Soy dueña de mi vida - Helena Estrada - E-Book

Soy dueña de mi vida E-Book

Helena Estrada

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Beschreibung

Responsable, comprometida, exitosa, buena compañera, perfeccionista...   Muchas veces interpretas personajes guionados por miedos, exigencias o mandatos. Hasta que un día te cuestionas si tu valor está en la forma en la que actúas o en lo que realmente eres.   Helena Estrada, consultora especializada en autonomía de las mujeres, te ayuda a salir de ese laberinto para ser nuevamente la dueña de tu vida, abrazar tus verdaderas motivaciones y crecer tanto en tu vida personal como laboral.

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Seitenzahl: 239

Veröffentlichungsjahr: 2023

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www.editorialelateneo.com.ar

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@editorialelateneo

A las mujeres que escuchan sus susurros.

Un vitral a modo de introducción

¿Somos valiosas por la formaen la que actuamos o por lo que somos?

Es una pregunta válida, porque no siempre actuamos en función de nuestra verdadera esencia, y esto ocurre por infinitas razones. Mandatos, exigencias, expectativas, múltiples roles.

Son incontables las veces que hemos leído y escuchado (y también experimentado) a esta multiplicidad de mujeres que sentimos que debemos encarnar. Todas ellas parecen habitar en nosotras y demandan prioridad en ser actuadas. Incluso en el plano laboral, se disputan dentro nuestro: yo, la Mujer Maravilla; yo, la culposa; yo, la perfeccionista; yo, la rescatista; y tantas otras…

Como si una “buena mujer” debiera reunir las partes de un enorme vitral. ¿Diseñado por quién? Por la familia, la sociedad, las creencias, una misma… da igual. No se trata de su origen, sino de cómo impacta en nuestra vida.

Las partes de un vitral tienen distintas formas y colores, están adosadas unas junto a las otras rodeándose entre sí, divididas por una línea negra, no se fusionan en una transición. Necesitamos tomar distancia para concebir el dibujo completo. De cerca la visión es parcial, sesgada y sin sentido.

Si extrapolamos la metáfora hacia la imagen femenina en el mundo laboral, podemos notar cuánto se valoran ciertas partes en detrimento de otras, definidas según el área en la que nos desenvolvamos. Así, se crea un diseño tan imposible como monstruoso de una mujer que no existe: talentosa, bella, buena madre, esposa, amiga, exitosa, comprometida, independiente, saludable y alegre. Cada uno de esos roles exige atención, tiempo, recursos y talento.

Cuando carecemos de alguna de esas partes, muchas veces elegimos simularla hacia el afuera, y ahí comienza el divorcio entre quienes somos y cómo actuamos. Creemos que es un mal menor (tan fuerte oprimen los mandatos). Pretendemos engañar, y nos engañamos. Solemos subestimar el daño que nos ocasiona alejarnos de nuestra valiosa naturaleza interpretando personajes guionados.

Y estamos agotadas. ¿Cuántas veces reprimimos una sensación de hartazgo? La sofocamos porque intuimos que, si la dejamos crecer y fluir, puede terminar rompiendo todos esos cristales. Quizás tampoco conozcamos una alternativa a la imagen de la composición idealizada que hemos aprendido y repetido día tras día.

¿Qué hace que sigamos sosteniendo con tanto esfuerzo un vitral tan frágil como artificial? Me atrevo a una respuesta genérica: el miedo.

Miedo a no ser queridas.

Miedo a no ser deseadas.

Miedo a ser señaladas.

Miedo a ser expulsadas.

Miedo a no pertenecer, a ser “locas”.

“Sé tú misma”, “Conócete a ti misma”, “En tu interior está la verdad”. Sabias palabras, cierto. Pero estas frases milenarias contrastan con el riesgo de mostrarnos tal cual somos cuando vemos en los medios de comunicación cómo la sociedad (¿nosotras también?) castiga. Señala. Culpa. Aísla a muchas mujeres que fueron a contracorriente de los mandatos, en una suerte de mecanismo disciplinante: “Cuidado, si actúas como ella, te sucederá lo mismo”.

Más allá de los mandatos sociales, aparece otra barrera más individual: cada vez se nos hace más difícil conectar con nosotras mismas. Con quienes somos, con lo que queremos de la vida, lo que deseamos, lo que rechazamos. Resulta muy difícil planear un camino si no sabemos del todo cuál es el destino al que queremos llegar. Dudamos de las metas que —supuestamente— la sociedad, la publicidad y las distintas corrientes de autoayuda nos proponen, echamos culpas al afuera, pero ¿cuáles son las nuestras?

