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Ser malo es bueno es una obra que puede calificarse dentro de los cánones del ensayo, humor y autoayuda, los tres géneros a la vez, ingeniosamente entremezclados para demostrar, siguiendo el mensaje de los clásicos refranes, que no es oro todo lo que reluce y que del dicho al hecho hay un gran trecho.
Las verdades que nos han infundido como eternas dejan de serlo al descubrir una realidad que es más prosaica pero que está llena de emoción infinita y diversa.
Una sabia mezcla que nos permite, de forma práctica, dejar de vivir en un mundo de fantasía, apoyado por la educación religiosa a la que estuvimos sometidos, y reconocer que hay muchas maneras de ser bueno o malo, algunas muy sibilinas, pero que tienen un significado en la sociedad actual que debe iluminar nuestra diaria actividad.
EL AUTOR
Ricardo Rabella Bahillo nació en Barcelona, en 1936. Profesor mercantil y técnico de publicidad, cursó Ciencias Económicas en la Universidad de Barcelona, de la que ha sido profesor de Comunicación. También ha sido director de varias agencias de publicidad, así como asesor de imagen y comunicación de diferentes personalidades, entidades y partidos políticos.
Ya ha publicado más de cinco novelas.
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Seitenzahl: 143
Veröffentlichungsjahr: 2014
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A mi nieta, Clara:
Algún día los científicos lograrán, y a lo mejor tú colaborarás en ello, construir la estructura genética de una buena persona, pero antes deberemos definir qué es una buena persona.
Mi afán es comprender… Y no estorbar. José Luis Sampedro
La lucidez es un bien escaso. Y la bondad, no digamos. Bienes escasos en un universo en el que son cada vez más necesarios.
Un buen amigo al que conozco desde hace años tiene por costumbre repetir el aforismo “la consciencia es una mutación letal”. Lo hace muy a menudo, como una letanía, y te lo endosa casi cada vez que te lo encuentras. Es sin duda una persona lúcida y sensible que utiliza el dicho para referirse al sufrimiento inevitable que surge al mirar el mundo y constatar, día a día, sus miserias, injusticias, abusos, ignominias y la falta de sentido, y el dolor y el sufrimiento que de ellos se desprende.
Sí, la consciencia puede ser una mutación letal, porque nos abre los ojos y el sentir, porque nos confronta con una realidad que demasiado a menudo es hiriente, dolorosa, indigerible. Y sí, la vida, el mundo, nos duele más cuánta más lucidez contenemos y más anhelo de bien, de bondad, de belleza, de justicia vive en uno.
José Luis Sampedro, que era lúcido y bueno, afirmaba que él simplemente pretendía “comprender y no estorbar”. A nada más puede aspirar un ser humano lúcido (comprender) y bueno (no estorbar). Quizás la máxima expresión de la bondad sea esa, no estorbar y, además, compartir la sabiduría que uno va adquiriendo en el vivir, mirando la existencia con los ojos bien abiertos y presentarla a aquellos que la buscan de manera sencilla. Pero no hay tantos sujetos que cumplan ambas condiciones. Son una rareza, la excepción. Sin duda, deberían ser declarados especie protegida.
Frente al dolor de la consciencia que se remueve tenemos varias posibilidades: la acción (algunos dirán que ingenua) de procurar hacer algo, por pequeño que sea, para sembrar posibilidades para el sentido, la belleza y la bondad. La otra opción es una vacuna autoadministrada para poder avanzar en esta vida sin engañarse, sin quererse engañar y, a pesar de todo, soportar la embestida: el humor y, específicamente, la ironía son el recurso que nos permite seguir mirando el mundo sin que el dolor nos enloquezca o ciegue.
La ironía es el salvavidas que lanza la inteligencia al corazón que se ahoga. Siempre he pensado que el cínico era antaño un lúcido que vio su amor profundamente traicionado. La ironía es una vacuna que nos permite mirar el mundo y aplicar la sorna y la retranca necesaria que surgen de la inteligencia, y leerlo desde la paradoja para evitar que la cabeza nos estalle.
Cuando Teresa de Calcuta afirmaba, convencida: “Es mejor dar que recibir”, proclamaba la generosidad y la entrega como caminos. Lo hacía de corazón, convencida y sincera. Su vida fue testigo de ello. Mike Tyson, el contundente boxeador, utilizaba la misma frase, idéntica, para proclamar su postura existencial, cargado de ironía. “Es mejor dar que recibir”, decía Tyson a los medios antes de comenzar un combate. Él hacía justicia al título de este libro, Ser malo es bueno, y lo hacía desde su experiencia, puro instinto de supervivencia y ambición combinadas. Cada cual miraba el mundo a su manera, y la misma tesis encajaba en sus posturas existenciales perfectamente. La primera, desde el corazón elevado; el segundo, desde un corazón golpeado.
