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SINOPSIS ¿Puede un hecho trágico desencadenar en el seno de una familia un proceso de crecimiento personal y colectivo que brinde un nuevo sentido a sus vidas y proyecte a sus miembros a asumir un compromiso responsable y duradero en beneficio de su entorno social? En este libro, Beatriz, la madre; Hugo, el padre y Julián Andrés, el hermano su experiencia de trabajo para la elaboración del duelo por la muerte de Hugo Alejandro, su hijo y hermano, quien a la salida de su universidad, fue baleado por unos asaltantes, muriendo 13 días después, el 27 de noviembre de 1991. Las 15 tareas del duelo relata las decisiones de una familia herida por la tragedia para dar una respuesta afectiva y efectiva a la pregunta: '¿qué debo hacer para que pase este dolor?'. A partir de su propia experiencia, elaboraron un posible camino de TAREAS y DECISIONES para aquellos que aún están perdidos en el dolor, y que comparten en estas páginas.
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Seitenzahl: 199
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Sentir, comprender y trascender tu duelo
© 2022, Beatriz López, Hugo Castelblanco y Julián A. Castelblanco L.
© 2022, Intermedio Editores S.A.S.
Primera edición, septiembre de 2022
Edición
Pilar Bolívar Carreño
Equipo editorial Intermedio Editores
Concepto gráfico, diseño y diagramación
Alexánder Cuéllar Burgos
Equipo editorial Intermedio Editores
Imagen de portada
iStockphoto
Intermedio Editores S.A.S.
Avenida Calle 26 No. 68B-70
www.eltiempo.com/intermedio
Bogotá, Colombia
Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo permiso escrito del editor.
ISBN:
ISBN 978-958-504-095-3
Impresión y encuadernación
Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions
Prefacio
Introducción
CAPÍTULO 1SENTIR EL DUELO
TAREA 1
EXPRESAR
TAREA 2
AMAR
TAREA 3
CUIDAR
TAREA 4
BUSCAR
TAREA 5
HABLAR
CAPÍTULO 2COMPRENDER EL DUELO
TAREA 6
ACEPTAR
TAREA 7
IDENTIFICAR
TAREA 8
SANAR
TAREA 9
ADAPTAR
TAREA 10
REUBICAR
CAPÍTULO 3TRASCENDER EL DUELO
TAREA 11
CRECER
TAREA 12
SERVIR
TAREA 13
CREER
TAREA 14
PARTICIPAR
TAREA 15
INVENTARIAR
Bibliografía Recomendada
“No te resignes, desapégate y libérate. Nada te hace perder más energía que resistir y pelear contra una situación que no puedes cambiar.”
DALAI LAMA
El 15 de noviembre de 1991, llamaron a nuestra casa en horas de la madrugada para informarnos que mi hermano había sido víctima de un asalto y se encontraba gravemente herido en un hospital de escasos recursos ubicado en las afueras de Bogotá.
El 27 de noviembre del mismo año, después de permanecer 13 días en coma en la Unidad de Cuidado Intensivo del Hospital San Ignacio, mi hermano murió.
Tres disparos en la cabeza y algunos más en su cuerpo, tras 19 años de existencia, dieron fin a su vida y, en ese entonces, a la nuestra a su lado.
Su muerte fue el inicio de un camino doloroso, pero al mismo tiempo transformador; donde, como familia, decidimos aceptar el reto de formularnos preguntas constantes sobre el papel de la muerte… de su muerte; y a través de ella, construir un nuevo significado para nuestras vidas.
Con frecuencia, familiares, amigos y conocidos, se acercaron a nosotros buscando aplacar nuestro dolor diciendo que no era útil, posible ni necesario tratar de buscar respuestas a los misterios de Dios. Con respeto los escuchamos; sin embargo, en familia, optamos por un camino diferente. La muerte de Hugo Alejandro trajo consigo interrogantes fundamentales sobre las bases de nuestra existencia; preguntas sobre las cuales nos era imposible continuar caminando como si no existieran, porque se enraizaban sobre la existencia misma. La vida de él, y su paso junto a nosotros, como hermano y como hijo, exigía por parte nuestra un esfuerzo por buscar respuestas; seguramente, no definitivas ni absolutas, pero necesarias para reconstruir lo que, hasta ese día, entendíamos como VIDA. No era posible continuar como si nada hubiera pasado. No era posible seguir creyendo que su muerte hacía parte de un misterio sobre el cual no teníamos permitido indagar.
