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Tu genoma es igual en un 99,9% al de los demás. Por lo tanto, si la persona más distinta a ti puede ser feliz, todos podemos serlo. Encontrar la felicidad es uno de los retos de los seres humanos. Pero ¿qué es lo que realmente nos hace felices? ¿Es la familia? ¿El dinero? Para alcanzar la felicidad, ¿sirve meditar? ¿Cómo influye el esfuerzo? ¿Cómo se ve afectada por las redes sociales? ¿Ayuda una buena siesta? ¿Y ser religioso? ¿Cómo se relaciona con el sufrimiento? En las últimas décadas, a partir de los más variados experimentos, psicólogos, antropólogos, genetistas, neurocientíficos, pensadores e historiadores han estudiado la felicidad y han descubierto lo que probablemente nos hace felices. Los hallazgos, explicados en este libro con amenidad y rigor, son asombrosos. Basándose en diversos estudios científicos, en Serás feliz, probablemente encontrarás las conclusiones más importantes sobre cómo alcanzar la felicidad y cómo convertirla en parte de tu vida.
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Seitenzahl: 278
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Serás feliz, probablemente
Aprende todo lo que la ciencia y la historia saben de la felicidad
Alejandro Sahuquillo
Primera edición en esta colección: febrero de 2021
© Alejandro Sahuquillo, 2021
© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2021
Plataforma Editorial
c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona
Tel.: (+34) 93 494 79 99
www.plataformaeditorial.com
ISBN: 978-84-18285-88-2
Diseño de cubierta y fotocomposición: Grafime
Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).
A César Julio, el hombre más feliz que he conocido, mi padre
«Mamá, subo a la azotea, que tengo que comprobar que la caja del cable de Vodafone está ahí.»
9 de mayo de 2018. Era una mañana soleada de primavera, de esas que la temperatura y la luz hacen de mi ciudad natal, Valencia, un gran lugar para vivir.
Con 37 años me consideraba un afortunado de la vida. De hecho, lo era y tenía todo aquello que la sociedad venera: un chico carismático, con buena presencia física (por lo menos, eso decía mi abuela), con muchos amigos, bastantes ligues, una vida social intensa y con la «vida resuelta».
Desde pequeño había oído una y otra vez justo esa misma cantinela: «Alejandro, como tus padres tienen dos farmacias, tú tienes la vida resuelta». Y es verdad que probablemente por eso a los 17 años decidí estudiar Farmacia, pese a que había otras carreras que me gustaban más. Cinco años después y con un premio extraordinario, sí tenía «la vida resuelta»; ya era farmacéutico, por fin lo había conseguido. Más que «por fin», lo correcto sería decir que «ya lo había conseguido, sin más», porque, pese a ser uno de los mejores de mi promoción, la carrera me resultó sencilla, tan sencilla que, cuando la acabé, pensé que tenía que estudiar algo más, algo que realmente me gustase, algo que sacase todo el potencial que creía que tenía dentro, algo que me hiciera vivir mi vida de una forma plena.
Pero ya me estoy enrollando. Como decía antes, estaba subiendo a la terraza de la farmacia de mi madre a comprobar que realmente existía una caja de Internet, ya que habíamos decidido cambiarnos de compañía. Pese a haber ido a la farmacia miles de veces desde que era un niño, jamás había subido a la cumbre de ese bloque de nueve pisos de VPO. No tenía grandes expectativas: subir, encontrar la caja, bajar y seguir trabajando en la farmacia como lo había hecho los últimos meses.
Sin embargo, cuando me disponía a abrir la puerta que daba al terrado, no pude predecir que lo que había detrás de la misma cambiaría mi vida para siempre. Era inmensa y la vista que daba al gran bulevar Sur de Valencia me pareció abrumadora. En ese momento, sentía que estaba mucho más arriba que cuando, con tan solo 15 años, había subido al Empire State Building de Nueva York. Pero lo realmente aterrador no fue lo que vi ni lo que sentí, sino lo que pensé: «Aquí será».
Pese a tenerlo todo en la vida, hacía un tiempo que estaba triste, deprimido y estresado. Pocos lo dirían, ya que siempre iba con una sonrisa en la boca, pero era solo fachada. Apenas cinco años antes, había empezado Languing, una empresa tecnológica, una red social para intercambiar idiomas por videoconferencia; lo que empezó como un sueño y un entretenimiento, acabó materializándose en una plataforma con más de 150.000 usuarios.
