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El mejor ensayo sobre Tácito por primera vez en español Aclamado a menudo como el mejor historiador romano y, en general, como uno de los prosistas latinos más brillantes, Tácito es una figura literaria clave sobre la que, sin embargo, existen muchas incógnitas. Son muchas las sombras que se ciernen sobre su vida y su obra. El influyente latinista Ronald Syme le dedica la que se considera la más completa monografía sobre el escritor. En ella no solo analiza de forma pormenorizada la obra conservada de Tácito, sino que ofrece un vasto contexto histórico y político tanto de su vida como de su obra. En este primer volumen, Syme establece con mano maestra los parámetros que definen al historiador latino. Por un lado, arroja luz sobre su biografía y el momento imperial que le tocó vivir y, por otro, disecciona en un primer momento los textos de Tácito en relación con su contenido histórico y cómo su obra se adapta a él.
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Seitenzahl: 1270
Veröffentlichungsjahr: 2025
Índice
PREFACIO PREFACIO
PRÓLOGO
I. EL ENTORNO POLÍTICO
1. EL PRINCIPADO DE NERVA
2. LA PROCLAMACIÓN DE TRAJANO
3. JULIO AGRÍCOLA
4. EL NUEVO EMPERADOR
5. CAPAX IMPERII
II. TÁCITO Y PLINIO
6. LA TRAYECTORIA DE TÁCITO
7. LA TRAYECTORIA DE PLINIO
8. LA LITERATURA EN TIEMPOS DE TRAJANO
9. EL DIÁLOGO DE LOS ORADORES
10. DE LA ORATORIA A LA HISTORIA
11. PRIMEROS PASOS DE UN HISTORIADOR
III. LAS HISTORIAS
12. LA HISTORIA EN ROMA
13. TÁCITO Y SUS MODELOS
14. HISTORIA MILITAR I
15. HISTORIA MILITAR II
16. FUENTES HISTÓRICAS
17. LAS CUALIDADES DE LAS HISTORIAS
18. SESGOS Y OBJETIVIDAD
IV. TRAJANO Y ADRIANO
19. EL MANDATO DE TRAJANO
20. ADRIANO AUGUSTO
V. LOS ANALES
21. LA ESTRUCTURA DE LOS ANALES
22. LAS FUENTES I
23. LAS FUENTES II
24. LA TÉCNICA DE TÁCITO
25. LA ORATORIA ROMANA EN LOS ANALES
26. EL ESTILO DE LOS ANALES
27. TIPOS Y CAMBIOS DE ESTILO
VI. LOS ANALES COMO HISTORIA
28. EL TEMA DE LOS ANALES
29. LA PRECISIÓN DE TÁCITO
30. EL HISTORIADOR ESCÉPTICO
31. EL PRINCIPADO
32. TÁCITO Y TIBERIO
33. LOS CÉSARES Y LAS PROVINCIAS
34 TÁCITO Y LA GALIA
NOTAS
Título original inglés: Tacitus.
© Oxford University Press, 1958.
Esta traducción ha sido publicada gracias a un acuerdo con Oxford University Press.
RBA es la responsable de esta traducción, y Oxford University Press no se responsabiliza
de cualquier error, omisión, imprecisión, ambigüedad o pérdida.
© del texto: Ronald Syme, 1958.
© de la traducción: Roc Filella y Jesús Jiménez, 2025.
© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S. L. U., 2025.
Av. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona
www.rbalibros.com
Primera edición: mayo de 2025.
REF.: GEBO714
ISBN: 978-84-2493-994-6
Composición digital: www.acatia.es
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.
A Tácito nunca le han faltado elogios por su estilo y su redacción. Otra cosa, quizá, es su calidad como historiador. En la edad moderna, la tendencia de los estudios e investigaciones se le puso en contra, lo cual generó duros juicios sobre su obra. Ha llegado el momento de hacer una evaluación más justa, una aproximación más exhaustiva al autor y su época. Tácito había sido un excelente orador, y escribió siguiendo una tradición respetable. Pero no fue un simple comentarista. Fue senador, cónsul y procónsul romano de Asia.
Quien no fuera senador no podría entender la historia política ni especializarse en ella. Ni tampoco se puede entender a un historiador político de forma aislada. Tiene que conocer los hechos, investigar y analizar a sus coetáneos en sus profesiones y actividades. El tema requiere una imagen amplia y muchos detalles. Gran parte del material nunca se ha reunido como un solo conjunto, y mucho menos se ha interpretado adecuadamente.
La oligarquía es el tema sobresaliente, central y permanente de la historia romana. A través de la edad revolucionaria une la República aristocrática con la monocracia de los césares; y el proceso de cambio en el orden gobernante tiene su secuela en el siglo que media entre César Augusto y Trajano. En el diseño de esta obra, Cornelio Tácito emerge como un exponente de ese proceso, pero también es uno de sus protagonistas, su obra es también un documento personal. Por mi parte, debo confesar que el apartado de la conclusión, «Los nuevos romanos» (capítulos XLIII-V), está en deuda con un libro empezado hace muchos años, interrumpido muy pronto, y aún por terminar: La Roma de las Provincias.
El esmero y la exactitud, según dicen, son los únicos méritos que el historiador puede atribuirse justamente. Una virtud no siempre garantiza la otra. Cuanto mayor es la documentación de que se dispone, mayores son las probabilidades de equivocarse. Además, el tiempo y el examen meticuloso desvelarán interpretaciones falsas y errores. El registro es solo una de las múltiples piezas, de muchos agentes se sabe poco más que el nombre, y muchos hechos se esconden tras una espesa oscuridad; de ahí el riesgo al reconstruir hechos pasados. Pero las conjeturas son inevitables, de lo contrario no merece la pena escribir la historia, porque sería imposible de entender. Y, el mayor peligro, la autoridad del propio Tácito: sólida, sutil y omnipresente. Es posible que aquí Tácito se beneficie de una presentación demasiado favorable, y que el lungo studio no afecte al grande amore.
