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Este ensayo desenmascara las nuevas pedagogías que marginan los contenidos científicos y el prestigio del docente, un modelo que se reviste de modernidad e innovación con discursos pseudoprogresistas, pero que esconde un mensaje profundamente reaccionario. Durante las últimas décadas las administraciones públicas han impulsado cambios legislativos que han conducido a la degradación de la figura del docente. La desconfianza en su capacidad y autonomía los ha enterrado bajo cantidades ingentes de burocracia que entorpecen su labor. El desmantelamiento de la escuela pública, uno de los mayores proyectos emancipadores de la Historia, es un hecho. A la vez, aumentan los recursos destinados a escuelas concertadas y privadas. Pascual Gil reivindica la escuela pública como el lugar que debe promover el pensamiento y fomentar el espíritu crítico, para crear una sociedad más reflexiva, y para que los alumnos puedan ser dueños de sus vidas.
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Seitenzahl: 200
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Pascual Gil Gutiérrez
Schola delenda est?
A mis padres, Loli y Rafa,
y a mi mujer, Mirian,
que siempre están ahí para mí.
© de la obra: Pascual Gil Gutiérrez
© de la edición: Apostroph, edicions i propostes culturals, SLU
© de la cubierta: Apostroph
© de la fotografía de cubierta: Adam Jones, bajo licencia Creative Commons — Atribución-CompartirIgual 2.0 Genérica. Escuela abandonada - Pripyat Ghost Town - Zona de exclusión de Chernobyl - Norte de Ucrania - 08. 18 mayo 2016, 04:35. Modificada en encuadre (cubierta) y en color (páginas interiores).
ISBN: 978-84-124504-5-3
Edición: Apostroph
Corrección: Dièresi
Diseño de cubierta: Apostroph
Maquetación: Apostroph
Primera edición en papel: junio 2022
Primera edición digital: junio 2022
Apostroph, edicions i propostes culturals, SLU
www.apostroph.cat
Reservados todos los derechos, a excepción de la fotografía de la cubierta y el interior. No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su incorporación a un sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier medio (electrónico, mecánico, fotocopia, grabación u otros) sin autorización previa y por escrito de los titulares del copyright. La infracción de dichos derechos puede constituir un delito contra la propiedad intelectual.
Prólogo
Alienación, leyes educativas y ovnis
En otoño de 2020, Pascual Gil irrumpía en los llamados claustros virtuales con una columna que causó sensación: “Confesiones de un millennial”1, en la que, por una parte, nos compartía su experiencia como docente y, por otra, también la de quien acababa de dejar de ser alumno. Como profesor, Pascual Gil afirmaba que
[...] miro a mi alrededor, a mi contexto, a mi sociedad, a mis antiguos compañeros y solo constato el fracaso de 30 años de constructivismo, de 30 años de fe ciega en un paradigma educativo con mimbres cuasi religiosos.
Como exalumno aún muy cercano al otro lado del aula era todavía mucho más explícito:
El resultado real, el que no permite opinión, ha sido desmoralizador para nosotros, para los protagonistas. Ahí va: la vaciedad de estos planteamientos, escondida tras su pretenciosa y salvífica puesta en escena, solo nos despertaba desazón ante la insoportable obviedad de estar perdiendo el tiempo, de no estar aprendiendo nada en medio del sopor generalizado, de estar siendo tomados por tontos por alguien o por el sistema, de divagar soñolientos entre evidentes vaguedades.
