Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
¿Por qué algunas personas tienen la vida de sus sueños y otras se quedan esperando algo que nunca llega? ¿Qué es lo que ellas saben que otros desconocen? ¿Existe una fórmula para lograrlo todo? Millie Gianella Bourdieu, especialista en neurociencia aplicada al desarrollo personal y profesional, y autora del exitoso libro Hackea tu mente, revela el poderoso método que usa para modificar el diálogo interno de sus consultantes, trabajar sus subconscientes y transformar sus vidas para siempre. Tienes en tus manos un sistema eficaz para romper las barreras de tu pensamiento y expandir tu potencial. ¿Qué esperas para desafiar tus límites y recibir lo que realmente deseas?
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 215
Veröffentlichungsjahr: 2024
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
www.editorialelateneo.com.ar
/editorialelateneo
@editorialelateneo
A quienes me acompañan en la vida, mi pilar fundamental para seguir mis sueños, mis proyectos y mi trabajo.
Desde que somos tan solo un óvulo o un espermatozoide, desde que éramos posibilidad, ya éramos solo naturaleza. Es la naturaleza la que permite la fecundación. Incluso si la ciencia acompaña o ayuda, es la naturaleza la que hace funcionar el proceso, o no.
Desde allí, el crecimiento en la panza, el trabajo de parto, el nacimiento. Amamantar, comer, dormir, soñar, expandir los sentidos, duplicar células en el crecimiento, desarrollarnos. Todo, pero todo, responde a la naturaleza. La ciencia intenta suplir una y otra vez ese rol, pero lo cierto es que somos seres naturales de principio a fin.
Si nos tomamos el trabajo de observar el aire, cómo está compuesto, cómo sirve de alimento para todo ser vivo, cómo se diferencia la atmósfera del espacio exterior; si frenamos a observar el planeta, sus movimientos, su flora, su fauna; el desenvolvimiento de la vida en los ciclos del año o el correr de los días; si nos tomamos el trabajo de sentarnos al lado de un perro y hacerle caricias, mirarlo a los ojos; si hacemos algo de todo esto, seremos capaces de observar cuán perfecta es la naturaleza, cuán increíblemente inteligente es y cuán bien pensada está. ¿Y seríamos capaces de reconocer en nosotros ese nivel de perfección?
Tenemos este falso sentido de humildad que hace que repitamos casi como un mantra que somos imperfectos, pero esto es un arma de doble filo. Es verdad que aceptar una imperfección nos abre la cabeza para equivocarnos y aprender de eso sin martirizarnos. Y menos mal que es así, porque, si no, no haríamos nada por temor a equivocarnos, y, en consecuencia, no viviríamos. Pero, desgraciadamente, es más común pensar que somos imperfectos en nuestro diseño, capacidades y posibilidades. Y esto es un error, allí no radica nuestra imperfección. Nuestra imperfección radica en nuestro permiso interno para intentar y errar a fin de intentar la cantidad de veces que sean necesarias para lograr aquello que tenemos para dar. Buscar nuestra imperfección en otro lado nos anula.
Somos una enorme masa de moléculas. Sí, eso mismo que leíste. Si los cuerpos están formados por moléculas, los objetos están formados por moléculas, el aire está formado por moléculas, entonces, somos una enorme masa de moléculas. El vacío, en sí, al menos en este mundo, no existe. Cada persona es parte de una humanidad, ¿cierto?
Y vayamos a lo que compone una molécula: los átomos. El átomo tiene un núcleo donde están los protones y neutrones (cargas de mayor masa molecular) y una nube de electrones que lo rodea. Siendo que la masa de los electrones es más de mil veces menor que la de los protones y neutrones, se considera que la masa de un átomo está en su núcleo.
“Cuando dos personas se juntan, una persona se ajustará a la energía de la otra persona”, Bruce Lipton.
Ahora bien, ¿cuántas veces has escuchado que nuestro ser habita en nuestro cuerpo? Resulta que no son dos cosas distintas y divisibles, al menos en el mundo conocido, pero ¿qué pasa si el cuerpo es el núcleo de nuestro ser? ¿Alguna vez reparaste en la similitud entre un átomo y el ser humano con su campo electromagnético?