Ha sido este un trabajo largo y laborioso (aunque toda tarea ardua también puede constituir un auténtico placer). Han sido numerosos los retrasos y los momentos de hastío. Además, la preparación del texto escrito para su publicación y la elaboración del extenso índice, no pudieron contar con la ayuda de ninguna entidad académica, ni de ningún tipo de financiación u organismo que se dedicaran a fomentar la investigación de la historia y las cartas. Por tanto, quiero manifestar mi profundo agradecimiento a Mrs. D. M. Davin, Mr. E. Birley, y Mr. G. E. F. Chilver por su ayuda (en lo referente al estilo, el contenido y la exactitud) en distintos momentos entre la redacción de la obra y su prueba final.
Tácito insiste en el azar y el riesgo propios del quehacer humano: «ludibria rerum mortalium cunctis in negotiis!». Es una suerte y un privilegio que uno pueda acompañar durante muchos años a un historiador que conoció las peores cosas, encontró pocas razones para la dicha, la esperanza o la confianza y, pese a ello, creía en la dignidad humana y la libertad de expresión.
R. S.
Oxford
El Principado surgió de la usurpación. Si un hombre se hacía con el poder por la fuerza, lo mismo podía hacer otro. El nacimiento o el empuje y el vigor, el azar o la conjunción de los astros determinaban quién iba a gobernar el mundo. Cien años después de la victoria en Accio, el linaje de César Augusto acabó en una catástrofe. La locura de Nerón y una cadena de accidentes subvirtieron la dinastía.
Nerón temía a los generales. Paradójicamente, el primer paso lo dio un gobernador de provincia carente de un ejército regular. Cayo Julio Víndex puso en pie de guerra a las tribus de la Galia, un levantamiento que resultó desastroso. Las legiones romanas del Rin ansiaban entablar batalla contra las levas nativas, y Lucio Virginio Rufo, al mando de la Germania Superior, obtuvo una importante victoria. Virginio le habría salvado el Imperio a Nerón, si Nerón hubiera tenido capacidad y sano juicio. En el norte de Italia se estaba armando un gran ejército (y no hay signo alguno de que a Virginio se le pasara por la mente una traición), pero Nerón se impacientó demasiado pronto. Los rumores hicieron que le embargaran la confusión y el pánico. La intriga hizo el resto. No pudo mantener la lealtad de la Guardia Pretoriana.
La Galia inició la revuelta contra Nerón, pero Hispania proveyó a su sucesor, un hombre ya entrado en años a quien muchos habían olvidado. Víndex indujo a unirse al movimiento a Sulpicio Galba, y este aprovechó el prestigio de Víndex; resultó así que Galba, cuya causa parecía destinada al fracaso tras la derrota de su aliado, al final se convirtió en emperador, aunque no todos lo aceptaron con agrado. Las legiones del Rin habían tardado en abandonar a Nerón, y Virginio Rufo no se mostró muy entusiasmado con Galba. No era que él quisiera hacerse con el poder. Los soldados se lo pidieron a su victorioso general, pero este lo rechazó. Solo Roma y el Senado, dijo, tenían competencias para otorgar la autoridad imperial. Virginio hizo honor a ese principio y con ello acrecentó su fama.
Las razones que llevaron a Virginio a mantenerse fiel a Nerón seguían siendo válidas una vez muerto este. Virginio Rufo era el primero de su familia que pasaba a formar parte del Gobierno, por lo que carecía de prestigio y alianzas. El poder supremo no estaba a su alcance.
Galba parecía ser el hombre adecuado. Pertenecía a un linaje muy antiguo, y contaba con el favor de todos los gobernantes desde César Augusto; su carrera lo llevó a ocupar puestos de mando militar; y, superando diversos obstáculos, se ganó la fama de hombre sagaz. Además, los astros habían pronosticado el destino de Sulpicio Galba. Así lo reveló un especialista en la ciencia de la astrología hacía tiempo: nada menos que Tiberio César.
Por consiguiente, tal como señalaba el destino, a Galba le llegó el poder ya en su vejez. El miedo o la ambición senil lo incitaron a tomar aquello que se le ofrecía, con un pretexto y una exigencia justos. Su linaje, el ejercicio de la política y el prestigio avalaban a Galba, que generó grandes expectativas. Galba no pudo hacerlas realidad: «omnium consensu capax imperii, nisi imperasset».
Siete meses después de la muerte de Nerón fueron suficientes. Incluso el abúlico Galba vio cuál era su situación. Intentó evitar el desastre nombrando a un adjunto y heredero, al que adoptó como hijo suyo. Eligió para ello a un aristócrata, pero se alejó de la suntuosidad y de lo superficial. Pisón Liciniano era un joven de conducta discreta y sin tacha, señalado únicamente por la desgracia: los césares asesinaron a su padre, a su madre y a dos hermanos; y él había vivido mucho tiempo en el exilio. Pisón desconocía completamente la corte imperial, los usos y costumbres del Gobierno, o el control de los ejércitos. En esta selección Galba consideró el abolengo y las virtudes negativas, con lo cual demostraba su propia incompetencia. Galba fue un impostor. Se habían empleado palabras erróneas. Se elogiaba su prudencia, pero era apatía.
La adopción no fue un remedio, sino un acto de desesperación. Solo sirvió para exasperar a la Guardia Pretoriana y acelerar los planes criminales de Marco Salvio Otón, a quien Galba había ignorado. De todos modos, ya fuera Pisón o cualquier otro, era demasiado tarde. Los ejércitos del Rin ya tenían a su propio emperador. La ira los empujaba, indignados como estaban porque Hispania, que solo contaba con una legión, se aprovechara de su victoria, y de ella saliera un césar. El primer día del año 69, las tropas de Moguntiacum se negaron a mantener su lealtad y derribaron todas las imágenes de Galba. La revuelta se extendió enseguida de la Germania Superior a la Inferior, donde Aulo Vitelio fue proclamado emperador, con el nombre y el título de «Germánico».
Galba fue asesinado en Roma, y el candidato de la Guardia tuvo que enfrentarse a la arremetida de una invasión dirigida por los generales de Vitelio. Otón salió a combatirlos al norte de Italia, donde fue derrotado no lejos de Cremona, pero Vitelio no iba a ostentar el poder durante mucho tiempo. Pocos meses después, los ejércitos del Danubio intervinieron en favor de otro aspirante que había aparecido en Oriente. La intriga había sido activa, y contaba con defensores bien dispuestos. Las columnas ligeras cruzaron los Alpes julianos, a estas las siguieron las legiones, y se libró una segunda batalla en las mismas inmediaciones.
