Siempre tú. La Libertad - Marina Marlasca - E-Book

Siempre tú. La Libertad E-Book

Marina Marlasca

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Beschreibung

Después de la fuerte discusión con Ona sobre el proyecto urbanístico que su padre pretende construir cerca de los humedales, Álex necesita reconciliarse. Pero, cuando va a hablar con ella, sin saber cómo, acaba encarcelado y acusado de intento de agresión con arma blanca. El buen hacer de su abogado en el juicio le da esperanzas, pero estas quedan truncadas después de una extraña visita. Aunque intenta salir adelante, su estancia en prisión no será fácil. A la desesperación de estar encerrado se sumará el empeño de alguien en jugar con su destino y convertir su reclusión en un infierno. Pero en lugar de amedrentarse, decide enfrentarse, a pesar de saber que siempre estará en desventaja. Cuando parece que está vencido, recibe la ayuda de quien menos se lo espera.

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Seitenzahl: 424

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Marina Marlasca

 

Siempre tú.

La libertad

 

 

 

 

 

Primera edición: enero de 2023© Copyright de la obra: Marina Marlasca Hernández

© Copyright de la edición: Angels Fortune Editions

Código ISBN: 978-84-126062-3-2Código ISBN digital: 978-84-126062-4-9

Depósito legal: B 19497-2022Corrección: Anna AlberolaMaquetación: Celia ValeroEdición a cargo de Ma Isabel Montes Ramírez

©Angels Fortune Editions www.angelsfortuneditions.com

Derechos reservados para todos los paísesNo se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni la compilación en un sistema informático, ni la transmisión en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrónico, mecánico o por fotocopia, por registro o por otros medios, ni el préstamo, alquiler o cualquier otra forma de cesión del uso del ejemplar sin permiso previo por escrito de los propietarios del copyright.«Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, excepto excepción prevista por la ley»

 

 

 

 

 

 

A Joan Antoni,

quien siempre me acompaña con amor.

 

 

 

 

 

 

Más allá de la noche que me cubre

negra como el abismo insondable,

doy gracias a los dioses que pudieran existir

por mi alma invicta.

(Fragmento del poema «Invictus», de William Ernest Henley)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los lugares que aparecen en la novela son, en su mayoría, espacios imaginados y no se corresponden con la realidad, al igual que los personajes.

 

 

 

El baile del títere

 

Aquel último viernes de agosto marcaba el inicio de la Fiesta Mayor de San Antonio. Las calles engalanadas con banderolas la pregonaban a los cuatro vientos. Algunos vecinos habían adornado sus portales y balcones, llenándolos de flores. Del campanario de la iglesia colgaba una gran bandera. Algunas paradas de artesanos formaban corro en la Plaza Mayor y de los balcones de la Casa Consistorial colgaban unos estandartes con el escudo del pueblo. Había programada una gran cantidad de actos y actividades. En algunos de ellos se pretendía dar a conocer los humedales. La tranquilidad habitual del pueblo se rompió para dar paso a una gran maraña de personas que paseaban por las calles. Eran vecinos del pueblo y de los alrededores y, sobre todo, turistas que venían interesados por el evento y con muchas ganas de juerga. Las tiendas habían ampliado su horario habitual con la pretensión de hacer caja durante aquellos días. La decoración del festejo ocultaba y encubría algunas de las pancartas que habíamos distribuido por el pueblo en señal de protesta contra la construcción de una urbanización justo al lado de los humedales. Previamente, yo había tenido una conversación difícil con el promotor, Eusebio Puig Domènech, en la que me dejó muy claro que no pensaba realizar ningún cambio en el proyecto para preservar el ecosistema de la zona. Ona, su hija y mi novia, apoyaba a su padre en el proyecto y se enfadó cuando supo que yo había ido a hablar con él. Pero cuando se enfureció de verdad fue un día antes de la Fiesta Mayor, en el bar La Terracita. Habíamos hecho el amor por primera vez la noche anterior y discutimos porque ella pretendía usarlo como moneda de cambio para que dejara de oponerme al proyecto de su padre. Me hirió profundamente que utilizara mis sentimientos hacia ella para presionarme. Cuando comprendió que no conseguiría su propósito, empleó su verborrea para hablar mal de mí delante de los parroquianos. Tergiversó parte de mi pasado, el más conflictivo, para conseguir desprestigiarme ante ellos. Herido en lo más profundo de mi ser, salió mi parte más oscura. Sabía que sentía pánico cuando se veía acorralada. Así que, antes de dejarla, la arrinconé contra la pared y, mientras me miraba aterrorizada, le dije lo que pensaba de ella.

Al día siguiente, todo el pueblo conocía su versión, exagerada y distorsionada, de mi pasado. Mi reputación estaba por los suelos y mucha gente que conocía ahora ni siquiera me saludaba. Tenía a mi favor a algunos vecinos del pueblo, que eran básicamente los que sufrirían las consecuencias en sus campos de cultivo por la sobreexplotación de la riera si el proyecto seguía adelante. Contaba también con el apoyo de algunas personas con conciencia ecológica. La mayoría de ellos, sin embargo, no eran del pueblo. Además, tenía el soporte de una intelectual como Mar Massaneda, la artista local con más prestigio y mi mejor amiga. Ella me ayudó cuando llegué a Ibiza por primera vez y seguía haciéndolo.

Puig Domènech tenía a su favor al resto del pueblo, mucho más numeroso. También al consistorio en pleno y, como descubriría más tarde, contaba con el apoyo incondicional de algunos miembros del cuerpo de policía. Además de contar con la ayuda inestimable de su hija.

Tras nuestro enfrentamiento la tarde anterior, no me encontraba bien. Yo sentía que tenía razón. Ella se había empeñado en defender la postura de su padre y había confundido las cosas, en una especie de obsesión por la lealtad familiar. Aunque nuestros modos de pensar y nuestros posicionamientos eran cada vez más opuestos y habíamos llegado a enfrentarnos abiertamente, estaba enamorado de ella y no podía luchar contra ese sentimiento. Pasé todo el día como un sonámbulo. No me presenté en casa de Mar por la mañana para preparar el material de las actividades que habíamos organizado y, al faenar con Bartomeu, no acerté a hacer nada correctamente. Pisé algunas tomateras sin darme cuenta, me olvidé de cerrar el riego cuando tocaba y aboné dos veces las judías. Para colmo de males, se me escaparon dos lechones de las pocilgas de Tomás mientras intentaba arreglar la valla. Tardé un buen rato en encerrarlos de nuevo.

