8,99 €
Sobre los escombros de Gaza reúne intelectuales, militantes y periodistas israelíes que rechazan la brutalidad del gobierno de Netanyahu, la ocupación perpetua y el racismo institucional que han convertido a Gaza en tierra arrasada; pero también condenan sin matices la violencia criminal de Hamás y su fanatismo teocrático. Las voces que componen este libro representan distintas formas de resistencia a un discurso que parece único en Israel: el de la guerra y la destrucción. Hay relatos de sobrevivientes al 7 de Octubre, miembros de kibutz arrasados, que sin embargo siguen diciendo no a la destrucción planificada por el Estado de Israel. Están las crónicas de las artistas palestinas-israelíes que capturan en obras plásticas el duelo por los niños y niñas asesinados, músicas censuradas por negarse a cantar para el Ejército, fotógrafos que hace décadas documentan la ocupación y las masacres. También especialistas realizan análisis económicos e históricos, que recorren el pasado y el presente de Gaza como una herida abierta desde 1948, el avance paciente y cruel de la colonización en Cisjordania y el derrumbe moral de una democracia que ya no logra reconocerse. Y frente a lo cual, nos muestra este libro, hay marchas y resistencias casi nunca visibilizadas por los grandes medios y su cerco informativo. Desde el corazón de Israel, un libro vital para pensar qué significa resistir en tiempos en los que todo parece enemistarse con la posibilidad de la paz; en tiempos en los que es imprescindible no callar.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 316
Veröffentlichungsjahr: 2025
Sobre los escombros de Gaza : del ataque de Hamás a la destrucción planificada : voces israelíes contra la guerra / Rula Daoud ... [et al.] ; Compilación de Guillermo Levy ; Prólogo de Guillermo Levy. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Marea, 2025.
(Historia Urgente / Constanza Brunet, ; 123)
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-823-102-0
1. Ensayo. 2. Política. 3. Sociología. I. Daoud, Rula II. Levy, Guillermo, comp. III. Levy, Guillermo, prolog.
CDD A864
Dirección editorial: Constanza Brunet
Edición: Constanza Brunet, Debret Viana y Florencia Acher
Comunicación: Verónica Abdala
Asistencia editorial: Julieta Rojas
Diseño de cubierta e interiores: Hugo Pérez
Corrección: Silvia Moro
Fotografía de cubierta: La última cena, Sobhiya Hasan Qais, 2024.
© 2025 Guillermo Elías Levy
© 2025 Editorial Marea SRL
Pasaje Rivarola 115 – Ciudad de Buenos Aires – Argentina
Tel.: (5411) 4371-1511
[email protected] | www.editorialmarea.com.ar
ISBN 978-987-823-102-0
Conversión a formato digital: Numerikes
Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento sin permiso escrito de la editorial.
A dos personas que no conocí, pero son nombres que para mí representan esta tragedia iniciada el 7 de Octubre:
A Vivian Silber, militante feminista de 74 años que trabajaba con mujeres palestinas de Gaza ayudándolas de múltiples maneras.
Días antes había organizado un evento con 500 mujeres palestinas en Jerusalén y fue asesinada por Hamás cuando entraron al kibutz Beeri.
Nadie le preguntó si era de izquierda o de derecha.
Recibí la noticia de su ataque con especial impacto ya que estuve viviendo en ese kibutz un mes a los 21 años en el lejano 1988.
Quizás me la crucé.
A Hind Rajab, niña de 5 años cuya voz en árabe pidiendo ayuda a una ambulancia dentro del auto con su familia muerta alrededor se hizo viral y película. Su voz desesperada rogando auxilio logró que se acercara la ambulancia con paramédicos, que también fue atacada con fuego de tanque. Días después, todos fueron encontrados muertos. Con ella, va el homenaje a los miles de niñas y niños asesinados en el infanticidio más grande del que se tenga registro después del nazismo, sin más sentido que la venganza y la destrucción de toda vida palestina en Gaza que en nada reparó la tragedia de las víctimas del 7 de Octubre.
Este libro es producto de la conmoción que me produjo lo acontecido el 7 de octubre de 20231 y todo lo que siguió después.
Su proyecto arrancó en junio de 2025, pero se termina de escribir con el aparente fin de esta etapa de destrucción con el acuerdo forzado por Estados Unidos a Israel e impuesto por algunos países árabes a Hamás, que se verá en que derivará.
Los muertos, las vidas destruidas, las comunidades y ciudades arrasadas en Gaza y los crímenes cometidos de forma constante por la versión kahanista del sionismo, que expresa el actual gobierno de Israel después de la horrenda y criminal masacre perpetrada por Hamás, no deben ser olvidados, más allá de pausas y procesos de paz inciertos al día de hoy.
