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El pecado de gula, como es sabido desde la Edad Media, es un pecado "carnal", en contraposición a los pecados "espirituales", como la envidia y la soberbia. Es carnal porque hunde sus raíces en la corporeidad del hombre y en el placer que siente comiendo y bebiendo y en las sensaciones que acompañan a estas acciones; es carnal porque requiere del necesario soporte de uno o más órganos del cuerpo humano (el vientre, el estómago, la garganta); es carnal, en fin, porque se transfiere directa y visiblemente a la carne, a la grasa de la persona… El carácter de la gula, como por lo demás el de otros pecados, ha sufrido a lo largo del tiempo sensibles metamorfosis, de pecado a enfermedad, de vicio voluntario a disposición hereditaria, de pecado de los ricos a pecado de los pobres, de depravación individual a tendencia social, tantas y tales son las transformaciones sufridas por la gula desde la invención del pecado hasta nuestros días.
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Veröffentlichungsjahr: 2015
LA GULAPASIÓN POR LA VORACIDAD
Traducción deJuan Antonio Méndez
www.machadolibros.com
Pecados capitales
Colección dirigida por: Carlo Galli
VOLÚMENES:
La ira,Remo BodeiLa avaricia,Stefano ZamagniLa gula,Francesca RigottiLa lujuria,Giulio GiorelloLa envidia,Elena PulciniLa pereza,Sergio BenvenutoLa soberbia,Laura Bazzicalupo
Francesca Rigotti
La gulaPasión por la voracidad
Título original:Gola. La passione dell’ingordigia© 2008 by Società editrice il Mulino, Bologna © de la traducción, Juan Antonio Méndez, 2014 © de la presente edición, Machado Grupo de Distribución, S.L. C/ Labradores, 5. Parque Empresarial Prado del Espino28660 Boadilla del Monte (Madrid)[email protected]
Introducción
I.El sistema de los pecados y el pecado de la gula hoy
El pecado de la gula en tiempos de la «globesity»
Fuerza y debilidad de la voluntad
El pecado de gula del ayuno
La súplica al papa: ¿abolir el pecado de la gula?
Pecados cristianos, pecados comunes, nuevos pecados
II.El giro terapéutico
Globalización y secularización
La dignidad del pecado
Culpa y vergüenza
III.La doctrina de los pecados y la gula
Orígenes de la teoría de los pecados
Vicios y pecados
La gula en el marco del sistema de los pecados
La gula en relación con el resto de los pecados
IV.El pecado cristiano, las mujeres y las monjas
¿Por qué a los monjes les gusta tanto estar en la cocina?
La naturaleza alimentaria de las mujeres
La regla alimentaria de las monjas
V.El pecado pagano y Platón
Soberbia e «hybris»
Deseo y razón
Gula, culinaria y retórica
VI.Pecado de gula, pecado de palabra
Comer y conocer
El pecado de lengua
La doble oralidad
Dentro y fuera de la boca de Pantagruel
Vaticinios con la barriga llena
VII.Mitológica
Los dioses son lo que comen
Banquetes horrendos: Polifemo
Banquetes horrendos: Filomela
Banquetes horrendos: Tiestes
VIII.Banquetes y crápulas entre los judíos, los griegos y los romanos
Sagrado y profano en la mesa
Escenas de banquetes en la épica antigua
La cena de Trimalción
La culpabilización del gourmet glotón
IX.Los grandes glotones
Glotones en el infierno
Glotones en el Purgatorio
Soberanos glotones
Pequeños grandes glotones de la literatura
¿Es glotón Montalbano?
X.Glotones al ataque
La disculpa del glotón
Gula y caracteres nacionales: los franceses
Gula y caracteres nacionales: los antiguos griegos
XI.El negocio de la gula
El cocinero: de «màgheiros» a animador
Fast food y slow food
Guías y manuales de gastronomía: cómo comer mucho y bien
Dietas y gimnasios: digerir todo lo que se ingiere
Postfacio
Nota bibliográfica
Para Carla Carloni in memoriam
Cuando, en el verano de 1995, llegué por primera vez a Estados Unidos, me sorprendieron muchas cosas que no había visto nunca. Pero nada tanto como la presencia a mi alrededor de tantas personas gordas. Había caído en un mundo de gordos, de mujeres adiposas, de niños obesos, de hombres con sobrepeso cuya existencia ignoraba y para el que nadie me había preparado. El hecho de que, por casualidad, fuera a parar a la sección de ropa interior de los almacenes Woolsworth, donde había calzoncillos, bragas y sujetadores de dimensiones inimaginables en Europa en una tienda normal, no especializada en tallas grandes, contribuyó en buena medida a incrementar mi estupor.
