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Ver a la UC en Copa Libertadores siempre es especial. De noche, San Carlos lleno y convertido en caldera para ganarle a grandes equipos de América. En los últimos años vivimos grandes victorias a equipos como Flamengo, Rosario Central, Gremio, Independiente, Internacional de Porto Alegre y Nacional. En este libro podrán conocer estos relatos que forman parte de nuestra historia cruzada y que siempre es bueno recordar.
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Seitenzahl: 359
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Suenan los Bombos © 2022, Puntete ISBN: 978-956-406-077-4 eISBN: 978-956-406-245-7 Primera edición: Junio 2022 Segunda edición: Octubre 2022 Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en todo ni en parte, tampoco registrada o trasmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mediante mecanismo fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo escrito por el autor.
Trayecto Editorial Editora: Constanza Cariola Diseño portada y diagramación: David Cabrera Corrales Ilustración portada: Jorge Mora Dr. Sótero del Río 326 of 1003, Santiago de Chile www.trayecto.cl +56 2 2929 4925
Imprenta: Donnebaum Impreso en Chile/Printed in Chile
Para la Trini
Este prólogo es la transcripción de una entrevista al legendario jugador y entrenador cruzado, primer futbolista formado en la UC en ganar la Copa Libertadores y artífice de la inolvidable campaña de 1993.
Desde chico siempre aspiré a jugar por Universidad Católica, porque mi hermano Andrés jugaba en el club. Siempre lo miré como mi ídolo. Tuve la suerte de jugar en Nacional de Uruguay y en el Lille de Francia, pero Universidad Católica mantiene una mística especial en todas las épocas. Principalmente porque Club Deportivo y Universidad están íntimamente ligados.
Universidad Católica es una gran institución, no solo en lo deportivo, sino también como universidad. En mis primeros años como jugador me tocó participar como alumno y teníamos reunión con el rector dos veces al año.
Cuando uno es jugador siempre aspira a ser campeón con el club, jugar la Libertadores, llegar a la Selección e ir a un Mundial. Mis primeras Copas Libertadores me tocó jugar contra Peñarol y Nacional, y los primeros partidos me los perdí porque me casé. Sin embargo, las ganas de representar a mi equipo me llevaron a no tener luna de miel para ir a jugar los partidos a Uruguay en 1967.
Tuve la suerte de ganar la Copa Libertadores jugando por Nacional de Montevideo. Recuerdo que en 1969 perdimos la final contra Estudiantes de La Plata y, a pesar de que fui el goleador del campeonato, me quedó en la retina el ser campeón. La revancha llegó en 1971, cuando ganamos la definición en Lima y pude levantar la Copa. Fue la primera Libertadores de Nacional y recuerdo que en la rambla de la capital no se podía avanzar de la cantidad de personas que había.
Después de Nacional tuve la suerte de jugar en Francia. Un lunes me dijeron que había posibilidad de viajar a Europa y me dieron la opción de negociar la salida. Recuerdo que cuando me dijeron que me iba a Lille, tuve que buscar la ciudad en el mapa. Está al norte en la frontera con Bélgica y era una ciudad que estaba destruida por la Segunda Guerra Mundial. En menos de una semana ya estaba en Francia.
El Lille había ascendido y estaba en los últimos lugares de la Primera División. Ese año descendimos, pero lo que más recuerdo era el cariño de la ciudad, que llovía mucho y hacía mucho frío. Me costó adaptarme, porque el cambio fue radical. En Nacional lo teníamos todo y en Lille no había utilero ni masajista. A los cinco meses de haber llegado, me convertí en capitán y parte de mis responsabilidades era ir todos los miércoles a trabajar en unas escuelas deportivas que tenía el club. Fue una experiencia muy bonita. Además, con esfuerzo y sacrificio logramos ascender el año siguiente a Primera.
Después me fui a Laval. En ese equipo los jugadores eran amateurs y casi todos trabajaban en las municipalidades cercanas. Entre todos pintamos el camarín. La ciudad era muy bonita y pintoresca, y la experiencia también lo fue. Un día me tocó viajar a las cinco de la mañana para ir a jugar contra un equipo de Tercera División. Sin embargo, lo que más recuerdo es que en esos años comenzó mi preparación para formar jugadores, pues no tenía la intención de ser entrenador.
Volví a Chile y en 1980 empecé a trabajar en el fútbol formativo de Universidad Católica. Después quedé como jefe del área formativa del club y nunca pensé en ser entrenador del primer equipo, pues toda mi preparación estaba orientada a formar jugadores. Sin embargo, después del Mundial de España me ofrecieron el puesto. A mí no me gustaba, no tenía interés, pero luego de diez días de pensamiento contesté que sí.
Presenté un proyecto de cinco años, pues el objetivo final era formar Universidad Católica para llegar a jugar con jugadores formados en casa. Ese sueño se logró en 1987, cuando fuimos campeones sin ningún jugador extranjero. Recuerdo también que me tocó la inauguración del estadio contra River Plate, lo cual fue una gran alegría, pues era un gran anhelo para todos.