Quería hablar con ella, disculparme por la dureza de mis palabras, explicarle que estaba muy herido… Decirle cómo la quería. No sé, necesitaba hacer algo para arreglar nuestra situación. Sentía que la había perdido y esa idea me ponía enfermo y hacía que perdiera el mundo de vista. Decidí que iría a encontrarla al baile esa misma noche para hablar con ella.

Por la noche no pude cenar nada, porque con los nervios se me cerró el estómago. No sabía qué hacer mientras esperaba que llegara la hora. Me cambié tres veces de camisa porque no acababa de encontrar la indumentaria adecuada, cuando nunca antes me había preocupado por esas cosas. Me imaginé mil versiones diferentes de cómo la encontraría, qué le diría, cómo actuaría yo, cómo se lo tomaría ella. Evidentemente, siempre te descuidas de imaginar la versión que finalmente sucede.

A las diez menos cuarto salí de casa, cansado de mirar el reloj. Cogí la bici. No llevaba luces, pero conocía el camino de memoria. Además, era una noche serena y la luna, casi llena, reflectaba mucha claridad. Cuando estaba llegando al pueblo y se veían las primeras calles iluminadas, alguien me saltó encima. Debía de estar escondido tras algún árbol, en el margen del camino. Caí al suelo enredado con la bici, sin entender lo que pasaba. Y allí, tendido en el suelo, cuatro manos fornidas me inmovilizaron y alguien me puso algo en la cabeza para taparme los ojos. No tuve tiempo de defenderme ni de decir nada; recibí varios golpes estratégicamente dados allí donde más duele, que me dejaron aturdido y sin ánimo de defenderme. Mientras intentaba recuperar la respiración noté un pinchazo en el brazo y un calor se extendió por todo el cuerpo. Un golpe fuerte en la cabeza me hizo perder el mundo de vista. Bueno, de hecho, ya hacía un rato que no veía nada.

Los lametones de Pincho me despertaron. Enseguida supe que estaba drogado. El mundo se movía de una manera peculiar y me costó un gran esfuerzo ponerme de pie. Una sensación de angustia se apoderó de mí. Decidí volver a casa para lavarme y espabilarme como fuera. No podía presentarme al baile drogado, tambaleándome y lleno de golpes. Arrastrando la bicicleta con la rueda torcida fui siguiendo al perro, que me hizo de guía. Cuando ya estaba en la explanada de la balma, escuché la sirena de un coche de policía que se aproximaba. Aquello no me gustó. Si los policías me encontraban drogado, seguramente no tendría ocasión de hablar con Ona. Fue una reacción instintiva. Tuve el tiempo justo de huir hacia el otro lado del camino y esconderme tras unos arbustos antes de que llegara el coche patrulla. Desde mi escondite pude ver cómo dos agentes de policía salían del coche y entraban en mi casa buscando a alguien. Me buscaban. No sabía por qué, pero no importaba. No dejaría que me cogieran sin hablar antes con ella. Pincho, que se había quedado en la puerta ladrando, de repente dejó de hacerlo y vino directo hacia mí. El agente que estaba más cerca lo siguió, supongo que guiado por una intuición. Pocos segundos después me descubrió y me dio el alto.

Corrí campo a través y de cualquier manera hacia el pueblo, protegido por la vegetación. De vez en cuando tropezaba y caía al suelo. La urgencia de hablar con Ona me ayudaba a levantarme de nuevo y retomar la marcha. En una de estas caídas, algo que llevaba en el bolsillo del pantalón me hizo daño en la pierna. Al sacarlo, me sorprendí al ver que era la navaja. No recordaba haberla cogido. Aparte de Pincho, que me seguía sin parar de ladrar, había alguien más que corría tras de mí. Con una linterna iba enfocando aquí y allá mientras se acercaba, guiado por los ladridos. Era uno de los policías. El otro conducía el coche por el camino que iba dirección al pueblo, con las sirenas encendidas. Cuando estuvo a mi altura paró en seco. Supuse que el agente que me seguía iba informando de dónde estábamos. Intenté espantar a Pincho tirándole piedras. Una de ellas debió de golpearlo, porque aulló de dolor y se alejó corriendo. El conductor bajó del coche y enfocó su linterna hacia mí. Sabía que pronto me atraparían. Continuar campo a través era imposible, ya que en ese punto comenzaba un pequeño acantilado. Desesperado, me acerqué sigilosamente al camino. Llegué a estar a dos metros del coche de policía. La puerta del conductor estaba abierta. Los focos iluminaban el camino y también al agente que me buscaba desde el camino, que estaba unos metros más allá. Me introduje en el coche. El policía debió de oír algo y dio el alto, pero los focos le deslumbraban y parecía no saber dónde ubicarme. Cuando quiso darse cuenta, yo ya había arrancado y únicamente le dio tiempo a apartarse.

Conduje como pude hasta una calle cercana a la Plaza Mayor, que estaba ocupada por personas de todas las edades y condiciones, reunidas allí para charlar y bailar. Desde un extremo de la plaza intenté identificar entre tanta gente a la única persona que me interesaba. Después de unos minutos de búsqueda infructuosa y desesperación, la encontré. Estaba en la barra de bar que se había dispuesto para la ocasión en el extremo opuesto de la plaza. Hablaba con David, el hijo de la alcaldesa. Justo en ese momento, el grupo que estaba tocando empezó a interpretar Boig per tu, de Sau. ¡Mira qué casualidad! Mientras el grupo interpretaba la canción, intenté abrirme paso entre la multitud. Al principio me costó, pero, después, las personas que iba encontrando en mi camino enmudecían al verme y se apartaban. Avanzaba sin necesidad de esforzarme. Era consciente de que me tambaleaba y de que mi aspecto debía de ser desastroso, pero no acababa de entender esa reacción de rechazo. Ella estaba de espaldas. Aun así, se la veía exultante. Cuando llegué a donde estaba, le cogí la mano y tiré de ella.

—Ven —dije.

Se giró y, al verme, sentí cómo se tensaba de arriba abajo. David se quedó mudo y no reaccionó.

—¿Qué? ¿Qué pasa? —añadí—. Solo quiero hablar contigo. Será un momento.

—Mira cómo vas. ¡¿Qué has hecho?! ¿Por qué vas manchado de sangre?

