Scream Queer 2 - Javier Parra - E-Book

Scream Queer 2 E-Book

Javier Parra

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Una regla no escrita del cine de terror es que si la primera parte funciona, prepárate para la secuela. Tres años después de Scream Queer. La representación LGTBIQ+ en el cine de terror, Javier Parra ha vuelto para abrirse en canal. Otra vez. Además de adentrarse en el ghosting, las relaciones tóxicas y otros horrores de la vida adulta, en las páginas de Scream Queer 2. La venganza encontraréis un nuevo repaso a películas de culto (desde ¿Qué fue de Baby Jane? a Caramelo asesino), la reivindicación de cineastas que forman parte del espectro de lo queer (Curtis Harrington, Frank Henenlotter y otros tantos) o la revisión de artefactos cinematográficos que se mueven en los límites del fantástico. Vuelven monstruos clásicos olvidados, las divagaciones en torno a La posesión de Zulawski, los cenobitas de la saga Hellraiser y las reinterpretaciones más actuales de la Nueva Carne. Alienígenas cachondos y criaturas tentaculares comparten espacio con un cine noir de corte perverso, dramas psicológicos que te hundirán en la miseria, porno arty que quiere ser fantastique y un montón de propuestas de ayer y de hoy alabadas por el colectivo LGTBIQA+.

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Seitenzahl: 206

Veröffentlichungsjahr: 2024

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SCREAM QUEER 2

LA VENGANZA

JAVIER PARRA

Primera edición: marzo de 2024

SCREAM QUEER 2. LA VENGANZA © 2024 Javier Parra

© de esta edición: Editorial Dos Bigotes, S.L.

Publicado por Editorial Dos Bigotes, S.L.

www.dosbigotes.es

ISBN: 978-84-127657-2-4

eISBN: 978-84-128338-7-4

Depósito legal: M-6084-2024

Impreso por Kadmos

www.kadmos.es

Las imágenes utilizadas en este libro se han empleado para ilustrar las referencias que se hacen en el texto.

Corrección: Laura Carpena

Diseño de colección:

Raúl Lázaro

www.escueladecebras.com

Todos los derechos reservados. La reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, deberá tener el permiso previo por escrito de la editorial.

El papel utilizado para la impresión de Scream Queer 2. La venganza es cien por cien libre de cloro y está calificado como papel reciclable.

Impreso en España — Printed in Spain

Índice

Prólogo: Cruelmente vuestro

1. Culto marica

2. El pasado siempre vuelve

3. Sexo, mentiras y vídeos: del ghosting al pornoterror

4. Viscosidad queer: monstruos y alienígenas cachondos

5. Me siento extraña

6. Homoerotismo camp

7. Este cuerpo me sienta de muerte

8. Podría destruirte

Epílogo: El futuro será queer (o no será)

Bibliografía

Filmografía seleccionada

A Àlex.Y a mis queridas Dani, Jose,Juanma, Aleix y Toni. SBP.

Prólogo

Cruelmente vuestro

Doce del mediodía. El sol quema los adoquines de la Via dei Fori Imperiali de Roma sin tregua alguna. Aunque estamos en marzo, la marca de bronceado de mi camiseta me dice que los días que llevo en la Ciudad Eterna ya me han convertido en lo que más odio: un turista achicharrado por el sol. De repente, me veo a mí mismo escribiendo algo así como un diario de viaje. ¿Qué soy ahora? ¿Un humanista?

Podréis pensar qué sentido tiene que empiece hablando de mi viaje a Roma. Inicié Scream Queer relatando mi stendhalazo en Los Ángeles y, como en toda secuela que se precie, no podía faltar una repetición de patrones para hacer que el público —en este caso, tú, querido lector— se sienta como en casa a través de los espacios comunes que puedan conectar con parte de aquel relato que me había hecho aterrizar en la capital italiana. Invertí parte de mi sueldo como escritor en cumplir uno de los sueños que tenía pendientes como historiador: perderme por las calles y las ruinas de la cuna de Europa. Desde la primera vez que había viajado solo años atrás, descubrí lo maravilloso que puede ser el encontrarte a ti mismo en soledad, poniendo en orden tus pensamientos y aprendiendo a socializar de una forma, podría decirse, casi de supervivencia.