Que un joven profesor de historia —Pascual tenía 25 años cuando escribió lo que antecede— desvelara lo que tantos otros sospechábamos, que el abuso de frivolidades neopedagógicas aburría en general al alumnado, fue importante. El alumnado no tiene nunca voz, ni se le escucha ni se le toma nunca en cuenta a la hora de elaborar las bobadas trufadas de patrañas que proceden de las altas esferas. Si a este aburrimiento le añadimos el evidente perjuicio que supone implementar sistemas de “alienación” —la palabra que, acertadamente, utiliza Pascual Gil para referirse a los pedagogismos mesiánicos—, el resultado vuelve a acercarse a lo “paranormal”. Cambiar una escuela que igual funcionaba o que lo hacía parcialmente por un sistema de alienación, es decir, una construcción claramente antiilustrada y antidemocrática, es el proceso que está ocurriendo ahora mismo, bajo la máscara de un falso debate enconado entre metodologías.
Es como si un colectivo se dividiera a la hora de decidir si una cartera es verde o azul mientras le estuviera siendo robada esa cartera llena de billetes de banco.
¡Qué diferencia entre lo que traen los nodos oficiales y lo que nos cuenta Pascual! ¿Aportamos un botón de muestra? Procedamos, un delirio leído cuando empezaba a pensar en lo que iba a escribir en este prólogo, de ayer mismo, 3 de septiembre de 2021: “El Gobierno intenta “exprimir” el diálogo con la comunidad educativa para sacar adelante las reformas con consenso”2. Analicen, por favor, el anterior titular, ni que sea para darse cuenta del nivel de surrealismo —o de “paranormalismo”, como escribe Gil— al que están llegando las cosas. La oración, además, nos proporciona una idea de cómo marchan los asuntos en este país. El deber de la sociedad civil, en este caso, la “comunidad educativa”, lo que se espera de ella, es que se sume a un “consenso”. Y el diálogo a “exprimir” debería servir para que llegue ese anhelado “consenso”. El problema es que esta nueva reforma educativa es ridícula. Ese el obstáculo real a la hora de “consensuar”. Una mente racional, o un trabajador mínimamente honrado, no puede aceptar lo que a todas luces es una disposición contra natura. Consensuar sin dialogar es una cosa imposible, un disparate puro. Pero es que la enseñanza sin enseñar que llevamos quince años soportando en este país no supone un punto de partida mucho más racional.
Donde no hay voluntad de hablar, donde no hay voluntad de construir democracia, no puede haber consenso. Las memeces oficiales han alcanzado tales cotas que han caído en el saco de las cosas que resultan insoportables para un público culto: los currículos parecen autoayuda, las bases teóricas, trufadas de tópicos y pseudociencia, podrían ir a parar al estante de la parapsicología y las crónicas de los buscadores de ovnis. De hecho cualquier material sobre ovnis o extraterrestres parece más probable y resulta más interesante que esa ya enorme balumba de majaderías que los docentes han de tomarse a chacota para no ponerse a llorar. Por no hablar de la humillación que supone tener que ser dirigido por quien no tiene ni la menor idea de lo que está hablando.
Por eso Pascual Gil es importante. Porque no sólo es un gran profesor y un agudo columnista, sino porque desafía de cara tanta mediocridad y tanta mentira. Digámoslo claro: la comunidad educativa está harta de bulos, de clasismo y de paraísos pintados. Hay sed de verdad, sed de democracia. Sed de altura, y hartazgo de mediocres perorando imposibles.
Lo cual no quiere decir que la ideología neoliberal dominante continúe arrasando con todo, generosamente financiada a través de capital privado y público.
Pascual es importante, en primer lugar, porque domina la prosa ensayística a la perfección. Porque está trabajando en su tesis doctoral, porque conoce a los clásicos. Porque acaba de hacer lo que al sistema le interesa que no haga nadie: convertirse en un ciudadano crítico, en un joven informado, que se lo ponga difícil a toda clase de tiranuelos cotidianos y mediocres encumbrados. Pascual es un humanista, digámoslo sin ambages, y cuando le preguntan cómo es posible que haya estudio y risas e interés en sus clases, responde que da clase. Y escribe sobre este hecho radical, el dar clase, desde la realidad de aula, en la que pasan cosas maravillosas que merecen ser protegidas: lecturas compartidas, debates, auténtico aprendizaje. A Pascual le apasionan la Revolución Francesa y los romanos. Es un hombre que sabe vivir y que sabe enseñar a pensar y a escribir.