Cuando clasificamos a la copa de 1993, les dije a los jugadores: “Esto es sacrificio”. En mi equipo tenía tres personas que me informaban de los partidos extranjeros y de los rivales. Siempre pensé que llegaríamos a lo más alto. Después de eliminar a la U me fui a hablar con el DT del Milan, con Johan Cruyff en Barcelona y con Benito Floro en el Real Madrid. Me preparé mentalmente, con los mejores entrenadores para preparar el equipo. Les decía a todos: “Quiero llegar a la final y quiero ser campeón”. Esa campaña fue muy buena y si el “Chico” Pérez en vez de pegarle al palo, la mete al arco, quizás estaríamos contando otra historia. Me quedé con la pena de no ser campeón, pero con la alegría del sacrificio entregado por los jugadores.
Una anécdota que recuerdo fue cuando fuimos a jugar contra Barcelona en Guayaquil, por cuartos de final. Colo-Colo había jugado el año anterior y había tenido problemas. Cuando llegaron, los camarines estaban cerrados y tenían las estufas prendidas. Nosotros llevamos de todo para abrir el camarín y también ventiladores. También nos advirtieron que no comiéramos en el hotel, porque nos iban a poner pastillas para dormir. Nos fuimos a comer a una pizzería. Ganamos 1-0 con gol del “Moto” Romero y clasificamos a la semifinal.
Yo creo que la UC puede ganar la Libertadores, pero hay que ser realistas, es complicado. Para aspirar a ser campeón lo importante es ganar de local. Uno puede soñar cuando uno tiene las capacidades de soñar, y este libro muestra que la Libertadores está llena de historias y anécdotas, y también confirma que la Universidad Católica es la institución deportiva y cultural más importante que existe en el país. Ojalá algún día pueda consagrar su historia con la Copa Libertadores.
1 Ignacio Prieto nació el 23 de septiembre de 1943. Fue formado en Universidad Católica y debutó en el equipo de “la franja” en 1962. Formó parte del plantel que se coronó campeón en 1966 y también de la selección chilena que disputó el Mundial de Inglaterra ese mismo año. Entre 1968 y 1971 defendió los colores de Nacional de Uruguay, con quien logró un tricampeonato uruguayo, la Copa Libertadores de América y la Copa Intercontinental, venciendo al Panathinaikos de Grecia. Entre 1971 y 1976 jugó por el Lille de Francia, equipo con el que consiguió el título de la Segunda División en 1974. Luego, en 1976 partió al Laval y en 1977 volvió a Universidad Católica, equipo en que se retiró en 1979. Cuatro años después asumió como entrenador del primer equipo y fue campeón de los torneos 1984 y 1987, convirtiéndose en el primer entrenador en conseguir dos estrellas con los “cruzados”. Entre 1990 y 1992 dirigió al Cruz Azul de México. En 1993 lideró a Universidad Católica hasta la final de la Copa Libertadores en la que es, hasta hoy, la mejor campaña internacional en la historia del club. Es considerado uno de los mejores jugadores y entrenadores en la historia del equipo “franjeado”. La galería norte del Estadio San Carlos de Apoquindo lleva su nombre.
Escribir de Católica es escribir de romance. Un romance entre un equipo y una hinchada que ha pasado “momentos más tristes que alegres”. Un romance entre jugadores legendarios que han dejado su sangre en la camiseta y un escudo que defiende con orgullo el legado de una historia. El romance entre torneos nacionales ganados con sudor y Copas Libertadores regadas con lágrimas. Este libro habla precisamente de lo último. Esas lágrimas de tristeza y alegría que han acompañado al club de la franja por largos sesenta años.
La UC debutó en la Copa Libertadores en 1962 y desde ahí en adelante comenzó una relación de sabores y sinsabores con el mítico torneo. Campañas memorables y equipos gloriosos han convivido con desastres deportivos y partidos olvidados. Aquel que no es hincha del fútbol jamás entenderá la pasión que despierta la Libertadores, desde el nerviosismo del sorteo hasta el cabezazo de Eros Pérez contra el América de México en la Copa de 2008.
La Copa Libertadores es el torneo más difícil del mundo. La juegan los mejores equipos de Sudamérica, en todos los estadios, latitudes y climas que existen. En sus sesenta años de historia ha creado una mitología a su alrededor que le ofrece inmortalidad a todos aquellos que logran levantarla e incrustarla en sus vitrinas. Universidad Católica aún no consigue ese logro, pero su sed de gloria se renueva cada año y la confianza está puesta en el eterno futuro que proyecta el equipo.
En los 62 años de historia que tiene el torneo2, la UC la ha disputado 28 veces3. Su primer partido fue una goleada a favor por 3-0 a Emelec de Ecuador en 1962 y desde ahí ha tenido un rendimiento muy equilibrado. Con 230 partidos disputados, ganó 87 perdió 85, y tiene una diferencia de goles de +11. En cuatro oportunidades alcanzó las semifinales del campeonato y una sola vez logró rasguñar el título, disputando la final en 1993. El rival que más veces ha enfrentado es Colo-Colo, con 16 partidos, mientras que fuera de las fronteras su contendiente más frecuente es Nacional de Uruguay, con 9 compromisos.
Universidad Católica se fundó en 1937, en el corazón de la casa de estudios homónima. Al poco andar en el profesionalismo se consolidó como uno de los grandes de Chile y año tras año ha sido protagonista del torneo nacional, logrando levantar la corona en 16 oportunidades, incluyendo el único tetracampeonato de torneos largos, obtenido entre 2018 y 2021. Es uno de los cinco equipos que tiene estadio propio, junto a Colo-Colo, Cobreloa, Huachipato y Unión Española, y ha oficiado de local en San Carlos de Apoquindo desde su fundación en 1988.
