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Después de experimentar una serie de incidentes sexistas, la escritora y activista Laura Bates fundó el proyecto Sexismo Cotidiano en abril de 2012, un análisis pionero de la misoginia moderna. Comenzó con una página web donde la gente podía compartir sus experiencias de sexismo diario. Desde ser acosada y silbada en la calle, hasta la discriminación en el lugar de trabajo o la agresión sexual y la violación, está claro que el sexismo se ha normalizado en el día a día. Pero el verdadero objetivo de Bates es inspirar a las mujeres a que provoquen un cambio real. El proyecto se convirtió en un acontecimiento viral, atrayendo la atención de la prensa internacional y el apoyo de celebridades como Rose McGowan, Amanda Palmer, Mara Wilson, Ashley Judd, Simon Pegg y muchos otros. Tras una asombrosa respuesta del público, Sexismo cotidiano rápidamente se convirtió en una de las mayores historias de éxito de los medios de comunicación social en Internet. Hasta ahora ha recogido más de 150.000 testimonios de personas de todo el mundo y ha lanzado nuevas sucursales en 25 países, ayudando a construir una nueva ola de feminismo. Si los libros de Caitlin Moran son como manuales llenos de diversión para la supervivencia femenina en el siglo xxi, Sexismo cotidiano sería su hermana más politizada.
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Veröffentlichungsjahr: 2018
Laura Bates
Sexismo cotidiano
Sarah Brown
Uno de los misterios que trae consigo convertirse en padre o madre es la capacidad de madurar y dar marcha atrás al mismo tiempo. Tener hijos saca con fuerza a la luz ideas formativas que llevan largo tiempo dormidas, y obliga a las mujeres a considerar cómo fue su paso de niñas a las mujeres que son. Para mí, la transición hacia la maternidad fue el catalizador que propició un poderosísimo enfrentamiento con mis propias suposiciones, recuerdos, esperanzas y decepciones: con todas y cada una de las partes que me conforman y que han sido profundamente moldeadas por mis experiencias tempranas —y todas las demás ocurridas a lo largo de mi vida— de sexismo cotidiano.
Si quieren entender de lo que hablo, pregunten al niño más cercano que tengan qué quiere ser de mayor. No tiene por qué ser su hijo o su hija, puede ser un primo, un sobrino o sobrina, el hijo de un amigo o el pequeño de los vecinos. Lo más probable es que, si les preguntaran cómo se imaginan su futuro, la respuesta que obtendrían sería una de confianza ilimitada. En nuestra pequeña isla tenemos más de mil aspirantes a Marie Curie dispuestas a curar el cáncer, suficientes Andy Murray a la espera de ganar todos los Wimbledon hasta el fin de los tiempos, así como deseosos y ambiciosos directores generales de LEGO de sobra —hombres y mujeres— como para poner algo nervioso al actual director general con respecto a su futuro a largo plazo. La primera vez que fui testigo de esta autoconfianza sin límites en mis propios hijos, me devolvió a lo que una vez llegué a creer de niña: que realmente no existe nada fuera del alcance de nadie que posea el coraje para intentarlo y la paciencia para ponerlo en práctica.
Los niños, en otras palabras, no son optimistas a pesar de los contratiempos, pues lo cierto es que no entienden que existan tales cosas como las adversidades. La idea de que ciertas cosas —ya sea un Óscar, un oro olímpico o una licenciatura en Oxford— quizá no sean para «gente como nosotros» simplemente no cuadra. Pero entonces algo terrible sucede. Algunos niños aprenden la palabra no. No el no de un progenitor amoroso que introduce límites y evita que sus hijos coman demasiados dulces o que no duerman lo suficiente o salgan disparados hacia alguna carretera o se acerquen mucho a una hoguera, sino el terrible y severo no del «saber cuál es tu lugar». El no que para algunos de nosotros se vuelve más y más ensordecedor con la edad, pero que, como un silbato para perros, parece ser completamente inaudible para otros, que simplemente no responden a él; ni siquiera saben que existe.
Es el no que dice que saltar a la comba es de niñas y que los kits de ciencias son para niños. Es el no que dice que las niñas buenas no hacen tal o cual cosa y que a las niñas que no destaquen más les vale estar atentas si no quieren quedarse para vestir santos. El no que dice que da igual que seas catedrática en Cambridge, hayas sido condecorada con la Orden del Imperio Británico o tengas tu propia serie en la BBC: seguirás siendo solo un objeto a merced de las valoraciones de jueces cibernéticos que mostrarán mayor interés en tu cuerpo que en tu cerebro.
El efecto más peligroso de este no es que queda tan profundamente interiorizado que empiezas a decírtelo a ti misma en silencio. Te acostumbras hasta tal punto a tener que superar los obstáculos extras que colocan en tu camino que incluso el hecho de pensar el modo de eliminarlos se vuelve una labor demasiado agotadora (y entonces terminas olvidándote incluso de que puedes eliminarlos).
Bien, ya he tenido suficiente de este no. Y lo mismo le ha sucedido a Laura Bates.
El proyecto de Laura, Sexismo Cotidiano, ofrece a las mujeres poder sobre su propio no. El poder para decir no al acoso callejero, a ser discriminadas en el trabajo, a ser tratadas con condescendencia por compañías que están más interesadas en hacer un lavado de imagen que en atender auténticas necesidades de las mujeres.
A través de su activismo en Internet, Laura ya nos ha inspirado a 50.000 de nosotras a #alzarlavoz y a pedir a los hombres que levanten su voz junto a nosotras simplemente tuiteando @EverydaySexism.
Durante mi intervención hace unos años en una conferencia de blogueros, compartí algo de mi propia experiencia como víctima de troles y afirmé que no hay nada más cobarde que un matón con una BlackBerry. Aquello suscitó una respuesta masiva en forma de tuits y posts solidarios con aquellos que se indignaron, pero me doy cuenta de que esto no es nada comparado con lo que está sucediendo ahora. Las activistas que hoy en día operan en Internet reciben comentarios muchísimo peores: amenazas de violación procedentes de personas que deberían llevarse su remordimiento a la tumba. El único consuelo que me llevé de aquel espantoso verano de 2013 fue la cantidad de hombres que se sintieron asqueados al descubrir que esto era algo que sucedía, y cuyo propio feminismo despertó tras echar un breve vistazo a situaciones por las que las mujeres pasamos a diario.
Esto, para mí, es uno de los aspectos más emocionantes de lo que Laura ha hecho con el proyecto Sexismo Cotidiano y está haciendo con este libro. Estas herramientas en ningún caso son veredictos sobre los hombres, sino recursos para hombres que los ayudarán a entender la estructura del patriarcado y que podrán replicar o rechazar en sus propias vidas. La genialidad es que el proyecto también sirve como refugio acogedor, dinámico y luminoso para chicas y mujeres que han sufrido actos cotidianos de despreciable sexismo, que por su propia seguridad se han acostumbrado demasiado a ello y que aprecian la oportunidad de compartir, de decir lo que piensan y de alzar la voz.
