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La nueva novela negra de Michael Connelly «Sesión nocturna». Michael Connelly presenta su nueva protagonista: Renée Ballard, una prometedora detective de la policía de Los Ángeles, relegada al turno de noche por denunciar a su superior por acoso sexual. Renée Ballard empieza muchas investigaciones, pero no termina ninguna, porque cada mañana entrega sus casos a los detectives del turno de día. Sin embargo, una noche le tocan dos casos de los que no quiere desprenderse: la brutal paliza a una prostituta que es abandonada y dada por muerta en un aparcamiento, y el asesinato de una joven camarera durante un tiroteo en un club nocturno. Ballard está decidida a no renunciar a los casos al amanecer. Contra las órdenes y los deseos de su propio compañero, se dedica a ambas investigaciones de día mientras cumple con su turno de noche. Los casos se complican y acercan a Ballard a sus propios demonios y a la razón por la que no renunciará al trabajo por más dificultades que le ponga el departamento. Reseñas: «Una de las mejores novelas de Connelly, que anticipó el escándalo del acoso sexual. Ballard es un gran personaje: una policía valiente y muy inteligente». Guillermo Altares, El País
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Seitenzahl: 524
Veröffentlichungsjahr: 2018
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Agradecimientos
Créditos
En honor del sargento Steve OwenDepartamento del Sheriff del condado de Los ÁngelesEjecutado en acto de servicio, 5 de octubre de 2016
Ballard y Jenkins llegaron a la casa de El Centro poco después de medianoche para responder al primer aviso del turno. Ya había un coche patrulla delante y Ballard reconoció a los dos agentes de uniforme azul que se hallaban en el porche delantero del bungaló junto a una mujer de cabello gris que iba en bata. John Stanley era el agente principal del turno —el jefe de calle— y lo acompañaba su compañero Jacob Ross.
—Creo que te toca —dijo Jenkins.
Habían descubierto en sus dos años como compañeros que Ballard era la mejor de la pareja para tratar con víctimas mujeres. No se trataba de que Jenkins fuera un ogro, pero Ballard comprendía mejor las emociones de las víctimas femeninas. Y lo contrario ocurría cuando se enfrentaban con un caso en el que la víctima era un hombre.
—Recibido —dijo Ballard.
Salieron del coche y se dirigieron hacia el porche iluminado. Ballard llevaba su radio en la mano. Cuando subieron los tres peldaños, Stanley les presentó a la mujer. Se llamaba Leslie Anne Lantana y tenía setenta y siete años. Ballard no creía que fueran a tener mucho que hacer allí. La mayoría de los robos con allanamiento se limitaban a un atestado, a lo sumo una llamada para que pasara el coche de huellas si tenían suerte y advertían alguna señal de que el ladrón había tocado superficies de las que podían extraerse huellas.
—La señora Lantana ha recibido un correo de alerta de fraude que dice que alguien intentó cargar a su tarjeta de crédito una compra en Amazon —explicó Stanley.
—Pero no fue usted —dijo Ballard a la señora Lantana, afirmando lo evidente.
—No, fue en la tarjeta que tengo para emergencias y nunca la utilizo en Internet —aclaró Lantana—. Por eso saltó la alerta. Tengo una tarjeta diferente para Amazon.
—Muy bien —dijo Ballard—. ¿Llamó a la compañía de la tarjeta?
—Primero fui a buscar la tarjeta para ver si la había perdido, y descubrí que mi billetera no estaba en el bolso. Me la han robado.
—¿Alguna idea de dónde o cuándo se la robaron?
—Fui a hacer la compra a Ralphs ayer, así que sé que entonces tenía la billetera. Después vine a casa y no he salido.
—¿Usó tarjeta de crédito para pagar?
—No, efectivo. Siempre pago en efectivo en el supermercado. Pero saqué mi tarjeta de cliente para que me aplicaran los descuentos.
—¿Cree que podría haber olvidado su billetera en Ralphs? ¿Tal vez en la caja registradora, cuando sacó la tarjeta?
—No, no lo creo. Soy muy cuidadosa con mis cosas. Vigilo la billetera y el bolso. Y no estoy senil.
—No pretendía insinuar eso, señora. Solo hago preguntas.
Ballard cambió de rumbo, aunque no estaba convencida de que Lantana no se hubiera dejado la billetera en Ralphs, donde cualquiera podría haberla cogido.
—¿Quién vive aquí con usted, señora? —preguntó.
—Nadie —dijo Lantana—. Vivo sola. Bueno, con mi perro Cosmo.
—Desde que volvió ayer de Ralphs, ¿alguien ha llamado a la puerta o ha estado en la casa?
—No, nadie.
—¿Y no la han visitado amigos ni familiares?
—No, pero tampoco se habrían llevado mi cartera si hubieran estado aquí.
—Por supuesto, no quiero dar a entender lo contrario. Solo estoy tratando de formarme una idea de las idas y venidas. Entonces, ¿me está diciendo que ha estado en casa todo el tiempo desde que volvió del súper?
—Sí, he estado en casa.
—¿Y Cosmo?¿Saca a pasear a Cosmo?
—Claro, dos veces al día. Pero cierro la casa cuando salgo, y no voy muy lejos. Es un perro viejo y yo tampoco estoy cada día más joven.
Ballard sonrió, comprensiva.
—¿Pasea todos los días a la misma hora?
—Sí, cumplimos unos horarios. Es mejor para el perro.
—¿Cuánto tiempo duran esos paseos?
—Treinta minutos por la mañana y por lo general un poco más por la tarde, según cómo nos encontremos.
Ballard asintió. Sabía que lo único que necesitaba un ladrón que rondara la zona sur de Santa Monica era localizar a la mujer paseando al perro y seguirla a su casa. La habría vigilado para determinar si vivía sola y luego habría regresado al día siguiente a la misma hora cuando sacara al perro otra vez. La mayoría de las personas no se daban cuenta de que sus rutinas más simples las hacían vulnerables a los depredadores. Un ladrón con experiencia entraría y saldría de la casa en un máximo de diez minutos.
—¿Ha mirado si le falta algo más, señora? —preguntó Ballard.
—Todavía no —dijo Lantana—. He llamado a la policía en cuanto he sabido que me faltaba la cartera.
—Bueno, entremos y así mira a ver si echa en falta algo —propuso Ballard.
Mientras ella acompañaba a Lantana por la casa, Jenkins fue a revisar si habían forzado la cerradura de la puerta trasera. En la habitación de Lantana había un perro en un cojín para dormir. Era un cruce de bóxer y tenía el rostro emblanquecido por la edad. El animal siguió a Ballard con sus ojos brillantes, pero no se levantó. Era demasiado viejo. Soltó un ladrido profundo desde el pecho.
—No pasa nada, Cosmo —lo tranquilizó Lantana.
—¿Qué es? ¿Bóxer y qué más? —preguntó Ballard.
—Ridgeback —dijo Lantana—. Creemos.
Ballard no estaba segura de si con el uso del plural la mujer se refería al perro o a otra persona. Tal vez a ella y a su veterinario.
La anciana terminó su revisión de la casa con una mirada al cajón de sus joyas e informó de que no parecía que faltara nada salvo la cartera. Eso hizo que Ballard pensara otra vez en Ralphs, o quizá el ladrón había calculado que contaba con menos tiempo del que en realidad disponía para registrar la casa.
Jenkins se unió a ellas y explicó que no había indicaciones de que la cerradura de la puerta delantera o trasera hubieran sido forzadas, ni con ganzúas ni de ningún otro modo.
—¿Cuando paseó al perro vio algo inusual en la calle? —preguntó Ballard a la mujer—. ¿Alguien fuera de lugar?
—No, nada inusual —dijo Lantana.
—¿Hay alguna obra en la calle? ¿Trabajadores rondando?
—No, nada por aquí.