En una competición armada por hacerse con el poder, la importancia de los antepasados se redujo de forma drástica. La familia de Otón, de origen popular, ascendió y prosperó gracias al patrocinio de la casa gobernante. Vitelio pertenecía a la misma clase y categoría, y el éxito de su padre fue más que desproporcionado —cónsul por tercera vez y primer ministro de Claudio César—. Otón era un cortesano y un hombre de moda. Antes de ser emperador, nunca había estado al mando de ningún ejército, como tampoco lo había estado Vitelio hasta que Galba, que por esa razón depositó imprudentemente su confianza en él, enviándolo como legado a la Germania Inferior. Vitelio nunca antes había visto un campamento.
Si Otón y Vitelio eran elegibles, había llegado el momento de que los militares sopesaran sus posibilidades. Los consejeros de Nerón acertaron al escoger a Verginio Rufo; y no consideraron que fuera ningún desprecio enviar a Licinio Muciano a gobernar Siria, y a Flavio Vespasiano a aplastar la rebelión de Judea. Uno y otro conocían las provincias y los ejércitos, pero, al igual que Verginio, carecían del beneficio del nacimiento y el prestigio. Tampoco podrían haberse alzado contra Nerón. Sin embargo, la sucesión de los acontecimientos ahora los encumbraba. Y cuando Muciano, poseedor de diversas cualidades, ambicioso pero satisfecho con un discreto poder, anunció que estaba dispuesto a renunciar a sus demandas en favor de alguien que tuviera hijos y pudiera fundar una dinastía, el rival se convirtió en aliado, incitando a Vespasiano a aceptar el regalo de la Fortuna.
A la muerte de Nerón, en un solo año hubo tres emperadores. El gobierno de Vespasiano, poniendo orden en la anarquía, prometió un segundo siglo de gobierno estable para Roma y las naciones. El destino dispuso que tal propósito no se lograra con su propia línea sucesoria, ni sin obstáculos. La dinastía duró muy poco: diez años de Vespasiano, tres de Tito y quince de Domiciano.
El mandato de Domiciano arrancó bien, con una política interior irreprochable. El emperador no tardó en dirigirse a la Galia, marchó al Rin y aplastó a los chatti, la más formidable de todas las tribus germanas occidentales. Sin embargo, la amenaza del Danubio se agravaba. El problema empezó con una incursión de los dacios. Y posteriormente otros pueblos —sármatas y germanos— también se enfrentarían a Roma.
Tras varios desastres se obtuvo una victoria en Dacia; pero antes de que esta guerra terminara, Domiciano tuvo que hacer frente a una traición armada y a un rival. Antonio Saturnino, gobernador de la Germania Superior, se autoproclamó emperador el primer día de enero del año 89. Acababa de dar comienzo una guerra civil. Sin embargo, se resolvió pronto, con la derrota de Antonio a manos del comandante del otro ejército del Rin.
Estos acontecimientos marcaron el punto de inflexión del mandato. El miedo y la desconfianza impulsaron a Domiciano a una actuación despótica. El choque manifiesto con el Senado no se produjo hasta el 93. La causa fue una acusación de alta traición, y en esa batalla hubo muchos muertos. Los primeros que sufrieron fueron determinados hombres de integridad intachable (un grupo, y casi un partido). También se cuestionaron el derecho por nacimiento y la ambición. El resto esperaba en silencio, temeroso, y la mayoría solo pensaba en su propia seguridad y su progreso en la carrera de los honores.
El 18 de septiembre del año 96 d. C., Domiciano fue asesinado en el palacio. El chambelán imperial planeó y supervisó el proceso. Los Flavio habían seguido el camino de los Julio y los Claudio. ¿Hasta qué punto iban a parecerse la escena y los personajes de la historia que ahora se repetía: un traspaso pacífico del poder o una rápida secuencia de guerras y proclamas?
Encontraron a un nuevo emperador y fue nombrado como tal: Marco Coceyo Nerva. No fue la primera elección, habían pensado en otros, el tiempo apremiaba. Pero los conspiradores y la facción de la corte no ignoraban todas las circunstancias. Su hombre era socialmente distinguido y no tenía enemigos.
La posición de los Coceyo no se remontaba a la República. Tenía su origen en el periodo revolucionario, y uno de sus antepasados fue general con Marco Antonio. Ahora habían transcurrido cuatro generaciones desde la batalla de Accio, de modo que escaseaban los descendientes del Triunvirato o de los cónsules de Augusto. En cuanto a las grandes familias republicanas, pocas sobrevivieron después de Nerón, que fue el último de los Domicio, y también el último césar de la línea de Juliano y Claudio. Nerva estaba unido a esta casa por un frágil eslabón, no de sangre sino de simple parentesco: el matrimonio de un tío materno.1
En la Roma de los césares era peligroso tener alguna conexión dinástica, un nombre conocido en la historia, o cualquier talento llamativo. Nerva practicaba esa discreción que los hombres llamaban quies si la aprobaban o, en caso contrario inertia o segnitia. Su abuelo, amigo íntimo de Tiberio César, había sido el principal jurista de la época, y su padre siguió la tradición, pero Nerva consideró que el estudio de las leyes no merecía el esfuerzo que exigía ni proporcionaba ninguna recompensa. Su nombre no figura en el cuadro de honor de la jurisprudencia romana, y el único edicto que se conserva de la época de su mandato es ampuloso y de escasa relevancia.2
Nerva nunca había visto una provincia ni un ejército. Tampoco era un orador público. Prefería las letras y las artes. Escribió versos superficiales y se ganó el favor de Nerón, quien lo saludaba como el Tíbulo de la época.3 Por su fidelidad al patrono imperial, el cortesano podría haberse ganado algún título. Cuando se detectó una conspiración y fue aplastada, el emperador no escatimó los honores de la victoria a los amigos, representantes y consejeros. Nerva, pese a que aún no era pretor, fue el más favorecido, y se le concedió nada menos que la alta condecoración de la ornamenta triumphalia, una estatua del Palatino, una estatua del Foro —esta última revestida con ornamentos triunfales—.4 Aparte de Nerva, el único amigo de Nerón que fue honrado con estatuas fue el comandante de la Guardia Pretoriana, Ofonio Tigelino. No se ha desvelado qué hizo Nerva para que se le equiparara con Tigelino.
