cambio, la descripción de Gilliss cobra una inusitada autonomía y se transforma en un texto que ilumina con mayor fuerza la posibilidad de comprender la ciudad de entonces y, a través de ella, la del presenteviii. Si se nos permite utilizar la expresión, ella asoma como una verdadera guía culta de Santiago de mediados del siglo XIX, que no solo aporta con una imagen más detallada y completa de la ciudad de entonces, sino que, además, nos hace presente el espíritu de toda una época. No es necesario recordar que aquella fue, precisamente, la época en que se abrieron las fronteras y se hicieron más frecuentes los viajes transoceánicosix. Es la época en que despuntará la figura del “turista” y, junto a él, la guía de viaje, cuyo importante papel en la actualidad ha declinado con la aparición de Wikipedia, Google Maps y tantas otras fuentes de información electrónica.

No exenta de aquel espíritu decimonónico, que bregaba entre el interés por el conocimiento y la búsqueda de aventuras, la traducción que presentamos va acompañada de un plano de Santiago de 1850, y de algunos encuadres sacados de la vista panorámica que el mismo Gilliss solicitó realizar a uno de sus asistentesx. Con la introducción de estos nuevos componentes, proponemos una lectura compuesta por tres hilos narrativos independientes, pero interconectados entre sí: el de la traducción del texto de Gilliss; el de los lugares señalados en el texto, pero situados de acuerdo a sus específicas coordenadas espaciales; y el de las imágenes, correspondientes a aquellos hechos urbanos observados por el astrónomo, en las condiciones en que aparentemente se encontraban en aquella época. No obstante, estos elementos gráficos no deben entenderse como meras ilustraciones, complementarias al texto, sino como narraciones visuales, con valor en sí mismas. Se podrán ensayar, así, correlatos y comparaciones, que permitirán someter a escrutinio la veracidad de sus contenidos. El lector atento, muy pronto podrá reconocer cómo algunas de las descripciones que realiza Gilliss encuentran su símil en la vista panorámica; como, por ejemplo, cuando describe el templo y convento de la Merced. Indudablemente, en este caso, se trata de un hecho urbano que por su proximidad al cerro, Gilliss tenía bajo un estricto control visual, y que, por cómo lo describe, lo dominaba en todos sus detalles. Sin embargo, este no es el único caso en que se podrá encontrar este tipo de calces, diríamos, casi perfectos, entre imágenes y palabras.

Dispuesto así, al modo de una guía culta de nuestro Santiago decimonónico, el texto de Gilliss se reorienta, y junto con ello, reorienta su público objetivo. En relación a esto último, cabe preguntarse: ¿a quién se dirigía Gilliss con su relato, particularmente con su descripción de Santiago? ¿Al Congreso de los Estados Unidos, que había financiado la expedición, y a quien debía por lo tanto rendir cuentas, institución que, además, y de seguro, tenía mucho interés en Chile, que había alcanzado entonces una notoria hegemonía sobre el Pacífico? ¿Al mundo en general, que, según el mismo Gilliss pensaba, debía ser informado sobre la capital de una nación que surgía en uno de los confines más apartados del orbe? ¿O, más bien, miraba hacia el futuro, y se dirigía a nosotros, herederos de la ciudad que visitó y en la que permaneció por, nada menos, que tres años?

Como fuere, su franco y a veces desenfadado retrato de Santiago ha envejecido bien, deviniendo en una preciosa pieza literaria que, además de informarnos, nos educa. En efecto, porque prácticamente no ha existido autor interesado en Santiago que para documentarse no haya bajado a beber de sus fuentesxi. Y es que, seguramente, la franqueza de su prosa, de alguna manera, ha sido considerada como prenda de garantía y veracidad. Sin embargo, aquí se quiere destacar una cualidad del texto que va mucho más allá de su mera condición de fuente verídica y confiable. En primer lugar, el texto de Gilliss nos educa, porque nos enseña a confiar en el poder de la mirada; y esto, no solo porque se trata de una mirada adiestrada en la observación científica. Mucho de lo que Gilliss dice sobre Santiago, lo dice porque simplemente lo vio, porque asistió a los hechos, porque fue testigo, y porque además supo documentar las impresiones que obtuvo a través de la mirada. La mirada, pues, entendida como capacidad; como aquel invaluable don que, a fin de cuentas, le iba a permitir que dedicara su vida a “escudriñar el universo”.