Universidad Católica es una pasión que va más allá del fútbol. Su hinchada recorre todo Chile y todo Santiago, desde el valle hasta la cordillera, para llegar a alentar al equipo. La franja azul que recorre su pecho representa a los miles y miles de hinchas que han seguido sus colores en sus casi cien años de historia, y la cruz en el pecho hace honor a los caballeros cruzados que dejan la vida en la cancha. También —y por un giro del destino—, en pleno cerro cordillerano se alza la cruz de Raimundo Tupper, leyenda cruzada que murió en 1994 y que transformó la pasión en un concepto inadjetivable.
La UC es un romance entre los pastos que se han deleitado con su juego y un interminable listado de jugadores que han defendido la camiseta blanca con el azul que cruza el pecho. Es la historia de Sergio Livingstone, Alberto Fouillioux, Ignacio Prieto y Mario Lepe. La historia de los goles de Raimundo Infante, el Charro Moreno, Fernando Riera, Arica Hurtado, Juvenal Olmos, Juan Carlos Almada, el Beto Acosta, Rodrigo Barrera, Polo Quinteros, Lucas Pratto, Nicolás Castillo y Fernando Zampedri. La historia de las atajadas de Leopoldo Vallejos, Marco Cornéz, Óscar Wirth, Patricio Toledo, Nelson Tapia, José María Buljubasich, Cristopher Toselli y Matías Dituro. La historia de Rodolfo Dubó, Moto Romero, Sergio Vásquez, Nelson Parraguez, Cristián Álvarez, Facundo Imboden, Gary Medel y Germán Lanaro. La historia del talento de Miguel Ángel Neira, Manuel Rojas, La Vieja Reinoso, David Bisconti, Ricardo Lunari, Pipo Gorosito, Darío Conca, Milovan Mirosevic, Darío Bottinelli y Diego Buonanotte. La historia de los tiros libre del mortero Aravena, del récord de Luka Tudor y del legado imborrable de Raimundo Tupper. La historia de cientos de jugadores que dejaron su vida por los colores.
La UC es su historia, su gente, su estadio y su fútbol. La UC también son sus estrellas nacionales y la deuda que tiene con su propio legado de conquistar América. La UC es el anhelo constante, firme y renovado de ganar la Copa Libertadores y pagar con fútbol esa cuenta pendiente que posee con la historia.
Este libro trata precisamente de esa Copa. No es un cúmulo de estadísticas ni nombres —que, por cierto, están—, sino un viaje por las emociones que regala la vida a través del fútbol. Es un viaje al pasado, pero con el corazón puesto en el presente y los ojos orientados al futuro. Es un paseo por todos aquellos partidos memorables que fueron configurando este maravilloso romance entre un club universitario que decidió ser grande y la esquiva Copa de América que se resiste a llegar a las vitrinas de la precordillera chilena.
En este viaje cruzado hay historias de triunfos memorables, de empates improbables y de derrotas dramáticas, porque el fútbol está hecho de risas y llantos, y porque así es la vida dentro y fuera de la cancha.
En este libro confirmarás que “desde bebé” “tú eres mi amigo del alma, mi buen compañero”, que “las cosas que hice por la ‘Cato’ no las hice por nadie”, “que ganes o pierdas, campeón, te alentaremos todos los partidos”, que “suenan los bombos” y que “ya llegó el domingo”. Te harás la pregunta: “¿por qué será que te sigo a todas partes, campeón?” y sentirás “que más te aliento si vas perdiendo”, porque “es un sentimiento, no trates de entenderlo”. Recordarás con fuerza que “volvimos a la cancha” porque “al ‘Mumo’ Tupper no los vamos a olvidar”. Por último, “vamos a armar la fiesta” porque “yo me voy para la cancha descontrolado”.
Si cantaste el párrafo anterior, este libro es para ti. Es un relato emotivo en el que la UC te contará su historia en la Copa Libertadores y en el que tú recordarás tu propia vida y hurgarás en esas memorias empolvadas de partidos que gritaste, cantaste y lloraste. Es un viaje a tu propio pasado, acompañado por los colores que amas y por el escudo que un día juraste defender.
Escribir de Católica es escribir de un romance. Y es también un alarido que perfora las barreras del tiempo y que te invita a creer que algún día, algún día, la copa dormirá en San Carlos. Porque, como dice la barra, “pongan huevos, pongan huevos, que vamos a salir campeones, que la Libertadores no será pa’ los cagones”.
Bienvenido a un viaje por las historias cruzadas de Copa Libertadores. Bienvenido a un viaje por tus propios recuerdos.
2 La primera edición de la Copa se disputó en 1960, bajo el nombre “Copa de Campeones de América”.
3 Período comprendido entre 1960 y 2021.
(Vélez Sarsfield vs Universidad Católica, 2011)
José Amalfitani nació en Buenos Aires, en 1884. Fue el segundo hijo de doce hermanos y su vida estuvo ligada a la construcción, el periodismo y el fútbol. En esta última actividad concentró gran parte de sus esfuerzos profesionales y llegó a entregarse por completo para salvar, consolidar y engrandecer a Vélez Sarsfield, el equipo de sus amores.