El historiador que registra con tanto cuidado esta operación puede obviar el comentario o el epíteto. Bastaba con dejar constancia de los emblemas militares de un civil y solo el nombre de Coceyo Nerva. Huelga añadir que Nerva se erigió en sublime ejemplo de aquella sarcástica paradoja de toda vida humana, que donde mejor se aplicaba era en el hombre cuando meditaba sobre cosas antiguas y cosas modernas. Los rumores, las conjeturas y la estima pública hubieran designado a cualquiera para vestir de púrpura, a cualquiera menos al mandatario que la Fortuna tenía reservado entre bastidores.5
A Nerva no se lo menciona entre los aliados de Nerón (el verdadero o el falso); y no deja rastro en los acontecimientos del año 69. La cautela y la lealtad al Gobierno, cualquiera que este pudiera ser, aseguraban la supervivencia de Nerva, que pronto mejoró su posición con honores más modestos y convencionales que la recompensa que le concedió Nerón. Vespasiano lo escogió inmediatamente para inaugurar los años de paz como su collega consular en el año 71; Nerva compartió los fasces con un emperador por segunda vez, en el 90; y adquirió debidamente varios sacerdocios.
Un hombre seguro y tranquilo: esas eran las dotes y el temperamento del gobernante que sucedió a Domiciano. Había en Nerva otra ventaja. Se conservaba bien a sus sesenta años, aunque aparentaba más —y no tenía hijos—.6
Un príncipe sin hijos alimentaba ciertos prejuicios que el Senado podía exhibir de vez en cuando. Era intolerable (alegaban) que Roma debiera ser tratada como propiedad hereditaria de una única familia. Este era el más justo de los pretextos —y una milagrosa tentación para conspirar e intrigar—. Significaba que la batalla por la sucesión de Coceyo Nerva ya podía empezar.
Con el asesinato de un déspota o la destrucción de una dinastía se consigue menos de lo que algunos esperan. Después de los cambios de la recién conseguida liberación, los hombres miran a su alrededor y descubren que el sistema permanece —como la mayoría de sus miembros—. Así ocurrió cuando César el Dictador cayó, y otras muchas veces en la historia de la Roma imperial. ¿Cómo consiguió M. Coceyo Nerva seguir con los amigos de la dinastía y con aquellos que detentaban en secreto el poder?
Es pura ficción que en cierto momento fuera proscrito por Domiciano, y una invención fraudulenta que el tirano pusiera en peligro su vida.7 Tampoco era un hombre al que se le pudieran acercar conspiradores de cualquier tipo con confianza (dada su pasada actuación) hasta que se llevó a cabo la acción.8 Es muy extraño que Nerva aceptara. Nerva es más una figura de la corte que el líder de un grupo o una facción. Tenía pocas conexiones. Pese a su linaje, sus parientes habían perdido rango e influencia —y algunos tal vez eran perjudiciales—.9 Nerva no tenía vínculos de sangre o matrimonio con legados del Gobierno que regentaban las provincias armadas.
Si el nuevo Princeps no tenía incentivos para practicar el nepotismo, la gerontocracia entrañaba cierto peligro. Para ganarse la aprobación, Nerva señaló a ciertos senadores para su promoción, unos senadores cuyos méritos, al parecer, no se habían tenido en cuenta. El venerable Verginio Rufo sobrevivió, recordando las guerras y los disturbios de la generación anterior. A sus ochenta y tres años lo sacan de su retiro y lo convencen para que asuma un tercer consulado como collega del Princeps en el 97. Otros veteranos, aunque ninguno de tanta edad como Verginio, regresan ahora a la escena pública. El afable Arrio Antonino pasa a ser cónsul por segunda vez.10 A Julio Frontino, gobernador de Britania veinte años antes, se le confían los acueductos de Roma.11 Frontino pronto tendrá un segundo consulado, al igual que Vestricio Espurina, un viejo équite con buena salud y amante del deporte.12 Corelio Rufo, aunque minusválido, es elegido para trabajar en una comisión agraria, pero prefiere acabar con los dolores que padecía dejando de comer y beber: lo que lo mantuvo hasta ese momento fue su firme decisión de sobrevivir a Domiciano, «ese forajido».13
Fue un dispositivo político para evidenciar el contraste con el régimen que había concluido, y Nerva buscó la ayuda de hombres de su propia generación que habían sido cónsules unos veinticinco años antes. En algunos descubrió gustos o un temperamento como los suyos. No era que su debilidad pudiera compararse con las exigentes ocupaciones del viejo Espurina, adicto a los paseos por el campo y a los juegos de pelota. Pero Espurina era ligero y alegre. Escribía poemas tanto en latín como en griego, y su carácter irreprochable añadía gracia a su verso romántico o erótico.14
Había otros personajes de reconocida fama y distinción, uno de los cuales ocupaba el puesto de prefecto de la ciudad.15 Pero resultaría arriesgado indagar en lo que siguió a Nerva, como tampoco es cierto que los cinco cónsules nombrados habían estado estrechamente relacionados con él anteriormente. Los cinco tenían una cosa en común: carecían del favor evidente de Domiciano. Sin embargo, Nerva ostentó su segundo consulado como regalo de dicho emperador.
No todos los hombres que servían al Gobierno tenían por ello la suerte de mantener su reputación indemne. Ser ministro de los césares requería mucha agilidad y entrañaba muchos riesgos. Un hombre debía conocer los caprichos del autócrata y guiarlo en esa dirección, ponerlo en guardia contra los enemigos, y también disuadirlo de explosiones de ira, repentinas ideas propias de un genio e imprudencias similares: en pocas palabras, instruir, entretener y fortalecer al dueño del mundo. La política de palacio podía invitar a un amigo del César a que apaciguara las discordias de la dinastía, mediar entre el emperador y su consorte, o influir positivamente en los oficiales de la casa; y él tenía la clara obligación de mantener el equilibrio entre grupos opuestos y manipular el tráfico de honores sin escándalo ni excesiva codicia. La mayor parte de todo ello se podía hacer sin mostrarlo, pero la elocuencia era un requisito para exponer con suavidad la voluntad del César a la Alta Asamblea y conseguir el beneplácito de los senadores con muestras de deferencia —y a veces también era necesario reprimir las críticas o desenmascarar a algún descontento oculto—.