Soy un judío, nacido a la política en la transición democrática de comienzos de los ochenta. Las primeras veces que marché por las calles en mi vida fui convocado por las voces y los gritos de las Madres de Plaza de Mayo. Desde entonces, la lucha contra la impunidad tuvo un lugar central en mi trayectoria vital y política. Mi identidad se conforma en el rechazo a la deshumanización y la advertencia acerca de cualquier construcción política que se presente como emancipatoria, pero que, en la práctica, demuestre que se afianza en la destrucción de vidas ajenas. De hecho, el genocidio ha sido una temática central en mis preocupaciones políticas y en mi desarrollo académico en la carrera de Sociología de la Universidad de Buenos Aires. También en los diversos cruces que fui conceptualizando, entre el exterminio nazi y la última dictadura cívico-militar que tuvo lugar en la Argentina entre 1976 y 1983.
El conflicto entre Israel y Palestina siempre ha estado, de una forma u otra, cerca. Quizá se deba a que vengo de una familia judía tradicionalista y sionista con raíces palestinas. La familia de mi padre es una rareza: judíos palestinos. Mi abuela nació en Hebrón al comienzo del siglo XX, y mi abuelo, en Jerusalén a fines del siglo XIX. Hebrón hoy es una ciudad palestina con un barrio de colonos judíos. De parte de ambos abuelos, muchas generaciones en la antigua Palestina llevaron el apellido Levy. Ellos eran, de hecho, primos lejanos. Llegaron a la Argentina recién casados entre 1925 y 1926. Su familia creció en este país.
Mi hermana, una judía tradicionalista, secular en su adolescencia y más religiosa hoy, se fue a vivir a un kibutz en 1986, a sus veinte años. La comunidad allí era marcadamente de izquierda, y se encontraba en la “triple frontera” entre Gaza, Egipto e Israel. A los pocos años, dejó el kibutz y se casó con un hijo de sobrevivientes de Auschwitz. Tuvo cuatro hijos israelíes, que se criaron gran parte de su vida en una de las colonias judías más importantes de la Cisjordania ocupada.
Conozco muy bien varias colonias de Cisjordania, su gente y su mística nacional religiosa. También conozco algunos de los pequeños pueblos palestinos que las circundan. Por ello, puedo estar seguro de que este libro, si llegara a ellos en estos tiempos, no les gustaría. Su enojo es uno de los costos a los que me arriesgo por no hacer silencio.
Cuando comenzó la guerra entre Israel y Palestina, decidí que lo mejor era visibilizar para lectores en español voces y trayectorias que desde Israel no renuncian a sus convicciones y que, desde distintas búsquedas, lugares y trayectorias vitales, son la resistencia a la destrucción de lo que queda de una idea de un Israel democrático para judíos y palestinos, de la posibilidad de una solución política y humana que no incluya supremacismos ni tolere la ocupación.
Este aporte apunta a mostrar, a visibilizar lo que Israel todavía conserva de humanismo y pluralidad, que es bien distinto de lo que sus dirigentes y su guerra de destrucción exhiben e imponen cada día. Ningún país, ningún pueblo es una sola cosa, y las generalizaciones siempre tienen fines opuestos a la comprensión honesta de la realidad. Además, en estos tiempos, son funcionales a la cultura fascista que vuelve a emerger en el mundo.
No podemos permitirnos soluciones que incluyan la eliminación de ninguno de los pueblos.
Fui a Israel en once oportunidades. Siempre recorrí, vi, hable, trabajé, pregunté, entrevisté, abrí los ojos y absorbí todo lo que pude. Estuve en la primera Guerra del Golfo a principios de 1991, con los misiles que lanzaba desde Irak el derrocado y asesinado líder Sadam Hussein y, por una diferencia de minutos, no llegué a subir a un colectivo que explotó en Tel Aviv.
Estoy conformado por emociones y recuerdos intensos de mi experiencia judía desde mi más tierna infancia: acompañar a mi papá en el día del perdón al templo que fundaron los judíos venidos de Jerusalén en el barrio de Once, mi trayectoria de niño y adolescente y de adulto joven en distintas comunidades judías tradicionalistas, mis lecturas, la emoción que sentí cada vez que escuchaba el Hatikva –himno de Israel– y ya de adulto, mi encuentro en la carrera de Sociología con el cruce de la experiencia judía bajo el genocidio nazi y el genocidio cometido en la Argentina bajo la dictadura, donde se crearon colectivos de trabajo de los que todavía soy parte. Todo esto paralelamente con una militancia política que desarrollé, sobre todo durante los años noventa.
En 2005, en el contexto de la retirada de Israel de las colonias de Gaza, un adolescente palestino vestido de judío ortodoxo hizo dedo a la salida de la colonia de Cisjordania donde vivía mi familia y se inmoló con explosivos en el auto con el único amigo que tenía mi sobrino mayor, y al que yo conocía desde muy chico. Los dos jóvenes –el que se explotó y Jacket, el amigo de la infancia de mi sobrino– murieron despedazados. Ambos tenían quince años.
Soy profesor en una escuela judía hace casi treinta años y he dado capacitaciones en muchas instituciones judías sobre la temática del genocidio. Nunca estuve fuera del mundo comunitario judío y siempre me mantuve al tanto de los relatos de cada época y lugar y presencié los enormes cambios ideológicos que se fueron forjando en la comunidad judía argentina después de los atentados de 1992 y, sobre todo, del ataque a la AMIA en 1994. También presencié y padecí todas las operaciones de guerra psicológica que se hicieron sobre buena parte de la comunidad, particularmente a partir de 2013.
Pude ver, entender, criticar y reírme con todos los formatos que asumió el sentido común medio de la comunidad judía a lo largo de estas décadas. Casi siempre me sentí ajeno y en minoría.
Soy parte de un colectivo imaginario –porque no existe como tal–, pero del que doy fe de su existencia no tan minoritaria, de los que fuimos constituidos identitariamente en familias tradicionales e instituciones judías y sionistas a las que, por momentos, sentimos tremendamente propias, pero de las que siempre nos hemos planteado muchas preguntas. Nuestra pertenencia no obturó nuestro pensamiento crítico. Nuestro compromiso es con nuestras convicciones humanistas que, en su gran parte, nacen de la cultura judía y de la experiencia judía en la Argentina. Nos bancamos ser minoría señalada como traidora o, como mínimo, ingenua, dentro de una mayoría que ha seguido sin resistencia los pasos de la derechización de las instituciones judías y del Estado de Israel de la mano de un absoluto empobrecimiento intelectual y cultural.
Pareciera que va dominando la imposición de una marca judía muy en el formato de los grupos de lobby de los Estados Unidos, los negocios financieros y de seguridad que explican bastante los alineamientos y los vínculos entre las principales instituciones judías –algunas de las cuales asumen la persecución y estigmatización de las voces disidentes– y la derecha política partidaria en nuestro país.
Otros sectores minoritarios de la comunidad, más en sintonía con mi pensamiento, no los transité en mi adolescencia por el cerco invisible y natural de familia y amigos, solo escuché de oídas su existencia. Hoy mis hijos concurren a un centro de ese espacio fundado por el abuelo de mi esposa, obrero judío y comunista, al que no conocí, pero con quien me enredo en charlas imaginarias que me hubiese encantado tener.
Sentí la necesidad y la obligación de decir algo potente después del 7 de Octubre de 2023, más allá de conversaciones personales y familiares, de clases o de posteos en redes sociales. No hay lugar para el silencio frente a tanta barbarie y deshumanización. De esa inquietud surge este libro, que se propone pensar y hablar sobre Gaza, sobre el 7 de Octubre, sobre qué modificó a la identidad judía, en qué transformó a la democracia israelí, cómo se reconfiguró la vida entre israelíes judíos y palestinos, qué posibilidades hay de un cambio político en Israel y, más utópicamente, de la posibilidad de una vida común entre iguales, entre poblaciones que no van a abandonar el lugar donde viven, ni sus identidades históricas, nacionales y religiosas, ni sus relatos, y que están condenadas a coexistir o exterminarse.
El libro excede la coyuntura de los dos años de destrucción y deshumanización que parecieran tener por lo menos una pausa con el cese de fuego acordado y forzado por los Estados Unidos y varios países árabes, a comienzos de octubre de 2025. Es una búsqueda entre esas preguntas y esas convicciones.
Acerca del título
No hay manera de titular un libro como este sin prever polémicas. Nombrar Gaza e Israel hoy es adentrarse en un terreno pantanoso. Este libro contiene las voces de diez autores; el título busca darles un lugar a todos. Lo pensamos a partir de lo que vemos como rasgos centrales –y en parte nuevos– de la campaña militar israelí en Gaza.
Titulamos a la obra Sobre los escombros en referencia a los barrios reducidos a polvo donde hasta hace poco se organizaba la vida diaria. No es solo devastación: es la huella directa de lo que los bombardeos israelíes hicieron de Gaza. Es el final de la rutina y del mundo común. Ese vaciamiento de la vida posible merece ser pensado.
Este título se potencia en la tapa con la obra de una artista palestina israelí, Sobhiya Hasan Qais. Se trata de una interpretación de La última cena de Leonardo Da Vinci. La mesa está vacía, y nadie está sentado a la mesa. Detrás de una barrera de contención, un grupo de niños y niñas tratan de llegar a la mesa con sus cacharros vacíos para suplicar alimento. La escena replica una imagen que se repitió a lo largo de Gaza. Niños y niñas desesperados con sus cacharros rogaban por algo de comida a pocos kilómetros de la abundancia. La obra expone la deshumanización creciente a la que pareciera que nos estamos acostumbrando.
Esta estrategia de reversionar obras clásicas para mostrar, difundir, y denunciar es una forma que están adoptando varios artistas israelíes judíos y palestinos. Esto es desarrollado por Yael Guilat en su artículo.
En la contratapa, incluimos una fotografía de Miguel “Miki” Kratsman, uno de los autores de este libro. Es una foto de marzo del 2025 de una de las tantas comunidades de pastores en Cisjordania desalojadas por colonos. Su nombre era Khibet Samara. Esta imagen muestra otra cara de la violencia de estos dos años contra otra población hostigada diariamente en un territorio que es de mayor interés para la derecha fundamentalista y colonialista israelí que Gaza. Mientras todos los ojos se posan sobre Gaza, a diario colonos irrumpen en distintos asentamientos o comunidades de Cisjordania para hostigar a los pastores, cortar sus árboles, quemar sus coches y sus casas e intimidarlos para que, vía amenazas y golpes, se vayan y así lograr anexar para siempre la “Cisjordania bíblica”.
El título tiene dos bajadas. La primera, “Del ataque de Hamás a la destrucción planificada”, parte de una fecha que no vamos a ocultar: el 7 de octubre de 2023. Nombrar esa fecha no quita historia al conflicto –como muestran los textos de este libro–, pero tampoco vamos a minimizarla ni a usarla como excusa. La masacre del 7 de Octubre fue horrenda en modos y escala, marcó a la sociedad israelí y sacude nuestra conciencia ética. No se la puede relativizar diciendo, simplemente, que proviene de un pueblo sometido hace décadas a despojo, ocupación y humillación. Esa formulación borra la dimensión traumática de lo ocurrido y también deshumaniza a las víctimas. Porque lo que siguió no fue solo una respuesta militar “esperable”: fue una política de destrucción planificada. Castigo, venganza o directamente otro objetivo ya desligado de la reparación por los muertos del 7 de Octubre y de la vuelta de los secuestrados.
La segunda bajada es “Voces israelíes contra la guerra”. Este libro visibiliza una parte de la sociedad israelí que, aunque minoritaria, se planta frente a la avalancha de venganza; personas que piden justicia por los muertos del 7 de Octubre y el regreso de los secuestrados, y al mismo tiempo denuncian el sufrimiento inútil infligido en Gaza, los atropellos cotidianos contra palestinos en Cisjordania y la deriva de su propio gobierno. Una minoría que insiste en una salida política para la vida de israelíes y palestinos, cada vez más lejana.
Sabemos que lo más polémico del título es la palabra “guerra”. “Guerra” ha sido usada para tapar crímenes: sugiere simetría entre bandos y convierte las muertes civiles en “daño colateral”. Para algunos, decir “guerra” sería evitar decir “genocidio”. No es nuestra intención. Pero el gesto inverso –describir solo a un Estado castigando unilateralmente a una población inerme– también es un recorte. Antes del 7 de Octubre, Hamás era una organización político-militar con capacidad de combate real, sostenida por una decisión de lucha hasta la muerte y por el desprecio a cualquier límite legal. No era una población desarmada.
Decimos, sin dudarlo, “genocidio” para hablar de la matanza sistemática de judíos europeos a cargo de los nazis, siendo que los judíos no eran un ejército ni un Estado que los enfrentaba, lo decimos también para hablar de los armenios frente al moderno estado turco, a principios del siglo XX, y también en el caso argentino, y de tantos otros de América Latina, en donde, si bien los militares se enfrentaron a militancia armada y no armada, han usado el termino guerra para encubrir una política que nunca se acotó a la eliminación de una capacidad de combate de un enemigo, sino sobre todo, a la transformación, a través de la muerte y el terror, de la estructura social en su conjunto, con un diseño no de los ejércitos sino de las clases dominantes.
No vemos “guerra” y “genocidio” como términos excluyentes. En procesos como Argelia hubo guerra y hubo exterminio. Aquí también. La eliminación de Hamás o de su capacidad de combate se da dentro de una guerra que sigue la gramática de la contrainsurgencia. A la vez asistimos a la devastación casi total de Gaza, al arrasamiento de su infancia, a la prolongación del conflicto para sostener a un gobierno que evita rendir cuentas y al intento de empujar una expulsión total de la población palestina, junto con el hostigamiento cotidiano en Cisjordania.
Decir “guerra” no niega “genocidio”. Decir “genocidio” no niega que existe un enfrentamiento real entre una potencia militar e inteligencia extraordinaria y una fuerza irregular con más de veinte años de inserción territorial que eligió lanzar una operación de escala histórica bajo el gobierno más de derecha de la historia de Israel, una decisión que no podía traer otra consecuencia que destrucción también para su propia gente.
Finalmente, “contra la guerra” quiere decir otra cosa. Es el “no” compartido por los autores: la convicción de que el dolor y la devastación solo se reparan con una salida política que descarte cualquier fantasía de aniquilar al otro y que, al mismo tiempo, termine con el supremacismo y con la ocupación.
La presencia argentina en el libro es grande: de los diez textos de israelíes que contiene este libro, ocho son de personas que emigraron a Israel desde la Argentina en la década de los setenta, la inmensa mayoría, con muchísimos ideales sionistas y humanistas. Solo dos textos son de israelíes de nacimiento.
En la búsqueda de palabras y entendimiento sobre Israel, sobre Gaza, sobre el impacto del 7 de Octubre y sobre futuros posibles, aparece también la transformación de los ideales y de la identidad sionista de los autores nacidos en la Argentina; también conecta, espeja, con la Argentina de la dictadura y las luchas democráticas y de Derechos Humanos.
El libro contiene posicionamientos que no son idénticos. Aparecen diferencias, sobre todo en cómo sentir, explicar y ponderar el 7 de octubre de 2023, en el énfasis para definir a Hamás, en el acento en la historia personal, en la identidad sionista, y en la forma y contundencia de pensar y calificar la reacción israelí posterior.
Entre todas las personas convocadas a aportar un texto, sin embargo, existe en común una pasión militante por no resignarse a abandonar los valores de humanidad, las tradiciones y los legados del judaísmo pisoteados en el altar de esta barbarie, y la necesidad de no olvidar muertes ni dolores. No hay una búsqueda de construir posiciones políticamente correctas.
Este libro abre con la transcripción de un discurso del mes de agosto de 2025 de la joven militante palestina israelí Rula Daoud. Fue leído en una de las tantas movilizaciones contra la guerra y el genocidio que la organización Standing Together –que ella dirige– viene impulsando entre varias acciones conjuntas entre judíos y palestinos.
A continuación, Efraim Davidi hace una excelente historización sobre la Franja de Gaza, desde 1948 hasta la actualidad. Es posible aproximarse a la llegada de los exiliados del sur de Israel, las ocupaciones y las masacres ocurridas durante las décadas del cincuenta y sesenta, y la consolidación del espacio de Gaza como un lugar que es obligado a cumplir un rol económico inscripto en una relación colonizador-colonizado.
De la mano de Daniel Filc, se recorre un mapa de la derecha israelí con sus distintos sectores, orígenes y programas, estableciendo una relación con las corrientes sionistas originarias y poniendo en contexto también a algunas de ellas con la colonización de Cisjordania, particularmente durante las últimas tres décadas. Esto ayuda a romper generalizaciones y a entender profundamente a cada uno de los actores políticos en el gobierno de Israel.
Por su parte, a través de la vivencia de Lev Grinberg, se accede al antes y el después del ataque del 7 de Octubre. Grinberg escribe un texto durante noviembre de 2023, y lo retoma para este libro casi dos años más tarde. Así, deja asentado un crudo testimonio que, corriéndose de los tambores y gritos de venganza, expone con claridad las consecuencias del ataque de Hamás para Palestina e Israel. Explica cómo Hamás provocó una reacción en escala de Israel, que puso en evidencia para el mundo que la debilidad de Israel no es militar, sino política. Grinberg aborda las consecuencias del ataque para analizar también las debilidades políticas de la oposición para constituirse una alternativa que no sea la autodestrucción de Israel o la destrucción de Palestina. Vislumbra que quizá sea una intervención internacional la respuesta, que, en definitiva, es lo que ha sucedido hacia finales de 2025.
Pedro Goldfarb aporta a este libro la única nota de un sobreviviente del 7 de Octubre. Él es habitante del kibutz Nir Itzak. Cuenta su experiencia de ese día y de los posteriores. Hace un balance sobre el conflicto y reflexiona sobre cómo cambió su sionismo desde que llegó a Israel a principios de los setenta hasta el presente.
Yael Guilat aporta también su experiencia y visión, pero desde la escena artística en el Israel judeo-árabe, y profundiza el impacto del 7 de Octubre en la gestión cultural y las manifestaciones artísticas, con especial foco en el rol de las artistas mujeres palestinas e israelíes.
El periodista y documentalista Sergio Shlomo Slutzky tiende un puente entre los continentes. Habla del Israel que imaginó y vivió en su juventud, el que ve hoy y lo que cambió con el 7 de Octubre, y relata cómo resuenan las luchas contra la dictadura argentina en su militancia actual en Israel.
Miki Kratsman construyó una militancia desde la fotografía, basada en mostrar la vida bajo la ocupación israelí en Gaza y Cisjordania. En la entrevista incluida en este libro, relata su recorrido desde su llegada a Israel en 1971, pasando por la fundación de Breaking the Silence. Su vivencia fue personalmente intensa: al enterarse del ataque de Hamás del 7 de Octubre en el kibutz Nir Oz, donde vivía su tía Ofelia, la llamó y habló con ella hasta el momento en que milicianos de Hamás la llevaron secuestrada. Finalmente, fue intercambiada por prisioneros palestinos y regresó a Israel.
Arie Kacowicz aporta otra mirada sobre la tragedia del 7 de Octubre al abordar el antisemitismo que se monta sobre la causa palestina, e insiste en que la única solución es volver sobre la hoja de ruta de dos Estados para dos pueblos.
Por último, Omer Bartov, uno de los especialistas en genocidio más importantes de Israel, aporta un potente artículo que escribió para The New York Times en julio de 2025, que tuvo repercusión mundial. Realiza un cuidadoso análisis que expone las razones por las que, con un profundo dolor, es necesario denunciar que lo que Israel está cometiendo en Gaza es un genocidio.
Quiero agradecer a toda la gente que se entusiasmó y colaboró con este libro; para empezar, las y los autores que dedicaron tiempo y esfuerzo para participar del proyecto. Estoy especialmente agradecido al profesor israelí Raanan Rein, doctor honoris causa de la Universidad de Buenos Aires, al que, al contarle la idea del libro en junio de 2025, se entusiasmó y me facilitó con mucha generosidad el encuentro de quienes participaron en esta obra; muchos de ellos, además, me aconsejaron y pude intercambiar varias cuestiones del proyecto con ellos con un compromiso mucho más grande que solo producir un texto; entre ellos, especialmente quiero nombrar a Shlomo Slutzky.
Por último, gracias a Marea Editorial y a Constanza Brunet por siempre confiar en mis proyectos.
1 N. del E.: El 7 de octubre de 2023 por la mañana el grupo palestino islamista Hamás (con la colaboración de otros grupos armados palestinos), efectuó un ataque sorpresa en la Franja de Gaza y alrededores. Se estima que fueron asesinadas 1189 personas y 251 fueron secuestradas. La mayor parte eran civiles. El ataque sucedió en una fecha sensible. Se acababa de cumplir el aniversario del inicio de la guerra de Yom Kipur (cuando Egipto y Siria atacaron a Israel para recuperar los Altos del Golán) y era la fiesta de Simjat Torá (festividad judía que marca el fin de Sucot; es el día en que se termina de leer en las sinagogas la última parte del Pentateuco en un rollo de la Torá, y se recomienza a leer la primera parte).
GUILLERMO LEVY
Escribí la introducción de este libro entre agosto y septiembre de 2025, cuando todos los textos ya estaban entregados. Pero con el segundo aniversario del 7 de Octubre de 2023 –cuando se produjo la masacre en el sur de Israel que dio inicio al infierno–, los acontecimientos de octubre de 2025 me obligan a comenzar por el final.
Releyendo los artículos de este libro, pienso en las y los que siguen resistiendo dentro de Israel: quienes sostienen carteles con los niños asesinados en Gaza en las marchas, quienes no quieren que todo esto termine con la más absoluta impunidad de los responsables de tantos crímenes, quienes se oponen al hostigamiento a la población palestina por parte de colonos en Cisjordania, quienes rechazan el crecimiento permanente de la ocupación, quienes ayudan a ingresar insumos para la población civil en Gaza o los que marchan hasta las fronteras para pedir a los soldados que no participen de la destrucción del territorio donde viven dos millones de personas.
Ninguno de ellos tiene una memoria excluyente. La fecha del 7 de Octubre es el día de los masacrados por Hamás y los secuestrados que se convirtieron en rehenes. Pero también es el comienzo de la más grande tragedia palestina en términos de víctimas y destrucción. Fuera de Israel, sin embargo, esa mirada integral parece clausurada, especialmente en el mundo judío, donde nombrar los crímenes del Estado de Israel te convierte en enemigo, aunque seas judío y aunque tus “credenciales” sean intachables.
La prohibición de pensar y la amenaza de la condena pública obturan cualquier discusión política honesta que parta de preguntas básicas para los que no quieren solo repetir relatos vacíos como mantras, tranquilizando sus conciencias.
¿Qué hubiese pasado si los distintos gobiernos de Israel –por lo menos los que condujo Benjamín Netanyahu– no alimentaban y sostenían durante años el poder de Hamás en Gaza? ¿Qué cambiaba si en vez de debilitar, hostigar, estigmatizar y humillar a la dirigencia palestina secular que acepta la solución de dos Estados se la hubiese fortalecido? ¿Qué hubiese sucedido si después de los Acuerdos de Oslo –que generaron un gran apoyo popular entre judíos y palestinos– se hubiese avanzado hacia un Estado palestino independiente en vez de hacer crecer exponencialmente las colonias en los territorios ocupados y crear un sistema con cientos de puestos de control (checkpoints) para hacer imposible la circulación y que los palestinos sientan a cada minuto en su piel la ocupación?
También me pregunto: ¿Hubiese sido la misma reacción mundial –en la que se mezcló la oposición legítima a la política del gobierno israelí con viejos resentimientos contra los judíos– si las representaciones comunitarias de cada país no hubiesen sido meras repetidoras del discurso oficial del gobierno de Israel y perseguidoras de voces críticas? ¿Podrían haber actuado con valentía y dado cuenta de la diversidad de voces que existen en la comunidad que dicen representar?
La prohibición de mirar a Gaza, de ponerle cara y nombre a sus miles de “víctimas colaterales” –niñas y niños, mujeres y ancianos– se extiende, y tampoco se puede hablar de los soldados suicidados a su regreso de Gaza, de los reservistas encarcelados por negarse a ir a la guerra, ni de los ex rehenes que contradicen el relato oficial.
Otras preguntas más molestas y que deberían tener consecuencias políticas y judiciales pueden ser: ¿Por qué el gobierno de Israel no aceptó propuestas de canje de rehenes por presos palestinos muy similares a lo que finalmente se llevó a cabo, lo que hubiese salvado la vida de muchos rehenes y evitado tantas muertes en nombre de la guerra?
Del otro lado, la solidaridad con el pueblo palestino –bandera principal de la izquierda europea revitalizada en estos dos años– parece exigir silencio sobre los crímenes de Hamás y del islamismo reaccionario. Mostrar las fotos de las jóvenes asesinadas cobardemente por varones en la fiesta electrónica Nova parece volverte cómplice del genocidio. Inclusive en Argentina pareciera que no se expresa alegría por la liberación de los argentinos que estuvieron secuestrados durante dos años. Es una tarea fundamental no doblegarse ante esta doble censura que manifiesta el reinado de la instrumentalización del dolor ajeno para hacer política barata.
“El Estado de Israel nació como respuesta al exterminio judío”, nos relatan. El exterminio de los judíos europeos aceleró un proceso que ya se había iniciado hacía décadas. Muchos de los sobrevivientes –totalmente discriminados y estigmatizados en el naciente Israel– formaron parte del nuevo Estado, pero nunca ni ellos ni sus descendientes fueron, ni por lejos, la mayoría de la población judía israelí. Sin embargo, ser el país de las víctimas se convirtió, con el tiempo, en un sello de impunidad: el carácter de víctima eterna, la idea de que un nuevo Holocausto es inminente ha venido siendo un arma potente para victimizar hace más de 80 años a los palestinos, para lograr silenciar su expulsión nunca reparada ni aceptada, para hacer desaparecer cientos de poblados y cambiar decenas de nombres de ciudades y hasta negar la existencia misma del pueblo palestino.
Sin embargo, desde otro extremo, muchos de los que denuncian el uso de la victimización por parte de Israel se montan sobre esta idea para decir muy livianamente que “las víctimas de los campos de exterminio de ayer son los victimarios de hoy”. Tal vez sin ser conscientes de que esto contribuye a atacar las potentes políticas de memoria que se han construido durante las décadas pasadas contra el nazismo. Paradójicamente, incluso aquellos que festejan el exterminio judío de la Segunda Guerra Mundial, pero no pueden hacerlo público, en muchos casos se suman a este relato alegremente.
Deberíamos ser más cuidadosos. ¿Quién dijo que los poquísimos sobrevivientes del nazismo que hoy están con vida avalan la matanza de Gaza? En Israel, ellos y sus descendientes no superan el 15-20 % de la población judía. ¿Alguien se tomó el trabajo de medir la relación entre ser descendiente directo de víctimas del exterminio nazi y el apoyo a la destrucción de la vida de los palestinos en Gaza? Nadie. Solo se reproduce el relato victimizante que se critica para usarlo con otros fines.
Se acercan los tiempos de la construcción de los relatos de lo que pasó y, sobre todo, el tiempo de la política para ver si este fin provisorio de la matanza y la destrucción y la vuelta de los rehenes genera algo más que la imposición apresurada del presidente de Estados Unidos Donald Trump, que se siente un nuevo emperador del Universo, mientras vemos a tantos líderes mundiales rendirse ante su poder, aplaudiendo su trato informal y su falta de límites.
Sin duda, las movilizaciones en Israel y el mundo, los informes de organismos internacionales, el reconocimiento del Estado palestino por varios países y el giro de la opinión pública estadounidense configuraron un nuevo escenario. El eje Egipto-Qatar-Turquía-Arabia Saudita gana protagonismo, la Autoridad Palestina vuelve a ser interlocutora y el proyecto de una Gaza colonizada para negocios –la “Riviera” soñada por el ministro de finanzas israelí Bezalel Smotrich y el presidente Trump– pierde, por el momento, fuerza.
Sin embargo, el optimismo debe ser acotado teniendo en cuenta quiénes son los actores principales de esta nueva etapa. Estados Unidos, el eje de los países árabes y musulmanes anti-Irán y pro-Estados Unidos e Israel, al que se le impuso el final de la campaña militar, son los ganadores y los que, por ahora, condicionan los bordes de la futura hoja de ruta. Veremos qué habrá más allá de eso. Difícil que el que gana en el campo de batalla pierda todo en la mesa política posterior.
Durante estos dos años, Israel ganó militarmente todo. Destruyó las capacidades de Hamás. La gran mayoría de sus dirigentes políticos y militares previos al 7 de Octubre hoy están presos o muertos. Israel logró doblegar a la milicia no estatal más importante del mundo como Hezbolá; la Siria de Bashar al-Assad –el Estado con mayor poder militar, en sus fronteras y el aliado principal de Irán– no existe más como tal. Los ex Al Qaeda que la gobiernan buscan alinearse con Occidente. Israel demostró su dominio total de los cielos de Medio Oriente, pudo ir a Teherán, bombardear y volver. Irán, que sostenía a todos los grupos que no querían ninguna salida política al conflicto, está aislado y más preocupado por su supervivencia.
Difícil que en este escenario un actor que no sea Trump le imponga condiciones al gobierno de Israel. Este final parcial, por suerte, implica la derrota política regional no solo de Irán, sino de los sectores de la sociedad israelí más reaccionarios, fascistas y fundamentalistas que deberán guardar, por ahora, sus utopías redentoras de soluciones finales al problema palestino.
La limpieza étnica en Gaza, planificada pensada y presupuestada con su proyecto de negocios inmobiliarios y turísticos, parece quedar sepultada. No solo por el acomodamiento de Trump frente al cambio de la opinión pública norteamericana, sino por la presión cada vez más activa de países aliados árabes y musulmanes que son el eje antiiraní en la región, pero que tienen poblaciones para las que la causa palestina es muy fuerte.
También la población palestina de Gaza tiene mérito en el logro de obturar su expulsión. Bombardeada, asesinada, hambreada, corrida una y otra vez, no mostró voluntad por salir de Gaza y someterse a un nuevo exilio.
Es una población que ha mostrado capacidad de resiliencia, que festeja la vuelta de sus presos, que reconstruirá sus hogares y, si logra tener una conducción política que no la lleve a la autodestrucción ni a la sumisión, podrá escribir una nueva historia.
El lenguaje de Netanyahu en su discurso en la ONU a fines de septiembre de 2025, con la sala casi vacía, se inscribe en el borde construido para las intervenciones militares internacionales posteriores a la caída del mundo comunista europeo a principio de los años noventa.
Su discurso y su tono no remiten a Hitler ni a Mussolini, como les gusta caricaturizar a algunos. Tampoco es Milei a los gritos e insultos escupiendo odio.
Este Netanyahu se nos presenta con razonamientos simples, básicos, opacos, inscribiendo su guerra en la continuidad de la guerra contra el terrorismo que se convirtió en el eje ordenador de la política bélica de los Estados Unidos y Europa occidental después de la voladura de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001. Las “guerras humanitarias”, nacidas en 1991 con la caída de la Unión Soviética y, diez años después, su articulación con la guerra contra el terrorismo. Si tenemos que buscar un parecido, un aire de familia en ese Netanyahu es con George Bush después del 11 de septiembre de 2001.
Es alguien que dice representar a Occidente y sus intereses frente al terrorismo islámico. Alguien que usa estrategias didácticas primitivas y binarias que abrevan solo en el relato de estar sosteniendo en soledad una lucha civilizatoria contra un enemigo terrorista que amenaza a la civilización occidental en su conjunto.
Netanyahu se presenta como jefe de un gobierno que trata de minimizar la muerte de civiles. Señala que son los terroristas quienes los condenan al usarlos como escudos humanos. Cuando las noticias más escandalosas de matanzas logran romper el cerco del silencio y el anonimato, son nombradas como “daños colaterales” no buscados y, por supuesto, nunca condenados.
Netanyahu usa la caja de herramientas del lenguaje inaugurado en las campañas autotituladas guerras humanitarias de Estados Unidos y la OTAN luego de la caída del comunismo europeo: Irak 1991, Somalia 1994, los Balcanes 1995 a 1998, y le agrega toda la batería discursiva de la lucha contra el terrorismo mundializada luego de la voladura de las Torres Gemelas en 2001, la posterior invasión a Afganistán, la nueva guerra en Irak en 2003 y también en Libia años más tarde.
El islamismo radical –sobre todo después del atentado a las Torres Gemelas– fue el puente que abrió la puerta a todo tipo de intervención militar, permitió renovar el negocio de la guerra, rediseñar regiones y zonas de influencia, condicionar países con la imposición de leyes antiterroristas. De esta manera, se horadó toda la batería de límites jurídicos a la acción criminal de los Estados que se habían establecido después de la Segunda Guerra Mundial mediante la intervención de organismos como la ONU, diferentes convenciones internacionales y tribunales especiales.
La “lucha contra el terrorismo” habilitó empezar a revertir todo un andamiaje jurídico y cultural –si bien menos efectivo en la práctica que en el enunciado– que había sido aceptado como piso para las democracias occidentales.
Desde la cárcel-campo de concentración de Guantánamo –con la excepcionalidad a todas las garantías procesales, los secuestros ilegales por parte de Estados Unidos de supuestos terroristas en cualquier lugar del mundo– hasta la destrucción de casas palestinas en Cisjordania a familiares acusados de acciones contra israelíes, los bombardeos y arrasamientos de zonas civiles y el nacimiento de la expresión “daños colaterales” para justificar crímenes de guerra, también son acciones posibles después del mundo que se empezó a forjar en septiembre de 2001.
