Siempre tú. Siempre Ona - Marina Marlasca - E-Book

Siempre tú. Siempre Ona E-Book

Marina Marlasca

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Beschreibung

La ayuda de Ona será fundamental para que Àlex salga de la cárcel finalmente, pero se alejará de él con el firme propósito de no hacerle daño nunca más. Lidia, la chica que conoció en prisión, le ofrece su amor sin condiciones, aun sabiendo que él sigue queriendo a Ona. Su vida en común estará llena de frescura y momentos entrañables, pero Àlex tiene dudas. Por Lidia siente algo muy profundo, pero ¿es amor? La espontaneidad en la relación entre ambos se resiente debido a la inevitable aparición de hechos que atraen recuerdos sobre Ona. Es entonces cuando una discusión hace que Lidia muestre el verdadero dolor que siente, marcando el destino de ambos. Àlex inicia una travesía náutica en solitario muy particular al Alguer. Un duelo en busca de recuerdos. Una antigua carta de Lidia le hará reflexionar y darse cuenta de que debe seguir adelante. Al regresar a casa se esforzará en seguir con su vida, pero una nueva jugada del destino hará que Àlex se encuentre nuevamente con Ona en una exposición muy singular.

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Seitenzahl: 335

Veröffentlichungsjahr: 2025

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SIEMPRE TÚ.

SIEMPRE ONA

Marina Marlasca Hernández

SIEMPRE TÚ.SIEMPRE ONA

Primera ediciόn: abril de 2025

© Copyright de la obra: Marina Marlasca Hernández

© Copyright de la ediciόn: Angels Fortune Editions

Cόdigo ISBN: 979-13-990030-6-2

Cόdigo ISBN digital: 979-13-990030-7-9

Depόsito legal: B 6152-2025

Correcciόn: Samuel Pérez

Maquetaciόn: Celia Valero

Ediciόn a cargo de Mª Isabel Montes Ramírez

©Angels Fortune Editions

www.angelsfortuneditions.com

Derechos reservados para todos los países

No se permite la reproducciόn total o parcial de este libro, ni la compilaciόn en un sistema informático, ni la transmisiόn en cualquier forma o por cualquier medio, ya sea electrόnico, mecánico o por fotocopia, por registro o por otros medios, ni el préstamo, alquiler o cualquier otra forma de cesiόn del uso del ejemplar sin permiso previo por escrito de los propietarios del copyright.

«Cualquier forma de reproducciόn, distribuciόn, comunicaciόn pública o transformaciόn de esta obra solo puede ser realizada con la autorizaciόn de sus titulares, excepto excepciόn prevista por la ley»

A los que lo han perdido todo y no se rinden.Y a todos los voluntarios, activistas y personas sencillas que, con su quehacer diario o incluso arriesgando su vida, intentan que el mundo sea mejor para todos.

Cuando no sabemos a qué puerto nos dirigimos, todos los vientos son desfavorables.

Séneca

A veces, incluso el vivir es un acto de valor.

Séneca

Contenido

¿Seguir como antes o volver a empezar?

Último intento

Con Lidia

Una visita y una carta

Pareja de tres

Normalizando nuestra relación

Un regalo inesperado

La despedida arranca una promesa

Ilusionados en navegar juntos

Cartas a un muro

Retomando la carrera

El proyecto de Ona

La despedida de Ona

Cuando planear no sirve de nada

Final de carrera, principio de una época extraña

Un proyecto hecho realidad

La discusión

Reconciliación

El inicio de una nueva etapa

Un adiós sin despedida

Un puerto a donde dirigirme

Preparativos

Rumbo a Lidia

Su legado

Cambio de rumbo

La despedida y un nuevo comienzo

Acampada marinera

De vuelta

Las estrellas me acompañan

Palpar la realidad

El sol se asoma entre las rocas

¡No te vayas!

Agradecimientos

¿Seguir como antes o volver a empezar?

La luz del día se filtraba por las rendijas de la persiana de mi habitación. La subí y pude contemplar aquel pedacito de mar que tanto me gustaba. Fuera, las personas caminaban de un lugar a otro con la determinación de quien sabe qué hace y a dónde se dirige. Yo, sin embargo, debía encontrar mi lugar de nuevo. Los libros, el viejo ordenador, mi música y los bongos me recordaban cómo había sido y me invitaban a seguir siendo el que era antes de ir a prisión. Pero ¿cómo seguir? ¿Y… empezar de nuevo?

Anna y Jordi no me atosigaron para que decidiera si continuaba con los estudios o no, a pesar de que el curso ya había comenzado. Decían que estaba descolocado y debía reubicarme. Para ellos solo era cuestión de tiempo. Además, aún me medicaba y eso me hacía padecer un estado de aturdimiento continuado. Con veinticinco años y después de haber tenido siempre las cosas muy claras, en aquel momento era incapaz de dar una dirección a mi vida. Mar llamaba a menudo para intentar convencerme de que fuera a vivir a Ibiza. Decía que mucha gente de allí me añoraba. Pensé que exageraba, pero le agradecía su interés por mí.

Ya llevaba tres meses en libertad y sentía que iba dando bandazos sin una idea clara. Perdido, escribí alguna cosa en mi diario.

