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Hablar de sustentabilidad significa generar un compromiso no solo con nosotros mismos sino también con el mundo que nos rodea y el futuro. Este compromiso implica aceptar que con una población en constante crecimiento, en un mundo finito y con recursos limitados, debemos comenzar a tratar el tema de la sustentabilidad como un objetivo alcanzable y no como un tema abstracto que solo se luce en algunos discursos, mensajes y campañas publicitarias. Este libro tiene por objetivo brindar un análisis de la evolución de la relación de la economía con el medio ambiente, los conceptos de crecimiento y desarrollo sustentable, innovación tecnológica, la eficiencia como un mecanismo para disminuir la presión sobre los recursos naturales y de qué manera los tratamos. También propone dar una mirada a la realidad geopolítica del mundo, observando las nuevas alternativas del multilateralismo dentro del proceso de globalización para entender de qué manera los intereses y problemas de cada país y región influyen históricamente sobre los acuerdos globales que tratan el cambio climático. Lograr un estado cada vez mayor de sustentabilidad es el gran desafío del siglo XXI. Tenemos las herramientas para hacerlo y conocemos los riegos de no actuar al respecto. Ahora es nuestra responsabilidad.
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Seitenzahl: 451
Veröffentlichungsjahr: 2021
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Hablar de sustentabilidad significa generar un compromiso no solo con nosotros mismos sino también con el mundo que nos rodea y el futuro. Este compromiso implica aceptar que con una población en constante crecimiento, en un mundo finito y con recursos limitados, debemos comenzar a tratar el tema de la sustentabilidad como un objetivo alcanzable y no como un tema abstracto que solo se luce en algunos discursos, mensajes y campañas publicitarias.
Este libro tiene por objetivo brindar un análisis de la evolución de la relación de la economía con el medio ambiente, los conceptos de crecimiento y desarrollo sustentable, innovación tecnológica, la eficiencia como un mecanismo para disminuir la presión sobre los recursos naturales y de qué manera los tratamos. También propone dar una mirada a la realidad geopolítica del mundo, observando las nuevas alternativas del multilateralismo dentro del proceso de globalización para entender de qué manera los intereses y problemas de cada país y región influyen históricamente sobre los acuerdos globales que tratan el cambio climático.
Lograr un estado cada vez mayor de sustentabilidad es el gran desafío del siglo XXI. Tenemos las herramientas para hacerlo y conocemos los riegos de no actuar al respecto. Ahora es nuestra responsabilidad.
Julio Panceri. Director del Centro de Estudios Sociales y Económicos para el Desarrollo. Profesor de Economía Ambiental en la Maestría de Arquitectura y Hábitat Sustentable de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo (Universidad Nacional de La Plata). Profesor de Organización Contable de la Empresa (UTN-FRP). Ha publicado Economía limpia: el desafío de las energías renovables (2010) y Desencuentros y crisis: economía y energía argentina, 1900-1970 (2015).
JULIO PANCERI
SUSTENTABILIDAD
Economía, desarrollo y medioambiente
Jorge Daniel Czajkowski
Profesor titular FAU-UNLP, investigador del Conicet, director del LAYHS, EAYHS, MAYHS-FAU (UNLP).
En 2011 emprendíamos en la Universidad Nacional de La Plata la creación de una maestría en Arquitectura y Hábitat Sustentable, y en ese acto de creación nos planteábamos qué enfoque dar a la carrera en el concierto de las carreras especializadas en esa temática que existían en esos años, que, por otra parte, eran muy escasas en Iberoamérica. Así, la propuesta buscó tener un núcleo duro bioclimático en los dos primeros módulos, un tercer módulo que incorporara la cuestión de la sustentabilidad en el hábitat y sus edificios desde la visión de conseguir una certificación de comportamiento ambiental sobre la base de protocolos internacionales como Breean, Leed, Passive House, entre otros, y un cuarto módulo, previo al cierre con el quinto, que tratara de avanzar en diversos aspectos de especialización a partir de contar con los conocimientos básicos y dar la posibilidad de que los estudiantes vayan más allá de la arquitectura y las ingenierías.
Así se buscó incorporar la relación ambiente y patrimonio con los seminarios “Historia del hábitat y su relación con el ambiente” junto con “Evolución de la tecnología de construcción del hábitat”, sumado a “Urbanismo sustentable” como nueva corriente a nivel internacional, o temas técnicos como “Auditoría energética”, “Evaluación del impacto ambiental”, “Etiquetado energético” –que recién se busca legislar con proyectos legislativos en la Nación y en las provincias de Buenos Aires y Santa Fe– o “Ciclo de vida de materiales de construcción”, vinculado con la relación ambiente y sistema productivo.
Quedaban dos aspectos no tocados y que me generaban ruido por una maestría en Ambiente y Patología Ambiental que cursé a fines de la década de 1990 y que, desde ya, me parecía que había que incorporar a esta carrera. Uno, la relación ambiente y sociedad, cuyo contenido general no tuve tanta dificultad en armar, ni para localizar a los discípulos de quien fue mi docente en la cátedra de la Universidad de Buenos Aires (UBA) Ciencias Sociales y Medio Ambiente, Saúl Héctor Segenovich.
Para el aspecto con el que sí tuve inconvenientes fue con ambiente y economía. Resultó realmente difícil hurgar en la bibliografía, localizar a mis antiguos docentes que –ya mayores– no contaban, casi un cuarto de siglo después, con la energía para acercarse a La Plata. Y tampoco deseaban recomendar a algún joven colega.
Es así como recordé un libro que me habían obsequiado: Economía limpia: el desafío de las energías renovables, publicado por la Editorial de los Cuatro Vientos en 2010 por Julio Panceri. Luego de leerlo encontré en él un enfoque cercano a las necesidades de la carrera, y que merecía la oportunidad consultarle si deseaba sumarse al desafiante proyecto de la maestría. Luego de revisar mis cuentas de email, localizo al autor y le escribo el viernes 13 de julio de 2012, iniciando así una larga relación académica.
Lo invito a que publique más sobre el tema buscando que hable sobre economía sustentable o economía de o para la sustentabilidad. Recuerdo su rostro diciéndome que eso no era posible. Unos años después, en 2015, me presenta su libro Desencuentros y crisis: economía y energía, Argentina, de la Editorial Biblos, donde analiza con enfoque histórico el devenir nacional entre 1900 y 1970.
Lo consideré un texto básico para que los estudiantes comprendieran el porqué de las crisis energéticas recurrentes a partir de tratar de comprender cuál es o sería nuestra cultura energética. Pero seguía faltando la mirada hacia el futuro.
Hoy Panceri, en mi modesta consideración, se reivindica de aquel pedido inicial y embiste con fuerza el presente mirando al futuro de la humanidad, quizá convencido de que las señales que nos envía la naturaleza cada año son más intensas y claras.
