Si tú me escuchas - Coia Valls Loras - E-Book

Si tú me escuchas E-Book

Coia Valls Loras

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Beschreibung

John Cavage es el prototipo de triunfador americano: un joven padre de familia, con un trabajo fenomenal, que no ha tenido que pedir nunca nada a nadie ni empatizar con las pequeñas miserias de los demás. Pero la jugarreta de un compañero que quiere ocupar su puesto le dejará sin empleo y le obligará a mirar más allá de su ombligo. Cuando John tiene que aceptar un trabajo de comercial para mantener la familia, se da cuenta de que su falta de empatía lo anula como persona y hace que a todas sus relaciones les falte, en realidad, algo esencial que debe recuperar. Por suerte, una amiga le hablará de un misterioso curso por correspondencia que le cambiará la vida. Coia Valls (Reus, 1960) es profesora de educación especial, logopeda, actriz y novelista de éxito (La princesa de Jade, La cocinera y Etheria, entre otras). Sus obras han sido traducidas al italiano y al portugués. Para ella, los texts son una partitura pensada para ser tocada con violín, y esta es su melodía más íntima.

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Seitenzahl: 99

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Si tú me escuchas

 

 

 

 

Primera edición: septiembre de 2017Primera edición en digital: diciembre del 2023

© Coia Valls

Autora representada por la Agencia Literaria Sandra Bruna

© Editorial Comanegra

Consell de Cent, 159

08015 Barcelona

www.comanegra.com

Primera corrección: Alejandra Devoto

Segunda corrección: Nuria Ochoa

Diseño de colección: Cómo Design

Diseño de portada: Virgínia Pol

Maquetación: Laia Sardà

Producción del ePub: booqlab

ISBN: 978-84-19590-80-0

 

Quedan rigurosamente prohibidas y estarán sometidas a las sanciones establecidas por ley: la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier procedimiento, incluidos los medios reprográficos o informáticos, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público sin la autorización expresa de Editorial Comanegra. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

Si tú me escuchas

Coia Valls

 

 

Para Susi Pairuto

Escuchar simplemente con los oídos es una cosa; escuchar con el entendimiento es otra, pero escuchar con el alma no se limita a una sola facultad —al oído o al entendimiento—, sino que requiere vaciar todas las facultades y, cuando las facultades están vacías, es todo el ser el que escucha: entonces se capta de manera directa lo que se tiene delante, que jamás podría oírse a través del oído ni comprenderse con la mente.CHUANG TZU

I

Cada fracaso nos enseña algo que necesitábamos aprender.

CHARLES DICKENS

Tulsa, Oklahoma, 1953

La ciudad de Tulsa, en Oklahoma, es uno de los puntos neurálgicos de la producción petrolífera de Estados Unidos. Muchos de sus habitantes viven de esta industria y se concentran en barrios acomodados. La desigualdad social se hace más acusada que en otras partes del país.

Entre los afortunados se cuenta John Cavage, de treinta y siete años. Desde hace tiempo está a cargo de la planta de producción y sus superiores lo invitan a barbacoas familiares en las que alaban su capacidad de liderazgo. Él se deja querer y ríe cada vez que alguien cuenta un chiste, por malo que sea.

En estas reuniones siempre lo acompañan Mary, su mujer, y su hija Beth. Ambas rebosan felicidad. Mary dejó su trabajo poco después de contraer matrimonio. Beth es una de las niñas más despiertas de su clase.

Hoy, sin embargo, la vida dará un vuelco imprevisto. La realidad que parecía inamovible entrará en crisis y las certezas se harán añicos en las manos de un John excesivamente confiado para hacerse cargo del alcance de la situación.

Es el último lunes de un mes de mayo muy riguroso. Después de un invierno seco, cálido y poco revuelto, el ambiente está cargado y obstaculiza la visión en las grandes avenidas de Tulsa. Los conductores responsables llevan encendidos los faros del coche.

Todo el mundo que lo conoce sabe que John Cavage llega puntual al trabajo. Le gusta aparcar su sedán Chevrolet de color burdeos delante del edificio de diez plantas en el que se alojan las oficinas de la empresa. Ni siquiera se plantea ir andando a trabajar, a pesar de que no tardaría más de veinte minutos. Vive en Carleton Olace, la zona residencial de moda.

Sin embargo, John necesita hacer el trayecto en su automóvil y entrar en la oficina oliendo todavía al jabón fresco que utiliza para ducharse. No soportaría tampoco que los zapatos cambiaran el aspecto impoluto que muestran al salir de su casa ni que se depositara sobre su superficie brillante el polvo pegajoso que cubre las calles.

