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La responsabilidad en el psicoanálisis no existe, solo puede ser atribuible a un sujeto. La noción de sujeto responsable en el psicoanálisis no se imagina ni se supone, sino que se ejerce. Se efectúa en ese límite que es el mismo donde se produce el acto de la palabra y sus consecuencias. No hay una responsabilidad sino responsabilidades —en plural— que conciernen a las diferentes respuestas subjetivas. De allí que su fundamento impone una reflexión ética propia del campo donde se practica, lo cual implica interrogarse tanto por el sufrimiento del ser hablante como por el deseo del psicoanalista.
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Seitenzahl: 291
Veröffentlichungsjahr: 2025
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SUJETO RESPONSABLE
Seminario de psicoanálisis
Emilio Vaschetto – Jorge Faraoni Bruno Masino (Comps.)
Autores
Manuel Álvarez - Domenico Cosenza Ricardo Gandolfo - Pilar Ordóñez - Vicente Palomera Gabriela Rodríguez - Jorge Roggero - y otros…
SEMINARIOS
Colección Seminarios
Título original:
Sujeto responsable
© Emilio Vaschetto - Jorge Faraoni
Bruno Masino (Comps.)
© De esta edición: Pensódromo SL, 2024
Diseño de cubierta:
Pensódromo
Imagen de portada sobre la base del diseño del
cartel para el seminario realizado por
Martín Mariano Pérez.
Esta obra se publica bajo el sello de Xoroi Edicions.
Editor: Henry Odell
e–mail: [email protected]
ISBN ebook: 978-84-129858-8-7
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.
Palabras preliminares
1. La cuestión del sujeto responsable en el psicoanálisis. Ensayo introductorio
2. Sofisticar la «elección forzada»
3. Responsabilidad en el paradigma de la ipseidad: subjetividad, ética y Derecho. De Lévinas a Romano
4. Posición analítica Responsabilidad
vs
. reduccionismos
5. Responsable hasta de tus sueños
6. Subjetivar la responsabilidad
7. Foro sobre el sujeto responsable
8. De la percepción sin objeto a la re-presentación del objeto
Bibliografía general
Acerca de los autores
El presente libro es el reflejo del seminario diurno que realizamos en la Escuela de la Orientación Lacaniana en el año 2023 y se direcciona en torno al estatuto del sujeto responsable para el psicoanálisis. En el transcurso de ese verano, la sociedad argentina fue testigo del juicio llevado adelante contra un grupo de jóvenes, jugadores de rugby (de ahí que se lo denominó el «crimen de los rugbiers»), quienes habían golpeado brutalmente y matado a otro a la salida de una disco. Aquel delito, perpetrado en una villa balnearia, había sucedido en plena vía pública ante la mirada absorta de los transeúntes y difundido de manera masiva por los medios de comunicación1. Durante el proceso judicial la llamada «opinión pública», en su conjunto, había tomado partido y establecido su propio veredicto: «son todos responsables». El ánimo punitivista se vio, así, sofocado ante lo indecible de una muerte joven, ante la dimensión eterna del Mal2. No es la primera vez —ni será la última— que una versión masiva de la responsabilidad tiñe las calles y los comentarios del público acrítico se transforma en juez de ocasión.
Los psicoanalistas debemos decir algo, más allá de la opinión corriente, porque nuestro sujeto responsable ¿en qué medida se distingue de la razón que sostiene un juicio penal? Veremos a lo largo de los diferentes capítulos precipitarse la dimensión de una ética de las consecuencias contrastante con las causalidades concurrentes. Si tenemos en cuenta la materia significante que establece una cierta «competencia profesional», solo por errancia o error suele encarnarse en el hombre —según supone Jacques Lacan en sus Escritos—. ¿Error de buena fe? «Entre todos es el más imperdonable»3, añadirá.
Es evidente que nos encontramos en un tiempo donde hay una banalización de la responsabilidad, lo cual recae sobre la forma en la que el Otro destila los significantes. Esto sucede en el límite mismo donde el sujeto ejerce el acto de la palabra. Pero no solo eso. Más adelante, en su última enseñanza, Lacan enunciará que, en última instancia, «solo hay responsabilidad sexual»4. Es ahí donde cualquier banalidad naufraga, puesto que lo serio se constituye en el marco de la no-relación.