Es que quedamos aturdidas. Por tanta información, tanto reclamo a nuestra atención, tantos frentes que atender. Expectativas propias y ajenas a las que, además, se les agregan los sesgos inconscientes, los techos de cristal y otras condiciones estructurales que hacen que nuestro sendero se presente especialmente empinado.

Mientras tanto, nos seguimos exigiendo; seguimos conviviendo con distintos roles de mujer dentro de nosotras mismas. A veces sale uno, a veces otro, depende de la circunstancia. Vamos poniendo luz y foco al personaje que requiera la situación que estemos viviendo. A veces, incluso interpretamos a más de uno en simultáneo.

Hace varios años ya que tengo contacto con muchas mujeres. Desde distintas ONG en las que participé, en la función pública y, luego, desde las redes sociales. Al día de hoy, más de 250.000 mujeres participan en mi comunidad, que para mí es un termómetro y un medio de vinculación con muchas particularidades.

Termómetro, porque veo qué tipo de temas trae mayor reacción, cuáles contenidos tocan puntos sensibles. No siempre puedo predecir cómo repercutirá cada publicación que hago, y tengo grandes sorpresas en este aspecto.

Por otro lado, está el mundo de los mensajes directos y privados que me mandan tantas mujeres. La mayoría enviados a altas horas de la noche, me imagino que los escriben a solas, tal vez sin poder conciliar el sueño. Suelen ocupar pocas líneas, como susurros. Yo los tomo como mensajes en botellas que llegan a mi orilla, y los leo con respeto y cariño, muchas veces les respondo lo valientes que son en su lucha diaria. Luego, surge la pregunta inmediata: ¿por qué tiene que vivirse como una lucha diaria?, ¿contra qué o quién luchamos?, ¿de qué nos priva ocuparnos de tanta batalla?

Atesoro esos mensajes y escribo libros con la intención de que aquellos susurros se transformen en voces potentes, en frases sonoras leídas por miles de mujeres para alivianar nuestra carga, para hacernos más fuertes.

Así surge este libro, donde retrato quince escenas laborales de mujeres que —en el momento de la narración— están tomadas por un aspecto de su personalidad. Desde afuera solo se ve lo que actúan. Son las bailarinas que llevamos las mujeres en nuestro interior, que salen al escenario de la vida a medida que las convocamos. Aquí, también las vamos a mirar tras bambalinas: queremos conocer su coreografía, sus rituales y trucos, sus dolores musculares, su desgaste, sus satisfacciones, éxitos y fracasos. Reconocer nuestras facetas en el mundo del trabajo nos conectará con nuestras motivaciones profundas y verdaderas, y, así, volveremos a elegir.

Hay un hilo que une a las quince mujeres retratadas, quienes forman una unidad circular, donde las acciones de cada una impactan en las demás, a veces de manera evidente, a veces sin que siquiera lo sepan, como ocurre en la vida. Después de los relatos individuales, ellas se encontrarán cara a cara, en una nueva oportunidad de conectarse y ser aliadas.

Espero que este libro nos permita reconocer a nuestras propias bailarinas, para no dejarnos cegar por las luces, los aplausos ni la voz de los críticos. Que nos haga disfrutar cada baile, que nos permita crecer en nuestro talento, expresarlo y compartirlo.

VERÓNICA en el escenario

—No puedo creer que me arruiné una uña de vuelta. Ni siquiera las uñas semipermanentes aguantan este trabajo.

Son las seis de la tarde y a Verónica le falta entelar y forrar con papeles ilustrados unos veinte cuadernos más.

Lo hace con su computadora abierta para ir revisando en simultáneo los mensajes de clientes o proveedores que le vayan llegando. Tiene una pequeña clientela por una red social, pero le gustaría crecer más rápido. “Es que no dejan que me desarrolle”, piensa mientras sigue pegando la tela. “En este país no se puede, todo está hecho para que te vaya mal. Una trata de hacer las cosas bien, de ser responsable, pero el sistema te frena. Los proveedores te entregan cuando tienen ganas, y eso sí: no te toman el pedido si no tienen la seña, o el pago completo. Y los clientes… Las vueltas que dan antes de cerrar un pedido. No alcanza con responder preguntas a cualquier hora, una y otra vez, si al final, ¿cuántas veces me dejan esperando sin respuesta? Desaparecen. Y después, están las otras chicas que me copian todo, los calendarios, los anotadores, las agendas… todo me copian, el mito del ‘ecosistema emprendedor’, donde todos colaboran, intercambian ideas… ¡es mentira! Cada uno está en la suya, ¿quién se cree el cuento del ecosistema? Puro humo, todo es oferta y demanda, como siempre lo fue”, sigue reflexionando.

