Seres vivos - Leticia Corona Rodríguez - E-Book

Seres vivos E-Book

Leticia Corona Rodríguez

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Beschreibung

"Todo el mundo busca algo. Una respuesta. Sin embargo, eso a veces conlleva a visiones más deslumbrantes." Las respuestas que Laume buscaba no se encontraban en los libros. Su vida dio un giro de ciento ochenta grados cuando en su decimosexto cumpleaños asesinaron a su madre ante sus ojos. Sola y sin poder contar con nadie, más que con su amigo canino, decidió vivir en soledad, oculta entre los árboles del bosque. Siendo de una especie mágica, de aspecto similar a la humana y con una discapacidad mental, Laume se encontrará dividida en tierra de nadie hasta que descubra el pueblo de Ángora, dónde encontrará un nuevo camino a seguir y con suerte, respuestas que ese nuevo mundo le mostrará.

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Seitenzahl: 284

Veröffentlichungsjahr: 2023

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© Derechos de edición reservados.

Letrame Editorial.

www.Letrame.com

[email protected]

© Leticia Corona Rodríguez

Diseño de edición: Letrame Editorial.

Maquetación: Juan Muñoz

Diseño de portada: Rubén García

Supervisión de corrección: Ana Castañeda

ISBN: 978-84-1181-144-6

Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.

«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47)».

.

A toda mi

familia y amigos, que

fueron imprescindibles

para dar vida a esta novela.

A mi adorado Chawy (2006 - 2021)

que me inspiró para el personaje de Charlie.

Capítulo 1: Alas Crecientes

Se dice que el universo es infinito sin saber siquiera dónde empieza. ¿Realmente no tiene fin? La Tierra también está llena de misterios y secretos del pasado sin responder. Temiendo perder el conocimiento de los errores y triunfos que el hombre ha sido capaz de vivir hace siglos, tan lejanos e influyentes, historiadores buscan por lo profundo y sagrado de las tierras del mundo para encontrar respuestas, a veces suposiciones, y otras muchas veces verdades. Y los curiosos niños y no tan niños mantenían a la humanidad con ese interés sin ser conscientes de ello, tan solo pendientes de buscar respuestas. Todo el mundo tiene preguntas. Todo el mundo busca algo. Una respuesta. Sin embargo, eso a veces conllevaba a visiones más deslumbrantes. La necesidad de saber y encontrar respuestas a veces lleva a los seres vivos a vivir con sueños y esperanzas su fácilmente destructible vida. Otra gran pregunta es de dónde vienen los sueños. ¿Y dónde nacen las esperanzas? ¿Y la vida? ¿La libertad?

A veces las preguntas más increíbles e importantes no son las que aparecen viajando al frío y oscuro espacio, lleno de silencio y soledad. No. A veces las preguntas que llegan a definir a los seres que gozan de vida propia y razón, son las más cercanas y simples. Pueden formularse con una pequeña criaturita que ve su primer amanecer junto a la fémina que lo amará el resto de su vida, cómo, ¿y ahora qué?

Las preguntas que se formulan en uno mismo o en compañía de otros, llegan a ser las más importantes y las más relevantes en la vida y en la forma de vivirla. Y dichas preguntas no se encuentran más allá de lo que ven o lo que no llegan a ver. Aparecen sin más, en cualquier momento y lugar, sin esperarlo. Pueden salir del corazón o de la mente y repetirse una y otra vez como un flashback. Más cerca de lo que cualquiera podría imaginar.

No hacía falta salir del país o de la misma Tierra para encontrar respuestas, estas se encuentran en uno mismo o en su alrededor. No siempre es fácil pero nunca es imposible. Las respuestas se encuentran en lugares cercanos, conocidos y en compañía de otros seres, no en un espacio helado, oscuro y solitario.

Otra gran pregunta: ¿cuál es el sentido de la vida?

Ella no tenía dudas respecto a esa pregunta. Para Laume era una respuesta tan simple y lógica que nunca se vio obligada a buscar en los escombros una respuesta.

La gente.

Al igual que para buscar respuestas a preguntas desconocidas, la gente tiene un papel importante en la vida y ese es el darle sentido a la existencia de cada ser vivo en el mundo. Las personas cambian a las personas. Para bien o para mal.

Laume lo tenía claro. O más bien lo tuvo claro. Hace años. Ya no.