Este espíritu de empatía —de ayudarnos entre todos a entender lo que nos ocurre a todas— es lo que otorga a Sexismo Cotidiano su dinamismo, y lo que confío en que inspirará a todos los que ahora tenéis este libro en las manos a tomar medidas en nombre de algunas chicas cuyos nombres nunca sabréis y cuyos rostros nunca veréis.
La primera vez que Laura y yo comenzamos a debatir su proyecto, ella explicó que albergaba la esperanza de que el hecho de ofrecer a las mujeres un lugar donde registrar sus experiencias contribuiría a aumentar su visibilidad y, por tanto, su importancia. Mi propia labor en la cuestión del acceso a la educación de niños que no tuvieron la oportunidad de aprender persigue un objetivo similar: hacer que la emergencia mundial en materia de educación sea igual de visible e importante que catástrofes previas como la esclavitud y el apartheid. Siempre he defendido que hablar fuerte y claro y reunir voces parecidas para amplificar el mensaje funciona, que llega hasta los responsables de la toma de decisiones y los líderes gubernamentales y les exige rendir cuentas. Creo que esto es así porque he visto que da resultados. Todos hemos comprendido que funciona, desde que las mujeres lograron el voto a principios del siglo xx hasta el fin del apartheid en Sudáfrica, pasando por las campañas globales para reducir la deuda de los países del tercer mundo en los últimos años. Era hacia lo que se dirigía Laura al comenzar el proyecto y, a medida que revisa y reconoce anteriores victorias legislativas para el feminismo, subraya la constante y apremiante necesidad de un cambio social y cultural. Laura se refiere a ello como nuestro «propósito colectivo internacional». Un nombre muy bien escogido, en mi opinión.
Con la puesta en marcha de Sexismo Cotidiano como una plataforma online donde compartir historias sobre las situaciones sexistas que se dan por sentado, cotidianas y normales a las que las mujeres se enfrentan, se abrieron las compuertas. Cada acción necesita ser citada, cada acción puede ser compartida y el entendimiento común entre mujeres puede utilizarse para restaurar al mismo tiempo la confianza en una misma y una indignación justa y constructiva. La nueva y en su mayoría joven hermandad feminista está retomando el control y anunciándolo a los cuatro vientos.
Este modelo de feminismo del siglo xxi responde a un intercambio mundial y reclama su propio espacio en Internet alejado de troles y acechadores, e intenta sacar, además, a estos de sus agujeros oscuros. Un feminismo que tiende la mano e incluye a aquellas que podrían ser las más vulnerables de todas: nuestras hermanas, hijas y amigas más jóvenes. Laura identifica con gran acierto los enormes desafíos a los que se enfrentan las jóvenes en la actualidad a medida que forjan sus propias identidades y establecen su lugar en un mundo acomplejado por la imagen. Las niñas y las mujeres jóvenes llevan siendo frenadas demasiado tiempo a gran y pequeña escala, y los grupos feministas que han empezado a emerger en las universidades, en los lugares de trabajo y en los blogs online están tomando medidas al respecto. Lo que hace el libro de Laura es examinar muy bien tres cuestiones: el rechazo del sexismo a nivel global, el modo en que dicho rechazo está teniendo lugar en la red y cómo esto desempeña un importante papel a la hora de llegar correctamente a las chicas jóvenes. Esto prácticamente garantiza que el libro entrará a formar parte de inmediato en todos los estudios de la mujer.
La mayor recompensa de derribar los actos cotidianos de sexismo es construir para las niñas una imagen sobre cómo transformamos nuestras actitudes, de modo que al final logren alcanzar su potencial. En todo el mundo hay 31 millones de niñas que no han ido ni un solo día a la escuela. Cada año más de 10 millones de niñas son obligadas a contraer matrimonio. Millones más se ven forzadas a perder su derecho a la educación y la oportunidad de tener un futuro laboral mejor al ser enviadas a trabajar como mano de obra infantil barata, o son retenidas en casa para ejercer de cuidadoras. Hay pruebas evidentes de que proporcionar una educación universal en los países en desarrollo podría tener un impacto enorme en el crecimiento económico… y los resultados son más crudos cuando se trata de la educación de las niñas. Como siempre, se mire como se mire hay que invertir en las niñas, y es hora de disminuir las diferencias entre géneros.
Este libro ofrece abundantes historias y pruebas que les impactarán y enfurecerán. Pero también, espero, reafirmará su creencia de que el cambio es posible y de que intentándolo podemos ganar.
Para cualquier mujer que quiera cambiar el mundo, una de las mejores formas de empezar a hacerlo es mediante un libro. Si echamos un vistazo a las mujeres que han ocupado cargos de responsabilidad en todos los continentes del mundo —de Graça Machel a Dilma Rousseff, de Julia Gillard a Joyce Banda— todas tienen algo en común. Todas poseen un nivel educativo superior al de la media. Esto no es cierto en todas partes, pero, por regla general, recuerden lo siguiente: las mujeres que dirigen leen.
Así pues, continúen leyendo para conocer la realidad del sexismo cotidiano. Y, a continuación, tomen la iniciativa y desempeñen un papel activo para ponerle fin. Laura nos ha proporcionado las herramientas, pero finalizar la tarea depende de cada uno de nosotros.
Sarah Brown @SarahBrownUK
Todo el mundo tiene un punto de inflexión
Lo extraño del asunto es que, cuando tuvo lugar el mío, en marzo de 2012, no se trató de nada dramático ni extremo, ni siquiera fue algo particularmente alejado de lo habitual. Era una simple semana más de pequeños puyazos: el hombre que apareció mientras estaba sentada en la terraza de una cafetería, que agarró mi mano y se negó a soltarla; el tipo que me siguió al bajar del autobús y se dedicó a hacerme proposiciones lascivas durante todo el trayecto hasta la puerta de mi casa; el hombre que hizo un ademán sexual y gritó: «¡Busco esposa!» desde el coche un día que regresaba fatigada a casa tras una larga jornada. Le grité: «¡Sigue buscando!», pero mientras avanzaba penosamente me paré a pensar por primera vez en cuántos pequeños incidentes como aquel me limitaba a soportar día tras día.
Me acordé del tutor universitario de quien se rumoreaba que llevaba un brazalete negro una vez al año en señal de duelo por el aniversario de la admisión de las mujeres en mi universidad. Pensé en la noche en la que un grupo de chicos adolescentes se puso a caminar detrás de mí como si nada hasta que uno me agarró con fuerza entre las piernas y forzó los dedos hacia arriba contra mis vaqueros. Recordé al jefe que me había enviado extraños correos electrónicos sobre sus fantasías sexuales y misteriosamente rescindió mi contrato de trabajadora autónoma sin darme ninguna explicación nada más enterarse de que tenía novio. Del tutor universitario que me mandó un e-mail en el que sugería que nos reuniéramos para tener nuestra primera tutoría y que decía: «Yo llevaré una rosa roja y tú trae una copia del Telegraph de ayer…». El compañero mayor que yo que, en mi primer día en un puesto de administrativa temporal, cuando tan solo tenía diecisiete años, se insinuó a través del sistema de correo electrónico interno de la compañía. El tipo que se sentó a mi lado en el autobús y empezó a subir y bajar la mano por mi pierna… y el otro que estaba sentado frente a mí, que empezó a masturbarse por debajo del abrigo mientras me atravesaba con la mirada con total serenidad. Me acordé de los hombres que me arrinconaron una noche, cuando ya era tarde, en una calle de Cambridge y me gritaron: «¡Vamos a abrirte de piernas y a fo****** el c***!», y me dejaron encogida de miedo contra la pared mientras se alejaban riéndose a carcajadas.