―Hola, Verito, ¡qué linda que estás hoy! ¿Te hiciste reflejos más rubios, no? ¡Me encantan! ¿Te anoto para el brindis de las siete de la tarde en la cocina comunitaria? Vamos a darle la bienvenida al coworking a otro emprendimiento: trabaja cosas de diseño con corcho.

―No, Marce, gracias.

―Pero ¡dale! Qué poca onda. Ahora que lo pienso, capaz que puedan hacer algo juntos más adelante. Podrías sacar una línea de “Cuadernos con Amor y con corcho” o… ¡“encorchados”! ―se ríe Marcela de su propia ocurrencia.

―Ya sabes que no me sumo a esos eventos, además, estoy con muchísimo trabajo atrasado ―responde Verónica, algo ofendida por el chiste.

―¡Es que estás camino al éxito, reina, es una prueba contundente! Lo que sí: “calavera no chilla”. ¡A Lady Gaga tampoco le fue tan fácil al comienzo! Cuando seas famosa, me vas a prestar atención, ¿no? ―ríe Marcela mientras se aleja.

“Qué ganas de mudarme sola, así podría trabajar desde mi casa, tranquila y sin tanta gente alrededor, estos espacios de trabajo compartido son una pajarera. ¿Cómo una puede concentrarse con tantas interrupciones? En casa es imposible, papá siempre me mira con cara de desilusión, mamá se tragó el personaje de coach motivacional (tú puedes, el cielo es el límite, visualiza tu deseo y se realizará), está pesadísima”, se dice Verónica.

Continúa entelando tapas de cuadernos, no sabe si es por el olor del pegamento o sus pensamientos, pero nota cómo se le van aguando los ojos. Se siente atrapada. Ya tiene veintisiete años y sigue viviendo en lo de sus padres. “Bueno, en realidad, podrías mudarte”, le insistía siempre Lara, su ex. “Sí, claro que podría, pero tendría que estar lejísimos de mi familia, lejos del barrio, y a mí me gusta mi barrio, donde todos me conocen. Me mudaré cuando pueda, cuando las circunstancias me lo permitan, cuando tenga el presupuesto para hacerlo. Necesito cierto nivel de vida y, por ahora (por este país), no lo tengo, así que no me queda alternativa”, respondía ella.

Ya son las siete de la tarde, Verónica va finalizando el día. Evalúa la pila de cuadernos terminados. “Si viviera en Estados Unidos, me haría millonaria enseguida, aunque tuviera que empezar de cero, allá valoran lo artesanal, entienden el valor del trabajo manual. O en España igual, si hasta tengo la ciudadanía”. Se mira las manos, observa la uña dañada. “No lo puedo creer, voy a tener que ir a la manicura antes del mentoreo de mañana. ¿Para qué le habré hecho caso a Lara con anotarme en el programa este? Tengo que ir para no quedar mal con una jueza que me asignaron de mentora. ¿Qué tiene que ver el diseño con una jueza? Una pérdida de tiempo total…”.

El baile de LA VÍCTIMA

Tanto en el discurso como en los pensamientos de Verónica, vemos a una mujer que se siente trabada en su desarrollo profesional. Ella identifica varios factores externos que, a su parecer, son los que impiden que su emprendimiento crezca.

A través del relato se pueden vislumbrar oportunidades que se le presentan, pero que ella desoye o ignora: trabaja en un espacio compartido con otros emprendedores, pero no los considera como un aporte para crecer, sino como una amenaza.

Lo mismo sucede cuando se queja de su país: aun teniendo una posibilidad real de emigrar a otro, permanece en donde está.

Esa sensación de estar impedida de crecer se manifiesta en el plano personal también. Lamenta seguir viviendo con sus padres, pero prefiere permanecer allí por no alejarse del barrio que ya conoce y bajar su nivel de vida. No está dispuesta a sacrificar comodidad por independencia.