En efecto, quien ha nacido bueno y lúcido necesita, a partir de cierto momento de su camino, el recurso de la ironía para hacer más digerible la vida. La paradoja es que es imposible la ironía si quien la expresa no es inteligente y, a la vez, se siente profundamente decepcionado por la miseria observada en la naturaleza del ser humano.
Y este (creo) es el caso de Ricard Rabella. Conozco a Ricard desde hace unos años. Hablando en propiedad no somos amigos, somos más bien conocidos. Nuestros encuentros han sido breves pero cordiales. Hemos compartido algunas conversaciones interesantes. Ricardo es un hombre amable e ilustrado. Discreto, gran observador, escucha más de lo que habla, pero cuando se expresa es brillante. Una persona con la que da gusto compartir un tiempo de tertulia. Basta leer los breves opúsculos que Ricard nos regala cada año a sus amigos y conocidos, bajo el título de L’Esdeveniment (El Acontecimiento), con finas observaciones expresadas en aforismos sobre la naturaleza humana, para acercarnos su talento. Sutil, fino, irónico, expresa una mirada profunda sobre la realidad que da como resultado máximas punzantes, hilarantes en ocasiones, hirientes en otras. Su mirada taladra, no perdona, se expresa sin tapujos. Su verbo manifiesta la lucidez del niño del cuento de Andersen que se atreve a decir lo que otros ven pero no tienen el coraje de proclamar: “¡El Rey está desnudo!”.
En efecto, la mirada de Ricard no miente, ni se miente. Eso es lo que podemos encontrar en las páginas que siguen: un ejercicio de lucidez que se apalanca en ironía de primer nivel, de primera división. Una ironía que solo puede nacer de la mirada de alguien consciente y bueno, que quiere comprender y no estorbar, que cita a enormes referentes del pensamiento clásico y contemporáneo con profusión, encontrando el momento preciso para la cita que combina con la reflexión de primera mano elaborada y cocida a fuego lento. Alguien que ha leído (y mucho), y que ha reflexionado (y mucho) sobre eso que se viene a llamar la “naturaleza humana”. Por ese motivo leerle provoca, sorprende, azuza. Personalmente, si no hubiera leído este libro desde el prisma de la ironía, mi estado de ánimo estaría por los suelos. Porque Ricardo retrata con tal sagacidad y sutileza las paradojas de la naturaleza humana y del mal, que a uno le acaba doliendo el alma aunque tenga serias dudas sobre su propia existencia. Otras veces, la carcajada es inevitable, de tan brutal y, a la vez, fina que es la descripción que hace Ricard de nuestras miserias. Se mueve en las paradojas al límite, ese es otro de sus dones. Ignoro si busca provocar la catarsis, pero el caso es que lo consigue. Es un radical, pero de los buenos. Por ello, este es un libro que merece la pena ser leído, porque nos presenta los límites de lo humano con una mirada sagaz y con un corazón latiente.
Les deseo que el viaje sea tan ameno, provocador y sorprendente como lo ha sido para mí. Saldrán de él sacudidos, se lo aseguro, y con más de una carcajada. Lucidez y humor trenzados de la mano de alguien que comprende y que no estorba.
Feliz viaje hacia lo bueno de ser malo, y hacia lo malo de ser bueno, ¿verdad, Ricard?
Que lo disfruten.
Álex Rovira
Siempre he tenido la sospecha de que la exactitud es el último refugio de aquellos que no tienen nada que decir.
Friedrich Waismann (1896-1959) Citado por John Passmore en Cien años de filosofía
Antes de empezar a leer este libro es aconsejable tener claro lo que significa ser malo, para lo cual, y como orientación, se incluyen todos los vocablos dedicados a definir a este tipo de persona dentro de su compleja pluralidad:
Situar al mismo nivel todos estos calificativos es una injusticia, porque el relativismo los envuelve. Los puntos de vista de los hombres están inevitablemente determinados por fuerzas que no suelen ser conscientes.
El supuesto hecho de ser bueno o malo puede estar influenciado por el valor de una cultura o de un solo ser humano en distintas épocas o en situaciones diferentes.