Y a medida que iba recordando más incidentes, más me preguntaba por qué motivo les había restado importancia cada vez que sucedían, por qué nunca me había quejado o ni siquiera me había acordado de ellos hasta que me senté y me puse a pensar en serio en el asunto.
La respuesta era que se trataba de acontecimientos normales. No me habían parecido lo suficientemente excepcionales como para tener objeciones contra ellos porque no se salían de lo habitual. Porque esta clase de cosas simplemente forman parte de la vida o, mejor dicho, forman parte del ser mujer. Me había acostumbrado a ellas, sin más.
Y comencé a preguntarme cuántas mujeres más habrían tenido experiencias similares y, como yo, simplemente las habían aceptado y racionalizado y seguían con su vida sin realmente detenerse a protestar o a preguntarse por qué pasaban.
Así que empecé a preguntar a mi alrededor, entre mis amigos y familiares, en fiestas o incluso en el supermercado. En el transcurso de unas pocas semanas pregunté a todas las mujeres con las que me tropezaba si alguna vez se habían encontrado con este tipo de problema. Pensaba sinceramente que, si preguntaba a veinte o treinta mujeres, una o dos se acordarían de algo que hubiese sido significativo en el pasado: una mala experiencia ocurrida en la universidad, quizá, o en un trabajo previo.
Lo que en verdad sucedió me tomó totalmente por sorpresa. Todas y cada una de las mujeres con las que hablé tenían una historia. Pero no de hace cinco o diez años. De la semana pasada, del día anterior o «de camino mientras venía hacia aquí». Y no eran simples sucesos fortuitos y puntuales, sino montones de pequeños incidentes —igual que mis propias experiencias— tan insignificantes y normalizados que protestar por cada uno de ellos resultaba ridículo. Sin embargo, al ponerlos todos juntos, la imagen creada a partir de este mosaico de miniaturas resultaba sorprendentemente nítida. Esta injusticia, este patrón de intrusiones casuales que permitía mirar a las mujeres con lascivia, tocarlas, acosarlas y abusar de ellas sin pensárselo dos veces, era sexismo: sexismo implícito, explícito, común y corriente y profundamente arraigado, presente en casi todos los lugares donde posaras la mirada. Y si sexismo significa tratar a las personas de forma diferente o discriminarlas por el mero hecho de cuál sea su género, entonces las mujeres lo experimentan prácticamente a diario.
Cuantas más historias escuchaba, más trataba de hablar sobre el problema. No obstante, una y otra vez me descubría tropezándome con la misma respuesta: el sexismo ya no existe. Las mujeres ahora son iguales, más o menos. Hoy en día, las chicas con carrera podéis tener vuestra parte del pastel y coméroslo, ¿qué más queréis? Piensa en las mujeres de otros países que hacen frente a problemas reales, me decía la gente, las mujeres del Reino Unido no tenéis ni idea de lo afortunadas que sois. ¡Tenéis una vida llena de éxito! Estáis haciendo una montaña de un granito de arena. Sacáis las cosas de quicio. Sois unas estiradas, o unas frígidas. Tenéis que aprender a tomároslo como una broma, a tener sentido del humor, a relajaros…
Realmente necesitáis aprender a aceptar un cumplido.
«¿Cómo era posible que hubiera tantísimas pruebas de la existencia de sexismo junto a tantísimas protestas en contra?», me preguntaba. Poco a poco, a medida que fui tomando consciencia de la enorme envergadura del problema, también empecé a comprender que se trataba de un problema invisible. La gente no quería reconocerlo o hablar sobre ello (de hecho, a menudo simplemente se negaban, y en redondo además, a creer que todavía existiera). Y no eran solo los hombres quienes adoptaban este enfoque, también las mujeres; me decían que me estaba poniendo nerviosa por nada, o que era demasiado sensible, o simplemente que buscaba problemas donde no los había.
Al principio me preguntaba si estaban en lo cierto. A la gente no se la veía exactamente desesperada por compartir mi momento «¡Eureka!». Aquello podía ser como mi desafortunada pero total convicción, cuando tenía once años, de que en verdad se decía helicóctero y no helicóptero, y que todo el mundo menos yo lo pronunciaba mal. Quizá estaba sacando las cosas de quicio y las mujeres ahora eran realmente iguales a los hombres, más o menos. Decidí echar un vistazo a las estadísticas para ver si por fin habíamos alcanzado una igualdad de condiciones.
Descubrí que en esta sociedad supuestamente «equitativa», en la que las mujeres no necesitan nada ni tienen nada por lo que luchar, ocupamos menos de un cuarto de los escaños en el Parlamento, y únicamente 5 de los 22 cargos ministeriales. Que solo 7 de los 38 jueces del Tribunal de Apelaciones y 19 de los 106 de los jueces del Tribunal Supremo son mujeres. Que han pasado más de catorce años desde que se le encargó a una mujer coreógrafa la creación de una pieza para el escenario principal de la Royal Opera House. Que en 2010 se informó de que la colección de la National Gallery, que cuenta con alrededor de 2.300 obras, contenía cuadros de tan solo diez mujeres. Que nuestra Royal Society nunca ha sido presidida por una mujer y que solamente el 5 por ciento de los miembros son mujeres. Que las mujeres escriben únicamente una quinta parte de los artículos que aparecen en las portadas de los periódicos y que en el 8 por ciento de estos artículos predominan los sujetos o expertos masculinos. Que solo el 5 por ciento de los 250 grandes proyectos cinematográficos de 2011 estuvieron dirigidos por mujeres, casi la mitad menos que el irrisorio 9 por ciento de 1998. Que un reciente estudio del Ministerio del Interior, elaborado en 2009, mostraba que el 20 por ciento de los encuestados consideraba «aceptable» en determinadas circunstancias «que un hombre pegue o abofetee a su mujer o novia por ir vestida con ropa sexy o provocativa en público».
Entonces examiné las estadísticas de delitos y encontré que, de media, más de dos mujeres mueren cada semana a manos de su actual o anterior pareja, que cada minuto se produce una llamada a la policía relativa a violencia doméstica y que cada seis minutos una mujer es violada, lo que en total suma más de 85.000 violaciones y 400.000 agresiones sexuales al año. Que 1 de cada 5 mujeres es víctima de un delito sexual y que 1 de cada 4 será víctima de violencia doméstica.