Ballard le pidió a Lantana que le mostrara el correo que había recibido de la compañía de la tarjeta de crédito. Fueron a un pequeño rincón de la cocina donde la mujer tenía un portátil, una impresora y un montón de sobres en bandejas apilables. Era obviamente su oficina doméstica, donde se ocupaba de pagar facturas y hacer pedidos en Internet. Lantana se sentó y abrió la alerta de correo en la pantalla del ordenador. Ballard se inclinó por encima del hombro de la anciana para leerlo y le pidió que llamara otra vez a la compañía de la tarjeta de crédito.
Lantana hizo la llamada desde un teléfono situado en la pared y extendió el largo cable hasta el rincón de la cocina. Finalmente, le pasó el teléfono a Ballard y esta salió al pasillo con Jenkins, estirando el cable todo lo que dio de sí. Estaba hablando con un especialista en alertas de fraude que hablaba un inglés con acento indio. Ballard se identificó como detective del Departamento de Policía de Los Ángeles y preguntó la dirección de entrega que se había utilizado para la compra con tarjeta antes de que esta fuera rechazada como posiblemente fraudulenta. El especialista en alertas de fraude argumentó que no podía proporcionar esa información sin una orden judicial.
—¿Qué quiere decir? —preguntó Ballard—. Usted es especialista en alertas de fraude, ¿no? Esto ha sido un fraude, y si me da la dirección podré hacer algo al respecto.
—Lo siento —dijo el hombre—. No puedo hacerlo. Nuestro departamento jurídico debe autorizarme y no lo ha hecho.
—Déjeme hablar con el departamento jurídico.
—Está cerrado ahora. Es hora de comer y está cerrado.
—Entonces déjeme hablar con su supervisor.
Ballard miró a Jenkins y negó con la cabeza, frustrada.
—Mira, todo acabará sobre la mesa de Robos por la mañana —dijo Jenkins—, ¿por qué no dejas que se ocupen ellos?
—Porque no se ocuparán —dijo Ballard—. Se perderá en la pila. No harán ningún seguimiento y eso no es justo para ella. —Señaló con la cabeza hacia la cocina, donde la víctima del robo continuaba sentada con aspecto abatido.
—Nadie ha dicho que sea justo —dijo Jenkins—. Es lo que es.
Al cabo de cinco minutos, el supervisor se puso al teléfono. Ballard explicó que tenían una situación fluida y necesitaban actuar con rapidez para detener a la persona que había robado la tarjeta de crédito de la señora Lantana. El supervisor explicó que el intento de uso de la tarjeta no había funcionado, de manera que el sistema de alerta de fraude había cumplido su función.
—No hay ninguna necesidad de mantener esta «situación fluida», como la llama —dijo.
—El sistema solo funciona si atrapamos al culpable —repuso Ballard—. ¿No se da cuenta? Impedir que la tarjeta se utilice solo es una parte. Eso protege a su cliente corporativo. No protege a la señora Lantana, que ha sufrido que alguien entrara en su casa.
—Lo siento —dijo el supervisor—. No puedo ayudarle sin una orden judicial. Es nuestro protocolo.
—¿Cómo se llama?
—Me llamo Irfan.
—¿De dónde es, Irfan?
—¿Qué quiere decir?
—¿Es de Bombay? ¿Nueva Delhi? ¿De dónde?
—Soy de Bombay, sí.
—Y por eso le importa una mierda. Porque este tipo nunca irá a su casa en Bombay a robarle la cartera. Muchas gracias.
Retrocedió a la cocina y colgó el teléfono antes de que el supervisor inútil pudiera responder. Se volvió hacia su compañero.
—Vale, volvemos a la cueva, escribimos el atestado y lo entregamos en la mesa de Robos —dijo—. Vamos.
Ballard y Jenkins no llegaron a la comisaría para empezar a redactar el atestado del robo a Lantana. El comandante del turno los desvió al centro médico Hollywood Presbyterian para que investigaran un asalto. Ballard aparcó en un espacio reservado para ambulancias junto a la entrada de Urgencias y dejó las luces estroboscópicas encendidas. Ella y Jenkins entraron por las puertas automáticas. Ballard se fijó en la hora para el informe que redactaría después. Eran las 0:41 según el reloj que estaba sobre la ventanilla de la recepción de la sala de espera de Urgencias.
Había allí un novato, con la piel tan pálida como la de un vampiro. Ballard lo saludó con la cabeza y él se acercó a informarlos. No tenía ningún galón en la manga, tal vez acababa de salir de la academia; demasiado nuevo en la División para que ella lo conociera por su nombre.
—La encontramos en un aparcamiento en Santa Monica, al lado de Highland —explicó el agente—. Parece que la habían tirado allí. El que lo hizo probablemente pensó que estaba muerta. Pero estaba viva, y se despertó y estuvo semiconsciente durante un par de minutos. Alguien le ha pegado una paliza brutal. Uno de los enfermeros dijo que podría tener fractura de cráneo. La tienen atrás. Mi AI también está allí.
El asalto podría elevarse a secuestro, y eso aumentó el grado de interés de Ballard. Verificó la placa del patrullero y vio que se llamaba Taylor.
—Taylor, soy Ballard —dijo—, y él es el detective Jenkins, compañero residente de la oscuridad. ¿Cuándo llegaste al Super Seis?
—Primer despliegue —dijo Taylor.
—¿Directo de la academia? Bueno, bienvenido. Te lo pasarás mejor en el Seis que en ningún otro sitio. ¿Quién es tu agente instructor?
—El agente Smith, señora.
—No soy tu madre. No me llames señora.
—Lo siento, señora. Quiero decir...
—Estás en buenas manos con Smitty. Es bueno. ¿Habéis identificado a la víctima?
—No, no llevaba bolso ni nada, pero estuvimos intentando hablar con ella mientras llegaba la ambulancia. Perdía y recuperaba la conciencia y no decía nada coherente. Parece que dijo que se llamaba Ramona.
—¿Dijo algo más?
—Sí, dijo: «La casa boca abajo».
—¿«La casa boca abajo»?
—Es lo que dijo. El agente Smith le preguntó si conocía a su agresor y dijo que no. Le preguntó dónde la habían agredido y dijo: «La casa boca abajo». Ya digo que no decía nada muy coherente.
Ballard asintió y pensó en lo que eso podía significar.
—De acuerdo —dijo ella—. Vamos a ver qué aclaramos.
Ballard hizo una seña con la cabeza a Jenkins y se dirigió hacia la puerta que conducía a los boxes de Urgencias. Iba vestida con un traje gris oscuro de Van Heusen con raya diplomática color tiza. Siempre pensaba que la formalidad del traje le sentaba bien, con su piel morena y su pelo aclarado por el sol. Y transmitía una autoridad que la ayudaba a superar su baja estatura. Se retiró la chaqueta lo suficiente para que la recepcionista del otro lado del cristal viera la placa en su cinturón y abriera la puerta.
La sala de ingresos consistía en seis boxes de diagnóstico y tratamiento de pacientes detrás de unas cortinas cerradas. Doctores, enfermeras y auxiliares se movían de acá para allá en torno a un puesto de control situado en el centro de la sala. Reinaba un caos organizado, todo el mundo tenía un trabajo que hacer y una mano invisible lo coreografiaba todo. Era una noche movida, pero todas las noches lo eran en el Hollywood Pres.
Había otro patrullero delante de la cortina del box de tratamiento número cuatro, y Ballard y Jenkins se dirigieron directamente hacia él. Llevaba tres galones en las mangas —quince años en el Departamento— y Ballard lo conocía bien.
—Smitty, ¿el doctor está dentro? —preguntó Ballard.
El agente Melvin Smith levantó la mirada de su teléfono, en el que había estado escribiendo un mensaje.