Pensado desde el origen, existe una «primera elección», un «primer emplazamiento» donde se decide la estructura —eso que Freud llamaba «la elección de neurosis» (Neurosenwahl)—. Allí, el sujeto se ubica de entrada, respecto de ese primer extraño —das Ding—, en función de la creencia: cree o no cree.
Por último, respecto del inconsciente y la posición responsable del analizante, a la altura del seminario «L’insu…»5 existe una mención al practicante del psicoanálisis que en un determinado momento tiene el impulso de querer recostarse en el diván, como si la regla de la asociación libre lo deshabilitara de cualquier responsabilidad. Muy por el contrario, es en el traspié donde recupera su enunciación; y si se llevan las cosas un poco más lejos, es en cierta forma de locura donde debe hacerse discípulo de su síntoma y dejarse enseñar por su matriz refractaria a las formas vulgares de salud mental. Eso no es una mera aproximación, sino una precipitación de saber de la cual el analista deviene un facilitador de la experiencia.
La obra que el lector tiene enfrente es producto de la elaboración escrita de las clases e intervenciones que se sucedieron a lo largo de dicho seminario. Si bien el programa anual contempló una importante casuística, decidimos incluir un solo relato clínico, debidamente ficcionalizado y autorizado por el paciente. Se añade a la modalidad de seminario, tal como la instauró en la enseñanza Jacques Lacan, una instancia de «Forum». Una escansión en el continuum de las clases, en donde colegas participantes, realizaron puntuaciones con el fin debatir sus argumentos —el privilegio de las razones por sobre las autoridades—.
Cabe un agradecimiento especial a nuestro coordinador, Bruno Masino, quien trabajó codo a codo con nosotros en la corrección y establecimiento de los textos. A Elba Lauc y Mónica Dayan que realizaron una enorme labor en la transcripción y corrección de las clases y las intervenciones y, por supuesto, a nuestro editor Henry Odell por permitirnos nuevamente dar a luz un nuevo seminario escrito. Por último, cabe una mención especial a los colegas que expusieron su casuística y enriquecieron con sus aportes el trabajo de elaboración colectiva:
En orden de aparición:
Facundo Chamorro, Gloria Aksman, Gabriela Rodríguez, Alejandra Borla, Esteban Pikiewicz, Jorge Roggero, Víctor Pagano, Domenico Cosenza, Gastón Cottino, Blanca Musachi, Pilar Ordóñez, Vicente Palomera, Valentina Minieri, Jorge Rodríguez, Damián Leikis, Juan Pablo Dellamea, Paulina Moreno, Luz Elena Gaviria, Leonardo Vera, Mabel Sánchez, Adriana Martín, Leandro Ferreyra, Elba Lauc, Lisandro Isasa y Yael Noris Ferri.
Jorge Faraoni y Emilio Vaschetto
Bruno Masino, Jorge Faraoniy Emilio Vaschetto
Como primera aproximación diremos que la responsabilidad en el psicoanálisis no existe. Si dedicamos todo un año de seminario a desarrollar la concepción de sujeto responsable, es porque la idea de responsabilidad solo puede ser atribuible a un sujeto.
No hay la responsabilidad como no hay el lazo social. Hay, en tal caso, vínculos de discurso en los cuales se distribuyen relaciones de dominio a los efectos de regular eso que en el psicoanálisis llamamos goce. El discurso es un artefacto que sostiene el mundo y a su vez distribuye lugares: el agente, la verdad, el producto y los efectos de sujeto resultantes de los diferentes movimientos discursivos (ya que se trata de una plataforma móvil). Tampoco hay la relación sexual sino relaciones entre los seres hablantes que buscan —a su modo— las formas de suplir esa ausencia constitutiva.
La responsabilidad que concierne al sujeto es una consecuencia, el resorte de nuestras propias acciones, y por eso, el fundamento mismo de toda reflexión ética1. A los efectos de un desarrollo que amplíe los límites del debate, el lector podrá recurrir a la clase de Jorge Roggero —presente en este volumen— quien abarcó el estatuto de la responsabilidad desde la filosofía de Lévinas. Una responsabilidad que emana del Otro en un orden que para nosotros sería transubjetivo.
