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Julia 974 Alie se había reído de él, lo había insultado, pero aun así parecía que iba a tener que soportar a Drake Mardsen como su acompañante oficial. A él le habían encargado que la cuidara durante un importante trabajo que ella tenía que hacer en Rusia y se negaba a separarse de su lado... de día o de noche. Drake se había tomado muy en serio ser el guardaespaldas de Alie, aunque realmente pensaba que el lugar más seguro para ella era su cama… muy cerca de él.
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Seitenzahl: 157
Veröffentlichungsjahr: 2023
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Avenida de Burgos 8B
Planta 18
28036 Madrid
© 1998 Sally Wentworth
© 2023 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Siempre a tu lado, julia 974 - febrero 2023
Título original: MISSION TO SEDUCE
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Deseo, Bianca, Jazmín, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 9788411416337
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Si te ha gustado este libro…
MALDICIÓN! —exclamó Alie—. ¡Pero yo no voy a necesitar un intérprete!
—¿Hablas ruso?
—Sí, de hecho lo hago —dijo ella triunfantemente.
Pero cuando vio la mirada de duda de su jefe añadió:
—Un poco.
—¿Cómo de poco?
Ella le dedicó una de sus sonrisas repentinas y los azules ojos le brillaron maliciosamente.
—Lo suficiente como para decir que no si me hacen proposiciones deshonestas.
Él se rió, incapaz de resistir esa sonrisa.
—¿Pero hablas suficiente ruso como para entender una proposición deshonesta si te la hacen?
—Eso se reconoce en cualquier idioma.
—Ya sé que eres una mujer muy capaz, profesional y todo lo demás, pero no me voy a arriesgar a que te pierdas en Rusia sin alguien que te vigile.
A Alie no le gustó nada como sonaban esas palabras; ella tenía razones propias, importantes y secretas, para ir a Rusia y que no tenían nada que ver con la misión que le habían asignado. Tener a alguien vigilándola sería muy molesto.
Pero también era importante no destruir sus posibilidades de ir, así que sonrió y le dijo a su jefe:
—De acuerdo. Déjemelo a mí. Ya encontraré a alguien allí.
—No es necesario. Ya he encontrado a alguien con su base en Moscú. Supongo que lo podrías llamar un amigo de la familia. Se llama Drake Marsden y trabaja para un banco que va a abrir una sucursal allí. Habla ruso y te dará la ayuda que necesites. Haré que se encuentre contigo cuando llegues.
—Maravilloso —dijo Alie de mala gana.
Estaba muy decidida a librarse de ese tipo a la primera oportunidad que se le presentara.
Pensó que la oportunidad en cuestión se le presentaría en el mismo aeropuerto de Moscú. Seguramente en el tumulto de un gran aeropuerto internacional se podría despistar entre la multitud, tomar un taxi y perderse del guarda que le había colocado su jefe. Cierto que había mucha gente, un verdadero caos. Todo el mundo parecía querer ir a Moscú ese día de agosto. Eso antes de pasar por la aduana, donde se formaban largas colas esperando que los funcionarios controlaran los pasaporte concienzudamente y dejaran pasar a sólo una persona a la vez.
Alie permaneció en la cola durante casi dos horas, agobiada por el peso de su costoso equipo de fotografía, que ni se atrevía a dejar en el suelo por si se lo robaban.
La única compensación a todo eso, pensó, era que seguramente Drake Mardsen se habría cansado de esperarla y se habría marchado hacía ya rato. Después de pasar esa barrera se tuvo que poner a otra cola para cambiar dinero en rublos, otra para retirar su maleta y otra más para que se la registraran. Ya habían pasado más de tres horas antes de verse por fin en la salida.