—Ballard, Jenkins, ¿cómo va? —dijo Smith. Luego—: No, está sola. Están a punto de llevarla a quirófano. Fractura de cráneo, edema cerebral. Han dicho que tienen que abrir el cráneo para aliviar la presión.
—Conozco la sensación —dijo Jenkins.
—Entonces, ¿no dice nada? —preguntó Ballard.
—Ya no —respondió Smith—. La han sedado y les he oído hablar de inducir un coma hasta que se reduzca el edema. Eh, ¿cómo está Lola, Ballard? Hace mucho que no la veo.
—Lola está bien —dijo Ballard—. ¿La encontrasteis o fue una llamada?
—Fue una llamada —dijo Smith—. Alguien avisó, pero se había marchado cuando llegamos. La víctima estaba sola, tumbada en el aparcamiento. Pensamos que estaba muerta cuando llegamos.
—¿Llamasteis a alguien para que se ocupara de la escena del crimen? —preguntó Ballard.
—No, no hay nada más que sangre en el asfalto, Ballard —dijo Smith—. Querían deshacerse de un cadáver.
—Vamos, Smitty, eso es una chorrada. Hemos de delimitar la escena. ¿Por qué no os vais de aquí y os ocupáis del aparcamiento hasta que os mandemos un equipo? Podéis quedaros en el coche haciendo papeleo.
Smith miró a Jenkins para ver si el detective más veterano daba su aprobación.
—Tiene razón —dijo Jenkins—. Hemos de montar una escena del crimen.
—Recibido —dijo Smith, en un tono que revelaba que creía que el encargo era una pérdida de tiempo.
Ballard abrió la cortina y entró en el box cuatro. La víctima yacía boca arriba en una cama, con una bata verde claro de hospital sobre su cuerpo herido. Tenía la nariz intubada y vías en ambos brazos. Ballard había visto muchas víctimas de violencia en sus catorce años en el Departamento, pero ese era uno de los peores casos que se había encontrado en los que la víctima seguía con vida. La mujer era pequeña y parecía no pesar ni cincuenta y cinco kilos. Tenía los dos ojos cerrados por la hinchazón y la órbita del derecho estaba claramente rota bajo la piel. La forma del rostro quedaba más distorsionada por la inflamación de todo el lado derecho, donde se apreciaban abrasiones en la piel. Estaba claro que la habían golpeado con brutalidad y la habían arrastrado por un terreno irregular —probablemente el aparcamiento— con el suelo arañándole el rostro. Ballard se inclinó sobre la cama para examinar la herida del labio inferior. Reparó en la profunda marca de un mordisco que había partido el labio salvajemente. El tejido arrancado se mantenía unido con dos puntos provisionales. La víctima necesitaría la atención posterior de un cirujano plástico. Si sobrevivía.
—Madre mía —exclamó Ballard.
Sacó el teléfono del cinturón y abrió la cámara. Empezó a sacar fotos, comenzando con una imagen de la cara completa de la víctima para luego pasar a primeros planos de cada una de las heridas faciales. Jenkins observó sin hacer comentarios. Sabía cómo trabajaba su compañera.
Ballard desabrochó la parte superior de la bata para examinar las heridas en el pecho. El lado izquierdo del torso captó su atención. Tenía varios hematomas profundos formando una línea recta que parecían consecuencia de golpes infligidos con un objeto más que con los puños.
—Mira esto —dijo Ballard—. ¿Puños americanos?
Jenkins se inclinó.
—Eso parece —dijo—. Puede ser.
Se echó atrás, asqueado por lo que vio. John Jenkins llevaba veinticinco años de servicio y Ballard sabía que hacía mucho que se le había agotado el depósito de empatía. Era un buen detective, cuando quería serlo, pero, como muchos policías que llevaban tanto tiempo en el cuerpo, solo quería un lugar para hacer su trabajo. La jefatura de policía, en el centro de la ciudad, se llamaba EAP, Edificio de Administración de Policía. Tipos como Jenkins pensaban que significaba Edificio de Asco y Papeleo o Edificio de Asco y Política, a elegir.
El turno de noche por lo general se asignaba a aquellos que habían tenido problemas con la política y la burocracia del Departamento. Sin embargo, Jenkins era, sorprendentemente, voluntario para el turno de once de la noche a siete de la mañana. Su mujer tenía cáncer, y a él le gustaba trabajar durante las horas en que ella dormía para poder estar en casa cada día mientras estaba despierta y lo necesitaba.
Ballard sacó más fotos. Los pechos de la víctima también tenían golpes y moratones; el pezón del lado derecho estaba, como el labio, desgarrado por dientes afilados. El pecho izquierdo era redondo y voluminoso; el derecho, más pequeño y plano: implantes, uno de los cuales había estallado dentro del cuerpo. Ballard sabía que hacía falta un impacto brutal para provocar algo así. Solo lo había visto una vez antes, y la víctima en cuestión estaba muerta.
Cerró con cuidado la bata y miró las manos en busca de heridas defensivas. Tenía las uñas rotas y ensangrentadas. Había profundas marcas granates y abrasiones circulares en las muñecas, que indicaban que la víctima había sido atada y mantenida cautiva el tiempo suficiente para producir heridas por rozadura. Ballard calculaba que horas, no minutos. Tal vez incluso días.
Tomó más fotos, y fue entonces cuando se fijó en la longitud de los dedos de la víctima y en la separación de los nudillos. Santa Monica Boulevard con Highland Avenue, debería haberlo imaginado. Levantó el borde inferior de la bata y confirmó que la víctima era biológicamente un hombre.
—Mierda, no tenía necesidad de ver eso —dijo Jenkins.
—Si Smitty lo sabía y no nos lo ha dicho, es un puto capullo —protestó Ballard—. Esto cambia las cosas. —Dejó de lado el estallido de rabia y volvió a centrarse—. Antes de que saliéramos de la cueva, ¿viste si había alguien de Antivicio trabajando esta noche? —preguntó.
—Ah, sí, tienen algo en marcha —dijo Jenkins—. No sé qué. Vi a Pistol Pete en la sala de descanso, preparando café.
Ballard se apartó de la cama y fue pasando las fotos en la pantalla del teléfono hasta que llegó a la imagen del rostro de la víctima. Entonces reenvió la foto y un texto a Pete Méndez, de la Unidad de Antivicio de Hollywood. Incluyó el mensaje:
¿Lo reconoces? ¿Ramona? ¿Travelo de Santa Monica?
Méndez era legendario en el Seis, pero no por nada bueno. Había pasado la mayor parte de su carrera como agente encubierto en Antivicio y cuando era más joven a menudo lo ponían a pasear como si fuera un chapero. Durante esas operaciones señuelo llevaba micrófonos, porque la grabación era lo que permitía ganar un caso y lo que por lo general provocaba que el sospechoso se declarara culpable de los cargos imputados. La grabación de uno de los encuentros de Méndez todavía se reproducía en fiestas de jubilación y reuniones de la Unidad. Méndez estaba en Santa Monica Boulevard cuando se acercó un potencial cliente. Antes de acceder a pagar por los servicios, el cliente le planteó una serie de preguntas, entre ellas cuál era la longitud de su pene en erección, aunque no usó términos tan educados.
—Unos quince centímetros —respondió Méndez.
El cliente, nada impresionado, siguió conduciendo sin decir una palabra más. Al cabo de unos momentos, un sargento de antivicio abandonó su posición y se acercó en el coche a Méndez, en la calle. Su conversación también se grabó.
—Méndez, estamos aquí para hacer detenciones —le recriminó el sargento—. La próxima vez que un tío te pregunte cómo de larga tienes la polla, exagera, por el amor de Dios.
—Ya lo he hecho —dijo Méndez, para su eterno bochorno.
Ballard retiró la cortina para ver si Smith todavía estaba por allí, pero él y Taylor se habían marchado. Caminó hasta el puesto de control para dirigirse a una de las enfermeras que estaban tras el mostrador. Jenkins la siguió.
