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El deporte es visible cada día en sus trofeos y medallas, en sus portadas y titulares. Sin embargo, quien se asoma a la recámara asiste a todo lo demás, al esfuerzo y a las dudas, a los logros sin repercusión y a las claudicaciones. Este libro recoge ambos escenarios, el de los laureles y el de las penurias, territorios en los que se desarrollan historias magníficas, cada una de ellas repleta de emoción y de sentido. ¡Y eso que solo es una selección de las más de trescientas que ha escrito Sergio Heredia! Aquí se narra un recorrido vital con sencillez y convicción. Cómo endureces tu cuerpo en agua helada, cómo aprendes a pelear con las manos desnudas, con un cuchillo, con un rifle de larga distancia. Pero también cómo se trabaja en equipo, solidariamente, cómo se construye un grupo unido. Finalmente, cómo se desarrolla la mirada, la concentración, la atención al máximo en un mundo disperso. Hablan Miguel Indurain, Xavi Hernández, Eliud Kipchoge y Jaume Alguersuari, o Michael Robinson, Tomàs Jofresa y Paula Badosa. También lo hacen otros personajes no tan conocidos. A rienda suelta, todos ellos destilan suculentas reflexiones: "Solo disfrutando alcanzas la excelencia. Nunca desde el sufrimiento", dice Imma Puig. "Me he convertido en un aceptólogo", asegura el boxeador Santiago Rojas. "¿Qué significa el nombre Messi?", pregunta el maratoniano Jonah Chesum. "Vivimos en una sociedad desvirtuada, sin corazón para quienes más lo necesitan", dice Juan Manuel Brito Arceo, exárbitro de fútbol. "El Everest es un reflejo de la sociedad actual, donde lo importante es la imagen, el ir a lugares que todos conocen aunque estén masificados", asegura el alpinista Sito Carcavilla... Alguna de estas historias ha ganado premios internacionales de periodismo deportivo. Ninguna tiene desperdicio. Escritas con frescura, en un diálogo chispeante con el personaje y consigo mismo, saben acorralar al lector y mantenerlo tenso hasta el pitido final.
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Seitenzahl: 330
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Soy un superhéroe
‘Vuelta y Vuelta’, el periodismo deportivo como nunca te lo han contado
Sergio Heredia
Soy un superhéroe
‘Vuelta y Vuelta’, el periodismo deportivo como nunca te lo han contado
A Julia y a Silvia.
Siempre están aquí cerquita
Índice
Prólogo de Jordi BastéUn periodismo feliz
Introducción
Capítulo 1Lo que nunca te contaron
Jonah Chesum: “¿Qué significa ‘Messi’?”
Sílvia Vidal: “Apareció un oso; estaba sola”
Juan Manuel Brito: “Te vienen pensamientos raros”
Diego López: “No sientes manos ni pies”
Marc Ribas: “Yo alucinaba con Tarzán”
Ibon Cormenzana: “Allí arriba está el alma”
Javier de las Muelas: “En el desierto, aquel icono”
Sito Carcavilla: “¿Qué es este circo?”
Fede Sardà: Los golpes escondidos en Luz de Gas
Montse Durà: Una vida plena
Rey Mysterio: “Soy un superhéroe”
Núria Burgada: Ser madre de Kilian Jornet
Capítulo 2Si les escuchamos aprenderemos
Inma Puig: “¿Usted opinaría sobre el trabajo de un ingeniero?”
Pedro García Aguado: “Hubiera sido más feliz”
Santiago Rojas: “Voy, me hago rico y vuelvo...”
Jacinto Elá: “¿Sabe? No tengo televisión”
Luis Lucio: “¿Su espíritu? Comer verde”
Xesco Espar: “¿Quién va al océano azul?”
Maribel Martínez de Murguía: “¡Libertad!”
Marie Follet: “De niña dibujaba caballos”
Jorge Ramírez: Este señor te enseña a jugar al ajedrez
Capítulo 3Son leyendas en todo el planeta
Mágico González: Magia
Daley Thompson: “¿Ser famoso? ¡Qué engorro!”
Shaquille O’neal: DJ Diesel
Iván Pedroso: Volar
Gabriela Andersen: “Me repetía: ‘sigue, sigue’”
Eliud Kipchoge: El filósofo
Mike Horn: “Me vi muerto”
Florence Kiplagat: “¿Qué le pasó a mamá?”
Capítulo 4La magia de salir adelante
Gabriel Masfurroll: “T’estimo, Àlex”
Aroha Sibilio: “Cuando llueve, siento cerca a mi padre”
Maria Petit: “No somos normales”
José Cusí: La mirada del sabio
María Salvo: “Hablar de aquello es bueno, es sanador”
Kenny Noyes: “Y pudo haber sido peor”
Capítulo 5Son leyendas en nuestro país
Ona Carbonell: “La mejor medalla es la familia”
Jaume Alguersuari: Convertirse en Squire
José Luis Doreste: Atando cabos
Roberto Dueñas: Soñad, niños
Xavi Hernández: “¿El fútbol en Qatar? Un correcalles”
Miguel Indurain: “Probé el salto con pértiga”
Víctor Tomás: “Y siento que todavía puedo jugar”
Paula Badosa: La tenista que venció al miedo
Tomàs Jofresa: “El equilibrio, ¡qué difícil!”
Antonio Zanini: El rally era suyo
Reyes Estévez: “Vivía en un sexto; subía a pie”
Rafael Marañón: Al alba, dibujaba
Ander Mirambell: Y aquel tipo lo logró
Pere Casacuberta: ¿Un blanco ganando en cross?