Paseando entre ruinas y sobre adoquines centenarios, caigo en la obviedad que supone el sobrenombre de Ciudad Eterna. Me cuesta describir con palabras lo que mi cerebro sintió al toparme por primera vez con el Coliseo. Podría entrar en un sinfín de rocambolescas metáforas, pero seré claro y conciso: se me puso la carne de gallina. Literal. Tal vez fuese porque esa primera visión ocurrió ya caída la noche, haciendo que el juego de luces que lo alumbraba cual estrella de la función sirviera de herramienta para llevar a quien lo observaba a una especie de éxtasis monumental. Mi síndrome de Stendhal no tuvo que esperar a que visitase Florencia.

Casi en el mismo día que terminé Scream Queer, me había invadido la necesidad de explorar todas aquellas películas que se habían quedado fuera del proyecto. A medida que iban pasando los días, una watchlist privada de Letterboxd no dejaba de crecer y, con las temáticas de cada uno de los títulos empezando a adquirir cierta entidad propia, comenzó a dibujarse en mi mente la idea de llevar a cabo una secuela. Poco antes de la publicación del libro, Cassandra Peterson, la actriz que da vida a Elvira y a quien llevaba idolatrando desde pequeño, salía del armario en su autobiografía Cruelmente tuya, Elvira: Memorias de la reina de las tinieblas. Ahí confesaba que llevaba teniendo una relación desde 2003 con una mujer, a quien ella llama T.

«Seguía costándome mucho aceptar una relación con una mujer. Estaba muy confusa. Me sentía como una adolescente que decodificaba todas las chorradas sociales antiguas que había almacenado en mi mente sobre el género y la orientación sexual»1. En su relato, la actriz y estrella del universo del terror no solo se abre en canal para desgranar toda su vida profesional, sino que se sincera con el lector hasta el punto de confesarle al mundo algo que le había dado miedo sentir: «Me llevó algún tiempo procesar mi relación con T. Había sido heterosexual toda mi vida ¿y de repente me había vuelto lesbiana? Me estaba costando un montón asimilarlo»2.

Un poco más adelante, ella misma se pregunta si le estará fallando a sus fans al no ser la persona que creíamos que era. Nunca lo leerá, pero desde aquí me gustaría decirle que lo ha hecho genial, y que ella siempre fue, es y será un icono para las personas LGTBIQA+. Después de haber estado hablando de mis propios referentes, considero que no podía pasar por alto la confirmación de Peterson como persona no solo aliada del colectivo, sino también perteneciente a una de las siglas que lo conforman.

Volviendo a Roma, fue durante un trayecto en un destartalado autobús desde las afueras de la ciudad al centro cuando abrí mi cuaderno de notas. Sí, soy ese tipo de persona que cuando viaja lleva consigo una libreta —su portada es una imitación del Necronomicón—, donde anoto todos los proyectos que han ido surgiendo desde hace casi una década. Y ahí mismo, en algún lugar de la Via Appia entre las Catacumbas de San Sebastián y las Termas de Caracalla, escribí «San Sebastián, icono gay. Empieza por ahí». Acababa de hacer la ruta guiada por el interior de las catacumbas. Una turista inglesa y yo éramos los únicos que habíamos asistido a ese turno y estábamos a solas con el guía. Pensé que me iba a perder cuando me adentré en uno de los túneles sin iluminación, buscando hacerme un selfie dentro de ese imponente laberinto subterráneo. Me invadió una sensación de terror al recordar a los crawlers, las criaturas humanoides de The Descent (Neil Marshall, 2005), cuando el guía gritó mi nombre con su acento italiano para que regresara al camino marcado. Para quienes hayáis estado allí de visita, sabéis que el recorrido termina en el interior de la Basílica de San Sebastián Extramuros, donde se puede ver la solemne escultura de dicho santo, obra de Giuseppe Giorgetti.

Ahí fue donde experimenté algo cercano a un síndrome de Stendhal. Otro de tantos como los que llevaba sintiendo desde que había llegado a Roma. Advierto que mi intención no es querer sentirme reflejado en el mártir; eso ya lo hicieron Oscar Wilde y otros, a los que les quedó muy bien como parte del trabajo performativo dentro de su obra. Mi sentimiento hacia la figura es puramente estético, pudiendo extraer algo del significado de la persona en que se inspira, más leyenda que realidad y que es parte de los referentes del colectivo.