Miércoles, 4 de noviembre de 2009. Día 86 de libertad

Voy contando los días, uno a uno, igual que un recluso. En prisiόn, el paso del tiempo me acercaba a la libertad. Ahora que soy libre, mi existencia está teñida de un regusto amargo. Ona y yo hemos pagado un precio muy alto por mi libertad. Ella, porque para demostrar mi inocencia ha tenido que ir contra su padre. Y yo, porque me escribiό una nota de despedida y no he vuelto a saber de ella. Aunque ya no estábamos juntos, la esperanza de volver a verla seguía iluminando mi existencia. Ahora voy a oscuras. ¿Qué libertad es esta que me condena a estar sin Ona? Contar los días se ha convertido en algo en qué agarrarme, aunque no sé dόnde me lleva.

Sé que soy afortunado. Tengo el apoyo de Anna y Jordi, mis tíos y tutores legales. Están felices porque vuelvo a vivir con ellos. Además, está Lidia, la profesora de teatro que conocí en prisiόn. Ella sabe que sigo pensando en Ona. Aun así, me lo da todo sin esperar nada a cambio. Ella hace que el mundo parezca fácil y sencillo y yo… sigo empeñado en contar los días. No quiero herirla, pero no puedo evitar lo que siento.

Último intento

Lidia y yo nos veíamos a menudo. Nos estábamos conociendo. Charlábamos y lo pasábamos bien. Me gustaba mucho, aunque me sentía extraño por el hecho de estar con ella en un lugar que no fuera la cárcel. También me sentía un fraude porque, a pesar de querer estar con ella, añoraba a Ona y esperaba ansioso la contestación de la carta que le escribí justo al salir de la cárcel. Pero la contestación no llegaba. Así que llamé a Mar para que me diera la dirección o el teléfono de Ona. Mar se negó.

–Ya sabes que no quiere que contactes con ella. Además, ¿por qué? Es la responsable de todo lo ocurrido.

–Mar, por favor, no empecemos.

–Tendrás que buscar a otra persona que te facilite el camino hacia ella, porque yo no lo haré.

–No hay otra persona, Robredo se ha cerrado en banda. Dice que tiene la obligación legal de respetar su voluntad, pero ¿qué hay de lo que yo quiero?

–No se trata solo de lo que tú quieres. Estoy muy cabreada con Ona. Aunque fue ella quien te ayudó a salir de prisión, creo que esperó demasiado. Pasaste un infierno y no hizo nada. ¡Maldita sea! Incluso te disparó. ¡Casi te mata y caíste en una profunda depresión!

–Estoy hecho un lío. Necesito saber qué puedo esperar de ella.

–De ella solo puedes esperar problemas. ¡Parece mentira! ¿No has tenido bastante?

La verdad es que nunca había hablado con Mar estando tan enfadada. Su enfado era con Ona, pero también conmigo. Desde que dejé la prisión, todo el mundo andaba con mucho tiento con lo que me decía, tal vez para evitar que me hundiera de nuevo. Así que, cuando me colgó el teléfono, la sorpresa fue monumental. Aunque lo agradecí. Volví a llamarla.

–Lo siento mucho, Mar, no quería molestarte.

–Es que no lo entiendo, Álex. ¡De verdad que no lo entiendo!

–Yo tampoco.

–Ahora estás con Lidia y estás bien con ella, ¿no?

–Sí. Nos estamos conociendo y me gusta mucho.

–¿Entonces…?

–No puedo decidirme. No sé si son las malditas pastillas o yo, que soy estúpido de remate. Cuando estoy con Lidia me siento mal porque no puedo olvidar a Ona. No quiero herir a Lidia, pero, en realidad, a quien no quiero traicionar es a Ona. Haga lo que haga, está mal.

–¿Cómo la vas a traicionar, si no estás con ella?

–Le dije que la esperaría. Y lo haré el tiempo que sea necesario. Pero no me contesta. Se ha esfumado de mi vida y siento que estoy esperando a un fantasma. Necesito algo que me dé a entender qué es lo que quiere. Si de verdad no quiere estar conmigo, tendrá que ayudarme a cerrarle la puerta de mi corazón.

–Está bien. Mándame una carta para ella y se la haré llegar. Pero solo esta vez.

–De acuerdo. Muchas gracias, Mar.

–¡Ay, Álex!

Tras colgar el teléfono, escribí la nota y fui a enviarla por correo. Aunque lo decía todo, no era gran cosa, pero mi cabeza no daba para más. Esperaba que, si Ona se decidía a leerla, fuera suficiente para arrancarle una respuesta.

Masnou, 3 de diciembre del 2009

Ona, ¿dόnde estás? Sé que lo estás pasando mal. Quiero estar a tu lado. Apoyarte. Acompañarte. No está todo perdido. Yo sigo esperándote, pero necesito saber de ti. Por favor, Ona, dime algo. ¡Lo que sea! Prefiero tu rechazo a este silencio que se me come el alma.

Tuyo siempre.