Hoy estoy encerrado desde hace casi dos meses por una pandemia ocasionada, según voces internacionales de la ciencia, la academia y la política –aunque, en mi opinión, no todavía de la economía– que muestran que ella sería debido a la violación de límites entre producción y ambiente natural.
En este libro, estimado lector, que usted tiene en sus manos, el autor nos habla de “La lucha por la sustentabilidad” –tal el título del capítulo 1– tratando los siguientes temas: “Sustentabilidad: ¿de qué hablamos?”, la disruptiva propuesta de una matriz de sustentabilidad en el marco de temas ya tratados por organismos multilaterales, como el objetivo del desarrollo sustentable, del crecimiento al desarrollo, la inclusión como desafío, la igualdad y la equidad, el compromiso del sector privado y nuestra vapuleada Latinoamérica y su devenir buscando desarrollarse.
Luego profundiza estos temas en los sucesivos capítulos: “Medioambiente y economía”, “Naturaleza: la base del todo”, “Buscando acuerdos: sustentabilidad y cambio climático”, para cerrar con “Un solo planeta para todos”.
Este último capítulo –quizá el más difícil de escribir y tratar– habla sobre el desafío de la economía aún tradicional y con más de un siglo de antigüedad, sobre el proceso de globalización debatiendo si es bueno o malo, y, tratando la actual crisis económica como un nuevo orden, se pregunta “¿Y el planeta?”. En lo personal, yo buscaría preguntarme: ¿y la humanidad y la naturaleza?, para cerrar con lo que hoy estamos viviendo: un multilateralismo en problemas con una Organización de las Naciones Unidas que no aporta nada, con una Organización Mundial de la Salud poco creíble, con países que nos hemos vuelto a encerrar en nacionalismos que pueden llevar a conflictos globales. Y con una urgente necesidad de cooperación internacional como nunca, y no lo opuesto.
Se preguntarán qué lleva a que hoy, 18 de mayo de 2020, yo escriba este prólogo al último –y espero no el último libro– del ya transmutado amigo Julio Panceri. Bien, dos cosas: 1) escuchar la visión de Andrés Malamud del último sábado hablando a los correligionarios de la Unión Cívica Radical por Zoom y 2) el ofrecimiento, hoy lunes, del presidente de China Xi Jinping de cooperar con la humanidad con recursos y una vacuna contra el virus que provoca la COVID-19.
Ello es la motivación y el cierre de este prólogo de un libro que todos deberemos leer para concientizarnos de que, de haber un nuevo orden, deberá ser para el bien común de la humanidad y no para su control, manipulación y esclavización. Solo el diálogo, la cooperación entre naciones, sus pueblos y culturas para la construcción de una ciudadanía global centrada en la sustentabilidad evitará un conflicto de inimaginables consecuencias.
A medida que los años y las generaciones van pasando, el hombre sigue “evolucionando” y este proceso hace que cada vez obtenga mayores logros que ayudan a mejorar su calidad de vida sobre el planeta: ha conseguido mejorar la calidad de los alimentos, prolongar la cantidad de años de vida que la media de la población alcanza, así como infraestructura, acceso a energía y otros, especialmente basado en un constante ritmo de progreso tecnológico que ha tenido, desde la segunda mitad del siglo XX al presente, un crecimiento vertiginoso como nunca la humanidad ha visto.
Esta evolución se ha transformado en un constante crecimiento de la cantidad de bienes que el hombre necesita para hacer frente a sus nuevas modalidades de vida, aunque este crecimiento tiene obviamente sus límites, que están impuestos por el carácter finito del planeta y la cantidad de recursos naturales que en él se encuentran. En su constante avance y en pos de conseguir cumplir con el mandato que impone esta forma de vida que ha adoptado, basada en un sistema económico cuyos pilares son innovación tecnológica, producción y consumo, está experimentando en carne propia la realidad que muestra escasez de recursos y los problemas que origina su accionar mayormente irresponsable en el planeta.
Obviamente que el crecimiento constante del número de habitantes, que hoy se estima cercano a los 7700 millones y que para 2050 los organismos internacionales prevén en alrededor de los 9700 millones, permite preguntarnos de qué manera, y en este mismo planeta, semejante cantidad de personas podrán satisfacer sus crecientes necesidades, con el limitado número de recursos, para poder mantener un nivel digno de vida que les provea, por lo menos, los elementos necesarios mínimos: acceso a salud, alimentación, vivienda, electricidad, etc. Aquí comienza nuestro mayor problema, y este consiste en poder balancear las necesidades por satisfacer con lo que poseemos en el planeta sin perjudicar a las generaciones venideras. Esto se llama “sustentabilidad”, tema que estamos discutiendo dentro de la sociedad y donde cada cual aporta su visión muchas veces tratando de interponer sus intereses personales sobre los colectivos. Esta forma de accionar hace que pongamos en riesgo la habitabilidad futura de la Tierra, y genera un estado constante de desigualdad, falta de inclusión y vulnerabilidad en toda la sociedad.
Disminuir la desigualdad y promover acciones de inclusión son temas clave para erradicar la pobreza, aunque la sensación que experimentamos es la de ser protagonistas de un verdadero “juego de sombras” dentro del cual las voluntades políticas (relaciones entre países) son las de lograr un consenso sobre la idea de crecer y desarrollarnos de manera sustentable. Pero la realidad del día a día parece demostrar que con la buena voluntad no alcanza. Prueba de ello es que el mundo crece económicamente (nivel de actividad), pero la percepción que tiene la población en general, el hombre común, es que tal crecimiento no es parejo o le resulta esquivo, de la misma manera que crece la sensación de vulnerabilidad.
En este trabajo, y con los elementos que desde la economía y otras ciencias contamos, trataremos de explicar por qué necesitamos ser “sustentables” y cuáles son los riesgos que estamos corriendo, a pesar de que conocemos las soluciones y los pasos que debemos adoptar. Nos enfrentamos a cuestiones relativas a desarrollo, crecimiento, cambio climático, uso de los recursos naturales, problema del suelo, crisis hídrica, contaminación del aire, seguridad alimentaria, generación de pasivos ambientales, innovación tecnológica y de qué manera nos adaptamos a ella, así como al constante estado de crisis en el que nos acostumbramos a vivir. Todo esto sin olvidarnos del gran tablero geopolítico del cual formamos parte, donde el multilateralismo como lo conocemos hasta ahora está cambiando y los liderazgos políticos también. Los roles de Estados Unidos, Rusia, la Unión Europea y la aparición de China junto con otros países emergentes –como es el caso de India– y la realidad de América Latina impactan directamente en las cumbres del clima, poniendo en riesgo el Acuerdo de París.