El arte de la oratoria había reportado riqueza y fama a varios hombres malvados. Caracterizados por su ambición impaciente y por una fervorosa devoción hacia los intereses del gobernante, se les temía y odiaba. Algunos, como Eprio Marcelo, eran violentos y airados, en cambio, Vibio Crispo era amable, elegante y jocoso.16 Eprio cayó en la amargura, pero Vibio continuó con serenidad y ascendió a la cumbre de un tercer consulado con Domiciano. Vibio Crispo había fallecido hacía poco. El más astuto de todos ellos seguía vivo: Fabricio Veiento, merecedor de mantenerse en una notable sucesión y recibir el honor, tal era su inquebrantable lealtad, de una estatua en el Foro Romano con alguna lápida adecuada.17
La ironía del destino o la malicia de un historiador presenta a Veiento durante el mandato de Nerón de forma ligera e indigna. Fue enviado al exilio por una doble acusación: escritos difamatorios y venta de patrocinio.18 Regresó a la muerte de Nerón (o quizá antes) y se ganó las simpatías de la dinastía Flavia, hasta el punto de que se aseguró de inmediato el consulado concedido por Vespasiano, otro por Tito (poco antes de la catástrofe de Eprio Marcelo), y un tercero por Domiciano.19 En sus sátiras, Veiento se burlaba de los senadores y sacerdotes. Llegó a lo más alto que podía alcanzar una persona, a un tercer consulado, por lo que este noble anciano estaba adornado con todos los atributos del éxito, incluidos un total de cuatro sacerdocios.20 Veiento empezó como comerciante de patrocinios menores, y acabó como mercader de honores.
Las políticas secretas fueron inherentes al Principado desde el principio. El mandato de los césares, al abolir el debate abierto sobre cuestiones de alta política, anuncia la era del gabinete de Gobierno. Por consiguiente, es mucho más notable que Estacio, un escritor cuya valentía y originalidad no se le suelen reconocer, tuviera la osadía de versificar un Consejo de Estado en tiempos de Domiciano. El poema le dio oportunidad de glorificar al emperador y también de incorporar al espectáculo a los principales personajes del Estado y la sociedad, ya fueran de clase senatorial o ecuestre. Destacan emparejados Fabricio Veiento y Vibio Crispo.21
Un satírico se dio cuenta de la gran riqueza del tema. Escribió una parodia.22 La escena transcurre en la villa de Domiciano en Alba Longa, donde los altos dignatarios se reunían en convocatorias urgentes, pálidos y asustados. Era pura farsa. Estaban allí para hablar sobre qué había que hacer con un gran pescado que le habían ofrecido al emperador. El prefecto de la ciudad hizo su entrada seguido de cerca por Vibio Crispo; y cerraba el desfile el sagaz Veiento junto con un hombre odioso, Catulo Mesalino. Lo que una sátira no podía distorsionar, lo confirmaba una anécdota.23 En una exclusiva fiesta con cena incluida que ofrece Nerva vemos a Veiento, reclinado junto al emperador, casi en sus brazos. Los invitados se pusieron a hablar sobre Catulo Mesalino, y fue mucho lo que se dijo acerca de su crueldad; cuando Nerva preguntó: «¿Qué suponemos que hubiera pasado si siguiera vivo?», uno de los presentes, Junio Maurico, se apresuró a responder: «Estaría cenando con nosotros». La finalidad de la historia, contada con sumo ingenio, es ejemplificar la valentía de Maurico, cuando es posible que la verdad no fuera que Maurico era valiente y Nerva inocente, sino que el emperador, más sutil que algunos de los allí reunidos, les tendió una trampa, obtuvo la respuesta que quería y puso fin a un tema de conversación del que antes se había oído hablar con frecuencia.
Tal vez sea un escándalo que la fama y la influencia de un ministro del despotismo sobrevivieran sin perjuicio alguno. No debe sorprender a nadie que haya hecho un breve repaso del proceso del gobierno civil. Los cinco cónsules de mayor edad, ahora expuestos a la mirada de todos, fueron nombrados por su reconocida integridad y buena reputación. Si se quería que la administración funcionara, se precisaban consejeros que hubieran contado con la confianza del anterior gobernante, poseedores de secretos de Estado no divulgados aún a todo el mundo: en resumen, personajes como Fabricio Veiento. Aquel anciano hacía gala y disfrutaba de su propia sagacidad, un nuevo Néstor o un Fabio.24 No hay indicios de que fuera un orador persuasivo.
El emperador encontró en Veiento a un amigo simpático, en el que convergían la elegancia social y el talento literario, una reliquia de los viejos tiempos de Nerón. Y no solo eso, en él halló a un sabio consejero. Avanzando en el servicio al Gobierno romano y pasando de Domiciano a Nerva, el refinado Veiento mostraba en su propia persona la continuidad normal de la alta política —y, si de nuevo parecía inminente un cambio, sin duda estaba atento para salvar el paso de Nerva a su sucesor—.