Dirigente honesto y dedicado, fue también presidente del club en dos ocasiones y demostró que el amor a la camiseta permite cualquier tipo de locura —llegó a hipotecar su casa para poder conseguir fondos para el equipo y evitar un remate que podría haber generado su desaparición— y que una vida regalada al fútbol es una buena forma de pasar por la tierra. Dicha pasión llevó a los socios del club a rebautizar el estadio del equipo ubicado en Liniers con el nombre del recordado dirigente, tan solo cinco meses antes de que un cáncer de pulmón lo hiciera despertar en la cancha eterna.
Vélez Sarsfield es un equipo promedio de Argentina. En una nación en donde River Plate y Boca Juniors tienen la hegemonía histórica, otros tres clubes completan los denominados “cinco grandes”. Ellos son Racing Club, Independiente —ambos de Avellaneda— y San Lorenzo de Almagro. Vélez viene en la segunda camada de clubes argentinos, compartiendo sitial con otras laureadas instituciones que no han logrado mayor connotación, como los son Estudiantes de La Plata, Banfield o Lanús. No obstante, su palmarés intimida a cualquiera. Ha sido campeón del fútbol argentino en diez ocasiones y obtuvo el subcampeonato otras nueve veces. Sin embargo, el mayor éxito del equipo de la “V” azul es el título de la Copa Libertadores de 1994, gracias a una inolvidable campaña liderada desde el banco por Carlos Bianchi, quien a inicios de los 2000 ganó otras tres Copas Libertadores dirigiendo a Boca Juniors.
Ese recordado año ٩٤ encaminó a Vélez a la final, luego de clasificar primero en el grupo que conformaban Palmeiras, Cruzeiro y el mismo cuadro Xeneize, y de despachar en las fases eliminatorias a Defensor Sporting de Uruguay, Minervén de Venezuela y Junior de Colombia. La final los enfrentó contra el São Paulo de Tele Santana, vigente bicampeón y máximo favorito al título. Cada equipo ganó 1-0 su respectivo partido de local y los penales dirimieron al campeón. Vélez anotó los cinco lanzamientos y São Paulo falló el segundo, atajado por el legendario arquero paraguayo José Luis Chilavert. El equipo de Liniers levantó su primera Copa Libertadores y entró al selecto grupo de los campeones de América.
Diecisiete años después del inolvidable campeonato, el Estadio José Amalfitani recibió el segundo partido del Grupo 4 de la Copa Libertadores 2011. El duelo enfrentaba al local Vélez Sarsfield —que había clasificado por tener el mayor puntaje acumulado del torneo argentino 2010— con Universidad Católica, que llegaba como campeón chileno luego de un accidentado torneo que cambió su estructura a causa del terremoto de febrero y que mantuvo la emoción hasta la última fecha.
En el partido final de la liga chilena, el cuadro “franjeado” venció por 5-0 a Everton y le sacó los definitivos 3 puntos de ventaja a Colo-Colo, coronándose campeón y bajando la décima estrella. Ese título Católica lo consiguió con 74 puntos (sobre treinta y cuatro partidos), contó con el goleador del campeonato, Milovan Mirosevic (diecinueve goles) y alineó tres jugadores en el equipo ideal del año: el mismo Mirosevic, el volante Francisco Silva y el delantero Roberto Gutiérrez. Era un equipo preparado para lograr las periodísticas “cosas importantes” en la Copa Libertadores.
“Fortineros” y cruzados se enfrentaron el jueves 3 de marzo de 2011. Cerca de nueve mil personas llegaron a las galerías del José Amalfitani para presenciar el duelo que arbitró el paraguayo Carlos Torres. Los argentinos habían derrotado en la primera fecha al Caracas venezolano por 3-0 y los chilenos, en duelo fratricida, igualaron 2-2 de visitantes contra Unión Española, en un partido en que los hispanos consiguieron el gol del empate al minuto 91, gracias a un penal de Braulio Leal. Así, el partido era esencial para ambos equipos. Los locales tenían que seguir asegurando puntos en casa y los visitantes no querían alejarse de los puestos de clasificación.
Universidad Católica tenía el registro de nunca haber ganado en Argentina. La de 2011 era la edición número veintitrés en que participaban los cruzados y en todos esos años jamás habían superado a algún equipo trasandino en condición de visitante. Con eso en mente, el equipo dirigido por Juan Antonio Pizzi salió a la cancha a intentar romper la historia.
El partido inició bajo una leve expectativa internacional. Ambos equipos eran importantes en sus países, pero a nivel americano estaban a años luz de la atención que tenían las potencias. No obstante, el sorpresivo gol de Lucas Pratto al minuto de juego parecía anunciar un duelo que estaría cargado de emociones.
El flamante delantero de Universidad Católica había cruzado la cordillera a mediados de 2010, proveniente del Unión Santa Fe argentino, luego de anotar seis goles en Segunda División. A sus veintidós años, ya había tenido pasos por el Tigre argentino, el Lyn Oslo noruego y Boca Juniors, club dueño de su pase. Fue precisamente un negocio con el conjunto “bostero” el que lo llevó a vestir la camiseta cruzada, merced de un acuerdo que uniformó de “xeneize” a la otrora promesa chilena, Gary Medel.
Durante el segundo semestre de 2010, Pratto anotó cuatro goles, incluyendo uno en su debut contra Everton y otro en el Clásico contra Universidad de Chile, que a la postre fue esencial para superar a Colo-Colo en la tabla final. Sin embargo, el cariño de la hinchada terminó de adquirirlo el año 2011, gracias a su fenomenal actuación en la Copa Libertadores y por terminar como goleador del equipo en el Torneo Apertura de ese año junto a Felipe Gutiérrez, ambos con seis tantos.