Empecemos por el principio. El ser humano funciona como un cable por el cual circula corriente. Literalmente, hay flujo de cargas en nuestro cuerpo. Piénsalo de esta manera: nuestro cuerpo está hecho de órganos, que, a su vez, están formados por tejidos, que, a su vez, están hechos de moléculas y estas, de átomos. Una molécula en equilibrio no tiene carga, pero con el normal funcionamiento del cuerpo, que usa y consume compuestos químicos, esos compuestos son átomos de estas moléculas. Básicamente, se “rompe” la molécula en equilibrio, quedando, así, con una carga en exceso que puede ser positiva o negativa. A esto se lo llama “radical libre”.
Cuando el médico nos dice que tomemos vitamina C porque es antioxidante, nos está diciendo que esa vitamina C reacciona con algunas de las cargas en exceso en nuestro cuerpo y “se las lleva”. ¿Por qué esto es importante? Porque, si no, estas cargas en exceso quedan dando vueltas por el cuerpo y, haciendo corta la historia larga, comienzan con su carga a atraer a otras opuestas, generando tensión en moléculas que estaban en equilibrio. Esto puede llevar a romper otra molécula y deformar la célula. Y una célula defectuosa es el origen de una enfermedad.
Como ves, en nuestro cuerpo hay mucha química y física. Relaté en Hackea tu mente que, en el cerebro, cuando pensamos, se genera una descarga eléctrica que permite que el sistema nervioso envíe la información a todo el cuerpo. Otra vez, somos energía y funcionamos como tal.
Por eso, por ejemplo, es fundamental estar mineralizados, ya que los minerales son conductores de energía y cumplen un rol esencial en cada proceso biológico. Dado que somos una condensación de energía, nuestro nivel de conductividad es muy importante para el equilibrio en el cuerpo. El agua de mar, que sabemos que es altamente conductora por su concentración de minerales, tiene la misma combinación de estos que la sangre humana. Por eso, el agua se debe tomar mineralizada para una correcta hidratación.
Y si el sistema nervioso es un flujo de electricidad, la sangre es flujo de materiales conductores y en nuestro cuerpo constantemente se desprenden radicales libres, ¿se entiende por qué la analogía con un cable? Los cables por los que circula corriente generan un campo electromagnético como resultado del flujo de electrones. Lo mismo sucede en el cuerpo humano, formándose un campo electromagnético. Lo interesante de todo esto es que el campo electromagnético del átomo es muy similar al del ser humano, ubicando en el mismo lugar “la masa”, lo que corresponde a una concentración tan alta de energía que podemos llamarlo “materia”.
Aquí te presento a ambas figuras.
Notarás que la masa está en el medio y todo el radio del campo eléctrico, a su alrededor. Incluso, el campo electromagnético de la Tierra tiene un formato similar.
“Como es adentro es afuera” es una expresión que tiene más sentido del que pensábamos. Somos átomos de una humanidad, nuestro campo electromagnético es parte de nuestro ser y, por eso, nos sentimos invadidos cuando alguien entra “sin permiso”. Todos hemos tenido la sensación incómoda de que alguien está demasiado cerca. Incluso podemos decir “está invadiendo mi espacio personal”. ¿Y por qué lo nombramos así? Porque es literalmente parte de nuestro ser, así como los electrones son parte del átomo.
“Lo que la física cuántica nos enseña es que todo lo que pensábamos que era físico no es físico”, Bruce Lipton.
Como verás, tenemos un mundo inmenso dentro de nosotros, que está milimétricamente pensado de una forma perfecta. Somos como cables, nos cargamos por el sol y el contacto directo con la naturaleza, lo que consumimos nos brinda energía, en nuestra forma natural de vivir está pensada la carga y la liberación natural del exceso de radicales libres para volver al equilibrio.
Pero lo que más me llama la atención de todo esto es que cuanto más aprendemos, si bien nos impacta la perfección de todo, no nos sorprende que sea perfecto. Sin embargo, cuando hacemos referencia a nosotros mismos, constantemente escucho “no me gusta como soy”, “los sueños son solo sueños”, “el ego es el enemigo y todos tenemos uno”, entre otras tantas afirmaciones negativas acerca de quiénes y cómo somos. Parece como si pudiéramos aceptar y admirar la perfección en la naturaleza, pero nos sintiéramos fuera de ella por algún motivo. Me gustaría empezar a descubrir juntos que quizás no sea tan así.