Y, por último, el texto de Gilliss nos debiera interesar porque, como ya hemos dicho, nos regala un retrato ejemplar de la capital de Chile, pero de cuando Chile recién comenzaba a ser Chile; y este es un pequeño detalle que, evidentemente, no podemos soslayar. En síntesis, y para concluir diciéndolo de una sola vez y en pocas palabras, porque la obra que presentamos es una parte fundamental de nuestra herencia culturalxii. Es el modo más simple y claro que he encontrado para referirme a lo que se suele entender por patrimonio, expresión tan recurrente en los últimos tiempos, pero que, por este mismo insistente e indiscriminado uso, ya no comunica mucho.

* * *

Desde lo alto del cerro Santa Lucía, el astrónomo James Melville Gilliss gozó del privilegio de contemplar el valle de Santiago, aún rústico, abarcándolo en toda su amplitud, día tras día, mientras duró la expedición y habitó en el cerro. Como resultado de esta insistente y rutinaria actividad, llegó a comprender y valorar la exuberancia de su geografía, y a juzgar por las notas que dejó, su aprecio por la capital fue genuino.

La describió con rigor y precisión, pero no por ello sin sensibilidad, e incluso con ciertas dosis de poesía. Retrató el perfil chato y blanquecino de la ciudad, cuya disminuida presencia contrastó con la imponencia de la cordillera. El valle lo consideró árido, pedregoso y, por donde se lo mirara, desolador. Registró el ir y venir de los habitantes. Reparó en cómo desaparecían repentinamente con el calor del mediodía, pero para reaparecer totalmente renovados al atardecer. Lo conmovió la imagen nocturna de la ciudad, iluminada por cientos de faroles, que comparó con la bóveda estrellada. Consideró el paseo de la Alameda como el lugar más bello de la capital; muy superior a cuantos había conocido. Mereció un comentario especial, el murmullo del agua, que bajaba a saltos desde la cordillera, y que al llegar a la ciudad era conducida por sendas acequias hasta el paseo.

Encaramado en su reducto, Gilliss vio patios, vio claustros, vio cuarteles, y en el silencio de la noche oyó, o imaginó, el escurrir de las aguas por las acequias; como también se hartó de los vociferantes cánticos de vendedores y serenos; vio desplegarse, seguramente, la vida al interior de las casas, y reflexionó sobre los monótonos rituales citadinos. Desde del cerro, todo lo tuvo a la vista y a la mano, y lo registró o lo guardó en su memoria.

Y por si fuera poco, todo aquello quiso dejarlo representado en una sola imagen. Una imagen total, capaz de mostrar de un solo golpe de vista una cierta idea de mundo.

Es curioso y notable, a la vez, cómo junto con el desarrollo de la capacidad de ver, es decir, junto con el desarrollo de la capacidad de enmarcar y descifrar con la mirada aquello que nos interesa, se desarrolle simultáneamente el medio capaz de representar esa mirada. Probablemente, no llegaremos nunca a saber qué es lo que se origina primero, si la forma de ver o la forma en que esta se representa; aunque algunos ya hayan avanzado que la pintura es la escuela de la mirada. Como tampoco sabremos, a ciencia cierta, ni cuándo ni cómo Gilliss concibió la idea de realizar una vista panorámica de Santiago. Pero lo cierto es que, en el primer tomo de su obra, incluyó la vista panorámica más completa y exacta que se haya hecho de Santiago en el siglo XIX, o quizás nunca. Por momentos, en muchos momentos, es perfectamente posible tender un hilo de continuidad entre lo que la vista panorámica muestra y lo que describen sus palabras. Al igual que en aquel cuento de Jorge Luis Borges, Parábola de un palacio, donde “lo cierto, lo increíble, es que en el poema estaba entero y minucioso, el palacio enorme”. Así mismo, en la vista panorámica, concebida por Gilliss, podemos ver desplegadas sus palabras, tal como en su texto reconocemos su imagen fragmentada, cobrando vida entre párrafos y frases. Pero “la vista” de Gilliss, no fue el fruto de su pura imaginación, sino el producto de un registro sistemático, derivado de sucesivas capturas o registros, probablemente realizados con algún tipo de instrumento óptico, aunque hasta ahora no se sepamos exactamente cuál. Confirma lo anterior, una escueta pero certera nota escrita a los pies de la vista panorámica: draw from camera sketches.