El propio M. Coceyo Nerva podía beneficiarse de una experiencia larga y tortuosa en las costumbres de palacio. Al igual que Fabricio Veiento, él había sobrevivido, y lo había hecho sin descrédito alguno; como Vibio Crispo, estaba satisfecho de seguir la corriente, y no estaba dispuesto a sacrificar su vida por la causa de la verdad.25 Nadie niega el reconocimiento de sus dotes como diplomático, sosegado y sutil. Capaz de guiar la política con arte e influencia, Nerva no era igual en la tarea de dirigir un gobierno en unos tiempos turbulentos.26
Se recuperó la libertad y Roma renació. Las leyendas «Libertas publica» y «Roma renascens» abundan en las monedas.27 Hasta ese momento, libertas y principatus eran incompatibles. El nuevo gobernante las armonizó, y ahora iba a empezar una era de felicidad.28 En realidad, si el lema parecía prometedor, la mezcla era peligrosa y cabía esperar que provocara revueltas. Los hombres sensatos, que conocían la fraseología, observaban y esperaban, haciendo planes por si surgían problemas. También se había publicado fuera de las fronteras del Imperio que los ejércitos estaban unidos en su alianza con el Gobierno —«concordia exercituum»—.29 Era una declaración no solo prematura, sino siniestra y osada. Los ejércitos aún no habían hablado. Era un secreto a voces que el emperador no tenía por qué surgir de Roma.30
Los primeros días del nuevo mandato fueron alegres y bulliciosos —júbilo, honor y venganza—. Los senadores se mostraban exultantes al contemplar cómo se derribaban las estatuas de Domiciano o los arcos y la vanidad que representaban. Los esclavos o liberados que habían denunciado a sus amos fueron sometidos a juicios sumarios, se persiguió y dio muerte a los espías gubernamentales. Las enemistades privadas quedaron al descubierto, y pronto se reanudaron los exilios.
Entre los agentes del despotismo, solo perecieron los oficiales menores o los hombres de bajo rango. A los más importantes los salvó la riqueza y la influencia, con las que lograron una protección hábilmente ideada contra cualquier cambio de fortuna. Así que el Senado se ganó no poca impopularidad entre los otros órdenes. Uno de los cónsules, alarmado, protestó. La anarquía, dijo, es peor que la tiranía.31
Junto con la Libertas, las monedas anunciaban la iustitia y la aequitas de los Princeps.32 Nerva era de temperamento y principios sosegados y relajados, incapaz de enfrentarse al Imperio. Con razón, su amigo Arrio Antonino sentía lástima de él.33 La moderación se convertía en debilidad ante los problemas que debía afrontar el Gobierno. Al cabo de unos meses, en primavera o a principios del verano del año 97, el dinero empezó a agotarse. Para economizar, el Senado nombró una comisión de cónsules, entre ellos Julio Frontino y Vestricio Espurina.34
Las alegaciones de que los fondos escaseaban no siempre eran creídas en Roma. Esta vez, es posible que dicha carencia fuera auténtica. Como determinaba la costumbre, al principio del mandato la administración debía pagar grandes sumas a la plebe y a las tropas. Cuando Roma adoptó una política de gastos que incluía lujos aún mayores, Italia, y las provincias, decidieron otorgar un mayor reconocimiento a la Casa Flavia, el tesoro, que se había mantenido lleno gracias a la cuidadosa gestión de Domiciano, se resintió de la tensión. Una vez apartado el rígido inquisidor, asomaron seductoras perspectivas de malversación dentro y fuera del Imperio: los gobernadores explotaron alegremente su licencia recién encontrada.35 Y si bien parecía previsible que estallara una guerra civil, asimismo resultaba tentador incautar los ingresos de las provincias.
Entretanto, los senadores y grupos de senadores tejían sus redes de intriga para hacerse con una posición política y ganar influencia. Los gobernadores de las provincias regresaron a casa, otros se fueron —y alguno de los nombramientos consulares para puestos de mando del Ejército dieron lugar a comentarios y predicciones—. Si un cambio de gobernante ponía freno a algunas ambiciones, aceleraba otras muchas. La primera lista de cónsules solía ser larga. Las designaciones de Domiciano para el 97 añadieron un suplemento.36 Cabía esperar que el año siguiente fuera fecundo, pero si el Gobierno ocupaba varias plazas con segundos consulados para los ancianos que lo apoyaron, la competencia sería encarnizada.
Cuando un senador parecía vulnerable, se podía hacer cualquier cosa para agravar su descrédito o impedir que promocionara. El juego presentaba obstáculos —y los hombres de Estado de larga tradición estaban sobre aviso y daban acertados argumentos, despreciando el encono o la precipitación—. La amenaza de una imputación regular contra un hombre llamado Publicio Certo dio lugar a un acalorado debate, en el que intervino Veiento para poner paz. También existía la intervención privada. Uno de los consulares formuló su sosegada advertencia: la acción era provocadora y responsable de que algún futuro emperador la registrara desfavorablemente. Otro era más preciso. Apuntó al poder y la influencia de Publicio, a los amigos y aliados que pudiera comandar, y mencionó al gobernador de Siria, cuyo ejército gozaba de prestigio y tenía muchos soldados, una actitud que dio origen a los rumores más alarmantes.37
Las especulaciones sobre un sustituto de un gobernante débil (y de mala salud) estaban a la orden del día desde hacía tiempo, con más intrigas y ambición que el buen juicio o la preocupación por el bienestar público. Se hablaba de conspiración. Calpurnio Craso, un noble cuyo ilustre linaje incluía nombres de poder antiguo, fue denunciado junto con sus seguidores.38 Nerva no podía ignorarlo. Los invitó a que se presentaran ante él y les entregó unas espadas para que las inspeccionaran, demostrando con ello que no le importaba lo que pudiera ocurrirle. Es posible que el Princeps los reprendiera y se diera cuenta de una triste realidad: el linaje ya no contaba.
Nerva afirmó que como Princeps no había hecho nada por impedir la renuncia al poder y la posibilidad de regresar sano y salvo a la vida privada.39 Su libre decisión no le garantizaba el descanso. No se requería ningún astrólogo para predecir que a Nerva lo sucedería un militar. La única pregunta era: ¿después de una guerra civil o evitando una guerra civil?
Ocurrió que la tormenta no estalló antes de otoño. Pese a informes ambiguos, el legado de Siria no hizo movimiento alguno, y los grandes ejércitos de las provincias de la frontera norte no parecían suponer una manifiesta amenaza. Los disturbios empezaron en la ciudad de Roma.
La Guardia se rebeló. Los soldados se dirigieron de inmediato en tumulto a palacio, clamando venganza contra los asesinos de Domiciano. Nerva accedió. El comandante de la Guardia, Casperio Eliano se había convertido en cómplice de los amotinados y en su líder en brutalidad. Casperio obligó al Princeps a expresar su agradecimiento a la soldadesca de forma solemne y pública.