Ni siquiera se molestó en mirar por si había algún tipo de mediana edad con un cartel con su nombre, así que se dirigió al exterior a tomar un taxi. Había muchos, pero antes de que pudiera levantar una mano para llamar a uno, un Mercedes moderno y plateado se detuvo a su lado. Un hombre salió de él. Era joven, alto y esbelto; con un cabello espeso y oscuro. Alie lo miró y pensó que los rusos eran mucho más atractivos de lo que se había imaginado y luego volvió a tratar de llamar la atención de uno de los taxis.
—¿Señorita Hayden?
Alie parpadeó y se volvió lentamente. El hombre del Mercedes, con su impecable traje oscuro, la estaba mirando expectantemente. Ella pensó negar su identidad, pero no había ninguna posibilidad de que ese hombre pudiera ser amigo de la familia de su jefe.
—Sí.
Él extendió su mano.
—Yo soy Drake Marsden. Bienvenida a Rusia.
Ella aceptó lentamente esa mano.
Una vez dentro del coche, ella le preguntó:
—¿Cómo me ha reconocido?
—Tenía una descripción suya. Y además, lleva todo ese equipo fotográfico…
Alie se preguntó cómo la habría descrito su jefe. Conociéndolo, le habría dicho que era bajita, rubia y atractiva. A ella no le había descrito a ese hombre y ella, al no tener intención de utilizar sus servicios, no se lo había pedido. Pero tal vez debiera haberlo hecho. La voz de él era también muy atractiva, profunda y con el acento inequívoco de una buena educación.
—Pensé que se habría marchado después de tanta espera —dijo ella.
—¿Qué espera?
—¡He estado tres horas haciendo cola! Pensé que estaban en una huelga de celo o algo parecido.
Drake la miró divertido.
—No, siempre es así. Yo no me molesté en salir hasta que supe que su vuelo había llegado. ¿No se lo habían advertido?
—No.
Para su sorpresa, él se rió.
—Eso me parece cosa de Bob —comentó refiriéndose a su jefe.
—¿Es muy amigo suyo?
—No, pero conoce muy bien a mis padres. Tienen el mismo interés por las carreras de caballos.
Eso explicaba la diferencia de edades. Se dio cuenta de que no le había preguntado a dónde iba, así que le dijo:
—¿Vamos a alguna parte en particular?
—A su hotel.
—Todavía no he elegido uno.
—Ya lo sé. Le he hecho una reserva en el Baltschug Kempisnski. Es un viejo edificio que ha sido restaurado y modernizado. Está cerca de la Plaza Roja y el Kremlin.
—Pretendía quedarme en el Ukranie.
—Créame, no le gustaría quedarse allí. Es donde todos los miembros de aparato comunista solían quedarse cuando venían a Moscú. Y sigue siendo algo muy básico.
—Tal vez prefiriera descubrir eso por mí misma —le respondió ella secamente.
Él la volvió a mirar divertido.
—Ah, es usted feminista, ¿no?
Aquel era la clase de comentario que le ponía de los nervios. Alie estuvo a punto de decirle lo que pensaba de su actitud, pero como pretendía librarse de él tan pronto como pudiera, pensó que era mejor no molestarse.
Lo miró de reojo y pensó que era una lástima que no fuera su tipo, ya que tenía que admitir que era muy atractivo.
Pero no le gustaban nada los hombres que tenían esa actitud hacia las mujeres y ya se había encontrado con ellos demasiadas veces en el pasado. Al principio había luchado contra ello, pero pronto se dio cuenta de que era como darse de cabezazos contra una pared. Los pobres tenían el machismo incrustado en las meninges y nada de lo que ella les pudiera decir o hacer cambiaría ese hecho. Así que ahora utilizaba un método más sutil y utilizaba ese machismo en su propio provecho. Miró a Drake y decidió hacer lo mismo en ese momento. Utilizarlo hasta que pudiera librarse de él para sus secretos propósitos.
—Pensé que haría más frío aquí —dijo entonces al tiempo que se quitaba la chaqueta—. Hace más calor que en Gran Bretaña.