Ya sabemos, y probado está, que la mayoría de los problemas que tenemos con el clima son ocasionados por el hombre y su accionar, y que es necesario disminuir de manera urgente la emisión de gases de efecto invernadero (GEI) para limitar el aumento de la temperatura; de otra manera, la existencia futura en la Tierra será complicada. En octubre de 2018, el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC, por su sigla en inglés) emitió un informe donde prueba la urgencia que existe en frenar el aumento de la temperatura en el planeta. El mensaje del informe es preocupante: establece que limitar el aumento de la temperatura en 1,5 °C es posible solo si las emisiones de carbono se reducen a la mitad para 2030 y disminuyen a cero para 2050. Esto supone una gran transformación y un complejo problema económico y financiero por resolver en un plazo de tiempo muy corto, solo treinta años. Paralelamente, llevamos varias décadas de discusiones políticas en cumbres anuales sobre cambio climático y los logros obtenidos son muy pocos.
La lucha contra los efectos del cambio climático se da en un siglo XXI cuando todavía no tenemos definido cuál será el ámbito de poder en el que estaremos discutiendo la solución. Hoy estamos atravesados por una disputa entre la exaltación del nacionalismo y la vigencia del multilateralismo (un multilateralismo que nació después de la Segunda Guerra Mundial), la cual todavía debe dirimir los liderazgos. En nuestro planeta, históricamente, los liderazgos y el orden político y económico nunca han surgido de consensos pacíficos; siempre emergió después de luchas armadas, guerras comerciales, apropiación de recursos naturales, etc. Estamos tratando de establecer el orden global de este nuevo siglo, y todavía no hemos podido desplegar totalmente una hoja de ruta universal.
Lo cierto es que el planeta que habitamos es uno solo, que la naturaleza es la base del todo desde el inicio del universo y que siempre se ha adaptado para tratar de eliminar las amenazas que la ponen en peligro. Sin tener visiones apocalípticas, debemos entender que nos estamos convirtiendo en una amenaza para nuestro ecosistema, del cual también formamos parte. Lo positivo es que sabemos cuáles son las acciones que debemos realizar para mejorar nuestra estadía en este, nuestro planeta, y que tenemos las herramientas para llevar a cabo la transición a otros modelos productivos. Pero esa transición requiere un gran proceso de transformación en la producción de alimentos, generación de energía, transporte, etc., donde también se ponen en juego liderazgos geopolíticos. Necesitamos mejorar nuestro presente y asegurar el futuro de las próximas generaciones, y para ello debemos descarbonizar nuestra economía, siendo más eficientes y conscientes en nuestro accionar. Por esto, debemos transformar el concepto de sustentabilidad en un activo, ya que tenemos todas las posibilidades de hacerlo y dejar de utilizar el término como una palabra más que suena bien y solo expresa buena voluntad.
Aunque como individuos estamos tomando conciencia de que existe un problema con la degradación del medioambiente, todavía no hemos dimensionado la magnitud de ese problema ni las consecuencias futuras que enfrentaremos generacionalmente. Cierto es que hemos avanzado en calidad de vida y que el sistema tiende a incluir cada vez más habitantes en esa mejora, pero debemos reconocer que no hemos evaluado los costos que implica adoptar un modelo de desarrollo y crecimiento que ha sido despiadado con el uso de los recursos naturales. Nos cuesta entender que el costo de un bien no solo está formado por lo que demanda obtener y transformar la materia prima más servicios de comercialización, impuestos y logística, sino que, además, existe el deterioro del medioambiente y de los ecosistemas, difícil de medir en términos monetarios. Y aunque lleguemos a darle un valor a este deterioro, lo que más intranquiliza es que el daño está hecho y en la mayoría de los casos no se puede remediar, no existe el “volver atrás”; por lo tanto, todo depende de cuán inteligentes podamos ser en el consumo razonable y sustentable de los recursos, como también respecto de los procesos de industrialización que adoptemos.
El modelo de producción, innovación tecnológica y consumo que hemos adoptado en los últimos setenta u ochenta años no ha sido gratuito para la humanidad, ni tampoco ha arrojado todos los beneficios que suponemos: las inequidades y desequilibrios han quedado demostrados, y no es una novedad la falta de posibilidades de acceder al crecimiento y desarrollo que sufre una importante franja de la sociedad. Asimismo, las desigualdades sociales son visibles y van desde el acceso al alimento hasta la posibilidad de tener educación o un digno sistema de salud.
El problema ambiental ya dejó de ser un tema académico y pasó a convertirse de conocimiento general para la sociedad. Esto nos obliga a tratar de encontrarle una solución, y conseguir el desarrollo de acciones y procesos sustentables es un camino factible. Con una población en constante crecimiento, en un mundo finito y con recursos limitados, debemos comenzar a tratar el tema de la sustentabilidad como un objetivo alcanzable y no como un tema abstracto que solo se luce en algunos discursos, mensajes y campañas publicitarias.
La idea que tenemos sobre sustentabilidad, en términos generales, es la de “cubrir las necesidades presentes, sin alterar la posibilidad de las generaciones futuras de satisfacer las suyas”, según el Diccionario de la lengua española de la Real Academia. Ahora bien, lo que debemos tener en cuenta es que no se puede ser sustentable por un simple deseo, ley o decreto –ello es como querer ser feliz porque lo dice una ley– y de un día para el otro, pues la sustentabilidad es un proceso que se va alimentando y perfeccionando con la determinación de metas por cumplir y el aporte de todos los actores que intervienen en la sociedad.
Lo que denominamos “sustentabilidad” lleva implícito una constante interrelación entre el presente y el futuro, pero además contiene un alto grado de responsabilidad, ya que las prácticas (económicas, sociales, etc.) que ejecutamos no solo deben asegurarnos un digno nivel de vida, sino también deben asegurárselo a las futuras generaciones, considerando que la cantidad y disponibilidad de recursos del planeta son acotadas y la demanda de ellos va creciendo.
Entonces, esta responsabilidad que implícitamente tenemos se vincula con lo social y está íntimamente relacionada con las acciones que el ser humano realiza. Esta es la razón por la cual decimos que nuestras acciones y decisiones deben tender a asegurar el bienestar de las futuras generaciones, sin perjudicar el ecosistema y sus recursos.
Con los elementos que hemos descripto podemos conceptualizar, de manera simple, la sustentabilidad como las acciones y decisiones que realiza y toma el individuo en su vida diaria, sin perjudicar el ecosistema y sus recursos, aceptando y respetando el compromiso de asegurar el bienestar de las futuras generaciones.
Seguramente la idea de prosperidad, bajo las condiciones que socialmente nos hemos impuesto, no nos permite ver más allá de cierto umbral (corto plazo) y tomar dimensión de que estamos enfrentando un problema bastante serio –aunque tampoco tenemos que caer en ideas apocalípticas– que no solo nos perjudica en la cotidianidad, sino que lo arrastramos a próximas generaciones.