En mi libro anterior, hablé del error que cometemos al creer que la memoria es tan solo un reservorio de información y que debería ser confiable como verdad absoluta. Esto lo descubrimos gracias a abrirnos a la posibilidad de entender que quizás no era imperfecta, sino que aún no la habíamos comprendido realmente. Y por haberlo pensado de esta forma, pudimos encontrar en la memoria la mejor herramienta para transformar nuestro futuro sin esfuerzo ni sufrimiento. Gracias a esa técnica, podemos soltar emociones, perdonar, liberar traumas, crear un futuro distinto del pasado que hemos vivido, entre otras tantas cosas.
En este libro quiero presentarte la oportunidad de cuestionar otros conceptos que juzgamos negativamente, para tratar de encontrar una razón de ser para que existan y cómo usar esa herramienta a nuestro favor. Indagaremos en varios conceptos y opiniones formadas que nos complican el libre desarrollo y crecimiento de quienes queremos ser, encontrando una nueva forma de pensar que nos aporte una solución sana y eficiente para aquello que nos impide avanzar. Buscaremos crear lo que nos llevará adonde queremos llegar.
“La verdadera magia en la vida sucede cuando te abres a nuevas posibilidades”, Joe Dispenza.
Todo esto lo viviremos desde mi experiencia real, experiencias de gente con la que he trabajado desde el coaching de forma personalizada y ejemplos, para que los conceptos y la forma de trabajarlos quede más clara. También verás que te propondré ejercicios o actividades para que comiences a implementar esto en tu vida, internalizando el contenido, así que deberías tener lápiz o lapicera a mano. Aunque tal vez lo más importante sea empezar a leer este libro con una mente abierta, una que te permita volver a aprender a pensarte.
Cada vez que nos detenemos a mirar la naturaleza, nos sorprendemos de lo milimétricamente calculada y bien pensada que está. Observamos sus procesos y ciclos, y entendemos que, desde el principio, todo tiene una razón de ser. Incluso los cadáveres hacen fértil la tierra para que la vida siga adelante. ¿Y cuántas veces has oído hablar de esa “inteligencia superior” que la creó?
Si bien podemos entender muchas cosas de la naturaleza, hoy la humanidad se encuentra buscando una tecnología avanzada, que le permita vivir más tiempo y en mejores condiciones, a fin de morir “joven” lo más tarde posible. Sí, estoy hablando del biohacking. Una disciplina que, si nos ponemos a analizar, no es más que tecnología que imita el efecto de la naturaleza en nosotros. Es casi gracioso que estemos en un punto en el que las personas gastan miles y miles de dólares para alcanzar los beneficios que podemos obtener del simple contacto con el verde.
Estamos creando lámparas que generan en el cuerpo el mismo efecto que exponernos a la luz del atardecer, filtros de aire que eliminan las impurezas que los autos y fábricas liberan, sábanas y zapatos que nos permiten hacer la descarga a tierra natural tal y como lo haríamos con nuestros pies si pisáramos descalzos cualquier base conductora. Consumimos suplementos dietarios que reemplazan los nutrientes que se pierden en nuestros alimentos como producto del agotamiento del suelo por la forma en que lo explotamos y los pesticidas y fertilizantes artificiales que le ponemos. Básicamente, estamos invirtiendo nuestro conocimiento en perseguir aquello que no hace tanto teníamos disponible. Y así, cuanto más avanzamos y más entendemos, más buscamos volver a la naturaleza. Somos seres naturales y nuestra salud, abundancia, prosperidad y evolución deben ir de la mano de esta.
Como comentamos anteriormente, somos una enorme masa de moléculas. Y aunque vemos algunas masas, no logramos ver todas. Por ejemplo, no vemos la masa traslúcida del aire. El ojo humano solo percibe un rango limitado de longitudes de onda, que constituye nuestro espectro visible. Lo mismo sucede con el rango de frecuencias que somos capaces de oír. Sin embargo, sabemos que allí están las masas que no vemos y los sonidos que no escuchamos.
¿Es que estamos deficientemente hechos? No. Si pensáramos en la posibilidad de ver todo, lo único que podríamos ver literalmente sería el aire, dado que estas moléculas están pegadas a aquellas que componen el ojo. Pero si las viéramos, ya no podríamos ver lo que hay del otro lado y nos convertiríamos en ciegos. La capacidad de visión sería un completo desperdicio. Estamos tan bien diseñados biológicamente que no podemos ver lo que no necesitamos para poder percibir la vida como lo hacemos.