Estas estadísticas sirvieron más bien poco para convencerme de que todo estaba bien y de que mi linda cabecita no debía preocuparse por ello. Lo cierto es que tuvieron el efecto contrario. Empecé a preguntarme si no existiría una relación entre el hecho de que en nuestra sociedad tantas mujeres se han acostumbrado de tal manera a experimentar prejuicios basados en el género que apenas llegan a registrarlos, el hecho de que las esferas políticas y económicas estén dominadas por hombres y el dato de que una quinta parte de las mujeres sufra algún tipo de delito sexual. Las cifras, desde luego, no aliviaron mis temores ni me convencieron de que simplemente estaba haciendo una montaña de un grano de arena…, muy al contrario. En mi opinión, sugerían una necesidad urgente y esencial de prestar atención a los incidentes «menores» —a todos y cada uno de ellos— para así comenzar a unir la línea de puntos y construir una imagen adecuada de lo que realmente estaba ocurriendo.
En ningún momento se me pasó por la cabeza que fuera posible resolver el problema del sexismo de un día para otro. Pero tampoco veía de qué forma podríamos siquiera abordarlo si tantas personas seguían sin estar dispuestas a reconocer su mera existencia. Pensaba que, si de algún modo fuera posible reunir las historias de todas esas mujeres en un solo lugar, de manera que atestiguaran la tremenda envergadura y amplitud del asunto, entonces tal vez la gente se convencería de que efectivamente existe un problema que necesita solución. Al menos eso sería un comienzo. Así, en abril de 2012 puse en marcha una página web muy sencilla donde las mujeres podían subir sus historias —desde las insignificantes consideradas normales hasta las más flagrantemente ofensivas—, para que aquellas personas que no hubieran experimentado este problema de primera mano pudieran leerlas y, confiaba, empezaran a darse cuenta de lo que de verdad estaba sucediendo a diario.
Sin financiación alguna, ni medios para publicitar el proyecto más allá de mi muro de Facebook, pensé que tal vez añadirían sus historias cincuenta o sesenta mujeres, o que tal vez sería capaz de convencer a unas cien amigas mías para que añadieran las suyas.
Durante los primeros días empezó a aparecer un goteo de historias. Pasada una semana, cientos de mujeres habían añadido sus voces. Una semana después, el número se había duplicado, después triplicado y cuadriplicado. Abrí una cuenta de Twitter, @EverydaySexism, y descubrí también allí que la gente estaba deseosa de discutir el fenómeno. Exactamente de la misma manera que plantear la cuestión en una sala llena de gente había llevado a que más y más mujeres contribuyeran con sus propios ejemplos, la idea se propagó como la pólvora a través de las redes sociales, multiplicándose y cobrando impulso a lo largo de su recorrido.
De repente comenzaron a aparecer historias procedentes de Estados Unidos y Canadá, de Alemania y Francia, Arabia Saudí y Pakistán. Decenas de miles de personas empezaron a visitar la página web cada mes. Antes de que hubieran pasado dos meses, la página contenía más de mil entradas.
Hubo voces que dijeron que podría estar inventándomelo todo, o que nada de aquello demostraba nada porque no era posible verificar cada historia de manera independiente. Esto es cierto (la parte de la verificación, no la de la invención), y es aplicable también a las entradas del proyecto citadas en este libro. Y es importante, así que, ya que estamos hablando sobre ello, vamos a aclarar este asunto. El proyecto solamente pretendía ser utilizado como una fuente cualitativa, igual que otros proyectos y estudios sociales de investigación sumamente respetados que se basan en pruebas recogidas. Sí, debemos saber que existe la posibilidad de que alguna entrada sea ficticia. Pero lo cierto es que no hay incentivos para que nadie se invente nada. En primer lugar, el proyecto consiste en tantísimos relatos que el hecho de añadir una historia falsa no supone la obtención de ninguna clase de fama ni de atención: cada historia no es más que otra gota en el océano. En segundo lugar, como las entradas llevan asociadas automáticamente su dirección IP, recibimos de inmediato una alerta cada vez que alguien envía más de una historia. En las pocas ocasiones en las que algún trol ha publicado una pequeña serie de entradas exageradísimas y sarcásticas, ha sido fácilmente detectado y eliminado. Y lo que es todavía más importante ahora que decenas de miles de mujeres han añadido sus experiencias: las historias se corroboran entre sí; distintas mujeres, de diferentes edades y orígenes y de países distintos, las repiten y se hacen eco de ellas, y una y otra vez surgen los mismos temas. Estos relatos también cuentan con el apoyo de las miles de niñas y mujeres con las que me he reunido en colegios y encuentros durante los últimos años, el de las mujeres que me han confiado e-mails y el de las mujeres que he entrevistado para este libro. El discurso de todas ellas es muy parecido. Tendría que ser una coincidencia terriblemente grande que tantas de ellas se estuvieran inventando la misma historia.
Así pues, continuaban llegando relatos. Luego, un día, un periodista de The Times se puso en contacto conmigo para escribir un artículo sobre el proyecto. A este siguieron rápidamente otros en diversos periódicos y revistas, después programas de radio y televisión. Empecé a escribir regularmente para el Independent y, más tarde, para The Guardian y otros medios de comunicación, donde me dedicaba a hacer una crónica de las historias a medida que fluían y a subrayar los temas comunes. Por todo el mundo aparecieron artículos sobre el proyecto, desde Grazia South Africa al Times of India, del French Glamour a Gulf News, del LA Times al Toronto Standard. Cada vez que la prensa extranjera se hacía eco del proyecto, recibía e-mails de mujeres de los distintos países en cuestión preguntándome si era posible poner en marcha una versión del proyecto en su país. En dieciocho meses nos habíamos expandido a dieciocho países en todo el mundo.
Cientos de mujeres y chicas me escribieron sobre sus propias experiencias, describiendo no solo lo que les había pasado a ellas, sino también lo culpables o incapaces de protestar que se habían sentido, cómo aquello que les hubiera sucedido les había hecho sentir que era su culpa o que no debían armar ningún escándalo. La primera vez que me golpeó la auténtica magnitud de lo que había empezado a destapar fue cuando una mujer me escribió diciendo: «Tengo 58 años, así que tengo mucho que decir para tan poco espacio. Aquí van algunos puntos destacados organizados por décadas».
Las historias procedían de mujeres de todas las edades, razas y etnias, de diferentes condiciones sociales, identidades de género y orientaciones sexuales; con o sin discapacidad, religiosas o no religiosas, empleadas o desempleadas. Historias que iban del lugar de trabajo a la acera, de los bares y discotecas a trenes y autobuses. Sobre acoso verbal y «bromas», sobre ser toqueteadas y manoseadas y besadas y seguidas y maldecidas e increpadas y menospreciadas y atacadas y violadas.