En la segunda mitad del siglo XX se comenzó a hablar de sustentabilidad, ya no como un hecho aislado o como un tema destinado a la comunidad científica: el tratamiento fue abierto y enviando mensajes de alerta a la sociedad entera. Entre los mensajes de alerta emitidos, encontramos en noviembre de 1992 la advertencia que realizan 1680 científicos que representaban a 49 países y entre los que se encontraban 104 premios Nobel. Ese manifiesto se denominó “Advertencia de los científicos del mundo a la humanidad” (World Scientist Warning to Humanity). Del documento rescato estos párrafos:
Los seres humanos y el mundo material se encuentran abocados a colisionar. Las actividades humanas están infligiendo daños graves y muchas veces irreversibles al medioambiente y a un gran número de recursos esenciales. Si no se frenan, muchas de nuestras prácticas cotidianas pondrán en serio peligro el futuro que deseamos para la sociedad humana, la fauna y la flora, y alterarán de tal manera el mundo vivo de manera que este pueda tornarse incapaz de sustentar la vida tal como la conocemos. Es urgente que emprendamos cambios fundamentales para evitar la colisión a la que nos conduce nuestro rumbo presente.
La Tierra es finita, su capacidad para absorber desperdicios nocivos es finita, su capacidad para proporcionar alimentos y energía es finita, su capacidad para abastecer un número creciente de habitantes es finita […] Aceptar esto no es altruismo, sino mirar con inteligencia por el interés propio pues, industrializados o no, todos tenemos el mismo y único bote salvavidas. Ninguna nación puede escapar cuando se dañan sistemas biológicos globales.
Debemos llegar a entender que este modelo de crecimiento y desarrollo que nos hemos planteado no se puede sustentar en el tiempo, las consecuencias ya son más que conocidas y no dan lugar para discutir su veracidad. Para poder ilustrar prácticamente este problema, tenemos que preguntarnos si podemos seguir produciendo y consumiendo de esta manera y si también lo podrán hacer nuestros hijos, nietos y bisnietos sin sufrir consecuencias irreparables en el medioambiente con la destrucción del ecosistema y sus recursos.
Otra de las cuestiones que surgen es la de saber cómo llevamos adelante este proceso de sustentabilidad. Para ello debemos considerar de qué manera vamos a coordinar los elementos que tenemos en función de este objetivo, que es nada más ni nada menos que el de proteger nuestro planeta (hábitat) y hacer viable la vida de las futuras generaciones.
Entonces, nuestra matriz de sustentabilidad estará definida por las interacciones existentes entre los distintos elementos que consideremos partícipes en el proceso. Como mínimo, los elementos que debemos considerar son los siguientes: el modelo económico, los recursos, la sociedad y el medioambiente (gráfico 1).
Gráfico 1. Matriz de sustentabilidad
1) Modelo económico. Al elegir un modelo económico para seguir –se supone con cierto grado de razonabilidad–, se está determinando un objetivo para alcanzar (individual o colectivo). En este mundo en el que vivimos parece que el modelo de desarrollo (que todos buscamos) se ha basado en pilares como producción, innovación tecnológica y consumo. Si bien conocemos las consecuencias de las decisiones que tomamos, negamos que ellas se puedan concretar, y entonces comienza el problema.
En este modelo ya comenzaron a sonar las alarmas acerca de cuál es el límite que no debemos sobrepasar. Basada en la utilización de recursos naturales y procesos productivos contaminantes, esta forma de desarrollarnos aumentando el nivel de consumo (ayudados por un proceso tecnológico que ha tenido en los últimos cincuenta años el mayor grado de evolución en la historia de la humanidad) nos ha puesto en la disyuntiva de comenzar a pensar si podemos seguir transitando este camino o comenzamos a ver que existen rutas alternativas que no pongan en riesgo nuestra existencia.
La elección de rutas alternativas implica modificar nuestros hábitos de consumo. Considerando que la población del planeta crece, los recursos son finitos y el modelo de desarrollo que elegimos no incluye a toda la población.
Lo curioso de este planteo es que nuestro comportamiento es predecible. Esto quiere decir que nos estamos moviendo con cierta razonabilidad (en función de los objetivos que nos hemos planteado). Cuando me refiero a que este comportamiento es predecible, quiero decir que conocemos cuáles son los riegos que estamos tomando al elegir este modelo de desarrollo y conocemos cuáles son las consecuencias que vamos a enfrentar de seguir en este sendero; lo más difícil de comprender es que, a pesar de conocer también cuáles son las alternativas para evitar consecuencias nefastas para la humanidad, no las implementamos.
A esta altura del siglo XXI, no podemos desconocer los riesgos y las consecuencias de la deforestación en beneficio de ampliar la frontera de agricultura. Al respecto, el norte de nuestro país es un claro ejemplo, como lo es Brasil con la deforestación en el Amazonas. Tampoco desconocemos el efecto del consumo de hidrocarburos sobre la atmósfera o los problemas de provisión de agua que tiene buena parte de la humanidad.
El hecho de que existan países desarrollados y no desarrollados (o en desarrollo), que generalmente los no desarrollados son los dueños de los recursos naturales y que los desarrollados son dueños del sistema financiero y los métodos de producción basados en recursos naturales pone en evidencia que los modelos no son perfectos y que necesitan cambios y adaptaciones a medida que los objetivos perseguidos también cambian. Con esto quiero decir que no existe un modelo “empaquetado” o “cerrado” y que tenemos todas las herramientas (recursos naturales, procesos productivos, tecnología, conocimientos, etc.) para comenzar a dar vuelta esta realidad, más aún si conocemos los riegos que enfrentamos y cuáles serán las consecuencias.
2) Recursos. Cuando hablamos de recursos, la referencia es a los recursos naturales (tierra, agua, fauna, hidrocarburos, etc.). Aquí la discusión comienza por darnos cuenta de que son finitos (limitados en su cantidad y disponibilidad) y por saber quién tiene la propiedad de ellos.
El hecho de que existan distintas necesidades por satisfacer, que los recursos sean limitados aunque estén disponibles, que hay interés por obtenerlos o consumirlos (existe una demanda) y sean transferibles (existe oferente) los convierte en “bienes económicos”. Esto hace que la mirada respecto de su tratamiento sea distinta. Ejemplos clásicos de estos bienes son la tierra, los hidrocarburos; y también comencemos a pensar que pronto –al paso que vamos no es una idea descabellada, contaminación mediante– tendremos que incluir como bien económico al aire. El tratamiento es distinto debido a que tenemos que asignarle a cada uno de ellos un valor para su transferencia. Al tener que asignarle un valor, estamos hablando de propiedad de los recursos naturales; esta es una discusión que lleva muchas páginas escritas y no existe consenso absoluto en cuanto a la respuesta.
La primera respuesta sería que los recursos son de la humanidad, pero sabemos que no es así. En el mejor de los casos, pertenecen a los países, aunque aquí la respuesta tampoco es del todo exacta, porque mucho de los recursos pertenecen a corporaciones o grupos económicos, que hacen uso de ellos, sean renovables o no, en función de intereses corporativos u objetivos particulares.