Los factores que hacen que Verónica se sienta estancada no pertenecen al momento presente, conviven con ella desde hace tiempo, tal vez años. Resuenan como frases que, al igual que un mantra, se repite a sí misma. Frases armadas, mitos urbanos como hacerse millonaria por emigrar, lugares comunes que ella lleva dentro e inundan su presente.

En sus pensamientos, podemos identificar cómo personaliza obstáculos que son generales: la coyuntura económica, las condiciones comerciales de los proveedores y el comportamiento de su clientela. Verónica vive esta realidad como una hostilidad personal hacia ella, lo que se vuelve determinante en su falta de crecimiento profesional.

VERÓNICA tras bambalinas

Verónica no expresa sus pensamientos ante terceros. Se habla a sí misma, enumera sus quejas internamente, en una suerte de letanía infinita. ¿Qué buscamos cuando justificamos ante nosotras mismas aquellas cosas que vivenciamos como trabas? ¿Tal vez, al hacerlo, les otorguemos una mayor entidad y eso nos traiga tranquilidad por sentirnos excusadas?

La impotencia puede acobijar un refugio magnífico. Nos protege no solo de la posibilidad del fracaso, de la frustración y de atravesar dificultades, sino también de tomar la decisión de siquiera intentarlo. Cuando somos nosotras las que nos hacemos responsables de evaluar aquello que vamos a intentar y lo que no, asumimos como propio el posible error o acierto.

El modo “yo, la víctima” suele llevarnos a simplificar las causas-consecuencias de lo que nos sucede. También puede llevarnos a dividir entre “los buenos” y “los malos”, “los que me quieren” y “los que me quieren atacar”, en una lectura infantilizada de la realidad, que busca que el afuera asuma la responsabilidad de sacarnos de ese lugar: “alguien tiene que ocuparse, protegerme o rescatarme”.

Cuando nos sentimos víctimas, podemos quedar aisladas, ya que percibimos nuestra realidad y lo que nos afecta como algo excepcional. Podemos notar la soledad de Verónica, rodeada de personas en el coworking, pero ensimismada en lo propio. Sigue viviendo con sus padres, pero se siente distanciada de ellos. Fantasea con una vida en el exterior, pero prefiere quedarse en su barrio.

Si tomamos como hábito la actitud de víctima, puede resultar un verdadero desafío salir de ese rol. “La víctima” nos obliga a permanecer en el personaje, porque, si no, perdería credibilidad.

Tal vez, el modo víctima nos permita una autocompasión que signifique un abrazo, una calidez, una contención hacia nosotras mismas. Quizás, lo que verdaderamente estemos buscando sea atención, y el formato de “la víctima” funciona muy bien para tal propósito. Si estar en una posición de víctima nos da cierta ventaja en algunos vínculos, ya sean familiares o profesionales, si usamos ese rol para provocar pena o culpa en los demás, ¿qué otro tipo de vínculo estamos bloqueando?, ¿de qué nos estamos perdiendo? Si necesitamos atención, ¿qué nos está impidiendo solicitarla de manera directa y franca, sin manejos o especulaciones?

En el plano económico, Verónica se aferra a un parámetro que impacta en todas sus facetas: no adecuará su estilo de vida a los ingresos que logre, no está dispuesta a bajar sus estándares de consumo a cambio de su independencia financiera. Decisiones de este tipo no solo afectan en lo monetario, también impactan en nuestras relaciones de pareja o de familia. Nos muestran, de una manera muy transparente, qué valoramos más.

LA VÍCTIMA en nosotras

Tomar una actitud de víctima nos llena de impotencia, que rápidamente puede convertirse en bronca y, luego, en resentimiento. Cuando les adjudicamos la responsabilidad de lo que nos pasa a terceros, necesariamente quedamos como receptoras de una situación de injusticia, como mínimo, de no poder tomar decisiones sobre nosotras mismas.

También nos impide crecer, madurar, asumir aquellos aspectos de la realidad que no podemos cambiar como datos objetivos y articular sobre nuestro actuar en función de ello.

Ponernos a disposición de las circunstancias o las decisiones de terceras personas nos aniña, al cederles un poder que no queremos ejercer. Esa transferencia de nuestra propia autonomía a otros nos deja sin recursos, sin capacidad, es decir, incapaces. ¿Podríamos recuperar ese poder personal? ¿Depende de que otros nos lo “devuelvan”?