Fue así como en esa búsqueda, nos encontramos personas que, en medio de dolores producidos por acontecimientos similares a los nuestros, tenían también sus propias inquietudes. Esto nos invitó a compartir nuestras reflexiones, sentimientos y experiencias; y en ese interesante intercambio, encontramos espacios donde no solo nosotros íbamos descubriendo nuestras íntimas respuestas, sino que, además, contribuíamos a que otros fueran encontrando caminos que les permitieran reconstruir su proyecto de vida desde su proceso de duelo. No creemos tener la verdad, pero sí podemos contar la versión de nuestra búsqueda, con la esperanza de aportar puntos de reflexión y emoción que contribuyan a que otros puedan descubrir piezas que les permitan armar su propio rompecabezas.
Este ejercicio de comunicación resultó ser una excelente terapia y, sin darnos cuenta, poco a poco, fuimos descubriendo que nuestro dolor se iba transformando y convirtiendo en un nuevo sentido de vida, ahora arraigado en una sensación solidaria que transformaba de manera maravillosa la muerte de Hugo Alejandro; y le imprimía un sentido profundo que permitía otorgarle dignidad a su ausencia física. Hoy tenemos otras preguntas que nos permiten continuar la búsqueda; pero ahora, nos gusta formularlas en comunidad y, a veces, aventurarnos a extender una posible y personal respuesta que puede ser útil.
Durante más de 30 años, hemos conocido miles de historias, tristes y esperanzadoras. Hemos compartido nuestras preguntas y reflexiones y escuchado sus interrogantes y opciones de vida surgidas a partir del dolor producido por la pérdida de un ser querido.
Y es, a partir de esta ‘puesta en común’ de sentimientos e ideas, desde donde elaboramos una propuesta que imprime un tinte práctico a un proceso emocionalmente complejo y personal. Nuestro objetivo es brindar una opción a la pregunta desgarradora de: ¿qué debo hacer para que pase este dolor? Sin lugar a dudas, cada respuesta es diferente, cada dolor es particular y único; sin embargo, nuestra propia experiencia, junto a la de las personas que han decidido compartir sus vivencias, nos han permitido elaborar un posible camino de TAREAS y DECISIONES sencillas y de aplicación diaria y cotidiana, que pueden resultar útiles a todos aquellos que aún están perdidos en medio del dolor y desean iniciar un nuevo camino de reconciliación con la vida.
No tenemos fórmulas mágicas; sencillamente ponemos en común una propuesta elaborada desde nuestro propio duelo y de la experiencia adquirida durante 31 años liderando grupos de apoyo en toda Latinoamérica. En esta, plasmamos las decisiones buenas y malas que hemos tomado en este camino y las compartimos con el corazón abierto con cada uno de nuestros lectores.
Las tareas del duelo son 15 acciones que invitan a tomar decisiones diarias de vida. Cada una de las TAREAS se presenta como objetivos generales de avance, desde donde queremos significar la invitación a generar movimiento. No es posible avanzar en un proceso de duelo pretendiendo permanecer inmóvil. Es necesario actuar; por tal razón, hemos optado por nombrar cada una de las TAREAS a través de estos 15 verbos:
* Expresar
* Amar
* Cuidar
* Buscar
* Hablar
* Aceptar
* Identificar
* Sanar
* Adaptar
* Reubicar
* Crecer
* Servir
* Creer
* Participar
* Inventariar
Cada uno de estos verbos busca significar parte de las emociones y reflexiones más comunes sentidas durante el duelo, y busca invitar a los ‘duelistas’ a vivirlas con intensidad buscando, da manera sana, vivir esta experiencia en su total y absoluta dimensión. Por tal razón, dentro de las TAREAS, incluimos DECISIONES que aterrizan la teoría en la práctica. Un proceso de duelo no es otra cosa que un camino donde constantemente tenemos que tomar decisiones. Estas, seguramente, podrían ser más acertadas en la medida que nos permitamos sentir nuestras emociones con libertad y nos vayamos dando la oportunidad de buscar salidas y decirle SÍ a la vida a pesar de todo, encontrándole un nuevo y más profundo sentido a la existencia.