Pero tener la propiedad del recurso no significa tener el problema del abastecimiento de bienes resuelto. La paradoja “países ricos en recursos y pobres económicamente” es un sello distintivo del modelo que hemos elegido para este trayecto de la historia de la humanidad. Generalmente países ricos en recursos naturales (ejemplo: países de América Latina) sin políticas serias de producción o fuentes de financiamiento no pueden transformar esos bienes en su beneficio y los intercambian por manufacturas. El gran problema es la falta de generación de valor agregado, lo que se traduce en falta de actividad económica, déficit de empleo, concentración económica y dependencia financiera de otros países. El tratamiento de los recursos naturales, su cuidado, renovación, extracción, distribución equitativa, utilización en la medida en que no altere el ecosistema y prevea abastecimiento a futuras generaciones, será la base de la continuidad de nuestra existencia como sociedad.
3) Sociedad. Para nuestro análisis, lo importante es ver cómo la sociedad crece y está segmentada (en función del modelo elegido). Resulta una realidad innegable que la población mundial crece (cada vez más lentamente) y que es más longeva (aumenta el promedio de edad). El informe Perspectiva de la población mundial 2019 de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) indica que se espera que la población mundial aumente en los próximos treinta años en 2000 millones de personas, así que de los aproximadamente 7700 millones de habitantes que tiene el mundo actualmente, para 2050 seremos unos 9700 millones, y una población cercana a los 11.000 millones a fines del siglo XXI.
La población mundial tiende a aumentar su longevidad y la cantidad de países que experimentan una reducción de su población está creciendo. El dato de que la población mundial incrementa su cantidad de ancianos es importante al momento de analizar el comportamiento de los sistemas de seguridad social y previsionales, ya que desciende la proporción de la población en edad de trabajar y pagar aportes, un gran problema actual en Europa.
El aumento de la población mundial estará, en el futuro, caracterizado por tasas de crecimiento disímiles entre regiones. Las proyecciones indican que nueve países representarán más de la mitad del crecimiento proyectado de la población mundial entre 2020 y 2050, y ellos serán (en orden decreciente) India, Nigeria, Pakistán, República Democrática del Congo, Etiopía, República Unida de Tanzania, Indonesia, Egipto y Estados Unidos. Lo curioso es que India superará a China como el país más poblado del mundo hacia 2030. El orden de proyección de crecimiento para 2050, por región, es el siguiente: África subsahariana 99%, Oceanía (sin Australia y Nueva Zelanda) 56%, África septentrional y Asia occidental 46%, Australia y Nueva Zelanda 28%, Asia central y meridional 25%, América Latina y el Caribe 18%, Asia oriental y suroriental (3%), Europa y América del Norte (2%).
Convengamos que estas son perspectivas para tomar en serio y preocuparse, más aún si sabemos que el mundo es imposible de expandir y los recursos naturales son finitos y en caída. Otro de los elementos que no debemos ignorar es que el mayor crecimiento de la población, en el futuro, vendrá de países con menores ingresos (como el continente africano), que son los que menos control de natalidad tienen.
Una de las publicaciones pioneras en materia de crecimiento poblacional y existencia de alimentos es el Ensayo sobre el principio de la población, publicado por Thomas Robert Malthus en 1798 y reeditado en 1803. Malthus sostenía que el crecimiento demográfico de la población era mayor que el de los recursos alimentarios. Mientras la población crecía de manera geométrica, la producción de alimentos lo hacía de manera aritmética. Esta manera de crecimiento traería problemas de alimentación y crisis. La realidad no se presentó de la manera en que Malthus lo tenía previsto en su ensayo, pero es una de las primeras aproximaciones al problema a tener en cuenta.
Ya son una realidad la menor fecundidad y la mayor longevidad de la población mundial. Si la porción activa de la población (entre 20 y 65 años) disminuye y la mayor de 65 años aumenta, cambian los hábitos de consumo (mayor consumo de servicios médicos) y esto influye directamente sobre el producto bruto interno (PBI). Con los patrones actuales de producción y consumo, teniendo en cuenta las perspectivas de movimiento poblacional, será difícil sostener una población cada vez más longeva si la población económicamente activa disminuye y, lo que es más difícil aún, si la población económicamente activa está creciendo en mayor proporción en países pobres sin posibilidad de progreso.
En cuanto a la segmentación de la población, podemos dividirla en segmentación demográfica y segmentación económica. En cuanto a la primera, el gran fenómeno observado, con preponderancia en los últimos cincuenta años, es la cantidad de población que abandona zonas rurales y se instala en zonas urbanizadas. Actualmente más del 50% de la población mundial vive en zonas urbanizadas, lo que trae aparejados cambios en los hábitos de consumo (aumento de generación de alimentos, energía, provisión de agua y otros servicios) y de producción (se abandonan las tareas rurales y se incrementa el número de trabajadores en centros industriales, cada vez más grandes y con prácticas de producción riesgosas para el medioambiente).
El problema ambiental deriva mayoritariamente en la creación de grandes ciudades en detrimento de bosques y otras zonas similares. En 1950 solo existían en el mundo dos ciudades con más de diez millones de habitantes (Tokio y Nueva York) y 77 ciudades con más de un millón de habitantes. Hoy existen 29 ciudades con más de 10 millones de habitantes y 500 con más de un millón. Los datos de la ONU afirman que para 2050 existirán 40 ciudades con más de 10 millones de habitantes, 20 con más de 15 millones (4 de ellas serán chinas) y 650 con más de un millón de habitantes. Esto implica un costo urbanístico y ambiental difícil de compensar con los recursos existentes.
Respecto de la segmentación económica, aquí ya comenzamos a hablar de las desigualdades en el nivel de ingresos y en la inequidad existente al momento de adquirir o tener elementos esenciales como alimento, salud, educación, energía, etcétera.
Si aproximadamente el 20% de la población mundial se queda con el 80% de los ingresos y el 80% restante de la población tiene que mirar cómo se les escapan las posibilidades de mejorar su calidad de vida, estamos en un problema. También cabe hacerse la siguiente pregunta: ¿podemos sostener una sociedad donde este 80% de población alcance y tenga el mismo nivel de consumo que el 20% más rico? Obviamente, la respuesta es no; por lo tanto, debemos comenzar a pensar en nuevos paradigmas o tipos de consumo para disminuir la brecha y evitar una crisis.
Estamos enfrentando dos realidades actuales: pobreza y desigualdad, conceptos que generalmente se presentan asociados, pero son distintos. La pobreza se refiere a individuos con un nivel de vida inferior a un determinado valor o parámetro, mientras que la desigualdad remite a las diferencias en el nivel de vida de las personas en cuanto a la posibilidad de acceder a determinados bienes, por ejemplo, educación, alimento, seguridad, empleo, etcétera.