Cuando tomamos el rol de víctima, nos ponemos en el centro de la acción, sentimos que los factores externos nos juegan en contra “a nosotras”, y surgen frases del tipo “siempre tengo mala suerte”, “es que nadie me entiende”, “todos me quieren perjudicar”, “no sé qué tienen contra mí”, “yo siempre ayudo a los demás, pero nadie me hace ningún favor”, entre otras, que nos alejan de ponderar nuestra propia responsabilidad. En efecto, sentirnos víctimas también nos permite esconder nuestro verdadero “no quiero” detrás de un genérico (y ficticio) “no puedo”.

Recuerdo el caso de la líder de una agrupación pequeña de mujeres dedicadas al agro en una zona de la provincia de Buenos Aires. Me comentaba que se sentía imposibilitada para llevar adelante muchas iniciativas que imaginaba por culpa de las peleas internas, las discusiones y las “guerras de egos” entre las propias participantes del grupo.

Las mujeres de campo trabajan para hacer productivo lo que brinda la naturaleza, afrontando tanto las inclemencias del clima y la cadena de producción local como los mercados internacionales: todo a la vez.

Suele ser un trabajo de largas horas a cielo abierto, muy solitario. Existe mucha solidaridad en el campo, es un recurso fundamental de la comunidad, pero hay menos experiencia en la organización de grupos de interés o influencia que en las grandes urbes. Entre mujeres, menos aún. Al conversar con ella en más detalle, pudimos ver que estas trifulcas no eran un freno real para sus iniciativas, sino que las hacían más complejas, porque requerían que ella negociara, creara consensos, construyera un liderazgo inclusivo y, en última instancia, que simplemente tolerara las opiniones adversas. Llegado este punto de la conversación, se negó de pleno a dicha perspectiva. Entonces, ambas comprendimos que no se trataba de una situación en la que ella no pudiera avanzar con las iniciativas del grupo, sino que no quería hacerlo: prefería seguir navegando entre confrontaciones antes que tomarse el trabajo de buscar consensos y cohesionar al grupo.

La pregunta de fondo tal vez sea cuánto dominio o autoridad estamos dispuestas a ejercer sobre nuestra propia vida. Estamos tan acostumbradas a los límites que —aunque parezca paradójico— estos constituyen nuestra zona de confort: “hasta aquí puedo, más allá no, no hace falta intentarlo”.

La grandeza posible, en el sentido de sentirnos hacedoras de nosotras mismas, requiere coraje y una enorme entrega. Dejar ir utopías de perfección que no existen, mirar la realidad con sinceridad y estar dispuestas a no enmascararnos, a mirar de frente la vida, desnudas de artificios y, así, ser genuinas en cada momento.

¿Y POR CASA CÓMO ANDAMOS?

Como muchas, he atravesado situaciones personales en las que me sentí víctima. Por distintas razones, elijo no revelar los detalles de las circunstancias, creo que lo valioso para compartir es la experiencia de aquella soledad en el dolor.

Tengo el recuerdo de experimentar mucha soledad, e incluso un sentimiento de estigmatización que me resultó especialmente sorpresivo e hiriente. También recuerdo el temor a que esa vivencia fuera a permanecer en mí para siempre. Me resultaba imposible en aquel momento imaginarme libre de mi carácter de víctima. Me pensaba víctima y pude verme, por primera vez en mi vida, como tal. Tuve lástima de mí misma en más de una oportunidad, y precisamente eso me hacía sentir indefensa. Y silenciada. ¿Quizás me avergonzara o incluso sintiera en algún nivel que merecía esa situación, como un castigo? No lo sé. Pero sí recuerdo un silencio impuesto.

Creo que, si hubiera dejado crecer en mi interior estos sentimientos, hubiera desarrollado mucho rencor, y posiblemente un modo de vida rencoroso.

Elegí atravesar el dolor. Llorar y darle paso al dolor todo lo que necesitara, que fue mucho. Me negué a tomar calmantes artificiales, no quise anestesiarme. De haber elegido alguna anestesia, seguramente me hubiera sido difícil abandonarla.

No considero un mérito el camino que elegí. Creo que era la única opción que tenía si quería seguir siendo yo misma. Cualquier atajo hubiera implicado renunciar a algo de mí.

Quizás, me salvó el orgullo. La imperiosa necesidad, la alegría y el disfrute vital de ser yo misma. Con todos mis errores y desaciertos, me negué a sacrificar mi identidad, lo más propio que tengo en esta vida.