Adicional a la estructura metodológica del libro, queremos contarte que este es un texto escrito a tres manos; o diríamos mejor, escrito no a través del duelo personal sino del duelo familiar. Hemos buscado abrir espacio para que el lector pueda contar con la perspectiva completa del duelo; desde el punto de vista de una madre, de un padre y de un hermano. Es así como cada tarea está detallada por el psicólogo Hugo Castelblanco, quien además de ser un profesional que ha dedicado su vida al acompañamiento del proceso de duelo, es una persona que perdió un hijo. Durante el transcurso del libro, también hemos incluido profundas, sinceras y emocionales reflexiones de Beatriz López, mi madre, quien ha decidido aportar desde su enorme madurez y conocimiento a partir de la experiencia de haber perdido un hijo y, desde este doloroso acontecimiento, acompañar a miles de madres que se han acercado a ella en busca de consuelo. Sus reflexiones serán, sin duda alguna, un remanso de sabiduría en medio de este escrito. Finalmente, yo, desde mi perspectiva de hijo, que sufrió la pérdida de un hermano, escribo las DECISIONES. Busco narrar lo que viví yo y lo que entendí, experimentaron mis padres. A modo de cronista, he buscado recopilar acontecimientos particulares de cada uno, para aterrizar lo conceptual en la práctica y no caer en el error de moralizar o teorizar una experiencia que se vive directamente desde el corazón.
Pensamos que contar con la voz de cada uno de los protagonistas es sumar herramientas que pueden brindar una perspectiva completa y que podrían contribuir a generar una mayor sensación de empatía en nuestros lectores.
Te invitamos a que leas cada TAREA diariamente, si lo sientes necesario. Reflexiones con la perspectiva de una madre y trabajes las DECISIONES cotidianas que cada una de ella propone. Avanza en ellas en la medida que sientas que puedes hacerlo. Esperamos que esta invitación a la acción, pueda ser una guía útil en tu proceso de duelo. BIENVENIDO.
TAREA 1
Expresar
HUGO CASTELBLANCO
Expresa tu dolor con dignidad y honestidad. Sin reprimirte ni aislarte, sin victimizarte. En esta tarea la palabra fundamental a recordar es el verbo EXPRESAR. Pero, ¿por qué expresar?
Durante los primeros días del duelo nuestra tendencia es a aislarnos y no hablar. Muchas veces a guardar nuestras emociones por el temor a molestar o hacer daño a los seres queridos que están compartiendo con nosotros este duelo, o a las personas que nos acompañan. El dolor molesta, las lágrimas molestan. Cuando vemos a una persona llorando nos sentimos tentados a decirle: “no llores que eso te hace daño”, pero la verdad es que nos está molestando. El llanto está diseñado para molestarnos.
Desde el momento que nace un niño, su llanto tiene como objetivo molestar a la madre para que ella lo atienda, lo alimente… despierte. Y sigue siendo así durante el resto de la vida. El llanto no es agradable, oír llorar no genera placer, ni a nosotros ni a quienes lo escuchan, o por lo menos eso pensamos; sin embargo, el llanto tiene un sentido, una importancia y una necesidad. Cuando hay que llorar, hay que llorar; cuando sentimos tristeza, lloramos.
Debemos saber que expresar es importante. Expresar con nuestro cuerpo, con nuestras palabras, con nuestro llanto. Si existe un instante importante para expresar las emociones que estamos sintiendo, es este primer momento de nuestro duelo. Ahora es tiempo de llorar.
Dice Lope de Vega: “No sé yo que haya en el mundo palabras tan eficientes ni oradores tan elocuentes como las lágrimas”. Es tiempo de llorar, de expresar la rabia que estamos experimentando ante la muerte de nuestro ser querido. Es tiempo de comunicar el miedo que sentimos por su ausencia, o tal vez, por su presencia insospechada. Es tiempo de expresar nuestro descontento o nuestra impotencia. Protestar es bueno. Es tiempo del desconcierto y la desilusión. De poder decir que estamos destruidos o desorientados. En pocas palabras; es tiempo de aceptar que somos vulnerables. Por eso lloramos. Muy frecuentemente las lágrimas son la última sonrisa del amor. La mejor compañía, por eso, no es la de aquel que viene a evitar tu llanto sino la de aquel que viene a llorar contigo.