—Ballard, Jenkins, policía —dijo ella—. Tengo que hablar con el médico que se ocupa de la víctima del box cuatro.
—Está en el dos ahora mismo —respondió la enfermera—. En cuanto salga.
—¿Cuándo sube la paciente a cirugía?
—En cuanto haya un quirófano libre.
—¿Han hecho un protocolo de violación? ¿Muestras anales? También necesitamos cortarle las uñas. ¿Quién puede ayudarnos con eso?
—Estaban tratando de salvarle la vida, esa era la prioridad. Tendrá que hablar con el doctor para todo lo demás.
—Es lo que estoy pidiendo. Quiero hablar con...
Ballard sintió que el teléfono le vibraba en la mano y se apartó de la enfermera. Vio un mensaje de Méndez. Se lo leyó en voz alta a Jenkins.
—«Ramona Ramone, travelo. Nombre real: Ramón Gutiérrez. Lo tuvimos aquí hace un par de semanas. Antecedentes más largos que su polla antes de la operación.» Una forma bonita de medirlo.
—Teniendo en cuenta sus propias dimensiones —dijo Jenkins.
Drag queens, travestis y transgéneros recibían el nombre general de travelos en Antivicio. No se hacían distinciones. No era bonito, pero se aceptaba. La propia Ballard había pasado dos años en el equipo señuelo del Departamento. Conocía el terreno y conocía la jerga. Era algo que nunca cambiaba, por más horas de formación en cuestiones de sensibilidad a las que asistieran los polis.
Miró a Jenkins. Antes de que ella pudiera hablar, lo hizo él.
—No —dijo.
—¿No qué?
—Sé lo que vas a decir. Vas a decir que quieres quedarte este caso.
—Es un caso vampiro, hay que trabajarlo de noche. Si lo dejamos sobre la mesa de Sexo, pasará como con ese robo, terminará en una pila. Lo trabajarán de nueve a cinco y no harán nada.
—Sigue siendo no. No es el trabajo.
Era el principal factor de discordia de su pareja. Trabajaban en el último turno, la sesión nocturna, pasando de un caso a otro; los reclamaban en cualquier escena que requiriese un detective para hacer los informes iniciales o certificar suicidios. Pero no se quedaban los casos. Escribían los atestados iniciales y entregaban todo a las unidades de investigación pertinentes por la mañana. Atraco, agresión sexual, robo con allanamiento, robo de coche, etcétera, etcétera. En ocasiones, Ballard quería llevar un caso desde el principio hasta el final. Pero ese no era el trabajo, y Jenkins nunca estaba dispuesto a separarse ni un milímetro de sus competencias. Era un trabajador de nueve a cinco en un turno de noche. Tenía una mujer enferma en casa y quería estar con ella cada mañana cuando se despertaba. No le interesaban las horas extra, ni por dinero ni por interés profesional.
—Venga, ¿y qué otra cosa vamos a hacer? —imploró Ballard.
—Vamos a verificar la escena del crimen y ver si realmente es una escena del crimen —dijo Jenkins—. Luego volveremos a la cueva y escribiremos informes sobre esto y el robo de la señora. Si tenemos suerte, no habrá más llamadas y estaremos haciendo papeleo hasta el amanecer. Vamos.
Hizo un movimiento para salir, pero Ballard no lo siguió. Él se volvió y se dirigió hacia ella.
—¿Qué? —preguntó.
—El que hizo esto es muy siniestro, Jenks —dijo—. Lo sabes.
—No vuelvas a tomar ese camino, porque no iré contigo. Hemos visto esto cien veces antes. Algún tipo pasa por aquí, no conoce el terreno, ve a una chica en la calle y para. Se ponen de acuerdo, él la lleva al aparcamiento y tiene el típico remordimiento del comprador cuando se encuentra con un perrito caliente debajo de la minifalda. Le da una paliza y sigue conduciendo.
Ballard ya estaba negando con la cabeza antes de que él hubiera terminado su resumen del caso.
—No con estas marcas de mordeduras —dijo—. No si el tipo llevaba puños americanos. Eso muestra un plan, muestra algo profundo. La tuvieron mucho tiempo atada. Esto es maldad absoluta y quiero quedarme el caso y hacer algo por una vez.
Técnicamente, Jenkins era el compañero veterano. Él decidía este tipo de cosas. En comisaría, Ballard podría recurrir al mando de equipo si quería, pero ahí era donde tenía que tomarse la decisión, por el bien de la unión de la pareja.
—Me voy a pasar por la escena del crimen y luego volveré a comisaría para empezar a escribir —dijo Jenkins—. El asalto va a la mesa de Robos, y esto, esto va a DcP. Tal vez a Homicidios, porque ese chico no tiene muy buen aspecto. Fin de la historia.
Con la decisión tomada, Jenkins se volvió otra vez hacia las puertas. Llevaba tanto tiempo en la policía que todavía llamaba a las distintas unidades «mesas». En los años noventa, eso es lo que eran, escritorios unidos para formar largas mesas. La mesa de Robos, la mesa de Delitos contra Personas, etcétera.
Ballard estaba a punto de seguirlo cuando recordó algo. Volvió a dirigirse a la enfermera que estaba detrás del mostrador.
—¿Dónde está la ropa de la víctima? —preguntó.
—La hemos metido en una bolsa —dijo la enfermera—. Espere.
Jenkins se quedó junto a la puerta y miró a su compañera. Ballard levantó un dedo para pedirle que esperara. La enfermera sacó de un cajón una bolsa de plástico clara con las pertenencias que habían encontrado en el cuerpo de la víctima. No era mucho. Algunas piezas de bisutería barata y ropa con lentejuelas. Había un pequeño aerosol de gas pimienta en un llavero con dos llaves. No había cartera, no había dinero ni teléfono. Le pasó el bolso a Ballard.
Esta le entregó una tarjeta a la enfermera y pidió que el médico la llamara. Luego se unió a su compañero, y ya estaban cruzando las puertas automáticas de la entrada cuando sonó su móvil. Miró la pantalla. Era el jefe de guardia, el teniente Munroe.
—Teniente.
—Ballard, ¿tú y Jenkins seguís en el Hollywood Pres?
Ballard notó el tono de urgencia en su voz. Algo estaba ocurriendo. Dejó de caminar e hizo una seña a Jenkins para que se acercara.
—Nos estábamos yendo. ¿Por qué?
—Ponlo en altavoz.
Ballard lo hizo.
—Ya está, adelante.
—Tenemos a cuatro caídos en una discoteca de Sunset —dijo Munroe—. Un tipo en un reservado ha empezado a disparar a la gente con la que estaba. Una ambulancia va en camino con una quinta víctima que según el último informe estaba crítica. Ballard, quiero que te quedes ahí y veas lo que puedes conseguir. Jenkins, voy a mandar a Smitty y su novato a buscarte. Seguro que en Robos y Homicidios se ocuparán de esto, pero necesitarán algo de tiempo para movilizarse. Tengo patrullas asegurando la escena, preparando un puesto de mando y tratando de retener testigos, aunque la mayoría se han dispersado en cuanto han empezado a volar balas.
—¿Cuál es la ubicación? —dijo Jenkins.
—El Dancers, al lado del Hollywood Athletic Club —dijo Munroe—. ¿Lo conoces?
—Sí —dijo Ballard.
—Bien. Entonces, Jenkins, tú vas para allá. Ballard, tú irás también en cuanto termines con la quinta víctima.
—Teniente, necesitamos delimitar una escena del crimen en este caso de asalto —dijo Ballard—. Enviamos a Smitty y...
—Esta noche no —dijo Munroe—. Necesitamos a todos en la investigación del Dancers. Todos los equipos de criminalística disponibles están allí.
—Entonces, ¿nos olvidamos de esta escena del crimen? —preguntó Ballard.