Cuando revivo aquellas circunstancias, me vuelve a brotar el sentimiento de víctima, y le doy su lugar, lo tiene en mi historia de vida. Pero quedó en el pasado. El dolor me agrandó el corazón, me facilitó la empatía, me ablandó la mirada, no determinó mi presente, me enseñó.

MARCELA en el escenario

En el coworking donde trabaja Marcela como relacionista pública, todos la conocen. Hay una alta rotación de personas de distintas empresas que entran y salen de sus modernas oficinas. Y todas toman contacto con ella al poco tiempo de ingresar al espacio de trabajo compartido.

―Marce, te pedí que vinieras antes de la reunión porque quería que habláramos a solas un rato ―le explica su jefe, Santiago.

―Sí, Santi, obvio ―responde ella algo asombrada.

Marcela se viste con estampados florales, usa aros coloridos, lleva sus rulos salvajes con orgullo y camina con un andar seguro. No duda en presentarse ante los nuevos usuarios del espacio, inclinarse en un escritorio o quedarse a charlar un rato. Es divertida y rápida, hace observaciones sagaces y, al rato de estar conversando con ella, es imposible no contagiarse de su buen humor. Cuando el encargado del edificio la ve llegar, ya le tiene una broma preparada sobre el partido de fútbol del domingo. La quiosquera de la cuadra alarga los encuentros con ella para comentar las novedades de la farándula. Al momento de la fiesta de fin de año de la oficina, se convierte en el alma del evento con sus pasos de baile, que todos acompañan. Marcela se siente querida y aceptada.

―Bueno ―le anuncia el jefe sin preámbulos―, estuve reunido con los dueños del coworking y me pidieron que recorte gastos, está todo muy complicado. Así que, en la reunión de equipo de hoy, les voy a decir a todos que se terminan los gastos extras: el café y el té, las frutas, los artículos de librería, los viáticos, las comidas con clientes, ese tipo de cosas se acabaron, los socios no van a seguir pagando todo eso.

―¡Pero cómo estamos hoy, Santi! ¡Mira que, si nos sacan las medialunas de los viernes, acá se arma la podrida! Prepárate para la barricada en tu oficina. Ja, ja, ja.

―A nadie le va a gustar, pero hay que hacerlo. Además, es muy posible que a futuro haya recortes de personal también, ahora vayamos paso a paso.

―¿Qué ocurrió? ¿Les agarró un panic attack?

―No, Marcela, esto es serio. Están pensando en despedir gente, todos los que no sean imprescindibles.

―Uh, qué loco. Entiendo... ―responde ella, ya visiblemente preocupada. De repente, recuerda los saldos deudores en sus tarjetas de crédito, ahora solo puede pagar los montos mínimos permitidos y acumular deudas con altos recargos de intereses. No puede evitar gastar en salidas sociales, para ella son parte de su identidad. En general, intenta no pensar en el dinero, amparándose en la idea de que las cosas se acomodan solas. La posibilidad del despido sacude su creencia.

―Quiero que le insufles ánimo a la reunión, como para no dejar que decaiga el ambiente, ¿bien? ―le indica el jefe―. Que vayas agregando comentarios del tipo “no es para tanto, nos vamos a arreglar igual”, cosas así, ¿sí? ¿Puedo contar con eso? Yo después te sigo la onda y así terminamos pum para arriba como nos gusta y, por supuesto, no le digas a nadie, esto queda entre nosotros.

―Sí, claro ―obedece ella forzando una sonrisa, mientras nota cómo se le aceleró el pulso.

―¡Gracias, Marce! Llamo al resto y ya nos reunimos.

Una hora más tarde termina la reunión, el equipo sale en silencio de la sala. Marcela se retrasa un poco hasta quedar última. De repente, mira a Santiago, que le guiña un ojo con complicidad, un “bien hecho”.

Ella sale abrazando sus papeles con más fuerza de la necesaria, siente la tensión en todo su cuerpo, camina rápido sujetando la sonrisa a puro músculo. Se dirige al baño para encerrarse cuanto antes en un cubículo. Se sienta sobre la tapa del inodoro y descansa la mueca, la sonrisa le duele. Cierra los ojos, siente el cuello rígido y afloja la mandíbula. Saca el teléfono y le escribe a su amiga Claudia: “Si llegas antes al bar, pídeme un tequila, en un ratito estoy por ahí, me atrasé un poco”. Pasado un tiempo prudencial, sale y chequea su expresión entusiasta en el espejo: “perfecta”, se dice triunfal. Sa va del baño erguida, con una pisada ágil para que nadie la detenga.