En los anales del Imperio se acusa constantemente a los pretorianos de provocar disturbios y saqueos. No siempre era así. La repentina destitución de Domiciano sorprendió a la Guardia, y nadie quiso ponerse al frente cuando clamaban porque su emperador muerto fuera deificado.1 Se dice que los dos prefectos que entonces ocupaban el cargo, Petronio Segundo y Norbano, estaban al corriente de la conspiración.2 Si no lo estaban,lo cierto es que fueron derrotados enseguida, las tropas se apaciguaron, y ellos guardaron silencio durante más de un año. Norbano desaparece del registro histórico, y ahora, en octubre del 97, un nuevo comandante, Casperio Eliano, saca provecho del problema (tal vez incluso lo provoca), y acaba con Petronio Segundo y los asesinos. Casperio ya había ostentado la prefectura una vez, con Domiciano, al final del mandato.3 A ciencia cierta, nada se sabe sobre su origen, su familia o sus amigos.4
El pasado histórico, con los nombres de Elio Sejano y Nimfidio Sabino, demostraba qué podía esperar conseguir un comandante de la Guardia mediante la habilidad o la violencia. Sejano actuaba con sigilo, no para derrocar a Tiberio César, sino para hacerse con el control del Princeps y el Gobierno. Sin embargo, Nimfidio, después de abandonar a Nerón y sustituir a Tigelino, se encontraba en una posición ventajosa, con el nuevo emperador muy lejos, en Hispania, y la alianza de muchos ejércitos aún dudosa. Intentó una proclamación, contando con la ayuda de aliados senatoriales.
El pasado histórico también demostraba que los ejércitos de las provincias no apoyarían fácilmente a un pretendiente de la metrópoli. Desde la muerte de Domiciano, la competencia por los puestos de mando militares agudizó la rivalidad de las facciones del Senado e irritó al Gobierno con opciones repugnantes. Un hombre de edad avanzada estaría seguro con un ejército, un proceder que a menudo habían favorecido los emperadores recelosos, pero no era cierto que fuera capaz de dominar a sus tropas y lugartenientes, mientras que el vigor de un comandante joven podía despertar aspiraciones peligrosas.
Cuando los pretorianos se adueñaron de Roma, la catástrofe amenazaba con llevar al Estado a la ruina en la cabeza de su desventurado gobernante. Nerva había perdido toda autoridad. Si Nerva estaba de acuerdo, aún quedaba tiempo para salvarlo todo, y había un remedio. No existe registro alguno, ni siquiera un indicio, sobre qué ocurrió en el cónclave secreto del Consejo Imperial, y quién formuló los argumentos que prevalecieron; y si por una vez el prefecto de la Guardia quizá estuvo ausente, había otros dignatarios y otros consejeros que forzaron una rápida decisión.5
El Princeps no podía huir de Roma para refugiarse con las legiones: no lo conocían. Pero podía impedir la rebelión apelando a los generales o a la rendición de estos. La buena noticia de una pequeña victoria en el Danubio, obra del ejército de Panonia, se hizo pública oportunamente, y Nerva subió al Capitolio, se puso ante el altar de Júpiter Óptimo Máximo y desde allí anunció que iba a compartir el poder con uno de los generales, al que adoptó como hijo.6 Pero no fue el legado de Panonia. Escogió al legado M. Ulpio Trajano, el comandante del ejército de la Germania Superior.7 En el momento adecuado y de manera puntual, se siguieron otras formalidades. Los nubarrones que anunciaban tormenta se alejaron, y todos los disturbios se aquietaron enseguida.
En aquellos aciagos días, destacó y se elogió la discreción de Nerva. El Imperio descubrió quién era realmente. Pero Nerva se salvó, ya fuera por el miedo, ya por astucia, gracias a unos sabios consejeros o por una fuerte y agobiante coacción. Nerva tenía parientes donde elegir, y era posible hallar entre ellos a descendientes de la nobleza republicana. No muchos, es verdad: ninguno en puestos de mando importantes, y ninguno que pudiera relacionarse con el supuesto conspirador, cuyo linaje no solo se remontaría a los Calpurnios Pisones, sino también a las dinastías de Pompeyo y Craso. Eran sobre todo los candidatos de familias que ascendieron y se hicieron con un consulado en la época revolucionaria o durante el mandato de César Augusto. Nerva prescindió de ellos. Fueran las que fuesen sus predilecciones, se inclinó por elegir a Trajano y asignar a la virtus de un hombre la primacía sobre su «patria».8
Nerva acertó en su elección. Dos emperadores para compartir la suprema autoridad no era en absoluto una fantasía inútil. El objetivo se podía alcanzar, podía ser un mecanismo útil si se dividían las funciones, con un gobernante civil en Roma para gestionar el Senado y supervisar la política, al tiempo que un militar controlaba las provincias que disponían de ejército. Era un plan arriesgado a menos que no supusiera un gran esfuerzo, si no sacaba su fuerza de los lazos de la costumbre y la familia, de la concordia y la paciencia. Cabía prever que los defensores entusiastas y la lucha de las facciones pudieran resultar fatales. Cualquier prolongada supervivencia de Nerva podría llevarlo únicamente a un retiro permanente en alguna isla. Solo tres meses después, rauda y compasiva, le sobrevino la muerte.9
En Roma se mitigó el despotismo para el senador, el historiador o el satírico. Aunque obligados a elogiar al emperador gobernante, o a callar, a menudo podían liberarse de ataduras con su predecesor, incluso si ese predecesor había figurado entre los dioses del Estado romano. Trajano incorporó el nombre de Nerva a su titulatura e hizo todo lo que procedía para su consagración, pero nada hace pensar que sintiera por él ninguna estima ni gratitud especiales. El nuevo emperador, se decía, primero lloró por Nerva, como debe hacer un hijo, y después lo glorificó con un templo.10 Si las lágrimas eran una convención, el templo debía ser un hecho, aunque no queda de él ningún registro. No hay ninguna moneda que anuncie la adopción, ninguna con la leyenda «Divus Nerva» hasta pasados diez años.11
Nerva no dejó tras sí un buen recuerdo. Un panegirista, para magnificar a Trajano, no disfraza la gravedad de la crisis. Trajano, dice, llegó al Imperio no en tiempos de paz, sino amenazantes; tomó el poder de alguien que lamentaba haberlo aceptado. El Estado se estaba derrumbando. La adopción equivalía a una abdicación: compartir el poder significaba entregarlo.12