Sin embargo, al ser gratuita, poco a poco la cuenta bancaria se fue haciendo más y más pequeña, hasta el punto de que, justo una semana antes de esa mañana agradable, supe que, tras mucho esfuerzo, Languing iba a tener que cerrar. Lo que me había quitado el sueño los últimos meses no era todo el tiempo e ilusión que había empleado en el proyecto, ni siquiera el haber despedido ya a un equipo fabuloso, no solo con un talento extraordinario, sino unas buenísimas personas que habían dado el alma por la start-up, ni tampoco todos los usuarios que amaban Languing, ni todo el dinero que había invertido, que básicamente eran los ahorros de toda mi vida, sino ellos, mis inversores.
Dos años antes y tras haber crecido el proyecto tanto en métricas como en premios, decidí hacer una ronda de financiación con quince de mis mejores amigos y familiares. Cada uno de ellos había invertido parte de sus ahorros en mi nueva empresa. Es verdad que fui muy claro con todos, diciéndoles que era capital riesgo: «Las start-ups suelen morir en un 90 % de los casos y, si pasa eso con Languing, perderás todo tu dinero». Bien es cierto que ninguno necesitaba ese dinero para vivir, pero tampoco eran multimillonarios, sino que formaban parte de una clase media acomodada, creían en mí e invertían una parte de sus ahorros en mi sueño.
No sé si fueron todos los quebraderos de cabeza con Languing, que en mi nuevo trabajo como farmacéutico me sentía muy limitado o que apenas hacía unos meses había tenido una relación con una chica que pensaba que era «perfecta» y me había dejado, pero lo cierto es que mi cerebro fue muy claro esa mañana: «Desde aquí es desde donde te suicidarás».
Solo de escribirlo se me revuelven las tripas. Pero lo peor de todo es que no fue uno de esos pensamientos fugaces que a veces nos llegan y bloqueamos o lo dejamos ir; no, fue como la pieza de un puzle que mi cerebro llevaba un tiempo buscando. Recuerdo que lo siguiente que pensé no fue que era una locura, sino: «Alejandro, no le puedes hacer esto a tu madre. Si te tiras desde aquí, aparte de la pérdida personal, será una humillación para ella, un tormento, que lo hayas hecho en su farmacia, en el mismo lugar donde durante los últimos cuarenta años ha dado su alma y que es una institución entre todos sus clientes». Un poco aturdido, me quedé un rato mirando la inmensidad de las vistas y aplazando mis planes; simplemente me quedé contemplando el infinito.
Esa misma noche, desde casa y aún nervioso, llamé a Víctor, mi mejor amigo. Víctor y yo nos conocimos en segundo de BUP y, pese a que intelectualmente teníamos un «pique» por ver quién era mejor estudiante (no había color, Víctor era con diferencia el más inteligente de todo el colegio), las tardes estudiando juntos nos unieron. Vic era un tipo tranquilo, aunque, más que «tranquilo», diría «pachorril». Recuerdo que, en la época de adolescentes, por las noches todos salíamos con las hormonas a flor de piel e íbamos un poco chulitos, pero, en cuanto Víctor veía una posible pelea, en silencio desaparecía.
No obstante, aunque no sería mi primera elección como soldado para una pelea de pandillas, Víctor tiene otras cualidades mucho más valiosas; es una de esas personas para las que la vida es sencilla, muy sencilla, que ven soluciones donde otros ven problemas y que entienden que nada es blanco o negro. Eso, unido a un gran sentido del humor y un gran amor por todo lo que hace y tiene alrededor, lo convierte en una persona única.
Cuando empezaron a sonar los pitidos del teléfono, esa noche tenía muy claro que necesitaba respuesta a una sola pregunta: «Víctor, si en algún momento de tu vida has tenido pensamientos suicidas, ¿qué hiciste?». A Víctor siempre le había pasado de todo: si me salía un grano en el culo, a Víctor ya lo habían operado hacía un tiempo; si yo tenía caspa, Víctor ya se había enfrentado a ella; e incluso cuando decidí hacerme la fimosis, me confesó que hacía pocos meses se la habían hecho. Por este historial, esperaba que él también hubiese sufrido una experiencia tan traumática, pero cuál fue mi sorpresa cuando me dijo: «Alejandro, yo nunca he tenido en mi vida ese tipo de pensamientos».
