Verdad que todo es mentira - Emilio Vaschetto - E-Book

Verdad que todo es mentira E-Book

Emilio Vaschetto

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Beschreibung

 El presente volumen recoge una serie de conferencias e intervenciones realizadas en el transcurso del seminario «¡Mentiras! En algo hay que creer», dictado durante el 2021 en la Escuela de la Orientación Lacaniana de Buenos Aires, Argentina. Los invitados son personalidades destacadas en los ámbitos donde se desarrollan profesionalmente, sea en la ciencia, la filosofía, la psiquiatría, el derecho, el psicoanálisis o los medios.   El lector encontrará en las diferentes exposiciones un entusiasmo guiado a través de argumentos sólidos y contundentes cuyas conclusiones, por momentos, abrazan la creencia en una orientación posible que logre perforar el malestar que baña nuestra América. Sin embargo, dado el estado actual de nuestra cultura, el horizonte al que nos conducen los acontecimientos impresiona inmodificable y las respuestas, dominadas por la impotencia.   Paticipan:   Guillermo Folguera,  Carmen González Táboas,  Luis Ohman,  Víctor Pagano,  Nahuel Prado y  Raúl Zaffaroni. 

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Seitenzahl: 251

Veröffentlichungsjahr: 2025

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VERDAD QUE TODO ES MENTIRA

La acción lacaniana y otras resistencias

Emilio Vaschetto, Jorge Faraoniy Bruno Masino

(Comps.)

Créditos

Colección Seminarios

Título original:

Verdad que todo es mentira – La acción lacaniana y otras resistencias

© Emilio Vaschetto, Jorge Faraoni y Bruno Masino (Comps.)

© De esta edición: Pensódromo SL, 2022

Diseño de cubierta:

María Villaró Lupón – Pensódromo

Esta obra se publica bajo el sello de Xoroi Edicions.

Editor: Henry Odell

e–mail: [email protected]

ISBN ebook: 979-13-990500-8-0

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.

Índice

IntroducciónJorge Faraoni y Emilio Vaschetto

La invención de la realidad y las formas jurídicasRaúl Zaffaroni

¿Qué verdad para la ciencia? Guillermo Folguera

Fake news:la nueva norma de la comunicaciónNahuel Prado

Mentiras ¿patológicas?La invención de las psicopatíasVíctor Pagano y Luis Ohman

¿Por qué hay tantos creyentes en la Argentina?Carmen González Táboas

PosfacioJorge Faraoni y Emilio Vaschetto

Sobre los autores

IntroducciónJorge Faraoni y Emilio Vaschetto

Cuando no tengas ni fe

Ni yerba de ayer

Secándose al sol

(…)

Verás que todo es mentira

verás que nada es amor.

Que al mundo nada le importa,

Yira, yira…

Enrique Santos Discépolo

El presente volumen recoge una serie de conferencias e intervenciones realizadas en el transcurso del seminario «¡Mentiras! En algo hay que creer», dictado durante el 2021 en la Escuela de la Orientación Lacaniana. Los invitados son personalidades destacadas en los ámbitos donde se desarrollan profesionalmente, sea en la ciencia, la filosofía, la psiquiatría, el derecho, el psicoanálisis o los medios. El lector encontrará en las diferentes exposiciones un entusiasmo guiado a través de argumentos sólidos y contundentes cuyas conclusiones, por momentos, abrazan la creencia en una orientación posible que logre perforar el malestar que baña esta América. Sin embargo, dado el estado actual de nuestra cultura, el horizonte al que nos conducen los acontecimientos impresiona inmodificable y las respuestas, dominadas por la impotencia. Sabemos que el rey está desnudo aunque esto ya no provoque, sorprendentemente, ninguna consecuencia.