Vivimos sumergidos en una cultura que suele atacar lo que aparenta no funcionar en lugar de intentar entender por qué no sabemos hacerlo funcionar.Este es uno de los primeros inconvenientes de lo que nos enseñan en el colegio, un lugar donde pareciera que todo se sabe y donde para todo hay una respuesta. Pero en el proceso creativo, cuanto más genial sea la idea, probablemente más tiempo lleve desarrollarla. Y cuando digo esto, puedo estar hablando de años, incluso de toda una vida. ¿Qué es lo que concluye el proceso creativo? La opinión y el juicio, con frases tales como “ya está”, “no se puede”, “no sirve”, “quedó muy bien”. Estas opiniones le dicen al subconsciente que el proceso está concluido y que no se debe trabajar más en esa idea. Cuando el proceso creativo está naciendo, la crítica —aunque constructiva— pone fin a ese proceso y la idea queda en tan solo eso. Veremos más adelante lo terriblemente nocivo que es esto y cuán simple es modificarlo, a fin de mantenernos en un modo creativo y poder seguir desarrollando nuestras capacidades innatas.
Solemos observar la naturaleza y entenderla perfecta, y lo mismo sucede cuando vemos a un bebé. Somos capaces de observarlo y pensar que es perfecto, pero, al poco tiempo, comenzamos a intentar “moldearlo” y “enseñarle” para que viva en sociedad. No sabemos hacerlo de otra manera, estamos producidos en masa y seguimos ese molde sin darnos cuenta. Aún somos esclavos, aunque fantaseamos con elegir libremente. Y la verdad es que podemos cuestionar casi todo en nuestra forma de vida.
En la Argentina tenemos una virtud que deseo profundamente que nunca cambie: somos abrazadores profesionales. Está científicamente comprobado que ocho abrazos al día durante ocho segundos cada uno podrían llevar al ser humano a la mismísima evolución. No hay muchos países del mundo donde esto sea una costumbre, y la pandemia intentó quitárnosla, pero, por favor, no dejemos que eso pase. Tenemos un campo electromagnético que se potencia al centrarnos en el de otro ser humano, porque está físicamente comprobado que los campos electromagnéticos se suman.
A la vez, los humanos tenemos la mala costumbre de usar zapatos, algo que distorsiona la postura corporal y entorpece la regulación de la temperatura del cuerpo. Asimismo, en su desgaste diario, el cuerpo se satura con exceso de carga eléctrica y allí nacen los radicales libres (recuerda que somos cuerpos formados por tejidos, hechos de moléculas). Si hay un radical libre (un mol con carga), este comienza a generar tensión y puede llegar a romper una molécula que estaba en equilibrio, dando lugar a una célula defectuosa —origen de las enfermedades más graves—. Por eso, el cuerpo está naturalmente diseñado para nivelar ese exceso de carga tan solo caminando sobre el pasto. Por la planta de nuestros pies (o las palmas de las manos), al estar en contacto con tierra, arena, agua o cualquier material conductor natural, entran electrones que neutralizan el exceso de carga positiva, disminuyendo la tensión en el organismo.
Además, usamos anteojos de sol, lo que altera el impacto de la correcta recepción de la luz solar por los ojos, entorpeciendo procesos internos del organismo que tienen que ver con la producción y fijación de vitamina D, ritmos circadianos, etc. El sol es un antidepresivo natural y debemos vivir bajo él (lo cual no es lo mismo que tirarnos a asolearnos como lagartos).
Nuestro modo de vida, con aire acondicionado y calefacción, zapatos y ropa con nylon (que también entorpece el campo electromagnético), el consumo de alimentos tóxicos, habitar ambientes cerrados no naturales, el sedentarismo, la contaminación auditiva, la información que aumenta los niveles de cortisol por el exceso de miedo, angustia, tristeza: toda nuestra cultura apunta a una calidad de vida muy deteriorada.
No termino de entender por qué cuando observamos la naturaleza la entendemos perfecta hasta en los más mínimos detalles y, sin embargo, insistimos en alterar nuestra vida natural, haciéndola tóxica e imperfecta. Suena ridículo, pero así vivimos.
Propongo que cuando algo no esté funcionando bien, dejemos el pensamiento crítico de lado y nos permitamos observar y tratar de entender cómo funcionaría si no lo estuviéramos alterando. En Hackea tu mente mencioné que la memoria es perfecta tal y como es, entendiendo que su fin es crear el futuro y no, almacenar información. Lo mismo sucede con el cuerpo si lo entendemos como un átomo que necesita que los electrones fluyan en su campo electromagnético.