Es preciso advertir que, cuando Jacques Lacan aborda la ética del psicoanálisis, habla de una Cosa —la Cosa, das Ding—. Conjuga, mediante este término, una parte del Nebenmench (el complejo del semejante proveniente del «Proyecto de psicología para neurólogos» de Freud) y la Cosa en Heidegger («Lección sobre la Cosa»). Es de ese primer partenaire inevitable y necesario de donde surgirá la Cosa. Algo propio y ajeno a la vez. Para Lacan, una «extimidad»2, una exterioridad íntima, un excluido en el centro, un Otro prehistórico imposible de olvidar que estando ajeno a mí se halla en mi núcleo3. De todos modos, el campo de das Ding encierra una paradoja ética puesto que
[…] designa en él aquello que en la vida puede preferir la muerte. Y se aproxima así, más que cualquier otro, al problema del mal, más precisamente al proyecto del mal como tal4.
Como podrá leerse más adelante, la filosofía de Lévinas nos aproxima bastante a una concepción del Otro como alteridad absoluta. Por caso, en la idea de «rostro» es concebible, al igual que das Ding, un campo que excede a la simbolización, un punto inaccesible. Y es allí donde podrían, eventualmente, confluir Lévinas y Lacan, en tanto proponen una ética que responde a un más allá del sujeto del inconsciente; en términos freudianos: un Ello más allá de lo inconsciente. Entendemos que estas lecturas proponen un forzamiento conceptual, no obstante, es propio de un seminario realizar este tipo de ejercicios. Revisemos entonces esta particular convergencia de lo estrictamente analítico y su cruce con la filosofía de Kant.
Cuando abordamos esta materia como parte del psicoanálisis, ingresando por sus bordes, logramos medir el alcance de la teorización lacaniana respecto a la ética. Su modo de inscribirla, mediante una revisión de todo el sistema kantiano, permeó en el ámbito de la filosofía académica durante gran parte del siglo XX. Asimismo, esta revisión se da por parte de diversos autores contemporáneos a Lacan —como bien hace notar Victoria Camps en la introducción de Concepciones de la ética5— y sucede luego del abandono del idealismo alemán.
En esta reconstrucción contemporánea de la ética acaecida a partir de la segunda mitad del siglo XX, la filosofía moral muestra un aspecto decisivo de la reflexión contemporánea y manifiesta, a viva luz, el carácter auxiliar que puede desempeñar para resolver problemas de diversas procedencias. En el ensayo citado de Camps, se puede captar, además, que todos los autores que revisaron a Kant se quedaron con algo de su sistema, más nunca con la maquinaria completa.
Lacan, por su parte, notó que ese razonamiento de máximas salía reformulado al pasar por las ideas de esta teoría analítica. La operación lacaniana consistió en tomar la obra de Kant, tanto en el seminario La ética del psicoanálisis como en el escrito «Kant con Sade», para extraer la topología del objeto moral.
Volvemos a encontrar lo que autoriza a Kant a expresar el pesar de que a la experiencia de la ley moral ninguna intuición ofrezca ningún objeto fenomenal6.
Este formalismo puro de la ley le sirve para hacer hincapié en la paradoja de que solo en tanto y cuanto el sujeto se sitúe frente a la ausencia de cualquier objeto volverá tangible la forma de la ley. Solo el fenómeno significante que se obtenga de la voz en la conciencia se articulará como máxima para proponer el orden de una razón práctica. El aspecto formal de la ley resulta así su causa. La ley no es causa de ningún objeto.
Entonces dirá:
Mi tesis es que la ley moral se articula con la mira de lo real como tal, de lo real que puede ser la garantía de la Cosa. Por eso los invito a interesarse en lo que podemos llamar el acmé de la ética…7
Un imperativo de imposible cumplimiento que eleva la acción a la máxima universal por tener entre sus premisas aquello que está fuera de significación. A su vez, este imperativo de imposible cumplimiento cuadra más con una satisfacción pulsional —paradojal, por cierto— atada a una ley, que con una norma de regulación entre personas. Del mismo seminario de La ética…, Lacan señalará en la clase «De la ley moral» que las sociedades avanzan más en la transgresión de las normas que en su cumplimiento. A decir verdad, el propio Kant desconfiaba de los alcances que podía tener su imperativo categórico.
