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Slow Philosophy

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Beschreibung

Slow Philosophy no es solo un libro teórico que explica un nuevo estilo de vida, sino que va un paso más allá y nos ofrece una manera distinta de ver las cosas, permitiéndonos así apreciar detalles que siempre habíamos pasado por alto pero que tienen y tendrán un enorme impacto tanto en nosotros como en aquellos que nos rodean. Antes o después, todos pasamos por un punto en la vida en el que nos damos cuenta de que estamos inmersos en una espiral, que nosotros mismos hemos creado, de la cual no podemos salir. Solemos decir que nos va bien, o que ciertas cosas malas que nos suceden son inevitables y hay que afrontarlas como mejor se pueda. Ahora bien, ¿realmente es esto lo que sentimos, o estamos intentando convencernos de que todo va bien, cuando en realidad deseamos con todas nuestras fuerzas cambiar la inercia en la que vivimos? Una vez dentro, es muy difícil salir de esta espiral. Todos los pilares de nuestra vida giran en torno a ella, y pese a que nos propongamos cambiar ciertas cosas, el ritmo vertiginoso con el que vivimos hoy en día nos acaba arrastrando de nuevo hacia ella. De nada vale intentar cambiar algo que llevamos años, o incluso generaciones, haciendo, sin antes saber de dónde venimos, dónde estamos y hacia dónde queremos orientar nuestra vida y la de los nuestros. Slow Philosophy nos muestra cómo aprovechar el conocimiento y la sabiduría de nuestros antepasados y complementarlo con los avances de los que disponemos actualmente, para de este modo llegar a darnos cuenta de lo que realmente somos y queremos. Esto nos permitirá escoger aquel camino que nos garantice una base de vida sólida y estable, tanto para nosotros como para las futuras generaciones.

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EPUB

Veröffentlichungsjahr: 2018

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Para la edición de este libro se han utilizado diferentes pesos de las tipografías Miller Text y Apercu Pro.

Slow Philosophy

Pasado. Presente. Futuro

Primera edición: octubre de 2018

Diseño de cubiertas e interiores, maquetación e ilustración de las guardas: algotraman® graphic design studio

Dirección editorial: algotraman® graphic design studio

Edición: Podiprint S.L., Málaga

© 2018 Slow Philosophy Foundation

ISBN: 978-84-617-8560-5

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra queda rigurosamente prohibida y estará sometida a las sanciones establecidas por las leyes correspondientes.

Gracias a todos, a los que os fuisteis y a los que estáis, a los buenos y a los malos, a ti, por aparecer y desaparecer, y a todo lo que está por venir.

Índice

PrólogoIntroducciónViajarEducaciónSalud físicaAlimentaciónSalud mental y emocionalRelacionesEpílogoBibliografía y webgrafíaSobre los autores

Introducción

Por fin, viernes.

Salir de trabajar al mediodía, disfrutar de tu tarde libre soleada y con todo un fin de semana por delante. Cada vez que me encuentro en esta situación vuelvo a recordar y comprender por qué todos amamos los viernes.

Pero no, este no es uno de esos viernes.

Sí, salgo de trabajar a las tres y también hace sol, pero de tarde libre nada; me esperan siete horas de coche con mi mujer y mi hija. Este fin de semana es el aniversario de boda de mis padres, sesenta años juntos, y vamos a pasar un par de días con ellos y con toda la familia.

No quiero que me malinterpretéis, el problema no es mi familia, pero seguramente entenderéis el comentario si os ponéis en mi lugar.

Salir del banco a las tres, dirigirte hasta tu coche para regresar a casa y acabar de preparar lo que dejaste por hacer para salir enseguida, no sin antes pasar por la floristería a recoger el ramo para los abuelos, rezando para no encontrar demasiado atasco por la ya clásica operación salida de los viernes. Está planeado salir a las cuatro e intentar hacer solo un par de paradas de media hora para estirar las piernas, comer algo e ir al baño.

Qué bonita parece siempre la teoría del día antes, ¿verdad?

¿Conocéis a esos clientes que aparecen cuando faltan cinco minutos para cerrar? No os preocupéis, hoy están conmigo; respirad tranquilos y disfrutad de salir a vuestra hora, dadme envidia.

—Buenas tardes, James, disculpa que llegue a esta hora. Sé que ya cerráis, pero es que necesito que me arregles un asuntillo…

¡Malditos asuntillos! Oír esta frase me provoca escalofríos. ¿Sucede esto en todas las sucursales?

—¡Solo faltaría! No se preocupe: estamos aquí para lo que haga falta. Dígame de qué se trata, que yo se lo soluciono.

Me guste o no, este es el trabajo que en su día elegí, por el que tanto batallé y que no quisiera perder. Por ese motivo tengo que atender a mi cliente con amabilidad y respeto, eso que me han enseñado en casa, lo que siempre intento enseñar a mi hija y que también quiere representar mi banco.

Como os podéis imaginar, llego tarde. El diminutivo de la palabra asunto siempre es peligroso, ya que suele acabar en una tarea más complicada de lo que en principio parece. Además, nunca os olvidéis de sumarle la típica charla terapéutica gratuita que tiene lugar al finalizar la tarea. Esta puede versar sobre diversos temas que se suceden los unos a los otros, por ejemplo, política, fútbol, la abusiva factura del mecánico por el recambio de los manguitos del coche o cualquier aventura familiar relacionada con la figura de la querida suegra y/o cuñado que todos tenemos y “disfrutamos” de vez en cuando.