Álex

Con Lidia

Aquella tarde de enero había poca gente en la playa. El día era gris y el viento soplaba frío y recio, levantando la arena que chocaba con mi cuerpo. Parecía que, de un momento a otro, las nubes de tormenta que colgaban del cielo caerían de golpe como una tromba de agua. El grupo de jóvenes que estaba cerca de mí empezó a recoger con prisas, presagiando que la tormenta se desataría en breve. Yo seguí apoyado contra una barca, contemplando el mar. Desde mi puesta en libertad, pasaba muchas horas allí, frente al mar que tanto había añorado. Esperaba a Lidia; habíamos quedado. Ahora nos veíamos a menudo. Nos estábamos conociendo. Charlábamos y lo pasábamos bien. Me sentía extraño por el hecho de estar con ella en un lugar que no fuera la cárcel. Y me sentía un fraude porque, a pesar de querer estar con ella, añoraba a Ona y la buscaba desesperadamente. Lidia aceptó la situación y me dejó hacer.

Mientras miraba el mar, me di cuenta de que ya no era el mismo, había cambiado. ¿Sería debido a la medicación? Decidí hablar con el médico para dejarla. Lo único que tenía claro era que me gustaba Lidia, aunque esperaba con anhelo la contestación de las cartas que escribí a Ona. Pero la contestación no llegaba. De hecho, nunca llegó.

Lidia me vino a buscar a la hora convenida, justo cuando las nubes empezaron a descargar con fuerza. Corrimos hacia el paso subterráneo que pasa por debajo de la vía del tren y hace de corredor entre la población y la playa. En esa zona del Maresme, la vía férrea sigue su recorrido a lo largo del litoral y delimita la costa, separándola de las poblaciones, como si alguien hubiera dibujado una línea gruesa sobre un mapa. Allí, bajo el paso subterráneo, Lidia me dio un beso lleno de intención que no rechacé, al contrario. Su beso lo hice mío y saboreé la dulzura y calidez de sus labios. Mientras nos besábamos, la abracé fuertemente contra mí, con ansia, ávido de su calor y de sus formas esculpidas en aquel cuerpo excesivamente delgado.

–¡Caramba! Parece que tenías ganas de verme. Cuando te he visto en la playa, tan pensativo y absorto, he dudado por un momento si debía dejarte con tus pensamientos.

–Has hecho bien. De hecho, me cuesta mucho pensar y mi cabeza lo único que hace es dar vueltas a las cosas sin ningún objetivo final. Me parece que voy a hablar con el médico para dejar la medicación.

–¿Estás seguro? Tal vez deberías alargarla un poco más.

–No. No la tomaré más. Creo que ya estoy bien. ¡Debo espabilarme! Medicado no soy yo y no me encuentro a gusto. He de tomar decisiones y no puedo.

–Creía que donde necesita espabilarse uno es en la cárcel.

–Sí. Allí te espabilas de otro modo. Tienes que aprender a seguir las normas impuestas por la institución y, sobre todo, las que imponen los propios reclusos. Fuera tienes que buscar tu lugar, pero las normas las puedes cambiar.

–¿Sabes? Pienso que te equivocas.

–Ah, ¿sí?

–Sí. Yo creo que sí que eres el Álex de siempre. Solo estás un poco más espeso de lo normal.

–No sé.

–De acuerdo. Hablaremos con el médico, si es lo que quieres.

–Es lo que quiero.

–¿Ves como sí que sabes lo que quieres?

Sonreí de forma condescendiente.

–Gracias por tu apoyo.

–Mi apoyo no es desinteresado. Espero una recompensa.

–¿Sí? ¿Cuál? –le dije mientras le dedicaba una mirada pícara y una sonrisa traviesa.

–¡Uauuuu! ¡Esta!

Pareció cautivada por mi expresión y se me echó encima para besarme otra vez, sin darme opción a decir nada. En ese momento, alguien más entró en el pasillo subterráneo con la intención de resguardarse de la lluvia. Lidia me cogió de la mano para tirar de mí.

–¡Vamos!

Salimos del paso subterráneo y fuimos corriendo a su coche que estaba tres esquinas más allá. Llegamos al viejísimo Renault Cinco, rojo de dos puertas, completamente mojados y helados de frío. Puso en marcha el coche y la calefacción.

–¡Funciona la calefacción!

–A este coche le funciona todo y tiene mucha historia.

–¿Qué historia?

–Te la cuento por el camino. Ahora vamos a casa.

–¿A casa?

–A mi casa. Nos tenemos que cambiar de ropa.

–¿Ya tendrás algo para mí? Tú y yo no hacemos precisamente la misma talla.

Antes de contestar la pregunta, sonrió llena de picardía.

–¡Ya encontraremos algo!

El coche inició la marcha soltando unos estallidos ensordecedores. Por el ruido arrítmico que emitía el motor, no parecía que le quedara mucha vida.

–No te asustes, llegaremos a casa. Siempre hace este ruido hasta que se calienta un poco. Es como un viejo gruñón que, después de los primeros metros, se calla asfixiado por el esfuerzo. Pero aquí, donde lo ves, me ha llevado a todas partes, incluso al extranjero. Nunca me ha dejado tirada. Eso sí, le hago revisiones continuamente. Me gasto una pasta en él, es mi capricho.

–Parece que lo quieres mucho. Cuéntame su historia.

–Este coche tiene más de treinta años. Era el coche de mi padre cuando era joven. Ya tenía este coche cuando conoció a mi madre. Se puede decir que en el asiento trasero la terminó de conocer del todo. Fue en el asiento trasero donde me concibieron y donde nací, ya que no tuvieron tiempo de llegar al hospital. Como ves, es un coche al que estoy muy unida y cuando mi padre se quiso desprender de él, me lo quedé. Soy una sentimental.