La ética que Kant defiende es una ética sin concesiones a la realidad de ningún tipo, una ética que jamás caerá en la tentación de traicionarse a sí misma para hacerse más llevadera o más soportable. La rigidez y la inflexibilidad que suelen achacársela contrastan con la desconfianza que él mismo muestra hacia el cumplimiento de la ética. Consciente de la escisión que sufre el ser humano entre el ser y el deber ser, Kant defiende la validez de un deber ser absoluto al tiempo que desconfía profundamente de la capacidad moral humana8.
¿Cuál sería el reverso del imperativo categórico? Kant podía descreer de que se cumpliera su imperativo, pero en el fondo encubría la verdad de su fórmula, a saber, que el sistema se cae. Que en el «sin concesiones» del sistema, algo se despega de la realidad. Tesis que se confirma por el modo de readecuación que sufrió/admitió el kantismo puro en el ámbito académico, sobre todo en el derecho y en la teoría ética contemporánea.
El reverso del imperativo, entonces, a través de la filosofía sadeana, pone de relieve el tema de la satisfacción. Ambas operaciones, Kant y Sade, son inscriptas como «instancias de franqueamiento», en la elaboración del seminario de La ética…. Nos proveen una idea precisa del deseo como «medida inconmensurable», puesto que bordean el concepto de das Ding e inciden en el cuerpo del otro. Lacan calibra los textos y las referencias para dar lugar a una elaboración con doble entrada —tanto clínica como teórica—: el encuentro con el real freudiano, que lo saca de la estricta lógica del significante de los seminarios precedentes, y a la vez rescata un aspecto de la práctica que no puede ser capturado por la palabra: una satisfacción cuyo único horizonte es lo real.
De allí extraemos una vertiente práctica. Más allá de las referencias bibliográficas que quedan superpuestas en este cruce, hay algo sencillo y clínico: la relación con el fuera de sentido y la relación con el cuerpo del otro son índices de una posición subjetiva.
La conexión con Sade es notable: se invierten los imperativos fundamentales de la Ley Moral, derivando esto en una máxima universal en la que el cuerpo del otro es simplemente un instrumento de nuestro placer. Por ende, se puede gozar de cualquier manera a partir del cuerpo del prójimo.
A través de esta modalidad quedan emparentados los aspectos universales de los imperativos, a partir de una máxima que puede ser elevada a lo universal —para hacer el bien, por cierto—. Y al mismo tiempo, la inexistencia de cualquier limitación respecto al prójimo y la posibilidad de instrumentalizar su cuerpo.
Son los caminos de acceso a das Ding. El dolor dirá Lacan —citando a Kant—, representa el único caso en que se puede concebir el pensamiento por conceptos. De allí se deriva la relación de un conocimiento con algo que surja de la práctica y se relacione con el sentimiento de placer y dolor.
Pues para alcanzar absolutamente das Ding, para abrir todas las compuertas del deseo, ¿qué nos muestra Sade en el horizonte? Esencialmente, el dolor. El dolor del prójimo y también el propio dolor de sujeto […] No podemos soportar el extremo del placer, en la medida en que consiste en forzar el acceso a la Cosa9.
La atribución de responsabilidad al sujeto representa un aspecto necesario y contingente a la vez, que puede facilitar el cambio de posición frente al síntoma en el atravesamiento de un análisis. No hay psicoanálisis posible sin una correlación entre inconsciente y causalidad o —dicho de otro modo— entre el parlêtre y el acto analítico.
El decir del analista es el correlato necesario de estos puntos de apalancamiento posibles para pensar la experiencia. Es en el bien decir donde debe estar inscripta una ética del sujeto. Quizá, ese es el kantismo que podemos permitirnos desarrollar aquí.
Volvamos al inicio.
La responsabilidad no puede ser pensada, en los términos del psicoanálisis, más allá de «un sujeto que habla y oye»10. Aun así, en la experiencia nos ajustamos a un sujeto puntual y evanescente.
¿A qué nos referimos con un sujeto que responde? ¿De qué forma nos encontramos con un sujeto responsable? Solo podemos acceder a él mediante ciertos índices —término tomado del seminario La angustia—, ciertos signos en donde de repente se nos ilumina el camino hacia la responsabilidad subjetiva. Estos índices son: la culpa, la vergüenza y la angustia. Advertimos que solo podemos acceder al sujeto responsable mediante estos índices, pese a que en la experiencia analítica la propia asociación libre conduce a hablar de manera irresponsable. El analista da permiso para hablar libremente sin esperar coherencia ni juicio para finalmente descargar la responsabilidad sobre los dichos —no del paciente sino del sujeto—.
