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CONECTA CON LAS FASES DE TU CICLO Y TE SENTIRÁS MEJOR CADA DÍA. Ser mujer implica vivir de manera cíclica, siguiendo el ritmo de las fases del ciclo menstrual, y sin embargo a menudo ignoramos la conexión profunda con nuestras hormonas. Este libro aborda la falta de conocimiento sobre el impacto hormonal en el bienestar general y propone descubrir cómo recuperar el control del cuerpo para lograr un mayor bienestar. La autora comparte su propia experiencia y la necesidad de superar la desinformación que lleva a sufrimientos innecesarios. El objetivo es que las mujeres aprendamos a escuchar la música de nuestro cuerpo, a seguir el ritmo y disfrutar del maravilloso baile hormonal, reconociendo que el cuerpo no está en contra, sino invitándonos a bailar.
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Seitenzahl: 125
Veröffentlichungsjahr: 2024
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NOTA IMPORTANTE: en ocasiones las opiniones sostenidas en
«Los libros de Integral» pueden diferir de las de la medicina oficialmente
aceptada. La intención es facilitar información y presentar alternativas,
hoy disponibles, que ayuden al lector a valorar y decidir responsablemente
sobre su propia salud, y, en caso de enfermedad, a establecer un diálogo
con su médico o especialista. Este libro no pretende, en ningún caso,
ser un sustituto de la consulta médica personal.
Aunque se considera que los consejos e informaciones son exactos
y ciertos en el momento de su publicación, ni los autores ni el editor
pueden aceptar ninguna responsabilidad legal por cualquier error
u omisión que se haya podido producir.
© del texto: María Cajo, 2024.
© de las ilustraciones: Albert Hofman.
© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S.L.U., 2024.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
rbalibros.com
Primera edición: abril de 2024.
REF: OBDO314
ISBN:978-84-9118-310-5
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A ALBERT. GRACIAS POR CREER SIEMPRE EN MÍ Y APOYARME EN TODAS MIS LOCURAS.
A MIS QUERIDAS DULCE, JESI, LETI, NELSON Y MUCHAS OTRAS PERSONAS QUE ME HAN APOYADO TANTO EN BUENOS COMO EN MALOS MOMENTOS.
Y POR ÚLTIMO PERO NO MENOS IMPORTANTE,A MIS DOS GRANDES AMORES: OTTO Y HUNTER.
Conocí a María de la misma forma que suelen suceder las cosas buenas de la vida: por casualidad.
Me contactó un día por redes sociales porque estaba buscando a alguien del colectivo médico con quien trabajar codo con codo bajo el prisma de la atención integral a la mujer. Esa perspectiva de género que tanta falta hace todavía hoy en mi campo. Para entonces ella ya estaba realizando un excelente trabajo, pero, movida por esa ambición de mejora y perfeccionamiento que caracteriza a las mentes activas, me encontró y empezamos a hablar. ¡Cómo me iba a imaginar que, un año después, Son tus hormonas habría crecido tanto y ayudado a tantas mujeres! Así pues, hoy cuento con el enorme honor de redactar este prólogo y presentaros la filosofía y los fundamentos que engloba este libro.
Creo que, si tuviera que describir con una sola expresión este libro, escogería la palabra «luz». Sí, «luz», porque todo lo relacionado con el cuerpo de la mujer y su funcionamiento se ve envuelto en sombras, incertidumbres, mitos, falsas creencias y opiniones indeseadas. Por fin, afortunada lectora, con este libro vas a poder disipar todas esas dudas y ver con claridad en el interior de tu propia biología.
Encontrarás en este texto toda la información que necesitas respecto a las hormonas que habitan tu cuerpo, cómo se comunican e interactúan entre ellas y cómo se manifiesta su presencia en tu organismo. Entenderás la complejidad y ciclicidad natural del cuerpo femenino y qué sucede si alguna hormona no está desempeñando adecuadamente su papel. Obtendrás información sobre lo que está en tu mano (que es mucho más de lo que crees) para cuidar tu salud hormonal. Todo ello en un lenguaje claro y sencillo, para convertir lo difícil en fácil y lo teórico en práctico.
¿Cansada de remar sin rumbo, sin entender qué te pasa y por qué, y sin saber qué puedes hacer al respecto? Permíteme ayudarte a bajar de esa barca y enseñarte un baile muy especial: el baile de tus hormonas.
DRA. AZAHARA HERRERA ESPINOSAMedicina Familiar y Comunitaria
Dicen que los nativos digitales saben cómo funcionan los medios digitales porque nacieron con ellos. ¿Sabrán también cómo funciona su cuerpo porque nacieron con él?
En mi caso, aunque nací unos años antes de que los teléfonos móviles se popularizaran, me defiendo muy bien con mis dispositivos electrónicos, me muevo con comodidad en las redes sociales y soy bastante apañada para resolver cualquier problemilla técnico con la ayuda de algún tutorial de YouTube. Sin embargo, en lo que respecta al funcionamiento de mi propio cuerpo, debo reconocer que llegué a adulta sin tener ni idea de las cuestiones más básicas.