Actualmente, se está luchando por sacar cada vez más gente de la pobreza extrema, y las cifras de organismos oficiales (Banco Mundial y ONU) indican que se está logrando. Lo que es cierto también es que cada vez es mayor la grieta de desigualdad existente en el mundo. En septiembre de 2016 y ante la Asamblea de las Naciones Unidas, el entonces presidente de Estados Unidos Barack Obama decía en su discurso de cierre:
Un mundo en el que el 1% de la humanidad controla tanta riqueza como el 99% restante no será estable […] El crecimiento económico tan solo está beneficiando a los que más tienen. El resto, la gran mayoría de ciudadanos de todo el mundo y especialmente de los sectores más pobres, se está quedando al margen de la reactivación de la economía. El modelo económico y los principios que rigen su funcionamiento nos han llevado a esta situación que se ha vuelto extrema, insostenible e injusta […] El objetivo no es castigar a los ricos, sino hacer más igualitaria la sociedad y prevenir nuevas crisis.
Pero si hablamos en términos de desigualdad, lo que también sorprende es que este fenómeno esté incorporado en sociedades de países “desarrollados”. Un ejemplo de ello es el propio Estados Unidos. En la Conferencia sobre Oportunidad Económica y Desigualdad dictada en el Banco de la Reserva Federal de Boston el 16 de octubre de 2014 Janet L. Yellen –presidenta de la Reserva Federal de Estados Unidos hasta 2018– se expresó en estos términos:
La extensión y el continuo aumento de la desigualdad en Estados Unidos me preocupa mucho […] según algunas estimaciones, la desigualdad de ingresos y riquezas está cerca de sus niveles más altos en los últimos cien años, mucho más alto que el promedio durante ese lapso y probablemente más alto que durante gran parte de la historia de Estados Unidos. No es ningún secreto que las últimas décadas de creciente desigualdad puedan resumirse como ingresos significativos y ganancias de riquezas para aquellos que están al tope y estancamiento del nivel de vida de la mayoría. Creo que es apropiado preguntarse si esta tendencia es compatible con valores arraigados en la historia de nuestra nación.
En esa misma conferencia, Yellen describió cuatro bloques de oportunidades para disminuir la desigualdad, y les otorgó el carácter de “piedra angular” por su importancia a los dos primeros. Estos cuatro bloques son los siguientes:
Mejorar los recursos para la niñez: barrios más seguros, mejores escuelas, nutrición, salud y educación temprana.
Educación superior que las familias puedan pagar.
Oportunidades para construir riquezas a través de la propiedad de negocios: las familias deben acceder a la posibilidad de crear su propio emprendimiento.
Las herencias son un elemento de movilidad intergeneracional.
Tenemos la necesidad de replantear el modelo económico elegido y puesto en práctica, el cual se ha convertido en un proceso de acumulación de riquezas (que genera la economía) en manos de pocos individuos y corporaciones, lo que arroja como resultado pobreza y una brecha creciente de desigualdad. Debemos pensar en correr nuestro eje productivo y de consumo hacia un modelo más equitativo y que tenga mayor correspondencia con el compromiso hacia un mundo posible de sostener.
4) Medioambiente. Este cuarto elemento que consideramos integrante de la “matriz de sustentabilidad” es, sin duda, el que ha sufrido las consecuencias de las decisiones que hemos tomado acerca del desarrollo del modelo económico elegido, con sus aciertos y errores. El problema de la degradación y contaminación del medioambiente es caracterizado por el informe Stern sobre la economía del cambio climático, de 2006, como “la gran falla del mercado”, considerando que no tener en cuenta los efectos de los procesos de producción y formas de consumo sobre el planeta y sus habitantes genera graves consecuencias; cuanto más tiempo transcurra sin que les demos solución, menos capacidad de recuperación tendrá el mundo para recomponer su estado de habitabilidad.
Debemos incorporar a nuestro razonamiento, insistentemente, la idea de que este tipo de modelo de desarrollo que nos hemos planteado hace peligrar la existencia de las distintas especies en el planeta. No estamos hablando de hechos aislados o regionales, sino que hacemos referencia a que está peligrando la biodiversidad, la atmósfera, los océanos, etc. Es innegable que las acciones del hombre (por eso llamadas “antropógenas”) tienen incidencia directa sobre el malestar del ecosistema.
La Conferencia de las Naciones Unidas sobre Medio Ambiente Humano celebrada en Estocolmo en 1972 dio la alerta sobre que la acción humana, de seguir ese comportamiento, causaría daños irreparables al medioambiente. En su proclama, el informe de la conferencia nos hace ver que el hombre debe preservar el medioambiente:
Hemos llegado a un momento de la historia en que debemos orientar nuestros actos en todo el mundo atendiendo con mayor solicitud a las consecuencias que puedan tener para el medioambiente. Por ignorancia o indiferencia, podemos causar daños inmensos e irreparables al medioambiente terráqueo del que dependen nuestra vida y nuestro malestar. Por el contrario, con un conocimiento más profundo y una acción más prudente, podemos conseguir para nosotros y para nuestra posteridad unas condiciones de vida mejores en un medioambiente más en consonancia con las necesidades y aspiraciones del hombre […] la defensa y el mejoramiento del medioambiente humano para las generaciones presentes y futuras se ha convertido en meta imperiosa de la humanidad.
Siguiendo con la influencia del accionar humano sobre el medioambiente, el informe de evaluación del IPCC de 2013 manifiesta:
Se ha detectado la influencia humana en el calentamiento de la atmósfera y el océano, en alteraciones en el ciclo global del agua, en reducciones en la cantidad de nieve y hielo, en la elevación media mundial del nivel del mar y en cambios en algunos fenómenos climáticos extremos […] Es sumamente probable que la influencia humana haya sido causa dominante del calentamiento observado desde mediados del siglo XX.
Este informe, con bases científicas, no brinda un panorama alentador para el porvenir y exige una urgente toma de conciencia colectiva sobre el tema. Con respecto al futuro, muestra este panorama:
Las emisiones de CO₂ [dióxido de carbono] acumuladas determinarán en gran medida el calentamiento medio global en superficie a finales del siglo XXI y posteriormente. La mayoría de los aspectos del cambio climático perdurarán durante muchos siglos, incluso aunque pararan las emisiones de CO₂, lo que supone una notable inexorabilidad del cambio climático durante varios siglos, debido a las emisiones de CO₂ pasadas, presentes y futuras.