Pues bien, una decena de años más tarde un espectáculo semejante comenzó a perfilarse también a este lado del océano, donde el número de gordos había crecido muchísimo. Muslos, vientres y pechos envueltos en capas de grasa son hoy perfectamente visibles entre los paseantes, las personas anónimas que van por la calle o con los que nos encontramos en los edificios públicos y privados. Se ven porque la gula, siempre que se trate de glotones, es el pecado que se ve. Los otros, si se es víctima de ellos, no son inmediatamente perceptibles. Efectivamente, ¿cómo puede saberse si una persona es iracunda o avara, si es propensa a la soberbia o a la envidia, a la pereza o a la lujuria a menos que sea uno experto en fisiognómica, el arte de reconocer el carácter de una persona a partir de sus rasgos físicos? El pecado de la gula, en cambio, salvo raras excepciones, además de inscribirse en el alma queda inscrito también en la carne y parece que goza hoy de una difusión planetaria general: la obesidad global oglobesity.
De modo que mientras el número de glotones aumenta desproporcionadamente, por una de esas curiosas contradicciones de las que está el mundo lleno y por las que, precisamente, me resulta bello y variado, los mismos glotones son liberados de sus culpas, desde el momento en que se nos pregunta, al mismo tiempo y desde varias instancias, si la gula está incluida en la lista de los pecados. Se lo preguntan implícitamente médicos, dietólogos y especialistas en nutrición, para algunos de los cuales la gordura es una enfermedad, predisposición hereditaria, condición genética. Y se lo preguntan una y otra vez, ahora de manera expresa, los restauradores que en el 2003, en Francia, dirigieron una expresa solicitud al papa. Se lo preguntan, en fin, todos los que piensan que ya no tiene sentido hablar de pecado contra dios (los más serios, además, «gritan venganza» al respecto), considerando mucho más sensato y adecuado a las circunstancias hablar de vicios y pecados contra sí mismos, ya que los primeros en estar mal, en el caso del pecado de la gula, son los propios glotones.
El glotón y la glotona están mal porque su propio cuerpo hinchado y torpe no les permite movimientos ágiles y porque si se miran al espejo se deprimen, porque se saben sometidos a riesgos de salud, porque ni siquiera el joven o la joven encuentran vestidos de su talla, etc. Además, porque se ven negativamente reflejados en las miradas de los demás, los cuales les devuelven una imagen de reproche, a veces hasta de disgusto, considerándoles –dicen algunas investigaciones sobre el asunto– personas carentes de voluntad y, por tanto, poco dignos de confianza. Estar gordo en una sociedad que prefiere a los flacos, escribe Umberto Galimberti, equivale a una en absoluto enmascarada exclusión social.
Nuestro glotón, cuyo vicio puede leerse en la cara, se arriesga incluso a ser blanco de personajes psicológicamente lábiles, como sucede enSeven, de David Fencher (USA, 1995). En aquella película un sabio, discreto y culto comisario de color (interpretado por Morgan Freeman) y un impetuoso (proclive al pecado de la ira, como se acabará revelando al final de la película) y tan tosco como guapetón policía blanco (Brad Pitt)persiguen a un asesino en serie (Kevin Spacey) con tendencias fundamentalistas, el cual se había autoasignado la tarea de castigar, eliminándolo de acuerdo con la ley del talión, a un pecador por cada uno de los siete pecados capitales (de ahí el título deSeven). Al final, el virtuoso policía logrará localizar al culpable después de haberse pasado noches enteras en la biblioteca leyendo a Dante, a Chaucer y a Tomás de Aquino (hoy los buscaría en Google y los recorrería velozmente en la pantalla de su ordenador), hasta comprender que el malo se inspira en la lógica de los siete pecados capitales. En la película el culpable de gula, obeso y crapulón, es doblemente castigado y torturado por el asesino: con una pena que se ajusta a los cánones del castigo dantesco, es decir, una pena directamente relacionada con el delito, consistente en el ahogamiento por ingesta forzada de excesivo alimento; y con otra correspondiente a la que que Shylock, en elMercader de Veneciade Shakespeare, pretende infligir a Antonio en caso de que no respete las deudas: la extirpación de un buen trozo de carne viva.
El castigo, aunque feroz y sanguinario, está apropiadamente elegido: efectivamente, el pecado de gula, como es sabido desde la Edad Media, en contraposición a los pecados «espirituales», como la envidia y la soberbia, es un pecado «carnal» (fig. 1). Es carnal porque hunde sus raíces en la corporeidad del hombre y en el placer que este experimenta comiendo y bebiendo y en las sensaciones que acompañan a estas actividades; es carnal porque requiere del necesario soporte de uno o más órganos del cuerpo humano (el vientre, el estómago, la garganta); es carnal, en fin, porque se transfiere directa y visiblemente a la carne, a la grasa de la persona, la que el asesino deSevense encarga personalmente de cortar en tiras mientras documenta todo con fotografías.