–Ya veo.

–Bueno. Supongo que algún día el coche dirá basta, pero de momento va bien. Sabes... ¡Le he puesto un nombre y todo!

–¿Cómo se llama?

–Es el Bermi. Por su color bermellón.

–¿Y tú también has usado el asiento trasero para conocer «más profundamente» a alguien?

Como respuesta me mostró una sonrisa maliciosa, que dejaba claro hasta qué punto estaba su vida amorosa vinculada a ese coche. Desistí de hacer más preguntas sobre aquel tema. Su sinceridad, sin tapujos, me dio a entender que podría salir escaldado si era demasiado curioso. Callé, pero ella rompió el silencio.

–Espero no haberte asustado. Tampoco han sido muchos.

–Es mejor que no entremos en detalles. Considerar si son muchos o pocos es muy relativo y depende del punto de vista de cada uno.

–En cambio, este tema en ti está muy claro. Solo has estado con una chica y aún no te has desprendido de su recuerdo.

Ella tenía razón. Bajé la cabeza avergonzado, sin saber qué decir.

–No pasa nada, Álex. Lo sé y no me importa.

–¿Cómo que no te importa? A cualquier otra chica le importaría.

–Bueno, realmente sí me importa. Pero no tanto como para dejar que te alejes de mí. Lo que siento por ti es muy fuerte y quiero estar contigo a toda costa. Tengo la esperanza de que mi amor se impondrá a tus recuerdos y, si no lo intentara, siempre me lo reprocharía.

–Eres muy valiente.

–Sé lo que quiero.

–Pero puedes salir herida, si resulta que soy más burro de lo que piensas y no consigo olvidarla. De hecho, ya hace mucho tiempo que lo intento y no lo he conseguido.

–Sin embargo, lo que puedo ganar es mucho.

–Hablas de mí como si fuera un trofeo. Nadie diría que acabo de salir de la cárcel.

Mis palabras la hicieron sonreír y, por un momento, pareció transportada a otro lugar o a otro tiempo, rememorando alguna escena del pasado.

–¿Sabes? Cuando era pequeña coleccionaba gemas y aprendí que, siempre, las piedras preciosas están rodeadas de suciedad.

–Ahora resulta que para ti soy como una piedra bonita que lucirá muy bien en tu colección.

–¡No digas tonterías! Sabes que no quiero decir eso.

–Lo sé, es coña. Ahora en serio... Hablas demasiado bien de mí y no me conoces. Esta situación es complicada... No sé si llegaré a cumplir tus expectativas.

–¡¿Qué me dices?! ¿La tienes pequeña?

–No hablo de eso, Lidia.

–Lo sé. Ahora soy yo quien bromea. Álex, mis expectativas contigo ya se han cumplido. Son las de disfrutar el día a día contigo y, de momento, lo estoy haciendo. Además, estamos hablando de nuestro afecto como si fuera un contrato laboral y no me gusta.

–Tienes razón. Decididamente tengo que dejar la medicación. Doy demasiadas vueltas a las cosas y he perdido la iniciativa y la espontaneidad.

–Sí. Yo misma le pediré al médico que te retire la medicación. ¡Te quiero para mí con toda la iniciativa y espontaneidad del mundo!

Me dedicó una mirada llena de intención mientras yo intentaba contener mi sonrisa y decía que no con la cabeza.

–¡Eres una chica imposible! No tienes remedio.

Después de veinte minutos de carretera llegamos a Mollet, donde ella vivía. Era una ciudad en el interior. No tenía el encanto que tienen los pueblos costeros, pero tampoco se podía decir que fuera una ciudad fea. Como todas las ciudades que habían crecido rápidamente por diferentes oleadas de inmigrantes, en un tiempo en que las industrias de la zona estaban en plena expansión, tenía dos zonas bien diferentes. Una era el casco antiguo y centro de la ciudad, donde quedaban algunos rincones entrañables y construcciones pensadas como viviendas de las familias acomodadas de épocas pasadas. Estas eran construcciones de grandes dimensiones, adornadas para mostrar ciertas pretensiones artísticas y de suntuosidad, que evocaban el esplendor de aquellos tiempos pasados. Por otra parte, estaban las zonas por donde la ciudad había crecido, los barrios periféricos que mostraban un talante más práctico, austero y moderno en sus construcciones, reflejo de la necesidad de expansión rápida y económica de la ciudad en diferentes momentos. Lidia vivía en una de estas zonas, en un edificio antiguo de los años sesenta o setenta. Su vivienda era un modestísimo ático de alquiler de pequeñas dimensiones y tres únicas estancias: la cocina, el baño y el salón-comedor-estudio-dormitorio que ella se había amueblado. Los marcos de las ventanas eran de madera y no encajaban bien. El frío se colaba por todas partes y, como única fuente de calor, había una vieja estufa catalítica de gas butano sobre las baldosas grises y desgastadas de la estancia principal. La estancia estaba amueblada con una pequeña mesita cuadrada y pintada de un tono lila. Esta mesa estaba arrinconada contra la pared junto a la entrada del habitáculo. Encaradas a ella, dos únicas sillas del mismo color completaban el conjunto. Otra mesa alargada estaba situada en la pared del frente. En realidad, era una placa de conglomerado apoyada sobre dos caballetes, ante el amplio ventanal con postigos de madera que daba a un pequeño balcón de reja forjada, lleno a rebosar de plantas por todas partes. Aquella mesa estaba llena de libros. Sobre ella también había una torre llena de CDs, un portátil, un flexo negro y un pequeño equipo de música. Pegado a la pared lateral había un futón de color negro, un tanto desaliñado, que servía de sofá y de cama. Estaba lleno de cojines multicolores y de diferentes tamaños. A sus pies había dispuesto una pequeña alfombra de fibras vegetales. Sobre el futón colgaba una cascada de luces de Navidad de color azul. De día eran un elemento decorativo y, por la noche, daban al entorno una iluminación intimista. Entre la puerta de la cocina y la pared del balcón, un gran armario de estructura metálica y tela, similar a los que se utilizan en los campings, estaba con las cremalleras abiertas y lleno a rebosar de perchas apretadas con todo tipo de prendas de vestir y compartimentos repletos de ropa mal colocada. Por aquí y por allá colgaban fulares, bufandas y sombreros como si fueran elementos decorativos. En uno de los compartimentos más bajos del armario, sobre un cojín redondo, descansaba la gatita de manchas blancas y negras y ojos enormes que le hacía compañía. La gatita, al vernos, se acercó a Lidia y se restregó contra sus piernas con la cola levantada, mientras me miraba con cara de curiosidad.