Capítulo 6Explorando nuevos escenarios
Carlos Ruf: “Cuando jugaba, me insultaba”
Rafa Muñoz: “Anuncio aquí que me retiro”
Julia Takacs: “Prefiero ir acompañada”
Natalia García: “¡Estoy curando a mi abuela!”
Xavier Giró: “Y el viernes, un desastre...”
Capítulo 7Vivir la política
Víctor Gutiérrez: “Si me callo, no ayudo a nadie”
David Escudé: “Niño, ¿te vale la pena?”
Capítulo 8Aquellas viejas y maravillosas historias
Miquel Torres y Maria Ballesté: “Vi a aquella chica rubia...”
Antonio Prieto: Cuando los africanos invadieron el cross
Bernat Solà: “Tenía quince años; vivía solo”
Joan Manuel Esclasans: La leyenda del ‘equipo invisible’
Capítulo 9Se fueron
Michael Robinson: “Es curiosa la picaresca latina”
Álex Quiñónez: “A esos tipos les gano”
Capítulo 10 El futuro es suyo
Jordi Rovira y Japhet Sakala: ¿Qué pasaba con Japhet?
Guillem Pla: Niño volador
Miguel Indurain Jr.: “Sin mí, mi padre no hubiera venido a la Titan Desert”
Berta Abellán: ¡Den paso!
Pedro Ginés: “En el aula no soy el mejor”
Laia Aleixandri: “Viviré del fútbol”
Jordi De Mas: ‘I love this game!’
Gabriela Lasalle: Que le echen un galgo
Sobre el autor
Sobre el libro
Créditos
Prólogo de Jordi BastéUn periodismo feliz
Poco tiempo después que Joan Josep Pallàs fuera elegido por el director Màrius Carol para ser el nuevo jefe de Deportes de La Vanguardia le pregunté por la manera de escribir de Sergio Heredia. Le planteé la duda de si no significaba romper el estilo de los periodistas del diario o si, en cambio, era un ejercicio libre literario de un periodista que marcaba la diferencia en la forma, pero también en el fondo.
Pallàs sonrió y se sacó el tema de encima como blanqueando un “cállate, espera y verás”. Años después Sergio Heredia ha revolucionado el libro de estilo con un periodismo feliz.
Sergio escribe como le viene en gana: frases cortas que se mezclan con incontables puntos y aparte con textos que pueden iniciarse con citas famosas, destacadas en negrita, para enfatizar que, a partir de esa frase llega el oleaje periodístico.
Siempre he pensado que si te gusta esta profesión el tecleteo del ordenador produce una excitación similar a la música de una banda sonora antigua que es como el periodismo del autor de este libro: el del uso y disfrute del papel y el bolígrafo, de moverte por la calle y, sobre todo, de no dejar de preguntar. Un tipo de reporterismo que no podemos dejar esquinado por la tecnología y que va (y debe ir) por libre, similar al de los años noventa donde la observación dominaba la opinión. Sergio escribe como antaño, adaptado ahora a internet, es decir sigue siendo un periodista de los que destrozaba una Hispano Olivetti a dedazos, pero ahora acariciando las letras del ordenador. Alentado y acompañado por una redacción enorme, el autor de este libro dedica el tiempo a buscar deportistas con historias o historias con deportistas que parece lo mismo, pero que no es igual. A su manera, con su estilo.
Sergio Heredia sobrepasa en cada uno de los reportajes que aparecen en este libro la línea de meta y sigue corriendo o danzando con los deportistas cuando el resto pensamos que la carrera ha finalizado. De Miguel Indurain estábamos convencidos que teníamos su biografía empalagada hasta que, en un parto sorprendente, consiguió sacar la cabeza del hijo del veterano ciclista, ganador de cinco Tours de Francia, sorprendiéndonos con una confesión nada habitual: “Mi padre nunca me ha hablado de sus triunfos”.
Pero donde Sergio nos muestra su riqueza literaria es cuando manipula la nostalgia de nuestros recuerdos deportivos. Resucita de la memoria a futbolistas como Mágico González o Rafa Marañón, al atleta de Gurb Pere Casacuberta, a los gigantes Roberto Dueñas y Carles Ruf o al pequeño Tomàs Jofresa, al corredor de rallys Antonio Zanini o al decatleta Daley Thompson…
Y elabora un triple salto periodístico con el decadente paso de los años, más visiblemente apreciable en el deporte, cuando Aroha nos recuerda lo que significó para el baloncesto su padre Chicho Sibilio o cuando muestra los sufrimientos del deporte conversando (Sergio no entrevista) con Kenny Noyes, el motociclista a quien, después de un terrorífico accidente en Alcañiz, le diagnosticaron pérdida de respuesta ocular y motora. Gracias al tesón y a la Guttmann, vuelve a andar, a ver, a hablar.... Y los lectores somos cómplices de ese recorrido vital.
Periodista polideportivo, Sergio Heredia tanto escribe de movimientos de ajedrez como de movimientos acuáticos en la natación sincronizada, tanto te remata un córner como te atrapa un rebote porque una cosa es la altura y otra la habilidad, tanto te hace sonreír como sollozar… Habla de todo porque lo conoce todo. Porque sigue siendo atleta, continúa siendo deportista…. Todo en una mayestática primera persona.
Sergio Heredia demuestra en este libro qué es el periodismo feliz, con un grupo de textos que nos enseñan cómo el deporte es sensible al paso del tiempo. Sergio forma parte de la tribu de periodistas que nos recuerdan en cada artículo, en cada columna, en cada reportaje que escribir es un arte, una manera de vivir y, ante todo, un trabajo para hacer de los buenos lectores unas mejores personas.
Jordi Basté
Introducción
–¿Qué Vuelta y Vuelta hacemos esta semana?