Y ahora, además, hace libros.
En segundo lugar, porque Pascual Gil es un hombre libre. Esta condición no debería sorprendernos, pero en un país tan partidista y tan amigo del chanchullo y del pasteleo, esta limpieza moral es totalmente destacable. Lo que desvela este libro es de enorme interés civil. Gil consigue demostrar que las pedagogías centradas en la emocionalidad son focos de manipulación y de control social, y lo consigue con tal contundencia científica que haríamos bien en tenerle en cuenta y empezar a rectificar. No sólo desgrana los orígenes políticos e ideológicos del proceso actual de destrucción de la escuela pública, sino que va deshojando, una por una, cada una de las mentiras metodológicas y mitos en las que se basa nuestra legislación actual.
El problema es que los encargados de intentar esa gigantesca rectificación no entenderían ni media palabra de este libro o de otros parecidos.
Echen un vistazo a la bibliografía que cierra el volumen y llévense las manos a la cabeza. Todas las mentiras, todos los filosofemas cutres descartados desde hace años por la ciencia seria es lo que venimos aplicando últimamente para perjuicio irresponsable de nuestra juventud. Volver a una postura ilustrada resulta la única opción viable: de la milagrería sólo nos salvará ya no el racionalismo, sino la mera racionalidad.
No es bueno que una democracia se base durante tanto tiempo en la política ficción, en los fraudes de una clase antiintelectual engañosa. El 10 de mayo de 2015, desde las páginas de El Periódico, el pedagogo Gregorio Luri ya nos avisaba de que hacía demasiado tiempo que la política educativa española no era más que una fachada. Su columna se titulaba “Las leyes educativas como política ficción”3, y eso que la inquietante LOMLOE aún tardaría más de un lustro en llegar. Luri escribía, hace seis años ya:
Lo que me preocupa es si las metodologías que se ponen de moda están sustentadas en evidencias científicas o si solo son innovadoras. Hay una amplia literatura crítica con muchas de las prácticas que se presentan aquí como innovadoras, aunque tienen cien años de antigüedad.
Y más adelante:
Lo que las críticas a cada una de las leyes que hemos tenido ponen de manifiesto es que nuestros poderes públicos son incapaces de conseguir consensos amplios para sus propuestas.
Aquí seguimos encallados. Los poderes siguen improvisando basándose en modas, cada vez más alejados del sano reformismo y de toda racionalidad. Naturalmente, hacen el ridículo, pero esto no parece inquietarles. Porque aprueban medidas propagandísticas, sin ningún interés real por la mejora de las condiciones del aprendizaje.
Para mí es un honor que los editores de Schola delenda est? me hayan pedido prologar este ensayo sobre educación real, este ensayo sobre la mediocridad oficial. Porque mi papel consiste en estar con los jóvenes, manteniéndome yo mismo ágil y joven en la medida de lo posible, y lejos de los gerontocratismos que, por desgracia, siguen malogrando nuestra democracia. Por mucho que lo intenten, los Álvaro Marchesi, César Coll, Antonio Soler, Alejandro Tiana, Eduard Vallory, Mar Romera no lograrán convencerme. No lograrán convencernos con su nihilismo. Porque cualquier propuesta que se imponga por encima de la duda razonable y del diálogo leal llega deslegitimada por las malas formas. Y si además las imposiciones oficiales llegan impregnadas de misticismo patronal y de estamentalismo autoritario, los motivos para permanecer alerta se multiplican.