–Esta es mi compañera de piso, Miel.

–La imaginaba algo más alta y sin tanto pelo. Seguramente porque me dijiste que erais grandes amigas y compartíais el armario y el sofá.

–Bueno, ya ves que no te engañé. También te dije que le gusta salir de noche y que es muy dormilona.

Miel se acercó para olerme y luego se frotó una única vez en mis pantalones mojados para dirigirse directamente a su cojín del armario. Allí se lamió el costado y se enroscó para dormir. Lidia aprovechó el momento para encender la catalítica y calentar el habitáculo.

Aquel pisito necesitaba reformas urgentes. Sin embargo, ella se había esforzado mucho para convertirlo en un lugar acogedor y confortable. Las paredes estaban pintadas de colores diferentes, llamativos y alegres, que iban entre las tonalidades amarillas y naranjas. Las puertas y los marcos de las ventanas estaban pintados de los colores complementarios y variaban entre tonalidades de violetas y verdes. Todo ello daba un aire luminoso y vital al entorno. El ventanal también estaba adornado con una tela de grandes estampados chillones que hacía de cortina.

En la pequeña cocina, las paredes de baldosas de color crema topaban en su parte superior con el techo de un tono violeta. No había armarios y los pocos utensilios de cocina cabían en un barreño de plástico rojo, viejo y descolorido. Un mármol gris y despuntado surcaba en parte una de las paredes a media altura y, por uno de sus extremos, topaba con una pequeña cocina de tres fogones. Por el otro costado llegaba hasta el fregadero de piedra, que estaba situado justo debajo de una ventana de doble puerta. El marco de esta ventana estaba pintado de color lila y en su parte baja rezumaba humedad y podredumbre. Al otro lado del fregadero, el mármol original que debía llegar hasta la otra pared había desaparecido y en los azulejos quedaba la marca de su engaste. Un frigorífico no muy grande y de una sola puerta aparecía desterrado y solitario en ese rincón de la estancia.

El baño era pequeño, con un lavabo, una bañera y un inodoro. Blancos y desfasados, al igual que las baldosas. La luz natural se filtraba a través de una ventana. La cortina de baño daba vida y morbo a la blancura virginal de aquella estancia. Era de plástico transparente y en ella estaban representadas todas las posturas del Kamasutra en diferentes colores. ¿Cómo habría conseguido una cortina como aquella? Me quedé mirando la cortina con cara de curiosidad y, al darse cuenta, Lidia contestó divertida la pregunta que me estaba haciendo mentalmente.

–La encontré navegando por Internet. Me gustó enseguida.

–¿Por qué?

–Tiene una doble funcionalidad. Por una parte, es muy práctica e impide que lo mojes todo cuando te duchas, pero también es una descarada invitación a mojar de otra manera. Además, no sirve para esconderse tras ella.

Imaginando a qué se refería, se me escapó una sonrisa.

–¡Son razones de peso!

–Son las razones de una persona práctica y directa.

–Ya veo. Pero antes me has dicho que eres una sentimental. ¿En qué quedamos?

–Soy una sentimental, práctica y directa.

–Es una buena mezcla.

–Bueno, voy a preparar el baño con agua caliente. Ves tú primero.

Dicho esto, volteó el grifo de la bañera, que comenzó a humear, desprendiendo chorros de vapor y agua caliente.

–No es necesario, puedo esperar.

–¡Estás empapado! Mientras te bañas, pondré tu ropa a secar.

–De acuerdo. No tardaré mucho.