–Te voy a contar la historia de un atleta africano que ganó el maratón de Barcelona e invirtió el premio en una vaca y le puso de nombre Barcelona. Y luego la vaca tuvo un ternero, y al ternero le puso Messi.
–Me parece bien, tío, me parece bien.
(…)
He sido terco y enfermizamente inconformista, y por eso he dado vueltas y vueltas.
Estudié Derecho en la Universitat de Barcelona y a mitad de camino asumí que aquel mundo no me interesaba. Por eso, decidí virar hacia el Periodismo.
Aún así, acabe la carrera de Derecho: he sido terco.
Licenciarme en Derecho me ha servido para decirlo por ahí:
–Soy licenciado en Derecho.
En realidad, la reflexión es vaga e injusta.
Ese Derecho que tanto he desdeñado me ha dado amplitud de miras y un buen estado de forma mental. El estudiante de Derecho está forzado a leer, relacionar conceptos y bucear en la memoria. A entender de todo un poquito.
Tan pronto como me licenciaba en Derecho, entraba en la facultad de Periodismo de la Pompeu Fabra, carrera que recomiendo a muy pocos pues el Periodismo se aprende en la calle.
Fui a comprobarlo en la primera clase: introducción al periodismo. En una sesión, comprendí que la teoría periodística nos conduce a la nada. El periodista está obligado a ser inconformista, debe explorar: como no me bastaba con ir a clases, tomar notas, analizar textos ajenos y filmar vídeos, pronto pasé a dirigir la revista de la facultad.
Se llamaba Zitzània, aunque eso no tiene ninguna importancia (solo es un ejercicio memorístico).
(…)
Los últimos tres meses de la carrera de Periodismo debían estudiarse en la calle, como tiene que ser, y por eso la burocracia universitaria nos ofrecía un programa de prácticas:
–Escojan un gran medio y una sección. Veremos qué podemos darles –se nos decía.
En aquel entonces, yo aún era un atleta semiprofesional. Calificarme de atleta semiprofesional es mi manera de decir que me entrenaba como un profesional y cobraba como un amateur. Competía para el Barça y, eventualmente, para algún equipo universitario.
Mi especialidad eran los 800 m. Dos vueltas a la pista: vuelta y vuelta.
Como atleta, era notable. Tenía una marca de 1m48s8. Para que me entiendan los profanos, les diré que me encontraba a apenas un segundo y medio de ganarme una plaza olímpica.
Buuuufffff.
En los 800 m, un segundo y medio es un suspiro y también un abismo, y por eso nunca fui olímpico, ni en Barcelona’92 ni en Atlanta’96 ni en Sydney 2000, que son las ediciones que me hubieran correspondido generacionalmente.
Ya lo he dicho, nunca fui olímpico.
Pero como atleta, había hecho mis cosillas.
Había ganado títulos nacionales en las categorías inferiores, hasta tres oros. Cuando tenía 19 años, había sido internacional en un Campeonato de Europa júnior, entonces en Varazdyn (Varazdyn estaba en Yugoslavia y hoy es Croacia). También recogía títulos para la universidad. Mis registros maravillaban a los responsables del área deportiva de la Pompeu Fabra, como antes habían maravillado en la facultad de Derecho.
(…)
Pese a aquel bagaje atlético, nunca quise ser periodista deportivo y, por eso, al redactar la carta a los Reyes Magos, pedí que me enviaran a la sección de Internacional de La Vanguardia:
–Con suerte, quizás acabe de corresponsal en Nueva York… –me decía, ingenuo.
Ingenuo, ingenuo.
Los responsables de la beca eran más sabios y no me hicieron caso y ahí estuvieron geniales:
–Irás a la sección de Deportes de La Vanguardia –me dijeron.
Les maldije.
Me bendijeron.
Fui a aterrizar en Deportes de La Vanguardia en la primavera de 1995.
En mi primer día como becario en la calle Pelai, recorrí la avenida Godó cojo y con muletas. Había sufrido una fisura de estrés en el tobillo izquierdo, apenas me aguantaba de pie.
Ahí iba el superatleta.
Las apariencias engañan, como becario no me fue mal, y tres meses más tarde, tal y como vencía la beca, se me entreabría una ventana. El diario El Mundo fundaba una delegación en Barcelona y se llevó a Orfeo Suárez. Hubo un movimiento sísmico, un corrimiento de posiciones, me tocó la gorda: La Vanguardia me ofrecía una colaboración fija en Deportes en los fines de semana.
¡Eureka!
Durante seis años, trabajé los fines de semana, todos, y también en los veranos. Había metido la patita en un medio puntero, estaba en el cielo.
¿Y qué?
Era feliz y tenía un pie dentro, y entonces volvieron mis cuitas.
Soy inconformista, ¿lo he escrito ya?
En mis seis años como colaborador en Deportes, viví con la vista colgada en otras áreas:
–¿Cómo será eso de trabajar en Política? ¿O como corresponsal en Moscú? ¿O como reportero en el Magazine?
(…)
Los atentados del 11–S en Nueva York iban a suponer una tragedia para millones de personas y un regalo para un redactor inconformista. La tormenta de aviones me había pillado de vacaciones en Chicago, en casa de mi hermano Carlos y su familia. El diario me había localizado allí. Me llamaron Dagoberto Escorcia y Alfredo Abián. Un minuto de charla y ya me habían convencido:
–Debes llegar a Nueva York.
Pasé 24 horas en un autobús Greyhound antes de entrar en Nueva York.
Era el 13 de septiembre del 2001.
Pasé un mes reportajeando desde Manhattan, y allí me descubrí como reportero y me redescubrieron los jefes del diario, que me ofrecieron el paraíso: abandonar Deportes.
Acepté tan tembloroso como encantado.