Es un hombre de costumbres fijas, casi de rituales: podríamos decir que es previsible en muchos aspectos. Antes de abrir el correo y de despachar los asuntos más urgentes con Noelle, su secretaria, mira por la ventana y contempla la ciudad que despierta poco a poco a sus pies. Luego, con gesto estudiado, se quita la gabardina y la cuelga en el mismo lugar de siempre.

Hoy, sin embargo, Noelle le sale al encuentro, apresurada.

—Buenos días, señor. Si me lo permite, yo me encargo. El director lo espera en su despacho.

—Buenos días, Noelle. Veo que hoy todo el mundo ha madrugado —comenta, divertido, entregándole el sombrero—. ¿Dices que el director me espera?

—Sí, señor.

—¿A mí? ¿Estás segura?

—Por supuesto, señor. Me ha dicho que apenas pusiera los pies en la oficina le notificara su deseo de verlo de inmediato. Estas han sido sus palabras.

—Pues no es cuestión de hacer esperar al jefe —responde John y, ajustándose el cuello de la camisa, camina en la dirección adecuada.

Apenas ha dado unos pasos, ralentiza la marcha hasta detenerse. Un instante más tarde se da la vuelta.

—Noelle, ¿hay algo que yo deba saber?

La secretaria percibe que John la interroga con la mirada. Adivina la forma en la que avanza el cuerpo en busca de cualquier información que pueda darle una pista. Ella se mantiene esquiva y se limita a mover la cabeza de un lado a otro. Instintivamente, se encoge de hombros.

—Noelle, ¿qué pasa? —insiste John, saliéndole al paso.

—Yo no sé nada. Créame. Al llegar, he escuchado gritos y...

—¿Gritos, dices? ¿Acaso el director está acompañado?

—Me ha parecido ver sombras. Quizá haya dos o tres personas, pero no estoy segura. Ya estaban cuando he venido y al verme han cerrado las persianas de inmediato.

—Noelle, por favor, ¡no me hagas sacarte las palabras de una en una!

—Ya le he dicho que no estoy informada de los asuntos que...

—Está bien —la interrumpe John—. ¿Alguna de las voces te ha resultado familiar?

—No le sabría decir... El señor director parecía muy contrariado cuando me ha llamado por el interfono. Es posible que, de fondo, escuchara la voz del señor Mitman.

—¿Mitman? ¿Nuestro principal accionista?

—Sí, sí, el mismo, pero ya le he dicho que...

—Tranquila, Noelle. No diré nada que pueda comprometerte.

Veinte minutos más tarde, cuando John sale del despacho de su superior, la oficina hierve de actividad. Algunos compañeros comentan a dónde han ido a pasar el fin de semana con la familia y otros explican con todo lujo de detalles la forma en que se llevó a cabo su última conquista amorosa. También hay quien se da importancia, haciendo cábalas sobre el resultado de la última cena de trabajo con los empresarios venidos de la otra punta del mundo.

John no es capaz de distinguir ninguna conversación. Solo le llega un zumbido confuso de interferencias, como cuando pasas el cursor por el dial de la radio sin sintonizar nada en concreto.

Por el movimiento de los labios carmesí de Noelle adivina que habla, pero no sería capaz de reproducir una sola de sus palabras, aunque le fuera en ello la vida. Con las manos avanzadas hacia la nada, sostiene un sobre que atrae toda su atención. Realmente, parece anestesiado. Solo unos segundos más tarde parpadea, pero una sensación de extrañeza y desasosiego lo mantiene inmóvil.

Nadie, salvo Noelle, parece darse cuenta de la palidez de su rostro.

—¿Puedo hacer algo por usted? —pregunta ella en voz baja.

Su interlocutor no responde y ella piensa que debería pedir ayuda. Aunque desconoce el contenido de la reunión y también el del sobre, solo puede tratarse de pésimas noticias.

La secretaria mira de nuevo a su alrededor. No está dispuesta a hacerse la desentendida. Conoce muy bien a aquel hombre que ahora arrastra los pies. Durante muchos años se ha esforzado por hacerle la vida más fácil y también conoce sus manías: lo intuye antes de que abra la boca. Fue ella quien, incluso antes de que su mujer se diera cuenta, le descubrió las primeras canas. Son muchos años, muchos días y alguna confidencia. Por primera vez, no se le ocurre cómo ayudarlo. Busca a alguien que pueda echarle un cable, pero todos van a la suya.