En la actualidad, nos puede parecer bastante obvio conjeturar que para quien habita en un cerro, con una ciudad a sus pies, y que se dedica a la astronomía, pueda concebir fácilmente la idea de una imagen sinóptica, como lo es, en efecto, una vista panorámica. Una imagen comparable a esa visión desplegada del firmamento, que probablemente todo astrónomo lleva siempre consigo. Sin embargo, para que esto fuera posible, era necesario que Robert Barker la inventara, casi un siglo antes de que Gilliss concibiera la suya. Sin dejar de mencionar, por cierto, cuán necesario era para completar la idea, que el arte de la imprenta hiciera posible la reproducción, edición y publicación de una imagen de este tipo, lo que, en su momento, significó un gran desafío, tanto para ilustradores y litógrafos, como para los mismos editores de libros. Y más aún, considerar lo necesario que era el desarrollo de las tecnologías asociadas a la óptica, capaces de asegurar la fidelidad del registro. Lo que solo fue posible algunos años antes de que Gilliss acometiera su empresa. El panorama, como concepto y como medio de representación, cambió radicalmente la forma de percibir y comprender el mundo, transformándose en un elemento vital para inteligir esa insuperable construcción humana que es la ciudad. La aparición del panorama se produjo, precisamente, justo antes de que la ciudad tradicional estallara y sobrepasara sus antiguos límites, volviéndose desde entonces prácticamente irrepresentable como fenómeno. Coincidiendo con la estadía de Gilliss en Chile, se verificaron ambos eventos.

En una de sus observaciones, que apuntó con la naturalidad que solo brinda la experiencia de haber estado ante los hechos, Gilliss señaló lo siguiente:

A fines de 1850 hubo bastante furor por construir casas. El terremoto de abril había dañado seriamente muchas viviendas y en cada calle había montones de escombros de las casas derrumbadas. Por su relación con el mundo, sus dueños aprendieron a apreciar distribuciones más cómodas y las nuevas viviendas resultaron claramente mejores en comparación con las antiguas. No menos de tres enormes estructuras se estaban construyendo al mismo tiempo en distintos lados de la plaza.

Aunque confunde el año del terremoto, que efectivamente ocurrió en abril, pero de 1851, Gilliss era consciente del espíritu de renovación que invadía a la capital, plena de vitalidad y de progresos, como señalan Collier y Sater en su Historia de Chile, 1808-1994. No obstante, la observación de Gilliss también dejaba entrever la bonanza económica que se vivía particularmente en Santiago, donde se concentraban las nuevas fortunas originadas por la minería y la agricultura; riquezas que, por añadidura, traerían aparejado un gran cambio social y cultural en el país.

Sin embargo, lo que Gilliss no dijo, lo que no podía decir, porque quien se encuentra inmerso en las circunstancias no es consciente de su propia incidencia en ellas, es que las mismas instalaciones que él había levantado en el cerro Santa Lucía, formaban parte de esa misma fiebre constructora que le había impresionado; del mismo modo que su sofisticado experimento astronómico, y su presencia, serían un ingrediente más del despertar cultural de la nación.

En aquella época, cuando Santiago recién principiaba a desprenderse de su imagen colonial, había, pues, un buen motivo para alzar la vista hacia ese árido peñón que era entonces el cerro Santa Lucía. Desde fines de 1849, en la ladera norte del cerro resplandecían dos extraños objetos, que deben haber llamado poderosamente la atención de los capitalinos. Se trataba de dos volúmenes puros, blancos, al parecer, que albergaban los refinados instrumentos de la expedición: el telescopio ecuatorial y el círculo meridiano.

No es difícil imaginar el gran acontecimiento que debe haber significado la presencia de la expedición astronómica norteamericana en Santiago, considerando también la integración social del mismo Gilliss, durante aquellos tres años. De hecho, para más de algún vecino despabilado, la estadía de la expedición norteamericana representó una buena oportunidad para animarse a escalar las empinadas laderas del abrupto peñón, para pasar a visitar de vez en cuando a don Santiago, como amistosamente los vecinos intentaban traducir el nombre del astrónomo.

