Sobre la oscuridad - Francesca Rigotti - E-Book

Sobre la oscuridad E-Book

Francesca Rigotti

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Beschreibung

Si el escritor japonés Junichiro Tanizaki hace en su Elogio de la sombra -publicado en esta colección- una delicadísima reflexión sobre la penumbra, tan valorada en su cultura, Francesca Rigotti, en el otro hemisferio del mundo y en nuestra tradición cultural, realza en Sobre la oscuridad un concepto hoy en día acosado y en retirada. Las connotaciones negativas de la oscuridad, las agresiones que sufre por parte de iluminaciones cada vez más intensas y por la contaminación lumínica reducen cada vez más la ocurrencia de este espacio de la intimidad, de la introspección, de la meditación. Con la compañía de Homero, Lucrecio, Rousseau o María Zambrano entre otros, recuperar estos valores, y muchos más que estimula o lleva asociados, es el objetivo de la autora en este libro bello y singular.

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Seitenzahl: 92

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Francesca Rigotti

Sobre la oscuridad

Traducción de Pepa Linares

Índice

Prólogo

1. El fulgor de la oscuridad

2. La sabiduría de la oscuridad

3. Miedo a la oscuridad

4. La oscuridad existe y es hermosa

Créditos

Prólogo

Ha hecho un precioso día de sol, despejado y luminoso. Ahora, con el crepúsculo que precede a la puesta de sol, el cielo se tiñe de tonos rosáceos, con franjas de gris más claro y más oscuro. Caerá la noche. Lo sabemos, la percibimos, captamos sus señales premonitorias y nos ponemos a la espera de su valiosa compañera: la oscuridad. Pero justo cuando la mente y los ojos aguardan la llegada de la oscuridad que nos conducirá a la atmósfera nocturna, en el momento exacto en que el organismo se dispone a recibir la nueva condición atmosférica, entonces –clic, tac, zac– se encienden los sistemas de iluminación automáticos y miles de faros y de farolillos, algunos débiles, otros potentísimos, y miles de bombillas y de lámparas, nos disparan unos fuertes haces de luz artificial, contra la cual, generalmente, no podemos hacer nada. La noche ha terminado antes de empezar. La oscuridad ha sido desterrada, eliminada, asesinada, tanto en mi zona como en otras muchas del planeta, como si eliminarla fuera algo incondicionalmente bueno. Como si para vivir bien todo tuviera que estar iluminado. ¿Hay demasiada luz en la Tierra? Sí, hemos ido demasiado lejos, hemos exagerado. Deberíamos detenernos. Y yo me temo que en esto de eliminar poco a poco la oscuridad del planeta no hemos hecho más que empezar, como si la oscuridad no tuviera derecho a existir, como si fuera un no-ser, una ausencia, una carencia, una privación.

Después de alcanzar un estadio en el que, gracias a los progresos de la ciencia y la técnica, había en nuestros países un nivel de iluminación adecuado y capaz de satisfacer los más diversos fines –por ejemplo, la seguridad de los movimientos y la comodidad en las casas y los centros de trabajo–, aunque todavía quedaba un grado suficiente de oscuridad, ahora la oscuridad ha desaparecido, especialmente en el medio urbano. Desaparecida, suprimida, vencida y machacada, convertida en un privilegio de ricos refinados, que van a buscarla en localidades remotas e incontaminadas, mientras que otros ricos, necios y pusilánimes, inundan de haces de luz todos los rincones de sus lujosas casas, e incluso los de otras menos lujosas pero desgraciadamente vecinas.

Sin embargo, todos lo sabemos, la oscuridad es hermosa. La oscuridad de la intimidad, de la introspección, de la meditación. La oscuridad de la calma nocturna y del reposo. Si la luz alimenta la razón, la oscuridad habita en las regiones de la imaginación. Mientras que la luz excita el pensamiento, la oscuridad calma la mente ansiosa y es fuente de ideas inalcanzables a la clara luz del día.