Esa noche de marzo en Liniers, Pratto aprovechó una corrida y un gran pase de Marcelo Cañete para ingresar al área por el costado izquierdo y rematar un zurdazo rasante que se coló bajo el cuerpo de Marcelo Barovero. Así puso en sorprendente ventaja al conjunto chileno.
La extrañeza se extendió hasta el minuto 20, cuando un cabezazo de Fernando Ortiz hizo estallar a los hinchas “fortineros”. La alegría se extendió de forma inmediata, puesto que al minuto siguiente Vélez anotó el segundo tanto, luego de una infantil desconcentración en un lateral, que finalizó con un centro y el potente remate de Augusto Fernández, que dejó sin opciones al portero Cristopher Toselli.
El resto del primer tiempo se desarrolló con idas y venidas de ambos equipos, y fue el cuadro local el que alargó la diferencia, gracias a un certero cabezazo de Emiliano Papa, cuando quedaba un minuto para el descanso. Los equipos se fueron a los vestuarios con un 3-1 a favor de los argentinos, en un partido que evidenciaba la eterna paternidad trasandina sobre clubes chilenos y que probablemente sellaría una cómoda victoria para el conjunto local.
Los quince minutos de descanso siempre han sido una gran incógnita para los hinchas del fútbol. Se especula de lo que se dice, lo que se hace, lo que se piensa. Ese día en el José Amalfitani, el entrenador del cuadro cruzado, José Antonio Pizzi, logró insertar en el corazón de sus dirigidos la idea de que una remontada era posible y que quizás era un buen día para cambiar la historia. Los jugadores lo escucharon con la evidencia de la derrota en la cara, pero con la firme ilusión que tienen todos aquellos que han entrado a un vestuario y que buscan las miradas de sus compañeros para sentirse unidos y apoyados por una causa común. Quizás nunca se ventilen las verdaderas palabras que el entrenador les inspiró a sus futbolistas, pero jamás se olvidará el ímpetu con el que el cuadro cruzado enfrentó el segundo tiempo del partido en Liniers.
Uno de los que salió particularmente encendido fue el volante Tomás Costa. El dueño de ese mediocampo cruzado jugó su primer partido profesional vistiendo los colores de Rosario Central en un partido contra Estudiantes de La Plata, el año 2006. Después tuvo dos pasos europeos defendiendo los colores del Porto de Portugal y del Cluj de Rumania, hasta que desembarcó en San Carlos de Apoquindo el 21 de enero de 2011, con la misión de reemplazar al emblema, capitán y goleador del equipo, Milovan Mirosevic. Para el partido con Vélez ya era titular en el conjunto de la franja, sosteniendo el mediocampo con empuje, sudor y fútbol. Todas esas características aparecieron en el minuto 73, cuando Costa recibió de Juan Eluchans, perfiló su cuerpo hacia el arco y apuntó la mirada. Estaba lejos, pero tampoco tanto. Decidió rematar y jugarse la opción. La pelota se clavó en el arco y Católica descontó el resultado. Restaban diecisiete minutos de juego y el escenario quedaba inusualmente abierto.
Noventa y ocho años antes del gol de Costa, el 7 de febrero de 1913, Vélez inscribió oficialmente a sus primeros diez socios. El club había nacido en 1910 y la necesidad de crear una identidad purgaba en la naciente institución. Entre los socios fundadores estaba un joven de diecinueve años que ya se había enamorado de los nuevos colores y que entregaría su vida al crecimiento del club. Diez años después, con veintinueve años en el cuerpo, José Amalfitani ganó las elecciones y se convirtió en el flamante presidente del Club Atlético Vélez Sarsfield de Argentina. Sin embargo, por motivos matrimoniales y de diferencias internas con la comisión que lideraba, dejó la dirigencia en 1926.
En los siguientes años, el cuadro de Liniers entró en una crisis institucional que llegó a su máximo punto en 1940, cuando el equipo descendió de categoría. Al mismo tiempo, fueron desalojados de su estadio y una gran deuda empujaba a los “fortineros” al abismo de la desaparición. Ahí apareció la gente, la más pura expresión popular, que fue a buscar a gritos a don José para que asumiera la presidencia del club y los salvara del descalabro. Amalfitani no necesitó mucha persuasión y en 1941 comenzó su segundo mandato.
Los años fueron duros y el trabajo, arduo, pero las recompensas fueron perpetuas. Además de responsabilizarse financieramente como codeudor solidario del club, don José consiguió un terreno para comenzar a levantar la nueva cancha. Ahí apareció su aguante romántico y sus prioridades económicas. Ambas cosas hicieron eco en los hinchas, que comenzaron a hacerse socios y a hacer malabares para conseguir el dinero. Más de alguna vez algún camión de ladrillos o tierra fue detenido cuando pasaba cerca del estadio para pedirle que dejara parte de la carga en la construcción. A cambio, al camionero le ofrecían palco gratis para toda su familia, una vez que el estadio estuviera construido. Negocio o no, las bolsas se quedaban en el recinto.