* La segunda parte de este texto fue escrita para el suplemento online de astronomía del diario La Segunda.

i Gilliss, James Melville. U. S. Naval Astronomical Expedition to the Southern Hemisphere during the Years years 1849-‘50-‘51-‘52. Washington: A. O. P. Nicholson Printer, 1855, tomo I, Chile.

ii El informe completo consta de seis tomos, los que se publicaron en el siguiente orden: el tomo I y II en 1855, el III y el VI en 1856, mientras que los tomos IV y V se publicaron en 1870 y 1895, respectivamente.

iii Keenan, Philip C.; Pinto, Sonia; Álvarez, Héctor. El Observatorio Astronómico Nacional de Chile: 1852-1965. Santiago de Chile: Universidad de Chile. Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas, 1985.

iv Hidalgo, Germán. “Un astrónomo en Chile”, estudio introductorio al libro de James Melville Gilliss, Expedición Astronómica Naval de los Estados Unidos al Hemisferio Sur durante los años 1849- ’50-’51-52. Santiago de Chile: Septiembre Editores, Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, DIBAM, 2016, pp. 9-23.

v González, José Ignacio; Hidalgo, Germán. “La cartografía de la expedición Gilliss al hemisferio sur, Chile 1849-1852”. Revista de Geografía del Norte Grande, N°73, 2019, pp. 213-239.

vi Valdés, Catalina et al. “Alcances naturalistas de una expedición astronómica: James Melville Gilliss y la institucionalización de la ciencia en Chile (1849-1852)”. Revista Historia (Santiago) N° 52, Vol. II, julio-diciembre 2019, pp. 547-580.

vii Hidalgo, Germán. “La ciudad como problema de representación y conocimiento. La mirada urbana de la expedición naval astronómica norteamericana de J. M. Gilliss, Santiago en torno a 1850”. En: Revista 180. N° 39, 2017.

viii Hidalgo, Germán et al. “Santiago de Chile en torno a 1850. El plano de planta urbana como instrumento revelador de su forma general”. Revista ARQ (Santiago) N° 96, 2017, pp. 108-123.

ix Pratt, Mary Louise. Ojos imperiales. La literatura de viajes y transculturación. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica. 2010.

x En relación a la producción de las imágenes generadas por la expedición astronómica, se puede consultar: Valdés, Catalina y Montalbán, Magdalena. “<It Was Highly Desirable They Should Be Illustrated>. Images from the U.S. Naval Astronomical Expedition in Chile (1849–1852)”. Nuncius N° 34, 2019, pp. 99-127.

xi Los autores que se han apoyado en el texto de Gilliss para documentarse sobre el Santiago de mediados del siglo XIX, son muchos, desde Carlos Peña Otaegui, en su Santiago de siglo en siglo, de 1944, hasta Luis Alberto Romero, en su ¿Qué hacer con los pobres?, de 1997, pasando por Simon Collier y William F. Sater en su Historia de Chile, 1808-1994, de 1998, por poner solo tres ejemplo diversos.

xii Esta expresión la leí en un breve escrito del siempre locuaz y acertado John Berger. Evidentemente, en ella subyace la fuerza y precisión de la voz inglesa heritage, que por un lado, intensifica, y por otro, aclara, su sentido.

Reseña biográfica de Gilliss

JAMES MELVILLE GILLISS (GEORGETOWN, 1811 - WASHINGTON D.C. 1865). Fue teniente de la Armada de Estados Unidos y astrónomo. Fundador del Observatorio Naval de Estados Unidos (Washington, 1842) y del Observatorio Astronómico Nacional de Chile (Santiago, 1849). Miembro de la Sociedad Filosófica Americana, y miembro honorario de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile. Permaneció en Santiago entre 1849 y 1852, al mando de una expedición astronómica destinada a actualizar la medición de la distancia de la Tierra al Sol. Instaló en el cerro Santa Lucía un observatorio astronómico que luego de concluida la expedición, vendió al gobierno de Chile. A su regreso a Washington, publicó un primer volumen, con una detallada descripción de Chile. Posteriormente, y en forma diferida, se publicarían otros cinco volúmenes con los resultados de la expedición científica. Durante la Guerra Civil, fue superintendente del Observatorio Naval de Estados Unidos. A pesar de que el experimento que lo trajo a Chile no fue exitoso, debido a que las observaciones y registros que se debían realizar en el Hemisferio Norte no se completaron, la expedición de Gilliss marcó el punto de partida de Chile en el ámbito de la astronomía, ciencia en la que hoy, como sabemos, ocupa un lugar de privilegio.

Gentileza de Steven J. Dick. James Melville Gilliss Library, USNO, Washington D.C.