Si en el seminario del año anterior desplegamos los interrogantes de una civilización sin dios1, durante el ciclo siguiente decidimos ir al hallazgo de algunas respuestas, interpretar sus efectos. El mundo moderno invirtió todo su esfuerzo en deshacerse de cualquier capricho metafísico mediante un cálculo matemático que lograse reducir la veracidad a la exactitud. La ilusión de progreso y la esperanza depositada en la ciencia, despejó un horizonte de expectativa en donde se intentó conciliar la realidad efectiva con una visión del mundo sin equívocos, sin anfibologías. Pero lejos de fatigarse en esa asíntota, en nuestro tiempo se multiplicaron los esfuerzos, se produjo una búsqueda vehemente —o frenética— de la verdad, lo cual no hizo más que ensanchar el abismo de la ficción. La ciencia, el derecho, la religión, la medicina, el arte, cruzan discursos, rituales y objetos cuyos procedimientos de verdad están cada vez menos asegurados.

La acción lacaniana

El hilo que conecta estas conferencias enhebra una conversación incesante que pone de relieve elementos diversos que alimentan nuestra atmósfera cotidiana. El punto de partida nos halla de manera común en las antípodas del discurso capitalista, puesto que su vocación principal es el rechazo de lo imposible y con ello se recusa al sujeto en cuanto a su rasgo de humanidad.

La acción lacaniana, como acción de discurso contempla, por un lado, la imposibilidad estructural y por otro, la política en su dimensión inconsciente, sin embriagarse en las irrealizaciones utópicas ni desencantarse en las opacidades nihilistas —rayanas con el cinismo—. Precisamente, el campo de posibilidades se abre cuando advertimos que aquel que piensa no se da cuenta de que primero habla2. De esta deriva se aísla la fórmula lacaniana de «el inconsciente es la política», fórmula radical que ha sido rescatada por Jacques-Alain Miller. Se relaciona con lo que une y opone a los hombres entre sí: los vínculos de solidaridad, de coparticipación, de odio y segregación; en suma, aquello que concierne al lazo social3.

En los resortes mismos de la acción lacaniana hay una puesta en marcha de los diferentes discursos donde, cada uno a su modo, plantea una relación específica al saber y a la verdad, al mismo tiempo que conciben un tipo de sujeto en su economía libidinal. Cada una de las disciplinas, en sus manifestaciones,dan cuenta de la distribución de ciertos vectores: del saber hacia el sujeto, del sujeto hacia el saber, de la verdad hacia su producto, etc. Es allí donde el psicoanálisis está entretenido, ya que su estructura —tal como hemos insinuado— no es marginal ni complementaria sino central. Su modo de resistir no es imponiendo una nueva verdad, sino recordando que, dentro de los discursos que motiva, hay una insistencia en la causa y en la responsabilidad subjetiva que de ella emana4.

El psicoanalista y escritor Germán García es quien evoca la política que conviene al psicoanálisis; dicho en los términos propiamente freudianos: «El que miente a la realidad dice la verdad del deseo». Pero, ¿cuál es la verdad de esa política de la verdad? Según afirma García, el problema es que «los ideales, incluso el ideal de la verdad, ya no recubren el goce del sujeto»5.

… y otras resistencias

La política se inscribe en la perspectiva del deseo, pero a su vez este no se deja atrapar en los confines de una sola lengua. ¿Es necesario reflotar la conocida frase de Lacan «el deseo es el deseo del Otro»? La perspectiva a la que nos invita esta conversación es hablar la lengua del Otro para continuar, por otros medios, la política del deseo. Es evidente que tanto la mentira como la verdad han abandonado los ámbitostradicionales de debate —la filosofía, la ética, la política— para formar parte de las preocupaciones del hombre común, ese habitante circunstancial del tiempo histórico. Claro está, cada disciplina deja traslucir su impotencia ante el malestar allí donde el psicoanálisis se constituye como un destinatario abierto.