Hemos visto que es necesario generar cambios en nuestro accionar, que las actuales pautas de desarrollo económico atentan contra nuestro propio bienestar (aunque parezca una paradoja); sin embargo, esta trampa que parece no tener salida nos ofrece el desafío de lograr consensos en función de una idea común. La pregunta a responder es si será posible cambiar esta realidad. Y la respuesta está en las ganas y el compromiso que asumamos en hacer coincidir los intereses particulares con los intereses comunes, en función de una misma idea. Lo que está claro es que el problema existe (ya no hay discusión al respecto), que conocemos los riesgos y que también conocemos la solución; de aquí en más, la responsabilidad es nuestra.
Es innata a la esencia del ser humano la necesidad de crecer y desarrollarse. Por ello nos hemos organizado socialmente y, en materia económica, la meta del crecimiento para llegar al desarrollo siempre está planteada en cualquier organización. Estos dos conceptos son distintos entre sí, pero tienen mucha relación con el medioambiente: tanto la obtención de un estatus de crecimiento como de desarrollo por parte de un país o región en el actual modelo económico están arrastrando al deterioro de los elementos que conforman el medioambiente.
Si la obtención o la fijación de una meta como la del crecimiento económico para luego obtener un determinado grado de desarrollo de la economía o de la sociedad supone abusar de los recursos naturales o contaminar el medioambiente, es obvio que las ideas se han aplicado erróneamente o sus objetivos son equivocados.
Crecimiento. La idea de crecimiento está asociada a la cantidad: cuánto producimos y de qué manera evoluciona en un período. Con esta realidad a la vista, tomamos el concepto de crecimiento difundido por Simon Kuznets, Premio Nobel de Economía de 1971, en su libro Crecimiento económico moderno (1973): “Existe crecimiento económico cuando aumenta la población y su producto per cápita en modo constante”.
Así definido el crecimiento, podemos decir que la condición para su existencia es un aumento en los niveles de inversión y producción que llevan a la economía de una región a incrementar su producto bruto per cápita, beneficiando a la población con su mayor actividad. Pero en los últimos años hemos escuchado algunas definiciones particulares sobre crecimiento asociado con el tema ecológico y medioambiental, en las cuales vale la pena detenerse por un instante y observar sus características y particularidades. Entre ellas, quizá la más escuchada es la de “crecimiento verde”.
Si definimos que la idea de crecimiento está asociada con el PBI (con la idea de cantidad), no resulta extraño pensar que la pérdida de biodiversidad y la reducción de la capacidad de los recursos naturales para satisfacer necesidades o generar bienes repercutan en forma negativa en la evolución del producto bruto. Vimos que la idea de crecimiento que tenemos muchas veces resulta en una paradoja o nos mantiene dentro de un laberinto del cual es difícil salir, ya que hablamos de crecimiento basados en la sobreexplotación o aniquilación de recursos y el estatus ecológico. Aquí volvemos a la discusión sobre qué modelo de crecimiento debemos elegir o construir; para lograrlo es hora de plantearse cuáles son los hábitos de producción y consumo que debemos cambiar o los que debemos eliminar. No debemos dejar de pensar que en la mayoría de los cálculos sobre qué producimos y qué consumimos se olvida generalmente el cálculo de las “externalidades”, o sea, los costos involuntarios que asumen terceros por el accionar o decisiones de quienes obtienen ganancias o beneficios con su actividad.
Algo que nos puede acercar a una percepción sobre el “crecimiento verde” es la idea que ha planteado la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), al decir:
Se necesita la idea del crecimiento verde porque los riesgos para el desarrollo van en aumento a medida que el crecimiento continúa erosionando el capital natural, esto constituye mayor escasez de agua, creciente estrangulamiento de recursos y mayor contaminación.
Así que, en el camino, comenzamos a pensar que lo que conocemos como crecimiento es solo una manera de generar más bienes (mayor cantidad de producción e intercambios). La realidad nos lleva a mirar otra dimensión de lo que es crecer, quizá considerando que crecer no es producir más, sino evolucionar cuidando la capacidad de regeneración de nuestro ecosistema. Otro tema que debemos considerar es que solo se logra una modificación de los parámetros de crecimiento apostando cada vez más a la innovación del conocimiento. Innovar es lo que permite tratar nuevos elementos y tener presentes enfoques distintos sobre una misma realidad. El conocimiento nos otorga la ventaja de saber distinguir cuáles son las nuevas oportunidades que se presentan y evaluar sus ventajas, teniendo presentes nuestras limitaciones y riesgos.
Entonces, expandir nuestras fronteras de producción y negocios con los estándares habituales ha comenzado a ser un problema no solo por las desigualdades generadas, sino por la poca certeza de que el modelo es y siga siendo eficiente en el largo plazo (sustentabilidad). Además, tenemos un condimento extra, que es el de no saber cuáles son los costos exactos que este modelo de crecimiento insume para la humanidad, pues no todo tiene un precio determinado ni tampoco todo se soluciona con dinero.
Debemos pensar que es totalmente factible lograr un modelo de crecimiento bajo en emisiones de dióxido de carbono (o equivalentes), pero también debemos ser conscientes de que necesitamos una constante interacción entre el sector privado y el público para lograrlo. El sector público debe aportar un sistema de gobernabilidad con principios de orden estratégico (energía, transporte, tratamientos urbanísticos, reglamentaciones de control de emisiones, sistema impositivo, educación, sistemas de subsidios y penalidades, seguridad jurídica, etc.) y el sector privado, todo su potencial en innovación, producción, financiamiento y presencia en los mercados, y debe seguir una lógica acorde con un proyecto que contenga sus libertades, pero que respete los consensos de sustentabilidad y tenga una marcada impronta de responsabilidad social. De la misma manera, los consumidores deben ser conscientes de que son sus preferencias y conductas las que determinan las modalidades y formas de producción, precios y distribución de mercados; es el consumidor quien debe exigir bienes y servicios que respeten (desde su origen) el cuidado de los sistemas ecológicos y el respeto por las normas medioambientales.
Esto que planteamos como crecimiento verde, más que una definición, es una idea que está en constante evolución: generar bienes y servicios con nuevos parámetros de productividad en aumento, que reduzcan los niveles de desigualdad en la sociedad, pero que tengan una visión estratégica sobre la preservación del medioambiente y los recursos.
Es obvio que no debemos tener una visión apocalíptica sobre el tema, pero es necesario ser responsables y tomar una posición crítica de lo que estamos haciendo, más aún si tenemos síntomas evidentes de que el problema existe. Por ahora partimos (y es un gran logro) de que todos los organismos internacionales multilaterales y gran parte de la sociedad mundial reconoce que el problema ambiental y ecológico existe y que nuestras metas de crecimiento en cierta parte son generadoras de él; lo que sigue depende de nosotros.
Desarrollo. Cuando comenzamos a hablar de desarrollo, estamos describiendo una situación de mejora en la calidad de vida de los individuos que habitan en una comunidad (aspecto cualitativo), pero aquí entran en escena elementos como educación, salud, libertades individuales, adquisición de derechos por parte de la población, igualdad, etc. Tomaremos dos definiciones para graficar la idea. El premio nobel de Economía 1998 Amartya Sen, en la Conferencia Magistral del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) 1999 “Romper el ciclo de la pobreza: invertir en la infancia”, definió el desarrollo de la siguiente manera: “Es un proceso de expansión de las capacidades de que disfrutan los individuos”.