Lo iremos viendo.
Nadie se hace malo de repente.
Juvenal
A buen seguro que se han quedado en el tintero muchos más calificativos inmerecidamente olvidados aplicables al prototipo de persona mala, pero no todos los que aparecen aquí pueden señalar únicamente, por sí mismos, que uno es bueno o malo. No he conocido a nadie que fuera “malo total”, malo al completo. La mayor parte de los que se consideran malos siempre son malos a tiempo parcial, malos solo en determinados casos. Después de una berrinchina, al poco se les pasa. Eso no es ser malo; en todo caso, inmaduro, que diría un psicólogo.
Para ser malo hay que ser malo de nacimiento, así como suena. De no serlo, este libro te ayudará. Pero ser malo a conciencia no lo lograrás jamás, por mucho que te esfuerces. Uno nace malo, y muy pocos se vuelven malos. Lo bueno de ser mala persona es que no hay que esforzarse. El que aplasta una cucaracha no piensa en el momento de chafarla que la cucaracha tiene familia, seguramente hijos que la están esperando; no sabe si está preñada, no sabe nada de ella, y, sin embargo, la aplasta. ¿Por qué?
Este libro, claramente calificado de autoayuda, puede ser importante para el lector que tenga unos objetivos definidos con respecto a este tema, pero su lectura no será suficiente si no toma conciencia de que puede convencerse y conseguir, con cierto deseo de superación y sacrificio, aquello que pretende.
No se haga ilusiones el lector poco avezado en este tipo de lecturas: después de esta no necesariamente podrá llevar a cabo un crimen perfecto ni llevar al prójimo a la desgracia integral. Si se adentra en su contenido, descubrirá la importancia de ser malo; al fin y a la postre la persona mala necesita más de una virtud y tener algún valor. ¿Habría sido tan conocido el exgobernador del Fondo Monetario Internacional, Dominique Strauss-Khan, sin el ardor sexual que lo ha caracterizado en los últimos años, y el propio Atila, rey de los hunos, sin su valentía?
Cada uno de nosotros posee más virtudes de las que cree, y solo sabiendo ser malos las pondremos de relieve. Todo hombre llama a lo que le agrada bueno, y a lo que le desagrada, malo. Partiendo de este postulado, real e indiscutible, es muy difícil intentar hacer un juicio común de lo bueno y de lo malo. Nada existe tan perfectamente bueno que no pueda ser perjudicial para nadie, ni tan totalmente malo que no pueda ser beneficioso para algunos. Por lo tanto, debe quedar muy claro que los hechos solo son buenos o malos con relación a otros hechos, y con arreglo a la posición en que están colocados, y a la luz a la que se los mire.
No tener maldad es un defecto si uno no se dedica a la mística.
El escritor canadiense Steven Pinker, en su libro Why the violence has declined, afirma que la edad más violenta del ser humano no es durante la inquieta adolescencia, ni la apasionada primer juventud: es a los dos años. ¿Se imaginan? A esa edad, en plena crisis de rabia por no darles lo que piden o por ir en contra de un compañero que les haya quitado un juguete, si tuvieran pistolas de verdad no quedaría un niño vivo en las guarderías.
Lo bueno es, en sí, indefinible.
¿Qué induce a las personas a juzgar un acto como malo? Hay casos muy claros, pero hay otros que no lo son tanto. Justificaciones las hay siempre. En una tira cómica de The New Yorker, una señora testifica ante el tribunal: “Es verdad, mi marido me pegaba por la infancia que tuvo; pero yo lo maté por la que tuve yo”. Respuesta natural, concreta y diáfana.
Nos preguntaremos si el malo nace o se hace. La contestación nada entre dos aguas: la idea rousseauniana de que la persona es buena por naturaleza y que es el medio el que la corrompe resulta tan perniciosa como la de que nacemos bajo el peso del pecado y podemos alcanzar la perfección mediante la sumisión a Dios.
Los psicólogos1 afirman que existen tres conjuntos de premisas que nos proporcionan un mapa de referencia, o mapa cognoscitivo, de cómo somos:
Premisas de realidad: afirmaciones acerca de cómo son realmente las cosas y la clase de personas que somos realmente.
Premisas de posibilidad: las que están relacionadas con lo que podríamos ser, con las posibilidades para cambiar, con las oportunidades para el desarrollo personal y el progreso social.
Premisas de valor: las que tratan sobre la forma en que deberían ser las cosas, acerca de lo que es correcto o incorrecto, bueno o malo, deseable o indeseable.