Entonces me miré y comprendí por qué la gente se apartaba de mí. En ese momento ella intentó soltarse, pero la agarré con la otra mano. Sentí que estaba haciendo cosas de las que luego me arrepentiría, pero el estado en el que me encontraba hacía que me dejara llevar más por los instintos que por la cordura. La acerqué a mí con fuerza y le hice bailar aquella canción que tan bien expresaba mis sentimientos. Las personas más cercanas, que en un principio se habían mantenido al margen, ahora parecían preparadas para lanzarse sobre mí y separarnos. En un intento desesperado por pararlos, metí la mano en el bolsillo y la levanté mostrando la navaja. Los instintos, la pasión y la desesperación me desbordaban. No me gustaba lo que estaba haciendo, pero quería prolongar ese instante con ella. Los músicos dejaron de tocar al darse cuenta de que pasaba algo. Se hizo un silencio significativo.

Mientras mantenía la mano alzada con la navaja, acerqué a Ona a mi cuerpo aún más y me llené de su aroma. La acariciaba con la mejilla mientras le cantaba suavemente al oído:

—Servil i acabat... boig per tu...

Ella temblaba como una hoja entre mis brazos. El dolor de sentirla de esa manera dobló mi voluntad. La besé dulcemente en la frente y me separé; dejé caer la navaja al suelo, consciente de que todo había terminado.

—¡Te quiero! —le dije.

Unos golpes me dejaron otra vez a oscuras. Cuando desperté, estaba en una cama de hospital con heridas en la cabeza y custodiado por dos policías. Sentí que vivía un déjà vu de regusto amargo. Me recordó el día que desperté en el hospital después de haber sufrido la sobredosis. Me hicieron saber que estaba acusado formalmente de tenencia de estupefacientes, de intento de agresión a Ona y de haber agredido con una navaja a su padre.

 

Cómo lo vivió Ona

 

Decidí aceptar la invitación de David para ir al baile esa noche, en un intento de retomar mi vida dejando de lado a Álex. Me iría muy bien cambiar de aires y de amistades. David no era tan agraciado como Álex. Su constitución era más pequeña y sus ojos, diminutos, no dejaban ver tan claramente sus sentimientos. Pero era muy amable y también, a su manera, me hacía reír de vez en cuando. Además, su familia siempre se había relacionado con mi padre. Éramos, por decirlo de algún modo, del mismo mundo.

David y yo quedamos a las diez en la Plaza Mayor. Al verme, pareció deslumbrado por mi aspecto. Lo agradecí internamente, ya que me había esforzado a conciencia para que mi aspecto fuera impresionante (en concreto para alguien que no era él, precisamente). Aparte de intentar retomar mi vida, lo que realmente quería era hacer mucho daño a Álex, tanto como él me había hecho a mí.

David me invitó a beber algo y nos acercamos a la caseta del bar. Empezamos a hablar. Sabía que le costaba mucho bailar y, de hecho, yo no tenía muchas ganas, así que la conversación se alargó bastante. No sé por qué ni cómo, pero llegamos al punto en que él me contó sus pretensiones de futuro, lo que haría el año próximo y cosas así. Me limitaba a escuchar y a contestar algunas cosas para dar pie a que continuara hablando y que llevara así el peso de la conversación. Después de la discusión del día anterior con Álex, no tenía ganas de entrar en debates.

En un momento concreto de la conversación, sintió curiosidad por saber qué era lo que yo quería hacer. Aunque no tenía ganas de polémica, aquella pregunta me hizo saltar y le contesté de mala manera:

—¿Yo? Pasado mañana pienso ir de compras y arrasar las tiendas. Después pienso lucir lo que me haya comprado. Y más adelante no sé, tal vez me dedique al mundo de la moda o algo así. ¡Ah! Este invierno pienso comprarme un abrigo de piel. ¿Tienes algo en contra?

Él se echó a reír, perplejo por mi cambio de humor.

—No, no... Creo que estarás preciosa con un abrigo de piel.

—¡Ah!

En ese momento una mano se entrelazó con la mía y tiró de mí.

—Ven.

Álex me cogía firmemente y me llevó hacia la pista de baile. Su aspecto era horroroso. Sus ojos enrojecidos y vidriados indicaban que estaba borracho o drogado. Su rostro era la viva imagen de la angustia y la desesperación. Su ropa estaba sucia y llena de sangre. No pude evitar que el pánico se apoderara de mí. No comprendo cómo me atreví a reprocharle su aspecto. Intenté escapar, pero me volvió a coger. Se puso a bailar conmigo y se acercó tanto que nuestros cuerpos se rozaban en cada movimiento. Fue entonces cuando me di cuenta de que no estaba borracho. No olía a alcohol. Estaba drogado. Me pregunté si nuestra disputa del día anterior sería la responsable de su estado. Otras personas intentaron acercarse para ayudarme, pero sacó una navaja y la mostró para frenarlos. Mi instinto me guiaba en ese momento y tuve mucho cuidado de no hacer ningún movimiento brusco ni decir nada que lo molestara. Entonces me cantó al oído. Finalmente me dio un beso y tiró la navaja al suelo diciendo que me quería. Los otros se le echaron encima y yo... Yo lloraba, porque no quería que le hicieran daño. ¡Maldito Álex!

 

Reclusión

 

30 de agosto de 2006

 

El día de mi vigésimo segundo aniversario fui trasladado a la prisión de Mallorca, donde me asignaron una celda que compartí con dos chicos más. Uno era Yago, un personaje pintoresco de unos treinta años, de origen peruano. En cuanto llegué, se presentó. Él fue quien me indicó cuál era mi litera y dónde podía dejar mis cosas. Me explicó que estaba cumpliendo condena por algunos atracos y robos de coches. Los coches eran su gran pasión. Le gustaban los deportivos de alta gama y gran velocidad. Comentaba divertido: «Si tuviera plata no los robaría. Pero ¿qué puedo hacer? Me gustan más que las mujeres». Y, de hecho, las mujeres ya le gustaban bastante. En el cabezal de la litera tenía fotos de algunas chicas desnudas, junto con un póster de un Ferrari Testarossa y fotos de su mujer y de su hijo. Él denominaba aquel rincón «el Santuario», porque todo lo que allí había era digno de su veneración. Las mujeres por su cuerpo extraordinario, el coche por la perfecta armonía entre diseño y velocidad, y su familia por lo que le tenían que aguantar. No tardó mucho en contarme su vida y la del compañero.

