Su última oportunidad - Deanna Talcott - E-Book

Su última oportunidad E-Book

Deanna Talcott

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Beschreibung

Había recorrido miles de kilómetros hasta encontrarlo. Mallory Chevalle fue a Wyoming en busca de un caballo mítico... y encontró un vaquero duro y honrado que le despertó sentimientos que llevaban mucho tiempo dormidos. La virginal heredera creía que estaba destinada a vivir en soledad... hasta que conoció a Chase Wells. Entonces pensó que el destino la había llevado hasta aquel remoto lugar y hasta los brazos fuertes y cariñosos de Chase. Pero no le iba a resultar nada fácil convencer al testarudo ranchero de que entre ellos había una conexión química. La leyenda decía que aquel mítico caballo solo podría ser domesticado por una doncella, ¿ocurriría lo mismo con el propietario?

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Seitenzahl: 144

Veröffentlichungsjahr: 2016

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2002 DeAnna Talcott

© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Su última oportunidad, n.º 1378 - mayo 2016

Título original: Her last Chance

Publicada originalmente por Silhouette® Books.

Publicada en español en 2003

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-687-8209-6

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

Maldita sea! —Chase Wells hizo una mueca de dolor mientras se apoyaba en la pared del establo. Tardó un minuto en estirarse del todo y cuando intentó mover la pierna… tuvo que apretar los dientes para contener otra maldición.

Podía imaginar a su madre regañándolo:

«¡Muérdete la lengua, Chase Benton Wells!»

Apretó tanto los dientes que le dolieron.

Pero él no era de los que se rendían. Nunca lo había sido y nunca lo sería. Llevaba toda la vida trabajando en aquel rancho y se había hecho daño muchas veces.

A los siete años se cayó de una camioneta, a los doce volcó con el tractor, a los diecisiete fue corneado por un toro y a los veintitrés estuvo a punto de ahogarse intentando cruzar un río a lomos de su caballo. Un enemigo de cuatro años no iba a ganarle la partida.

Pensaba domar a esa yegua o morir en el intento. Era el animal más cabezota que había criado en su vida. Cuatro años antes, su madre, una mesteña, se había enamorado de un caballo salvaje y saltó la verja para reunirse con él. Cuando la recuperó, meses después, estaba preñada de la arpía que más tarde se llamó Peggy Sue. Y la yegua aparentemente había heredado el mal carácter de su padre.

El día anterior le había dejado su sello: una patada en la barriga. Y dos días atrás lo había mordido.

Chase se apartó de la pared e intentó caminar sobre la pierna buena. Se quitó los guantes y los metió en el bolsillo del pantalón antes de apoyar el pie en el suelo para comprobar si estaba roto. El dolor, terrible, lo hizo apretar los dientes de nuevo.

Era demasiado viejo para aquello. Treinta y cuatro años y cojeando como un vaquero novato.

Tras él, Peggy Sue seguía golpeando las paredes del cajón. Pero Chase no le dio la satisfacción de mirarla. Sencillamente salió del establo… cojeando.

Entonces oyó el ruido de un motor y el abrasador sol de Wyoming le obligó a guiñar los ojos. Frente al porche había un descapotable rojo. Tras el volante, con el cabello rubio flotando al viento, un ángel.

Se quedó mirando, incrédulo. Sí, aquello confirmaba sus temores. Había muerto y estaba en el cielo. La patada de la yegua lo había mandado al otro barrio.

Esperaba que la angélica joven flotase para salir del coche, pero lo hizo de la forma tradicional: abriendo la portezuela. Era evidente que no llevaba las alas puestas. Lo que llevaba era una camiseta que se ajustaba a sus angelicales curvas, unos vaqueros que le sentaban como un guante y sandalias de tacón.

Chase fue cojeando hacia ella. Esta lo saludó con la mano y la pulsera que llevaba brilló bajo la luz del sol.

Chase se tocó el sombrero, a la típica manera de Wyoming, preguntándose qué hacía una mujer como aquella en un sitio tan remoto como Horseshoe Fall.

—Espero que este sea el sitio. Usted debe de ser Chase Wells.

—Así es —contestó él, secándose las manos en los vaqueros… y aprovechando la oportunidad para mirarla de arriba abajo; desde el pelo dorado hasta las uñitas de los pies, pintadas de rojo.

La primera impresión era tremenda. Aquella chica era tan guapa de cerca como de lejos, y tan suave como su elegante acento. Era bajita, pero esbelta y se movía con aire de confianza. Tenía unos ojos increíblemente azules, como dos zafiros, y unas cejas perfectas… aunque él no sabía mucho de cejas.