Entré en el baño para desprenderme de la ropa y, abriendo un poco la puerta, la dejé caer en el suelo del comedor. Me recogí las rastas (que de nuevo formaban parte de mi look) en un moño desaliñado y, abriendo un poco la cortina de plástico «explícito», entré en la bañera para volver a cerrarla detrás de mí. La bañera era demasiado pequeña y tuve que sentarme encogido, con las piernas dobladas y la espalda contra la fría pared, rodeado de las imágenes multicolores de aquella cortina. Cuando menos, resultaba una experiencia curiosa. El agua caliente me templó e hizo que la experiencia resultara incluso confortable. Me dejé llevar por el sopor del ambiente cálido y húmedo y cerré los ojos. Pasados unos momentos, oí que la puerta se abría y se volvía a cerrar, propiciando que se colara una corriente de aire frío por la rendija de la cortina. Al abrir los ojos, la vi a ella desdibujada a través de las formas multicolores de la cortina. Vestía un albornoz de color chocolate que se quitó delante de mí. Abrí la cortina para contemplarla boquiabierto. Su cuerpo era demasiado delgado, pero estaba bien musculado y formado por pequeñas curvas bien proporcionadas. Su piel blanca estaba llena de luz y parecía, toda ella, etérea y translúcida. Era como si su alma transpirara a través de la piel, como en las figuras del Greco. Lucía un pequeño tatuaje sobre el pecho derecho, un mandala de líneas geométricas y concéntricas, cuidadosamente dibujado.

No parecía avergonzada de mostrarse desnuda ante mí, todo lo contrario. Le dio a este hecho un aire de cotidianidad que le quitaba importancia, a pesar de ser la primera vez entre nosotros. Separando la cortina, se sentó con cuidado al borde de la bañera para introducir las piernas. Seguidamente se sentó dentro, apoyando su espalda contra mi pecho. No dijo nada. Solo se puso en remojo conmigo. Con su cabeza buscó mi brazo y la dejó allí apoyada, con los ojos cerrados. Nunca hubiera imaginado que ambos cabíamos dentro de aquella bañera tan reducida, pero de aquella manera tan sencilla ella me demostró que sí. Debo confesar que, a partir de aquel momento, la experiencia se tornó aún más agradable.

–Lidia, ¿Qué...

–¡Shhhhhhhhhhhhh!

Me hizo callar. Sus manos buscaron las mías y, cuando las encontró, las cogió para llevarlas sobre sus pechos y las dejó allí. Estuvimos así un buen rato, sin movernos, relajados y disfrutando del momento. Después, ella empezó a besarme el hombro, el brazo... Con una lenta rotación de su cabeza, topó con mi cara y también la llenó de besos. Con sus labios buscó mi boca y jugó con ella, mientras yo empecé a acariciarle suavemente los pechos. Reseguí con la yema de los dedos el tatuaje del mandala sobre su pecho.

–Es bonito, pero… ¿tiene algún significado?

–Simboliza mi compromiso con la vida.

–Entonces es ¡precioso!

Su piel resbalaba bajo mis dedos por el agua jabonosa. Sus pechos pequeños se escabullían traviesos, si intentaba apretarlos. Jugué con sus piercings. Con un inesperado y ágil movimiento, se giró para ponerse de frente a mí. Sus manos me acariciaron por primera vez y una corriente eléctrica me agitó de arriba abajo. Detuvo la mano izquierda en mi cicatriz para reseguirla, haciéndome cosquillas con los dedos.

–¿De qué es esta cicatriz?

–Me operaron de apendicitis cuando era adolescente.

Empezó a juguetear pasando la lengua por mis pezones. Se avivó el deseo entre nosotros y empezamos a frotar nuestros cuerpos, que se deslizaban entre sí como los de dos peces. Aquella sensación resbaladiza de cuerpos enjabonados encendió aún más nuestra pasión. Empezamos a movernos, no sé muy bien cómo, dentro de aquel espacio tan reducido. Finalmente, nuestros movimientos eran tan agitados y apasionados que tuvimos que salir de la bañera y, dejando un rastro de agua y jabón, llegamos a la alfombra de la habitación principal. Nos tumbamos frente a la catalítica, tirando al suelo la silla con la ropa mojada. No sé de dónde sacó ella el preservativo con el que me enfundó hábilmente. Y allí nos deslizamos el uno encima del otro, acompasando nuestros ritmos hasta que fuimos uno solo. Y compartiendo nuestros cuerpos, nuestras sensaciones y nuestros sentimientos, llegamos al estallido íntimo del placer absoluto.

Habían pasado más de tres años de mi primera y única vez, y tengo que reconocer que la experiencia me removió profundamente. Todos los años de soledad y de espera infructuosa perdieron importancia. Los recuerdos de Ona los desterré en un rincón de mi corazón, guardados con llave para que no pudieran hacerme daño, ya que era incapaz de olvidarla. Empecé a querer a Lidia como nunca hubiera imaginado que podía amar a otra persona. Mi amor hacia ella no tenía nada que ver con el que había sentido por Ona. Era una estima vivida con tranquilidad y sosiego. Comportaba un aire de cotidianidad que nunca había tenido con Ona. Con ella siempre había sido una relación muy especial y difícil. Lidia hacía que todo fuera más natural y simple. No se complicaba la vida y no la complicaba a los demás. Al contrario, siempre intentaba ayudar. Sus intereses y los míos, aunque no eran exactamente los mismos, se parecían mucho. Ella quería hacer teatro y estaba abocada al trabajo con los presos para conseguir su reinserción social. Yo estaba decidido a salvaguardar la vida de los animales y el medioambiente. Ambos queríamos un mundo mejor y con más oportunidades para todos.