Los siguientes tres años los invertí en Sucesos, explorando las mentes de los criminales y de sus investigadores. Escribí sobre los crímenes del Putxet, viajé a la costa gallega para cubrir el hundimiento del petrolero Prestige, me salpiqué de chapapote.
Inconformista, di más vueltas en el diario.
Vueltas y vueltas.
Algunas apuestas fueron propias. Otras, forzadas.
Volví a Deportes y fui periodista olímpico (Turín‘06 y Pekín’08) y fui terco y volví a abandonar la sección.
Me fui a Madrid para vivir con Silvia, entonces mi pareja y hoy mi mujer y la madre de nuestra hija, Julia.
En Madrid, anduve analizando la marea migratoria que se proyectaba sobre el país, el proceso de descomposición de ETA y los conflictos bélicos en los que España intervenía. Viajé a Afganistán, Líbano, Libia y Bosnia. Viajé a Haití a cuenta del terremoto del 2010. Desde el aire, contemplé un escenario de lonas azules salpicando la tierra yerma.
Luego vino la crisis económica y la dramática caída de la inversión en publicidad, y la prensa se quedó en pañales, y me tocó regresar a Barcelona.
Pasé a la sección de Economía.
Leí tratados e informes financieros y fiscales y me reformulé. Durante cuatro años, escribí análisis bursátiles (hasta tres piezas al día) mientras le ofrecía recomendaciones al lector. Le decía dónde podía refugiar su dinero, ahora que venían las vacas flacas.
¡Cuántas vueltas y vueltas!
Estaba razonablemente satisfecho.
(…)
Joanjo Pallàs apareció en La Vanguardia a mediados del 2015.
Le habían nombrado redactor jefe de Deportes. Había sido subdirector de Mundo Deportivo e iba escudriñando en la redacción, buscando rostros y perfiles distintos.
Le dijo a la dirección:
–Quiero a aquel tipo.
Se refería a mí, claro.
No sé cómo había llegado hasta mí, pero había ido a dar conmigo.
Pallàs y Màrius Carol, entonces director de La Vanguardia, se dieron la mano y entre ambos vinieron a buscarme a Economía.
Lola García y Miquel Molina, directores adjuntos, tuvieron que hacer el trabajo sucio:
–Vas a Deportes, y punto.
De entrada, fruncí el ceño.
Tantas vueltas y vueltas había dado en el diario, como para acabar regresando a Deportes…
Pallàs endulzó el proceso.
Nos sentamos en un restaurante italiano en Les Corts y nos zampamos un plato de pasta, y entonces me dijo:
–Te voy a ofrecer una sección semanal. Quiero un retrato de un deportista cada sábado.
Le contesté:
–Vale, pero déjame hacerlo a mi manera.
–Solo quiero que me sorprendas.
–También quiero una columna de opinión –le pedí, inconformista yo.
–La tendrás, pero ahora hablemos de tus retratos.
(También tengo la columna de opinión, soy terco, pero hoy he venido a hablar de mi libro)
(…)
Tal y como el gran Pallàs me proponía la sección de retratos sabatinos, convertí su propuesta en un asunto de Estado.
Salí del restaurante italiano buscándole un nombre, un nombre a una sección propia. Qué angustia.
Pasé días y noches dándole vueltas.
Me salió una lista larga, un folio de arriba abajo, y ninguno chutaba, y la angustia crecía, y tardé una semana en darme cuenta de que el nombre estaba justo delante de mí: si iba a darle vueltas a los personajes, como la carne en la parrilla, y una vuelta y una vuelta son dos vueltas, y con dos vueltas a la pista de atletismo ya tienes 800 m, mi especialidad atlética...
–Le pondré Vuelta y Vuelta –le dije a Pallàs unos días más tarde.
Asintió.
Pallàs siempre asiente:
–¿Qué Vuelta y Vuelta hacemos esta semana? –me ha preguntado cada lunes, sistemáticamente, desde aquel otoño del 2015.
–Te voy a contar la historia de un atleta africano que ganó el maratón de Barcelona e invirtió el premio en una vaca y le puso de nombre Barcelona. Y luego la vaca tuvo un ternero, y al ternero le puso Messi.
–Me parece bien, tío, me parece bien.
Pallàs siempre asiente, y eso se lo agradezco, pues mi metodología, considerablemente experimental, tiene sus riesgos.
(…)
El primer capítulo de la serie Vuelta y Vuelta fue a aparecer el sábado 7 de noviembre del 2015 en la última página de la sección de Deportes en La Vanguardia, página 68.
Se lo dediqué a Roger Federer: había querido arrancar a lo grande.
“La sombra de Federer es alargada”, la titulé.
Escribí sobre Federer, personaje universal, aunque lo hice a mi manera: había ido a citarme con Jordi Arrese, ex tenista profesional, plata en Barcelona’92, en la cafetería de su club, el Barcino. Nos sentamos y nos tomamos un zumo de naranja, y mientras hablábamos de su vida y milagros, fui a preguntarle:
–¿Y qué tiene Federer que no tiene el resto?
De su respuesta saldría el retrato de la leyenda del tenis.
Y de aquel retrato, mi estilo.
Desde aquel 7 de noviembre del 2015 hasta hoy, día en el que redacto este prólogo, la sección Vuelta y Vuelta suma 286 retratos. Van a unos cuarenta al año.
La sección se ha hecho fuerte en el diario, bendecida por Pallàs y mimada por Juan Bautista Martínez, compañero que la cierra cada viernes, que es el día en el que acostumbra a liderar la sección.
Algunos capítulos han alcanzado una dimensión impensable para mí.