Finalmente, luego de años de esfuerzo, ahorro, disciplina y aguante, Vélez Sarsfield inauguró su nueva canchita. Era 1943 y, junto con el gramado, el equipo consiguió el ascenso a Primera División, lugar del que nunca más bajó. Con la cancha lista y el equipo en Primera, apareció la ambición de los hinchas, que exigían un título para decorar las vacías vitrinas. Ahí reapareció la personalidad de don José, quien le recordaba a la gente que lo prioritario era la estabilidad financiera y no los títulos. “Si quieren campeonatos, háganse hinchas de Boca o River” se le escuchaba decir. Nadie se cambió de equipo.
El trabajo bien hecho y el orden institucional dieron sus frutos, y en 1951 se inauguró oficialmente el Estadio “El Fortín”, que tuvo su primera gloria en 1968, más de medio siglo después de su fundación, cuando el Vélez Sarsfield conquistó por primera vez el campeonato nacional de Argentina. El título fue emotivo y nostálgico, y selló una alianza de amor entre el equipo y su hinchada, que se mantendría indeleble para toda la eternidad.
Fue precisamente esa alianza de amor la que rugió en el estadio cuando Tomás Costa anotó el descuento para Universidad Católica. Los casi nueve mil hinchas que poblaban las galerías redoblaron sus esfuerzos de aliento, buscando reactivar el amor propio de un equipo forjado en la rudeza del descenso y fortalecido al borde del precipicio existencial. Sin embargo, nada de eso le importó a Lucas Pratto cuando recibió la pelota de espaldas al área, se giró hacia el arco y disparó un zurdazo. El reloj marcaba ochenta y ocho minutos. La pelota estremeció el poste izquierdo de Barovero y luego atravesó mansamente la línea de gol. El guardalínea levantó la bandera, luego la bajó, después corrió hacia el centro de la cancha y en todo momento sembró la duda. Mientras eso pasaba, Pratto celebraba el empate con sus compañeros y el centenar de hinchas cruzados agolpados en la galería, gritaban enajenados la epopeya cruzada. Los simpatizantes de Vélez pasaron del aliento a la perplejidad, pues el equipo estaba rompiendo la alianza de amor forjada en los potreros. Sin embargo, recordaron los orígenes y siguieron alentando para conseguir el gol que les diera el triunfo definitivo.
Al minuto 90 de partido hubo un balón detenido a favor de Vélez. Todo el estadio hizo silencio, casi recordando los míticos inicios de 1910, el descenso del 40, la inauguración del estadio en el 51 y el inolvidable título de 1968. Toda esa historia y pasión recorrió las venas de los hinchas “fortineros”, que vieron desde la ingenuidad cómo el balón era rechazado por los defensas chilenos. El despeje dio origen a una contra, que luego de un fortuito rebote lanzó a los cruzados a conseguir la hazaña. Francisco Pizarro condujo la pelota hasta el mediocampo y se la pasó a la carrera a Felipe Gutiérrez. El talentoso volante hizo un cambio de frente sensacional, que recibió Marcelo Cañete. El volante vio las opciones y filtró el pase hacia el área, mientras Pizarro ingresaba a toda velocidad.
Francisco Pizarro nació futbolísticamente en Universidad Católica. Su debut ocurrió el año 2008, y cuando entró al área del José Amalfitani, al minuto 91, llevaba tres temporadas con los cruzados. Había sido campeón el año 2010 y era considerado un gran proyecto deportivo para el club. Jamás imaginó que ese momento sería uno de los hitos más importantes de su carrera, junto con el mencionado título, la Copa Chile de 2011 y el campeonato nacional de 2013, vistiendo los colores de O’Higgins y venciendo en la final —irónicamente— a los mismos colores que vestía ese día en cancha de Vélez.
Los hinchas “fortineros” vieron entrar al flaco delantero rival al área y pensaron que lo peor estaba por ocurrir. Afortunadamente, no tuvieron mucho tiempo para analizarlo, porque Francisco Pizarro picó la pelota sutilmente sobre Barovero y esta entró rebotando al arco de los locales. Los hinchas cruzados desataron su locura, el delantero se sacó la camiseta y los hinchas de Vélez callaron con furia. Todo pasó en unos minutos, que dibujaron el primer triunfo de Universidad Católica en tierras trasandinas. Nada más ni nada menos que contra el equipo de José Amalfitani, el dirigente que se negó ver morir a su equipo y que se hipotecó a sí mismo para salvarlo; el mismo nombre con el que bautizaron el estadio y con el que consiguieron su primer título; el mismo hombre que murió en mayo de 1969, luego de haberle enseñado al fútbol que nada es imposible para un corazón que decide soñar. Al equipo de ese héroe lo venció Universidad Católica y ese partido se graduó de inmortal.
*Universidad Católica terminó ganando el Grupo 4 de la edición 2011 y clasificó a la fase eliminatoria. En octavos de final eliminó a Gremio de Brasil y quedó eliminado en cuartos de final por Peñarol de Uruguay.
Vélez Sarsfield terminó segundo en el grupo y también clasificó a la segunda ronda. En octavos de final eliminó a Liga Deportiva Universitaria de Ecuador y en cuartos a Libertad de Paraguay. Perdió en semifinales contra Peñarol.
El campeón de la Copa Libertadores 2011 fue el Santos de Brasil, que venció al conjunto uruguayo por 2-1 en el global. El cuadro brasilero tenía entre sus filas al crack que fue escogido el mejor jugador4 de América de ese año. Su nombre era Neymar.
Los goleadores del torneo fueron el paraguayo Roberto Nanni de Cerro Porteño y el brasilero Wallyson de Cruzeiro, ambos con 7 tantos.