¿Alguna vez escuchaste la frase “la ignorancia mata”? Si el ser humano es un átomo, según la física cuántica su existencia la define el observador. Por lo tanto, esa frase urbana que tanto hemos oído tiene más sentido del que creíamos. Por supuesto que el observador somos nosotros mismos, pero en la humanidad cada uno de nosotros lo es y cada uno es capaz de dar evidencia de existencia a otros. Después de todo, somos seres sociales.
“Donde van tus pensamientos, va tu energía”, Tony Robbins.
Te lo explico con un ejemplo. Cuando manejamos un auto, solemos mirar hacia donde queremos ir. Lo hacemos de forma instintiva, y si tenemos que mirar a un punto donde no nos dirigimos, debemos mantener la concentración para conservar el rumbo. Cuando aprendemos a manejar, nos resulta difícil controlar la dirección del auto cuando debemos mirar hacia atrás o hacia los costados. Con la práctica, vamos mejorando, pero naturalmente tenemos la tendencia a dirigir nuestros movimientos hacia donde tenemos puesta la atención.
Lo mismo sucede con el cerebro. Cuando estamos pensando en algo, nuestro campo de visión acerca de ese tema se amplía. Si queremos aprender de cocina, nuestro inconsciente comienza a organizar la información disponible en nuestra mente al respecto y la trae al consciente, así como dirige nuestra atención a temas relacionados. Toda esa información ya estaba disponible, solo que ahora que nos parece relevante, la traemos a nuestro consciente.
Lo explayo con otro ejemplo. Imagina que nunca hiciste un puré de papas y quieres preparar uno. Puede que te encuentres recordando algún puré que estaba realmente increíble para tratar de replicar el secreto de aquella receta, independientemente de si cuando lo probaste habías intentado identificar cómo había sido preparado o no. Esto significa que la información almacenada en nuestra mente puede volver a ser traída al consciente con otro fin distinto al que se le dio lugar inicialmente en nuestra memoria, sin necesidad de modificar el recuerdo, sino ampliando la información del momento tal y como si estuviéramos viendo una imagen congelada de un video para analizarla. ¡Brillante!
Esto implica que, además, somos capaces de alterar las asociaciones que se habían generado originalmente con los recuerdos y modificarlas. Antes recordábamos aquel puré por la compañía que teníamos y ahora lo haremos al momento de cocinar. Tanto es así que, si te dedicas a la cocina o simplemente recuerdas en reiteradas oportunidades aquel plato, puedes hasta terminar confundiendo las personas con las que estabas comiendo ese día, que fueron tu referencia original para recordarlo, ya que el dato importante pasa a ser el puré en sí mismo.
Podemos modificar todo dentro de nuestra mente. Allí podemos hacer lo que deseemos sin ninguna restricción o filtro. Y allí radica nuestra verdadera posibilidad de libertad.Así, si alguien controla nuestra mente, podrá lograr que hagamos lo que desee, incluso pensando que lo hemos elegido nosotros mismos. Ese es precisamente el foco del neuromarketing, pero, por suerte, también podemos usarlo para nuestro beneficio personal. De hecho, esa fue su razón de ser originalmente: resolvernos la vida.
Somos libres de poner nuestra mente en donde deseamos e ir en esa dirección. Y también, tal y como cuando conducimos, somos capaces de aprender a simular que vamos en una dirección, cuando nuestra mente está mirando para otro lado y comenzando a crear una realidad distinta sin que nadie lo note. Somos capaces de ser libres incluso cuando aparentamos no serlo.
Cuando somos obedientes, podemos estar haciéndolo para que nadie se meta con nuestra mente, y, al mismo tiempo, estar construyendo un imperio allí dentro que nos garantizará la libertad futura. Somos capaces de tolerar una realidad que no es la que deseamos (por un período finito de tiempo sin enfermarnos), mientras en nuestra mente vivimos una realidad paralela, que nos permite mantenernos como la persona a quien le suceden las cosas que deseamos, aunque nuestra vida no lo refleje aún.
La primera y más conocida forma de coartar esa habilidad radica en enseñar que nuestra realidad es la que vemos con nuestros ojos y eso es lo que somos capaces de manifestar, pues “lo que hicimos ayer determinará lo que nos suceda mañana”. Eso no es real, porque es lo que pensamos hoy lo que determinará lo que nos sucederá mañana.