Como muchos sabréis, Sebastián de Milán fue un militar romano que había llegado a cónsul, y que fue asesinado durante la persecución que el emperador Diocleciano ordenó para acabar con los cristianos. Su veneración fue tal que llegó a convertirse en una suerte de figura pop para los artistas desde el siglo XV en adelante, quienes lo representaban maniatado a un árbol, semidesnudo, con flechas que atravesaban su cuerpo, a veces con aspecto de twink y de figura apolínea y con una mirada entre la sumisión y el placer. Amiga, date cuenta.

La leyenda —y aquí hemos venido a eso— cuenta que su trascendencia como icono gay se debe a un romance secreto: el que mantenía con el mismísimo emperador que le llevó a la muerte. Pese a que en su representación artística predominen las flechas en su cuerpo, la supuesta realidad es que consiguió sobrevivir a tal atrocidad, ocultado por sus amigos. Sin embargo, por no haber huido de Roma a tiempo, fue hallado por las tropas y azotado hasta la muerte. Por eso se le conoce como el patrón de los sádicos. A la romantización y erotización de un hombre sacrificado en el año 288 y convertido en símbolo del BDSM cabe añadir que, gracias a esa fuerza ante las adversidades de la vida, pasó a ser una especie de protector durante la epidemia de la peste negra. Siglos más tarde, en la década de 1980, se recuperaba esa imagen benefactora de protector durante los primeros años de la epidemia del VIH/sida.

Del mismo modo en el que San Sebastián se alzaba como paria y, por ende, como icono de un colectivo marginado, se revelaron ante mí un par de ejemplos de representación en los que no había pensado antes. En los días previos a mi viaje había vuelto a ver La cabaña en el bosque (The Cabin in the Woods, Drew Goddard, 2011). Es un espacio seguro donde me siento feliz y al que me gusta volver de manera periódica. Supongo que, teniendo aún ese visionado fresco en la memoria, se me presentó la idea de que el personaje de Marty Mikalski, al que interpreta Fran Kranz, pueda tener una lectura queer dentro del universo que propone la película. Quizá suene a estar forzando demasiado la maquinaria, pero dentro del espectro de lo no normativo, y pese a encajar en la heteronorma —aunque en sus límites—, la figura del nerd puede leerse como alegoría de lo queer. Que no haya mención alguna a su orientación sexual y que logre romper las cadenas que le atan a su arquetipo y sobrevivir son aspectos que le convierten en el verdadero héroe de la película. Aunque el apocalipsis vaya a desatarse igual en el desenlace.

En la misma línea que Marty Mikalski —y adelantándose a la construcción del personaje que ideó Kevin Williamson para crear a Randy Meeks en la primera entrega de Scream—, en There’s Nothing Out There (Rolfe Kanefsky, 1991) Craig Peck interpreta a Mike, un chaval obsesionado con las películas de terror. En una escapada junto a sus amigos para pasar un fin de semana en una cabaña en el bosque, será el primero en ser consciente de que hay un mal acechándolos que pretende acabar con todos ellos. No sospecha de que se trata de un extraterrestre con aspecto de rana que ha caído del cielo. Tampoco de que tiene el poder de hipnotizar a sus víctimas. Pero sí conoce las reglas no escritas de las películas de terror y se lo hará saber a sus amigos de forma reiterada. Eso sí, sin perder de vista en ningún momento a Nick (John Carhart III). Algunos dirán que solo son amigos, pero de esa relación se destila algo que ya habíamos visto otras veces y que va más allá de la amistad.

Cada uno es libre de escoger a quienes son sus referentes. Lo más gracioso de todo es descubrirme a mí mismo, como persona atea, iniciando un relato acerca de representación queer y cine de terror hablando de dos personajes arquetípicos clasificados como nerds, después de escribir sobre el icono de un mártir abrazado desde el sadomasoquismo. Y teniendo en cuenta algunos de los temas que van a ir surgiendo a lo largo del presente ensayo, me parece un inicio más que idóneo.

Ahora bien, hablemos del subtítulo La venganza. Todo empieza como un chiste en referencia a la coletilla que algunas segundas partes del cine de terror han utilizado para publicitarse. Este no es un libro sobre venganzas. Quizá lo sea si tengo en cuenta la catarsis que ha supuesto el poner por escrito algunos de mis traumas y experiencias personales. Y aquí es donde radica parte de la esencia de esta continuación. Porque una de las normas no escritas de las secuelas es la de ser más grande y dar más de lo que dio la anterior. Siempre sin joder a la original.