Entonces ella sonrió, y el dolor que Chase sentía en la pierna desapareció como por arte de magia. La cojera se convirtió en una molestia sin importancia. Le sorprendió que sus labios pareciesen mojados. Unos labios que sabían sonreír… y seguramente besar.

—Encantada —dijo ella entonces, estrechando su mano—. He tardado un siglo en encontrar el rancho. Creo que me equivoqué de camino a pocos kilómetros de aquí. Soy Mallory Chevalle.

—Encantado, señorita Chevalle.

—Este sitio es precioso —sonrió ella, señalando las montañas—. Parece más un hotel que un rancho.

—No está mal —murmuró Chase, preguntándose qué hacía en el Bar C una chica que llevaba pendientes de diamantes.

Mallory Chevalle rio, un sonido rico que parecía salirle del alma.

—No sé de dónde saca tiempo para trabajar. Yo estaría todo el día paseando a caballo.

—En un rancho no hay mucho tiempo para la diversión.

—Es una pena, especialmente cuando se crían caballos tan buenos.

—¿Sabe algo de caballos?

—Algo. Y me quedé impresionada con alguna de sus yeguas en la feria de California.

Chase asintió, sumando dos y dos. Su socio, Bob Llewelyn, exhibía sus caballos dos veces al año. Bob era un tío afable, que hacía amigos en todas partes.

—¿Y ha venido hasta aquí para ver a las yeguas de cerca?

—No… me envía su socio.

—¿Cómo?

—Le dije que quería comprar una yegua y él me contó que tenían una mesteña, hija de un caballo salvaje. Y algunos otros ejemplares interesantes.

Chase miró hacia el establo. No había cerrado la puerta y temía que Peggy Sue montase alguno de sus espectáculos.

—Sí, así es. Pero, ¿qué le interesa exactamente?

—¿Por qué no me enseña lo que tiene?

Aquella respuesta le pareció… rara, falsa. La experiencia le decía que los compradores siempre sabían lo que querían. O necesitaban yeguas de cría o un buen caballo de monta. O un semental o un pony para los niños. Chase la miró, suspicaz. No podía haber ido hasta allí solo para echar un vistazo.

—Me esperaba, ¿no? —preguntó Mallory Chevalle.

Chase se preguntó entonces si debería haber escuchado los mensajes del contestador… y en ese momento sintió una vibración cerca del pecho. Aunque podría ser una reacción ante la presencia de aquella belleza, era el móvil.

—Perdone —murmuró, alejándose unos pasos.

—¿Chase? —era su socio, Bob Llewelyn.

—Dime.

—Lo siento, amigo. Se me olvidó decirte que Mallory Chevalle irá esta tarde al rancho. Puedes acomodarla durante un par de días, ¿verdad? Su padre es un naviero multimillonario, Hewitt Chevalle —siguió Bob. Chase miró a la joven de reojo. Ahora entendía lo de los diamantes—. Mallory está interesada en comprar caballos para la finca de su padre en Narwhal.

—Gracias por el aviso, Bob.

—De nada.

—Está aquí.

—Ah. La casa no estará hecha un asco, ¿no?

—Esto es un rancho, no un balneario —replicó Chase.

—La verdad, nos vendría muy bien una cliente como ella.

—Tengo que encargarme de cuarenta caballos, Bob. No me queda tiempo para jugar al tenis. Lo siento.

—Pero es que a Mallory le gustan los caballos de verdad. Ponla a trabajar. No será un estorbo, te lo aseguro.

—Ponerla a trabajar… ¿cuándo, antes o después del caviar y el queso de Brie?

—Te equivocas —suspiró Bob—. Mallory no es una niña mimada. No te dará ningún problema.

—Ya.

—Lo digo en serio. El dinero no es problema para los Chevalle de Narwhal. Están forrados, pero no van por ahí dándoselas de millonarios. Mallory heredará una fortuna, pero es una chica estupenda.

—Genial, lo apuntaré en mi diario —replicó Chase.

—Haz que pase unos días agradables. Te lo digo por el bien del Bar C.

Sabiendo que no tenía más alternativa que aceptar, Chase se despidió de su socio. Aunque Mallory se había dado la vuelta discretamente, supuso que habría oído parte de la conversación.

—No se lo había dicho, ¿verdad?