—Parece que estamos pasando por una ola de calor en este momento, lo que es muy excepcional. En Rusia existe un dicho: Nos pasamos nueve meses esperando al verano y luego tenemos tres meses de decepción. Así que tiene suerte.
—¿Cuánto tiempo lleva aquí?
—Unos seis meses.
—Bob me dijo que usted habla ruso.
—Sí. Lo estudié en la universidad.
Alie pensó que se trataba de un empollón. Lo que le faltaba.
—Yo no he ido a la universidad —le dijo provocativamente.
—Entonces debe ser muy buena en su trabajo para que le hayan dado una misión de tanta responsabilidad.
¡Aquella frase contenía a la vez adulación y condescendencia!
Casi iba a ser un placer rebajarlo un poco. Pero después pensó que lo único en lo que tenía que pensar era en su misión y en las otras cosas, mucho más importantes, que tenía en mente.
Cruzaron el puente sobre el Moskva y Alie se quedó impresionada por la visión de la Catedral de San Basilio, que daba a la Plaza Roja.
—Parece sacada de un cuento de hadas —exclamó—. No sabía que las cúpulas pudieran ser de tantos colores y formas. La gente que las construyó debían ser grandes amantes del color.
—Y lo siguen siendo. Son una raza de sangre caliente.
Alie pensó que había oído un tono de desaprobación en la voz de Drake y eso la divirtió. Si no le gustaba la gente apasionada, ¿qué era él? Tal vez le gustara jugar a ser el inglés flemático…
Un par de minutos más tarde llegaron al hotel. Drake aparcó fuera, la ayudó a salir y le llevó parte de su equipaje hasta una habitación con un aspecto muy cómodo, con un ventanal desde donde podía verse las cúpulas de San Basilio.
Luego él miró su reloj.
—Usted querrá deshacer las maletas y yo tengo algunas cosas que hacer. Tardaré una media hora. Después nos reuniremos abajo. ¿Necesita algo?
—Mataría por algo de beber.
Él sonrió entonces.
—Entonces nos encontraremos en el bar.
Alie se dio cuenta de que ese hombre era además un auténtico autoritario. Ni le había preguntado si le apetecía que se volvieran a ver. En un pequeño acto de desafío, abrió el minibar y se sirvió un refresco que se bebió con ganas, echando la cabeza atrás de forma que la tela de la blusa se le pegó a los sudorosos senos. Después suspiró prolongadamente y se pasó la lengua lentamente por los labios. Miró a Drake y se dio cuenta de que él la estaba mirando a su vez.
Sonrió y le dijo:
—Creía que tenía cosas que hacer.
Él parpadeó, asintió y respondió:
—La veré luego.
Luego salió de la habitación.
A pesar de que el edificio era antiguo, por suerte, tenía un buen cuarto de baño. Alie se desnudó y se dio una ducha fría. Luego se puso la ropa interior mientras deshacía la maleta. Había una caja de seguridad en el armario y metió allí lo que llevaba de valor y también una libreta pequeña pero muy valiosa. Luego se recompuso el maquillaje y el peinado, se puso un top sin mangas y una falda vaquera y se miró otro momento al espejo preguntándose si debía hacer que Drake se enamorara de ella o no. Ciertamente él estaba interesado. Y eso sería divertido.
Pero no, decidió mientras tomaba su bolso. Si Drake se ponía serio le resultaría difícil librarse de él cuando llegara el momento. Miró su reloj y vio que ya lo había hecho esperar bastante, así que bajó al bar.
Drake no pareció molesto por la espera. De hecho estaba charlando tranquilamente en ruso con otro hombre. Cuando ella se acercó, la miró de arriba abajo, deteniéndose un poco más en sus esbeltas piernas.
—Hola. ¿Qué quiere tomar?
—Bueno, dado que estamos en Rusia, supongo que un vodka.
—¿Con tónica?
—Por favor.
Drake lo pidió y luego se percató de que su compañero estaba mirando muy interesado a Alie.