Lucas Pratto quedó segundo en la tabla de goleo, con 6 anotaciones.
4 Esta distinción se entrega anualmente al jugador más destacado que juega en el continente americano. Entre sus ganadores hay tres chilenos: Elías Figueroa (1974-1975-1976), Marcelo Salas (1997) y Matías Fernández (2006).
(Universidad Católica vs Emelec, 1962)
“Recuerdo que antes de llegar a Guayaquil, la dirigencia y los jugadores de Universidad Católica le habían dicho a la prensa de su país que enfrentarían a un equipo de segunda”.
Las palabras son de Enrique Raymondi. Las dijo recordando un partido jugado en pleno verano de 1962, mientras su equipo disputaba el Grupo 3 de la Copa de Campeones de América5.
“El Maestrito” —como le decían sus compañeros— era uno de los cinco delanteros que poblaban la ofensiva del Club Sport Emelec de Ecuador. Futbolista por herencia, su padre también había vestido de corto y se ganó el apodo de “El Maestro”, que acompañó en forma diminutiva al joven Enrique durante su carrera.
El Club Sport Emelec fue fundado en 1929 en Guayaquil, por el estadounidense George Capwell, luego de una asamblea de empleados de la Empresa Eléctrica de Ecuador. Si bien se inició con varios deportes, el béisbol fue el que más fuerza tuvo durante los primeros años, quizás respondiendo a los gustos del fundador. Sin embargo, en 1957, al fundarse la Serie A de Ecuador, la rama de fútbol comenzó su ascenso. Gracias a una gran campaña, el cuadro guayaquileño se convirtió en el primer campeón en la historia ecuatoriana.
Iniciados los años sesenta, cambió sus tradicionales colores grises y comenzó a vestir su característica camiseta azul. Dicho cambio fue significativo, puesto que esa década vio el nacimiento y esplendor del “Ballet Azul”, considerado hasta la actualidad como el mejor equipo ecuatoriano de todos los tiempos.
El concepto “ballet azul” fue acuñado por primera vez en la década de 1950 para referirse al vistoso juego colectivo que practicaba el Millonarios Fútbol Club de Bogotá. Desde Colombia saltó a Ecuador y también a Chile, donde fue representado por el Club Universidad de Chile que, vistiendo el característico color, dominó la década de los sesenta sin ningún tipo de resistencia.
Para la Copa de Campeones de América de 1962, tanto el “ballet” ecuatoriano como el colombiano cayeron en el Grupo 3 junto a Universidad Católica de Chile. En esos años, solamente competían los campeones de cada país6 y el campeón de la edición anterior, que en ese entonces era Peñarol de Uruguay, que iniciaba su participación en las semifinales.
La forma de campeonato era la siguiente. Los nueve campeones eran divididos en tres grupos y jugaban en la modalidad de todos contra todos, alternando partidos de local y visitante. A la ronda de los cuatro mejores clasificaba exclusivamente el ganador de cada grupo y, para completar el cuadro, se sumaba el vigente campeón. Las eliminatorias también consideraban partidos de local y visita, y solo importaba el resultado. En caso de igualdad de puntos, se jugaba un tercer partido en cancha neutral. En caso de empatar el partido de definición, se consideraba la diferencia de gol obtenida en los dos primeros duelos.
Tanto Emelec como Universidad Católica hicieron su debut histórico en la Copa Libertadores de 1962. Millonarios había participado en la edición fundacional de 1960, venciendo inapelablemente a Universidad de Chile por 7-0 en el global, incluyendo una goleada por 6-0 en Colombia. Sin embargo, en esa tercera edición del 62 terminó en la última posición del grupo, consiguiendo solamente una victoria en condición de local.
El 10 de febrero de 1962, Universidad Católica debutó oficialmente en la Copa de Campeones de América. Lo hizo jugando en el Estadio Nacional, puesto que el Estadio Independencia —que albergaba al equipo de “la franja”— no era el escenario idóneo para un partido de esas características.
En su partido debut, Universidad Católica resultó vencedor por un contundente 3-0. El primer gol cruzado en la historia de la Copa fue anotado por Ricardo Trigilli, delantero argentino nacido futbolísticamente en Argentinos Juniors y que defendió la camiseta franjeada las temporadas 61 y 62, consagrándose campeón del torneo nacional chileno de 1961. Los otros dos goles fueron obra de Armando Tobar, legendario delantero chileno, campeón del torneo nacional en 1958 con Santiago Wanderers y en 1966 con Universidad Católica, e integrante del histórico plantel que consiguió el tercer lugar en el Mundial de Chile. Con el triunfo, Universidad Católica se encaminó firmemente hacia la clasificación y junto con eso nació la obsesión perpetua por conquistar el trofeo.
El segundo partido también terminó en goleada para el conjunto chileno, luego de vencer por 4-1 a Millonarios, con goles de Trigilli, Tobar y Alberto Fouillioux. El joven Alberto era un jugador formado en las inferiores del club. Exalumno del colegio San Ignacio de Santiago, conquistó los títulos de 1961 y 1966, y alcanzó tres semifinales de Copa Libertadores en la década del sesenta. Luego tuvo pasos por Huachipato, Unión Española y el Lille de Francia, en el que compartió camarín con su compañero cruzado Ignacio Prieto. En 1975 volvió a jugar a Universidad Católica en Segunda División y consiguió el título de liga y el consecuente ascenso a Primera. Posteriormente tuvo una corta aventura como entrenador y encontró su lugar en el mundo de las comunicaciones. Es considerado uno de los grandes ídolos del club de la franja junto a Sergio Livingstone, Ignacio Prieto y Mario Lepe, todos honrados con sus nombres en las galerías del Estadio San Carlos de Apoquindo.