No sé por qué, yo daba por hecho que toda persona, en algún momento de su existencia, llegaba a un punto en que le rondaba por la cabeza que sería más rentable morir que vivir, que a «todos nos pasaba». Sin embargo, su afirmación me dejó sorprendido y a la vez contento. No tenía ningún sentido que Víctor, siempre tan feliz, hubiera pensado en cortar esa felicidad. Me alegré mucho por él, pero también me preocupé más aún por mí.
Me preocupé porque aquella voz que tuve en la azotea había sido más clara, más intensa, más duradera, pero desde luego no había sido la primera. Cuando había tenido algún problema gordo que se intensificaba en el tiempo, se me había pasado por la cabeza que la forma más fácil de cortarlo era cortando mi vida. Pero eran solo eso, pensamientos puntuales que se iban con rapidez.
Recuerdo que le fui tremendamente sincero y le dije que, por una parte, pensaba que había sido «una rayada» debido a la presión que había soportado los últimos meses con Languing, pero también le mostré mi preocupación, porque soy una persona muy decidida. Creo que tener la capacidad de pensar algo y ejecutarlo es una de las mejores cualidades que puede tener cualquier persona, salvo si ese pensamiento es negativo. Y este en concreto no podía ser peor.
Estuvimos hablando largo y tendido, Víctor estuvo tranquilo, como es él, comprensivo, dando consejos propios de la persona inteligente que es y, sobre todo, haciéndolo con el amor que me tiene. Pero de toda la conversación la frase que recuerdo con más claridad fue: «Alejandro, yo sé que tú eres capaz de hacer lo que te propongas; el problema con el suicidio es que es definitivo».
Y es verdad: tras colgar, reflexioné durante un tiempo sobre la irreversibilidad y, volviendo la vista atrás, me di cuenta de cuántas veces en mi vida me había arrepentido de cosas que había hecho y de cómo los errores me habían servido para mejorar, para seguir aprendiendo, para no cometerlos o, tal vez, para cometerlos menos veces o de una forma menos intensa. Pero, en este caso, este error no tendría una segunda posibilidad, no hay una forma de equivocarse y aprender, es el final.
Una vez que hube hablado con Víctor, hice lo que muchos de nosotros hacemos cuando tenemos una inquietud: se lo pregunté al mayor sabio de nuestros días, el oráculo Google. Y el oráculo me dijo que había un sitio que se llamaba El Teléfono de la Esperanza que ayudaba a personas que estaban en momentos de crisis existencial. Como tenían sede en Valencia, me dijeron que podrían atenderme presencialmente y decidí pedir cita. Nunca en mi vida había ido a un psicólogo, ya que había tenido una vida feliz, gracias sobre todo a unos padres y una hermana maravillosos. Pero en ese momento no podía necesitarlo más; mi vida había corrido peligro y, lo peor de todo, es que el culpable seguía cerca: mi cerebro.
Durante varias sesiones, Mara, una psicóloga argentina estupenda, me estuvo tratando, ayudando, escuchando y haciéndome reflexionar. Pero sinceramente creo que el mayor ejercicio de sanación lo hizo Víctor en esa llamada. Después de ese periodo y ya recuperado anímicamente, pensé «¿Qué puedo hacer para que esto no vuelva a ocurrir?». Y tras meditar largo y tendido, me di cuenta de que lo que tenía que hacer era «ser más feliz». Pero ¿cómo puedo ser más feliz?
Pues decidí ponerme a leer, a leer todo tipo de libros: de felicidad, de mejora personal, de resiliencia, de psicólogos, de psiquiatras, de emprendedores, de militares, de deportistas, de antropología, de genética, de personajes históricos… Y lo hice de una forma compulsiva; en realidad, lo sigo haciendo sin parar, a todas horas.
Y creo que la razón principal por la que tengo dos carreras como Arquitectura y Farmacia, sé hablar seis idiomas y, cuando me propongo una meta, la intento sin cesar, sin importarme mucho el resultado final, es que para mí no hay grises; todo es blanco o negro. O lo intento con todas mis fuerzas o no lo intento. Pues esto es lo que me pasó al leer todos estos libros: no paré, lo hacía sin cesar, a pesar de que eran escritos de la más diversa índole. Y, así, me di cuenta de que existían dos formas de mejorar o, más bien, de que estos libros presentaban las recetas con dos fórmulas muy distintas:
Libros muy personales en los que el autor aconseja lo que le funcionó en su caso.Libros de científicos que dan respuestas muy objetivas, replicables y muchas veces sorprendentes, pero que se limitan a un solo campo de acción.Creo que con ambos enfoques se pueden sacar conclusiones positivas, pero también pienso que, aunque menos espectaculares y probablemente menos vendidos, los segundos son más reales o, como dice el título de este libro, «probablemente» te harán más feliz.