La culpa está subordinada al deseo —inconsciente—, se inscribe en la relación de este con la demanda, «una demanda percibida como prohibida»11. A punto tal que Lacan da cierta legitimidad a esta culpa bajo la conocida sentencia:
La única cosa de la que se puede ser culpable es de haber cedido en su deseo12.
La vergüenza, más bien, está relacionada a un Otro primordial que ve o da a ver13. Y, a diferencia de la culpa, la vergüenza se vincula íntimamente no al deseo sino al goce, aquello «más íntimo del sujeto al que provoca más allá»14. Por último, la angustia, signo de lo real, en donde el sujeto se ve concernido y de cuya responsabilidad no puede escapar. El sujeto debe elucidar en su lazo al Otro qué objeto es para él.
Veamos de modo esquemático los tres índices:
Cuadro 1
Desde el inicio de nuestro seminario nos preguntamos cómo se es responsable de lo que se dice. Podrá verse más adelante, en la clase de Gabriela Rodríguez, la intervención de Alain Didier-Weill en el seminario de Lacan «L’insu…», donde se pregunta «¿qué significa sostener la palabra?». En principio, sostener la palabra no significa estar de acuerdo con lo que dice alguien, ni siquiera Lacan. Un primer esbozo, afirma, es que en la enunciación el sujeto del inconsciente responde. Y si hay alguna prueba de ello es el desmontaje topológico que se produce en el dispositivo del Pase en el momento del testimonio. Lo vamos a decir con pocas palabras: tratar de demostrar los momentos privilegiados de un análisis en donde se articulan los enunciados con la enunciación. Una vez llegados a ese límite, a ese litoral, se puede verificar un punto de no retorno, un acto de la palabra en donde ya no es posible desdecirse (podemos entender entonces como sostener la palabra es diferente de tener la palabra). En ese punto de no retorno tenemos el matema del S (Ⱥ) donde se halla el objeto de la certeza, pero el problema es que este objeto es indecible, al igual que el objeto de deseo.
En el momento donde se «toma la palabra» se «hace rodar esa parte extraída en la maleza que es el objeto a como voz». En este sentido, Miller ubica que la voz va más lejos que el objeto a, ya que está bajo la sospecha de ser un semblante de goce15. Barthes lo llamó el «grano de la voz», ahí surge el sujeto responsable como un índice no observable desde el exterior, «sino como un límite, y un límite engendrado estrictamente por el acto de la palabra»16.
En uno de los casos presentados en el transcurso del seminario por Alejandra Borla, titulado «Una cuestión de etiqueta»17, nuestro colega Esteban Pikiewicz situó dos dimensiones de la responsabilidad: una ligada al significante y otra ligada al goce. De esta manera utilizó el binomio esbozado por Lacan en la «Presentación de las Memorias de un neurópata»: sujeto del significante y sujeto del goce18. En la conversación surgió una nueva nominación del caso «el marica de papá» que introdujo una equivocidad. Sin embargo, al decir de Alejandra, prevaleció la etiqueta «ser gay u homosexual» sin responsabilizarse sobre su modo de gozar.
¿A qué llama Lacan sujeto del goce? Es un sintagma ciertamente inquietante, incluso contradictorio. En la «Presentación de las Memorias…» se trata del sujeto sometido a una erotomanía mortificante: «este ofrece el soporte para que Dios o el Otro goce de su ser pasivizado»19. Hay una segunda referencia que conocemos, y que es contemporánea a dicha publicación, presente en una intervención de Lacan en Baltimore —en un simposio internacional sobre el estructuralismo denominado «Los lenguajes críticos y las ciencias del hombre»— titulada: «De la estructura como ‘inmixing’ del prerrequisito de alteridad de cualquier de los otros temas» (1966). Se refiere allí al viviente como un sujeto del goce (jouissance), un sujeto mítico, dice Lacan:
[…] capaz de experimentar algo entre el nacimiento y la muerte, capaz de abarcar todo el espectro del dolor y del placer (...) al que en francés llamamos sujet de la jouissance (...) Si el ser viviente es pensable, será sobre todo como sujeto de la jouissance; pero esta ley psicológica que llamamos principio del placer (y que es solamente principio del displacer), va a crear muy pronto una barrera a toda jouissance20.