En el caso del derecho, la famosa sentencia «diga la verdad y nada más que la verdad» —considerada bajo la perspectiva que esbozamos— introduce una ilusión totalizante, una ascesis teleológica que solo puede ser sostenida en el Olimpo de las ideas. A su vez, esta sentencia podría ser contrastada en el psicoanálisis con otra extraña coerción: «diga todo cuanto le pase por la cabeza». La verdad fáctica, la verdad jurídica, la verdad histórico-vivencial no tienen el mismo estatuto —se sobreentiende—, pero todas comparten un mismo carácter y es que no puede decirse toda; la verdad permanece siempre en un medio decir. El movimiento de la civilización actual, corsi e ricorsi —diría Vico—, no hace más que colocar la verdad histórica en un terreno inestable y resbaladizo, demostrando así su carácter variable. De eso tratan algunos de los temas abordados aquí, de las verdades variables, de eso que Lacan condensaba en el neologismo «varité»6. Pero sigamos adelante.

Las llamadas fake news son un fenómeno invasivo de la realidad cotidiana que afecta a nivel global y que nos impone una paradoja. Dada su proliferación y extensión, lejos de ser el pathos de la noticia, las noticias falsas constituyen —más precisamente— la norma de la información. A diferencia del tango citado en el epígrafe que —un siglo atrás— nos hablaba de la indiferencia del mundo como una nueva verdad revelada, las fake news arrastran algo novedoso: el horizonte de incertidumbre al que convocan hace pensar que no existe la garantía para creer. No obstante, los objetos de la técnica y la vectorialización de la información imponen la necesidad de creer. Volvamos a refrescar el subtítulo de nuestro seminario: «En algo hay que creer»; ese «algo» dice del objeto y el «hay que» de la ausencia de sujeto en la frase. El falso dios en el que hay que creer, se sostiene mediante una operación de reducción: del sujeto al objeto de la información.

Hoy más que nunca se trata de una sociedad sintomática que denuncia la verdad mentirosa. Desde luego, intentamos forzar aquí un quiasmo: la verdad del sujeto no es necesariamente la mentira de la civilización pero, a la vez, el puñado de verdades civilizadas no son con exactitud la mentira del sujeto. La novedad respecto al malestar en la cultura elucidado por Freud —donde el odio inveterado era el reverso del mandato cristiano del amor al prójimo—, es la no reversión (ni correspondencia posible), tanto entre el amor y el odio como entre la verdad y la mentira. La creencia en esa Otra escena, la del inconsciente, desnuda el fracaso de esos pares infernales.

El discurso de la ciencia juega también su partida. El psicoanálisis, lejos de serle ajeno, más bien nació en su seno, surgió como heredero de la Ilustración y de sus presupuestos cientificistas tan afines a Sigmund Freud7. Es lo que condujo a Jacques Lacan a situar — no sin paradojas— que el sujeto sobre el que operael psicoanálisis no puede ser otro que el sujeto de la ciencia8. Pero hoy asistimos a otra versión de la ciencia, una ciencia rebasada por el dominio de la técnica que deviene un ethos sincronizado con el paradigma neoliberal, rechaza de plano al sujeto y se alimenta de intereses espúreos cada vez menos disimulados cuyo sesgo han sido descriptos en otro tiempo como «usos sociales de la ciencia» (Bourdieu). Nuestro propósito, tal como podrá apreciarse conforme el lector vaya transitando estas páginas, es examinar críticamente no al hombre de ciencia sino al sujeto, en el punto de división entre el saber y la verdad, caldo en el que se cultiva su propio pathos.

El rechazo de la creencia o «en algo hay que creer»

Hay un movimiento progresivo hacia formas de rechazo del inconsciente que apunta a cercenar esa Otra escena a la que nos referíamos (los sueños, el chiste, los actos fallidos, el síntoma) para imponer una forma monolítica de la verdad, una verdad sin sujeto. Esto corresponde a la fórmula «Versagen des glaubens» (el rechazo a la creencia) que Freud propone para la paranoia, en oposición al axioma de San Agustín «credo ut intelligam» (creo para entender). Mientras la certeza paranoica está centrada en la incapacidad para creer, la sentencia destilada por el individuo contemporáneo («en algo hay que creer») aloja en su seno el grano mismo de la increencia. «Hay que» es una frase sin sujeto que incluso va más lejos (en el sentido disolutorio) que la paranoia, donde en principio quedaría desamarrado del Otro y adherido al objeto («algo»).