Sin embargo, estas premisas no son necesariamente producto del consciente. A pesar de que nuestras decisiones cotidianas y nuestra conducta sean moldeadas en gran parte por este marco de referencia, podríamos no darnos cuenta de que planteamos estas premisas y pensamos que vemos las cosas “como son”. Nos parece increíble que existan otras formas de ver el mundo que no sean las nuestras o que existan otras reglas para denominar lo que es “correcto”. De esta manera, muchos de nuestros pensamientos, acciones y sentimientos están basados en reglas internalizadas y en nuestra forma de ver las cosas, en una cosmovisión que a menudo nos sería difícil articular o definir.
¿Qué es lo normal si oscilan nuestros valores acerca de lo que es y no es bueno? La conducta anormal es aquella que se desvía de las normas sociales, mientras que otros puntos de vista consideran que la conducta anormal es la que interfiere en el bienestar del individuo; el problema radica en decidir quién selecciona el sistema de valores que luego son aplicados a otros. Lo que hace que la conducta sea normal es su aceptación social y, por lo tanto, un sistema de valores es tan bueno como otro para los seres humanos que lo adoptan.
Diversos datos históricos nos demuestran que algunos personajes célebres fueron considerados perfectamente normales y, en pocos casos, excéntricos, o como mucho poco comunes. Personajes notables de la Grecia y la Roma antiguas, incluyendo a Sócrates, Alejandro Magno y Julio César, padecieron trastornos de un tipo o de otro, y el período histórico de la Edad Media contiene innumerables casos de conductas anormales. Por ejemplo, el gran conquistador oriental Tamerlane (1336-1405), por ejemplo, se complacía construyendo pirámides de cráneos humanos; se dice que una de dichas pirámides contenía más de cuarenta mil cráneos. En cierta ocasión, Van Gogh se cortó una oreja para mandársela a una prostituta, acción que debió de llevar a cabo bajo un más que obnubilado estado de conciencia. Schopenhauer, Chopin y Stuart Mill padecieron ataques de depresión. Rabelais, Butler, Byron y Poe ingerían alcohol en exceso, y Coleridge usó opiáceos antes de escribir Kubla Khan.
Muchos soberanos y conquistadores han hecho gala de sus inclinaciones sádicas, por ejemplo, el ya citado Atila el Huno, al que se recuerda principalmente por la brutalidad y barbarie de sus conquistas. La reina María I de Inglaterra, más conocida como María la sangrienta —y hoy famosa por la bebida que toma de ella su nombre, el Bloody Mary, del que sentimos nostalgia, ya que el original ha sido sustituido hoy por el tomate—, fue la responsable de la persecución mariana y de la quema de protestantes, por herejes, durante los años 1553 a 1558.
Si nos entretenemos en hacer un repaso aleatorio de la Historia, podemos recuperar algunos episodios de una maldad incontestable: cuando las hordas romanas, siguiendo el mandato de Catón, arrasaron la ciudad de Cartago y araron la tierra con sal; cuando los vándalos saquearon Roma en el año 455 y dejaron la gran metrópoli en ruinas; cuando los primeros cruzados cristianos entraron en las ciudades del norte de África y después de masacrar hombres, mujeres y niños quemaron las bibliotecas; cuando los Reyes Católicos expulsaron de sus territorios a árabes y judíos, y con ellos su inmensa cultura, y el rabino de Toledo echó las llaves del Arca al cielo para que las guardaran hasta tiempos mejores; cuando Pizarro ejecutó a Atahualpa, que le daba la bienvenida, y destruyó sin piedad la civilización inca; cuando grandes cantidades de indios norteamericanos fueron contagiados intencionadamente por los colonizadores europeos con mantas infectadas de viruela (se debería contar como una de las primeras guerras bacteriológicas del mundo); cuando los soldados en las trincheras de la Primera Guerra Mundial se ahogaron en el lodo y con los gases tóxicos, tratando de obedecer ordenes imposibles; cuando los habitantes de Hiroshima vieron cómo les salía volando la piel del cuerpo bajo la enorme nube amarilla en el cielo; cuando miles de hombres y mujeres fueron cazados a machetazos en Ruanda, y cuando los aviones suicidas estallaron en las torres gemelas de Manhattan, sumando Nueva York al luto de ciudades como Madrid, Belfast, Jerusalén, Bogotá e incontables más, víctimas de ataques realizados por personas. Por personas, en verdad, malas.