Hagamos un pequeño paréntesis para hablar de esto. Si lo que hicimos ayer determina lo que sucederá mañana, entonces, si ayer no comimos carne, mañana tampoco lo haremos. Y claramente esto no es así. Pero todos coincidimos en que lo que hicimos ayer determina en dónde estamos parados hoy. La situación final del pasado es la situación inicial del futuro, y a eso lo denominamos “presente”. Todo el resto son sucesos independientes.
Si ayer jugué al hockey y hoy quiero nadar, deberé aprender a hacerlo, dado que mi experiencia es en otro deporte. Pero ¿cómo es que somos capaces de hacer estos cambios si son realmente independientes de lo que hicimos? Es que lo que nos suceda mañana es la consecuencia de lo que pensamos hoy. Los más grandes escritores y filósofos en la materia coinciden en un punto: somos lo que pensamos.
Si hasta ayer era vegetariana y hoy pienso que quiero comer carne, basta con eso para modificarlo. Es claro y sencillo verlo de esta forma; sin embargo, cuando lo llevamos a lo que deseamos que suceda en nuestra vida, esta perspectiva se nos puede escapar. Si nuestro sueño es ser comediantes y estudiamos Derecho, pero pensamos en ser comediantes una y otra vez, aunque creamos que estamos condenados a ser abogados, en algún momento nuestra realidad colapsará por la falta de coherencia entre lo que pensamos y lo que decimos. Seremos abogados no muy buenos, e incluso puede que nuestra personalidad comience a tener tintes que inviten a que la gente nos pregunte por qué no hacemos un show de stand up. Cuando uno piensa mucho en algo, termina por convertirse en eso (y aplica a lo bueno y a lo malo). Nos convertimos en aquello que pensamos y por eso lo que nos sucederá mañana depende de lo que pensemos hoy.
¿Quieres una realidad distinta? ¿No sientes que eres tú mismo? Cambia tu forma de pensar, deja que dirija libremente tu forma de actuar y verás cómo la vida se “acomoda” a eso.
Otra forma de coartar la libertad de las personas es hacerles creer que, si no pueden lograr algo simple, menos aún podrán hacer algo difícil. En verdad, el principal motivo por el que no podemos lograr algo simple es porque la dopamina que nos espera al final del viaje no vale la energía invertida, por lo que el cerebro ni se esfuerza en lograrlo. Si quieres lograr un objetivo, auméntalo. Tus probabilidades de lograr algo fácil son menores que las de lograr algo difícil. El cerebro es el órgano que más energía consume de todo el cuerpo: insume el 25 % y solo representa un kilo y medio de peso. Por eso mismo, siempre intenta no desperdiciar energía.
Cuando imaginas lo que estás queriendo lograr, tu cerebro puede vislumbrar la cantidad de dopamina que recibirá por hacerlo realidad, ¿cierto? Somos capaces de imaginar cómo se sentirá la recompensa. Si esa recompensa no es mayor que la energía que se debe invertir para lograrlo, tu cerebro no hará el esfuerzo para que suceda. Estás tan perfectamente diseñado que tu cerebro no te dejaría moverte en una dirección que no fuera buena para ti, o al menos no fácilmente. Porque es cierto que puedes forzar tu biología y lograr que haga cosas que no son buenas para ti, después de todo, eres el jefe. Pero eso no significa que tu cerebro no intentará impedirlo en una primera instancia. Por eso, es más fácil lograr cosas buenas que malas, porque nuestra biología busca la supervivencia y la evolución.
Por todo esto, aprender a usarnos nos potencia y nos permite llegar más lejos de lo que somos capaces de creer. Aunque nos consideremos mentalmente libres, nadie lo es por completo, por lo que es muy probable que al crear la realidad que estamos queriendo crear, nuestros logros sean mayores de lo que hemos imaginado. Quédate conmigo, veremos en detalle esto un poco más adelante.
En este primer capítulo y ejercicio, me gustaría invitarte a que recuerdes cosas que hayas deseado alguna vez en tu vida y que hoy sean una realidad lograda. Es un primer paso para comenzar a reconocernos creadores. También me gustaría que seas capaz de detectar en cada uno de esos logros si vivirlos fue mejor de lo que creías que serían cuando solo los soñabas. ¿Te animas a intentarlo? Creo que puedes sorprenderte descubriendo que tu vida resultó mejor de lo que esperabas.