Freud propuso un sujeto sintomático bajo el modelo de la histeria, cuyo ardid era develado en la clínica («mis histéricas me mienten»). No hizo otra cosa que desembrollar la estructura fundamental con la que el viviente se introduce en el mundo (proton pseudos, primera mentira según Aristóteles). En contraposición, el paradigma del hombre actual encierra la ambición de suturar la grieta abierta en su esencia, la división subjetiva que lo constituye (el traspié o la falla cuya insistencia es ineliminable) bajo el imperativo de hacerse a sí mismo.

La fábrica de las invenciones subjetivas

Si aceptamos el ascenso de las formas revocatorias del inconsciente esto significa que también consideramos las mutaciones antropológicas sucedidas en Occidente, fundamentalmente desde la inserción del capitalismo hasta sus derivaciones más feroces tal como lo verificamos en nuestros días. Desde finales del siglo XX, la aceleración de los cambios parece no encontrar un punto de detención posible. Sabiendo que son indisociables la cultura —como lengua del malestar— y la clínica —como sede de lo imposible de soportar— bien vale no solamente estar a la altura de las transformaciones subjetivas (y sus consecuencias en la praxis) sino también de las preguntas que se articulan en función de los matices diferenciales que encontramos en nuestras epistemologías regionales. Consideramos que el capitalismo global no alcanza a borrar las marcas provistas por la lengua del lugar, por las formas aluvionales de aquello que fue ancestralmente dicho y oído. Es del sedimento de esa tierra que se pisa de donde emergen las diversas invenciones, restos de acontecimientos, formas singulares y a medida llamadas por su nombre: síntoma. Ese es el fondo real desde donde se eleva la verdad de toda resistencia política para el psicoanálisis.

  1. Cf. VASCHETTO, E. y FARAONI, J., MASINO, B. (coord.), ¿Podemos vivir en una civilización sin dios? Segundas marcas, Barcelona, Xoroi Edicions, 2021.

  2. GARCÍA, G., Derivas analíticas del siglo, Buenos Aires, UNSAM, 2014, p. 70.

  3. MILLER, J.-A., «El inconsciente es político», Revista Lacaniana de psicoanálisis, Nro. 1, Año 1, Agosto de 2003.

  4. Cf. GOROSTIZA, L,. «Para una clínica de las subjetividades sin causa», en ROTSTEIN, J. (Comp.) Estudios sobre lo real en Lacan, Barcelona, Xoroi Edicions, 2020, pp. 193-206.

  5. GARCÍA, G., Derivas analíticas de fin de siglo, op. cit.

  6. Término que contiene el vocablo «vérité» [verdad] y «variété» [variedad].

  7. «Nuestra ciencia no es una ilusión». FREUD, S., «El porvenir de una ilusión», en Obras completas de Sigmund Freud, Vol. XXI, Buenos Aires, Amorrortu, 1996, p. 55.

  8.Cf. LACAN, J., «La ciencia y la verdad», Escritos 2, Buenos Aires, Siglo XXI, 2008, p. 816.

La invención de la realidad y las formas jurídicasRaúl Zaffaroni

Bruno Masino

Queremos dar la bienvenida al Dr. Zaffaroni a este segundo encuentro del Seminario ¡Mentiras! En algo hay que creer1.

La primera mentira

Emilio Vaschetto

Este es un seminario de psicoanálisis y, como tal, lo que intentamos es confrontar el discurso analítico con otros discursos. Uno podría preguntarse de qué sirve tal confrontación, qué eficacia podría tener. Pues bien, en tanto el psicoanálisis se nutre de otras disciplinas—la lingüística, la lógica, la matemática, la filosofía, la antropología, la psicopatología o el derecho, entre otras— nuestra perspectiva reside en explicitarlas. En ese sentido, contaremos con invitados por fuera del ámbito del psicoanálisis para conversar y poner en tensión ciertos saberes que muchas veces damos por admitidos.