“¿Qué significa Messi?”, la historia del africano que ganó el maratón de Barcelona, publicada el 10 de febrero del 2018, se clasificó en el quinto lugar en la sección Colour Pieces (piezas de color) de los premios AIPS del 2019, suerte de Pulitzer del periodismo deportivo en el que se miden miles de cronistas de todo el planeta.
Pensadores, periodistas y escritores han pasado meses pinchándome:
–Queremos el libro ya. Debes hacer una recopilación de tus Vuelta y Vuelta.
La consecuencia es este ejemplar, el resumen de la obra de un periodista terco e inconformista que explora el periodismo como un periodista explora la vida:
“El periodismo es un océano de conocimiento con un centímetro de profundidad”.
PD: Si usted ha decidido sumergirse en esta aventura, le ruego que sea indulgente conmigo. No se olvide de que fabular es un deber.
Capítulo 1Lo que nunca te contaron
“¿QUÉ SIGNIFICA ‘MESSI’?”
Barcelona, la vaca del atleta profesional Jonah Chesum, está preñada; si sale un ternero se llamará Messi
JONAH CHESUM
1989, ITEN (KENIA) | ATLETISMO
Contexto entrevista (10/II/2018): Tenía 28 años, días más tarde disputaba la eDreams Mitja Marató de Barcelona
Foto: Llibert Teixidó / ALVG
“La verdad está hecha de tantas separaciones, enredadas unas con otras”
Charles Dickens, Grandes esperanzas
Nos tomamos un té en la cafetería del Museu Olímpic de l’Esport, en Montjuïc.
Jonah Chesum habla en susurros.
Habla tan bajito que hay que acercarse mucho. O eso, o se perderán sus palabras.
El año pasado ganó el maratón de Barcelona. Al hacerlo sorprendió a todos, incluso a los organizadores, que le habían contratado como liebre. Cuando los últimos favoritos se retiraron, desfondados, Chesum le dijo a Gerardo Prieto que se acercara. Prieto, su agente, estaba acompañando al grupo de cabeza a lomos de una moto.
Era el kilómetro 30 y la organización había entrado en pánico.
En cabeza ya solo quedaban dos liebres. Una de ellas era Chesum.
Chesum le dijo a Prieto:
–Tranquilo, que llego.
Y siguió corriendo hasta la meta.
Nadie pudo alcanzarlo.
De premio se llevó más de 20.000 euros.
De ese montante, invirtió 6.500 euros en un terreno en las montañas, a tres kilómetros de Iten. También se compró una vaca (600 euros) y un cordero (50). Bautizó a la vaca. Se llama Barcelona.
Barcelona está preñada.
–No sé qué trae dentro. Si es otra vaca, me pensaré el nombre. Si es un ternero, Prieto me ha sugerido que le ponga Messi.
Prieto está sentado junto a nosotros.
Ríe. Se parte.
–Por cierto, ¿qué significa Messi? –me pregunta Chesum.
–¿No sabe quién es? –le pregunto.
–Sé que es un gran futbolista, pero no sé qué significa su nombre.
–No significa nada. Muchos de nuestros nombres no significan nada.
–Bueno, mi segundo nombre es Kipkemoi. Significa nacido de noche.
Gerardo Prieto sigue riendo.
–¿Y cómo recuerda usted aquella carrera de Barcelona? ¿Cuándo decidió que llegaba?
–En realidad, yo estaba muy asustado antes de la salida. Me habían dicho que debía guiar a los corredores hasta el kilómetro 25. Pero no sabía si iba a lograrlo. Me preocupaba no cumplir como liebre. Me preocupaba mucho.
–Cumplió de largo.
–Cuando vi que los otros se paraban, me sentí fuerte. Entonces decidí seguir.
–¿Aquella decisión cambió su vida?
–No lo sé. Me compré la vaca y el terreno. Pero tengo un hijo de dieciocho meses. Y si dejo de correr, no sé cómo voy a mantenerlo. Mi vida sigue igual. Si volviera a ganar en el maratón de Barcelona de aquí un mes (11 de marzo del 2018), entonces me construiría una casa en el terreno y me relajaría, a ver cómo pasa la vida.
De momento, mañana va a disputar la distancia intermedia, el eDreams medio maratón de Barcelona.
–¿Y está mejor o peor que hace un año?
–No lo sé muy bien. Yo sigo entrenándome muy duro, no me he dejado llevar. Si consiguiera correr en 1h01m (su mejor marca es de 1h02m), sería genial.
–¿Y cómo sabe que está más fuerte?
–Me lo dicen los entrenamientos. Corro más en los fartleks (cambios de ritmo), y también en la pista y en los rodajes largos.
–¿Usted es un profesional de esto?
–Claro.
Dice que se entrena dos veces al día. Al alba, el morning run. Y por la tarde, el entrenamiento exigente.
En el morning run caen, como mínimo, 20 kilómetros.
–Pero es un trote suave.
–¿Cómo de suave?
–Sobre 3m20s por kilómetro...
Iten se encuentra a 2.400 m de altitud. A veces, Wilson Kipsang, uno de los mejores maratonianos de la historia, se suma al grupo de Chesum. Son veinte corredores, el Run Fast Club.
(...)
–Bueno, nunca bajamos de 3m00s por kilómetro, eso seguro –aclara...
Se sirve azúcar en el té. Lo hace con la mano izquierda. Observo su mano derecha. Está extrañamente retorcida, doblada hacia el interior del codo. Hay restos de quemadura en la mano derecha y también en la cabeza. La lleva afeitada, al cero.
–¿Qué le pasó?
–Hubo un incendio –intenta zanjar el asunto.
–¿Qué le pasó? –insisto por última vez.
–Había unas brasas en la cocina. Yo era muy pequeño.
–¿Cuánto de pequeño?
–No lo recuerdo. No recuerdo bien qué pasó. Lo que sé me lo han contado.