FIGURA 1. MAPA DE LA PROVINCIA DE SANTIAGO. Fuente: J. M. Gilliss, The U. S. Naval Astronomical Expedition to the Southern Hemisphere, vol. I. Washington: A. O. P. Nicholson, 1855 (p. 48). Ejemplar de G. Hidalgo.

FIGURA 2. PLANO DE LA CIUDAD DE SANTIAGO. Fuente: J. M. Gilliss, The U. S. Naval Astronomical Expedition to the Southern Hemisphere, vol. I. Washington: A. O. P. Nicholson, 1855 (p. 175). Ejemplar de G. Hidalgo.

PROYECTO FONDECYT NRO. 1150308

SANTIAGO 1850: la capital antes de su modernización. La mirada urbana de la Expedición Naval Astronómica norteamericana de James Melville Gilliss.

(2015-2018)

FIGURA 3. VISTA DEL CERRO SANTA LUCIA. Fuente: J. M. Gilliss, The U. S. Naval Astronomical Expedition to the Southern Hemisphere, vol. I. Washington: A. O. P. Nicholson, 1855 (frontispicio). Ejemplar de G. Hidalgo.

EQUIPO DE TRADUCCIÓN, EDICIÓN Y ANOTACIÓN

Traducción: Rodney Strabucchi.

Notas: Amarí Peliowski, Germán Hidalgo, Catalina Valdés y Rodrigo Booth.

Edición: Nicolás Verdejo.

Edición realizada en el marco del proyecto FONDECYT Nº 1150308: Santiago 1850: la capital antes de su modernización. La mirada urbana de la Expedición Naval Astronómica de James Melville Gilliss.

NOTA

Con el objetivo de complementar la variada y nutrida cantidad de notas y referencias que respaldan y contrastan los contenidos acometidos por el científico norteamericano, la edición considera la incorporación de recursos tipográficos orientados a constituir una traducción lo más cercana a una versión facsimilar del volumen original. Para esto se integran asteriscos (*) del texto original que remiten a notas a los pies de página y se mantienen en itálica los términos que así aparecen en el original; se incorporan los números de página que indican el comienzo de las páginas en el original entre corchetes ([001]); y se indican los términos que aparecen en español en original.

TOPOGRAFÍA.–FUNDACIÓN DE LA CIUDAD Y SU EXTENSIÓN ACTUAL; VISTA A VUELO DE PÁJARO DE LA CIUDAD DESDE EL SANTA LUCÍA.–MAÑANA; TARDE; NOCHE.–PLANO DE LA CIUDAD.–HOTELES.–ARQUITECTURA DE LAS VIVIENDAS.–LA RESIDENCIA DE VALDIVIA.–LA CATEDRAL; OTRAS IGLESIAS.–CONVENTO DE LAS CLARISAS.–LA MERCED.–SANTO DOMINGO.–SAN AGUSTÍN.–CASAS DE EJERCICIOS.–LA MONEDA.–EL PALACIO.–ADUANA.–CONSULADO.–MERCADOS; CARNES; ANIMALES DE PRESA; PECES; FRUTAS; FLORES.–PUENTES.–EL TAJAMAR.–LA CAÑADA.–INSTITUTO NACIONAL; SU ORIGEN; AVANCES EN LA EDUCACIÓN; ESTADO DEL APRENDIZAJE; ORGANIZACIÓN.–OTROS COLEGIOS.–LA UNIVERSIDAD.–LA ACADEMIA MILITAR.–LA ESCUELA DE ARTES MECÁNICAS.–LA ESCUELA PARA LA INSTRUCCIÓN AGRÍCOLA.–PINTURA.–MÚSICA.–BIBLIOTECA NACIONAL.–DIARIOS Y PERIÓDICOS.–GABINETE DE HISTORIA NATURAL.–EL HUEMUL.–GABINETE DE MINERALES.–TEATROS.–EL PORTAL.–FUENTES DE AGUA.–AGUA; HELADOS; PASTELERÍA.–LA PENITENCIARÍA.–CASA DE CORRECCIÓN.–ASILO DE POBRES.–MENDIGOS.–ENFERMOS MENTALES.–ASILO DEL SALVADOR.–HOSPITAL SAN JUAN DE DIOS.–ESTADÍSTICAS DE ENFERMEDAD; ENFERMEDADES, Y CAUSAS DE MORTANDAD.–HOSPITAL DE MUJERES; SAN FRANSCISCO DE BORJA; ESTADÍSTICAS DE ENFERMEDADES.–EL HOSPITAL PARA HUÉRFANOS; SU PROBABLE MALA INFLUENCIA.–DOS AÑOS DE ESTADÍSTICAS.–EXAMINADORES MÉDICOS.–MANUFACTURAS.–ADMINISTRACIÓN MUNICIPAL.–EL INTENDENTE.–EL CABILDO.–RECIBOS Y GASTOS DE LA CIUDAD EN 1850.–POLICÍA.–POBLACIÓN; SEPARACIÓN DE RAZAS Y CLASES; CARACTERÍSTICAS.–EL PANTEÓN (CEMENTERIO).–ESTADÍSTICAS DE MATRIMONIOS, NACIMIENTOS Y MUERTES DURANTE DIEZ AÑOS.