Todas las personas felices se parecen unas a otras, pero cada persona infeliz lo es a su manera. Esta frase probablemente te suene familiar, ya que está ligeramente tomada de una de las frases más famosas del gran libro de Leon Tolstói Anna Karenina: «Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera». En esta frase, Tolstói quería decir que, para que un matrimonio sea feliz, debe tener éxito en distintos campos: atracción sexual, compatibilidad de caracteres, una serie de acuerdos en las finanzas, la educación de los niños, la religión, una buena relación con las familias políticas y otros temas vitales. Y con que uno solo de estos campos falle, el matrimonio no funciona.
Este principio de la felicidad familiar multidisciplinar puede ser extendida a la felicidad individual. Tendemos a buscar explicaciones sencillas, de un solo factor (o de un puñado) para todo en la vida.
En mi camino de estudio sobre la felicidad, debido a mi pasión por el tema, me dediqué a fragmentar cada uno de estos experimentos, estadísticas, historias… y, tras investigarlos, los he condensado o explicado en vídeos de un minuto en mis redes sociales @alsahuquillo.
Y fue precisamente entonces cuando me di cuenta de que no era suficiente, de que todos estos datos me estaban llevando a un lugar, y es que debería existir un sitio donde se aglutinase información práctica y contrastada sobre cómo hacer tu vida mucho mejor. Probablemente no todos los consejos que vayas a leer te sirvan, ya que, como dice el refranero español, puedes ser «la excepción que confirma la regla» y, además, la finalidad de este libro no es solo que aprendas factores que, de una forma contrastada por la ciencia y la estadística, son determinantes y que te quedes ahí. Porque muchos de nosotros sabemos lo que tenemos que hacer, pero no lo hacemos simplemente porque carecemos de las herramientas necesarias para llevarlos a cabo. Es por ello por lo que este libro se divide en dos partes: en la primera, aprenderás lo que se sabe de la felicidad desde un punto de vista científico y, en la segunda, no menos importante, compartiré una serie de armas basadas en hábitos que te ayudarán a poner en práctica los factores que habrás aprendido en la primera parte. Es decir, primero aprenderás «qué te hará feliz» y luego «cómo conseguir implementarlo». Pero para empezar a ser más felices antes tenemos que entender la misión que tenemos todos desde que nacimos.
«Hijo mío, has nacido para ser feliz.» Hace algunas semanas, escuchaba estas palabras tiernas a una madre que con mucho amor acariciaba a su hijo en un parque. Sin embargo, pese a lo que piensa esta dulce madre y lo que nos dicen las típicas citas que vemos en redes sociales con fotografías paradisíacas de fondo, no, no has nacido para ser feliz.
Los antropólogos, los historiadores, los genetistas… nos enseñan que hemos venido a este mundo por lo mismo que el resto de los seres vivos de este planeta, por lo mismo que el resto de los billones de seres vivos que han poblado la Tierra desde que hace unos 3800 millones de años empezó la vida: todos hemos venido para sobrevivir y reproducirnos.
Sobrevive lo suficiente para encontrar una pareja o varias parejas con las que tener sexo y reproducirte y, más tarde, protege a tus hijos hasta que sean autosuficientes. Esa es tu misión o, más bien, la misión que la evolución ha depositado en nuestro ADN por una razón muy clara: si no fuese así, no existiríamos. Lo importante de esta misión es que está muy relacionada con la felicidad. La madre naturaleza nos usa como marionetas para conseguir perpetuar la especie, usando los 86.000 millones de neuronas de nuestro cerebro como sus armas más efectivas.
Tal vez ahora pienses que en pleno siglo XXI todas las personas somos seres racionales y no nos parecemos en nada a nuestros antepasados, aquellos bípedos que iban por la sabana africana diseñados para perpetuar la especie. Pues tanto tú como yo tenemos razón. Y para entender ese conflicto entre razón y emoción al que muchas veces nos enfrentamos solo tenemos que ver la anatomía de nuestro cerebro, que está compuesto por tres capas que se han ido desarrollando cronológicamente de dentro hacia fuera:
Cerebro reptiliano: cuando hace unos cientos de millones de años no éramos más que unos lagartos primitivos, el cerebro se dedicaba a controlar automáticamente las funciones vitales del cuerpo. Este cerebro lo seguimos teniendo y es el responsable, entre otras funciones, de que ahora mismo tu corazón esté bombeando sangre, tus pulmones estén funcionando perfectamente y tengas una temperatura corporal estable, pese a las variaciones que dicten los termómetros exteriores. A este primer cerebro no vamos a darle demasiada importancia, ya que es vital y no supone ningún conflicto en nuestras personas.Las cosas se ponen interesantes cuando vamos a la segunda capa de nuestro cerebro.