—Entrégala al turno de día, Ballard, y que se ocupen de eso mañana —dijo Munroe—. Tengo que colgar. Tenéis trabajo que hacer.
Munroe colgó sin decir ni una palabra más. Jenkins lanzó a Ballard una mirada de «te lo dije» por la decisión sobre la escena del crimen. Y como si le dieran pie, el sonido de una sirena acercándose estalló en la noche. Ballard conocía la diferencia entre una sirena de ambulancia y la de un coche de policía. Eran Smitty y Taylor, que venían a recoger a Jenkins.
—Te veré allí —dijo Jenkins.
—Sí —dijo Ballard.
La sirena se apagó cuando el coche patrulla todoterreno apareció por la rampa de acceso a Urgencias. Jenkins se metió en la parte de atrás y se marcharon, dejando a Ballard allí plantada con la bolsa de plástico en la mano.
En ese momento oyó el sonido distante de una segunda sirena dirigiéndose hacia ella. Una ambulancia que traía a la quinta víctima. Ballard miró atrás a través de las puertas de cristal y se fijó en la hora en el reloj de Urgencias: la 1:17. Hacía poco más de dos horas que había empezado su turno.
La sirena se apagó cuando la ambulancia bajó la rampa. Ballard esperó y observó. Las puertas traseras del vehículo se abrieron y el personal médico sacó a la quinta víctima en camilla. Ya estaba conectada a una mascarilla de oxígeno.
Ballard oyó al equipo de la ambulancia comunicarle al personal que esperaba en Urgencias que la víctima había sufrido una parada cardiorrespiratoria durante el traslado. La habían reanimado y la habían estabilizado, pero había sufrido otra parada cuando estaban llegando. El equipo de Urgencias salió y tomó el control de la camilla. Todos se movieron con rapidez por la sala y se encaminaron directamente a un ascensor que los llevaría al quirófano. Ballard los siguió y fue la última en subir al ascensor antes de que se cerraran las puertas. Se quedó en un rincón mientras el equipo de cuatro profesionales médicos en bata quirúrgica azul intentaba mantener con vida a la mujer de la camilla.
Ballard estudió a la víctima cuando el ascensor se sacudió y lentamente empezó a subir. La mujer llevaba unos vaqueros cortados, unas Converse altas y un top negro que estaba empapado en sangre. Ballard se fijó en las puntas de cuatro bolígrafos sujetos a uno de los bolsillos de los vaqueros. Suponía que eso significaba que la víctima era camarera en la discoteca donde se produjo el tiroteo.
Le habían disparado en el centro del pecho. La mascarilla de oxígeno le tapaba el rostro, pero Ballard calculó que tendría unos veinticinco años. Le miró las manos, pero no vio anillos ni pulseras. La joven tenía un pequeño tatuaje de un unicornio en tinta negra en la cara interna de la muñeca.
—¿Quién es usted?
Ballard levantó la mirada de la víctima, pero no supo quién se había dirigido a ella porque todos llevaban mascarillas. Había sido una voz masculina, pero tres de las cuatro personas que tenía delante eran hombres.
—Ballard, policía —respondió.
Sacó la placa del Departamento de Policía de Los Ángeles del cinturón y la sostuvo en alto.
—Póngase una mascarilla. Vamos a quirófano. —La mujer sacó una mascarilla de un dispensador de la pared del ascensor y se la entregó. Ballard se la puso de inmediato—. Y quédese atrás, quítese de en medio.
La puerta se abrió por fin y Ballard salió con rapidez y dio un paso al lado. La camilla emergió a toda velocidad y la llevaron directamente a la sala de quirófano, que tenía una ventanita de cristal. Ballard se quedó fuera y observó a través del cristal. El equipo médico hizo un valeroso esfuerzo por reanimar a la joven y prepararla para cirugía, pero, tras quince minutos intentándolo en vano, certificaron la muerte. Era la 1:34 y Ballard lo anotó.
Cuando el personal médico salió para ocuparse de otros pacientes, Ballard se quedó sola con la mujer muerta. Pronto sacarían el cadáver de la zona de quirófano y lo llevarían a la morgue del hospital hasta que viniera a recogerlo con su furgoneta el equipo forense, pero eso daba cierto tiempo a Ballard. Entró en el quirófano y estudió a la mujer. Le habían cortado el top y tenía el pecho expuesto.
Ballard sacó el teléfono y tomó una foto de la herida de bala en el esternón. Se fijó en que no había marcas de pólvora, y eso le indicó que el disparo se había realizado desde una distancia de más de un metro veinte. Parecía un tiro experto; el autor había dado en el centro de la diana mientras probablemente estaba en movimiento y en una situación cargada de adrenalina. Era algo que considerar si alguna vez llegaba a encontrarse cara a cara con el asesino, por más que eso pareciera improbable en ese momento.
Ballard se fijó en un cordel en torno al cuello de la mujer muerta. No se trataba de ninguna joya ni de una cadena, solo un cordel. Si había un colgante, no podía verlo porque el cordel desaparecía bajo una maraña de pelo apelmazado por la sangre. Ballard controló la puerta y volvió a mirar a la víctima. Apartó el cordel del pelo y vio que había una pequeña llave unida a él. Al ver un escalpelo en una bandeja de instrumentos quirúrgicos, lo agarró y cortó el cordel para soltar la llave. Sacó un guante de látex de la chaqueta y se guardó la llave y el cordel en el bolsillo en lugar de en una bolsa de pruebas.
Después de guardarse también el guante, Ballard estudió el rostro de la víctima. Tenía los ojos ligeramente abiertos y todavía mantenía una cánula de Guedel en la boca. Eso molestó a Ballard. Distendía el rostro de la joven y pensó que la habría avergonzado en vida. Ballard quería quitársela, pero sabía que iba contra el protocolo. El forense tenía que recibir el cuerpo tal y como encontró la muerte. Ya se había pasado de la raya al llevarse la llave, pero la indignidad del tubo de plástico la superó. Estaba a punto de retirarlo cuando una voz la interrumpió desde atrás.
—¿Detective?
Ballard se volvió y vio que era uno de los enfermeros que habían traído a la víctima. Sostenía una bolsa de plástico.
—Este es su delantal —dijo—. Tiene sus propinas.
—Gracias —dijo Ballard—. Me lo llevaré.
El hombre le entregó la bolsa y ella la sostuvo a la altura de los ojos.
—¿Han encontrado alguna identificación? —preguntó Ballard.
—Creo que no —dijo el enfermero—. Era camarera en una discoteca, así que seguramente tendrá todo eso en su coche o en una taquilla o algo.
—Sí.
—Pero se llamaba Cindy.
—¿Cindy?
—Sí, se lo preguntamos en la discoteca. Para poder hablar con ella. Pero enseguida entró en parada. —El enfermero miró el cadáver y a Ballard le pareció advertir tristeza en sus ojos—. Ojalá hubiéramos llegado unos minutos antes —dijo el hombre—. Tal vez podríamos haber hecho algo. Es difícil saberlo.
—Estoy segura de que han hecho todo lo posible —lo tranquilizó Ballard—. Ella se lo agradecería si pudiera.
El enfermero miró otra vez a Ballard.
—Ahora usted hará todo lo posible, ¿no?
—Lo haremos —dijo ella, sabiendo que no podría investigar el caso una vez que se lo quedara Robos y Homicidios.
Poco después de que el enfermero se marchara, entraron dos camilleros del hospital para llevarse el cadáver con el fin de que el quirófano pudiera esterilizarse y ponerse otra vez en la rotación: era una noche agitada en Urgencias. Cubrieron el cadáver con una sábana de plástico y sacaron la camilla. El brazo izquierdo de la víctima estaba expuesto y Ballard volvió a ver el tatuaje del unicornio en su muñeca. Cogió la bolsa que contenía el delantal de la víctima y siguió la camilla.