De hecho, hasta los veinticinco años no supe cómo funcionaba mi ciclo menstrual. Esto no me acomplejaba en absoluto, porque la mayor de las ignorancias es ignorar que no se sabe, y por eso hasta me atreví a tomar decisiones que afectaban al funcionamiento de mi cuerpo. ¿Sabrías qué pieza del coche tocar ante un fallo técnico si no tuvieras ningún conocimiento de automoción? Adivino que no. Pero, ¿qué me dices si te pregunto si has tomado alguna decisión que afectara el equilibrio de tu cuerpo sin tener la información necesaria? Piensa unos minutos antes de contestar.
Tranquila. Yo también fui por la vida ignorando que tener un cuerpo de mujer significaba mucho más que menstruar una vez al mes. Cuesta creer que, en un mundo sobresaturado de información, las mujeres desconozcamos tanto sobre cómo funciona nuestro cuerpo. En mi caso, esta ignorancia me jugó unas cuantas malas pasadas. Ojalá hubiera sabido entonces algo de lo que te contaré en estas páginas. Léelas antes de tomar cualquier decisión que afecte a tu cuerpo, porque tu cuerpo es todo lo que tienes.
1
SI TÚ NO DECIDES SOBRE TU CUERPO, OTROS DECIDIRÁN POR TI
Te contaré un poco más sobre mi historia personal y la relación que tuve con mi cuerpo, no porque sea muy especial, sino precisamente porque creo que es la historia de muchas mujeres. Quizá la tuya también.
A los dieciséis años comencé a tomar pastillas anticonceptivas. Había acudido al ginecólogo motivada básicamente por mi acné, un acné persistente, que me mortificaba muchísimo. Las reglas irregulares, en cambio, no me preocupaban; podía pasarme todo un verano sin menstruar, pero para una chica con una vida activa como la mía, que montaba a caballo frecuentemente, no tener la regla era en realidad una liberación. No tenía ni idea de las consecuencias que podía acarrear en un futuro la falta de menstruación. Si tú misma estás pasando por una fase en la que no menstrúas, espero que, tras leer este libro, seas consciente del impacto que puede tener en tu salud. Luego tú ya decidirás qué hacer.
El médico me pidió una analítica y, aunque nunca me explicó qué mediría ni los resultados obtenidos, me indicó que empezara a tomar las famosas anticonceptivas Diane, con las que me mejoró mucho el acné y logré regularizar mi regla. O, al menos, eso pensaba yo. En realidad, el acné no mejoró del todo, porque por entonces no sabía que había un factor nutricional que influía en él.
Con un acné bastante controlado y mis reglas puntuales cada mes, seguí tomando estas píldoras hasta los veinticinco años. Un tiempo después, comenzó a salirme un indeseable vello facial, una pelusilla en la cara que, por supuesto, no me gustaba nada. Podía tolerar cierto grado de acné, pero el vello facial era demasiado. Vuelta al ginecólogo, otra vez una analítica cuyo objetivo no entendí ni cuyos resultados me explicaron, otra vez una prescripción de anticonceptivos y otra vez mi frustración.
El Dr. Google tiene muy mala fama: que si alarma, que si desinforma, que si confunde. Pero voy a ir a contracorriente y te animo a que consultes con Google si no tienes otra fuente. Luego, con todas las dudas que te cree tu investigación de andar por casa, te plantas en la consulta de un profesional.
A mí me habría gustado poder consultar con un tercer médico, pero nadie parecía querer escucharme. Así que, asumiendo que el Dr. Google puede ser muy alarmante, no me quedó otra que ponerme a investigar por mi cuenta. Quería saber qué impacto podía tener en mi cuerpo una serie de hormonas que en la analítica habían salido un poco más elevadas de lo normal. Para mi sorpresa, descubrí que esos niveles se relacionaban con la causa de mi vello facial.
Entonces sí, con estos hallazgos, obtenidos tras una simple búsqueda en Google, recurrí a otra profesional. Esta vez se trató de una ginecóloga que, solo con leer la analítica que le llevé y hacerme una ecografía, me diagnosticó claramente el síndrome del ovario poliquístico, o SOP según sus siglas. No me pidió estudios complejos o caros, la misma analítica que me había hecho con el otro ginecólogo a ella le bastó para darme el diagnóstico que nadie me había dado. Cuesta creer que exista esta diferencia de conocimientos entre profesionales de una misma ciudad, con acceso a las mismas fuentes. (Moraleja: nunca hay que quedarse con un primer diagnóstico si no estás convencida).
El tratamiento indicado fue otra vez la píldora anticonceptiva, pero yo estaba decidida a llegar hasta el final en mis investigaciones, más ahora que sabía lo que me pasaba. Lo que descubrí gracias a la literatura científica —la mayoría solo disponible en inglés— es la estrecha relación que existe entre la alimentación y el SOP. A veces me pregunto si la falta de conocimiento de algunos médicos responde a un desinterés o a las dificultades para leer en inglés.
Fue muy tranquilizador comprender lo que me pasaba: mi cuerpo no me estaba dando guerra, yo no tenía que luchar contra él, porque no era mi enemigo; mi cuerpo me estaba dando señales que yo malinterpretaba. Se trataba simplemente de entender qué me quería decir, y para eso debía aprender su lenguaje.