No, no me han convencido. A Pascual Gil tampoco. Pero tampoco a otras jóvenes investigadoras: Ani Pérez, o Marta Ferrero. Ellas recogen el testigo de otros escritores mayores que abrieron camino: Ricardo Moreno Castillo, Gregorio Luri, Alberto Royo, pero lo suyo nos interpela más, nos apetece más, porque su juventud nos confirma en la buena dirección. La del rigor científico, la del humanismo, la del diálogo y la inquietud social, limpia de hipotecas y de hipocresías. La dirección que apuntaba Marina Garcés con su Escuela de aprendices4. Y además nos permiten imaginar una nueva izquierda con responsabilidad civil.
Porque eso es lo que es Pascual Gil: un profesional responsable y de izquierdas. Nada más y nada menos que eso.
Estos investigadores jóvenes no son los cínicos que han redactado los adefesios legislativos habituales. Como me comentaba el también profesor y escritor Manuela Buriel hace poco en una mesa de un encuentro, “a pesar de todo, la vida se abre paso”. La juventud no es esta subclase sometida que pretenden acallar y sobornar con juguetes y condescendencia. Los mejores de nosotros nos exigen rigor y políticas contra la desigualdad. Los que se arrodillan ante la banca y la OCDE, y encima tienen la desfachatez de presentarse como reformistas humanitarios, aplicando recetarios vetustos y austericidas, trufados de tópicos, han perdido todo su crédito. Lo perdieron hace años y hace también décadas. Son la personificación de la somnolencia y la rutina. Si aguantan es por el apoyo de los partidos políticos y por los cheques de la banca. Contra esa masa de vejestorios mentales va dirigido este libro concreto y potente, la pregunta que lanza un joven profesor a la cara de los políticos mediocres que nos dirigen, que nos llenan cada día de vergüenza ajena: ¿por qué destruyen ustedes la educación pública? ¿De verdad no les da vergüenza?
Andreu Navarra
Badalona, 6 de octubre de 2021
Gil, Pascual. “Confesiones de un milennial”. Magisterio, 22 de septiembre de 2020. Disponible en: https://www.magisnet.com/2020/09/confesiones-de-un-millennial/
Omedes, Elena. “El Gobierno intenta ‘exprimir’ el diálogo con la comunidad educativa para sacar adelante las reformas con consenso”. 20 Minutos, 3 de septiembre de 2021. Disponible en: https://www.20minutos.es/noticia/4841638/0/el-gobierno-exprime-el-dialogo-con-los-actores-implicados-para-sacar-adelante-las-reformas-educativas/
Luri, Gregorio. “Las leyes educativas como política ficción”. El Periódico, 10 de mayo de 2015. Disponible en: https://www.elperiodico.com/es/opinion/20150510/las-leyes-educativas-como-politica-ficcion-4174347
Garcés, Marina. Escuela de aprendices. Galaxia Gutenberg, 2020.
Primera Parte
Del ser y el saber
Una escuela progresista incita a los estudiantes a descubrir el heliocentrismo por sí mismos1
Los niños descubrieron el fuego por su cuenta acercando lápices a los enchufes
Señalando que es poco pedagógico que el profesorado imponga sus ideas a los niños, los alumnos del colegio público Aloe Vera son forzados a descubrir por sí mismos que la Tierra gira alrededor del Sol, que los humanos descienden de otros mamíferos o que el lenguaje verbal puede plasmarse en papel mediante grafías sencillas.
“La educación siempre ha sido unidireccional: el alumno se limitaba a memorizar. Nosotros creemos que lo democrático es que el alumno recorra por sí mismo los 30 siglos de progreso científico que nos han llevado a la actualidad”, explica Marisa Fumetti, directora de la institución.
“Hay que poner el énfasis en una educación centrada en el aprendizaje y no en la enseñanza”, sentencia la profesora tras detallar que la clase de Primero C ha sido capaz de desarrollar un complejo sistema lingüístico basado en los golpes y los mordiscos. “¿Voy a imponerles mi propio paradigma alfabético? Eso es fascismo”, señala, insistiendo en que la “atención a la diversidad” debe ser un objetivo irrenunciable de los profesores.