Omar era un chico marroquí que había llegado a España en patera. Después de muchas vicisitudes, fue al Maresme para trabajar en diferentes lugares haciendo de jornalero. Había trabajado recogiendo fresas y en el cultivo de flores. Luego se trasladó a la isla, donde trabajó en la construcción. Estaba recluido por haber robado herramientas y una cantidad importante de dinero. Omar se defendía diciendo que era dinero que le debían por su trabajo, pero nunca lo pudo demostrar. Todo esto lo supe por las explicaciones de Yago, ya que Omar, que era un chico muy reservado, solo me saludó con un «Hola», sin más florituras.

Yago me preguntó por qué estaba allí.

—Estoy acusado de algo que en realidad no hice.

Se echó a reír con ganas. Incluso a Omar se le escapó una sonrisa disimulada.

—Chico, te hacía con un poco más de imaginación. Al noventa por ciento de los que estamos aquí nos han acusado de algo que no hicimos. El otro diez por ciento son los que admiten sin disimulo su culpa.

Me eché a reír al comprender que intentar parecer inocente en un lugar como aquel era imposible. Allí eras culpable hasta que no se demostraba lo contrario. Y eso pocos lo conseguían. Pero internamente imaginaba que, cuando llegara la hora del juicio, yo sería de ese pequeño grupo de privilegiados.

—Bueno. Me acusan de tenencia de droga y de agresión e intento de agresión con arma blanca.

—¡Vaya! Tendremos que dormir con un ojo abierto cuando te cabrees.

—Eh… Bueno, y robé el coche patrulla de los agentes que me estaban persiguiendo —Subí los hombros y alcé ligeramente las manos con las palmas hacia arriba, para expresar que fue algo inevitable.

Yago se echó a reír con ganas. Hasta Omar se rio tímidamente. Yo también me reí. Me dio dos golpecitos en la espalda como gesto amistoso.

Visto desde la perspectiva que da el tiempo, pienso que tuve mucha suerte al tener esos dos compañeros de celda que, finalmente, resultaron ser dos buenos amigos. Durante mi iniciación al mundo de la prisión, ellos me guiaron para mostrarme con quién era mejor no juntarse. También me explicaron cuáles eran las normas institucionales que debía seguir y cuáles eran las reglas de juego no establecidas impuestas por los propios residentes. Gracias a ellos me adapté más rápidamente, pero no fue fácil.

Añoraba a Ona. Aunque intentaba estar ocupado, sufría una especie de nostalgia que me angustiaba. Intenté llamarla un par de veces, pero no me contestó. Cuando Mar venía de visita, la amargaba pidiéndole que la convenciera para que me viniera a ver. Me explicaba que Ona no quería saber nada de mí, pero yo insistía, y lo seguí haciendo hasta que advertí que la incomodaba tanto que sus visitas se fueron espaciando. Además, estar encerrado se me hacía muy duro. Me sentía inquieto y a veces perdía los nervios y me cabreaba por cualquier cosa. Cuando estaba así, el sentimiento de frustración y soledad hacían que estar encerrado me resultara insoportable y arremetía contra todo y contra todos. Mis compañeros lo vivían con resignación y me dejaban tranquilo; se alejaban de mí hasta que se me pasaba el cabreo. Un día Omar me dio un consejo:

—Sea lo que sea lo que te amarga de este modo, será mejor que lo olvides. Aquí dentro no te conviene.

No le escuché y, en uno de esos momentos de profunda amargura, me encaré con un preso por una futilidad que ahora ni recuerdo. Nos peleamos y, si Yago y Omar no hubieran intervenido con rapidez, seguramente habría salido muy mal parado. Mientras el otro preso, situado sobre mí, me mantenía inmóvil en el suelo, clavándome sus rodillas en los riñones y oprimiéndome fuertemente la garganta con las manos, Yago habló rápidamente para quitarle hierro al asunto:

—¡Venga, hombre! No hagas una tontería. ¿¡No ves que al chaval lo ha dejado la novia!? El pobre anda un poco desorientado.

—Pues encárgate de que no me toque las pelotas o acabaré con él.

Después de aquel incidente, me quedó claro que debía controlarme y mis compañeros respiraron más tranquilos.

Cuando Mar percibió que ya no le preguntaba por Ona, también se relajó. Sus visitas volvieron a ser más continuadas y me traía noticias del pueblo. Me explicó que el proyecto del complejo urbanístico seguía adelante y que casi nadie se oponía a él. También me hizo saber que el corral había sufrido una serie de actos vandálicos. Afortunadamente, pocos días después de mi encarcelamiento, ella se había llevado los objetos más personales y valiosos para guardarlos en su casa. También me comentó que, de momento, ella se encargaba de pagar el alquiler del almacén donde estaba mi querido velero, que aún no había acabado de restaurar. Además, Bartomeu, a quien había estado ayudando a cultivar sus tierras, cuidaba de Pincho. El perro, que desde mi detención estaba más triste y apático, de vez en cuando se acercaba a la balma para esperar mi regreso.

Anna y Jordi, mis tíos y tutores legales desde que mi padre murió, creían plenamente en mi inocencia. Sin embargo, querían contratar a un buen abogado. Les dije que no, que sería fácil probar mi inocencia. Finalmente, estuvimos de acuerdo en confiar en un abogado de oficio. Ellos también me venían a ver, pero venir desde Mataró les creaba muchos problemas, ya que no era fácil poder combinar transporte y trabajo. Así que quedamos en que vendrían cada tres semanas. A la única persona a la que no podría ver durante algún tiempo era a mi madre, que seguía ingresada en el sanatorio por su enfermedad mental. A pesar de ello, estar en la cárcel hizo que me sintiera más cerca de ella, y más triste. Percibía su estancia en el sanatorio de un modo diferente, como si cumpliera una cadena perpetua por algo que no había hecho, que le pasó sin querer, como a mí.

Aquella Navidad fue atípica y, en lugar de celebrarla con la familia, me tocó pasarla con los residentes de la prisión. En un intento de aportar un poco de espíritu navideño, algunos residentes adornaron un pequeño abeto que había en el patio con tiras de papel de váter y figuritas de papel encolado hechas en el taller de manualidades. Después de la comida de Navidad, varios reclusos cantaron villancicos y otro tipo de canciones alegres no tan adecuadas. Muchos de nosotros esperamos a tener un momento tranquilo para abrir los regalos que la familia nos había traído entre lágrimas de alegría, añoranza y tristeza.

En enero, en una de sus visitas, y sin que yo se lo pidiera, Mar me habló de Ona. Parecía que estaba bien y que había retomado su vida superficial llena de fiestas y amistades de la alta sociedad. Se paseaba por el pueblo con un carísimo abrigo de pieles. Me hizo gracia y, a la vez, me entristeció pensar que solo lo hacía por despecho y por llevarme la contraria. La había herido de verdad. Me quedé abstraído pensando en ella y dejé de prestar atención. Mar se percató y me dio un toque:

—¡Eo! ¡Álex!