El sujeto del goce «desaparece en el éxtasis», muy diferente del sujeto del inconsciente que desaparece en el significante. Una tercera referencia sobre el sujeto del goce puede encontrarse en el seminario La angustia. Se trata de un sujeto «primitivo», previo a la operación del Otro que lo divide con una barra y que solo puede ser pensado en un plano mítico21. Es el punto donde en el orden de las necesidades primeras (la Ananké) el goce se confronta con el significante22.
Lo cierto es que, si uno tuviera que establecer una diferencia, el sujeto del goce es inerte a toda dialéctica mientras que el sujeto del inconsciente, el del deseo, está por el contrario inmerso en la dialéctica. Este último se desplaza en la metonimia de los objetos, condenado a reencontrarse con ese primer objeto de la satisfacción.
Por tanto, si hacemos hincapié en estas concepciones de sujeto es para develar en la experiencia analítica de qué modo se articulan en función de las respuestas.
¿Qué sucede en nuestro tiempo con el estatuto del sujeto responsable?
El terrorismo de la responsabilidad que enunciaba Lacan en «La ciencia y la verdad» se precipita y desvanece la frontera entre culpa y responsabilidad. Más aún, vuelve a ambas inoperantes o banales. De ahí que extraemos el neologismo «responsivos» [responsif] en Lacan en donde fusiona el término «responsables» [responsables] con triviales o banales [poncifs]23. Ese estatuto banal —y al que quizás podríamos agregarle liviano— completa nuestro cuadro anterior con una clínica distinta que elide la responsabilidad de modo novedoso.
Cuadro 2
Observemos lo siguiente: en la columna del sujeto responsable agregamos el matema del Nombre del padre (NP) ya que es evidente que se trata de las diferentes figuras del Otro —aun incluyendo la del Otro tachado—. Y a la par, añadimos la columna de «responsivos» con algunos rasgos de la clínica actual. El matema «NPo» apela a la evaporación paterna y los retornos de esta. La figura del impostor, por ejemplo, que acentúa la dimensión del como si [as if]en un mundo preñado de semblantes. En la fila siguiente, incluimos tres figuras: la ansiedad social, el impudor y las PAS (las llamadas «personas altamente sensibles»). La ansiedad social es la cristalización de una de las formas del vértigo angustioso ligado a la mirada del Otro pero que aquí adquiere una dimensión trivial a partir de la consolidación del manual de psiquiatría DSM y del uso de drogas específicas —como ser el caso de la venlafaxina24—. Siguiendo en la misma fila, la otra faz de la vergüenza se muestra a través del impudor: la mostración en las redes sociales y la promoción del reality show da cuenta de una intimidad que adquiere dominio público. El Otro no ve ni da a ver, sino que el individuo se exhibe sin necesidad de Otro (al fin y al cabo, las pantallas son su propio reflejo). Y completando esta serie, las PAS, cuyo fenómeno de la mirada pone de relieve no el lugar del Otro sino la dimensión no extraída del objeto. Es una entidad ampliamente difundida en el mundo a través de asociaciones y publicaciones. Se define a estas personas a través de cuatro puntos:
Procesa la información de manera profunda; tiene alta sensibilidad y sufre sobrestimulación con frecuencia; es muy empática y emocional; goza de gran capacidad para captar detalles y sutilezas25.
Como se verá, su definición es tautológica, lo cual da pie para marginar al Otro y privilegiar el objeto mirada sin intermediación. Es verificable en nuestra experiencia que algunos sujetos psicóticos estén integrados a estos grupos de PAS como una manera de morigerar los efectos de la significación personal y la invasión de goce. Por último, el ataque de pánico, el panic attack. No reducimos aquí la forma clínica a la tradicional crisis de angustia, sino al puro desamparo generado por la ausencia del padre o por el «sin Otro»26. La forma responsiva del ataque de pánico a la vez que rechaza al Otro denuncia el desgarro original al que se ve confrontado el hombrecito solitario de la multitud moderna27. Son muy pocos los significantes que lo soportan, tan pocos que están atados con alfileres imaginarios. El cuerpo se deshace tanto como la trama significante que se diluye junto al sentido de la tragedia. Diferente de la experiencia última de desamparo ubicado por Lacan en el seminario La ética…, donde al final del análisis el hombre (preparado para devenir analista) debe enfrentar «la experiencia del desasosiego absoluto» pero sin peligro. En esta relación del hombre con su condición de mortal en donde el deseo adquiere toda su trascendencia28.