Hemos iniciado el seminario Mentiras… con una formulación: en la epopeya lacaniana —así decimos— no hay una pasión por salvar la verdad, sino más bien por preservar eso que en la orientación lacaniana llamamos lo real y que podemos hallar, precisamente, en los embrollos de lo verdadero. Desde Freud, la cuestión de la verdad y la mentira está en el corazón del psicoanálisis, a tal punto que la historia del síntoma es la historia de la primera mentira. Rápidamente viene a nosotros el proton pseudos histérico2, la primera mentira histérica, en contraposición a la verdad que identifica el síntoma obsesivo con su ser mismo. Así como la conocida paradoja del «yo miento» nos introduce en una serie de operaciones donde hasta podríamos situar lo imposible mismo del enunciado3, el plural «mentiras» introduce un equívoco, puesto que resulta difícil la existencia de mentiras sin un «querer decir» singular. Un «querer decir» que implica Otro.Por eso es que advertíamos que no hay mentiras andando solas por el mundo, sino que hay un querer decir, una acción. El psicoanálisis propone que el síntoma es una mentira, pues es un querer decir del pathos cuya significación contiene al Otro.

En otro aspecto, seguíamos a Alexandre Koyré, quien proponía la función política de la mentira, sobre todo en el aspecto de propaganda4, anticipando lo que pocos años después sería formulado por Theodor Adorno en su conocido ensayo acerca del antisemitismo y la propaganda fascista5.

Hay un aspecto creacionista de la mentira, una forma que John Austin llamaría performativa. Es por eso que Koyré advierte que el mentiroso es un hombre de acción; es decir, tiene por excelencia una vocación propositiva de crear mundos. Jorge Faraoni destaca la inconsistencia actual de la verdad, que es la base de la imposición que reza nuestro subtítulo: «En algo hay que creer». Asistimos a un contraste notable entre la inconsistencia de la verdad y la consistencia del control ejercido por distintos dispositivos policiales, tecnológicos, mediáticos, etc. Al respecto, Jorge señala algo que se articula muy bien con lo que nuestro invitado ha investigado: la Inquisición, y cómo a partir de ciertos socavamientos de la creencia en el siglo XV se produjeron de manera enfática intervenciones sobre los cuerpos de aquellos acusados de herejía. A propósito, el Malleus maleficarum [El martillo de las brujas] —escrito por dos monjes dominicos inquisidores en 1484— se presentó como un instrumento deproducción de verdad para llevar a la hoguera a un sinfín de mujeres a quienes se acusaba de brujería o magia negra. También consignaba que sería condenado como hereje aquel que atribuyera el poder de las brujas al fruto de la alucinación o de la imaginación de ellas mismas. Vale decir que aquel que no creyera en el poder del diablo sufriría el castigo de la Inquisición. Faraoni hacía un contrapunto sugerente entre el Malleus y la Gramática castellana6 de 1492, textos contemporáneos al descubrimiento de América. El autor de esta última, Antonio de Nebrija, partía de la necesidad de imponer, junto con las leyes del conquistador, las leyes del idioma a los pueblos conquistados. Eso significa que en el preciso momento en que se está imponiendo a sangre y fuego una religión a toda Europa, en el Nuevo Mundo la conquista impone un lenguaje. En consecuencia, hablamos de discursos, de sitios más o menos estables entre los cuales se aloja la verdad.

Cuando Raúl Zaffaroni nos dice —en un libro muy divertido llamado La cuestión criminal7— que la cuestión criminal es algo de lo que todo el mundo habla —después del fútbol, aclara—, nos está advirtiendo acerca de lo que funciona como discurso. Sitúa dos ejes principales: uno propiamente discursivo, que es la forma en la que se justifica el poder punitivo, por ejemplo; y el eje de la realidad, donde sitúa directamente a los muertos, a los cadáveres acumulados a lo largo de los siglos. Ahora bien, al Malleus maleficarum lo define como un delirio bien sistematizado. Claroestá, aquí no asumimos una idea peyorativa del delirio (Lacan mismo decía que el delirio es un ensayo de rigor). La creencia en el poder de las brujas era un prejuicio de la época; sin embargo, el Malleus lo refuerza al extremo con la garantía del saber académico de su tiempo (esto es lo que me interesa señalar, y que está muy bien reflejado en el libro de Zaffaroni). De ahí que Kramer, uno de los autores del Malleus, obtuviera un fuerte apoyo universitario.