F. 4

FIGURA 4. VISTA PANORÁMICA DE SANTIAGO DESDE EL CERRO SANTA LUCÍA. Fuente: J. M. Gilliss, The U. S. Naval Astronomical Expedition to the Southern Hemisphere, vol. I. Washington: A. O. P. Nicholson, 1855. Ejemplar de G. Hidalgo.

DESDE LA CIMA DE LACuesta de Prado [sic]1 la vista abarca una cuenca verde que se extiende en dirección NNE y SSO, enteramente encerrada por la cordillera de los Andes y la cordillera Central2, a excepción de una estrecha garganta o abertura hacia el sur. Su largo no varía mucho de las sesenta millas, y su ancho promedio es más de un tercio de ese largo; aunque hay lugares donde estribaciones, labradas como contrafuertes de las dos cadenas, hacen disminuir notablemente el ancho entre las murallas de la cuenca. Al fondo, una llanura que se eleva suavemente hacia el este desde la base del confín occidental, es atravesada por el Maypu3 hacia el sur. Por el centro aparece el Mapocho; y aún más cerca de nosotros, en la base del cerro que ocupamos, fluye el Lampa –ambos afluentes del primero que nombramos, cuyos cursos están claramente delineados–. A dos terceras partes del óvalo4, y a ambos lados del Mapocho, se encuentra Santiago, apenas perceptible a tan gran distancia en razón de su estructura, la cantidad de álamos que contiene y que la circundan, y el majestuoso fondo de los Andes que aparentemente proyecta una sombra oscura sobre la ciudad; pero la vista rápidamente detecta entre el follaje oscuro un muro blanco y, ocasionalmente, la torre de una iglesia.

La aproximación desde el oeste carece de características interesantes –una tierra baldía, árida, incultivable y polvorienta con un ancho de una o dos millas– de miserables casuchas habitadas por una población descuidada y sucia, heraldos de calles suburbanas en muchas partes inmersas en el fango por descuido de las acequias. En ambos lados de la calle y a lo largo de una milla hay ranchos de adobe sin terminaciones con techos de paja rala5; la ausencia de chimeneas, los muros y techos abiertos, son sin duda indicios de la benevolencia del clima y la naturaleza desaprensiva de sus moradores. Filas de álamos italianos, manchas de flores en los jardines entretejidos con abundancia salvaje, hornos de barro para el pan esparcidos con formas similares a los panales de abeja de antiguos silabarios, y rústicas pérgolas con mesas que exhiben los panes a la venta aportan diversificación a esta descripción. Más allá, calles pavimentadas con guijarros pequeños de río, casas más compactas y pintadas a la cal, y policía montada en cada esquina, comprueban que se está en la ciudad fundada por Pedro de Valdivia en 1541. Si se llega durante las horas dedicadas al comercio, o más bien si se llega a esa hora del día que en otros lugares está dedicado al comercio, la impresión es fuerte. Sus largas calles están casi vacías. No hay vida, ni actividad, ningún movimiento habitual [176] a una capital por grande o pequeña que fuera, ni señales de comercio excepto por unos letreros rudos, pintados en los muros con una ortografía difícilmente reconocible como una mejora del castellano, aun contando con la venia de un cuerpo tan sabio como la Universidad de Chile. A menos que se trate de un grupo encadenado de prisioneros reparando una calle bajo la vigilancia de guardias armados, un huaso, o los aguateros que apuran el paso para llegar a casa, pocos están disponibles para saludar a un extranjero, desde los límites occidentales hasta la base del Santa Lucía; los almacenes están todos cerrados, y hasta la plaza está vacía.