El baile de LA PAYASA

Marcela tiene facilidad para relacionarse con la gente y disfruta hacerlo. Está en un puesto ideal para su personalidad, dada la gran cantidad de compañeros con los que establece un vínculo cercano en muy poco tiempo. Ella es naturalmente sociable; fuera de lo estrictamente laboral tiene vínculos con las personas que ve a diario en el barrio de la oficina. En su rol profesional, podemos ver la confianza que logró establecer con Santiago, a tal punto que le pide que se reúnan primero a solas antes de una reunión delicada, para hacerla cómplice de la información que tiene que transmitir al resto del equipo. De manera explícita le pide que utilice su humor y optimismo para edulcorar las malas noticias que debe dar. En primera instancia, ella no puede resistir hacer un comentario bromista un tanto apresurado antes de llegar a procesar la información que le acaba de dar su jefe. Santiago debe recalcar la seriedad y las implicancias de lo que le está diciendo y, entonces sí, Marcela toma dimensión de lo que está por suceder: tal vez su propio trabajo pueda estar en peligro en un futuro cercano y su precaria situación económica empeore aún más.

Luego, Santiago le propone, o más bien le indica, el rol que quiere que ella interprete en la reunión: le pide que explote su natural optimismo. No le pide que sea “ella misma”, sino que haga una actuación de sí misma. Marcela accede, pero comienza a sentir repulsión.

Cuando la reunión termina, vemos en su lenguaje corporal la incomodidad que ha atravesado, carga la tensión en el cuerpo. Ella lo reconoce, sin embargo, de inmediato trata de deshacerse del malestar, por eso va en busca de un refugio en donde pueda liberar esa energía y reacomodar el personaje. Pronto se reunirá con una amiga y anticipa mentalmente su trago; otra manera de liberarse de la desazón.

Terminada esta rapidísima pausa, vemos cómo recrea su sonrisa y su actitud, no por obligación, sino por determinación propia. Preventivamente se mira al espejo, para chequear su gesto, su pose. “Perfecta”, se aprueba, y vuelve al espacio compartido como si nada hubiera pasado.

MARCELA tras bambalinas

Desde afuera, a las “Yo, la payasa” siempre se las ve sonrientes o de buen humor, pero a través de la escena podemos percibir que esa gestualidad puede tener distintos significados. Su cercanía con la gente surge de manera espontánea, pero también puede actuarla, si le dan la orden, o autoimponérsela.

Tal vez, haya comprobado en su historia personal que mostrarse graciosa, hacer chistes y ser optimista le facilita el acercamiento a los demás. Cuando vemos que un mecanismo da los resultados que esperamos, tendemos a repetirlo, incluso a perfeccionarlo. Cuando encontramos una manera específica para comunicarnos que no solo es bien recibida, sino también festejada, solemos agudizarla. Pudimos haber desarrollado este tipo de habilidades desde la niñez si nuestros padres apreciaban y celebraban alguna gracia que tuviéramos o, si cierta actitud nos benefició en la etapa escolar con nuestros compañeros y profesores, pudimos haberla perfeccionado a medida que fuimos creciendo.

En el caso de Marcela, no conocemos la génesis de su temperamento, pero sí podemos ver que tiene dificultad para salirse de ese modo. Necesita del llamado de atención de su jefe para entender el grado de seriedad de lo que le está diciendo, como si fuera una niña. Recién ahí, la vemos más conectada con lo que está sucediendo, al decir “entiendo”.

En ese entender, vislumbra que el eventual despido de personal puede incluirla a ella misma. Allí comienza un desdoblamiento entre lo que va sintiendo y lo que va actuando.

Tal vez por primera vez ella vea lo determinante que puede resultar su humor para su continuidad laboral y su frágil equilibrio financiero. Su jefe acaba de pedirle que utilice el recurso de sus bromas para facilitarle una tarea desagradable. En ese contexto, su personalidad se vuelve funcional a los objetivos de Santiago.

Marcela disimula ante su jefe la tensión que le causa la situación, porque prefiere mostrarse dispuesta a colaborar y comprensiva hacia las necesidades de él. No es fácil resistirse a los pedidos de los superiores para nadie, pero para las mujeres puede ser especialmente contracultural. Estamos educadas para agradar, por eso tendemos a ceder, a complacer.