Sí. Todo empezó a funcionar correctamente de forma espontánea. Como si fuera normal y hubiera sido así siempre. Después de estar muchos meses desorientado, Lidia me llevó de la mano hacia una vida alegre y sin complicaciones, iluminada por su amor sin condiciones. ¡Nunca nadie me había dado tanto!

Jueves, 28 de enero del 2010

Hace casi dos meses que le escribí de nuevo a Ona y sigue sin contestarme. Aunque la echo de menos, he empezado algo con Lidia. Estoy hecho un lío. No engaño a ninguna de las dos y, sin embargo, siento que lo hago. No esperaba sentir lo que siento por Lidia. Después de todo lo que he pasado, la paz con la que llena mi vida me reconforta. Encajamos muy bien y siento una fuerte atracciόn por ella. Lidia podría ser el amor de mi vida y, aun así, me falta algo. ¿Por qué no es suficiente? Solo tengo claro que no quiero hacerle daño.

Me niego a contar los días como un condenado. Estar con Lidia no es una condena. Empiezo a pensar que el lugar que Ona tiene en mi corazόn es como un quiste que nunca debiό estar ahí y no permite que nadie más ocupe ese lugar. ¡Maldita sea!

Una visita y una carta

Después del descalabro que sufrí con el encarcelamiento de papá, a la espera de la retahíla de juicios que le seguirían y del colapso al percatarme de que mi mundo se iba al carajo, me hundí. El panorama que se dibujó ante mí era decepcionante y triste. Mamá se puso en contacto conmigo desde el primer día y vino rápidamente para estar a mi lado. Se instaló en un hotel cercano a la tienda, ya que el habitáculo de arriba resultaba muy pequeño para nosotras dos y los tres perros. Me ayudó a buscar los abogados y asesores financieros que necesité para defenderme de las acusaciones y poner los negocios de mi padre en orden y al día. Robredo se interesó en comprobar que los consejos legales de mis abogados fueran los más adecuados, sin aceptar ninguna compensación económica por ello.

Los abogados me dejaron claro que quedaría arruinada económicamente. Mi contable me recomendó vender la casa y solo me quedé el local de la tienda. En cuanto al negocio inmobiliario, se hundía entre la mala reputación de su propietario y los reajustes económicos a causa de la crisis. Además, muchas personas hicieron evidente su desagrado hacia mí y mi familia. Lo peor era que mi padre no quería verme. Los únicos que se mantuvieron próximos a mí fueron mi madre y Robredo.

Fue por entonces, en medio de todo este proceso, que Mar vino a verme. Me extrañó mucho porque, desde el encarcelamiento de Álex, me mostró claramente que no quería saber nada de mí por considerarme la culpable de su situación. Quizá había cambiado de opinión después de que le hiciera llegar la carta con las pruebas que incriminaban a mi padre para que ella y Robredo pudieran ayudar a Álex. Pero habían pasado algunos meses desde entonces y nunca me había vuelto a hablar. Así que, cuando la vi en el portal de casa, me temí lo peor.

–¡Mar! ¡¿Qué le ha pasado a Álex?!

–¡Vaya! ¿Ahora te preocupas por él?

–Ya sabes que me preocupo. Fui yo quien aportó las pruebas para sacarlo de la cárcel a costa de perderlo todo.

Dentro, los perros no dejaban de ladrar y los recuerdos me dolían demasiado. Quise cerrarle la puerta en las narices, pero ella puso el pie para impedirlo.

–Tienes razón, disculpa.

–¿Qué quieres, Mar?

–Álex me ha hecho llegar esta carta para ti. Me pidió que te la entregara.

Me mostró un pequeño sobre para que lo cogiera. No lo hice.

–Un momento, voy a guardar a los perros. Entra.

Nos sentamos las dos, una en cada extremo del sofá. Esperé a que hablara. Se la veía bastante molesta.

–Podías habérmela enviado.

–No. Quería asegurarme de que la recibías. Él necesita una contestación. ¡Sigue esperando que le digas algo! No lo entiendo. Ahora está bien. Ha rehecho su vida y está saliendo con Lidia, una chica que conoció estando en la cárcel.

–Me alegro por él.

–Te dejo aquí la nota. ¡Contéstale! Y, sobre todo, no le vuelvas a hacer daño.

Depositó la nota sobre el sofá, se levantó y se dirigió a la puerta sin despedirse. Antes de que saliera, le hablé.

–Yo estoy bien. Te lo digo por si él te pregunta. También quiero que sepas que no le voy a contestar.

–¿Por qué no?

–Tú misma me has pedido que no le haga daño. Si le contesto será peor.

–Es posible.

–Dile que no quiero saber nada de él. Que se olvide de mí.

–¡Eres tú quien tiene que decírselo! ¡A ver si así abre los ojos!

Mar se fue sin decir nada más. Dejó parte de sus malas vibraciones en el ambiente y empecé a sentirme furiosa. Le había dicho que no quería saber nada de él, pero en realidad lo añoraba. Y saber que Álex había rehecho su vida con otra chica no me sentó bien. ¿Por qué me volvió a escribir? ¿Qué quería? ¿Mi bendición? Estaba rebotada. No quise abrir la carta. Pero tampoco quería tirarla. Abrí el cajón de la cómoda y busqué la caja de madera donde conservaba, como si fuera un tesoro, la nota escrita por él cuando quedó en libertad. Recordaba cada palabra escrita en ella y su caligrafía en azul, inclinada y enérgica.