Solo Thompson parece seguir de cerca la escena, apoyado en la puerta de la dirección. Al notar que la secretaria busca su complicidad, se hace el escurridizo y desaparece.

Noelle aprieta los dientes. Detesta a aquel hombre presuntuoso, que, sin lugar a dudas, ha tenido algo que ver con lo ocurrido. No es la primera vez que escucha decir que es un trepa, capaz de traicionar a su propia madre para conseguir lo que quiere.

Mientras tanto, John sigue ajeno a todo lo que no sea aquel sobre que le quema los dedos. Maquinalmente, coge la gabardina y el sombrero y se dirige al ascensor. Mientras camina por el pasillo, traga saliva con dificultad. Siente que se ahoga, como si la hubiera retenido demasiado tiempo en la boca y se le hubiera solidificado. Las risas de dos chicas jóvenes acompañan el descenso hasta el primer piso, pero el último tramo lo hace solo. Cuando se abre la puerta, abandona el edificio con parsimonia.

Noelle mira desde la planta séptima el trayecto que hace el Chevrolet al cruzar la gran avenida que atraviesa Tulsa. Va muy lento, como si se resistiera a acatar la sentencia dictada. Cuando ya no es más que un punto morado, tan pequeño que podría confundirse con un grano de uva abandonado sobre el suelo, se aparta de la ventana y ocupa de nuevo su asiento.

El coche se aleja cada vez más de la oficina y el sobre con la carta de despido sigue sobre el tapizado claro del asiento del acompañante. John conduce sin rumbo, mientras el sol continúa su ascenso. Los contornos de las edificaciones se oscurecen al contraluz, pero sabe que no tardarán mucho en mostrarse sin reservas.

Cuando de los esqueletos metálicos de las industrias petrolíferas solo queda un skyline borroso por la calima, el hombre para el coche. Se siente pequeño, muy pequeño, y ridículamente perdido en un terreno que debería conocer como la palma de la mano, pero no hace aspavientos. De alguna manera, confía en despertar de aquella pesadilla y secarse el sudor que, sin duda, le perla la frente.

Todo esto no le puede estar sucediendo a él, que ha dedicado su vida a la empresa. Mira el sobre, pero no se atreve ni a tocarlo. Calcula cada uno de sus gestos, no fuera a ser que se alejase de la norma y, como en un hechizo, quedara atrapado en aquel infierno que, a la fuerza, tiene que ser irreal.

Comprueba que ha puesto el freno de mano y se pasa la película a cámara lenta.

Revive la sensación de sentirse acorralado, de ser el centro de miradas furibundas que lo declaran culpable, sin ningún tipo de juicio previo. Puede sentir la ira de quienes hasta entonces consideraba sus amigos y que se han convertido en los verdugos más crueles, dispuestos a llevar a cabo una ejecución con todo el peso de la ley.

Y la angustia: la angustia de no saber de qué se lo acusa. La impotencia de no poder defenderse de las calumnias que Thompson certificaba sin escrúpulos.

Por último, las palabras del director dictando sentencia: el despido con efectos inmediatos. Dos meses de sueldo en señal de buena voluntad, pero ninguna carta de recomendación. ¡Ah! Y máxima discreción, si le quedaba algo de decencia, había añadido su compañero de barbacoas con gesto enérgico y mirada altiva, como si contemplara el instante en que abandonaría el despacho.

Por toda reacción, John se había quedado absorto, observando la forma en que le temblaba la papada al hacerle esta última advertencia. De repente, su amistad se ha limitado a dos papeles firmados: el del primer contrato y el que permanece dentro del sobre.

¡Le había costado atar cabos y, al conocer los motivos, no salía de su asombro! Solo podía ser una trampa diseñada con mala fe. ¿Quién era el culpable de aquel timo? Y Shira. ¿Cómo había caído tan bajo? Aquel relato de los hechos estaba muy lejos de la realidad.

Estaba claro que no habían dejado nada al azar y que todo formaba parte de un plan perfectamente diseñado. Se sentía estúpido, porque había hecho el primo. Si lo analizaba en detalle, él también tenía parte de la culpa: aquella necesidad de seguir practicando el arte de la seducción...

—¿John Cavage, el triunfador? ¡Un ingenuo! —exclama con gesto teatral.

Ahora se tiraría de los pelos, pero, desgraciadamente, ya es demasiado tarde para imaginar alguna solución.