“No se trata de enseñar al niño, se trata de que produzca conocimiento en un proceso de autoaprendizaje cooperativo”, insiste Fumetti, que señala como un éxito el hecho de que en Primaria haya niños capaces de resolver complejos problemas matemáticos abrazando a la profesora.
Aunque ninguno de los grupos del colegio Aloe Vera ha sido capaz de llegar al Renacimiento o a la Ilustración y la mayoría de ellos parecen anclados “en una suerte de alta Edad Media”, el profesorado insiste en que “no hay que bloquear nunca a un niño diciéndole que está equivocado porque tiene razón a su manera”.
Según este sistema pedagógico, el niño debe cuestionar, preguntar por qué, tener capacidad crítica y ser capaz de construir un telescopio con sus propias manos y observar los movimientos celestes durante 50 años para deducir que existen irregularidades en la trayectoria de los astros que sólo pueden explicarse si la Tierra no está situada en el centro del Universo.
A última hora del día, diversos niños han quemado viva a Laura Martínez, una de las mejores alumnas de Secundaria, después de que ella asegurara que los humanos y los gatos podrían tener un ancestro común.
Este artículo del diario satírico El Mundo Today muestra de una forma tan amena como ácida el nivel de absurdo al que se está llegando en el ámbito educativo. No es el único ejemplo, en el mismo diario on-line podemos leer “Maltratar al profesor de música refuerza la autoestima de los niños”2, o el impagable “Educación recupera como asignatura obligatoria la Medianidad (Durchschnittlichkeit) del Dasein de Martin Heidegger como inmediatez óntica del ente”3.
A pesar del humor, la idea que subyace a la sátira se me antoja realmente seria y trascendental. Carthago delenda est, —Cartago debe ser destruida— es la sentencia que la tradición atribuye al viejo Catón para coronar cada una de sus intervenciones ante el venerable Senado de Roma. Catón, político de raza y retórico incisivo, hacía referencia a la acuciante necesidad de acabar con el último obstáculo que se interponía entre la Ciudad Eterna y su visión imperial en torno al Mediterráneo.
Y es que creo que en más de un despacho empresarial, en más de un foro internacional y en más de una institución económica, puede incluso que en buena parte del espectro político con representación en los parlamentos, esta premisa se expresa en afirmativo. Como muestra:
“Transmitir la verdad ya no corresponde a la escuela”, sentenciaba sin ambages Miguel Berrero, director de la Fundación Santillana, perteneciente al Grupo Prisa, en la entrevista publicada en El País, perteneciente al mismo grupo, el 24 de septiembre de 20194. El título de este ensayo remeda al orador romano pero se cierra con un interrogante; quiero pensar que todavía queda tiempo para la reflexión y la oposición a las nuevas políticas educativas, antes de que la voluntad de unos pocos las convierta en un hecho consumado.
Lo políticamente incorrecto
Escribo esto con veinticinco años de edad, soy profesor de Historia y Geografía en la Enseñanza Secundaria y Bachillerato, y cuento con lo que considero una respetable formación materialista y clasicista. No puedo evitar sentir una honda preocupación por las derivas irracionales por las que navega el discurso de muchos opinadores de la educación. Demasiado a menudo la libertad de pensamiento y expresión se confunde con la vana opinión, y esto solo se agrava cuando la opinión se eleva a los altares como un derecho intocable, como pilar maestro del sagrado ego. También parece que el de opinar es el único derecho que estamos dispuestos a defender.
Sé que buena parte de lo que aquí expondré no casa con la tendencia discursiva habitual ni con lo políticamente correcto, incluso podría ser visto como antitético a la ortodoxia reinante; pero si lo políticamente correcto fuera inamovible, quizá todavía estaríamos interpretando augurios en el vuelo de los pájaros, sacrificando corderos al voluble Poseidón para calmar los mares o denunciando ante el Santo Oficio a nuestras vecinas pelirrojas por brujería.