Es por ello que el proyecto, a pesar de que inicialmente se había establecido para registrar casos cotidianos de sexismo, rápidamente vino a documentar graves casos de acoso y agresiones, abusos y violaciones. Al principio, a medida que iban quedando registradas las primeras historias, me preguntaba por qué la gente acudía a nosotros, por qué no compartían sus historias y buscaban apoyo en otra parte. Y entonces empecé a darme cuenta de que no existía ninguna otra parte. Miles de estas historias jamás habían sido contadas. Miles de estas mujeres habían crecido con la asumida convicción de que estas violaciones eran culpa de ellas mismas; de que sus historias eran vergonzosas; de que nunca debían contárselas a nadie. Y sus experiencias no estaban «fuera de lugar» entre los relatos de sexismo cotidiano, insignificante y normalizado. Es como decir que el violeta «no pertenece» al mismo espectro de colores que los naranjas y los verdes. No es posible tomar una historia por separado y observarla sin tener en cuenta las demás, porque juntas crean una imagen completa. Nuestras experiencias de todas las formas de prejuicio —desde sexismo cotidiano a acoso angustioso a violencia sexual— forman parte de un continuo que nos afecta a todos, que nos moldea a nosotros mismos y nuestras ideas sobre el mundo. Incluir historias de agresiones y violaciones en un proyecto que documenta las vivencias cotidianas de la desigualdad de género es simplemente ampliar sus límites hasta las manifestaciones más extremas de dicho prejuicio. Ser conscientes de lo grande que puede ser el daño cuando se permite que los asuntos menores, «sin importancia», pasen al olvido sin formular observación alguna. Demostrar que el goteo constante de sexismo, sexualización y cosificación está relacionado con la asunción de propiedad y de control sobre el cuerpo de las mujeres, y cómo el ruido de fondo del acoso y el desprecio está conectado con la afirmación de poder que suponen la violencia y las violaciones.
Y así fuimos aceptando todas estas historias, y muchas más, hasta que en abril de 2015 —apenas veinte meses después de que se lanzara el proyecto— había 100.000 entradas acumuladas. Este es el sonido de cien mil mujeres alzando la voz. Esto es lo que nos están tratando de contar.
Mujeres silenciadas:
el problema invisible
«A pesar de ser una mujer de negocios con sobrada experiencia, siento que no puedo decir nada. La elección es mía: pedirle que, por favor, no me toque y montar un escándalo que incomodará a mis clientes o quedarme callada. Me quedo callada».
Entrada publicada en el proyecto Sexismo Cotidiano
El sexismo es un problema invisible. Esto se debe en parte a que muy a menudo se manifiesta en situaciones en las que los únicos testigos presentes son la víctima y el agresor. Cuando te gritan en una calle desierta por la noche. Cuando un colega de más edad y manos toconas te arrincona en la sala vacía de la fotocopiadora. Cuando un hombre aprieta su erección contra tu espalda en un vagón de metro tan abarrotado que nadie podría darse cuenta de lo que está pasando. Cuando un coche disminuye la velocidad mientras caminas del colegio a casa y el conductor te pide que le hagas una mamada y después se aleja por la carretera tan suave y silenciosamente como llegó. Cuando tu jefa te dice como si nada al cruzaros en la escalera que al día siguiente estaría bien que llevaras una parte de arriba más escotada y fueras más maquillada si quieres mantener tu puesto. Cuando un par de manos te apartan a un lado en la cola de la barra de un bar y bajan por tu cuerpo para magrearte y tocarte el culo. Momentos que se deslizan como cuentas de un collar y que crean una cadena infinita cuyo peso solo tú puedes sentir. Todo esto puede hundirte sin que ninguna otra persona llegue a presenciarlo.
No es fácil tomar algo que es invisible y hacer que la gente empiece a hablar sobre ello. En un principio existe mucho recelo y cautela; la gente se escabulle porque no quieren ser ellos los que admitan verlo si todos los demás van a seguir pretendiendo que no lo ven. Nadie quiere ser ese. Así, en el mejor de los casos, la persona que ha sufrido sexismo se queda estupefacta con los brazos extendidos hacia arriba, señalando lo que resulta evidente y obvio, mientras todos los demás permanecen pensativos y fijan muy serios la mirada en el horizonte.
En el peor de los casos, la víctima tampoco dice nada.
En esto, el sexismo se parece un poco al cambio climático. Los seres humanos tienden a aferrarse a una conveniente inconsciencia—«¡Yo no lo he visto, así que realmente no puede existir!»— a pesar del vergonzoso y pujante conjunto de evidencias que demuestran lo contrario. Para poder mantener esta cómoda dicha de ignorancia, se deduce que cualquier noticia que se haga eco del problema será acogida con rechazo: de modo que con total naturalidad te acusan de mentirosa o de exagerada. Estas acusaciones no siempre son malintencionadas (creo que están igual de motivadas tanto por una horrorizada incapacidad para aceptar la gravedad del problema como por un intento deliberado de menospreciarlo).
En cualquier caso, independientemente de cuál sea el motivo, esta clase de reacciones suponen un golpe secundario que se suma a la experiencia ultrajante inicial. A medida que las niñas crecen, estas reacciones empiezan a repercutir en su propio juicio de las situaciones: aprenden a no confiar en sí mismas y a no armar alboroto. La sociedad les enseña que no tienen derecho a quejarse. De una manera u otra, se silencia a las mujeres.
Una chica que escribió al proyecto Sexismo Cotidiano, describió precisamente una de estas «experiencias de aprendizaje»:
• De camino a casa de una amiga un sábado, sobre las 18:30, dos hombres que estaban borrachos empezaron a seguirme. Uno me agarró del pelo y dijo: «Eres demasiado guapa para ir sola por la calle» (se habían pasado los últimos cien metros gritándome obscenidades). Me sentí violada y llegué a casa temblando. Al día siguiente se lo conté a mi novio; me dijo que mi «historia» era poco probable y que lo único que buscaba era llamar la atención. Empecé a sentir que estaba exagerando y que simplemente debía quedarme callada. Los dos tenemos 15 años.
La incredulidad es el primer gran silenciador.
Estos incidentes que tienen lugar sin que haya testigos presentes indudablemente ayudan a que el sexismo pase inadvertido, un problema no reconocido sobre el que no se discute. Pero también contribuyen a esto los casos cotidianos ocultos a simple vista en una sociedad que ha normalizado el sexismo y ha permitido que se haya interiorizado hasta tal extremo que ya ni siquiera somos conscientes ni nos oponemos a ello. El sexismo es un prejuicio socialmente aceptado y todos participamos de este juego.
Solo el año pasado nos ha ofrecido algunos ejemplos de traca que han tenido gran repercusión mediática. Durante este periodo, el director de orquesta Vasily Petrenko amablemente anunció que en su profesión los hombres siempre serían superiores porque las orquestas se distraen si ven a una «chica bonita en un podio», y el artista alemán Georg Baselitz declaró que «las mujeres no son buenas pintoras. Es un hecho». Mientras tanto, el alcalde de Londres, Boris Johnson, «bromeó» con que las mujeres solo van a la universidad porque «tienen que encontrar hombres con los que casarse» (graciosísimo, ¿verdad?), y el profesor de Literatura y autor canadiense David Gilmour reveló con gran frivolidad que «no estoy interesado en dar clase sobre libros escritos por mujeres». (Imagino que Zadie Smith, Toni Morrison, Maya Angelou y Margaret Atwood podrían corregirle en cuanto a su relevancia si no fuera por lo ocupadas que están ganando más premios que todas las nominaciones que Gilmour ha conseguido rascar a lo largo de su carrera).