La oscuridad ofrece una situación de plenitud de vida y una riqueza especulativa que, sobre todo desde el punto de vista conceptual, nos disponemos a examinar en este librito, en el cual y con el cual trataremos de recuperar los valores de la oscuridad. «Oscuridad» será nuestra palabra «contrarreloj», será para nosotros la palabra «a la orden de la noche».

1. El fulgor de la oscuridad

1. La oscuridad es resplandeciente y creativa

Hegel nos recuerda que la lechuza de Minerva, el ave favorita de la diosa de la sabiduría, emprende el vuelo al anochecer para indicar que la comprensión de las cosas se produce en un estadio crepuscular intermedio entre la luz y la oscuridad, y para recordar que, en el proceso de entendimiento y de creatividad, son tan imprescindibles la luz de la experiencia y de la razón como la oscuridad de la reflexión y la imaginación1. Aunque el pensamiento occidental, dentro de la tendencia a la polaridad que lo caracteriza, tiende a ver luz y oscuridad como principios en lucha, en realidad se trata de dos cosas complementarias y relacionadas entre sí.

Todo está igualmente lleno de luz y de noche oscura, ambas iguales, porque con ninguna de las dos existe la nada2.

Así reza el fragmento 9 de Parménides, lo que confirma que en el lenguaje protofilosófico y precientífico luz y oscuridad, día y noche, no son elementos contrapuestos y mutuamente excluyentes. La oscuridad no es algo negativo en el sentido de privación de algo positivo; no es el no-ser que representa la falta o la privación del ser, la luz. Es una entidad, casi una sustancia en sí misma, que merece recuperar el antiguo estado de riqueza conceptual sin que por eso debamos renegar de los posteriores conocimientos científicos o de las ventajas de una iluminación razonable y moderada.

Gracias al retorno a la oscuridad, en absoluto ingenuo o retrógrado, de Parménides, Homero y Hesíodo, las tinieblas dejaron de ser no-luz o no-ser para volver a constituir una suma de virtualidad y de simiente, como las define Mircea Eliade3. Oscuridad y vacío, algunas veces oscuridad y agua, son el escenario primordial y carente de estructura y de orden a partir del cual comienza el devenir del mundo en el momento en que este adquiere formas, contornos y colores. En los mitos de la creación, antes (un «antes» que no está en el tiempo) era la noche en su dimensión casi divina: diosa que sale de sí misma y sin compañero sexual engendra… la luz.

La oscuridad es fúlgida y luminosa en la etimología del color que la designa: el negro. Como explica Michel Pastoureau –que ha examinado magistralmente la increíble riqueza del color negro–, el léxico de las lenguas indogermánicas ofrece dos términos para «negro» y «blanco», black y blanck, ambos vinculados etimológicamente al mismo verbo germánico: blik-an, «resplandecer». Ambas palabras expresan un centellear del color para indicar en cuál cuenta más la luminosidad de los tonos. Así pues, también el negro, aunque sea el color de la oscuridad, puede ser «resplandeciente»4.

Noche y oscuridad, desplegándose y abriéndose como las alas de un murciélago, proyectan la luz, la vida, el día, como en el mito judío de Génesis 1: primero fueron las tinieblas, luego emergió la luz del día y, finalmente, la noche. La noche oscura es el reino de la imaginación creadora y creativa. Entre los pliegues de la oscuridad anidan las ideas, como niños de la noche que, antes de salir a la luz, están en la oscuridad del seno materno, donde se nutren, se mantienen calientes y protegidos, y donde crecen y se desarrollan. Tanto es así que la capacidad de «gestar» –incubar o generar– crías humanas o de otras especies animales puede utilizarse como modelo de la creatividad de las obras del genio.

2. La oscuridad es negra

La oscuridad es negra, dado que el juego de oscuridad y luz implica también la semántica de los colores. Algunas veces se trata de un negro pardo y caliginoso, otras de un negro brillante, aunque hoy en día, para distinguir los matices de lo oscuro, tenemos que alejarnos de todo tipo de asentamiento humano. Pero el negro, en la cultura occidental dominada por la valoración de lo blanco relacionado con la luz del sol (el latín dice albus o albescere, «blanco», «hacerse blanco como el cielo en el alba»), es un color predominantemente triste que se asocia con la muerte. Un personaje vestido de negro perturba la tranquilidad; un punto negro arruina una situación armoniosa y controlable.