Cerebro paleomamífero o sistema límbico: es el responsable de las emociones y de los sentimientos. Es el que nos hace humanos, nos hace amar, querer…, pero también odiar, estar tristes y tener miedo. El problema con este cerebro es que muchas veces entra en conflicto con el tercer cerebro.Cerebro neomamífero o neocórtex: es el responsable de muchas funciones de alto orden, como la percepción, la memoria, el pensamiento y la voluntad física.En definitiva, este maravilloso órgano dentro de nuestro cráneo es complejo, ya que el segundo y el tercer cerebro, es decir, los sentimientos y la razón, deciden por su cuenta. Sin embargo, la razón lucha una batalla con peores armas, ya que el sistema límbico tiene a su servicio el placer y el dolor en todas sus distintas formas para conseguir de nosotros lo que quiere nuestra especie.
Pero el problema no es que estemos diseñados para la supervivencia y la reproducción. El problema es que este diseño se hizo cuando nuestra vida era totalmente distinta. Hace unos cinco millones de años, en el continente africano, donde apareció por primera vez el primer hombre tras un largo periodo evolutivo, éramos cazadores recolectores, vivíamos como nómadas, en medio de la sabana. Sin embargo, nuestro cerebro límbico apenas ha evolucionado para adaptarse a nuestro entorno y estilo de vida.
Ese órgano maravilloso que tenemos entre nuestras orejas sigue teniendo vestigios de esos monos bípedos que se movían constantemente, recogiendo hierbas y frutas y matando animales con el fin de conseguir esa doble función que hemos visto: sobrevivir y reproducirse. Uno de los ejemplos más claros de esta herencia es nuestra relación con la comida. Hasta que aproximadamente en el año 12.000 a. C., en la Media Luna Fértil, los humanos no empezamos a cultivar alimentos y domesticar animales; el estilo de vida que llevábamos era tan distinto que, con el objetivo de sobrevivir y reproducirnos, desarrollamos estrategias evolutivas que hoy en día sorprendentemente siguen vigentes, pese a que ya no vivimos en esa realidad.
«¿Por qué todo lo que me gusta engorda?» Es una pregunta que probablemente te hayas hecho alguna vez cuando has tenido que renunciar a esos magníficos dulces o a esas sabrosas hamburguesas con patatas fritas cuando se acercaba el verano. Sin embargo, la realidad es mucho más grave: estos hábitos alimenticios hipercalóricos son factores de riesgo en algunas de las causas de muerte más comunes del mundo occidental. En otras palabras, comer lo que nos gusta nos mata antes, pero ¿por qué?
Porque nuestro cerebro sigue pensando que estamos en un ambiente de escasez y sigue recompensándonos con neurotransmisores del placer cada vez que comemos alimentos hipercalóricos, como dulces o grasas. Esto es exactamente lo que hacía con el hombre cazador recolector; iba por la sabana y, si encontraba un panal de abejas con miel, le recompensaba, ya que esa miel podría servir para su sobrevivencia y la de toda la tribu durante varios días.
Pero esta no es la única anomalía que hemos heredado de nuestros antepasados. Como hemos visto, el sufrimiento forma parte de las herramientas que tiene nuestro cerebro para conseguir esa misión evolutiva. ¿Cuántas veces has tenido miedo o ansiedad por un futuro incierto y negativo y, después, la mayoría de las veces, no ocurre nada de eso malo que te habías imaginado? Pues ya sabes a quién le tienes que dar las gracias: a tus antepasados. El miedo, en un ambiente lleno de todo tipo de peligros y de depredadores, podía salvarnos la vida. Si oían un ruido extraño detrás de un arbusto, tener miedo les ponía en alerta, gracias a lo cual podían huir ante lo que imaginaban que era un león, cuando en realidad solo había sido una ardilla. Hoy en día, ya no vivimos rodeados de peligros fatales, pero el miedo, la ansiedad y otros mecanismos siguen formando parte de nuestro día a día.
Ahora que ya sabemos nuestra misión, adentrémonos en cómo conseguir ser felices. Espero que disfrutes tanto leyendo este libro como yo lo he hecho escribiéndolo.