Siempre de acuerdo con la clasificación medieval, la gula es un pecado de sociedad, que adquiere particular peso para quien vive en comunidad, como los monjes cenobitas, por ejemplo, desde el momento en que todo el sistema de los pecados se organiza y se estructura originariamente en torno a la vida del monasterio (los otros pecados que afectan a esa categoría de religiosos son la ira y la lujuria). En cambio, pecados de la vida solitaria, propios de eremitas y anacoretas, son los restantes: pereza, soberbia, avaricia, envidia. Hoy el pecado de la gula se practica no solo en compañía, sino también en soledad, ante la puerta abierta del frigorífico iluminado…
Pecado de la carne, pecado del que vive en sociedad, la gula, es pecado, en definitiva, de ricos. Pecado de clase que, como la avaricia y la soberbia, nace de la dureza del corazón de los ricos en relación con los pobres. Así era seguramente en los tiempos pasados, cuando para comer mucho era preciso disponer de mucha comida y de mucha carne (de los animales). «Comer mucho, comer bien, comer carne es prerrogativa de los que pueden permitírselo y, al tiempo, obligación social», al menos en la Edad Media, tal y como escriben dos magníficas investigadoras italianas, Carla Casagrande y Silvana Vecchio, a cuyos estudios sobre el pecado de la gula y su relación con el pecado de la palabra la autora de este libro tanto debe.
Por el contrario, en nuestro extraño tiempo, la comida grasa y abundante, untuosa, llena de salsa y dulzona ya no es signo de distinción y poder, ni siquiera de bienestar económico. Sí lo es una alimentación equilibrada rica en verduras, fruta y cereales sin refinar, así como el tiempo y el dinero para mantenerse en forma, unido a la consciencia del hecho de que sobriedad y continencia mantienen la mente lúcida y el cuerpo ágil y dinámico.
Así que, quizá, el único aspecto del pecado de la gula que une en el tiempo, hoy como ayer, a ricos y pobres, más que el de laedacitas(propensión a tragar alimentos), es el de laebrietas(la propensión por las bebidas alcohólicas, bebidas embriagadoras), de acuerdo con la bellísima distinción de Hugo de San Víctor (1096 aprox.-1141), monje en absoluto carente deesprit de finesse, así como de un punto deesprit de gourmandise: a la parte de laebrietaspertenecen, según Hugo de San Víctor, «vinos de diferente color, sangre y origen»; a la de laedacitas, «todo tipo de arte de repostería y preparación de alimentos que componen el arte culinario, comprendido el arte de preparar diferentes tipos de carne, tanto de cuadrúpedos como de volátiles». El glotón de vinos, incluso en tiempo de vacas flacas como lo fue la Edad Media, satisfará el vicio de beber en el lugar a ello consagrado: la taberna, luego la posada, hoy una y otra casi completamente sustituidas por el bar o el más genérico y anodino «local» dedicado a los ritos alcohólicos de la tarde-noche (esperemos), desde el aperitivo a la última copa.
Desde esta misma introducción podrá notarse, por tanto, que el carácter de la gula, como por lo demás el de otros pecados, ha sufrido a lo largo del tiempo sensibles metamorfosis, sobre las que en cualquier caso volveremos a continuación. De pecado a enfermedad, de vicio voluntario a disposición hereditaria, de pecado de los ricos a pecado de los pobres, de depravación individual a tendencia social, tantas y tales son las transformaciones sufridas por la gula desde la invención del pecado hasta nuestros días.
De manera que es importante dar cuenta de continuidad y discontinuidad entre pasado y presente, y para hacerlo procederemos de la siguiente manera: nos fijaremos en primer lugar en la situación actual, con su obsesión por la comida y la alimentación, las dietas y las gimnasias, para volver luego a los orígenes de la historia. Allí trataremos de colocar la gula en su justo lugar en el marco del sistema, no sin antes haber puesto un poco de orden en esta historia de vicios y pecados y de haber tratado de comprender la posición que ocupa la gula en el sistema de los pecados en general y en relación con el resto de los pecados en particular. Procederemos luego a fijarnos en el pensamiento griego, particularmente en Platón con su demonización de retórica y culinaria, precisamente para tratar de comprender la relación entre alimento, lengua y palabra, entre pecado de alimentación, de lengua y de palabra. Sin salir del ámbito pagano, haremos una incursión en el Olimpo para controlar si también los dioses, además de los hombres, son lo que comen, para acabar constatando que los banquetes de los que habla el mito son, ciertamente, a base de néctar y ambrosía, pero pueden revelarse también igualmente truculentos. Descenderemos luego del Olimpo para bajar con Dante hasta el Infierno y subir otra vez hasta el Purgatorio, a fin de encontrarnos con los grandes glotones de cualquier tipo, extendiendo el encuentro hasta los reyes de Inglaterra y algunos personajes de la literatura infantil.