Claro que llegar a esta conclusión me llevó mucho tiempo y esfuerzo, como a cualquier persona sin formación científica. De hecho, yo trabajaba en el ámbito del marketing, y ¿qué hace alguien con formación y experiencia en comunicación cuando acaba de descubrir algo importante? Contárselo rápidamente a todas las personas a las que esta información les pueda interesar.
Junto a una amiga, creé un grupo de Facebook en el que compartíamos consejos sobre alimentación y estilo de vida para mejorar los síntomas del SOP. Llegamos a reunir a más de seis mil mujeres. Seis mil mujeres a las que el sistema de salud no estaba atendiendo. De hecho, un diez por ciento de las mujeres padece este síndrome y no hay prácticamente ningún tratamiento más allá de alguno de los métodos hormonales que están en el mercado hoy en día.
Para poder convivir en paz con mi SOP, tuve que aprender mucho sobre cómo funcionaban mis hormonas, cómo impactaban en mi bienestar general y, fundamentalmente, qué podía hacer yo para tener una mejor calidad de vida. Me di cuenta de la enorme desinformación que las mujeres tenemos sobre nuestro propio cuerpo y de los sufrimientos que soportamos simplemente por no disponer del conocimiento necesario. Por eso me decidí a escribir este libro, porque quiero enseñarte la lengua que habla tu cuerpo para que puedas comunicarte con él.
No hace falta dedicarse a estudiar como si fuésemos profesionales; el lenguaje del cuerpo femenino no es un idioma tan difícil. La clave es acallar el ruido que viene del exterior y aprender a escuchar. Hemos normalizado tanto vivir a pesar de nuestro cuerpo que nos cuesta imaginar que es posible vivir disfrutándolo.
2
NO ERES TÚ. SON TUS HORMONAS
Ser mujer es ser cíclica. Al igual que la naturaleza, que está marcada por el paso de una estación a otra en un incesante movimiento circular, las mujeres vivimos al ritmo de las fases de nuestro ciclo menstrual.
Sin embargo, por razones que no vienen al caso ahora pero que todas conocemos, las mujeres hemos sido educadas de modo lineal, a la medida de los hombres. Nadie nos dijo que lo normal era que no nos sintiéramos igual todos los días, que nuestra energía fluctuase según el momento del ciclo en el que nos encontráramos. Que algunos días tendríamos más ganas de comer dulce, de tener sexo o de estudiar; que un día podríamos sentirnos el alma de la fiesta, mientras que otro no nos apetecería hablar con nadie. Que habría semanas en las que podríamos escalar el Everest y otras en las que nos costaría levantarnos del sofá. Y que todo esto era absolutamente normal.
Nadie nos lo explicó. Nos convertimos en mujeres sin saber apenas nada del funcionamiento de nuestro cuerpo. Sabíamos que nuestro sistema reproductor se diferenciaba del masculino, y poco más. No estamos hablando de la época de nuestras abuelas, que un día tuvieron que vérselas con una pérdida de sangre de la que nadie las había advertido, que no contaban con el material de higiene adecuado y que encima debían ocultar lo que les ocurría. No, las mujeres ahora lo tenemos mucho más fácil: cuando tuvimos nuestra primera menstruación, de la que ya nos habían hablado en la escuela —y a las más afortunadas en casa—, nos dijeron que eso se repetiría cada mes durante unos días, que sería un poco rollo, sí, pero que el resto del tiempo sería «normal», y que disponíamos de varias opciones —farmacéuticas, claro— para paliar el malestar que pudiéramos sentir y seguir con nuestras actividades habituales durante los días de la regla.
Desde hace un tiempo se habla de la violencia obstétrica para referirse al maltrato y la falta de respeto que sufren las mujeres embarazadas cuando sus demandas y necesidades no son tenidas en cuenta. Celebro que se empiece a visibilizar esta realidad, pero una mujer no necesita llegar a un embarazo para que sus derechos como paciente sean desatendidos. Nuestros síntomas suelen traducirse en la consulta médica como problemas psicológicos —o, en el mejor de los casos, como psicosomatizaciones— y casi nunca como pistas de algo que no funciona. Por eso es frecuente que nos prescriban algún medicamento en lugar de explorar nuestro cuerpo. O que directamente minimicen o nieguen nuestros problemas de salud. Cuando sufrí la aparición de vello facial, decidí consultar a un médico ginecólogo que gozaba de una alta reputación. Me dijo, literalmente, que lo mío no era nada, que él había visto a «mujeres con el culo como Chita».
Hago una pausa para darte tiempo a digerir esta frase. Imagínate cómo me sentó en ese momento. También me dijo que, cuando me quisiera quedar embarazada, ya libraríamos «esa batalla». ¡Qué manía con las metáforas bélicas para referirse a nuestro cuerpo! Yo no tenía que pelearme con él, sino entenderlo. Y para ello necesitaba información, una información que muchos profesionales de la salud manifiestamente no tienen, y no parece que les quite el sueño.