Ghosting, abusos, pornografía y varias vivencias más acompañan este nuevo recorrido a través de la representación LGTBIQA+ en el cine de terror y fantástico. Porque lo importante sigue siendo pensar las películas, volver a ellas y analizarlas desde la perspectiva que este trabajo me llevó a realizar hace ya unos años. Y siendo fiel al espíritu de Scream Queer, lo de abrir pequeñas ventanas a una suerte de diario de un marica en Barcelona va a seguir estando presente.

Me encontraba paseando por una de las ciudades que sirven de escenario a muchos gialli, a través del ecosistema en el que Argento ha desarrollado algunas de sus obras de terror estilizado. Podríamos decir que incluso barroco. Me fascinaban las fachadas del siglo XVII y las columnas imperiales, así como caminar por los sitios clave en los que él y Mario Bava estuvieron rodando. De haberme quedado más días, también me hubiese vuelto un poco loco por —o por culpa de— los chicos romanos. Andaba inmerso en mis pensamientos, elucubrando cómo podría comenzar este nuevo libro. El calor era sofocante y la mochila se me pegaba a la espalda. Había sido víctima de otro stendhalazo al contemplar de cerca el Moisés de Miguel Ángel, dentro de San Pietro in Vincoli. Necesitaba descansar un poco, estaba agotado. Creí que lo estaba de tanto subir y bajar escaleras. Aunque casi había olvidado que, unas horas antes, un chico llamado Matteo me había invitado a pasar un rato con él y un amigo suyo —de cuyo nombre no me acuerdo—. Aún no había leído La ciudad de los vivos3 de Nicola Lagioia, pero tampoco sé a quién pretendo engañar diciendo que, si hubiese estado en Roma después de leer el libro, no habría aceptado tal invitación. Estuvo muy bien, mucho mejor que otras experiencias. Pasados los meses, a través de Instagram le conté a Matteo que me estaba leyendo esa obra. Me dijo que había conocido a uno de los implicados en el caso. No quiso decirme quién y pensé que me estaba vacilando, pero tampoco ahondé en el asunto.

Sin embargo, y pese a haber hecho una ruta propia de turismo dark por la ciudad, lo más terrorífico de aquel viaje sí que tuvo que ver con las aplicaciones para citas. Y no hay nada más Scream Queer que eso.

Era la última noche y había quedado con un tipo que me contactó por Scruff. Habíamos estado hablando desde mi llegada y, por su trabajo, había sido imposible coincidir. Allí estaba yo, preparado para vivir una noche de ensueño, esperándolo en el sitio donde me había citado. No me voy a alargar mucho en lo que sucedió. Solo he de decir que fui víctima de catfish. Creo que, a estas alturas, a muchas personas nos ha pasado lo de encontrarnos con perfiles falsos en redes sociales. Lo que nunca había vivido es el momento del encuentro cara a cara. Supongo que él era consciente de que yo me había dado cuenta de que no solo no era el de las fotos, sino que el parecido era inexistente. Y durante un rato, me presté a jugar a su juego. Ver hasta dónde pretendía llegar con tal pantomima. El asunto me estaba pareciendo incluso un poco excitante. Pero al girar una esquina y encontrarnos ante una calle a oscuras, en la que —casualmente— vivía él —previamente me había contado que vivía en otra parte de la ciudad—, saltaron las alarmas. Fingí una llamada de teléfono y le dije que no iba a acompañarle a ningún lado. Volví por donde había venido, aligerando el paso y comprobando que no me seguía. Al llegar al metro, respiré tranquilo. Hasta que le vi bajar las escaleras. El cabrón sí me estaba siguiendo. El metro se fue antes de que él llegase al andén. No le volví a ver. Quizá exageré. O no, nunca lo sabremos. Imaginaos: yo creyéndome el protagonista de un neogiallo en la zona industrial de la ciudad. Seguro que hubiese salido en las noticias.

Otra vez la Nueva Carne

En mi primera noche en Roma, después de haber visto en el cine Occhiali neri (Dario Argento, 2022), tuve una cita en la que no voy a entrar en detalle. Solo diré que nunca había visto una mutación en el pene de semejantes características. Durante los días posteriores, aquella imagen había estado volviendo de forma reiterativa a mi mente. Quizá, por eso lo siguiente que anoté en mi cuaderno fue que seguiría hablando de la Nueva Carne. Y qué mejor manera de continuar en la línea de lo anterior que hacerlo directamente en el prólogo, antes de entrar en materia.