Ballard caminó por el pasillo, mirando por las ventanitas de otros quirófanos. Se fijó en que habían traído a Ramón Gutiérrez, que estaba en cirugía para aliviar la presión de su edema cerebral. Se quedó observando unos momentos hasta que sonó su teléfono y leyó el mensaje. Era del teniente Munroe, preguntando por el estado de la quinta víctima. Ballard escribió una respuesta mientras caminaba hacia el ascensor.
KMA, voy a la escena.
KMA era un viejo código del Departamento de Policía de Los Ángeles que se usaba al final de una llamada de radio. Algunos decían que significaba «tenme informado», pero en la práctica era el equivalente de «cambio y fuera». Con el tiempo había evolucionado hasta significar «fin de la guardia» o, en este caso, «muerte de la víctima».
Mientras bajaban en el lento ascensor, Ballard se puso guantes de látex y abrió la bolsa de plástico que le había dado el enfermero. Buscó en los bolsillos del delantal de la camarera. Vio un fajo de billetes plegados en un bolsillo y un paquete de cigarrillos, un mechero y una libretita en el otro. Ballard había estado en el Dancers y sabía que el nombre estaba sacado de un club de la gran novela sobre Los Ángeles El largo adiós. También sabía que tenían todo un menú de cócteles especiales con nombres literarios de Los Ángeles, como Black Dahlia, Blonde Lightning o Indigo Slam. La libreta debía de ser un requisito para una camarera.
De nuevo en el coche, Ballard abrió el maletero y colocó la bolsa en una de las cajas de cartón que ella y Jenkins utilizaban para guardar pruebas. Durante cada uno de sus turnos podían recoger pruebas de múltiples casos, de modo que dividían el espacio del maletero mediante cajas de cartón. Ballard ya había colocado antes las pertenencias de Ramón Gutiérrez en una de las cajas. Esta vez puso la bolsa que contenía el delantal en otra, la precintó con cinta roja y cerró el maletero.
Cuando Ballard llegó al Dancers, la escena del crimen era un circo de tres pistas. No del estilo del Barnum & Bailey, sino un circo policial, con tres anillos concéntricos que denotaban el tamaño y la complejidad del caso, así como los medios que este había atraído. El anillo central era la escena del crimen en sí, donde trabajaban los investigadores y los técnicos de pruebas. Esa era la zona roja. Estaba rodeado por un segundo anillo, donde se situaba el equipo de mando, la presencia uniformada y el puesto de control de prensa y ciudadanos. En el tercer anillo, el anillo exterior, se reunían periodistas, cámaras y mirones.
Ya se habían cerrado todos los carriles en dirección este de Sunset Boulevard para dejar espacio a la inmensa concentración de vehículos de la policía y la prensa. Los carriles en dirección oeste se movían con lentitud, convertidos en una larga cinta de luces de freno cuando los conductores aminoraban la marcha para captar una imagen de la actividad policial. Ballard encontró un hueco para aparcar a una manzana de distancia y continuó a pie. Sacó su placa del cinturón, tiró de la cadenita enrollada en la parte trasera y se pasó esta por encima de la cabeza, de manera que la placa colgara visiblemente de su cuello.
Una vez que cubrió la manzana, Ballard tuvo que buscar al agente que controlaba la lista de asistencia a la escena del crimen para poder firmar su entrada. Los dos primeros anillos habían sido acordonados mediante cinta amarilla. Ballard levantó la primera cinta y pasó por debajo, y entonces vio a un agente que sostenía una tablilla con sujetapapeles apostado delante de la segunda cinta. Se llamaba Dunwoody y Ballard lo conocía.
—Woody, apúntame.
—Detective Ballard —dijo el agente mientras empezaba a escribir su nombre en el portapapeles—. Pensaba que el caso era de Robos y Homicidios desde el principio.
—Lo es, pero estaba en el Hollywood Pres con la quinta víctima. ¿Quién dirige?
—El teniente Olivas, pero todo el mundo, desde el personal de mando de Hollywood y West Bureau hasta el jefe de policía, mete las narices.
Ballard casi gruñó. Robert Olivas dirigía uno de los equipos de homicidios especiales en Robos y Homicidios. Ballard había tenido una mala experiencia con él, producto de su asignación al equipo de Olivas cuatro años antes, cuando este fue ascendido desde la Unidad Especial de Narcóticos. Esa mala experiencia fue lo que mandó a Ballard a la sesión nocturna de la División de Hollywood.
—¿Has visto a Jenkins por aquí? —preguntó.
Ballard urdió de inmediato un plan que le permitiría evitar tener que informar de la quinta víctima directamente a Olivas.
—Pues sí —dijo Dunwoody—. ¿Dónde lo he visto? Ah, sí, van a traer un autobús para los testigos. Los llevan a todos al centro. Creo que Jenkins estaba supervisando eso. Para que nadie trate de largarse. Parece que todos han empezado a salir como ratas de un barco que se hunde en cuanto han empezado los disparos. Eso he oído, al menos.
Ballard dio un paso más para acercarse a Dunwoody y hablar en tono confidencial. Examinó el mar de vehículos policiales, todos ellos con las luces del techo encendidas.
—¿Qué más has oído, Woody? —preguntó—. ¿Qué ha pasado ahí dentro? ¿Fue como Orlando el año pasado?
—No, no, no es terrorismo —respondió Dunwoody—. Lo que he oído es que había cuatro tipos en un reservado y algo ha ido mal. Uno empieza a disparar y mata a los otros. Luego mata a una camarera y un gorila al salir.
Ballard asintió. Era un punto de partida para comprender lo que había ocurrido.
—Bueno, ¿dónde tiene Jenkins a los testigos?
—Están en el jardín de al lado. Donde estaba el Cat and Fiddle.
—Entendido. Gracias.
El Dancers estaba al lado de un viejo edificio colonial con patio y jardín central que había sido la terraza del Cat and Fiddle, un pub inglés y un garito de referencia para agentes fuera de servicio y en ocasiones no fuera de servicio de la vecina comisaría de Hollywood. El local había cerrado al menos dos años antes —una víctima más del aumento de los alquileres en Hollywood— y estaba vacío. La policía lo había requisado para reunir a los testigos.
Había otro agente de patrulla apostado ante la entrada en arco de la antigua terraza. Hizo una señal de aprobación a Ballard y ella empujó la puerta de hierro forjado. Encontró a Jenkins sentado en una vieja mesa de piedra, escribiendo en una libreta.
—Jenks.
—Hola, compañera —dijo Jenkins—. He oído que tu chica no ha sobrevivido.
—Parada cardiorrespiratoria en la ambulancia. Ya no volvió a recuperar el pulso. Y no pude hablar con ella. ¿Has conseguido algo aquí?
—No mucho. La gente lista se tiró al suelo en cuanto empezaron los tiros. Los más listos se largaron y no están sentados aquí. Que yo sepa, podremos marcharnos en cuanto suban a un autobús a esta pobre gente. La película es de Robos y Homicidios.
—Tengo que hablar con alguien de mi víctima.
—Bueno, ese será Olivas o uno de sus chicos, y no creo que te apetezca hacerlo.
—¿Tengo alternativa? Tú estás retenido aquí.
—No estaba en mis planes.
—¿Alguno de estos te ha dicho que vio que dispararon a la camarera?
Jenkins examinó las mesas, donde había unas veinte personas esperando sentadas, un surtido de hipsters de Hollywood y discotequeros. Un montón de tatuajes y piercings.
—No, pero, por lo que he oído, estaba sirviendo la mesa donde empezó el tiroteo —dijo Jenkins—. Cuatro hombres en un reservado. Uno saca una pipa y dispara a los otros justo donde estaban sentados. La gente empieza a dispersarse, incluido el asesino. Dispara a nuestra camarera de camino a la puerta. También mata a un segurata.