—Voy a presentarlos —dijo—. Sergei Morozov, esta es la señorita Alexandra Hayden.
—Alie —dijo ella sonriendo mientras extendía su mano.
Una mano que desapareció casi por completo en la mano enorme de ese hombre. Era casi tan alto como Drake, pero mucho más fuerte. Era rubio y vestía formalmente, pero algo en sus ojos indicaba un interior mucho más extrovertido de lo que indicaba ese exterior tan formal.
Tuvo que apartar la mano porque él no daba la menor señal de que se la fuera a soltar.
Sergei dijo entonces en un buen inglés:
—¿Está de vacaciones en Moscú?
—No, realmente estoy aquí por negocios. Trabajo para una compañía de información computerizada y se nos ha pedido que reunamos material para un CD Rom para Fabergé.
—¿Oh, Fabergé? Entonces ha venido al mejor lugar del mundo. Pero hay mucha información. La fábrica hace muchas cosas hermosas.
—Eso tengo entendido. Todo el mundo quiere ver los famosos huevos. Creo que tienen algunos aquí en Moscú, ¿no es así?
—Sí. En el Museo de la Armería.
—Eso está en el Kremlin, ¿no?
—Estás muy bien informada, Alie.
Entonces intervino Drake.
—Puede que Sergei te pueda ayudar. Tiene acceso libre al Kremlin.
—¿De verdad?
Alie abrió mucho los ojos, como si estuviera realmente impresionada.
—Por mi trabajo.
—¿Y cuál es?
—Soy arquitecto y trabajo para el departamento que se ocupa de los edificios oficiales.
—Y un cargo muy alto —dijo Drake.
Sergei sonrió, no lo negó y continuó.
—Y el Kremlin es el edificio oficial más importante de Moscú, así que lo tengo que tener bastante vigilado.
—Un trabajo maravilloso —dijo Alie como más impresionada todavía.
Se preguntó si no se estaría pasando un poco.
Pero al parecer no era así.
—Será un placer para mí mostrarle el museo.
—Muy amable por su parte. Lo cierto es que tengo una cita para conocer al profesor Marcos. Tengo entendido que es el restaurador a cargo de los huevos Fabergé.
—Sí, lo conozco. Hablaré con él y haré que le preste toda la ayuda que necesite.
—Eso es muy amable por su parte y se lo agradezco mucho. Sé que me lo voy a pasar muy bien aquí.
Sonrió dulcemente al ruso y el hombre se puso tremendamente expansivo, hablándole de las delicias de la ciudad que no debía dejar de ver. Media hora y un par de copas más tarde, que ella se dejó invitar por Drake, Sergei recordó que debía hacer algo. Se despidió tomándole la mano a ella. Alie pensó que se la iba a besar, pero se contentó con apretársela significativamente mientras la miraba abiertamente a los ojos.
Cuando estuvieron solos, Drake le dijo:
—Termínate la copa y salgamos de aquí.
Se dirigieron andando a la Plaza Roja y Drake le fue haciendo de guía turístico.
Había relativamente poca gente, incluso en el mausoleo de Lenin. Más que nada turistas. En un momento dado, Drake la miró y le dijo secamente:
—Has manejado muy bien a Sergei.
—Parece un buen tipo. Y, ¿no era eso lo que pretendías? ¿Que yo fuera agradable con él?
Él la miró fijamente.
—En absoluto. Simplemente pensé que te podía ser útil.
—¿Es amigo tuyo?
—Conocido. A los rusos les gusta conocer extranjeros. Hombre y mujeres.
El tono de su voz hizo que Alie lo mirara a él.
—¿Eso ha sido una advertencia?
Drake asintió.
—Los rusos tienden a pensar que les puede venir muy bien… llegar a conocer a una europea.
—¿Qué quieres decir con eso de llegar a conocer? —le preguntó ella haciéndose la inocente.
Los ojos grises de él se centraron en los azules de ella por un momento y luego le dijo:
—Estoy muy seguro de que me has entendido.