El llanto, el reclamo e incluso, la melancolía son emociones tan válidas en momentos de dolor como son la risa, la aceptación y el gozo en los momentos de felicidad. Todas ellas son expresiones de nuestra humanidad y por lo tanto no debemos reprimirlas. Todas ellas son la garantía de sabernos vulnerables y eso nos invita a buscar ayuda. Alguna vez que me encontraba en una situación difícil porque estaba en un río y la corriente había crecido un poco y tenía problemas para caminar sin caerme, se acercó una persona mucho más joven y me dijo: “¿le ayudo?”, y yo le respondí: “no gracias, ahora no necesito”. Él se quedó mirándome con una expresión de comprensión y me dijo: “señor, permítame ayudarle, recuerde que el cementerio está lleno de valientes”.
Has perdido un ser querido y este acontecimiento, naturalmente genera dolor; y, es normal, que ese dolor se exprese a través del llanto y la desesperación. Permítete vivir este momento en su total intensidad y aceptar que somos vulnerables.
Decisión 1: Dejarse estar.
JULIÁN A. CASTELBLANCO
Durante todo este proceso de las tareas del duelo, buscaré compartir con todos ustedes la experiencia que experimentamos como familia a partir de la muerte de mi hermano; con el objetivo de reflexionar en conjunto sobre aquellas acciones y decisiones que tomamos de manera errada o correcta, y que, de alguna manera, contribuyeron (o no) a que juntos lográramos trascender su muerte hacia una reelaboración de nuestro propio sentido de vida.
Una vez más insisto en que no pretendo moralizar o dictar doctrina sobre el deber ser del duelo. No es posible ni deseable. Lo único que busco es compartir una vivencia para que cada uno de ustedes pueda extraer sus propias conclusiones, aceptando y adoptando aquello que, en su propio duelo, pueda serle útil, y desechando lo que considere no tiene cabida dentro de su proceso.
Mi hermano había ingresado en horas de la madrugada a la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital San Ignacio de la Universidad Javeriana de Bogotá, con un cuadro poco alentador. Su actividad cerebral se encontraba en 1, dentro de una escala de 1 a 10, siendo 10 el nivel óptimo. Los médicos esperaban su muerte en menos de 24 horas.
Durante todo el día, mi preocupación, como joven de 15 años en aquel entonces, fue acompañar a mis padres mientras intentaba entender qué carajos estaba pasando. La vida se me fue en automático y respondía a cada una de las peticiones de mis padres por instinto y algo de sentido solidario.
No lloré, no recriminé, no grité… no expresé absolutamente ningún sentimiento diferente al desconcierto producido por una noticia que rompía cualquier proyección de futuro que pudiéramos imaginar.
En la noche, uno de los sacerdotes de la universidad, gran amigo y asesor espiritual de mi padre, me preguntó si quería ver a mi hermano. La Unidad de Cuidados Intensivos es un lugar restringido y yo no lo había visto desde hacía dos días, cuando salió por última vez de la casa rumbo a su universidad.
Acepté con la ilusión de encontrarlo de nuevo, pero también, hoy creo, que con algo de inocencia e ignorancia sobre lo que estaba próximo a vivir. La primera imagen que tengo en mi cabeza es atravesar una puerta para posteriormente recorrer un corredor largo, de luz pálida y paredes blancas perfectamente pintadas. Al fondo, una especie de centro de mando desde donde los médicos podían ver a cada uno de los pacientes, dispuestos a su alrededor en camillas y separados unos de otros por delgadas telas con olor a cloro.
Mi hermano se encontraba a la derecha… o eso me dijeron porque estaba irreconocible. Calculo que por su boca entraban entre tres o cuatro tubos diferentes. Su rostro se alcanzaba a ver, entre las vendas que lo cubrían, completamente inflamado. Me acerqué y solo alcancé a decir “hola”, para por primera vez, desde que nos dieron la noticia, romper en llanto… desgarrador, invadido de dolor, rabia, frustración… La puta vida me acababa de dar un golpe de knockout.
El sacerdote amigo me sacó de inmediato del lugar. De regreso por ese corredor, alcanzaba a ver a mi madre al fondo, esperando por mí. A mis 15 años solo quise abrazarla con fuerza mientras ella, llorando a mi lado me decía: “llora, llora que tú no lo has hecho… llora todo lo que quieras”… ¡QUÉ DESCANSO!