En noviembre de 2012, el diputado laborista Austin Mitchell dirigió una diatriba sexista hacia su antigua compañera Louise Mensch después de que ella se mostrara en desacuerdo con algo que su marido había dicho. En un mensaje que apareció en sus perfiles de Facebook y Twitter, así como en su página web oficial, Mitchell escribió: «Cállate, Menschkin. Una buena esposa no discrepa con su amo en público y una niña buena no miente sobre por qué dejó la política». Más tarde dio muestras de gran regocijo ante la subsiguiente indignación pública, en primer lugar diciendo «tranquilizaos, queridos» a aquellos que protestaron y después preguntando: «¿Ha dejado ya de sonar la sirena de guerra? ¿Se ha detenido ya el bombardeo Menschevique?».
Es evidente que ninguno de estos hombres temía repercusión alguna. De hecho, el «tranquilizaos, queridos» simplemente expresaba con firmeza la postura «orgullosa y prejuiciosa» de Mitchell en el marco político de un primer ministro que había mandado callar en público a una parlamentaria con las mismas palabras el año anterior.
Con este telón de fondo, no resulta sorprendente que otros políticos hagan gala de semejante intolerancia con tanta seguridad, como si se tratara de una medalla honorífica.
Tanto en las esferas intelectuales como en las populares, estas actitudes se extienden de forma generalizada por todo el universo de celebridades. En la misma semana en la que se produjo el ataque de Mitchell, y con la misma naturalidad de un programa de Radio 4 con participantes que opinaban sobre edredones sintéticos frente a edredones de plumas, BBC Cumbria produjo una emisión que ingeniosamente fue capaz de combinar sexismo y racismo mediante la pregunta: «Si pudieras tener una mujer filipina, ¿por qué querrías una de Cumbria?».
En 2013, Rush Limbaugh, presentador de un programa radiofónico de entrevistas, consiguió mantener su puesto de trabajo y su programa a pesar de haber lanzado un aluvión de insultos misóginos a una estudiante de Derecho, Sandra Fluke, cuyo único «crimen» había sido el ser invitada a testificar ante el Congreso sobre la importancia de incluir una cobertura anticonceptiva en los planes de seguros médicos. Limbaugh la atacó repetidamente en directo tachándola de «furcia» y «prostituta», sugiriendo que sus padres deberían estar avergonzados de ella y diciendo que «dada la magnitud de su actividad sexual, era asombroso que aún pudiera caminar». Con la poco imaginativa tenacidad de un perro a quien le han dado un hueso para roer, parecía incapaz de olvidarse del tema, y llegó a añadir: «Si vamos a tener que pagar por tus anticonceptivos y, por tanto, pagar para que tengas sexo, queremos recibir algo a cambio, y yo te diré lo que es. Queremos que publiques los vídeos en Internet para que todos podamos verlos».
En Hollywood, el actor Seth MacFarlane decidió que la mejor manera de celebrar el talento de las actrices que asistieron a la ceremonia de los Óscar de 2013 era cantar una canción titulada Te hemos visto las tetas. (No es difícil imaginar sobre qué trataba). Parece ser que el hecho de que varias de las escenas de pechos desnudos a las que con tanto júbilo hacía referencia fueran de violaciones o abusos es algo que MacFarlane pasó por alto. (Igual que también pasó por alto las capacidades y, desde luego, la humanidad de las propias mujeres). Que esto se presentara como una divertidísima pieza de entretenimiento en uno de los acontecimientos mediáticos con más telespectadores del año dice mucho.
Entretanto, en el Reino Unido, el crítico de televisión (y destacado Adonis) A. A. Gill ocupaba su tiempo virando hacia un sexismo absolutamente irrelevante en su análisis de Meet the Romans, una serie de TV presentada por la profesora de Cambridge especializada en estudios clásicos, Mary Beard. En lugar de criticar los méritos o el talento como presentadora de Beard, optó por reprobar su apariencia y estilo tildándola de «demasiado fea para la televisión» y sugiriendo que «debería mantenerse totalmente alejada de las cámaras». En una columna para el Daily Mail, Beard respondió con la mordaz observación de que Gill había «confundido prejuicio con ingenio», por muy frustrante que pueda resultar el hecho de que tan excelente réplica diera lugar a la manida excusa de que el sexismo no es ningún problema porque «las mujeres pueden manejar la situación». Sí, algunas pueden, ¡pero la cuestión es que no tendrían que hacerlo! (En este caso, quién sabe qué agudos descubrimientos históricos habrían ocupado la columna de aquella semana si Beard no se hubiera visto obligada a perder el tiempo respondiendo al pueril soplagaitas de Gill).
Durante los Juegos Olímpicos de Londres, el periodista del Telegraph, Andrew Brown, reprobó de un modo pasmosamente paternalista y pomposo a las atletas femeninas que tenían la osadía de representar a su país en artes marciales. «Soy consciente de que es probable que esto vaya a sonar espantosamente sexista», escribió, y, aun así, siguió adelante: «Resulta perturbador ver cómo se golpean entre sí todas esas chicas…». Su condescendencia resultaba espectacularmente fuera de lugar si tenemos en cuenta con cuánta facilidad aquellos «seres débiles» por los que se lamentaba podrían haberle enseñado una rápida lección sobre la igualdad de derechos si hubiera entrado por error en el estadio olímpico.
En cada una de estas situaciones —que juntas solo representan una minúscula muestra procedente de un amplio flujo diario— hay mujeres que son abiertamente vapuleadas, despreciadas o deshumanizadas por el simple hecho de ser mujeres. Nada más. De nuestros políticos a nuestras corporaciones nacionales de radiodifusión, de los mayores acontecimientos mediáticos del mundo a la competición deportiva más famosa. La pura normalización es en parte lo que lleva a una aceptación tan amplia de los prejuicios de género. Estamos tan inmersos en el sexismo que nos resulta imposible verlo, incluso cuando lo tenemos delante. Rashida Manjoo, relatora especial de la ONU sobre la violencia contra las mujeres, visitó Gran Bretaña en 2014 y comentó: «¿He observado este nivel de cultura sexista en otros países? Debo decir que no me ha resultado tan descarada en otros países». Sin embargo, a pesar de su (extensa y detallada) evaluación, los comentaristas rechazaron sus expertas conclusiones sin pensárselo dos veces como «fuera de control». En un programa de radio donde, con gran escepticismo, me pidieron que defendiera el punto de vista de Manjoo, tuve que contestar que, aunque estaba firmemente de acuerdo con que el sexismo era un problema enorme y poco reconocido en Gran Bretaña, no estaba en posesión de suficientes datos concretos para realizar una comparación determinante a nivel mundial. Si tan solo, me sentí muy tentada a añadir, hubiera un experto internacional a quien poder preguntar y cuyo trabajo consistiera en hacer precisamente eso… El sexismo parece ocupar una posición ridículamente aceptable cuando se trata del discurso público, con una disposición general a reír y pasarlo por alto en lugar de definirlo como el prejuicio que en verdad es. Y esto es lo que lo hace especialmente difícil de combatir, al permitir que las víctimas sean ridiculizadas y despreciadas como «exageradas» mientras que agresores como Mitchell pueden ocultarse con cobardía tras la miserable coraza del «humor» y la «ironía». Consideremos, en comparación, el destino de su contemporáneo y tocayo Andrew Mitchell, que en torno a la misma época fue obligado a dimitir de su puesto como diputado encargado de la disciplina dentro de su partido en medio de denuncias (negadas por él) de que se había referido a policías como «plebeyos», expresando así un ofensivo prejuicio de clase.