El problema radica en la forma en que se produce la propaganda, a tal punto que Zaffaroni califica —en palabras de la criminóloga brasileña María Lúcia Karam— al sistema penal como «un producto falso», del que dice: «el mejor ejemplo del delito de propaganda desleal». Finalmente, la figura del «chivo expiatorio»: cómo opera la elección de un enemigo a partir del cual se instala la paranoia colectiva, la manera de promover la mentira a escala social, los modos de la segregación que adquieren distintos ropajes. Brujas, herejes, judíos, drogadictos e inmigrantes encarnan el lugar del enemigo, a la vez que se les asigna el rol de criminales. Esto se puede ver muy bien en los diferentes trabajos y publicaciones de nuestro invitado.

Eugenio Raúl Zaffaroni, doctor en Derecho, escribano, profesor emérito de la Universidad de Buenos Aires y doctor honoris causa por 45 universidades latinoamericanas y europeas, es secretario general de la Asociación Latinoamericana de Derecho Penal y Criminología. En 2009 fue galardonado con el premio de Estocolmo en Criminología. Seguramente los residentes argentinos lo conocen por su tarea como juez de la Corte Suprema y director general del Instituto Latinoamericano en Naciones Unidas para la Prevención del Delito y Tratamiento del Delincuente. Actualmente es juez de la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Es autor de varios libros, entre los cuales podemos citar el Manual del Derecho penal (2006), Tratado del Derecho penal (2000) y el ya mencionado La cuestión criminal (2013). Su último libro, en coautoría con Cristina Camaño y Valeria Vegh Weis, fue ¡Bienvenidos al lawfare! Manual de pasos básicos para demoler el Derecho Penal (2020) y cuenta con prólogo nada menos que de Lula da Silva. Sin más, le paso la palabra y gracias por estar aquí.

Panorama

Raúl Zaffaroni

Muchísimas gracias por esta invitación. Venir a hablar entre psicoanalistas de las cosas en las que uno anda lo llevan a pensar si se convierte en un objeto de estudio más, ¿no es así? Efectivamente, no voy a especular sobre la verdad, la mentira, lo verdadero, lo falso o si la definición coincide con la realidad…Yo me pregunto sobre la mentira a partir de los derechos humanos, a partir del discurso jurídico, a partir del deber ser, de la confrontación del deber ser con el ser, del sollen con el sein. La verdad es que, por momentos, tengo la sensación de que caminamos —por lo menos en el ámbito jurídico— ya no por una especie de neurosis civilizatoria, sino quizás por una psicosis. Se trata de legitimar el poder punitivo, de hacerlo racional, de ocultar un fondo de canalización de venganza a través de racionalizaciones que deducimos de grandes sistemas, de Kant, de Hegel y que luego les bajamos a los jueces para que habiliten el poder punitivo como si lo estuviesen haciendo en el «Estado ético kantiano», en el «Estado racional hegeliano», que no existen. De alguna forma, estamos promoviendo alucinaciones.

Si me voy a la otra punta, está la sociología que se pone extremadamente crítica frente a esto. Y, con razón, por supuesto. En un momento dado —por lo menos la crítica criminológica del hemisferio norte—, llega a preguntar a qué poder real responde esto, se plantea una crítica macrosocial, una crítica al capitalismo, una necesidad de transformarlo todo. Y empieza a soñar con una sociedad igualitaria futura.

Es decir, por un lado, me encuentro con quienes alucinan Estados que no existen; por otro, me encuentro con quienes sueñan con sociedades que no existen. Daría la impresión de que algunos exageran la dosis de LSD y otros la de marihuana… Y en el medio está la realidad; ese es el problema. En el medio están los Estados que existen, el ejercicio de poder punitivo y, en cuanto a los derechos humanos, una historia jurídica y legislativa, una historia que se puede contar porque no es muy larga.