Cabe incluso preguntarse si el negro es un color. En efecto, el propio Pastoureau explica en la introducción a su estudio que el negro ha sido durante siglos, e incluso durante milenios, un color autónomo, es más, un elemento central de la paleta, pero eso fue hasta que, a finales del siglo XVII, vino a destronarlo nada menos que Isaac Newton, que, al descomponer el espectro, trastornó el orden mundial de los colores, negándoles el derecho a existir tanto al negro como al blanco. Blanco y negro se convirtieron en no-colores, en suma o ausencia de todos los demás, pero en sí mismos inexistentes. En todo caso, la sensibilidad contemporánea ha modificado esa idea, si no en el campo de la física, sí en el de las artes, y le ha reconocido al negro tanto la dignidad de ser un color como un puesto concreto en la cultura no solo figurativa, donde reina el «negro sobre blanco».

El nombre de la oscuridad cambia en las lenguas europeas, mientras que el de la luz conserva siempre su etimología latina, con esa consonante líquida inicial que pasa y se ilumina ante nosotros: lux. Solo algunas veces, por razones de terminología científica, adopta la forma griega phós.

En italiano, la palabra para «oscuridad» es buio, y tiene una historia cuando menos fascinante, ya que, según se piensa, procede de *burius, el color rojo-negruzco de una cosa quemada; el aspecto de lo que queda de la madera después de la combustión que han producido la luz y el calor del fuego, un tizón apagado y requemado que tal vez despide también humo, ese humo que esconde; tal es el sentido original de la oscuridad en la lengua italiana. También resulta bastante sugerente el francés sombre, del latín sub umbra. Es incierto el origen de los alemanes Dunkel y Dunkelheit, «oscuro» y «oscuridad» (igual que el inglés darkness), ¿humeantes quizá… como el tizón?

En el léxico de los antiguos, la noche tiene unas alas negras para Aristófanes, corre sobre negros caballos para Esquilo y es vesper opacus para Ovidio. Negras son las aguas de los infiernos, negros los ríos infernales y negra la laguna Estigia. Negra es la muerte –nigra, atra mors–, negros los seres relacionados con los infiernos: Cerbero, Caronte, las Erinias. Negras las serpientes de los cabellos de las Furias, negro el buitre que devora las entrañas de los réprobos, negros Ares, las Arpías y Ate.

En el uso lingüístico de los griegos y los romanos, el color negro denota conceptos y sentimientos de tristeza, de peligro y enemistad. Son negros –continuando con la enumeración– la guerra, la batalla, la enfermedad, las serpientes e incluso el fuego; en suma, todo aquello que causa algún mal, el dolor y la muerte. Son negros incluso los animales que se inmolan a los dioses de los infiernos, Hades y Perséfone, Hécate y las Moiras, mientras que son blancos los que se sacrifican a los dioses de la luz y de la vida.

El negro indica desgracia; por eso son negros los vestidos de Medea, mientras que las ofrendas sagradas de Dido ante la hoguera, entre las que se reconoce la leche, se tiñen de negro en señal de la desgracia inminente («vidit […] latices nigrescere sacros», Eneida, IV, 454). ¿Aludiría Paul Celan, él mismo suicida como Dido, a esa leche con su «negra leche de la mañana» (Schwarze Milch des Morgens)?5

El carácter negativo de la oscuridad y lo negro está acentuado en muchos pasajes del Antiguo Testamento, donde el dualismo natural de luz y caos se convierte en un dualismo moral-religioso en el que la luz es el atributo de lo divino y la oscuridad lo es del reino de Satanás. Las tinieblas son caos y rechinar de dientes. En la representación cristiana, no por casualidad, se denomina al demonio Príncipe de las Tinieblas.