Doy por buena la premisa de base hegeliana según la cual el mundo y lo que contiene se mueven y cambian —si bien puede que lentamente— por infatigable e imparable dialéctica de ideas, de clases y de materialidades. Lo que escribo quiere ser precisamente la contraparte necesaria para que esa dialéctica tan sana como implacable jamás cese, y menos en el ámbito de la educación, donde los vaivenes de las modas, los movimientos pendulares y las filtraciones ideológicas parecen ser la norma y se perpetúan in saecula saeculorum.
Este texto también quiere ser una mano tendida a los profesores que comparten mis inquietudes y un estímulo para invitar a la reflexión sobre el sentido de nuestra práctica docente. Más de una vez el árbol no deja ver el bosque, y los árboles que plantan ante nosotros son sospechosamente altos, gruesos y con un ramaje intrincado que apenas deja pasar el sol.
Elogio del saber
Y es precisamente tarea de la filosofía el revelar a los hombres la utilidad de lo inútil o, si se quiere, enseñarles a diferenciar entre dos sentidos diferentes de la palabra utilidad
Pierre Hadot
¿Por qué es necesario saber, discutir sobre el saber y definir el papel del saber en la sociedad y en la escuela? Como Hadot, y tal y como lo expone Nuccio Ordine en La utilidad de lo inútil5, son muchos los pensadores que establecen en la conciencia del saber, en la reflexión y en la duda, el punto exacto en el que el ser humano se empieza a distinguir del resto de los animales. No me cabe duda de que la Humanidad se elevó cuando traspasó el umbral del puro instinto y del inmediato utilitarismo, y empezó a cultivar el entendimiento como medio para ver la infinita utilidad de lo aparentemente inútil. Y en la cima de las inutilidades aparentes de este mundo se alzaba el saber.
El saber, de primeras tan inútil, se ha revelado a lo largo de la Historia como la única aspiración, la única meta que se justifica a sí misma sin necesitar de intermediarios y sin someterse a la lógica utilitarista del rápido beneficio económico. “Todos los hombres desean, por naturaleza, saber”, afirmaba sin rodeos Aristóteles para iniciar su Metafísica. Ninguna otra cosa como el saber ha contribuido al desarrollo material y, sobre todo, moral, de las sociedades. No puede haber nada más útil. El saber es en sí mismo, para nadie en particular y para todos al tiempo. En consecuencia, ningún derecho puede compararse al derecho a saber, del cual emanan el resto de los derechos, tanto en su contenido como en su legitimación.
Esta incansable pretensión de sabiduría es —o era— el competente centinela que garantizaba el cumplimiento del verdadero y genuino proyecto humanista, de esa dignitas hominis de la que nos hablaban Petrarca, Luis Vives, o el injustamente olvidado Pérez de Oliva. “Magnum, o Asclepi, miraculum est homo”, decía Pico della Mirandola en pleno siglo XV. La dignidad del hombre, nos dicen estos grandes nombres del Renacimiento, se concreta en el desarrollo vital del ser humano desde la autoconciencia y la capacidad de decisión, librándose de las ataduras supersticiosas y las creencias que lo reducían a la dependencia o la servidumbre, cuando no a la esclavitud. La condición irrenunciable para que se dé este desencadenamiento, esta liberación, lejos de basarse en construcciones líquidas y tautológicas que dan vueltas sobre la mera creencia o sobre un ego superficial y vacío, se fundamenta en la comprensión precisa y verdadera de lo real, del mundo, de sus causas y principios. Al menos, una comprensión tan precisa y tan verdadera como nos sea posible en cada momento.