El tercer partido de la Copa terminó en empate. Jugado en Colombia, Católica no logró superar el cerrojo defensivo de Millonarios y rescató un valioso punto al igualar a un gol. La conquista cruzada fue obra de Orlando Ramírez, talentoso volante, campeón en 1961 y parte del plantel de la selección chilena que jugó el Mundial de Inglaterra 1966.
El cuarto partido del grupo enfrentó a Emelec y Universidad Católica en tierras guayaquileñas. El cuadro chileno llegó con 5 puntos7 y el equipo “azul” sumaba 2 puntos, merced de su victoria como local contra Millonarios en el primer partido. Católica necesitaba un empate para sellar la clasificación y los resultados les habían llenado el pecho de confianza a los jugadores, quienes aseguraban a los medios que volverían de Ecuador con los puntos en el bolsillo.
El inicio del partido confirmó las pretensiones del conjunto cruzado. A los diez minutos, “Tito” Fouillioux abrió la cuenta y, cinco minutos después, Orlando Ramírez amplió la ventaja. Nada hacía presagiar que los vientos cambiarían su curso y que el tercer partido en la historia de la Copa Libertadores disputado por Universidad Católica entraría en los anales del club.
En el minuto 23, Vicente Lecaro descontó para el conjunto ecuatoriano. Ese gol les abrió el apetito a los cinco delanteros que ocupaba el técnico Mario Larraz, según la usanza de la época. Aquel quinteto de jugadores era conocido coloquialmente como “Los Cinco Reyes Magos”, gracias a su virtuosismo al momento de jugar a la pelota. Ellos fueron la columna vertebral del “Ballet Azul”. Los futbolistas que conformaban la agrupación eran José Vicente Balseca, Jorge Bolaños, Carlos Raffo, Roberto Ortega y Enrique Raymondi. Todos ellos, cuando vieron que era posible vencer al campeón chileno, dieron rienda suelta a su talento y comenzó el espectáculo.
Al minuto 27, Raymondi igualó el partido. Los cinco reyes iniciaron unos movimientos de balón que desconcertaron al cuadro cruzado y “El Maestrito” se encargó de capitalizar cada jugada en forma de gol.
Al finalizar el primer tiempo, Emelec ganaba por 5-2, con cuatro anotaciones del joven Enrique. Los jugadores chilenos no sabían cómo detener el poderío ofensivo del “Ballet” y la confusión se extendió por todo el segundo tiempo. Al minuto 58, Jorge Bolaños anotó el sexto gol y, al 65, Raymondi cobró el séptimo. Algunos minutos después, “El Maestrito” volvió a convertir, pero el juez uruguayo Pablo Vaga anuló el tanto. El delantero, visiblemente extrañado, se acercó al árbitro para preguntarle la razón de la invalidación. La única respuesta que recibió fue: “Ya llevas cinco goles. Déjate de reclamar. ¿Para qué vas a marcarle más goles a esos pobres chilenitos?” Gracias a la misericordia del árbitro, el triunfo quedó sellado “solamente” por 7-2.
Posteriormente, Emelec perdió su partido definitorio contra Millonarios y le cedió la clasificación a los “pobres chilenitos”. Además, para saborizar la historia, el partido fue invalidado por la mala inscripción de jugadores y los puntos fueron otorgados al cuadro cruzado. Sin embargo, el apabullante resultado aún resalta en las estadísticas históricas de ambos equipos. Desde el rincón ecuatoriano es la mayor victoria consumada en un partido internacional. Desde el rincón chileno, es la mayor derrota recibida en el mismo escenario. Un partido inolvidable para ambas escuadras debutantes y un baño de humildad para Universidad Católica, que en su primera participación en la Copa Libertadores aprendió de mala manera la importancia de respetar al rival.
Con el paso de los años, la figura consular e indiscutida de Enrique “El Maestrito” Raymondi solo fue creciendo. Gracias a ese partido, ostentó el récord del jugador que más goles anotó en un solo partido de Copa Libertadores hasta 1985, cuando fue superado por Juan Carlos Sánchez, quien, defendiendo los colores del Blooming boliviano, anotó seis goles en la goleada 8-0 que su equipo le propinó al extinto Deportivo Italia de Venezuela. Sumado a eso, se consagró como el goleador de la edición 1962, con seis goles en total.
Una vez retirado y con la perspectiva del tiempo, le hicieron una entrevista para recordar ese icónico partido jugado en febrero de 1962. La declaración fue breve, pero brutalmente decidora: “Recuerdo que antes de llegar a Guayaquil, la dirigencia y los jugadores de Universidad Católica le habían dicho a la prensa de su país que enfrentarían a un equipo de segunda… Cuando terminaron goleados se fueron mudos”.
*Universidad Católica ganó el Grupo 3 de la Copa de Campeones de América 1962, luego de vencer a Emelec de Ecuador y a Millonarios de Colombia. En semifinales enfrentó al Santos de Brasil y quedó eliminado, luego de empatar 1-1 en Santiago y de caer derrotado por 1-0 en São Paulo.
Emelec quedó eliminado en la fase de grupos.