Hasta entonces, nunca había pensado en Society (Brian Yuzna, 1989) como una especie de oda al poliamor bisexual. Y supongo que después de pensarlo, ya no hay vuelta atrás. En la película, Billy Warlock interpreta a Bill Whitney, un joven de Beverly Hills que empieza a ser asediado por un montón de pensamientos intrusivos y situaciones grotescas. Todos ellos tienen que ver con su familia y un círculo de gente poderosa de la ciudad. Su pesadilla se hará realidad cuando el misterio se resuelva ante sus ojos: lo que creía que era una secta es en verdad un montón de criaturas viscosas que se derriten y recomponen uniéndose entre ellas, formando una serie de aberraciones neocárnicas que, más allá de suponer un claro relato que satiriza a las élites y se ríe de los ricos, se lee en clave queer desde el momento en el que no importa el sexo del ser con el que unirse. Una masa de carne y fluidos entregada únicamente al placer. Algo parecido a lo que llega a pasar, en determinado momento de la noche, en la sala de sofás en la parte de arriba del KitKatClub de Berlín. Y no lo digo porque me lo hayan contado.

En estos últimos años, David Cronenberg ha vuelto a adentrarse en aquello de la Nueva Carne, aunque haya quienes dicen que de forma menos evidente que en otras etapas de su carrera. Casi un cuarto de siglo después de eXistenZ (1999), el cineasta sumaba otra película de culto a su filmografía con Crímenes del futuro (Crimes of the Future, 2022). A pesar de compartir título con la cinta que él mismo dirigió en 1970, esta es una nueva historia cuya acción transcurre en un futuro indeterminado y en la que lo queer está presente de manera un poco tangencial en dos secundarias, Berst (Tanaya Beatty) y Dani (Nadia Litz), que parecen salidas de una película exploit de los setenta. Por otro lado, si tenemos en cuenta que la premisa es que las operaciones de cirugía han trascendido hasta tal nivel que sirven para crear transhumanos y que se puede modificar el funcionamiento de los órganos internos, el sexo pasa a un segundo plano. Ya se lo dice el personaje de Timlin (Kristen Stewart) a Tenser (Viggo Mortensen): «La cirugía es el nuevo sexo».

Otro que tampoco se ha salido mucho de la heteronorma es su hijo Brandon Cronenberg, quien en su tercer trabajo, Infinity Pool (2023), nos llevaba hasta una distopía en la isla ficticia de La Tolqa, un enclave de ensueño para ricos. Allí, Alexander Skarsgård —a quien tenemos la suerte de ver en plan sumiso de Mia Goth con una correa al cuello y caminando a cuatro a patas— se verá envuelto en una espiral de muerte, clones y más muerte. Cronenberg Jr. propone la típica reflexión acerca de los terribles pasatiempos de las clases pudientes y nos regala una orgía lisérgica bisexual que es utilizada como un simple golpe de efecto —por aquello de que la depravación a veces se escapa de lo hetero—.

El título que sí desafió las normas establecidas fue Titane (Julia Ducournau, 2021), segundo largometraje de la directora tras Crudo (Grave, ídem, 2016). En este, lo radical parte del hecho de que Alexia (Agathe Rousselle) queda embarazada de un Cadillac. Sin metáforas ni alegorías, Ducournau presentaba una revisión de los códigos de la Nueva Carne, en la que Alexia, personaje de género fluido, transformaba el mensaje de la película en parte de una nueva era donde la diversidad sí que viene a desafiar los límites impuestos por el heteropatriarcado. Coqueteando con el cine de engendros y mostrando un claro ejemplo de maternidad relacionado con el body horror, eran más que evidentes las comparaciones y conexiones con Crash (David Cronenberg, 1996) e incluso Christine (John Carpenter, 1983). En esta última —basada en la novela homónima de Stephen King publicada el mismo año—, Arnie (Keith Gordon) establecerá un extraño e íntimo vínculo con su nuevo coche, un Plymouth Fury de 1958 al que llama Christine. Poseído por una entidad maligna, el vehículo está dispuesto a dejar claro que la pansexualidad existe, más allá de ser una fantasía mecánica decidida a desatar su ira en forma de celos, acabando con todo aquel que se acerque al joven.