Solo esta comprensión, este saber, y las dudas pertinentes que de él emanan es lo que nos puede convertir en sabios, luego en potenciales dueños responsables de nuestra vida. En tal punto, habremos llegado a la “suprema virtud” en boca de Aristóteles, a ese mínimo común múltiplo que nos preserva como individuos libres y dignos pero en común contemplación de la inopinable universalidad, eso que siempre hemos dado en llamar la Verdad o, al menos, la aproximación más perfecta a ella de que somos capaces sin dioses mediante.
En pocas palabras, la sabiduría es conditio sine qua non para la emancipación real de la persona y para la mejora de la vida en comunidad, en esa idea ahora dispersa y deformada que es la civitas. ¡Ay, la Civitas!, nos asalta un latinismo olvidado, del que se derivan ciudad, ciudadano y ciudadanía y que sintetiza con precisión la sublimación de nuestra natural condición gregaria. En definitiva, como dirían Miguel Bensayag y Gérard Schmit6:
Lo inútil produce lo que nos resulta más útil: es lo que crea sin atajos, sin ganar tiempo, al margen del espejismo forjado por la sociedad.
Y qué enormes, interesados y complejos espejismos nos está forjando nuestra sociedad, o los que la dominan, qué gigantescos y seductores árboles no nos dejan ver el bosque.
Puedo afirmar que en mi cotidianidad cada vez cuento con más evidencia de que esta concepción del saber, que ya hemos convenido en tratar como la inutilidad más útil, se confunde peligrosa e insistentemente con el utilitarismo propio del interés económico inmediato. Hecho que equivale a afirmar que las personas estamos empezando a convalidar irreflexivamente utilidad y utilitarismo, la qualitas y la quantitas, como si, después de todo, el saber se pudiera supeditar a las leyes del mercado. Sin duda, estos frecuentes y ya casi omnipresentes ataques que desacreditan, descartan, retuercen o deforman el saber, pueden desembocar en un suicidio social e individual de proporciones aún por determinar, pero ya me arriesgo a entrever una vuelta a la barbarie, al fanatismo y a la ley del más fuerte. Un neofeudalismo con tablet o una vuelta casi voluntaria a la esclavitud.
Muy contrariamente a esta visión, y aunque muchos actúen ignorándolo, el saber jamás se podrá subyugar por completo al mercado ni a sus leyes, y esto por dos razones. Para empezar, como he dicho, es el único bien que se justifica a sí mismo, se basta a sí mismo y jamás es medio para la obtención de cualquier otro bien superior porque ese sobreescalafón no existe. Como diríamos desde una perspectiva platónica, el saber ni siquiera es un bien, es el Bien, fuente irrenunciable de lo verdadero, lo justo y lo bello. Pero hay más, pues también es el único bien cuya gratuita transferencia de un sujeto a otro no empobrece a ninguna de las partes. Si yo, como profesor, comparto mi conocimiento con un alumno solo podemos ganar los dos y enriquecernos los dos. “Docendo discimus”, diría Séneca en sus cartas a Lucilio y no le faltaba un ápice de razón, pero enseñando de verdad y aprendiendo de verdad. Los que, con intereses espurios, pretendan otra cosa con respecto al saber se van a llevar una gran decepción, pues el saber es anterior y trasciende con mucho al mercado. El Homo Sapiens, incluso en plena cruzada por la desertización y el vaciado de las mentes, se resiste a reconvertirse en el Homo Oeconomicus, se resiste a degradarse a mero Homo Faber al tiempo que se cuida —o debería cuidarse— de sentirse un Homo Deus.
Siempre que alguien se ha creído con el derecho de moldear el mundo a su antojo, la ha tomado con el saber: han quemado bibliotecas, han destruido vestigios del pasado y han publicado índices de libros prohibidos. Lo hicieron los primeros cristianos en Alejandría, lo hizo el primer emperador de China barriendo todo lo anterior a él, lo hizo la Santa Inquisición para combatir la herejía, también lo hizo el macartismo para mantener la pureza ideológica. Pero ya el sapientísimo Benedetto Croce, a mediados del siglo XX en La fine della civiltà7