—Mi socio no es precisamente muy organizado. No se le da bien llegar a su hora, enviar mensajes o pagar los impuestos a tiempo. Así que no me había dicho nada de su visita, señorita Chevalle.

—Mallory. Llámame Mallory.

Chase asintió.

—Narwhal. ¿Eso está cerca de Mónaco?

—Cerca —contestó ella, intentando disimular una sonrisa. Los norteamericanos eran muy peculiares en cuanto a los millonarios europeos. Y le apetecía reírse un poco—. Por cierto, he oído algo sobre un partido de tenis. ¿Le apetece jugar? Me gustaría mucho verlo en pantalón corto.

Chase la miró sin mover un músculo. Era guapo. Tenía el pelo negro, como un cherokee, el mentón cuadrado, la nariz recta y, bajo unas pestañas muy largas, unos ojos de color gris metal.

—¿Tenis? Pensé que habías venido a comprar caballos.

Mallory puso cara de inocente.

—Sí, claro. Pero el tenis alivia mucho el estrés, ¿no te parece?

Él respiró profundamente, como haciendo un ejercicio de paciencia.

—Mira, esto es Wyoming. Aquí no perdemos el tiempo con jueguecitos. Y los únicos pantalones cortos que tengo son los calzoncillos.

Mallory Chevalle soltó una carcajada.

—Entonces nos llevaremos bien. Hace cinco años que no toco una raqueta —le confesó, sin dejar de sonreír—. Bob me dijo que podría quedarme aquí una semana. Hasta que decidiera qué caballos me interesan.

Chase no contestó. Sencillamente la miraba, pensativo.

—Puedo dormir donde sea. De verdad.

—Ya —murmuró él. No parecía convencido en absoluto.

—Puedo dormir en el sofá. Y prometo no molestar en absoluto.

—Eres muy persistente, ¿verdad? Mira, no lo entiendes. Esto no es un hotel, es un rancho. Es un negocio, me dedico a vender caballos, no a servirle el desayuno a nadie.

—Genial. Porque justo eso es lo que estoy buscando. Quiero un caballo perfecto. Algo especial y único… para mi padre. Y por lo que Bob me ha dicho, tú lo tienes. Te garantizo que pagaré un buen precio.

Mallory no quería parecer pretenciosa, pero estaba decidida a comprar la yegua de la que Bob le había hablado. La salud de su padre se deterioraba cada día más y no tenía tiempo que perder.

—No es cuestión de…

—Una semana. Una semana de tu vida por una buena venta. No es tan difícil, ¿no? Si no encuentro nada que me guste, me iré. Por otro lado…

—¿Sí?

—En Narwhal hay un campamento de verano para niños huérfanos y me gustaría regalarles un caballo. Si no encuentro una cosa, puede que encuentre otra. Además, podría dormir en el dormitorio de los peones. Hay un dormitorio de peones, ¿no? —preguntó Mallory entonces, mirando alrededor—. En las películas siempre lo hay.

Chase levantó una ceja.

—Sí, claro, te imagino bebiendo y jugando al póquer con los chicos. Mira, me parece bien que quieras llevarte un pony para los niños, pero yo me dedico a algo más que vender caballos. Tengo una reputación como criador… y eso significa que no se los vendo a cualquiera.

Mallory apretó los labios, pero intentó disimular que había herido su orgullo. Iba a comprar aquella yegua para su padre aunque tuviera que soportar los groseros comentarios de aquel hombre.

—Yo no soy cualquiera. Soy Mallory Beatrice Chevalle de Narwhal, experta equestrienne… amazona para ti, en el idioma de Wyoming. Puedo pagar el precio que me pidas y sé mucho de caballos.

—¿De verdad?

—De verdad.

—Muy bien. Entonces puedes dormir en la habitación de invitados —dijo Chase por fin—. El desayuno está en la mesa a las seis de la mañana. El resto del día consiste en trabajar y trabajar. Nada de juegos. La comida es de rancho y el trabajo también. Empezaremos esta misma tarde.

 

 

Capítulo 2

 

Chase observó a Mallory inclinándose sobre el asiento del descapotable. El movimiento de sus caderas, la curva de sus pechos… aquella chica lo excitaba.

Irritado por esa inconveniente reacción, tomó el sombrero de la camioneta y se lo encasquetó mientras Mallory sacaba una maleta del coche sin esfuerzo aparente.

Chase se sintió culpable. No quería tratarla mal, pero tenía mejores cosas que hacer que mimar a una heredera de vacaciones. Particularmente una que pensaba comprarse un capricho, en forma de equino, para llevárselo a Narwhal.