La entrada publicada por una mujer en la página del proyecto decía:
• Es sorprendente que tantos de nosotros estemos tan resignados a algo que si estuviera dirigido a cualquier otro grupo, se consideraría gravemente ofensivo.
Así, las mujeres son silenciadas tanto por la invisibilidad como por la aceptación del problema. Y quizá la prueba de mayor peso respecto a la aceptación pública del sexismo es el número creciente entre los principales programas de televisión diurnos que abordan cuestiones relacionadas con la seguridad y el acoso de las mujeres como temas de debate.
Resulta alucinante el hecho mismo de que en 2013 sea necesario explicar por qué no está bien que la idea de si las mujeres «piden o no» ser agredidas sexualmente sea objeto de un debate público. Pero la cantinela se ha convertido en una práctica tan común que parece difícil abrir un periódico o encender la televisión sin escuchar una discusión al respecto, como si se tratara de una cuestión perfectamente válida con interesantes argumentos a favor y en contra.
En febrero de 2013, el programa matutino de la cadena de televisión ITV, Daybreak, con 800.000 espectadores de media, emitió un espacio en el que preguntaban: «¿Debe culparse a las mujeres que se emborrachan y flirtean si resultan atacadas?». El debate fue anunciado con: «Algunos pensáis que sí…, otros discrepáis tajantemente…». Seguido de: «Queremos oír lo que pensáis, vuestras opiniones son de gran interés para nosotros».
Las palabras espeluznante, deprimente o doloroso habrían descrito mejor lo que en realidad fue escuchar algunos de los pensamientos que compartieron los telespectadores de Daybreak. Se retransmitieron comentarios de entrevistados que se posicionaban en ambos lados del debate, entre los que se incluía un joven que dijo que «si quieres que te traten con respeto, debes vestir respetuosamente», y el de un ponente televisivo que —¡mientras el tema de debate era el acoso sexual!— empleó la frase: «Hacen falta dos personas para decidir algo». El presentador más tarde anunció los resultados: «Una de cada seis personas en la encuesta de Daybreak piensa que las víctimas de acoso sexual son las culpables si están borrachas o coquetean con el infractor». En el momento de ser presentada, esta estadística no recibió ningún comentario.
Es el tema del día, con las reflexiones de un presentador de televisión sobre si las niñas de trece años que pasan junto a una obra en camiseta corta «se lo están buscando», mientras que la comunidad en línea Debate.org tiene una encuesta abierta sobre la cuestión: «¿Se lo están buscando las víctimas de violaciones que visten de forma provocativa?».
En la misma semana que tuvo lugar el sondeo llevado a cabo por Daybreak, el programa de actualidad de la BBC 3, Free Speech, emitió un espacio planteando la siguiente cuestión: «¿Están las jóvenes de este país poniéndose ellas mismas en peligro de sufrir abusos por el hecho de ir a discotecas y llevar un atuendo provocativo?». Una vez más, el subsiguiente debate exhibió argumentos a favor y en contra. Una tertuliana se situó con firmeza en el bando que se mostraba de acuerdo: «Desde luego… No deberías ir vestida como una fresca, francamente. No hay otra palabra para eso». Después añadió: «Os estáis poniendo en peligro a vosotras mismas. Y, como mujeres, es necesario entender que somos vulnerables».
Sí, por el amor de Dios, chicas jóvenes, espabilad: conoced vuestros límites. ¿Cómo os atrevéis a pensar que tenéis el derecho a salir vestidas como os dé la gana?… Qué ingenuo e ignorante por vuestra parte no esperar ser objeto de agresiones, ¡menuda panda de frescas descaradas! ¿Qué os creéis que es esto? ¿Un país libre?
En todos los rincones de los medios de comunicación ha habido una larga ristra de declaraciones públicas similares. En el Telegraph, Joanna Lumley instó a las jóvenes a comportarse debidamente: «No vomitéis en una cuneta a medianoche con un vestido ridículo y sin dinero para coger un taxi, porque alguien se aprovechará de vosotras y, o bien os violará, o bien os sacudirá u os robará». Poco después en una entrevista, el parlamentario conservador Richard Graham se mostraba de acuerdo: «Si eres una mujer joven sola que trata de volver a casa cruzando Gloucester Park de madrugada embutida en una falda corta y tacones y hay un depredador y tú estás completamente borracha y vas así vestida, ¿cómo vas a poder escapar?». (De hecho, tal y como me señaló astutamente una joven, por lo general eres capaz de correr mucho más llevando una falda corta que una larga…).
Cabe destacar que, en esencia, estas amonestaciones parecen proceder de adultos pertenecientes a una generación concreta: son la reacción natural, dirán algunos, a una serie de transformaciones sociales que han traído consigo cambios dramáticos en la cultura juvenil en los últimos veinticinco años. Pero, aunque esto pudiera mitigar levemente la intención que existe tras algunos de estos comentarios, en ningún caso excusa o explica su intenso enfoque en el comportamiento de las mujeres jóvenes hasta el punto de casi excluir todo lo demás. Si acaso, aquellos que crecieron en una generación con roles de género rígidos y sexistas y expectativas sobre el modo de vestir y de comportarse de las mujeres jóvenes, lo único que tristemente hacen es perpetuar tales opresiones, proyectarlas de nuevo sobre las chicas que forman parte de una cultura juvenil nueva y más libre. Sin embargo, considerar a estas chicas como «frescas descaradas» es no entender lo que de verdad está pasando: en su lugar, el centro de las miradas debería estar indudablemente en el hecho de que la sociedad dicta a las jóvenes que esta es la única manera de que ellas obtengan aceptación y aprobación. Miley Cyrus es un reciente ejemplo perfecto: en efecto, su actuación en la gala de los MTV Video Music Awards 2013 (donde pudimos verla casi desnuda, bailando con movimientos sexuales con un cantante masculino mucho mayor y sacando la lengua provocativamente) suscitó fuertes sentimientos, pero la censura resultante estuvo enteramente reservada para sus elecciones como chica joven, no para el hombre que estaba de pie tras ella ni para la industria rígidamente sexista que tanto la había apremiado a avanzar por esa particular senda mientras sus contemporáneos masculinos son libres para difundir su música pop ataviados en trajes y corbatas.
Es en este enfoque centrado en el comportamiento de las mujeres jóvenes donde fracasamos rotundamente a la hora de analizar estas acciones y también el impacto de la sociedad que las rodea. Es aquí donde encontramos el principal método de silenciamiento: la culpabilización de las víctimas.