Ella decidió hacerse la inocente un poco más, para reírse de él.
—¿Te refieres a ser amigables? ¿A que te enseñen la ciudad y esa clase de cosas?
Por un momento él pareció dudar, pero entonces vio la diversión en el rostro de ella. Su expresión se tensó un poco y Alie se rió.
—Te refieres al sexo, ¿no?
Drake asintió.
—Permitir que eso suceda puede ser un gran error.
Ella sintió un súbito destello de ira. ¿Qué clase de mujer se creía que era ella? ¿Se creía que era tan fácil? ¿Tanto como para dejarse seducir por el primer desconocido, aunque fuera tan atractivo? ¿O era sólo que tenía una opinión tan baja de las mujeres en general que esperaba que se enamoraran de todos los desconocidos atractivos que conocían?
—Gracias por la advertencia. Si no me lo hubieras dicho, nunca habría sabido que los hombres fueran tan despreciables.
—¿Puedo hacerte una pregunta personal?
—Puedes hacerla… Pero no te garantizo que te la vaya a responder.
—¿Qué edad tienes?
—¿Tú qué crees?
—¿Veintitantos?
Ella asintió.
—Muy cerca. ¿Por qué lo quieres saber?
Pero él no respondió y, en vez de eso, dijo:
—¿Y tienes pareja?
—Ya te dije que no te garantizaba una respuesta.
—¿No me vas a responder?
Alie echó a un lado la cabeza y lo miró maliciosamente.
—Creo que… no.
Él pareció quedarse sin palabras por un momento.
—Muy bien, como quieras. Te acompañaré hasta la entrada al museo para que sepas donde está cuando vengas a visitarlo.
Llegaron a la entrada, protegida por un pórtico. Normalmente servía contra la nieve y la lluvia, pero ese día era una buena protección contra el sol.
—¿No está abierto todavía? —preguntó ella, extrañada.
—Sí, pero sólo se permiten visitantes a determinadas horas y por un cierto período de tiempo.
—Espero que eso no se me aplique a mí —dijo ella, alarmada—. Necesito hacer visitas prolongadas, preferiblemente cuando no haya gente.
—Creo que eso podría arreglarse.
—Tengo entendido que tu compañía está montando una sucursal aquí, en Moscú.
—Sí, es cierto.
—¿A qué se dedica tu compañía?
—Bancos.
Alie se quedó un momento en silencio y luego se fijó en los alrededores, dándose cuenta por primera vez de que iba a tener un problema con el alfabeto, ya que en Rusia se usa el cirílico.
—¿Es seguro andar sola por aquí?
Drake reaccionó de una forma que la sorprendió. Se volvió y la miró fijamente.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, sólo a si es seguro para mí caminar sola por aquí.
Lentamente se relajó el rostro de Drake.
—Es seguro a la luz del día, pero no te aconsejaría que lo hicieras por la noche. La verdad es que insisto en que no lo hagas.
¿Es que ese lugar era peligroso entonces? Alie frunció el ceño, pero no dijo nada más. Cuando llegaron al hotel se volvió hacia Drake y extendió su mano.
—Bueno, gracias por todo. Ha sido muy amable por tu parte.
—No ha sido nada.
Drake tomó su mano pero no se marchó y añadió:
—Me has dicho que estabas en contacto con el profesor Marcos. ¿Cuándo pretendes verlo?
—Mañana en algún momento. Lo voy a llamar ahora para organizar una cita.
—¿Habla él inglés?
—Eso creo.
—¿Estás segura? ¿Quieres que te ayude con la llamada?
Alie oró mentalmente para que Dios le diera paciencia y le dijo con cierta ironía:
—Creo que me las puedo arreglar para hacer sola una llamada telefónica.
El sarcasmo no le pasó desapercibido a Drake, que levantó una ceja pero se limitó a decir:
—Muy bien. Te recogeré a las ocho para llevarte a cenar.