Ese momento, hoy a mis 46 años, lo recuerdo como el inicio de mi gestión hacia el proceso de duelo. Podríamos decir que el duelo inició en el mismo instante que llamaron a la casa para decirnos que mi hermano se encontraba en el hospital; pero desde esa noticia hasta la noche donde decidí entrar a verlo estaba en automático, técnicamente dirían que me encontraba en negación. Una manera rápida para salir de ese estado fue entrar a verlo. La realidad me golpeó con tanta claridad y brutalidad que fue imposible negarla. Sin embargo, a pesar de la crudeza de la experiencia, con el tiempo creo que este recuerdo vale la pena por el abrazo posterior de mi mamá y mis lágrimas desgarradoras cayendo sobre sus hombros.
Hoy creo firmemente que expresar el dolor ante la pérdida de un ser querido, con furia, con pasión, con la emoción que la situación exige, es el acto de mayor sanidad que se puede experimentar. Hay un dolor interior inmenso, y la naturaleza nos invita a expresarlo para iniciar el proceso de sanación.
Saberse fuerte ni siquiera alimenta al ego en esos instantes. Es necesario llorar, es necesario y sano expresar dolor, rabia, frustración, impotencia… ES NECESARIO SENTIR lo que se debe sentir cuando alguien que queremos ha partido. Rebelarse contra el mundo, o contra Dios (si eres creyente). Ya habrá tiempo para reconstruir la relación con él si así lo deseas, y muy seguramente ese Dios en medio de su infinito amor, sabrá entenderlo y aceptarlo; pero este primer instante de rebeldía y rabia es la mayor acción de sanidad mental que podemos experimentar.
Así que, la invitación en esta TAREA 1 (Expresar) es a tomar la DECISIÓN de darse la oportunidad de sentir; sobre todo si tu duelo es muy reciente. Si quieres llorar… llora y siente el sinsentido de la tragedia. Este es un primer paso que hay que asumir, en el tiempo que se debe vivir y en su justa medida de acuerdo a las circunstancias. No es momento aún de profundizar o elaborar reflexiones complejas. Durante estos días, busca un espacio, en soledad o en compañía, y date la oportunidad de EXPRESAR.
Decisión 2: Pero… ¿Cómo expresar?
Hemos hablado de la necesidad de llorar, de sentir rabia, dolor, angustia, desespero, frustración; en definitiva, de la necesidad de ‘dejarnos ser’ y permitir que nuestro cuerpo y nuestras expresiones sean consecuentes con esos sentimientos naturales que se experimentan ante la muerte de un ser querido. Sin embargo, en la medida que pasan los días, es necesario que, además de las lágrimas, vayas incluyendo maneras diferentes de expresión. Llorar es deseable, es sano, es necesario; pero llorar todo el tiempo y de manera incontrolable y eterna, puede comenzar a convertirse en un problema que podría llevarte a experimentar episodios de depresión que, seguramente, tendrán que ser tratados por un profesional.
Mi hermano cursaba primer semestre de diseño industrial. Una de sus pasiones, además de la música, fue el dibujo. Después de su muerte nos encontramos algunos de sus cuadernos de estudio, los cuales antes de tener apuntes de clase, contenían increíbles caricaturas y dibujos. Por otro lado, a mi mamá nunca la vi coger un lápiz para hacer un diseño. La música era lo suyo. Sin embargo, después de la muerte de Hugo Alejandro, y llorar todo lo que una madre puede llorar, y un poco más; un día, decidió coger un pincel e intentar hacer un cuadro. Fue entonces cuando descubrió que tenía talento para la pintura, un talento que desde su nacimiento se encontraba escondido. La pintura entonces, se convirtió en su nuevo llanto. Con el tiempo, este llanto inicial se fue transformando en otras emociones, incluso de felicidad. El arte es una manera de evolucionar en la forma como expresamos nuestros sentimientos.
En mi caso, la escritura y la música fueron mis compañeros de tristeza. Lo que para mí fue muy útil, porque inevitablemente en la música encontraba espacios de alegría cuando me reunía con mis amigos. Entonces, sin dejar de recordar a mi hermano, comencé a construir una nueva relación con su recuerdo. La música no solo me acompañaba en mis momentos de soledad y melancolía; también estaba en las fiestas e instantes de locura y diversión; y en los dos momentos estaba mi hermano presente.
Desde mi experiencia y la de mi familia, entonces, puedo decir que esa TAREA diaria de expresar nuestras emociones producidas por la muerte de mi hermano, con libertad y verdad; con el tiempo, se fue madurando a través de pequeñas DECISIONES. Inicialmente la DECISIÓN de llorar y gritar. Posteriormente la DECISIÓN de canalizar cada una de las emociones a través de una canción, una pintura o un escrito.