–Siga, siga...
–El caso es que mi madre estaba fuera, y yo en casa con las brasas. Pasó algo y se hizo fuego y yo me quemé. Mi madre me oyó llorar y entró a buscarme y me llevó al hospital. La mano se me retorció.
–¿Y no le molesta al correr?
–Ni me molesta ni me duele. Siempre he corrido con la mano así.
Al principio competía con los paralímpicos. Ha llegado a disputar algunos Juegos para discapacitados.
Pero resulta que vuela.
Chesum pretende ser el mejor. El mejor de todos. A su hijo le puso Bravin.
–¿Qué significa? –le pregunto yo.
–Viene de brave (valiente).
Jonah Chesum sigue corriendo, aunque su presencia en pruebas internacionales se ha difuminado. Ahora se ocupa de su granja, de su vaca y sus terneros, y de Brave, su valiente hijo.
“APARECIÓ UN OSO;
ESTABA SOLA”
La escaladora repasa sus exploraciones; en verano de 2017 pasó 17 días colgada en una pared en Alaska
SÍLVIA VIDAL
1970, BARCELONA | ESCALADA EN GRANDES PAREDES
Contexto entrevista
(16/XI/2017): Tenía 46 años. El verano siguiente abrió una nueva vía en una pared al norte de Alaska
Sílvia Vidal
“Iré a cualquier parte, siempre que sea hacia adelante”
David Livingstone
No sé si usted, lector, ha visto El renacido. Yo he visto la película. A grandes rasgos, sé lo que un oso le puede hacer a un hombre.
Sílvia Vidal no la ha visto.
Pero no le destriparé la película.
Sílvia Vidal se enfrentó a un oso. Ocurrió en julio, en un paraje al norte de Alaska.
¿Dónde, exactamente? ¿Y en qué día?
¿Y qué importa?
–Estaba a semanas a pie del poblado más próximo –dice ella.
Me cuenta la historia en una cafetería del Eixample, a un paso de su casa en Barcelona. Me mira fijamente y gesticula con las manos. Manos fuertes, encallecidas, de escaladora.
El oso.
Si un oso carga, no hay salida. Es más fuerte que tú. Corre más que tú. Trepa el árbol. Te cazará entre las ramas.
El oso llegó a las tres y media de la noche. Si es que se le puede llamar noche. No hay noche en el verano de Alaska. El oso entró en el campamento de Sílvia Vidal. Una mujer sola en un bosque remoto. El oso hurgaba entre los bidones de comida y las herramientas de escalada. Rondaba la tienda de campaña. Ella despertó. Asomó la cabeza en la tienda y lo vio venir. El oso se encontraba a tres metros de distancia.
–¿Y...?
–Seguí el manual. Si aparece un oso, lo primero que debes hacer es salir de la tienda.
–¿Y una vez fuera?
–Llevaba el spray de defensa en la mano. Probé a asustarle. Hice ruido. Grité, sin vocear. Abrí los brazos, intentando hacerme grande. Apenas peso 45 kilos.
–¿Y...?
–Aquello no funcionaba. El oso seguía en el campamento, revolviendo mis cosas. No se iba. Así que cambié de estrategia. Empecé a hablarle.
–¿...?
–Le pedí permiso para entrar en su territorio. Le conté que no estaba allí para hacerle daño, ni para que me lo hiciera. Que quería respetar el entorno. Entonces se fue.
–¿Y en los días sucesivos?
–Pasé miedo. En el bosque hay ruidos que espantan. Animales que se comunican, ramas que caen, viento, ríos… O un pájaro que eleva el vuelo y no sabes si eso significa que algo está pasando más adelante.
–¿Y se arrepintió de estar allí?
–Arrepentirme, no. No es la palabra. Pero sí que te dices: “No sé si esta es una buena idea”. Pero ya estás allí.
Es inevitable: le pregunto qué hacía en aquel lugar.
Dice que exploraba. Que abría una vía en una pared preciosa, de 500 m de altura. ¿Qué pared? Aquella que había visto en internet, en un vídeo que alguien había filmado desde una avioneta.
Una aproximación de 36 días cargando peso. Seis bultos de 25 kilos. Ida y vuelta desde el punto en el que la había dejado el hidroavión hasta la base de la pared. Entre ocho y doce horas diarias cargando 25 kilos, para luego regresar a por otro bulto. Un bidón con comida liofilizada. Las herramientas de escalada. La ropa. La tienda de campaña. La hamaca para colgarse de la pared.
–Entre ir y volver, caminé 540 kilómetros en 36 días.
–¿Y no habló con nadie?
–Iba sin teléfono y sin radio.
–¿Y eso?
–Si voy hasta allí es porque quiero estar sola. Si llevo el teléfono todo cambia, aunque no lo use.
Tardó 17 días en subir y bajar la pared. Se retrató allí arriba, colgada en la hamaca.
La imagen ilustra esta historia.
Al acabar la misión, descendió y caminó otros veinte días, hasta el punto pactado con el hidroavión.
–¿Estaba segura de que irían a buscarla?
–No lo estaba, pero confiaba en que así sería. Habían pasado dos meses desde la fecha en que cerramos el acuerdo.
–¿Y si no llega el avión?
–Solo puedo esperar.
–¿Y si no llega usted?
–Entiendo que, dos días más tarde, si tampoco aparecía, pues probablemente sería porque ya no iba a llegar. Aunque nunca se sabe.
Sonríe. Se ha acostumbrado a vivir bajo esa presión. Más de veinte años metida en este mundo. Pasó 32 días colgada en un muro en la Patagonia chilena. Buscó una pared virgen en el Himalaya, en India: la había descubierto en el blog de un escalador estadounidense. Recorrió los pueblos del valle, mostrando aquella imagen, preguntando a los lugareños:
–¿Han visto este muro?