Todos me dicen que necesitas tiempo. Para mí es muy duro, porque te he estado esperando durante todos estos años. Lo seguiré haciendo si es lo que quieres, pero necesito que me lo digas. Necesito saber si tú quieres que te espere.

No importa lo que ha pasado, sino lo que sentimos, y yo siento que quiero estar contigo. ¡Vuelve conmigo, Ona!

Álex.

Después de todo el daño que le había hecho, ¿por qué me iba a esperar? Cuando escribió esta nota, todo era muy reciente y estaría hecho un lío. Pero ahora, con el tiempo… Él querrá olvidarme y yo debería alejarme de él. No podía ser de otra manera. ¡No debía ser de otra manera! En ese momento, estuve tentada de romper las dos cartas para despedirme de una vez de Álex. Pero me había despedido ya de tanto. No soportaba la idea de despedirme de él. Aún no. Puse la carta sin abrir, junto a la nota en el interior de la caja, y la guardé en el cajón.

–No hace falta que sea ahora mismo. Pero tienes que ir haciéndote a la idea –me dije.

Pareja de tres

Al dejar la medicación de forma pautada, empecé a tomar decisiones. Cuando, en el mes de marzo, comenté en casa que me iba a vivir con Lidia y que continuaría mis estudios de Biología Marina, Anna y Jordi parecieron aliviados y contentos de que finalmente volviera a dar una dirección a mi vida. Sus padres también lo aceptaron bastante bien, visto que parecía que ya hacía tiempo que Lidia hacía y deshacía en su vida sin pedir consentimiento. Los estudios de Ciencias Medioambientales los dejé para más adelante, consciente de que tendría que trabajar en algo.

Un día Lidia me preguntó por qué vivía con mis tíos. Le dije que mi madre estaba ingresada en un sanatorio desde que yo era muy pequeño por una enfermedad mental y que mi padre murió cuando yo era un adolescente. La llevé a conocer a mi madre, que salió de su mundo y la contempló mirándola con fijación a los ojos. Después le acarició la mano y sus labios quisieron dibujar una sonrisa que se quedó a medio camino, perdida entre la conciencia y la ausencia.

Empezamos a vivir juntos. Hablábamos mucho, de nuestras familias, de los hechos que habían marcado nuestras vidas, de nuestras motivaciones, las frustraciones, los sueños... Ella me habló de sus anteriores relaciones; del porqué de aquel pequeño tatuaje que para ella era símbolo de armonía, equilibrio y una especie de enlace entre el mundo externo y su mundo interior. Me habló de sus orígenes italianos y los entrañables recuerdos de la infancia vividos cuando iba a visitar a su familia materna en la isla de Cerdeña. También me habló de la trágica muerte de su hermano Marco, por una sobredosis de heroína hacía cuatro años. Lo echaba mucho de menos. De pequeña estaban muy unidos y lo admiraba. No entendía cómo se dejó arrastrar por la droga y cómo no se había dado cuenta de lo que pasaba. Le hablé de mi experiencia con los estupefacientes y de cómo me había marcado. También le hablé de mi adolescencia cuando conocí a Ona y de mi reencuentro con ella en la isla. Le hablé de todo el lío que me llevó a la cárcel y de cómo me sentía.

–Y ahora, ¿cómo te sientes?

–Un fraude.

–¡Pues vaya!

–No es por ti. Es por mí.

–No, es por Ona.

–Soy yo, que no puedo olvidarla.

–¿Y qué sientes por mí?

–Lo que siento por ti es diferente, pero también muy profundo.

–¿Es amor o solo es agradecimiento?

Me quedé pensando unos segundos antes de contestar.

–Es amor.

–No lo tienes muy claro, has dudado un momento.

–Nunca me había planteado que pudiera ser agradecimiento. Me he quedado parado y me lo he preguntado. Es verdad que lo que has hecho por mí es mucho, pero no es solo gratitud. Siento que eres mi compañera de viaje. Al menos en este tramo de mi vida.

–Entonces, ¿ese amor que sientes por mí es compañerismo?

Empecé a sentirme molesto. No con ella y sus preguntas, sino porque me di cuenta de que no podía darle la respuesta que ella ansiaba.

–Lidia. Siento un amor muy profundo por ti. Pero es diferente a lo que sentía con Ona. No quiero engañarte y, sobre todo, no quiero herirte. Sé que esperas algo más de mí y por eso me siento un fraude.

Me quedé cabizbajo. Ella quiso aligerar mi pesar.

–Sabes, aún estamos empezando. Lo tuyo con Ona fue muy intenso y es normal que aún pienses en ella. Confío en que mi amor por ti y mis armas secretas te la hagan olvidar.

–¿Armas secretas? ¿No me has enseñado ya toda tu artillería?

–Solo acabo de empezar.

–Suena amenazador, pero creo que me arriesgaré.

Agradecí que no me hiciera más preguntas sobre Ona. Al menos aquellas de las que ni yo conocía la respuesta. Mis sentimientos seguían siendo un lío. Escribí mucho en mi diario para intentar entenderme. Pero a veces también lo utilizaba para hablar de alguna manera con Ona.

Martes, 22 de marzo del 2010