No importa si eres bueno o no para cantar, pintar o escribir; lo importante es la intención de plasmar tus emociones de una manera diferente para que el llanto natural y necesario vaya evolucionando con el objetivo de construir una relación diferente con tu ser querido y con tu interior.
Es tiempo entonces, durante el transcurso de esta primera TAREA (Expresar) que comiences a trabajar una segunda DECISIÓN: Expresar tus emociones a través de un mecanismo diferente al llanto. El arte, por medio de la música, la pintura o la escritura, pueden ser un buen punto de partida; sin embargo, no son los únicos. Nuestra propuesta es que, durante los siguientes días, DECIDAS buscar una alternativa distinta para expresar tus emociones. Ojo, no se trata de coartar los sentimientos, sino de canalizarlos de una manera diferente. TAREAS y DECISIONES… ahí está la clave de una buena gestión del proceso de duelo.
Decisión 3: No estás solo.
Hemos venido reflexionando sobre la necesidad de expresar nuestras emociones y pensamientos como primera y primordial TAREA del duelo ante la pérdida de un ser querido.
Comentamos que esta TAREA trae consigo DECISIONES cotidianas que nos permitirán afrontar con dignidad el dolor de su ausencia. Expresar emociones de manera libre a través del llanto o cualquier otra manifestación emocional natural y necesaria. De igual manera compartí, por medio de nuestra experiencia familiar y personal, que después del llanto llegó la oportunidad de continuar comunicando el dolor, la tristeza y las futuras alegrías por medio de la pintura, la escritura y la música; actividades que nos permitieron construir una nueva manera de relacionarnos con su muerte y los sentimientos que esta nos generaba.
Ahora quiero compartir la última DECISIÓN ante esta primera TAREA, a la que he titulado: No estás solo. Para muchos, es un paso difícil de dar porque nuestro primer impulso ante el dolor es aislarnos, sentir que nadie comprende nuestra pena. A veces tendemos a creer que nuestras lágrimas incomodan a las personas que están a nuestro lado, por lo que optamos por aislarnos. Sin duda alguna, una vez más, esta es una sensación natural que se asienta sobre evidencias objetivas. El llanto está diseñado para incomodar, para encender las alarmas. Pero al mismo tiempo, está atado a la necesidad de nuestro cuerpo de desahogar; a modo de olla de presión. El llanto incomoda, pero también libera. Esta ‘contradicción’ tiene, en sí misma, una hermosa llave de salida. Cuando logramos llorar en compañía de quienes amamos y nos aman, encontramos un escalón mágico para trascender en nuestro dolor.
Algo que recuerdo hoy, con inmensa alegría, del funeral de mi hermano, fue ver la iglesia y el cementerio repletos de personas que acompañaban nuestra pena. Mientras yo, el único hermano, había sido elegido, por derecho, para cargar una de las manijas de su ataúd y entrarlo a la iglesia, podía ver en medio de mi llanto incontrolado, que la iglesia estaba a reventar. Reconocía muchos rostros; sin embargo, y esto fue asombroso, había personas que no alcanzaba a identificar. Posteriormente, por algún comentario o noticia que nos llegaban de distintas maneras, entendíamos quién era y en qué momento de nuestra vida nos habíamos encontrado. Muchos de ellos llegaron sin invitación, con algunos no nos hablábamos hace muchos años. Amigos de mis padres del colegio que nunca se habían vuelto a ver después de la graduación… ahí estaban.
En el cementerio, antes de comenzar la ceremonia, vi que llegaba un bus que me parecía familiar. Yo estaba cursando noveno grado de bachillerato en el colegio San Bartolomé La Merced. Ese día, el colegio tenía su encuentro semanal en el coliseo. Antes de dar inicio a su programa, el rector les pidió a todos mis amigos del salón que se retiraran del lugar y se dirigieran hacia un bus que los esperaba en la cancha de la institución. “Su deber hoy, es acompañar; brindar cariño en medio de la adversidad”. De ese bus que paró a unos cuantos metros de lo que sería la tumba de mi hermano, se bajaron todos mis amigos de curso, perfectamente uniformados, para acompañarme.
Es curioso que hoy, tantos años después, Los recuerdos que tengo de uno de los días más difíciles de mi vida, se disputen entre el dolor y la inmensa alegría de sentirme acompañado. Dolía… pero no estaba solo.