Yo ya soy una especie de fenómeno biológico, pero cuando tenía apenas 8 años empezó la historia de los derechos humanos, la positivización internacional. Esta es una historia formal, una historia del deber ser, una historia de organismos. Es posible contarla, pero en la realidad vemos que continúan las violaciones masivas de derechos humanos, vemos una criminología que no se ocupa del genocidio. Tuvimos genocidios en Camboya, en Sudán y, recorriendo América Latina, vemos múltiples violaciones de derechos humanos, incluso a escala masiva. Es decir, hay algo que uno admite desde el costado de la narrativa histórica. Emilio Vaschetto hacía recién referencia al Malleus maleficarum, texto que cierra una época, texto de carácter absolutamente misógino, puesto que ratifica la subhumanización de la mujer. Si lo vemos desde nuestra perspectiva, desde el fondo del mapa, era necesario ratificar la subhumanización de la mujer para llevar a cabo el colonialismo, porque, ¿qué hace el poder punitivo? Verticaliza a la sociedad en forma de ejército. Y recién cuando una sociedad tiene forma de ejército puede colonizar a otra; es decir, puede ocuparla policialmente. Todo ejército requiere de unidades inferiores, a cargo de cabos, sargentos; eso es la familia patriarcal, el pater familias. No en vano los códigos sexuales se consolidan en Europa aproximadamente en el año 1000 o 1100, cuando renace el poder punitivo. Todo el saber inquisitorial se sintetiza en el Malleus maleficarum, un libro tardío que cierra ese pensamiento cuando ya casi había desaparecido la Inquisición eclesiástica. Las inquisiciones que siguen ya no son eclesiásticas. La costumbre de fritar masivamente a mujeres la desarrollan los jueces de los príncipes en el centro de Europa, en la Europa germánica y en el norte de Italia. Si alguien quiere saber cómo se cierra la Edad Media, tiene que leer La divina comedia y el Malleus maleficarum. No porque el monje Kramer se pueda comparar con el divino poeta, sino porque ambas obras pueden darnos una idea cabal de ese periodo histórico.

El Geist avanza

Ahora bien, esa sociedad verticalizada, jerarquizada en forma de ejército, viene para América y ahí comienza una serie de atrocidades que hoy son violaciones de los derechos humanos: genocidios, sometimientos de todas las condiciones de explotación, de servidumbre… Pero no es la servidumbre europea, que le imponía al Señor ciertas obligaciones respecto del vasallo. La servidumbre en nuestra América fue directamente con contaminación, con las enfermedades que traían y que casi acaban con nuestra población, con millones de negros esclavizados. La historia de nuestro continente cuenta con una cantidad de atrocidades tremendas, hijas de un colonialismo que le permite a la ilustrada Europa inmensos campos de trabajo forzado. Inventan el concepto de raza, que hasta el momento no existía, para jerarquizar nuestras sociedades. (No perdimos esa jerarquización del todo. Hoy vemos, sí, lucha de clases, pero siempre mezcladas con cierto componente de melanina). Y así se van sucediendo, desde 1492, desde Ginés de Sepúlveda —que legitimaba teocráticamente todas esas barbaridades cuando discutía con el padre Bartolomé de las Casas—, discursos que vienen del norte y legitiman esas barbaridades y el deber ser que va surgiendo de ello.

Dejando a Dios de lado, aparece otro discurso: el idealismo dialéctico de Hegel, que cuenta que el Geist avanza por el planeta. El Geist europeo, por supuesto, ya que para él antes de los griegos no hay nada y todo lo demás queda en el camino: los árabes porque eran sensuales, los judíos porque estaban sometidos al poder absoluto, los negros porque eran semihumanos y ergo no existían. Así, el Geist avanza, avanza y va matando a unos cuantos millones de personas. Más bien parece un espectro antes que un Geist.