Llegó con los monzones. Se aupó a la hamaca bajo la lluvia. Cayó el agua 16 de los 32 días que allí estuvo.
–¿No enfermó?
–No me lo podía permitir. Invertí mucho tiempo dándole órdenes a mi cerebro. Le dije que iba a disfrutar, no a sufrir. Funcionó. Intento explicar este tipo de experiencias en las conferencias y las charlas motivacionales que imparto en las empresas.
–¿Qué les cuenta?
–Es responsabilidad de cada uno saber manejarse en cada situación. Si encuentro un oso, hago lo que me dice el manual. Pero si eso no funciona, debo buscar alternativas. Alternativas válidas para cada momento. Y cada momento es diferente.
Sílvia Vidal sigue explorándose a sí misma para explorar el mundo.
“TE VIENEN
PENSAMIENTOS RAROS”
El que llegara a ser árbitro internacional de fútbol reflexiona sobre su desventura económica
JUAN MANUEL BRITO
1963, SANTA CRUZ DE TENERIFE | FÚTBOL
Contexto entrevista
(5/I/2019): Con 55 años se declaraba en la ruina económica. Había sido árbitro de fútbol, internacional en los años noventa
Xavier Cervera / ALVG
“Me quedé sentado en medio de la ruina de mí mismo, con los ojos desorbitados”
Iris Murdoch
–Me tendrá que disculpar, pero estoy muy nervioso.
Juan Manuel Brito Arceo tartamudea al abrir el discurso. Habla quedo. Deja caer una lágrima.
No le gusta lo que ve.
No le gusta estar aquí.
Esta es la sede de Repara Tu Deuda, la planta 12 del edificio Millenium, en el corazón de Sabadell. Desde las amplias cristaleras se observa el Parc de Catalunya. Y la montaña de Montserrat, una treintena de kilómetros hacia el oeste.
Brito Arceo no repara en las vistas. Apenas levanta la mirada de la mesa.
¿Qué hacemos en este despacho?
Nos lo explica Jesús Rico, el director general de la compañía:
–Todos merecen una segunda oportunidad. La ley de Segunda Oportunidad nació en el 2015. En Estados Unidos tiene más de cien años. A ella se acogieron Walt Disney, Steve Jobs o Donald Trump. Todos ellos arriesgaron al crear un negocio, se endeudaron y recibieron una segunda oportunidad. Brito Arceo también lo merece. Le consideramos un caso ejemplar, y queremos que sea un modelo para muchos otros.
Brito Arceo suspira.
Daniel Vosseler, su abogado, le toma del brazo. Xavier Cervera, el fotógrafo, capta la escena.
Brito Arceo les debe 185.000 euros a sus acreedores. En ese montante no entran los intereses. Los acreedores son bancos, entidades financieras que le aprietan hasta asfixiarle. Las deudas vienen del pasado, de hace ya mucho tiempo, de los noventa e inicios de este siglo, que es cuando aún arbitraba y cuando lanzó dos compañías, Explotaciones Canary Brit y Comercial Brito Arceo.
–Yo no podía estar pendiente de ellas. Entonces todavía era árbitro internacional. Estaban en manos de otras personas y nunca funcionaron –dice.
–¿Y cómo se resolverá esto?
–No lo sé.
Vuelve la vista hacia Vosseler, que toma la palabra:
–Brito Arceo no ha sido condenado por delitos económicos, y su deuda es ante los bancos, no ante personas físicas. En sus actos preside la buena fe. El mediador judicial ordenará su situación patrimonial para ir eliminando su deuda.
–¿Y cómo se hace?
–Se busca un equilibrio con las entidades financieras, un acuerdo que le garantice lo mínimo para su subsistencia.
(...)
Brito Arceo nos ofrece un aparte. Nos cuenta que no puede tener una cuenta corriente. No puede pedir un préstamo. No puede montar un negocio.
–Ni tarjeta, ni cuenta bancaria –me dice–. Tenía una casa en Tenerife. Se la quedó el banco. La otra que tengo ahora está en peligro.
–¡Usted fue a Gran Hermano VIP!
–Me invitaron a participar. Era el 2005. No me convencía, pero las deudas ya se me venían encima. Aquello generó un dinero que no vi, porque fue para los bancos. Me dijeron que fui tonto, que podía haber ocultado ese dinero. Hay gente que usa herramientas para quedárselo. Yo fui a pecho descubierto y avisé a mis acreedores. Pude pagar cosas, no todo. Las deudas siguieron creciendo.
–¿Y cómo vive usted?
–Es así desde 1999. Es una tortura que apenas le puedo explicar. No duermes por las noches. Vives situaciones depresivas que no pensabas. Te vienen pensamientos raros –me mira fijamente.
–¿Le presionan?
–Los bancos me telefonean a diario. Eso debería estar prohibido. Cada vez que me entra una llamada me echo a temblar. Quieres pagar y no puedes. Solo atiendo las llamadas de números que reconozco. Es un calvario inhumano.
–¿Y no puede dedicarse a nada, entonces?
–Sigo persiguiendo lo que he amado siempre, que es el mundo del fútbol. Pero ese mundo me ha maltratado. Me retiraron en su día. (Victoriano) Sánchez Arminio (expresidente del Comité de Árbitros) me dijo: “Creo en ti, sabemos quién eres. Pero vienen presiones desde arriba y debes dejar de arbitrar”. Las presiones venían de (Ángel María) Villar, expresidente de la Federación Española. Decía que mis deudas me afectaban en el ánimo, y que en esas condiciones no podía seguir arbitrando.
–Le dieron la espalda...