—¿Y nadie conoce el motivo?
—Nadie, al menos ninguno de estos.
Hizo un gesto con la mano para abarcar a los testigos. El gesto debió de parecerle una invitación a uno de los clientes sentados tras otra mesa de piedra. Se levantó y, al acercarse, la cadena que iba de una presilla en la parte delantera del cinturón al bolsillo trasero de sus vaqueros tintineó a cada paso.
—Mira, tío, ¿cuándo vamos a terminar aquí? —le dijo a Jenkins—. No vi nada y no sé nada.
—Se lo he dicho —respondió Jenkins—. Nadie se marcha de aquí hasta que los detectives les tomen declaración oficialmente. Así que vuelva a sentarse, señor.
Jenkins lo dijo con un tono amenazante y autoritario que se impuso por completo al uso de la palabra «señor». El cliente se quedó mirando a Jenkins un momento y volvió a su mesa.
—¿No saben que van a meterlos en un autobús? —preguntó Ballard en voz baja.
—Todavía no —respondió Jenkins.
Antes de que Ballard pudiera comentar nada, notó que su teléfono vibraba y lo sacó para mirar la pantalla. Era un número desconocido, pero contestó, sabiendo que lo más probable era que se tratase de una llamada de un compañero policía.
—Ballard.
—Detective, soy el teniente Olivas. Me han dicho que ha estado con mi quinta víctima en el Presbyterian. No habría sido mi elección, pero supongo que ya estaba allí.
Ballard hizo una pausa antes de responder, con una sensación de terror creciendo en su pecho.
—Sí —dijo finalmente—. Tuvo una parada cardiorrespiratoria y el equipo forense tiene que pasar a recoger el cadáver.
—¿Pudiste conseguir una declaración de la víctima? —preguntó Olivas.
—No, ingresó cadáver. Trataron de reanimarla, pero sin éxito.
—Ya veo. —Olivas lo dijo en un tono que sugería que era de algún modo responsable de que la víctima hubiera muerto antes de que pudiera ser interrogada. Ballard no respondió—. Escribe tus informes y entrégamelos por la mañana —dijo Olivas—. Eso es todo.
—Eh, estoy aquí en la escena —dijo Ballard antes de que él colgara—. Con los testigos. Con mi compañero.
—¿Y?
—Y la víctima no iba identificada. Era camarera. Probablemente dispusiera de una taquilla donde estarán su cartera y su teléfono. Me gustaría...
—Cynthia Haddel; la encargada del bar me lo dijo.
—¿Quiere que lo confirme y recoja sus pertenencias o lo ha hecho su gente? —Esta vez Olivas hizo una pausa antes de responder. Era como si estuviera sopesando algo no relacionado con el caso—. Tengo una llave que creo que es de una taquilla —dijo Ballard—. Los enfermeros me la dieron.
Había un buen trecho entre eso y la verdad, pero Ballard no quería que el teniente supiera cómo había conseguido la llave.
—Está bien, encárgate —dijo finalmente—. Mi gente está ocupada en otras cosas. Pero no te entusiasmes, Ballard. Era una víctima marginal. Daño colateral: en el lugar equivocado en el momento equivocado. También puedes encargarte de notificárselo al familiar más directo para ahorrar tiempo a mis hombres. Pero no te entrometas en mi camino.
—Entendido.
—Y sigo queriendo tu informe en mi mesa por la mañana.
Olivas colgó antes de que Ballard pudiera responder. Ella se acercó el teléfono al oído un momento, pensando en lo que había dicho de que Cindy Haddel era una víctima colateral en el lugar equivocado y en el momento equivocado. Ballard sabía qué era eso.
Guardó el teléfono.
—¿Y? —preguntó Jenkins.
—Tengo que ir aquí al lado, mirar su taquilla y buscar su identificación —dijo ella—. Olivas también nos ha encasquetado avisar al familiar más próximo.
—Joder.
—No te preocupes, me ocuparé.
—No, las cosas no funcionan así. Si te presentas voluntaria, me presentas voluntario a mí también.
—No me he presentado voluntaria a la notificación. Has oído la llamada.
—Te has presentado voluntaria a participar. Estaba claro que iba a darte el trabajo de mierda.
Ballard no quería empezar una discusión. Se dio la vuelta, miró a la gente sentada a las mesas de piedra y vio a dos mujeres jóvenes con vaqueros recortados y camisetas de tirantes, una blanca y otra negra. Se acercó a ellas y les mostró su placa. La de la camiseta blanca habló antes de que Ballard pudiera hacerlo.
—No vimos nada —dijo.
—Lo he oído —dijo Ballard—. Quiero preguntarles por Cindy Haddel. ¿Alguna la conocía?
La de la camiseta blanca se encogió de hombros.
—Bueno, sí, del trabajo —dijo la de la camiseta negra—. Es simpática. ¿Ha sobrevivido?
Ballard negó con la cabeza y las dos camareras se llevaron la mano a la boca al mismo tiempo, como si recibieran impulsos del mismo cerebro.
—Ay, Dios —dijo la de la camiseta blanca.
—¿Alguna de las dos sabe algo de ella? —preguntó Ballard—. ¿Casada? ¿Novio? ¿Compañera de piso? ¿Algo así? —Ninguna sabía nada—. ¿Hay una sala de taquillas en la discoteca? ¿Algún sitio donde dejen los bolsos y el teléfono? —preguntó Ballard.
—Hay taquillas en la cocina —dijo la de la camiseta blanca—. Ponemos nuestras cosas allí.
—Vale. Gracias. ¿Ustedes tres tuvieron alguna conversación esa noche antes de los disparos?
—Solo cosas de camareras —dijo la de la camiseta negra—. Ya sabe, como quién dejaba propina y quién no. Quién tenía las manos largas, lo habitual.
—¿Alguien en particular esta noche? —preguntó Ballard.
—La verdad es que no —dijo la de la camiseta negra.
—Estaba fanfarroneando porque alguien le dio uno de cincuenta —dijo la de la camiseta blanca—. En realidad, creo que era alguien de ese reservado donde empezaron los tiros.
—¿Por qué cree eso? —preguntó Ballard.
—Porque esa mesa era suya y parecían unos fantasmas.
—¿Te refieres a presumidos? ¿Tipos con dinero?
—Sí, fantasmas.
—Vale. ¿Algo más?
Las dos camareras se miraron una a la otra, luego otra vez a Ballard. Negaron con la cabeza.
Ballard las dejó allí y volvió con su compañero.
—Voy al lado.
—No te pierdas —dijo Jenkins—. En cuanto termine de hacer de niñera, quiero hacer la notificación al familiar más directo y empezar a escribir. Hemos terminado.
Significaba que el resto del turno se dedicaría al papeleo.
—Recibido —dijo ella.
Lo dejó sentado en el banco de piedra. Al dirigirse a la entrada del Dancers, se preguntó si podría llegar a la cocina sin atraer la atención del teniente Olivas.
El interior del Dancers estaba repleto de detectives, técnicos, fotógrafos y videógrafos. Ballard vio a una mujer de la Unidad de Videodocumentación del Departamento de Policía de Los Ángeles preparando una cámara de 360 grados que proporcionaría una grabación en 3D de alta definición de toda la escena del crimen una vez que todas las pruebas estuvieran marcadas y los investigadores y técnicos se retiraran momentáneamente. A partir de ahí, la técnica también podría construir un modelo de la escena del crimen para utilizarlo como prueba en el tribunal en un posible juicio. Era un procedimiento caro, que Ballard nunca había visto que se empleara salvo en investigaciones de agentes implicados en tiroteos. No cabía ninguna duda de que, al menos por el momento, no se iba a escatimar nada en el caso.