—Perdona. ¿Qué?

Me miró con tristeza y me dijo:

—Álex, tienes que quitártela de la cabeza.

—Lo sé. Sé que pensar en ella no me lleva a ninguna parte. Intento convencerme de que la he perdido, pero el dolor de resignarme a estar sin ella es tan grande que no lo puedo soportar.

—¿Y qué hay del dolor de quererla y ver que ella pasa de ti? ¿No es peor?

—Es diferente. Tengo esperanzas en que el juicio lo cambie todo. Quizá soy demasiado optimista, pero creo que tengo alguna posibilidad. Necesito creerlo.

—¿Piensas que Ona volverá contigo después de un juicio en el que vas contra su padre?

—Si demuestro que soy inocente, quizá cambie de opinión.

—Ella ya no quería verte antes de la agresión y no ha hecho nada por acercarse a ti.

—¡Ya vale, Mar! No puedo asumir que me ha dejado. Aún no.

—No sé qué has visto en esa chica, la verdad. Sois demasiado diferentes.

—En eso te doy la razón.

 

Intentaba distraerme y aprovechar el tiempo. Leí algunos libros sobre medioambiente y biología marina para tratar de seguir una rutina de estudio. Participé en algunos talleres y tertulias organizados por la institución. Me ofrecí voluntario para ayudar en la cocina y, casi de forma accidental, ayudé a Omar a aprender a leer mientras él me enseñaba un poco de árabe.

Me di cuenta, por casualidad, de que el chico no sabía leer. Él recibía algunas cartas, que abría y miraba con afición, pero nunca escribía ninguna contestación. Cuando yo leía algún libro, él siempre estaba cerca y, a veces descaradamente, miraba lo que leía. Pensé que se interesaba por los mismos temas que yo. Un día me dormí con el libro en la mano y se me cayó al suelo. Con el ruido me desperté. Omar lo recogió del suelo y me lo puso delante. El libro estaba del revés y él se puso detrás de mí haciendo ver que leía. Di la vuelta al libro, mientras giraba la cabeza para mirar a Omar de frente. Se quedó sorprendido al verse descubierto y quiso alejarse.

—Omar, ¿sabes leer?

—No.

—Pero te llegan cartas y tú... las miras.

—Las miro y, por el tipo de letra, sé quién me las envía. Pero no sé lo que dicen.

—¿Te gustaría saberlo? Te podría ayudar.

—No creo. Las cartas están escritas en árabe.

—Eso puede ponerlo más difícil, pero también más interesante. ¡Haremos una cosa! Intentaré conseguir un alfabeto árabe para poder identificar los signos y probaremos. Yo te enseñaré a leer y tú me enseñarás el significado de las palabras que lees. ¿Qué te parece?

Omar abrió unos ojos como dos naranjas y se le dibujó una sonrisa en la cara difícil de olvidar. Diez días después, empezamos con nuestro pequeño canje cultural. Omar resultó ser un chico muy despierto y con muchas ganas de aprender. Cuando consiguió emparejar signos y sonidos, enseguida empezó a ligarlos y a leer. Primero el ritmo era más lento y entrecortado, pero enseguida intentó hacerlo por su cuenta y se pasaba todo el día leyendo y releyendo sus cartas. Gracias a ese ritmo tan intensivo, consiguió leer fluidamente en dos semanas. En cambio, mis progresos con el árabe dejaban mucho que desear, lo cual se debía también a que el único material del que disponíamos para hacer las clases eran sus cartas personales, y yo quería preservar de alguna manera su intimidad. Así que cuando comenzó a ser autónomo en la lectura, me desentendí por completo del tema. Omar pareció aliviado por mi desinterés.

Se acercaba la fecha del juicio y cada día estaba más nervioso. No era solo por el juicio. La verdad es que no estaba muy convencido de la estrategia que quería seguir Pedro Munné, mi abogado. Mi defensa se basaría en un buen ataque. Un ataque contra el Sr. Puig Domènech.

Hasta entonces, había interpretado como hechos totalmente independientes la agresión que sufrí y todos los hechos que sucedieron luego. Bueno, la única conexión que veía era que el hecho de ir drogado después de aquella agresión y robar el coche de policía lo empeoraba todo. Pero no supe encontrar ninguna explicación lógica al hecho de que me drogaran. Para Pedro, aquel era el quid de la cuestión. Decía que era una maniobra orquestada para hacerme parecer culpable de unos actos que no había cometido. Pensaba que todo era un plan del Sr. Puig Domènech y que si iba contra él encontraría respuesta a muchas preguntas y conseguiríamos demostrar mi inocencia. Así pues, demostrar mi inocencia pasaba por demostrar su culpabilidad. Después de mi conversación con Mar, me di cuenta de que, si atacaba públicamente en un juicio al padre de Ona, esta no me lo perdonaría. Así que noestaba muy convencido de que esa fuera la mejor estrategia si quería recuperarla. Además, no tenía coartada y no podía demostrar nada de lo que ocurrió realmente. Sabía que, en realidad, lo tenía muy difícil.

 

El juicio

 

Tras seis interminables meses en prisión, durante los cuales no recibí ni una sola visita de Ona, llegó el día del juicio. Mi abogado me explicó que el juez que nos había tocado tenía fama de presidir los juicios de una forma muy participativa. Solía ​​interrumpir los juicios en momentos en los que le parecía que algún argumento no estaba suficientemente bien explicado o no se entendía de forma clara, y no se dejaba llevar por sentimentalismos. El abogado me confesó que no sabía si esa circunstancia podría ser beneficiosa para nosotros. Habría que ver hacia dónde nos dirigían los acontecimientos. Lo escuché con interés, pero no mostré más nerviosismo que el que esa situación ya me provocaba de por sí. Para ser sincero, en realidad me sentía más molesto que nervioso.

Tenía muy claro lo que debía hacer. Solo podía decir la verdad. También tenía claro que mi verdad resultaría muy poca cosa comparada con todas las pruebas que apuntaban contra mí. Sabiendo que las cosas se podían poner muy feas, le ofrecí a mi abogado prescindir de sus servicios para no manchar su historial profesional con una derrota cantada, como era mi defensa. Pero él, a pesar de todo, me quiso representar. Pedro era otro defensor de las causas perdidas.