–Yo había sido el árbitro más joven del mundo en todas las categorías. Esperaba que el colectivo hubiera tenido conmigo un poco de solidaridad. Los árbitros imparten justicia, pero esa solidaridad no me la han aplicado a mí. He echado en falta al menos una llamada de ánimo. Nunca fui rico, pero tenía estabilidad económica y ayudé a otras personas. Vivimos en una sociedad desvirtuada, sin corazón para quienes más lo necesitan. Quiero que se tome mi caso como ejemplo.
Al despedirnos, se declara aliviado:
–Ojalá hubiese dado este paso antes.
Fuera le espera Juan Ramón Tosco. Preside la asociación Todos con Brito Arceo. Llama a colectivos, a ayuntamientos, a empresas. Le busca soluciones.
La ley de Segunda Oportunidad no le sirvió de ayuda a Juan Manuel Brito Arceo. “Sus criterios y las leyes a aplicar dejan mucho que desear”, me contó recientemente. Aunque sigue lidiando con sus problemas financieros, con sus correspondientes sobresaltos, Brito Arceo ha hallado oxígeno porque ha encontrado un trabajo estable. En sus ratos libres escribe un libro. Quiere narrar su historia. Está buscando editor.
“NO SIENTES MANOS NI PIES”
“Nadar en aguas heladas es un 70% físico y un 90% mental”, ironiza Diego López
DIEGO LÓPEZ
1981, LAS PALMAS DE GRAN CANARIA | NATACIÓN
Contexto entrevista
(20/IV/2019): Tenía 37 años, había terminado el reto de los siete continentes (2018) y había ganado el título de campeón mundial de la categoría 35-39 en aguas heladas (2019)
ALVG
“Bajo el agua, el ser humano se convierte en un arcángel”
Jacques Cousteau
Cada sábado y domingo de invierno, Diego López se sube al metro en el Midtown de Manhattan, que es donde vive, llega a Brooklyn y se baja en la parada de Brighton Beach.
–Me pongo el neopreno, y al agua.
No sé si el lector habrá estado en Nueva York en invierno.
Pero hace frío.
–¿A cuánto está el agua?
–Más o menos, a 1ºC.
–¿Y cuánto rato aguanta ahí dentro?
–Sin neopreno, más o menos 500 o 600 metros. Depende del día.
–¿Y eso le gusta?
–No está tan mal.
Si se tira al mar helado, dice Diego López, lo hace para prepararse para la imagen que acompaña a esta historia. Ahí le vemos nadando en un lago del Ártico, en Rusia. Está en Múrmansk, donde se disputan los Campeonatos del Mundo de aguas heladas. La escena es de mediados de marzo.
Ese día, Diego López nadó 1.000 metros en 14m23s. Y se proclamó campeón del mundo máster, en la categoría 35-39 años.
–¿Sin neopreno?
–Con un bañador tradicional, un gorro tradicional y las gafas. No se permite el neopreno ni ningún tipo de grasa que pudiera preservar el calor del cuerpo.
–¿Y por qué?
–Por la pureza del deporte. El neopreno elimina la gracia de nadar a cero grados. Para eso, mejor nadar en aguas calientes.
Habían diseñado la piscina en la víspera: grúas y excavadoras rompieron el hielo del lago. Luego, los técnicos habían delineado un rectángulo de 25 metros de largo, con varios carriles. Y ahí tenemos a los nadadores, braceando en el agua.
–Dos días más tarde ya no había piscina. El hielo había vuelto a extenderse sobre el lago.
–¿Y cómo reaccionó su cuerpo?
–Experimentas cosas extrañas. Antes de tirarte, la temperatura corporal te sube dos o tres grados. Lo hace de forma inconsciente. Te pones a 38º.
–¿Una fiebre autoinducida?
–Supongo que es cosa de la adrenalina. Antes de entrar en el agua sientes calor. Luego el calor se evade, se lo aseguro.
–¿Qué ocurre?
–Al contactar con el agua, el cuerpo se pone a trabajar. La sangre se dedica a proteger los órganos vitales. Abandona las extremidades. Dejas de sentir las piernas y los brazos. A partir de ahí, nadas de memoria.
–¿...?
–Como si tuvieras palas en los brazos.
–¿Y cuánto tiempo se puede aguantar eso?
–Como mucho, te hacen salir del agua a los 25 minutos o a la media hora. Te sacan aunque no hayas acabado la prueba.
–¿Y qué pasa al salir?
–Una vez, en los mares de la Antártida, nadé durante doce minutos. Y cuando salí, mi cuerpo estaba a 31 grados. Y una chica estaba a 28 grados. Según los libros de texto, esa es una hipotermia de grado dos. Te lleva al espasmo. Y casi, a la muerte. Lo que pasa es que, durante la prueba, apenas te enteras. La mente controla el cuerpo y estás muy centrado en lo que haces. Pero luego...
–¿Cómo se encuentra al salir?
–Te llevan a una habitación ambientada a temperatura natural. Te dan toallas mojadas en agua caliente. El cuerpo tarda media hora en estabilizarse. A la media hora te llevan a una sauna.
–¿Y el dolor? –le pregunto.
–¿Alguna vez se le han enfriado mucho los dedos de las manos? ¿Y qué ha sentido luego, por ejemplo al ducharse con agua caliente?
–Como cristalitos. Y duele.
–Se mezclan la sangre fría y la caliente. Y el dolor es insoportable. Y las yemas de los dedos...
–¿Qué les ocurre?
–Lo pasan fatal. ¿Sabe? El detector de huellas del móvil deja de reconocerte. Me pasó una vez. Tardó tres semanas en identificarme. Los médicos dicen que no estás recuperado hasta que el móvil no reconozca tu huella.
–¿Y nadie muere?