Al establecer que el sujeto de la ciencia es sobre el que opera el psicoanálisis, Lacan destaca la paradoja establecida en un «siempre» se es responsable.
De nuestra posición de sujeto somos siempre responsables. Llamen a eso terrorismo donde quieran29.
Ese terrorismo de la responsabilidad solo es admisible en el terreno del psicoanálisis en tanto excluye la famosa «ternura del “alma bella”»30. Incluso, podríamos agregar que no solamente se refiere a la denuncia dirigida hacia el mundo exterior de aquello que acontece en el mundo interior, sino también a la desestimación del resorte de las propias acciones. Las acciones —huelga decir— también marcan el rumbo del acto analítico al introducir, al mismo tiempo la responsabilidad y el horror.
Otro aspecto al que nos interesa referirnos es a la responsabilidad analítica. Podemos situar que, a la altura del seminario 11, al referirse al deseo del analista, Lacan indica que la responsabilidad analítica es introducir al sujeto en las coordenadas del deseo para que no ceda ante su propio deseo, única culpa admitida como cobardía. Además, el analista es responsable de liberarse de todo prejuicio moral —o de sus propios ideales— para no ceder a su deseo de analizar y así alcanzar la solución con la que cada sujeto ha podido responder ante el encuentro con lo real. Pero, si el psicoanalista —o mejor, el psicoanálisis— definiera que su único campo de acción fuera la clínica, correría el riesgo de quedar reducido a una terapéutica más en la serie infinita de terapias. Debe estar a la altura de su época con sus transformaciones sociales y culturales. Como bien lo define Miller:
[…] quizá el psicoanálisis no tiene otro programa que el programa del principio de placer, ese principio de placer que atraviesa toda la obra de Freud. Desde el capítulo VII de La interpretación de los sueños hasta en Elmalestar en la cultura31.
Ya que Elmalestar en la cultura, precisamente, habla de la presencia inevitable en el ser humano de las sensaciones de placer y dolor, entonces, clínica y malvivir son términos inseparables. Leer el malestar de la época es menester para, no solo elaborar nuevas conceptualizaciones, sino para calibrar los cambios culturales junto a las transformaciones clínicas.
Sabemos que la caída de la figura del Otro fue diluyendo las líneas divisorias que servían para establecer una diferenciación de las estructuras. Neurosis, psicosis, perversión, no son categorías que hayan pasado de moda ni tampoco significa que acaso no recibamos en las consultas personas cuya organización subjetiva dejen de estar afiliadas a estas formas. O bien, donde el lugar que ocupa el analista juega un papel decisivo para la entrada en el grafo del deseo y la constitución del Sujeto supuesto Saber en la transferencia. Tanto el grafo como el lugar del Sujeto supuesto Saber permiten desplegar los distintos aspectos sensibles de la subjetividad, que aún hoy en día, logramos verificar en la práctica: pulsión, fantasma, goce, castración, el objeto a.
No obstante, el debilitamiento del Otro y la «pérdida del sentido de la tragedia», han generado un cambio en las jerarquías de los registros a partir de una mayor preminencia de lo imaginario, lo que significó un vaciamiento del síntoma en su valor significante —propio de tiempos pretéritos— y, como consecuencia, también una modificación del lugar del analista. En consecuencia, el encuentro con un analista provoca hoy nuevos interrogantes.
En la intervención de Gabriela Rodríguez32 podemos encontrar coordenadas orientadoras. Nos dice —siguiendo las enseñanzas del cardenal Newman— que el «sujeto del asentimiento subjetivo» es un modo de afirmación, una afirmación que implica un consentimiento. Por ende, el asentimiento es una forma de ubicar el problema de la responsabilidad subjetiva respecto de aquel emplazamiento del que nos habla Lacan en el seminario 7 referido al das Ding. ¿Qué respuesta puede dar el sujeto frente a la Cosa —fuera de representación— y que, sin embargo, regulará su vida? La misma pregunta nos podemos hacer respecto del Otro. ¿Qué registro de la creencia o increencia puede tener el sujeto frente al Otro o a la Cosa? La propia elección subjetiva —la Neurosenwahl freudiana— está determinada por ese encuentro y así también los que vendrán33. En función de esto es que se nos impone una nueva pregunta: ¿qué lugar puede ocupar un psicoanalista?