Ballard contó nueve detectives del equipo de homicidios especiales en la discoteca. Los conocía a todos, e incluso algunos le caían bien. Cada uno de ellos tenía encomendada una parte específica de la investigación de la escena del crimen y todos se movían por la discoteca bajo la mirada vigilante y la dirección del teniente Olivas. El suelo estaba cubierto de cartelitos amarillos que señalaban casquillos de bala, copas de martini rotas y otros desechos.
Las víctimas, todas salvo Cynthia Haddel, continuaban allí para ser fotografiadas, grabadas en vídeo y examinadas por el equipo de criminólogos antes de ser trasladadas para la autopsia. La directora de la Oficina del Forense en persona, Jayalalithaa Panneerselvam, estaba en la escena. Eso ya era de por sí infrecuente y subrayaba la importancia que se estaba confiriendo a la investigación del múltiple asesinato. La Doctora J, como se la conocía, estaba de pie junto a su fotógrafo, dirigiendo e indicando las fotos que quería que se tomasen.
La discoteca era un enorme espacio de dos niveles con paredes negras. La barra recorría la pared del fondo en el nivel más bajo, que también contaba con una pista de baile rodeada por palmeras y reservados de piel negra. Las palmeras, de las que colgaban luces blancas, se alzaban hasta un atrio de cristal dos plantas más arriba. A derecha e izquierda de la barra había dos alas situadas seis peldaños por encima de la planta principal donde se alineaban más reservados y barras más pequeñas.
Había tres cuerpos en uno de los cuatro reservados que formaban un trébol de cuatro hojas en el nivel principal. Dos de los hombres muertos todavía estaban sentados. El de la izquierda era un hombre negro con la cabeza completamente echada hacia atrás. El hombre blanco a su lado se apoyaba contra él como si se hubiera quedado dormido borracho. La tercera víctima se había desplomado por completo a un lado y la cabeza y los hombros colgaban en el pasillo, fuera de los confines del reservado. Era blanco y tenía el pelo gris recogido en una coleta que se hundía en un charco de sangre en el suelo.
Había un cuarto cadáver en el suelo a seis metros de distancia, en un pasillo creado por los reservados que formaban la hoja de trébol. Era un hombre negro muy grande que estaba boca abajo en el suelo, con las manos a los costados y las palmas hacia arriba. En el lado derecho del cinturón llevaba la cartuchera de una pistola Taser. Ballard vio el dispositivo aturdidor de plástico amarillo debajo de una mesa cercana.
Otros tres metros más allá del cuarto cuerpo, Ballard vio una mancha de sangre rodeada por marcadores de pruebas y algunos de los restos dejados por el personal de la ambulancia que había intentado salvar a Cynthia Haddel. Entre los objetos del suelo había una bandeja de cóctel de acero inoxidable.
Ballard subió los escalones hasta el segundo nivel y se volvió para tener una mejor perspectiva de la escena del crimen. El teniente McAdams había dicho que los disparos empezaron en un reservado. Con eso como punto de partida, resultaba fácil intuir a grandes rasgos lo que había ocurrido. El asesino había disparado a tres individuos en el lugar donde seguían sentados. Los tenía atrapados y pivotó de manera eficiente de uno a otro con el cañón de su arma. A continuación salió al pasillo que separaba los distintos reservados. Eso lo puso en ruta de colisión con el vigilante de seguridad, que había sacado su Taser y avanzaba hacia el problema. El vigilante recibió un disparo que seguramente lo mató en el acto y cayó de bruces al suelo.
Detrás de él estaba la camarera Cynthia Haddel.
Ballard la imaginó allí de pie, paralizada, incapaz de moverse cuando el asesino avanzó hacia ella. Tal vez levantó la bandeja de cóctel como escudo. El asesino se estaba moviendo, pero aun así consiguió acertarle en el centro del pecho. Ballard se preguntó si el culpable le había disparado simplemente porque se interponía en su camino o porque podría haber sido capaz de identificarlo. En todo caso, fue una decisión fría. Decía algo del hombre que había causado esa masacre. Ballard pensó en lo que le había dicho antes a Jenkins sobre la persona que había asaltado a Ramona Ramone. Maldad absoluta. No cabía duda de que la misma malignidad cruel fluía por la sangre del que había disparado allí.
El detective Ken Chastain entró en el campo de visión de Ballard: bolígrafo en mano y con su carpeta de cuero con la libreta en un brazo, como siempre que estaba en la escena de un crimen. Se agachó para mirar a la víctima que estaba medio colgada del reservado y empezó a tomar notas sin fijarse en que Ballard lo observaba desde el nivel superior. A Ballard le pareció demacrado, y esperaba que se debiera a que la culpa lo estaba devorando por dentro. Durante casi cinco años habían sido compañeros en el equipo de homicidios especiales, hasta que Chastain decidió no respaldar a Ballard en la denuncia que ella había interpuesto contra Olivas. Sin su confirmación del comportamiento del teniente —del que había sido testigo— no había caso. Asuntos Internos concluyó que la denuncia fue infundada. Olivas mantuvo su puesto y Ballard fue trasladada a la División de Hollywood. El capitán de Hollywood, compañero de clase de Olivas en la academia, puso a Ballard con Jenkins en el turno de noche. La sesión nocturna. Fin de la película.
Ballard apartó la mirada de su antiguo compañero, levantó la cabeza y se fijó en los rincones del techo de la discoteca. Tenía curiosidad por saber si había cámaras y si las imágenes se grababan. Obtener vídeos del interior de la discoteca y las calles adyacentes constituiría una prioridad para la investigación. Ballard no vio cámaras obvias; sabía que muchos locales de Hollywood no las usaban porque a sus clientes, sobre todo a las celebrities, no les gustaba que su conducta nocturna se grabara. Que el vídeo terminara en la web de cotilleo TMZ o en otro lugar de Internet era garantía de bancarrota para las discotecas de lujo. Necesitaban famosos porque atraían a clientes de pago, la gente que hacía cola tras las cuerdas de terciopelo de la puerta. Si los famosos empezaban a alejarse, los clientes de pago también terminarían por hacerlo.
Sintiendo que llamaba la atención, Ballard regresó al nivel inferior y buscó la mesa de material de la Unidad Forense. Estaba apartada y al otro lado de las escaleras. Se acercó, cogió un par de bolsas de plástico para recoger pruebas de un dispensador y se dirigió hacia la barra principal. Unas puertas dobles a la derecha presumiblemente conducían a la cocina.
Esta era pequeña y estaba poco equipada. Ballard se fijó en que algunos de los quemadores de gas seguían encendidos. El Dancers no era conocido por sus virtudes culinarias. Servía comida sencilla que salía de una parrilla o de una freidora. Ballard se encaminó a la zona de acero inoxidable pulido donde se preparaba la comida y apagó los quemadores. Luego dio la vuelta y casi se resbaló en el suelo grasiento con las botas de papel que se había puesto encima de los zapatos antes de entrar en la discoteca.
En el rincón del fondo de la cocina, Ballard encontró una zona de descanso con un armario de pequeños archivadores apoyado en una pared y una mesa con dos sillas en la otra. Había un cenicero repleto de colillas en la mesa, justo debajo del cartel de NO FUMAR. Ballard estaba de suerte. En las taquillas había trozos de cinta con nombres que identificaban a quienes las utilizaban. No había ningún CINDY, pero encontró una taquilla marcada con CINDERS y supuso que pertenecía a Cynthia Haddel. Su intuición se confirmó cuando la llave que había cogido del cadáver de la quinta víctima abrió el candado.
La taquilla contenía un bolsito de Kate Spade, una chaqueta liviana, un paquete de cigarrillos y un sobre. Ballard se puso guantes antes de sacar nada de la taquilla para examinarlo. Sabía que los objetos contenidos en la taquilla seguramente serían considerados pertenencias y no pruebas, pero era una buena medida, por si acaso tropezaba con algo que pudiera afectar a la dirección de la investigación.