Finalmente, empieza el plan. Me dirijo hacia el coche con media hora de retraso, equivalente a una parada durante el viaje que quizá tengamos que eliminar. Sí, lo sé, el plan empieza mal.

Llego al coche a toda prisa con la corbata de lado y un zapato desatado, cargado hasta las cejas y habiéndome salvado de perder algo por el camino mientras saludo a unos clientes, quienes, ellos sí, hacen honor al viernes tomándose un buen refresco en la terraza del bar de la esquina.

Llaves, cartera, maletín, americana y, sobre todo, el paquete de folios reciclados cortesía del banco que necesita Giorgia, mi hija, para un trabajo del cole.

De camino a casa, paso por la floristería, y excepcionalmente, puedo aparcar en la puerta (creedme, esto es lo más parecido a ganar la lotería en una calle como esta). Recojo el ramo e intento fijarlo cuidadosamente en la zona de los pies del copiloto para evitar que vuelque; es realmente fantástico y no quisiera estropearlo.

Ahora sí, lo tengo todo. Ima ya me estará esperando con un comentario alentador por esta media hora que acabo de perder.

—¡Vamos, James, llegas tarde, como siempre!

Este es el beso de bienvenida de hoy, aunque, todo hay que decirlo, lo tengo merecido. Afortunadamente, al llegar a casa, Ima ya tiene preparado todo el equipaje. Esto nos hará ganar tiempo.

Mientras ella y nuestra hija deciden qué juguetes tendrán la fortuna de ser nuestros acompañantes durante el viaje, yo voy cargando el equipaje en el coche. Una maleta y una mochila es todo cuanto necesitamos. Tan solo vamos un par de días; el lunes hay que volver a trabajar.

Con el coche listo y tras 10 minutos de espera, empiezo a ponerme nervioso y reclamo a Ima y a mi hija con un grito.

—¡Llevo más de diez minutos esperando! ¿Bajáis?

—¡Sí, sí, ya vamos, cinco minutos más! —contesta mi mujer.

Impaciente por la espera, miro el reloj y me doy cuenta de que son ya las cuatro y diez. Nervioso, comienzo a ir de un lado al otro del coche.

De repente, levanto la vista y veo que hay un nuevo vecino en el barrio que está descargando algo del maletero del coche: parece una mesa. Es un hombre mayor y no le está siendo nada fácil la tarea, así que decido ir a ayudarlo; al menos, así no me pondré tan nervioso mientras espero.

Al llegar, me percato de que lo que el nuevo vecino está descargando es una mesa y un pequeño paquete envuelto con un cuidado y un esmero que jamás había visto:

—¡Hola, vecino! ¿Deja que lo ayude?

—Claro que sí. ¡Muchas gracias!

Cojo con las dos manos la mesa, que se encuentra medio fuera medio dentro del maletero, y mientras lo hago noto cómo el hombre observa mi casa, intentando entender por qué razón he decidido venir a ayudarlo.

—Estamos a punto de hacer un viaje y no nos iremos de aquí en horas como no vaya a presionarlas de nuevo. En cuanto acabe de ayudarlo, vuelvo a casa y me voy sin ellas si hace falta —digo mientras acabo de sacar la mesa del maletero.

—Aquí mismo ya va bien, no hace falta meterla dentro de casa. Muchas gracias —dice el nuevo vecino señalando el felpudo de la entrada.

—Es nuevo en el barrio, ¿verdad? Perdone que no me haya presentado al llegar. Me llamo James, soy el vecino de enfrente. Normalmente no estoy en casa durante el día, paso muchas horas en el trabajo, pero por si necesita cualquier cosa, le doy mi teléfono y me llama cuando le haga falta.

—¡Genial, muchas gracias! ¿Y adónde os vais de viaje?

—Vamos a ver a mis padres. Este fin de semana hacen sesenta años de casados. Pero mira qué hora es, las cuatro y media y aún no hemos salido. Llegaremos a las once y media como mínimo, y entre que saludamos y descargamos el equipaje, se hará muy tarde para ir a la cama. Mañana nos espera un día largo, y además, tengo que levantarme muy temprano para comprar la comida.

—Perdona que sin apenas conocernos te diga esto, James, pero creo que debes aprender a disfrutar de todos y cada uno de los momentos que pasas al lado de tu familia. Intenta no desaprovechar ninguno. El día que no los tengas cerca recordarás con alegría los buenos momentos del pasado, pero te arrepentirás de no haber valorado aquellos que parecían malos. Hazme caso, piensa en ello.

Me quedo muy pensativo. Me ha descolocado el hecho de que alguien a quien acabo de conocer me esté diciendo esto. ¿Acaso sabe qué relación tengo yo con mi familia?

De repente suena el claxon de nuestro coche. Ima y Giorgia están ya esperándome y me hacen señas para que vuelva a casa.

—Ha llegado el momento de marcharnos. Encantado de haberlo conocido, señor…

—Frederic, me llamo Frederic. Ha sido un placer, ¡y muchas gracias por la ayuda!

—No hay de qué. ¡Hasta la próxima!

Tras despedirme de Frederic, regreso a nuestro coche. Al llegar confirmo lo que he visto desde el otro lado de la calle: Ima está al volante.

—¿Por qué conduces tú? —le pregunto.