En 1972, Lacan afirma que:
[…] el primer paso de la experiencia analítica es introducir en ella el Uno como analistas que somos34.
La particularidad del Uno es que no se encuentra delimitado con nada que le permita hacer serie y constituirse a partir de lo que no hay.
El conjunto vacío, dirá más adelante, es entonces estrictamente legitimado por ser la puerta cuyo franqueamiento constituye el nacimiento del Uno35.
Ese franqueamiento es lo que marca un cuerpo, lo que goza y, todo aquello de lo que habla el sujeto en un análisis —en la serie indefinida de sus dichos—, refiere a eso que goza.
Los años sesenta y setenta marcan un tiempo en que Lacan sale de la primacía de lo simbólico sobre lo real. Esta operación lacaniana hace que el andamiaje sobre el que se apoyaba el Otro —sus fórmulas y sus referencias— se replanteen en los términos que connotan el Uno y el goce. Salir de la primacía de lo simbólico abre el interrogante por una nueva dialéctica entre el Uno y el Otro.
Lo que ahora queda ubicado entre el sujeto y el analista es el síntoma como tal y así lo afirma Lacan en el Seminario «L’insu…»:
El síntoma es real. Incluso es lo único verdaderamente real, es decir, que conserva un sentido en lo real. Por esta razón, justamente, el psicoanalista puede, con suerte, intervenir simbólicamente para disolverlo en lo real.36
Podemos palpar en esta cita la deflación del lugar simbólico del Otro, para subrayar que lo real del síntoma es lo que orienta al psicoanalista hoy, es también el Uno en el cuerpo que no cesa de repetirse. Por este motivo es que hablamos de índices de responsabilidad; no solo porque a través de esos índices —culpa, vergüenza y angustia— nos orientamos hacia el Uno, sino que esto nos evita entrar en los meandros de la comprensión. Si quedamos capturados únicamente en los dichos, entramos en la «dimensión yoica» de la que nos habla Domenico Cosenza en su intervención37. La «responsabilidad yoica» —como él la nombra— nos lleva al campo imaginario o ideológico, alejándonos del punto singular del Uno.
Finalmente, la dialéctica entre el Otro y el Uno, el Uno en Otro, puede orientarse en función de aquello que conecta el deseo con el goce38, una nueva manera de entender la responsabilidad.
Gabriela Rodríguez
Propongo hacer una puntuación con miras a situar la llamada «paradoja del sujeto responsable». Por un lado, situar esta paradoja en relación con el comienzo posible de un análisis con su resonancia epistemológica, que tiene que ver con localizar eso que llamamos «sujeto» en psicoanálisis. Y por otro, poniendo esta paradoja en perspectiva, considerar también cómo juega en final del análisis —en la medida en la que siempre está como horizonte de cualquier comienzo—.
Me detengo en un pequeño fragmento de un escrito temprano de Lacan, «Introducción teórica a las funciones del psicoanálisis en criminología»1, que enmarca el problema y nos introduce en la mencionada paradoja. Lacan advierte allí con claridad el hecho de que cada sociedad se da a sí misma una definición de lo que designamos con el término responsabilidad. El modo en que se define la responsabilidad permite aislar lo que tomará consistencia como «entidad responsable», con su consecuente impronta social que, huelga decir, estará sujeta a variaciones. Al mismo tiempo, se vislumbra la dificultad que podría representar imputar a un individuo como responsable de algún desequilibrio ocurrido en la sociedad de la que participa como miembro, siendo ella la que determina la entidad responsable. ¿De quién es entonces la responsabilidad? Por poner un ejemplo: el caso de un sujeto de clase social marginal que comete un delito, su situación de origen desventajosa, ¿resulta un atenuante respecto a la responsabilidad que le cabe? ¿Incluso, podría incidir en cuanto a su valoración? Esto nos podría conducir a una perspectiva marcada por cierto relativismo, pero el psicoanálisis, precisamente, no se inscribe en ningún relativismo. Es en la continuación del desarrollo que hace Lacan, donde se va a precisar que, al contrario,