La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) 2010 estableció el siguiente concepto de desarrollo: “Proceso de crecimiento y cambio estructural que, mediante la utilización del potencial de desarrollo existente en el territorio, conduce a elevar el bienestar de la población”.
El concepto de desarrollo es más amplio que el de crecimiento –pues supone mejora y sostenimiento de la calidad de vida–, además de abarcarlo. Es necesario lograr el crecimiento económico para obtener un estado de desarrollo, ya que esto implica un cambio estructural que beneficia a toda la sociedad en su conjunto, elevando su nivel de vida. Pero aquí cabe la misma reflexión que hicimos respecto del concepto de crecimiento: obtener el desarrollo no solo supone llegar a un nivel mejor de educación, salud, derecho de acceso al agua, al consumo de energía o al transporte, sino que además debemos lograr que ese desarrollo este acompañado de medidas y acciones que lo hagan sustentable.
En esta parte del camino, debemos hacernos la siguiente pregunta: ¿qué tipo de desarrollo queremos?, ¿dónde pretendemos llegar? Debemos tener presente que el estatus de desarrollo es una “idea” que está formada por normas, modelos, sistemas; que es atemporal y que debe ser concebida como un objetivo de la sociedad y que está constantemente influenciada por la realidad. Esto convierte al desarrollo en un proceso en permanente dinámica, por lo cual la sociedad debe estar preparada para asumir determinados costos y haber previsto los medios necesarios para minimizar el impacto de estos costos en su comunidad y su hábitat. Así planteado, podemos ver que el tipo de desarrollo que deseamos puede ser viable o no, en función de qué costos y consecuencias estamos dispuestos a soportar.
Desarrollo sustentable. Fijarnos como meta alcanzar el desarrollo, pero de manera sustentable, implica que existen límites y elementos que debemos considerar pertinentes. Es indispensable que producción, innovación tecnológica y consumo evolucionen teniendo en cuenta el concepto de sustentabilidad, pero además hay otro elemento que no debemos olvidar: la necesidad de lograr un estatus creciente de equidad. El gran problema es que la equidad supone sacrificios y está asociada al estilo de desarrollo que anhelamos y su impacto. No solo tener mayor riqueza material nos acerca a la idea de desarrollo, sino también la posibilidad de tener incorporado el derecho a la libertad, la vivienda, la educación, la salud, el trabajo, el hábitat protegido, etcétera.
La idea de lograr que la población crezca y se desarrolle resguardando el medioambiente y su hábitat no es nueva, pero la necesidad de institucionalizarla nació en 1983. En ese año, la Asamblea General de la ONU aprobó la conformación de una comisión encargada de elaborar un informe sobre el medioambiente y sus problemas en el futuro (más allá de 2000). Esta comisión se denominó Comisión Mundial sobre el Medio Ambiente y Desarrollo y cumplió con la tarea de confeccionar el informe requerido, que se presentó el 16 de julio de 1987 ante el Consejo de Administración del Programa de la ONU reunido en Nairobi entre el 8 y el 19 de junio de 1987. El informe fue aprobado por la Asamblea General de la ONU el 4 de agosto de 1987, y fue denominado Nuestro Futuro Común, conocido también como informe Brundtland (por el apellido de la presidenta de la comisión que lo elaboró, Gro Harlem Brundtland, líder del Partido Laborista noruego).
Aquí nos detendremos para conocer lo que expresó la presidenta de la Comisión en los considerandos del informe. El problema de la sustentabilidad del proceso de desarrollo, a partir de la década de 1970, ya era preocupante. Brundtland manifestaba:
Pero el medioambiente es donde vivimos todos y el desarrollo es lo que todos hacemos al tratar de mejorar nuestra suerte en el entorno en que vivimos. Ambos casos son inseparables. Además, la cuestión del desarrollo ha de ser considerada como decisiva por los dirigentes políticos que perciben que sus países han alcanzado un nivel hacia el cual otras naciones han de tender. Mucho de los caminos de desarrollo que siguen las naciones industrializadas son verdaderamente impracticables. Y las decisiones en materia de desarrollo que toman estas naciones debido a una gran potencia económica y política tendrá una repercusión profunda sobre la capacidad de todos los pueblos de mantener el progreso humano para las generaciones venideras. Muchas cuestiones críticas de supervivencia están relacionadas con un desarrollo desigual, con la pobreza y con el crecimiento de la población.
En todo su contenido el informe plantea objetivos por alcanzar y requisitos por cumplir. A modo de guía y para lograr un proceso de desarrollo sustentable, se plantean los siguientes objetivos y requisitos para el desarrollo sustentable:
Objetivos
Retomar el crecimiento.
Cambiar la calidad del desarrollo.
Atender las necesidades esenciales de empleo, alimentación energía, agua y saneamiento.
Mantener un nivel de población sustentable.
Conservar y mejorar la base de los recursos.
Reorientar la tecnología y administrar el riesgo.
Incluir al medioambiente y la economía en el proceso de toma de decisiones.
Requisitos
Mantener un sistema político que asegure la efectiva participación de los ciudadanos en los procesos decisorios.
El sistema económico debe ser capaz de generar excedentes con bases confiables y constantes.
El sistema social debe poder resolver las tensiones causadas por un desarrollo no equilibrado.
El sistema de producción debe respetar la obligación de preservar la base ecológica del desarrollo.
El sistema tecnológico debe buscar constantemente nuevas soluciones.
El sistema internacional debe estimular patrones sustentables de comercio y financiamiento.
Al definir “desarrollo sustentable” no podemos dejar de recordar las primeras páginas de este capítulo cuando veíamos qué era la sustentabilidad. Consideremos que estamos hablando de “procesos”, así que tengamos en cuenta que existen dos características esenciales para llegar al concepto; ellas son necesidad y limitaciones. Aclarado esto, tomaremos como definición de desarrollo sustentable la que enuncia el informe Brundtland: “Un desarrollo que satisfaga las necesidades del presente sin poner en peligro la capacidad de las generaciones futuras para atender sus propias necesidades”.
Ya tenemos definido el proceso de desarrollo sustentable. Ahora, y para tener una idea del trabajo que demandará a nuestra sociedad avanzar hacia un estado de desarrollo, veremos brevemente algunos documentos en los cuales la comunidad internacional, dentro de la ONU, ha trabajado al respecto, conformando una base documental para la implementación posterior de políticas sociales y económicas.
En 1986 la Asamblea General de la ONU adopta la resolución 41/128 con el título “Declaración sobre el derecho al desarrollo”, que entre los considerandos manifiesta:
