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Estudiar la subcultura del moderneo resulta crucial si queremos expandir nuestro horizonte de libertad. Se trata de un fenómeno de masas que tiene cada vez más presencia en nuestras vidas. Aunque en España surge en los sesenta, sus iniciados se han multiplicado en los últimos tiempos, adquiriendo un protagonismo cada vez más destacado en la vida social y cultural. Este ensayo analiza los fundamentos y manifestaciones del moderneo actual: la necesidad de distinción en un mundo masificado, la gentrificación, la búsqueda de autenticidad, la construcción de una imagen basada en el consumo, la proyección de la identidad a través de filtros mediáticos y la preeminencia del dogmatismo en un marco de supuesta libertad de conciencia.
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Seitenzahl: 274
Veröffentlichungsjahr: 2020
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© Iñaki Domínguez, 2017
© De la presente edición: Editorial Melusina, s.l.
www.melusina.com
Primera edición: junio de 2017
Primera edición digital: julio de 2020
Reservados todos los derechos de esta edición.
Corrección de galeradas: Albert Fuentes
Ilustración de cubierta: Juan García
eisbn: 978-84-18403-07-1
contenido
Introducción
1. De las barricadas al gastrobar: los modernos, ¿qué son?
2. La marca Malasaña
3. Provincia, metrópoli y anonimato: el arte de redefinirse
4. El pensamiento dogmático: conciencia o falta de ella
5. Materialismo, nihilismo, consumismo y hedonismo: el fin de los tiempos o los cuatro jinetes del apocalipsis
6. Juventud eterna: ser o no ser guay, esa es la cuestión
7. Modernos y el mundo laboral: trabajo como extensión del ocio
8. ¡Con filtros por favor! Tratamiento visual y lingüístico de la realidad
9. Técnicas de seducción: la altivez como instrumento de atracción erótica
Conclusiones
Introducción
Este ensayo analiza la subcultura del moderneo actual desde una perspectiva sociológica. Dicha corriente engloba los valores, gustos, actitudes, tipos de relaciones, filosofía de vida y estrategias propias de personas «modernas». Éstas aspiran a formar parte de una élite que simbolice lo más vanguardista. Se trata de un posicionamiento que, entre otras cosas, integra elementos del esnobismo tradicional. Por su carácter excesivo, dicha subcultura ilustra bien muchos de los rasgos de la comunidad más amplia a la que pertenece.
Principalmente aplico los métodos y reglas de la sociología. No quisiera ser demasiado técnico, ni revelar los secretos metodológicos de esta gran ciencia, ya que ese enfoque sería demasiado farragoso, tanto para el lector como para el autor, dando al texto un aire estéril que llevaría a un mutuo aburrimiento sin sentido. Por eso, en algunos momentos sigo la metodología del malvado Keyser Söze, elaborando mi narración a medida que avanzo. Hago, además, uso de mi intuición y experiencias, integrando mi conciencia como sujeto social (inmerso en el mundo que describo) en el marco de mi explicación teórica. Por otra parte, creo que la historia ayuda también a explicar la realidad del moderneo. Como diría un estudiante de primero de filosofía: «Para comprender el presente es necesario conocer el pasado». Los tópicos por algo son tópicos y no está de más prestarles atención de cuando en cuando. Ofreceré una perspectiva histórica, y prestaré especial atención a aspectos de la historia cultural española. Esto es importante ya que en la tradición ensayística de este país hay poca bibliografía que analice fenómenos de cultura popular, tanto nacional como internacional.
Por otro lado, el sentido del humor no será ajeno a mi exposición, algo que a pesar de no ser estrictamente científico sirve bien al principio de placer. Nadie debe darse por aludido, ya que todos deberíamos en ese caso darnos por aludidos. Si aparecen representadas las debilidades humanas es necesario entender estas como depósito ancestral y vivo del que todos participamos y al que todos alimentamos con nuestras limitaciones vitales, tan omnipresentes y universales. Es necesario rechazar abiertamente cualquier forma de discriminación ontológica de «los otros». No es este un cuento de héroes y villanos. Si unos fallamos en algo, otros fallan en otra cosa, y así se trasciende la debilidad individual. Las faltas, faltas son, y no hemos de destacar unas por encima de otras, todos las cometemos y forman parte de nuestra naturaleza.
¿Por qué hablo de debilidades humanas? Al escribir una sociología aspiro a conocer las causas de un determinado fenómeno. En palabras de Heidegger, el fenómeno es «aquello que se muestra»; en este caso, todo hecho social observable. Quiero desvelar las relaciones y motivaciones subyacentes a la actitud moderna, siendo esta algo como una representación teatral construida a base de roles sociales. Lo «que se muestra» (el fenómeno) es una cosa, lo que subyace es otra bien distinta. De acuerdo con esto, las motivaciones reales (privadas) que sirven de base a la actuación social (pública) son consideradas menos honorables que las representadas ante los demás, aunque sea por el solo hecho de ser privadas. De algún modo, trato de desnudar a los sujetos estudiados, y el hecho de que queden reveladas partes íntimas puede ser molesto, sobre todo cuando se realiza desde el exterior, sin avisar y sin permiso. Pero todo sea en pos de la ciencia.
Quiero escribir un texto ensayístico que integre conceptos de las ciencias sociales (idealmente, introduciendo algunos nuevos) para entender el fenómeno del moderneo en España. Analizo el moderneo actual empleando claves sociológicas dentro de un discurso filosófico basado en mi intuición, experiencias personales, lecturas previas y capacidad discursiva. Quiero mostrar cómo el moderneo es una entidad abstracta construida colectivamente, de la que se nutren las personas para satisfacer necesidades y ambiciones sociales. Aunque trate el asunto desde el ámbito local, considero que en su mayoría los hechos planteados están presentes en buena parte de los países occidentales. Como dijo Jonathan Swift: «Los mismos vicios, las mismas locuras dominan en todas partes, por lo menos, en los países civilizados de Europa»; o en palabras de un moderno: «en todas partes cuecen habas, pero en cada parte a su manera».
Como otras subculturas, el moderneo es un espectro que se muestra en ciertas actitudes y estéticas en constante cambio. Cada (sub)cultura no es una realidad concreta, tangible. Es casi una entidad metafísica; adivinamos su existencia a partir de sus manifestaciones en la vida social. Este espectro se fundamenta en la conciencia colectiva (opinión pública, valores dominantes, reglas del juego). Cada capítulo de este libro expresa laxamente aspectos que componen la conciencia del moderno. ¿Para qué exponer la estructura de dicha conciencia? Porque, dependiendo del grado con el que esta se imponga al sujeto, puede ser una gran antagonista de la libertad individual. Un principio de la sociología consiste en explicar las acciones que el sujeto realiza sin que él mismo sepa muy bien por qué. Cuanto más expliquemos e iluminemos las motivaciones ocultas y las causas de nuestra conducta, más libertad tendremos a la hora de definir nuestro camino y moldear nuestros destinos. Aspiro a revelar los mecanismos con los que el moderneo construye su realidad y ayudar a consolidar una individualidad real frente a las impertinentes e invasivas exigencias del colectivo. Quiero, así, tratar de expandir ese espacio de libertad que tan imperceptiblemente nos es despojado día a día y que, a su vez, sin saberlo, nos arrebatamos a nosotros mismos.
1. De las barricadas al gastrobar: los modernos, ¿qué son?
Los modernos han existido en España desde hace más de cincuenta años. Como me dijo un taxista al comentar su larga vinculación profesional con ellos: «Desde 1979 he llevado ‘‘nuevos románticos’’, ‘‘punkies’’, ‘‘rockers’’, ‘‘mods’’, ‘‘poperos’’... ¡Tanto mamoneo! Cogen medio gramo entre cinco y salen toda la noche. ¡Yo eso me lo meto en un semáforo!». Los modernos españoles aparecen en los sesenta, en el contexto de una contracultura clandestina, recorriendo un largo camino hasta convertirse en referentes del mainstream. Con los años, unos han ido dando paso a otros, delegando su estatus en nuevas generaciones, dando continuidad a un fenómeno en constante cambio. A pesar de la diversidad de estilos y configuraciones, todos los modernos tienen una cosa en común: buscan la distinción y el reconocimiento. Esta necesidad es el producto de una vida masificada en la que el individuo parece diluirse. En una población reducida se nos conoce, se nos saluda, nuestra identidad es reconocida: «Y tú, ¿de quién eres?». No ocurre lo mismo al vivir entre millones de personas. El terror al aniquilamiento identitario sirve de acicate para la creación de este tipo de subculturas. También el narcisismo hace su parte, siendo un fenómeno cada vez más dominante, el producto típico de una competitiva cultura de consumo dominada por la imagen y una ideología del espectáculo. En última instancia, el moderneo es un medio para reafirmar la identidad en sociedades complejas.
Si los primeros modernos españoles eran idealistas vinculados a movimientos políticos de protesta, transgresores intelectuales o golfos que trataban de modificar su cosmovisión a través del consumo de drogas, los actuales son cínicos representantes de un fin de ciclo. Sin embargo, entonces como hoy, siempre se han sentido diferentes. Pau Malvido, moderno pionero, habla: «Cuando nosotros éramos los únicos modernos en medio de un mundo uniforme, gris, estrecho, moralizante, nuestra exaltación, nuestra conciencia de la brutal diferencia que había entre nosotros y el mundo, esa sensación de gran aventura nos protegía un poco de las propias contradicciones». Es el clásico «ellos versus nosotros», en el que «nosotros» somos distintos y mejores. Gracias a este contraste, como dice Malvido, nos cegamos ante nuestros propios defectos.
Para lograr su objetivo, los modernos deben realizar una serie de esfuerzos nada insignificantes. Ser moderno exige una labor constante y, aunque sea un rol tradicionalmente representado en un espacio de ocio, puede llegar a ser trabajoso. La finalidad de esa labor es obtener privilegios sociales a través de una acumulación de capital simbólico. Dicho capital es un concepto del sociólogo Pierre Bourdieu, según el cual vinculamos cualidades positivas a algunas personas, como la autoridad, el prestigio, la reputación, el crédito, la fama, la notoriedad o el buen gusto. Aunque no se trate de un capital necesariamente económico no deja de ser socialmente efectivo. Que este trabajo por la distinción se apropie de la vida entera, invadiendo nuestro tiempo libre, deriva de una ética de consumo que monopoliza todos los espacios de la vida social, incluyendo el tiempo de ocio. No solo debemos trabajar para ganarnos la vida sino que estamos obligados a consumir e incluso a hacer de nosotros mismos productos de consumo. El moderno, siempre en la palestra, quiere atesorar una imagen cotizada en el ojo ajeno. Ser moderno es un trabajo no remunerado económicamente a desempeñar cuando escasean obligaciones más imperiosas y que, en el proceso, reporta recompensas sociales.
Por la dedicación que exige, a cierta edad muchos modernos se ven obligados a abandonar su estilo de vida hedonista en favor de necesidades más acuciantes, ya sean biológicas o culturales: la reproducción, el desempeño profesional, etc. Ser moderno es exigente y no puede cumplirse en todos y cada uno de nuestros episodios vitales. Se trata de un esfuerzo casi enteramente social, por lo que todo periodo en el que uno deba refrenarse de los encuentros en la esfera pública perjudicará su estatus como moderno. Para estar en el candelero uno debe mostrarse, y siempre pueden existir obligaciones que interfieran con dicha visibilidad. Por ejemplo, raperos y modernos como el «Costa» se han visto casi obligados a ir ciertos locales nocturnos muchos fines de semana para seguir estando en el candelero. Y esto ocurre a todos los niveles de la fama. Como dijo Iggy Pop: «No quiero verme obligado a vivir en Nueva York solo para que no se olviden de mí».
Con todo, el moderneo se preserva mejor que antes, independientemente de la localización. Actualmente puede incrementarse la exposición del individuo a través de las redes sociales con lo que no es necesaria la presencia física en el lugar de moda, o puede integrarse a los propios hijos en un contexto vanguardista. Con todo, muchos modernos no superan estas fases de transición.
Antes de seguir quiero decir algo sobre el contenido de la palabra «moderno». El concepto de modernidad representa todo aquello que es reciente, novedoso, no sobrepasado. Por eso la modernidad como fase histórica no ha sido superada. Entendida así, la modernidad representaría «lo último», una realidad en constante cambio, siempre mutable, casi imposible de asir: lo último siempre es lo último. Esto dificulta mi trabajo a la hora de fijar mi análisis, aunque no lo imposibilita. Lo moderno puede dejar de serlo con toda celeridad, aunque algunas de las modas asociadas a él tengan en ocasiones una relativa duración (pensemos en el hipsterismo). Por esta razón quiero centrarme en el común denominador que caracteriza a los modernos de todos los tiempos.
En España la idea de un sujeto como encarnación de lo moderno solo cobra importancia social a partir de los últimos años del franquismo cuando, gracias al boom económico, algunos jóvenes pueden permitirse recrear la cultura juvenil de países anglosajones. Se entiende que esa cultura se basa en el consumo y exige tiempo de ocio para ser vivida. Existe aquí un interés por gozar de la existencia y encontrar un sentido a la vida que vaya más allá del trabajo y la familia. La realidad económica de la España anterior a ese periodo no dejaba espacio para ese tipo de entretenimientos. Solo un buen excedente de tiempo y dinero puede fundamentar frivolidades identitarias de este género. Sin ese excedente, lo que acuciaba a los jóvenes era llevarse algo a la boca, sobrevivir, obtener suficiente estabilidad económica. Como reza el nombre de un grupo de Facebook: «Antes los paletos llevaban boina, ahora llevan pendientes de brillantes». Con el desarrollo económico, esas personas que ya tenían cubiertas sus necesidades básicas aspiraban a satisfacer otros anhelos: a sentirse especiales, a vivir nuevas experiencias. Al decir esto reflejo un simple hecho tanto sociológico como psicológico: el hombre occidental tiene un hambre que nunca es capaz de saciar. Jamás se redime la persona de sus anhelos; estos no desaparecen, se transforman.
Nuestra estructura social está diseñada no solo para no saciar nuestro deseo, sino para fomentarlo. Una vez quedan satisfechas las necesidades básicas y se cuenta con el sustento como hecho autoevidente, tratamos de dar sentido a la vida de varias maneras. Esta búsqueda de sentido no siempre ha sido una tarea tan compleja como cabría esperar. En tiempos anteriores imperaban en Occidente sistemas simbólicos cerrados y monolíticos que servían para orientarnos debidamente. La religión daba sentido a la vida, neutralizando relativamente la angustia existencial de las personas. Sin embargo, con los nuevos tiempos estos sistemas se fueron resquebrajando, dando paso a una ideología racionalista y tecnológica que tiene poca mano con los aspectos anímicos más acuciantes del ser humano: ¿Quién soy? ¿Cuál es mi lugar en el mundo? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? La falta de una solución a estos problemas, que produce intensa angustia existencial, es fuente de la incesante actividad que caracteriza a las naciones occidentales. La actividad frenética de nuestras amplias comunidades refleja un estado de inquietud colectivo, contrario al reposo y a la paz interior. Buscamos en el «crecimiento» y la distracción modos de encontrarnos a nosotros mismos o, más bien, de escapar de nosotros mismos. Domina la búsqueda de una quimérica felicidad, una supuesta quietud definitiva, que nunca llega. Como fruto de dicho ajetreo, de esa huida, encontramos el moderneo. Este busca crear sentido a través de la construcción de una identidad social. Se sobrentiende que esta identidad está unida inextricablemente al consumo y al gasto económico.
Esta identidad anhelada (la de moderno) se caracteriza o define por representar lo más innovador en el mundo del ocio, del consumo y la estética. Los modernos encarnan las últimas tendencias en el terreno de la expresión personal, la actitud, formas de vestir, jerga, porte. A través de dicha expresión aspiran ante todo a reforzar su imagen social. Para lograrlo se presentan como poseedores de un bien exclusivo e intransferible que solo unos cuantos atesoran. Quieren ser contemplados como seres socialmente diferenciados. El moderno debe ser cualitativamente diferente a los demás, poseer un aura de distinción. La contradicción en todo ello es que trata de lograrlo por medios contingentes: apariencia, ropa, tatuajes, vocabulario, gustos, que, en realidad, están al alcance de todos. No es gracias a una sustancia propia (talento, inteligencia, carisma) que el moderno destaca, sino por tres medios: 1) el uso de símbolos, 2) un saber ritual aprendido, y 3) la adquisición de bienes de producción industrial. Aunque destacar a través de símbolos haya sido algo común en todo tiempo y lugar, hoy impera desaforadamente, de acuerdo con los intereses y necesidades de producción de la sociedad de consumo.
El moderneo es en su esencia un producto de la globalización. Por ejemplo, si vemos un hipster, ya sea en España, Italia, Londres o Nueva York, nos encontraremos con una misma referencia o arquetipo. Existe una identidad comercial que trasciende fronteras y que puede ser consumida por aquel que cuente con los recursos necesarios. El sujeto que así lo decida portará elementos que sirvan para su identificación. Lo mismo ocurre en el caso del llamado «perroflauta», la síntesis entre hippy y punky (en otros tiempos archi-enemigos), producto de las clases medias, que puede ser reconocido en cualquier país. La uniformidad transnacional es esencial para la configuración de este tipo de identidades.
En Occidente no solo podemos aspirar a consumir, sino que nos vemos obligados a ello tanto moral como estructuralmente. A nivel moral, porque lo hace todo el mundo, y ya se sabe que la moral concreta de todo pueblo es la expresión de necesidades colectivas (las acciones moralmente buenas son aquellas que benefician al organismo social y su correcto funcionamiento); y a nivel estructural porque resulta necesario para sostener nuestra existencia (sin consumo la economía se desploma). La promiscuidad del consumo es esencial al moderneo. El consumo en este terreno no se caracteriza por ser de carácter lujoso. Uno solo debe dirigirse a la tienda más cercana y comprar aquello que necesita para apropiarse el aura deseada. Con una serie de complementos alguien puede convertirse en moderno en el transcurso de unos minutos, aunque el proceso de integración social en la subcultura sea algo más diferido.
El moderneo como elitismo no es real puesto que es un fenómeno de masas internacional, potencialmente accesible a todos. No postulo que sea propio de miembros de la clase trabajadora, ni de las clases más privilegiadas, ya que a pesar de existir modernos chonis y pijos (fácilmente identificables), el moderneo mayoritario es aquel que cultivan los hijos de las antaño omnipresentes clases medias. Si el moderneo a mediados y finales de los años noventa era algo más exclusivo, por ser asunto de pocos, ahora está muy difundido.
Cuando yo era adolescente a mi instituto llegaron las primeras modernas alternativas (curso 1995-1996). Unas venían del colegio alemán y otra era una norteamericana de intercambio en España. Al año siguiente muchas otras chicas seguían su estela. Por entonces los medios mayoritarios casi no vendían esa estética; se aprendía a través de vídeos musicales extranjeros o por transmisión cultural directa (contacto personal con el fenómeno en cuestión). Sin embargo, hoy en día afecta a segmentos más diferenciados de la sociedad. Se trata de un concepto que tiene diversas encarnaciones entre distintas clases sociales, algo que responde a su estatus como referencia de consumo cada vez más extendida.1
Actualmente domina un moderneo más mediatizado. Si a finales de los noventa dominaba el fiestero o el fashion, en los últimos años ha destacado el llamado hipster. A pesar del bombo actual, este concepto es realmente antiguo. En Estados Unidos, especialmente a partir de los años cincuenta, los hipsters eran aquellos considerados «hip»; blancos asociados al mundo afroamericano, que molaban, que sabían. Un ejemplo paradigmático de este arquetipo es el famoso cómico norteamericano Lenny Bruce, en cuya vida se basa la película Lenny (1974). Hip como término, que proviene de hepicat («aquél que tiene los ojos abiertos»), palabra del lenguaje wólof de África occidental, alcanzaría prominencia en los sesenta y caería en desuso a partir de la década siguiente. Como le dice el protagonista de Firstborn (1984) a su malvado padrastro: «Lo hip ya no es hip». Sin embargo, era una palabra común entre afroamericanos, por lo menos, desde el 1900. Los negros en Estados Unidos representaban, y representan, todo aquello que un joven blanco de clase media querría imitar si aspira a vivir al margen del sistema de valores convencional. El término era aplicable a todos aquellos que estuviesen «en la onda», que entendiesen el mundo desde la cosmovisión de una nueva juventud en contradicción con los valores de la generación anterior; aquellos que no se ajustaban a los dogmas dominantes.
Antes del surgimiento del Rock & Roll a escala internacional en los cincuenta, esta subcultura estaba vinculada intencionalmente a la música de jazz. El jazz era considerado transgresor por varias razones. En primer lugar, era una música nueva y negra. Ejercía una fascinación en la mente del blanco por pertenecer a un mundo oscuro y exótico asociado a la vida itinerante y bohemia de unos músicos que, además, consumían todo tipo de drogas. Por otra parte, el jazz era subversivo por su propia estructura musical, que deconstruía los sistemas consensuados de organizar las notas musicales y el ritmo para crear un expresionismo musical abstracto. No es aventurado decir que el jazz de los cuarenta sería en sí mismo algo así como transferir un cuadro de Jackson Pollock al formato musical. Hip eran aquellos que se diferenciaban del resto por su vocación artística, y que, de acuerdo con el paradigma del jazz, sentían, vivían e interpretaban el mundo de un modo diferente. Personas cuyas conciencias y sistemas de valores no convencionales quedaban reflejados en la creatividad y estructura más libre del nuevo género musical.
Este movimiento tuvo posteriores encarnaciones o desarrollos. De hip vienen, por ejemplo, los hippies de los sesenta. Hippy significa literalmente algo así como «guaychi». Estos atesoraban capital simbólico y su propia identidad y nombre reflejaban esa aura: los que son hip. Tenían mucho más en común con el moderno actual de lo que comúnmente se cree. Muchos de los primeros modernos españoles eran hippies que deseaban esa forma de distinción. A pesar de ser rechazados e incluso agredidos por los sectores más conservadores, sus conductas fueron luego copiadas. Como ocurre con los hipsters, surgieron en el país con la contracultura, pero algunos de sus rasgos identitarios fueron luego adoptados por el gran público.2
El hipsterismo originalmente era otra manifestación más del individualismo norteamericano. El ideal según el cual ciertas personas heroicas no se ajustan a los valores colectivos y gracias a una visión propia son capaces de solucionar problemas y hallar la redención individual. Esta filosofía estadounidense tiene sus bases en los orígenes del país y el trabajo que los pioneros realizaron para construir la nueva nación al margen de gobiernos e intervencionismos estatales. Esta ideología sigue muy patente en Estados Unidos, especialmente entre los sectores más conservadores, aunque tenga, como vemos, manifestaciones de lo más insospechadas. Entre ellas, contamos con una archiconocida figura del cine americano de los años setenta y ochenta: el policía hipster, lleno de contradicciones, impulsivo, bebedor, divorciado, resacoso, con colesterol, siempre en crisis; quizás residuo de los héroes de la novela negra de los años treinta. Dicho personaje logra resolver el caso y llevarse a la chica a pesar de la interferencia del Estado (siempre le retiran la placa y su arma reglamentaria). Se trata del «héroe de las mil caras»: Harry Callahan, John MacClane, el famoso Riggs o David Mills, entre otros muchos. En los últimos años aparece encarnado en sendos protagonistas de True Detectivei y ii: Rustin «Rust» Cohle y Raymond «Ray» Velcoro. Este modelo del héroe desarraigado, por otra parte, y en clave norteamericana, toma a través de la tradición psicoanalítica elementos del folclore, la mitología y los cuentos de hadas. La primera muestra de este arquetipo la encontramos en la más antigua obra literaria de la humanidad: el Poema de Gilgamés (Sumeria, 2100 a. de C).
En el caso de España, podemos hablar de proto-hipsters como Ramón Gómez de la Serna. El periódico digital Somos Malasaña define a este intelectual como «el primer hipster de Malasaña». Nacido en la calle Puebla nº 11 (al lado del actual Perro de la Parte de Atrás del Coche), de la Serna fue un personaje amante de las vanguardias que representa muy bien la idea del hipsterismo original: una persona creativa con ideas propias que reinterpreta el mundo en el que vive según criterios personales; sin dejarse llevar por la marea de la opinión general. De la Serna, entre otras cosas, comparte una característica creatividad juguetona con Beck, el padre noventero de los hipsters actuales. Con plena conciencia Beck empleó elementos clásicos del hipsterismo para crear una potente imagen mediática; claro está, y como buen hipster, sin ponerse etiquetas. La esencia de lo hipster consiste precisamente en evitar cualquier tipo de encasillamiento y en rechazar categorías sociales fijas. No obstante, hoy en día es un testimonio del poder del capitalismo el hecho de que haya logrado comercializar y categorizar precisamente aquello cuya esencia consiste en ser inclasificable.
El hipsterismo entronca también, como producto cultural independiente, con la bohemia europea. Si en Europa la bohemia halla su modelo original en la imagen idealizada de los gitanos, que provienen de Bohemia y viven al margen de la sociedad, el hipsterismo aspira a imitar la vida del negro americano, que no encaja con las convenciones del establishment. A mediados de los cuarenta y cincuenta en Estados Unidos, el blanco de clase media «que sabe» contempla al negro con admiración, como aquel exiliado forzoso cuyo ostracismo le singulariza necesariamente. Al igual que el chulo de putas Drexl en Amor a quemarropa (1993) o el Meswy, miembro del Club de los Poetas Violentos, ya en los años treinta proliferaban, en distintos barrios, blancos que querían ser negros. Malcolm X nos cuenta en sus memorias con desprecio cómo en sus años de buscavidas en Harlem se encontraba a menudo con alguno de dichos personajes. El hipster, hastiado de los modos y restricciones de la convención, aspira a desvincularse del clima biempensante para adentrarse en el lado oscuro, propio de impenitentes e irredentos. Lo negro, en este sentido, es escogido, entre otras cosas, por representar lo diametralmente opuesto al mundo convencional; por ser la pura negación de aquello que el propio hipster rechaza de sí mismo. En esta transición hacia el otro lado trata de formarse una identidad que encaje con sus ideales y le libere de su hastío de sí mismo y de sus orígenes.
Nos encontramos de nuevo con un fenómeno fuente de mucha actividad social: la huida de uno mismo. Ya sea uno un blanco norteamericano de clase media en los años cincuenta que aspira a ser negro o una persona de provincias del 2017 que quiere ser moderna, se trata de desembarazarse de los orígenes para transformar la identidad y convertirla en su contrario. Si la socialización primaria es aquella que realiza todo niño para integrarse en el mundo social al que pertenece, el moderneo es una socialización secundaria. En este caso, realizada con plena conciencia para pertenecer a un modelo elegido. Queremos desvincularnos de la identidad que nos ha tocado en suerte y construir una nueva más afín a nuestros intereses.
El hipsterismo original, por tanto, es un fenómeno asociado a la individualidad y a la creatividad. Como un poeta, el hipster realizaba asociaciones de ideas poco comunes, tenía costumbres diferentes y resultaba atractivo a muchos por su singularidad. Emanaba carisma. Sin embargo, tras el paso de los años y el pleno establecimiento de la cultura de masas, este tipo de movimientos negadores del statu quo han sido reabsorbidos por el sistema capitalista para ser integrados y explotados. Este es el proceso que Marcuse describía «como la habilidad del sistema para reinventar, reordenar, y transformarse a sí mismo, por la absorción y asimilación de las herramientas de disensión». Entre otros símbolos de disensión integrados por el sistema contamos con el peinado afro, originalmente una protesta afroamericana para realzar la belleza de lo «negro»; la transmutación gradual de hippies en yuppies; o la imagen del Ché Guevara capitalizada en camisetas y demás artículos. Así, a principios del siglo xxi el hipster se convierte en un producto de consumo. Individuos de todo tipo, género y orientación sexual aspiran a lograr la distinción adhiriéndose a formas de conducta y vestimenta ya estandarizadas por el mercado. Contradictoriamente, el moderno trata de singularizarse uniformando su conducta y apariencia, adaptándola a criterios colectivos. El hipster se convierte ahora en su contrario: no cuestiona el sistema de valores en el que vive inmerso, sino que pasa a formar parte de él con toda intención.
No queremos decir que el hipster original fuese un ser íntegro o mejor. Este, como el actual moderno, era un disidente de sí mismo y de sus orígenes. Sus acciones, sus gestos y sus esfuerzos eran la estela de una huida; huida desde la omnipresente vulgaridad hasta la distinción, privilegio de unos pocos. Sin embargo, el hipster original no era quizás un ser tan manifiestamente heterodirigido (dirigido desde el exterior).
Dicho esto, quiero hacer referencia a lo que algunos llamarían la «conciencia hipster», algo que yo entiendo más bien como un «simulacro de conciencia». En toda sociedad compleja se comprende que existen diversas «conciencias»: la conciencia de clase, de raza, de género. Si una cosmovisión es generalmente compartida por todos los miembros de una sociedad, los individuos pertenecientes a estratos particulares (etnias, géneros, profesiones) se guían por una subdivisión más concreta de esa cosmovisión. La sociedad cuenta con diferentes segmentos que son articulados y armonizados para que ésta funcione como un todo. Los miembros de dichos estratos comparten una serie de valores, intereses y, hasta cierto punto, una conciencia. Se puede decir que en el seno de las tradicionales tribus urbanas hay cierto simulacro de conciencia. Hablar de conciencia (sin simulacro) sería darle demasiada cancha a aquellos que aspiran a ser sustancialmente diferentes y consideran que ser hippy, hipster, mod o punky es mucho más que vestimenta, actitud y porte. Decir eso sería creer que la socialización secundaria trasciende y anula la socialización primaria.
El moderno en su subdivisión hipster supuestamente aspira a interpretar el mundo de acuerdo con una serie de valores: comprar productos vintage (siempre exclusivos), consumir cerveza de fabricación casera, conocer elementos de cultura popular «underground», ir en bicicleta, comer hamburguesas, comprar en el mercado minoritario. Se ve que este tipo de valores o referencias apenas se pueden articular en una única conciencia.
En primer lugar, lo que se denomina hipster en España podría ser entendido como pseudo-hipsterismo, por estar tan desconectado de esta moda en Estados Unidos. En España esta corriente tiene menos contenidos «morales»; el ecologismo, el individualismo o la libertad de decisión tienen poco que ver con el hipsterismo español. En este país puedes ser hipster y prescindir por completo de dichos valores. Por otra parte, solo un segmento muy reducido de este género de modernos cree conscientemente en una ideología concreta o tiene una apreciación estética profunda. Si acaso, aspiran a una distinguida individualidad que se manifiesta en cosas como adelantarse a alguna moda en el vestir o en el actuar, o al uso de alguna nueva tecnología poco extendida. No es tan importante asimilar ciertos valores, sino que se aspira a ser contemplado como alguien independiente en sus juicios, que consume de modo distinto, que tiene cierto entendimiento y, sobre todo, que encaja en la imagen que se tiene del hipster. En España, por lo menos, el elemento visual es el más importante.
No obstante, muy pocas personas desprecian la opinión general y casi todos nos vemos constreñidos por el peer pressure (influencia de la opinión del grupo). Tomar decisiones libremente en el terreno del moderneo causa especial pavor puesto que podría llevar a una desidentificación con respecto al colectivo al que se desea pertenecer. Así, el valor transgresor del hipsterismo original chocaría con la necesidad de los individuos de pertenecer. Esta es la contradicción clave en todo este asunto (y en toda socialización): el antagonismo entre individualidad y pertenencia. El moderneo aspira a una síntesis difícil que resalte la propia individualidad a través de conductas dictadas colectivamente. Esto es fácil de ver en la publicidad que vende pertenencia enmascarada como individualidad: «Si quieres ser especial y único compra Hugo Boss». Aunque te invitan a ser original, el medio que te ofrecen para lograrlo es manufacturado en serie.
En el mundo actual es muy necesario crear identidades que sean reconocidas y sirvan para la interacción social. Según Zygmunt Bauman, vivimos en comunidades líquidas, muy precarias y flexibles, en las que la identidad es sumamente cambiante y mutable. Los trabajos no son permanentes, las viviendas son caras con respecto a los sueldos, las relaciones sentimentales son inestables, la luz sube y sube todos los años. Además, la España posfranquista ha tendido a volverse más horizontal, menos diferenciada en clases. Pensemos, por ejemplo, en un médico o un catedrático. Este tipo de figuras eran antes muy respetadas, destacaban más socialmente y ganaban al menos cinco veces lo que un trabajador no cualificado. Actualmente han perdido gran parte de su notoriedad para pasar a ser vulgares miembros de la sociedad. Solo hay que ver cómo tratan a los médicos en cualquier hospital o ambulatorio en un día agitado. Se les grita, insulta e interpela, no sólo en plano de igualdad sino con una total falta de respeto (lo mismo puede ocurrir con un profesor de instituto). Tanto la precariedad mencionada como no reconocer autoridades han hecho que en España sea hoy muy necesario fijar roles e identidades. Esto puede hacerse de distintas maneras, una de ellas consiste en pasar a formar parte de subculturas como el moderneo.
La clase social, en este sentido, quizás ya no sea tan importante. En relación a la posición económica de mi objeto de estudio, no voy a afirmar que los modernos son pijos, ya que no es estrictamente cierto, además de ser una visión reduccionista y simplificada. De modo omnipresente en el mundo actual se da una depreciación del lenguaje por abuso. La palabra «pijo» se aplica a menudo a casi todos los que han podido completar unos estudios universitarios sin trabajar, o cosas similares. Tradicionalmente, el pijo no era siquiera una persona con recursos, sino aquel que poseía una «conciencia aturdida» (de la cual se enorgullecía) a causa de haber crecido en el seno de una familia privilegiada. Lo mismo ocurre con palabras como «genio» o «artista» que son usadas a discreción.