Después de que mis compañeros de celda me desearan suerte, fui trasladado desde la prisión hasta la sala contigua a la del juicio. Me hicieron esperar, acompañado por dos agentes de policía, hasta que la sala estuvo repleta de personas. Entonces me condujeron al interior. Allí me esperaba mi abogado. Pude percibir cómo me saludaban Jordi y Anna, las dos únicas personas con caras afables de toda la sala. Estaban situados al final de la sala. Habían venido a darme su apoyo incondicional, a pesar de que en varias ocasiones les pedí que no vinieran. En uno de los primeros asientos de la sala vi de reojo al Sr. Puig Domènech, al cual «presuntamente» había agredido con una navaja. Se mostraba altivo y autosuficiente. No era la actitud que esperas de alguien que se considera una víctima. Iba acompañado de su abogado, Jaime Oliver, un individuo alto y fornido de unos treinta y cinco años. Mi abogado me explicó que había sido el primero de su promoción. También me dijo que no solía perder sus casos. Luego, para animarme, me explicó queúnicamente había perdido un caso hacía poco tiempo, pero había tenido mucha repercusión en el ámbito judicial. Así pues, para Pedro debía de ser muy importante salir victorioso en este juicio. Sin embargo, yo creía que este caso no daría para muchos lucimientos.

El Sr. Puig Domènech, con su actitud, daba a entender que era él quien dirigía a su abogado, ya que se dirigía a él como si le estuviera dando órdenes de última hora. En ese momento, levantó la cabeza y me dedicó una mirada llena de odio y resentimiento, mientras sus labios perfilaban una sonrisa turbia con aires de triunfo.

Ona estaba un poco más alejada, separada. También se presentaba como parte implicada ya que, también supuestamente, fui a buscarla al baile con una navaja para agredirla tras herir a su padre. Su actitud y su semblante reflejaban rechazo y descontento. No supe identificar si esos sentimientos eran hacia mí o hacia la situación creada. Pero era evidente que estaba muy desconcertada. Me miró directamente a los ojos, buscando una respuesta que no le supe dar.

En ese momento, mi abogado se llevó una sorpresa agradable al reconocer, entre las personas que había en la sala, a alguien muy especial.

—¡Caramba! Es mi profesor de Derecho. Ahora vuelvo.

Fue a saludarlo con mucha familiaridad. Más que alumno y profesor parecían dos buenos amigos. Se veía de lejos que había entre ellos un fuerte vínculo. Pedro volvió a mi lado, visiblemente emocionado.

—Es José Robredo, mi profesor de Derecho en la universidad. Es un catedrático muy apreciado en el ámbito jurídico. Ha sido una fuente de inspiración y motivación durante mi aprendizaje. Lo considero mi mentor. De joven estudió Derecho y Psicología y, antes de ser catedrático, ejerció de juez durante varios años. Tenía fama de presidir los juicios de una forma peculiar. No se limitaba a aplicar la ley de forma protocolaria, sino que, en ocasiones y en su afán de querer encontrar la verdad, actuaba de una manera más instintiva y poco ortodoxa. Sin embargo, sus veredictos solían ser muy bien valorados por muchos de los compañeros de profesión. Su ecuanimidad y su sencillez a la hora de hacer valoraciones han creado escuela. Fue muy venerado por unos, que lo ponían como ejemplo en las cátedras de Derecho, y muy criticado por otros, más retrógrados y cómodos con una manera de hacer más anquilosada y rígida. La presión de estas críticas hizo que, finalmente, colgara su toga para dedicarse a la enseñanza.

Lo miré durante unos instantes. Robredo era un personaje de unos cincuenta y pocos años. Empezaba a tener algunas canas diseminadas entre su abundante cabello. Llevaba unas gafas redondas de montura muy delgada. Su ceño, que parecía estar siempre fruncido, le confería el aspecto de una persona que estudiaba y analizaba todo lo que la rodeaba con la máxima atención.

Mi abogado estaba contento y también un poco nervioso por el hecho de que su maestro asistiese a aquel juicio. Seguramente sería un aliciente añadido para esforzarse aún más en hacer bien su trabajo. Así pues, y aunque no lo conocía, yo también me alegré de la presencia de ese individuo.

Entró en la sala el juez, el Sr. Francisco Riudoms. Era un hombre de piel rosada, cabello plateado y barba. Caminaba lentamente y arrastrando los pies como si estuviera cansado. Su estatura media y su complexión redondita le daban un aspecto apacible que contrastaba con su actitud seria y su mirada enfurruñada tras unas gafas de montura metálica. Este carácter más agrio estaba reforzado, además, por su frente arrugada y su tímida joroba. Tal vez ese día no se encontrara muy bien, y de ahí que su expresión fuera la de una persona que sufre de estreñimiento crónico.

Tras seguir el protocolo de presentar al juez, las causas de aquel juicio y a mí como presunto culpable, comenzaron los interrogatorios.

Llamaron al presuntamente agredido. Lo citaron como Sr. Eusebio Puig Domènech y Gorina, de cincuenta años, natural de Mataró y residente en San Antonio, Ibiza. Él se acercó al micrófono y empezó a declarar. A las preguntas que le formuló su abogado respondió de manera cómoda, relatando cada detalle de la presunta agresión.

Según él, entré en su finca con aspecto nervioso. Le dije que quería hablar con él y me hizo pasar a su casa. Una vez dentro, me abalancé sobre él para clavarle la navaja. Ofreció resistencia y, en la lucha, conseguí herirle en el brazo derecho que, según él, antepuso para proteger su cuerpo de mi embate. Después de eso, salí corriendo.

Cuando fue el turno de mi abogado, este le volvió a preguntar sobre lo mismo, pero con matices muy diferentes. Hizo notar al Sr. Eusebio que no era muy preciso en cuanto a la hora de la agresión, ya que en sus declaraciones anteriores constaba una hora y ahora apuntaba otra hora distinta. Él quiso quitar importancia a ese hecho, diciendo que no venía de media hora más o menos. Después, mi abogado le preguntó si era diestro o zurdo. Puig Domènech contestó que era zurdo. Seguidamente, el abogado puso de manifiesto que la descripción de mi indumentaria el día de los hechos no coincidía exactamente con la ropa que llevaba cuando me detuvieron. El Sr. Eusebio contestó burdamente que me la debía de haber cambiado en algún momento, antes de ir al baile.

—Pero, si se la cambió, ¿cómo es que estaba manchada con su sangre?

—No lo sé.

En ese momento, el juez intervino.

—Sr. Munné, ¿cuál es el objetivo de esta pregunta?