Ahora no era más que una de muchas de esas personas que formaban la vida en la tercera constelación del sistema solar. No obstante, cada ser tenía sus misterios, secretos y virtudes al igual que defectos e imperfecciones, y descubrir con una sola persona esa hermosa sensación de pasión por vivir...

Toda esa pasión se perdió aquella noche, en la que una chica de ojos azules brillantes como la mar cuando el sol se posaba ante ella y la iluminaba con su luz pura y natural, deslumbrándola con todo su esplendor, se perdía en un mundo extraño e injusto. Lo que pasó aquella noche era algo lejano y tan cercano al mismo tiempo que su tristeza no caducaba en los días que pasaban y quedaban por pasar. O al menos eso esperaba. A pesar de lo de esa noche, Laume estaba decidida a quedarse en su hogar, pero las diferentes réplicas la tomaron por ilusa, y la obligaron a marcharse.

Laume apretó su mandíbula.

Le pasaba siempre que se enfadaba o recordaba algo que le hacía rabiar.

Esas personas que la dejaron a su suerte en el primer transporte público que pasó por delante nunca la apoyaron. Ni a ella ni a su madre. En realidad, no apoyaban a nadie que viviera en las entrañas de la montaña del remoto pueblo de Katsunagi. Un pueblo aislado del mapa y de las personas que no tienen descendencia allí. Ni comunicación, ni transporte que llevara más allá del pueblo, ni lujos de los que poder abusar. Muchos lo asumían como una desventaja y un lugar inapropiado para criar a una hija en solitario. Pero Laume era feliz. Siempre había sido feliz. Hasta el día de hoy. Un día soleado y lleno de color que dejaban ver en su rostro una pequeña sonrisa conformista, dando a entender a cualquiera con dos dedos de frente, que podía quejarse eternamente por su desdicha pero que nada de eso cambiaría el presente. Tenía que lidiar con ello dado que no tenía remedio. Como decía su madre; todo tiene remedio... Salvo la muerte.

Muerte.

Esa era una palabra que no quería mencionar.

A pesar de sus tristes recuerdos, Laume miró el lado bueno de la situación, como siempre había hecho, y sonrió, esta vez con más ánimo.

La chica miraba por la ventana como si no hubiera nada más interesante que hacer. Su mente estaba en las nubes. Algo que fascinaba de verdad a la joven era imaginar diferentes paisajes, animales, personajes. Poseía una gran imaginación y eso le encantaba. Era muy creativa y desataba su pasión entre lienzos y folios. En su mente no había cuerdas que desatar. Lo único que podía frenarla era el límite de su imaginación. Y ella no lo tenía.

Estaba siendo un viaje muy largo a pesar de la velocidad del tren y de las pocas paradas que existían en el trayecto. El primer día llovió y en el segundo el cielo se nubló. A Laume la metieron en ese tren con la esperanza de que se la llevaran lejos y no volvieran a verla. Nunca entendió por qué el pueblo las odiaba tanto, a ella y a su madre. Aunque ciertamente tampoco le importaba. Lo único que tenía en cuenta, era que su madre siempre estaba con ella y que la quería. Más que a nada en el mundo. No tenía dinero suficiente para dormir en uno de esos vagones de tren en los que incluían camas individuales o literas. En su maleta tan solo llevaba lo imprescindible; ropa y un sobre blanco viejo que contenía una carta.

Dicho sobre indicaba que era para ella de parte de un nombre cubierto de sangre seca.

Siempre tuvo curiosidad en leerla y en saber por qué su madre lo llevaba encima precisamente esa noche. Sin embargo en una de esas preguntas tenía una respuesta clara. En la parte de atrás del sobre ponía que no podría leerlo hasta que cumpliera veinte años.

No era exactamente un problema ya que al tener cerca el fin de sus diecinueve años solo faltaban las estaciones de primavera y verano, hasta llegar el día de su nacimiento, que comenzaba a finales de otoño. Curiosamente el día en que nació el sol quedó postrado en el cielo como si quisiera bendecirla con su luz. A ella y a otros millones de bebés que nacieron ese mismo día de diciembre. Al día siguiente, nevó. Su madre le contó que siempre nevaba en su pueblo y que tenía una canción que honraba y animaba a la nieve a seguir cayendo como si de un milagro se tratara. La estación favorita de ambas era el invierno aunque a Laume también le gustara la primavera. Su madre siempre sintió apego por la nieve. Cuando había suficiente nieve helada en la montaña era ella la primera en tumbarse y hacer ángeles de nieve como una niña pequeña. Siempre le cantaba esa canción al irse a dormir, mientras miraba a su sonriente madre delante de una ventana en la que, al mismo tiempo, podía ver los copos de nieve caer con gracia y dulzura. En su mente aun resonaba esa cancioncilla.

“Si feliz quieres ser, deja a la nieve caer. Sobre tu cara y cabello su frío te abrazará, como una manta que jamás se irá. Corre, vuela, sonríe y sueña. Y contigo siempre estaré. Deja a la nieve caer y a tu lado siempre estaré”.

Si la letra carecía de sentido, Laume nunca le dio importancia. Esa canción era parte de muchos recuerdos felices que tenía con su madre. Y ahora no estaba. Se fue. Y no volvería nunca. Era triste a la vez que desolador.

Un rayo de sol atravesó la ventana molestando los ojos de la chica, haciendo que esta apartara la mirada por un momento. Entonces pudo ver un extenso prado verde con dientes de león de adorno y hermosos corceles trotando y pastando tranquilamente. Era un paisaje simple pero hermoso a la vez. La chica volvió a sonreír y observó a los animales. Castaño, alazán, negro con el morro blanco, tordo, otro castaño de un tono más oscuro... La imagen le pareció tan pacífica que deseó poder convertirse en uno de esos caballos y galopar sin cansarse.

Pero se recordó que tenía que controlar esas ansias de libertad, si no podría acabar siendo uno. Literalmente.

A pesar de su apariencia, tan común en cualquier persona, Laume no solo destacaba por sus extraños y brillantes ojos azules, sino también por el hecho de que en realidad no era humana.

Existían unas criaturas sorprendentes desde el comienzo de la vida en la Tierra que poseían poderes increíbles. Magia de todo tipo: Fuego, Aire, Tierra y Agua entre otras muchas difíciles de creer posibles. Pero ese no era su único don. Esas criaturas eran capaces de transformarse en otros seres, como las criaturas mitológicas de las novelas favoritas de Laume, animales comunes... y seres humanos.

A aquellas criaturas se les reconocían por el nombre de Inframundos o Infras, para abreviar. Aunque en realidad nadie sabía de su existencia realmente. Desde el inicio de los tiempos, los Infras se abstuvieron de mostrar su verdadera naturaleza a los ojos humanos, evitando durante siglos las amenazas de muerte y discriminación. Tal vez pareciese excesivo ocultarse al mundo permanentemente, mas ellos se habían pasado la mayor parte de su existencia vigilando y evaluando a los humanos y en la mayoría de los casos, los resultados fueron nefastos. Veían cómo maltrataban incluso a los de su especie y no les provocaba más que desagrado. Eso podía entenderlo, pero... Pasarse toda la vida ocultándose con miedo y sin libertad sin poder hacer nada más que soñar con un mundo que nunca iba a llegar. Eso era... ¿cómo describirlo? ¿Injusto? ¿Triste? ¿Penoso? ¿Indigno? ¿De verdad sus antepasados creyeron que ese era el camino que debían seguir? Laume se tensó ligeramente. ¿Su madre también habría pensado lo mismo?

Retiró esa suposición de su cabeza. Ella no era ese tipo de persona. Se corrigió: ella no era ese tipo de Infra. ¿Qué más daba de todas formas? ¿Qué diferencia había entre las personas y los Infras? Aparte de los poderes. Creía tener la respuesta pero temía que los de su especie la tacharan de loca. Además, no era una opción muy popular, pensó con ironía.

Perdió de vista a los caballos y entraron por un túnel que se iluminaba cada tres segundos por una línea de bombillas. Después de quince segundos el paisaje volvió con su brillo y el humo del tren alrededor, perdiéndose en las lejanas y blancas nubes del día.

Laume suspiró. Aunque pudiera aparecer un libro en sus manos en ese instante, se limitó a suspirar y a recordar lo que su madre le decía en casos así. Sin embargo, por una vez en su vida, deseó pensar en alguien o en algo que no tuviera que ver con su madre, no por maldad se dictó, sino por desconectar un poco de ese triste momento de su vida.

Empezó a imaginarse qué tipo de vida le esperaba allí. Los del pueblo le dieron también una dirección o más bien un nombre, concretamente el nombre de un pueblo que todo Infra conocía; el pueblo de Ángora.

A pesar del ambiente agradable que regalaba el día, tan soleado y radiante, la chica no paraba de mover nerviosamente la pierna de arriba abajo, provocando un leve murmullo en la alfombra carmesí del vagón. Se sentía nerviosa y molesta. Estaba enfadada porque los del pueblo, directamente, la desterraron de allí. No era justo y además le hablaron de una especie de internado al que tendría que asistir hasta que la hicieran trabajar en una de sus oficinas como secretaria. O por lo menos eso había entendido ella. Al parecer escuchó a uno del pueblo hablar con alguien sobre un lugar en el que alojarse y estudiar por cinco años para conseguir un título y un trabajo fijo. Por su experiencia en las clases que su madre le daba en casa, supo que hablaban de una especie de aula de apoyo. Había de diferentes tipos, pero imaginó que en todas tendrían los mismos seguros y derechos. Con tan solo ir al internado de Ángora, supo que su futuro estaría asegurado. Estudiaría durante cinco años y tendría un trabajo para toda la vida sin necesidad de tener un contrato. Tal vez solo Ángora tenía esa condición tan apetecible o tal vez hubiera diferentes países con la misma condición, pero en cualquier caso todo estaba sucediendo demasiado deprisa para Laume. Aquella noche que perdió a su madre también perdió su felicidad y su libertad. Pasaron tres años desde entonces y durante ese periodo de tiempo había vivido en el bosque de la montaña como la Infra que era. Al principio todo iba bien, sin embargo, a los pocos días, los que vivían en el pueblo, a varios kilómetros de la montaña, la buscaron por el bosque e invadieron su territorio para echarla del lugar, sin éxito al principio, pero al tiempo comprendieron que tratándola como a un animal no conseguirían los resultados esperados. Supieron que tenían que atacar en su flanco débil. Y ese flanco era su amigo y compañero Charlie.

Un ligero empujón en su pierna hizo que Laume parara de moverla ansiosa y que saliera de su ensimismamiento.

—Tranquilo, Charlie. Ya queda poco para llegar.

El pequeño animal que respondía al nombre de Charlie era un simpático West Highland White Terrier (Westie, para abreviar) de tres años de color blanco, pelaje ligeramente largo y ojos oscuros como la caoba. Tenía un temperamento tranquilo, pero era muy cabezota. Suele obedecer a su dueña la mayoría de las veces, pero había momentos en las que él tomaba el mando. Laume lo tenía, precisamente, desde hace tres años, cuando escapó al bosque y lo encontró perdido siendo un cachorro de medio año de edad. Tuvo que adiestrarle y alimentarle para que sobrevivieran, tanto él como Laume.

Sus esfuerzos por animar a su perro a que aguantara las ganas de ir al baño (por lo menos su baño) fueron insuficientes para el pequeño. Laume procuraba que, en cada parada de largo descanso, Charlie saliera a estirar las patas y volver a entrar al tren sin que nadie del servicio, y en especial el grupo de ancianas cotillas que tomaban café todas las mañanas en el vagón de la cafetería, les vieran. No era fácil, pero le rompería el corazón separarse de él. Y sabía que Charlie sentía lo mismo. No por nada el perro intentó abalanzarse contra la puerta del tren cuando creyeron que los separarían al echarla del pueblo. Sin duda era un animal muy cabezón.

Salió del vagón de tonos rojizos con asientos del estilo del siglo XIX para dirigirse al servicio. Se aseguró de que Charlie se escondiera dentro de su maleta, ya que aun era lo suficientemente pequeño para entrar sin ser visto, y cerró la puerta desplegable de madera.

Se fue directamente a verse en el espejo. No le gustaba mucho hacerlo pero era incapaz de hacerse una coleta perfectamente recta si no se veía en él. Había momentos en los que verse en el espejo le resultaba embarazoso, así que no lo hacía constantemente. Se miró detenidamente el rostro. Pensó que tendría ojeras dado que no durmió mucho últimamente y, para su sorpresa, esta no estaba tan mal. Era raro, no solo por las pocas horas de siesta, sino también por las pesadillas que la visitaban casi todas las noches sin descanso. No eran las típicas pesadillas en las que uno caía al vacío o se encontraba en un ascensor averiado que caía poco a poco como una montaña rusa. Por desgracia para Laume, eran peores. Miró de nuevo su rostro en el espejo, en especial sus ojos. Si no fuera por el aspecto humano que le gustaba aparentar, sus ojos seguramente la delatarían. Eran tan extraños y únicos sus ojos azul irreal que la gente quedaría atrapada en su mirada. Se recogió su largo cabello castaño en una coleta de caballo y se refrescó la cara. Escuchó un aviso por el altavoz del tren y se dirigió con la cara a medio secar hacia su vagón para recoger a su amigo.

Una vez que salió del vehículo con la maleta, se apartó de la estación para que nadie viera que llevaba a un animal domestico consigo. Cuando se aseguró de que nadie la miraba, sacó a Charlie de la maleta y volvió a cerrarla mientras este se iba a hacer sus cosas. Ahora sí podía observar lo que había a su alrededor. Fuera de la estación ya se podía contemplar las carreteras y los árboles de la acera. La primavera fue la causante de que aquellos árboles obtuvieran flores rosadas a medio crecer en sus ramas. A pesar del jaleo que se percibía a simple vista, Laume quedó encantada con la vista. Pero no podía dejarse llevar por la primera impresión. Debía encontrar el internado al que asistiría a partir de ahora.

Le pareció leer algo acerca de este pueblo cuando era muy pequeña. Fue bautizado por el nombre Ángora por la fundadora de la primera clínica veterinaria dirigida por mujeres, entre ellas la creadora de la misma, Luciana Ángora. Era conocida por su gran experiencia como veterinaria, su profesionalidad y su gran corazón. Se dice que el pueblo era conocido por su basto conocimiento sobre animales y vegetación.

Cogió la correa y el arnés que Laume creó para Charlie con su magia y empezaron a caminar sin rumbo por las calles del pueblo. No sabía hacía cuánto tiempo existía el pueblo, pero a pesar de su aspecto anticuado, los colores de las paredes de piedra eran de un agradable y suave tono amarillento y blanquecino que hacían a las calles bellas y pintorescas. Y por si eso no fuera poco, las tiendas que se encontraban por la hilera de la misma calle que llevaba a la estación, estaban cuidadosamente expuestos en la acera para no molestar a los peatones, y lucían hermosos y vivos colores con decoraciones increíblemente detallados. Cuando dobló una de las esquinas de la calle, todo estaba más tranquilo pero igual de colorido por las flores que colgaban por las paredes rocosas y las terrazas de las casas. Dobló de nuevo una esquina y esta vez pudo ver una calle algo más estrecha con paredes más grisáceas y varias plantas que crecían aisladas en las esquinas más descuidadas. Esta vez, al acabar la calle, encontró una plaza circular donde había una gran fuente de agua en la que parecía que no pasaban los años. También estaba decorada por plantas enroscadas y florecillas de diferentes colores. Se sentó un rato y pensó por qué camino debía ir a continuación. Dejó a su perro suelto para que estirara las patas a su aire, lo cual no fue muy buena idea al comprobar que empezó a ladrar y correr por uno de los caminos de la plaza.

Laume corrió a por él para unir de nuevo la correa con el arnés, sin embargo, no tuvo que ir muy lejos. Lo vio parado frente a un chico alto que vestía de negro como el color de su pelo, despeinado y puntiagudo. Laume también se detuvo en seco y no por encontrar a su perro. Ambos sujetos levantaron la vista y observaron sus ojos. Eran una combinación perfecta de color. Los ojos de él eran ambarinos, de un tono tan anaranjado como un atardecer. Y los de ella eran azules, de un azul tan irreal que se podrían asemejar al océano más limpio y claro. Una combinación perfecta. Un cálido cielo anaranjado por el atardecer acariciando con suma delicadeza a un océano tan claro y profundo. Laume sintió su corazón latir con brío y apartó la mirada. Le sorprendió. Nunca vio unos ojos tan claros y raros. Su subconsciente la incitó a reconocer que más que raros eran hermosos. Como dos soles ardientes.

—¡Ha debido de ser él! —gritó de repente una persona—. ¡Él ha robado al tío Rubén!

¿Tío Rubén? Laume estaba descolocada. Solo buscaba a su perro para seguir su camino y ahora se veía rodeada de gente que apuntaba con el dedo a un joven de aspecto amenazador.

—No me extrañaría nada. No es la primera vez que roba —escuchó Laume murmurar a una mujer con un niño en brazos.

—¡Lárgate de aquí! ¡¿No has causado demasiados problemas ya!? —gritó otro hombre mientras otras personas reclamaban que se marchara.

Era demasiado duro oír a toda esa gente insultar a un solo sujeto. Las palabras más crueles e hirientes caían sobre el chico de negro, pero este no se dejaba ofender. Ni siquiera se inmutó. Laume no comprendía lo que pasaba. ¿Sería verdad lo que la gente decía? ¿Por qué no preguntaba si había algún testigo o algo? La chica se estaba poniendo nerviosa y roja por la vergüenza que sentía al percibir la furia de la gente y la injusticia de la situación y no atreverse a hacer nada para remediarlo. Sabía que podían pasar muchas cosas: ¿y si uno de los pueblerinos la acusaba de ladrona también? ¿Y si a alguien se le cruzaba el cable y la golpeaba? O peor. Pero... ¿Qué otra cosa podía hacer?

Decidido. Pensó detenidamente y con calma sobre la situación. ¿Qué había visto ella? ¿Qué habían visto ellos? A esa última pregunta no podía responder, pero Laume tenía la certeza de que no había visto a ese chico causar ningún tipo de problema. Aunque de eso tampoco podía estar segura. No pudo fijarse especialmente en lo que hacían porque estaba concentrada siguiendo a Charlie con la mirada pero podría jurar que solo estaban hablando. Si fuera así, entonces hablarían posiblemente de cosas triviales con un tono tranquilo. Si la conversación hubiera sido un poco más acalorada, seguramente se habría percatado incluso si estaba demasiado ocupada pillando a su perro. Sin embargo, la gente parecía estar observando al chico de mala manera. Algunas personas murmuraban a lo lejos. Al ser una especie familiarizada con el resto de criaturas del mundo, por naturaleza el oído, olfato y vista de Laume estaban mucho más desarrollados que la de las personas. Ojalá no los tuviera así de evolucionados. Existen situaciones en las que es mejor que el silencio se adueñe de ellas. Escuchó a las personas de las terrazas murmurar entre ellas cosas muy desagradables.

—Si robó hace años, puede volver hacerlo sin problemas —escuchó decir a una anciana.

—Robará al hombre que le dio un trabajo hace tiempo. ¡Menudo sinvergüenza!

—¿Por qué no le dice nada Rubén a ese chaval?

No quería seguir oyendo esas voces… esos insultos. ¿Sería verdad? ¿Estaría frente a un ladrón?

—Por favor —suplicó el hombre calvo que se encontraba al lado del chico al que apuntaban—. Escuchad. Sí me han robado. Ya van unos cuantos. Es por eso que le estoy pidiendo ayuda. Él no tiene nada que ver con esto.

A Laume le sorprendió lo afectado que parecía aquel hombre ante esa situación. Desde muy pequeña pensó y creyó que los adultos no sentían inseguridad o preocupación. Cuando veía a su madre siempre mostraba un comportamiento firme y confiado. Ver al hombre tan entregado a defender al chico de negro, le hizo ver que era una buena persona. Miró al chico de negro, pero él parecía no prestar atención a su alrededor.

—¡No seas ingenuo, Rubén! —gritó un hombre entre la gente—. ¡Ya robó hace tiempo! ¡No importa cuál fuera el motivo! ¡No tiene derecho a estar aquí! ¡No lo queremos cerca del barrio!

Gente de su alrededor le dio la razón gritando furiosos. Algunos incluso repetían las frases, como si solo quisieran formar barullo sin razón.

—¡Márchate de aquí, ladrón!

No sabía si fue esa frase lo que la llenó de valor para caminar, aunque fuera con la voz y el cuerpo temblorosos, y ponerse a hablar delante del bullicio con la idea de encontrar un término medio entre esa discusión, y la mirada triste del hombre calvo, al que llamaban “Tío Rubén”.

—¿Alguien le ha visto robar ahora?

Puede que fuera la pregunta más tonta que pudo formular y, no obstante, hizo efecto en la gente. Todo el mundo quedó en silencio. La mirada de Laume era una mezcla entre suplicante y triste. No sabía qué podía conseguir ella dando su opinión y tratando de comprender cómo se sentían todas esas personas. El hombre calvo y el chico de negro miraron sorprendidos a Laume, que les daba la espalda, y luego intercambiaron una mirada de incertidumbre.

—Si ha robado o no, no lo sé. Y tampoco sé por qué lo haría, pero no está bien decir esas cosas. Es decir... Aun si fuera un ladrón... Despecharlo de esa forma no es lo correcto.

Sintió que su cuerpo temblaba al igual que su voz y cómo su rostro se enrojecía con intensidad. Tenía las manos pegadas al cuerpo, temblorosas como este. ¿Habría utilizado bien la palabra despecho? De todas formas... No sabía si sentirse estúpida u orgullosa de atreverse a decir algo así.

Escuchó cómo las personas de la calle ponían toda su atención en ella esta vez. No le gustó. Casi habría preferido que la ignoraran. Casi. Una vez pronunciadas las palabras, incorrectas o no, el viento se las llevaba sin mirar atrás. Y eso mismo debía hacer ella. No se arrepintió de lo que dijo. Algo dentro de ella, algo extraño dentro de ella, le decía a gritos que ese chico no era lo que parecía ser. No se juzga a un libro por su portada. Otra gran lección que le enseñó su madre. Tan ensimismada estaba, que no sabía si la gente le estaba insultando o reprochando su forma de pensar. En situaciones normales, esto la podría haber llevado al límite, sin embargo, algo la hacía mantenerse tranquila y no sabía qué era. Su corazón latió con más fuerza sin saber por qué.

De repente, se dio cuenta de que Charlie estaba a su lado, ladrando y gruñendo amenazadoramente contra alguien. Levantó la mirada y se dio cuenta de que un hombre salió corriendo entre el bullicio de la gente y Charlie fue a por él, sin dificultades, ya que, al ser pequeño, podía esquivar las piernas de la gente con habilidad. Ella también corrió y esquivó a la manada de personas que ocupaban la estrecha calle. No quería que nada malo le pasara a su amigo. Corrió más deprisa evitando las ganas que tenía de lanzarle un hechizo paralizante o de trasformarse en un animal más veloz para poder alcanzarlo. Lo peor era que, incluso esforzándose al máximo, sabía que no era tan rápida, ni tan fuerte, ni tan inteligente como para detener sus miedos u obstáculos. No importaba si era perteneciente a la especie más poderosa sobre la faz de la Tierra, era, y siempre se sentiría una inútil.

De repente, alguien más la adelantó, como si fuera un rayo, como si literalmente se hubiera teletransportado a su lado. Observó cómo el chico de negro tumbó al ladrón sin esfuerzo. Charlie gruñó de nuevo al hombre noqueado, mientras el otro comprobaba si llevaba algo peligroso o de valor encima. Laume lo alcanzó con la respiración entrecortada y agachó el cuerpo apoyando sus manos ligeramente en sus rodillas. Aunque estuviera en buena forma, no le gustaba nada el deporte. Vio cómo el chico ataba al sospechoso sujeto con una cuerda, sin una sola gota de sudor resbalando por su cara.

—O... oye...

No sabía qué decir pero simplemente no podía dejar que se fuera tan pronto. Tenía que saber si su defensa fue en vano o no. Se irguió y le miró a la cara. Fue un error. Al ver de nuevo sus grandes y enigmáticos ojos anaranjados, se quedó ensimismada en ellos. Algo le decía que ese chico no era normal pero no sabía decir por qué.

—Esto...

El chico no le prestó atención y se dio la vuelta, arrastrando consigo a un malhumorado hombre que maldecía su suerte. Dobló la esquina de al lado y Laume le siguió, pero algo asombroso la dejó sin palabras. El chico había desaparecido sin dejar rastro alguno. Charlie olisqueó la zona pero era como si realmente la tierra se lo hubiera tragado por completo, al instante. Siguió olisqueando como si no hubiera pasado nada, pero Laume estaba empezando a tener serias sospechas contra él.

En cualquier caso, lo más probable es que no lo volviera a ver. Así que, sin más contemplaciones, volvió a por su maleta. Milagrosamente se encontraba en el mismo sitio donde la dejó. Después siguió su camino con Charlie atado.

Siguieron caminando por las calles del pueblo hasta que se topó con una señal en la que ponía “Plaza Benrrobal”. Una vez que siguió la indicación de la señal, la chica se quedó maravillada con lo que vio. En el centro de la plaza, cruzando uno de los cinco puentes de madera ligeramente elevados, se podía ver un quiosco enorme con barandillas de mármol que sostenían un reluciente techo de cristal de muchos colores, similares a las ventanas de una iglesia. Alrededor de los puentes solo había césped recién cortado y varios árboles de diferentes formas y tamaños, todos con un sinnúmero de hojas de colores cálidos. Tuvo que dejar a su perro suelto de nuevo al quedar tan maravillada por la singular belleza del quiosco en concreto, aunque el paisaje en sí fuera espléndido con tan solo verlo.

Cruzó lentamente el puente observando el estanque de agua con peces de colores que Laume desconocía, un par de cisnes y varios patos. Observó de nuevo el quiosco y al subir los cinco escalones, abrió una puertecita que le llegaba casi hasta la cadera, y entró observando al detalle cada rincón. No había mucho que ver, era un quiosco normal y corriente, sencillo y acogedor a pesar del frío mármol del suelo, pero Laume se sintió sobrecogida por esa sensación de curiosidad y emoción. Nunca antes estuvo en un lugar igual. Siempre vivió en las montañas, alejada de tantas cosas que la podían asombrar. El mundo que se estaba perdiendo. Ella nunca deseó marcharse definitivamente de Katsunagi, pero sabía que más allá del pueblo existían miles de sitios por explorar y muchas aventuras y emociones que vivir. Siempre deseó ver el mundo que se encontraba a su alrededor. Y no desde sus libros. Quería verlos de verdad, con sus propios ojos. Un pequeño rayo de esperanza le hizo pensar que tal vez no hubiera sido tan malo venir a Ángora. La chica llamó a su perro y echó un último vistazo al quiosco con sus barandillas de mármol con ramitas y plantas enroscadas en las mismas, y el techo de dibujos abstractos que daban color al suelo de mármol al pegar la luz del sol contra los cristales.

Al salir del quiosco y sus puentes, Laume pudo encontrar un pequeño edificio, que más bien se asemejaba a una casita, con paredes blancas con terrazas llenas de macetas con flores llamativas y grandes ventanas de los años setenta. La cubierta estaba hecha de tejas que parecían tener más años que ella y su perro juntos. También encontró un restaurante oriental con decorados exóticos de un vivo color rojo y oro.

Vio a varias personas paseando, charlando y jugando, acompañados por sus mascotas o amigos, o en solitario. Al lado de un caminito de piedra, Charlie olisqueó una especie de farola que, en vez de dar luz por las noches, daba la hora permanentemente. Se sorprendió al ver que eran las tres del mediodía y no le dio hambre hasta que un olor desconocido para ella le envolvió la nariz. Venía del restaurante pero ni siquiera se volvió a mirarlo. Aunque quisiera comer, no tenía dinero. Tampoco tenía móvil, ni cartera ni nada que la identificara como persona. No solo fue por la velocidad en la que tuvo que abandonar su hogar, sino por la destrucción que sufrió hace tres años. Su plan era quedarse a vivir como un animal salvaje en las montañas de Katsunagi durante el resto de su vida, con el pesar de abandonar sus sueños y felicidad, quedando para siempre en el olvido. Estaba confusa. Su destierro la destrozó pero a la vez le dio una nueva oportunidad de vivir y cumplir sus sueños. ¿Pero por dónde empezaría?

No pudo seguir pensando en la forma de seguir con su vida una vez que llegara al internado porque su estómago le susurraba suplicante que le diera algo para aliviar su hambre.

Decidió entrar con paso firme a la casita de al lado para olvidarse del hambre que el olor le hacía sentir. Abrió una puerta blanca de madera y se escuchó un leve tintineo de campanas de viento que se encontraban en la entrada. Dejó atrás el pasillo blanco y lila y entró en la sala donde se leía “biblioteca” en cursiva. ¿Le dejarían llevarse un libro aunque no tuviera ninguna especie de permiso para hacerlo? ¿Haría falta una tarjeta como le explicó su madre hace tiempo? Qué pregunta más tonta, pensó, pues claro que sí.

Aun así quiso echar un vistazo a los libros que la pequeña biblioteca le brindaba y empezó a caminar sin rumbo por las altas estanterías de madera.

Había muchos libros que le interesaban y había otros que nunca había visto y deseó leerlos lo antes posible. Era una amante de los libros. Le encantaba leer desde que era muy pequeña pero había otras cosas que también le encantaban como escribir sus propias historias, pintar, dibujar. Era muy creativa. Pero lo que más le entusiasmaba eran los animales. A pesar de que ella misma era un animal, adoraba los animales que se podían encontrar en el mundo. Siempre se preguntó si había criaturas desconocidas para los humanos como los Infras. De repente, la morena detuvo su mirada hacia un libro que pareció reconocer al instante. Era uno de los libros favoritos de su madre. Ella le prometió en una ocasión que se lo regalaría para que pudiera leerlo las veces que quisiera, pero, por desgracia, ese momento nunca llegó.

—”El Retorno de la Mariposa” —una clara voz la sobresaltó ligeramente, gracias a dios, sin dar un grito, ya que era bastante asustadiza—. Ese es un gran libro.