Quizá era el recuerdo de su hija, Skylar, lo que hizo que la aceptara en su casa. Desde que la había perdido había pensado mucho en lo que era importante y lo que no. Si lo del campamento de verano para niños huérfanos era cierto no quería tener remordimientos.

Pero cuando se levantó aquella mañana no sabía que iba a tener que acomodar en su casa a una heredera europea. Imaginarla durmiendo en su sofá era… como imaginar a Blancanieves en medio de un montón de duros, malolientes y groseros peones. No podía ser.

—Deja que te ayude —dijo por fin.

Ella pareció a punto de protestar, pero la protesta murió en sus labios cuando tomó la maleta. Al hacerlo rozó su mano y sintió como una descarga eléctrica. Chase hizo una mueca. No era nada, solo un efecto de la semana anterior, cuando Peggy Sue se la aplastó contra la pared del cajón.

—Gracias —sonrió Mallory.

Chase caminó delante, sin mirarla, clavando las botas en el camino de tierra.

Como si no la perturbase su evidente mal humor, Mallory Chevalle entró tras él en la casa y sonrió al ver las vigas del techo, el suelo de madera de pino y la chimenea de piedra.

—Qué agradable.

—Sí, el típico refugio de caza, supongo.

—En mi país no cazamos por diversión. Somos famosos en el mundo por el exquisito trato que damos a nuestros animales. La leyenda dice que nuestra pequeña isla se hizo invencible cuando un campesino, arriesgando su vida, liberó a un caballo de su bárbaro dueño. Por su bondad, el campesino se hizo muy rico. Sus hijos, castos y puros de corazón, se hicieron amigos del caballo y vivieron prósperamente toda su vida. Durante generaciones, la gente de mi país ha respetado ese gesto. Y yo también lo respeto.

Chase la miró como si le hubiera crecido un cuerno en la cabeza. Pero ella parecía tan tranquila.

—Ah, leyendas, ya veo. Perdona, pero no sé nada sobre Narwhal.

El suelo del salón estaba cubierto de alfombras indias y había sillones de cuero frente a la chimenea. Mallory pasó la mano por el respaldo de una silla de madera.

—Los artesanos locales hacen muy buenos trabajos.

—Compré esas sillas en una tienda de segunda mano. Si miras bien, seguro que encuentras la etiqueta de Made in Taiwan.

—Tienes una casa estupenda, Chase. Da igual dónde hayas comprado los muebles.

La educación y la simpatía de Mallory Chevalle hicieron que se sintiera como un grosero. No era difícil explicar por qué se encontraba incómodo a su lado, pero no tenía por qué estar a la defensiva. Desde Sharon… y particularmente desde la muerte de Skylar, solía ser antipático con gente que no se lo merecía.

—Gracias —suspiró entonces—. La vieja casa, en la que yo crecí, se quemó hasta los cimientos hace diez años.

—Ah, lo siento. Qué pena.

—Aquí somos fuertes. Un poco como el fénix que renace de sus cenizas.

Mallory sonrió de nuevo.

—Conozco esa leyenda. Y me encanta.

Chase sonrió a su pesar, dejando la maleta en el suelo.

—Conoces muchas historias. De Narwhal, del fénix…

—Siempre me han fascinado. Creo que hay una gran verdad en las leyendas. Particularmente para los que creen en ellas.

La sinceridad que vio en su mirada lo intrigó.

—¿Y tú crees en ellas?

—Mi país está plagado de leyendas que pasan de generación en generación. Ha sido así durante cientos de años. Creo que son muy sabias y que de ellas se pueden aprender muchas lecciones.

—Bueno… en cuanto a nuestro fénix particular, pudimos reconstruir la casa exactamente como la queríamos —dijo Chase, señalando una de las ventanas—. Antes esas colinas estaban escondidas detrás de un garaje.

—Ah, así eran nuestros antepasados. Todo era funcional, nunca pensaban en la belleza.

«Belleza». Con Mallory aquella palabra adquiría un nuevo significado. Chase apartó la mirada, intentando no dejarse afectar por los ojos azules, por las ondas de su pelo rubio.

—Mi familia tiene una casa así frente al mar. Por la noche hace frío y hay corriente por todas partes… No soporto tener que ir allí. A mí me gusta el calor, las cosas cálidas.

Absurdamente, Chase se imaginó abrazándola para darle calor. Al mismo tiempo se le ocurrió que podrían hacer buena pareja. Muy buena pareja…