Siguiendo en esa línea, y alejándose ya un poco más de los preceptos de la Nueva Carne, existe cierta lectura marica en una película de culto de los setenta rodada para televisión. Me refiero a El diablo sobre ruedas (Duel, Steven Spielberg, 1971), o lo que vendría a ser la pesadilla para un hombre blanco heterosexual de clase media-alta, al sufrir en mitad de una carretera de Estados Unidos el asedio —o no— de un despiadado camionero. Analicemos los clichés: Dennis Weaver es David Mann, un daddy y empresario de la gran ciudad que, fuera de su ecosistema, tiene que lidiar con la rudeza de esos camioneros que invaden la carretera, enfrentándose al anonimato de las estaciones de servicio y temiendo por su vida porque un enorme camión quiere reventarlo por detrás. No estoy diciendo que en el guion de Richard Mattheson estuviese implícita la idea de que todo esto es una alegoría marica —y muy violenta, quizá hasta homófoba, según se mire— del cruising, pero creo que existen varias películas de Joe Gage sobre hombres rudos buscando sobrevivir en mitad del desierto que más o menos explican lo mismo sin metáforas.

Enlazando otra vez con la Nueva Carne, y pese a que ambas propuestas lo ejemplifiquen en su desenlace, es curioso que haya dos títulos del mismo año con hombres —o entidades que emulan serlo— embarazados y pariendo. Por una parte, en Resurrection (Andrew Semans, 2022), Rebecca Hall es Margaret, una ejecutiva de Nueva York cuya plácida y metódica existencia se ve perturbada por la aparición de una persona de su pasado, David (Tim Roth), con quien tuvo un hijo llamado Ben. La relación traumática entre ambos acaba desvelando que, hace tiempo, Margaret regresó un día a casa y David le dijo que se había comido a Ben, quien seguía vivo en su estómago. Tras desaparecer e intentar vivir con ello, el clímax vuelve a plantearnos la idea de que él sigue teniendo a su hijo en el estómago, al cual la protagonista liberará después de destripar a David. Como alegoría de la superación del trauma era genuina, pero como locura gore era todavía mejor.

Por otra parte, en Men (Alex Garland, 2022) Jessie Buckley es Harper, una joven que se retira a una casa de la campiña inglesa para recuperarse del trauma de la muerte de su marido, James (Paapa Essiedu), de quien ella se quería divorciar, harta de ser abusada emocionalmente. Al llegar a su retiro, la metáfora se vuelve a presentar bajo una premisa: la masculinidad tóxica se hará carne convirtiendo a todos los hombres en personajes que tienen el mismo rostro —aquí radica la maestría de Rory Kinnear, quien interpreta a casi una decena de personajes—. Al final, el horror puramente físico se desatará cuando esa criatura, que viene a representar a los hombres heteros, lleve a cabo un parto cíclico en el que, de cada una de las criaturas, surge un nuevo ser. Otra alegoría que en esta ocasión subraya que el machismo y el patriarcado son algo que lleva enseñándose generación tras generación, y que aquí Garland decidió mostrar a modo ultragore en alta definición.

Estos acercamientos recientes a la Nueva Carne constatan que la misma ha estado siempre ligada a lo queer, desvinculándose de las directrices marcadas por la heteronorma. Alrededor de esta idea gira el presente ensayo, concebido no solo como una ampliación del primer Scream Queer en base a las temáticas planteadas en aquel, sino también como una reflexión acerca del deseo, las pulsiones y las formas de relacionarse entre los maricas del siglo XXI.

Porque si los referentes LGTBIQA+ eran fundamentales para iniciar el discurso del anterior libro, no podía pasar por alto a Elvira como icono —y personaje clave para una generación de fans del terror con tendencia a lo dark— ni a San Sebastián como fetiche y adalid del BDSM, otro de los temas que, de una forma u otra, estarán presentes a través de películas y alguna que otra vivencia personal.

El cine de terror ha permanecido siendo el fiel compañero en quien confiar. Lo fue en mi adolescencia y lo es ahora, cuando me reconozco en situaciones que evocan a momentos vistos en la pantalla, ya sea mediante metáforas o por aquello de creernos que nuestras vidas son más excitantes de lo que lo son en realidad. Una válvula de escape en la que seguir encontrando ejemplos de representación del colectivo tanto positivos como problemáticos, en la que de nuevo aparecen las relaciones de poder, el homoerotismo que acompañó al despertar sexual de mi generación y pinceladas de ghosting, masculinidad tóxica y carencia de responsabilidad afectiva, confluyendo estas en diferentes géneros, desde el cine negro al drama psicológico pasando por el fantástico puro.

1 Peterson, C., 2022. P. 334.

2 Ídem. P. 335.

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