Después, siguen los discursos. Cuando España pierde su Imperio porque estaba manejada por unos nobles vagos, la burguesía se asienta en el poder en Europa y ya no necesita del festival de la libertad y el liberalismo; tampoco le resulta muy funcional el discurso de Hegel porque no era apto para ser difundido, no se le podía contar a la abuela, era complicado, elaborado. Entonces, se volcaron a la cosa más simplista. En consecuencia, aparece el reduccionismo biológico de Spencer, que le hace decir al pobre Darwin lo que nunca dijo. De la selección natural de Darwin, como lo revela la biología moderna, no resultaba la supervivencia de los más brutos —que mataban al huésped y morían con este—, sino de los más aptos para la simbiosis. Nosotros somos el resultado de millones y millones de años de simbiosis. Spencer asume que tienen que sobrevivir los más brutos, los más fuertes, y que lo otros se van a morir. Mala suerte. Además, en América y en África, lo que hay que hacer es ayudar a que evolucionen los que se habían quedado atrás, los que tenían la cabeza más chica. Pero, como según Spencer el cerebro y el sexo consumen el mismo nutriente, había que enseñarles a usar menos lo de abajo para que se les agrandara más lo de arriba. Entonces, ellos les iban a enseñar moral a quienes no la tenían, a los que andaban medio desnudos, a los que no conocían la propiedad… Con ese discurso simplista y tosco, vinieron. No lo estoy ridiculizando, no estoy haciendo una caricatura, simplemente estoy diciendo cosas que se decían en nuestra universidad hace 80 años. A mí, en la Facultad de Derecho me enseñaron derecho penal con Lombroso. No estoy contando una historia que me relataron, sino una que viví. A los 18 años me explicaban eso, que es hijo del esquema spencereano, naturalmente.

Así como estaba el racismo evolutivo spencereano, también estaba el racismo involutivo de Gobineau, que después pasa a Chamberlain y luego a Rosenberg y al nazismo, la raza aria germánica con el antecedente del mito ario germánico, los francos, los sajones, los visigodos. Son las dos corrientes del reduccionismo biológico. Cuando en la posguerra suponíamos que semejantes discursos habían pasado de moda (porque vemos la decadencia del nivel de elaboración del discurso: pasamos de un discurso teocrático al idealismo hegeliano y luego al simplismo del reduccionismo biológico positivista), cuando creíamos que ya había tocado fondo toda esa grosería, apareció otro discurso directamente tomado de ancestros, de la época de Dreyfus, del integrismo combinado con otras cosas, que es el discurso de la Seguridad Nacional, armado por los colonialistas franceses y que llevaron a la ruina a la Cuarta República, con el terrorismo de Raoul Salan que intentó matar a De Gaulle, etc. Esos militares colonialistas cometieron una enorme serie de barbaridades, pues como no pegaban una al enfrentar a vietnamitas y argelinos en una guerra de guerrillas, como no se daban cuenta de que estaban peleando contra pueblos que luchaban por su independencia, empezaron a delirar con que ellos eran los abanderados de Occidente, luchando por el mundo libre como protagonistas de la Tercera Guerra Mundial. Todo ese delirio se nos instala en la Argentina desde 1957, en nuestro Ministerio de Defensa, y hace eclosión de la forma que todos conocemos. La racionalización de la llamada Guerra Sucia, que se queda afuera del derecho —porque no es delito, pero tampoco es guerra, no está abarcada por el derecho penal pero tampoco por las normas de guerra, es directamente ajurídica y, por ende, todo está permitido. La mejor síntesis de esa racionalización, hecha muy inteligentemente y en pocas páginas, la elaboró el Kronjurist del Dritte Reich (Tercer Reich), Carl Schmitt, teniendo como fondo a la España franquista —y en la universidad más franquista de España— en su famoso trabajo La teoría del partisano8.

Cuando creíamos que el nivel de elaboración discursiva había llegado al mínimo con semejantes simplezas, nos llegó la etapa de que estamos viviendo. Si alguien hoy quiere leer un discurso contrapuesto a los derechos humanos, no es necesario leer a Gobineau ni Mein Kampf, hay que leer a los autores del llamado neoliberalismo: ese es el discurso actual contra los derechos humanos. Uno de sus más notorios evangelistas, Ludwig von