—Señoría, el hecho de que el Sr. Eusebio no recuerde la ropa del presunto agresor puede demostrar que el Sr. Eusebio no estaba en el lugar de los hechos, aunque su sangre estuviera en la camisa de mi defendido.

—¿Puede aclarar por qué sospecha que el Sr. Eusebio no estaba en el lugar de los hechos?

—Mi defendido, el Sr. Álex Martínez, declara que justo a la misma hora en que el Sr. Eusebio Puig Domènech fue agredido, él también sufrió una agresión por parte de dos o tres personas, que lo hicieron caer de la bicicleta, lo inmovilizaron, le taparon la cabeza y, tras propinarle algunos golpes, le pincharon el brazo y lo drogaron. El Sr. Martínez no recuerda haber cogido una navaja. En un principio puede parecer que los dos hechos no se relacionan entre sí, o que la versión del Sr. Álex Martínez es una pobre excusa para eludir los cargos —Pedro miró directamente al juez antes de continuar con su explicación—. Pero la defensa tiene otra teoría. Pensamos que al Sr. Martínez le tendieron una trampa y, con la agresión que recibió, lo prepararon para que pareciera lo que no era. Es posible que el Sr. Eusebio Puig Domènech fuera uno de estos agresores. Cabe la posibilidad de que se lesionara al abalanzarse sobre el Sr. Martínez, o de que se autolesionara para simular la agresión y luego manchara la ropa de mi defendido con su sangre y le pusiera la navaja en el bolsillo. Es de conocimiento público que el Sr. Martínez defiende posturas contrapuestas a los intereses de un proyecto inmobiliario muy concreto dirigido por el Sr. Puig Domènech, y es posible que este sea el quid de la cuestión. Probablemente el Sr. Martínez resulta una persona demasiado molesta para el Sr. Puig Domènech. Pero esa molestia podría desaparecer si el Sr. Martínez fuera a la cárcel, aunque fuera condenado por unos delitos que no hubiera cometido. Así, el Sr. Puig Domènech solucionaría todos sus problemas.

 El juez miró directamente a Pedro y le habló:

 —Sr. Munné, no estamos juzgando al Sr. Puig Domènech. ¿Tiene pruebas de lo que está diciendo?

—Lo pienso demostrar con hechos. Por eso es tan importante constatar si el Sr. Puig Domènech estaba o no en el lugar de los hechos y comprobar que su versión no es una farsa.

—Puede continuar con sus preguntas.

—Sr. Puig Domènech, ¿puede decirme cómo iba vestido el presunto agresor?

¡Caramba! Aquel Robin Hood defensor de la justicia sabía hacia dónde debía apuntar su flecha. El Sr. Eusebio cambió de color al verse claramente aludido en la acusación que acababa de formular mi abogado. Ya no se mostraba tan a gusto y distendido como antes. Además, el juez parecía muy interesado en este giro inesperado que, de hecho, cambiaba el planteamiento del juicio en sí. Me alegró comprobar que la cosa se ponía más interesante de lo que preveía.

Pedro siguió interrogando al Sr. Puig Domènech y, en varias ocasiones, demostró que su testimonio se contradecía o que dudaba de los hechos. Uno de los puntos que planteó más controversia fue el ángulo de inclinación de la herida de arma blanca que tenía en el brazo. Según él, estábamos los dos en el suelo mientras luchábamos, pero el abogado demostró que para que le pudiera clavar la navaja en el ángulo exacto en el que tenía su herida, yo debería estar muy por encima de él y ser zurdo. Además, demostró gráficamente que el ángulo de inclinación de la herida que tenía el Sr. Puig Domènech era muy parecido al que se podía hacer una persona zurda al herirse a sí misma. Quedó demostrado también que Puig Domènech era zurdo y yo diestro.

Seguidamente, el fiscal hizo declarar a los dos policías que me habían ido a buscar al corral y que luego me persiguieron hasta el pueblo. Primero declaró el agente Raúl Ramírez.

—Agente, ¿puede explicar al tribunal para qué fueron a buscar al acusado a su casa la noche del veintiséis de agosto del año pasado?

—Hacia las nueve y cuarto de la noche recibimos la llamada del Sr. Puig Domènech notificando que acababa de ser agredido y que estaba herido. Fuimos inmediatamente a su domicilio y lo encontramos sentado en el escalón de la entrada. Se apretaba con la mano una herida que tenía en el brazo y estaba medio mareado. Nos explicó que el Sr. Álex Martínez lo había herido con una navaja. Cuando la ambulancia se lo llevó al hospital, fuimos al corral de la balma para detener al Sr. Martínez y llevarlo a declarar.

—¿Qué pasó cuando llegaron donde vivía el acusado?

—No estaba en casa, pero su perro lo delató al dirigirse hacia él, que estaba escondido en un desnivel de terreno cercano. Al darle el alto, huyó. Parecía borracho, porque iba de un lado a otro. Mi compañero, el agente Torres, lo persiguió a pie y yo me dirigí por el camino con el coche patrulla hacia donde me indicaba mi compañero, para interceptarlo. Cuando parecía que lo teníamos acorralado, bajé del coche con mi linterna para intentar localizar dónde estaba escondido. Él aprovechó un momento en que me alejé del coche para subir en él. Escuché un ruido, pero no conseguí ver nada, porque las luces del coche me deslumbraban. Cuando comprendí lo que pasaba, ya era demasiado tarde. Aceleró para huir hacia el pueblo. ¡Tuve que apartarme para que no me atropellara! Mi compañero y yo fuimos hacia el pueblo lo más rápido que pudimos. Allí... bien, allí ya saben lo que hizo. Nosotros le perdimos el rastro durante varios minutos. Cuando lo encontramos, ya lo habían detenido los mismos ciudadanos.

—¿Puede explicar a este tribunal qué encontraron en el corral donde vivía el acusado?

—En el interior de la construcción encontramos tres papelinas con cocaína. Y fuera encontramos ocho plantas de marihuana plantadas en un huerto.

—Muchas gracias, agente. Es el turno del abogado defensor. Señor Munné, por favor.

—Señoría, ¿podría interrogar al agente Ramírez, tras escuchar la versión de los hechos del otro agente?

—No es el procedimiento habitual, pero si el fiscal no tiene ningún inconveniente...

Ambos miraron al fiscal.

—No tengo inconveniente.

El fiscal llamó a declarar al agente Carlos Torres. Le preguntó lo mismo que a su compañero y el agente dio las mismas respuestas. Finalmente, el fiscal le preguntó si con su declaración ratificaba la de su compañero, y el agente dijo que sí.