Permitidme que inmediatamente destaque dos cuestiones fundamentales. Primero, la idea de que la ropa o el comportamiento de las mujeres tengan en modo alguno la culpa de agresiones sexuales o violaciones es un completo disparate. En segundo lugar, el debate público de tales conceptos supone otorgarles credibilidad, difundir la idea; es enviar a los agresores el mensaje de que pueden actuar con impunidad, y recordar a las víctimas que podrían ser culpadas en el caso de que llegasen a hablar.
La víctima nunca tiene la culpa.
Las cifras oficiales ofrecidas por el Gobierno en 2013 sobre delitos sexuales afirman que en la gran mayoría de los casos la víctima conoce al violador: «En torno a un 90 por ciento de las víctimas de las agresiones sexuales más graves ocurridas durante el pasado año conocía al agresor». Según la organización Rape Crisis (England and Wales), «mujeres y chicas de todas las edades, clases sociales, culturas, capacidades, sexualidades, razas y creencias son violadas. El atractivo de la mujer tiene muy poca importancia. Los informes muestran que hay una gran diversidad en el modo en que las mujeres que son objeto de estas agresiones visten o actúan». Violar no es un acto sexual; no es el resultado de una atracción repentina e incontrolable hacia una mujer con un vestido corto. Es un acto de poder y violencia. Sugerir lo contrario es profundamente insultante para la inmensa mayoría de los hombres que son perfectamente capaces de controlar sus deseos sexuales.
La misma errónea conclusión se extrae de casi cualquier forma de agresión y acoso que podáis imaginar. El popular programa televisivo The Wright Stuff (donde es frecuente dirigirse a las mujeres con «eh, chicas», y cada vez que lo oigo me entran ganas de sacarme los ojos con las uñas, pero ese es otro tema…) emitió una desenfadada sección en la que preguntaban a los hombres si pellizcar el culo a las mujeres en las discotecas no era «más que una gracieta». La cuestión había surgido en respuesta a la campaña puesta en marcha por mujeres en Londres para alentar a que las discotecas echaran a los hombres que las manosearan sin haber sido invitados a hacerlo. En esta ocasión, la saludable ración de «se lo están buscando» fue arrojada por la tertuliana Lynda Bellingham: «Por el amor de Dios, no es más que una gracieta —opinó—. ¿Os habéis fijado en cómo van vestidas las mujeres en las discotecas hoy en día? Si se agacharan, podrían vérseles las bragas». De modo que, una vez más, se establece una línea de causalidad directa entre el vestido de las mujeres y la agresión sexual.
Dejando a un lado la descripción eufemística del manoseo y la agresión física como un pícaro «pellizco en el culo», el hecho de que tales intentos sean inmediatamente recibidos con clamores de «¿no os dais cuenta del alboroto que estáis armando por nada?» por parte de programas con tanta repercusión mediática es una muestra de la ardua batalla que libran las mujeres incluso para empezar a hacer frente al sexismo y al acoso. Lo que en verdad estamos escuchando es la sugerencia de que si las mujeres se atreven a salir de casa, simplemente deben tener la expectativa de que serán maltratadas y toqueteadas contra su voluntad por extraños. Si le pasa algo a una mujer mientras está en una discoteca, o cuando ha tenido la osadía de arreglarse (tal y como, por cierto, dictan y demandan los medios de comunicación que constantemente la bombardean), entonces desde luego no debería tener la audacia de quejarse.
Los informes que recibimos, en particular de mujeres jóvenes que aprenden este tipo de lecciones temprana y violentamente, corroboran estos tres poderosos factores silenciadores: la invisibilidad del problema, su aceptación social y la culpabilización de las víctimas. En estos informes afirman sentirse incapaces de quejarse sobre estos incidentes, bien porque nadie las tomaría en serio, bien porque a veces ni siquiera piensan que alguien pudiera llegar a tomarlas en serio.
He intentado hablar con mi familia del acoso o la agresión, pero casi siempre insinúan que he sido yo la que ha hecho algo para que ocurra.
Básicamente me dijeron que el problema era mío o que era «demasiado sensible».
Una mujer explicaba cómo la actitud de su familia hacia la visión de las víctimas por parte de la opinión pública dio lugar a que la acusaran también a ella.
• Estoy viendo Look North en la BBC. La historia de una mujer a la que violaron en un parque por la noche. Mi madre: «Vaya una estúpida, ¿qué narices hacía caminando por un parque?».
A todo esto, la vez que llegué a casa y le dije a mi madre que mi novio me había violado, me contestó: «Eso es lo que consigues si te comportas como una puta».
A menudo, la aceptación social del sexismo y del acoso está tan arraigada que el propio abuso parece ocupar un segundo puesto en orden de importancia para la familia, cuyo deseo es evitar una escena. En palabras de una chica:
• Cuando tenía unos 13 años, un amigo de la familia solía agarrarme el culo o el pecho cada vez que lo veíamos (algo que, por desgracia, sucedía a menudo). Se dedicaba a hacerlo delante de mi madre, de mi hermana y de su MUJER, y nadie nunca dijo nada. Me hacía sentir realmente incómoda (obviamente), pero en aquel momento yo era demasiado joven para entender lo que estaba pasando y solo muy recientemente he llegado a comprender que lo que en verdad hacía era agredirme. Me he sentido confusa e infeliz por esto durante años, estoy tan enfadada por que su mujer y mi propia familia nunca cuestionaran el hecho de que me estuvieran manoseando de un modo nada apropiado justo delante de sus narices… Me gustaría hablar del tema con mi madre y mi hermana, pero tengo miedo de que ellas no se lo tomen en serio.
Hemos recibido infinidad de relatos que reflejan esta cuestión: chicas jóvenes que aprenden a una edad temprana e incluso de la mano de sus propios progenitores que la responsabilidad del acoso sexual recae sobre sus propios hombros.
Acosada en la calle con 12 años (por un hombre adulto), mi madre me dijo que la culpa era mía por ir con falda corta.
Es significativo que el silenciamiento comience tan pronto. El relato de una mujer subraya cómo el impacto de aprender tales «verdades» de las personas en quien más confías puede provocar que lleguen a estar profundamente arraigadas (haciendo que sea mucho más difícil para las mujeres darse cuenta de que lo que les está sucediendo está mal, o incluso poder hablar sobre ello más adelante):
Mi padre me dijo que es imposible violar a una niña, que es culpa de la niña. Tenía 16 años y era virgen cuando fui violada varias veces… Gracias a papá hasta los 30 no me di cuenta de que habían sido violaciones.
Desgraciadamente, muchas mujeres describen comentarios despreciativos similares por parte de sus propias parejas:
• Tuve una experiencia aterradora con un hombre borracho que murmuraba amenazas sentado frente a mí en un tren, y que después me siguió por toda la estación hasta que literalmente tuve que echar a correr y esconderme para perderlo de vista. Cuando más tarde le conté a mi novio lo que había pasado, dijo: «Bueno, me alegro de que ahora estés a salvo en casa», y zanjó por completo el asunto.