Pedro comenzó a interrogar a este último agente:

—Agente Torres, usted y su compañero dicen que recibieron una llamada en la comisaría hacia las 21:15 horas. ¿Es así?

—Sí.

—¿Al teléfono de la comisaría?

—Sí.

—¿Podría explicarme por qué esa llamada no aparece en el registro de llamadas?

El agente parecía no comprender.

—Agente Torres, ¿ha comprendido la pregunta?

—Eh… sí. No lo sé. Tal vez esté confundido y me llamara al móvil. El Sr. Puig Domènech me conoce y tiene mi contacto.

—Resulta un poco extraño que llame a un teléfono particular para denunciar una agresión, ¿no le parece?

—Tal vez el Sr. Puig Domènech, en ese momento de nerviosismo, herido y mareado como estaba, no atinara a recordar el teléfono de la comisaría y le fuera más cómodo llamar a mi móvil.

—Está bien. Lo comprobaremos. Dice que cuando llegaron a casa del Sr. Puig Domènech, lo encontraron sentado en el escalón de la entrada. ¿Podría decirme en qué escalón? ¿El primero? ¿El segundo?

—En el segundo escalón, el que está más arriba.

—De acuerdo. Dicen que el Sr. Puig Domènech se presionaba la herida con la mano. ¿Puede decir cuál era la mano con la que presionaba?

—La izquierda.

—Entonces, ¿el brazo herido era el derecho?

—Sí.

—No tengo más preguntas.

—Que pase a declarar el agente Raúl Ramírez.

A Ramírez le hizo las mismas preguntas. No recordaba exactamente a qué teléfono había llamado el Sr. Puig Domènech. Dijo que fue su compañero quien atendió la llamada. Al resto de preguntas contestó igual que su compañero. Pedro, después de la declaración, no dijo aquello de «No tengo más preguntas», sino que continuó.

—Ha afirmado que la mano con la cual el Sr. Puig Domènech se apretaba la herida era la izquierda.

—Sí, es así.

—Quiero hacer notar que esta es la mano más hábil de un zurdo, como es el caso del Sr. Puig Domènech. Así que tendría lógica que la hubiera usado para autolesionarse...

—Por favor, Sr. Munné, no haga suposiciones. Fundamente sus argumentos sobre hechos.

—De acuerdo, Señoría. Quiero presentar a juicio una fotografía, donde se ve la entrada de la casa del Sr. Puig Domènech. En la foto se puede apreciar claramente que en la entrada de la casa no hay escalones. Ni uno, ni dos. No hay ninguno. Lo único que hay en el suelo es una estrecha losa de mármol que separa el exterior del interior, pero en ningún caso es o se puede confundir con un escalón. Sr. Ramírez, mirando esta foto, ¿puede decirme dónde estaba sentado el Sr. Puig Domènech?

—Estaba en la entrada. No creo que tenga importancia si hay o no escalones.

Pedro dirigió la mirada hacia el juez.

—Señoría, la defensa cree que es relevante destacar que existe un cúmulo de imprecisiones en el testimonio de los agentes. Esto nos da pie a pensar que la acusación está basada en una invención y no en hechos reales, y refuerza la idea de que existe una confabulación entre el Sr. Puig Domènech, los agentes y, posiblemente, otras personas que atacaron a mi cliente a la misma hora, y que lo prepararon para que pareciera culpable de los hechos de los cuales se le está acusando.

—Señoría —exclamó el abogado del Sr. Puig—, la defensa está atacando la honorabilidad de mi cliente y de los agentes de policía. Pretende que se juzgue a la víctima y no al agresor. ¡Es inadmisible!

—Sr. Oliver, no es su turno y, si no le molesta, seré yo quien determine si es o no admisible. Le recuerdo que soy el juez de esta causa —dijo, y continuó dirigiéndose a mi abogado—: Sr. Munné, ¿puede demostrar lo que está insinuando?

—Creo que las pruebas que aportaremos como mínimo descartarán que mi cliente haya cometido los delitos que se le imputan.

—Puede seguir, pero le ordeno que se abstenga de hacer conjeturas. Este tribunal no tendrá en cuenta sus suposiciones. ¡No quiero volvérselo a repetir!

—Sí, Señoría.

—Por favor, acérqueme la fotografía de la entrada de la casa.

Mi abogado obedeció y prosiguió con su alegato:

—Ahora quisiera que el tribunal prestara especial atención a las fotos que la acusación ha presentado como prueba de que mi defendido cultivaba plantas de marihuana. Podemos observar las plantas arrancadas y tiradas en el suelo delante de un huerto que podía ser cualquier huerto. Agente Torres, ¿es un procedimiento normal arrancar las plantas y después hacer las fotografías?

—Bueno... Las habíamos fotografiado plantadas en el huerto y luego las arrancamos. Después, nos dimos cuenta de que la cámara debía de tener algún fallo, porque las fotos no se guardaron en el archivo como era de esperar. Por eso las volvimos a fotografiar cuando ya estaban arrancadas.

—Vaya, ¡qué oportuno! Entonces estará de acuerdo conmigo en que este hecho invalida como prueba estas fotos, ya que resultan dudosas y confusas. Podría ser otro huerto, ¿no es así?

—¿Qué insinúa? ¿Que hemos creado pruebas falsas?

—Bueno, no he dicho eso, eso lo ha dicho usted. Lo que está claro es que no hay ninguna prueba concreta e irrefutable de que esas plantas estuvieran en el lugar en el que ustedes dicen. De hecho, yo mismo fui al huerto del Sr. Martínez y, aunque ya había pasado un tiempo, no encontré ningún claro que indicara que podía haber sido el lugar donde estaba cultivando esas plantas. Todo estaba lleno y apretado, repleto de hortalizas muertas y descuidadas. Aquí tengo algunas fotos que demuestran que lo que digo es cierto. Pueden ver cómo, además, en cada una de las fotos hay algún elemento que la ubica y que permite identificar el huerto en concreto. No tengo más preguntas.

Después le tocó el turno a Ona. Se la veía agitada y nerviosa. No estaba nada a gusto. El fiscal la trató con mucha consideración y le preguntó estrictamente lo necesario para esclarecer los hechos. Su agitación, sin embargo, no impidió que se mostrara muy segura en sus respuestas y, a pesar de que sus palabras me incriminaban con absoluto convencimiento, me pareció percibir que procuraba usar las palabras que denotaban mayor imparcialidad para no hacerme tanto daño.