El final de la dinastía Flavia y la ascensión de Nerva parecen inaugurar una nueva era, que había que aclamar y celebrar debidamente. Desde una perspectiva amplia de la historia, Nerva y la Libertas no son más que un episodio. Las fuertes y persistentes tendencias reanudan su curso. Se salvan y respetan las propiedades, pero hay una brecha en la continuidad entre el principatus de Nerva y el imperium de Trajano. La Libertas retrocede, se descartan las etiquetas, y emergen nuevos hombres.13
Así culminó la lucha por recompensas y premios, cargos y puestos de mando, en los trece meses posteriores al asesinato de Domiciano, unida a una disputa por la sucesión del poder imperial. No se pueden establecer ni relacionar los detalles del tiempo, la persona y el lugar, pero la naturaleza de la crisis y las voluntades que la provocaron no dejan lugar a especulaciones. Con el sacrificio de los asesinos de Domiciano, Casperio y los pretorianos se vengaron crudamente. Fueron otros quienes se beneficiaron. Parece accidental, aunque es posible que hubiera un plan bien dispuesto en algún punto de la operación. La oligarquía militar, ayudada en la retaguardia por determinados hombres, se mostró firme y sutil. Rescataron al Senado de un breve intervalo de Libertas, para situarlo de nuevo en el que era el camino del gobierno, destituyeron a un gobernante incompetente (pues tal fue en efecto su actuación), y pusieron a uno de su propia clase como emperador.14
Había que hacerse necesariamente una pregunta. Era indiscreta y subversiva. ¿La posteridad llegaría a creer que un general que estaba al mando de un ejército grande, fuerte y entregado no fue erigido emperador por ese ejército, que fue Roma y no Germania quien le confirió el sobrenombre de Germanicus?15
Las legiones del Rin gozaban de un gran prestigio, y atesoraban el recuerdo de guerras pasadas y anteriores proclamaciones. Roma se asentaba en su poder, sus victorias ampliaron el Imperio, y los emperadores derivaban de ellas sus títulos.16 Cuando la historia reciente cobró vida de nuevo, los hombres dirigieron sus esperanzas y temores hacia el Rin y el rápido camino a través de los Alpes a la Italia del norte. No hacía mucho de la rebelión en la Galia y de una gran batalla, la caída de Nerón, unas tropas orgullosas y airadas amotinadas y la secuela de una guerra civil, el enfrentamiento de los ejércitos en Italia, y la captura de Roma. Y en el 89 de nuevo Germania, sin que el peligro fuera menor, pese al fracaso del legado que se levantó contra Domiciano.
Domiciano se apresuró a visitar a sus tropas —estuvo en el campamento cuatro veces— y para reforzar su alianza les aumentó la paga. Si bien la noticia de su muerte provocó disturbios en algunos ejércitos de provincias, no se plantearon mayores problemas.17 Pero no cabía dar por supuesto que siguieran obedeciendo sin protestar con un gobernante no militar nacido de una conspiración palaciega, elegido por Partenio el chambelán. Es posible que uno de los generales hiciera una oferta, atento al estado de ánimo de las tropas, empujado por sus impacientes lugartenientes, o envalentonado por los mensajes que le llegaban de sus amigos de Roma. Y el azar pudo intervenir con algún incidente trivial o un alzamiento local.
Trajano permaneció en Maguntiacum, la principal fortificación de la provincia germana superior, tal vez a la espera de que el Gobierno romano se fuera debilitando, o dispuesto a marchar si no se requería su presencia. Trajano no fue proclamado por los soldados.18 No obstante, el mando germano explica en gran medida su ascenso. Los amigos y aliados que coaccionaron este nombramiento de Nerva tenían sus previsiones.
Cuando el premio es el trono, nadie puede competir salvo un cónsul. Diez legados de este rango contaban con los principales mandatos imperiales. El Ejército romano constaba ahora de veintiocho legiones.19 Todas menos cuatro pertenecían a las provincias de los diez consulares.20
La guarnición de Hispania, una de las más fuertes, había decaído mucho desde entonces y solo contaba con una legión; y las guerras de Domiciano contra los pueblos situados más allá del Danubio atrajeron legiones de Britania, el Rin y Dalmacia.21 En los últimos años de su mandato, Britania y las dos Germanias habían pasado de cuatro a tres legiones: en Britania la conquista llegó hasta el norte, y la intervención más allá del Rin, unas veces gradual y otras resuelta, se hizo con una frontera segura y económica en la Germania Inferior. El contraste lo marcó el refuerzo del Danubio: Panonia, cuyas legiones aumentaron hasta cuatro, ahora se convierte en el mando único más fuerte, y las dos provincias de Mesia curso abajo del río contaban con cinco más.22
En las tierras occidentales, Hispania, Britania y el Rin sumaban diez legiones, equilibradas por nueve en el Danubio, en la zona fronteriza central que se extiende del océano septentrional hasta el río Éufrates. En Oriente, frente a Armenia y Mesopotamia, hay dos comandancias consulares, con dos legiones en Capadocia y tres en Siria.
Las legiones permiten un cálculo rápido. Gran parte de las batallas romanas las llevaron a cabo tropas auxiliares. Por el total de regimientos y por las posibilidades de reclutar personal, las regiones occidentales dominan con claridad. Los ejércitos del Rin no se pueden calcular con exactitud sin tener en cuenta los recursos de las tierras de su interior, las tres provincias galas; en cambio, el Danubio puede recurrir a muchas tribus violentas y muy pobladas: Panonia, Dalmacia y Tracia.
El equilibrio del poder militar en las zonas fronterizas había pasado recientemente del Rin al Danubio, sin embargo, los hombres no se habían acostumbrado a esta nueva realidad. Tampoco lo habían hecho las legiones de Panonia y Mesia, pero estaban preparadas para sacar provecho de su fuerza. Con amplios intervalos de dispersión, carecían de una tradición común y de medios para llevar a cabo una acción repentina y concertada; y su rendimiento en el campo de batalla estuvo salpicado de desastres o victorias incompletas. El prestigio de los mandos germánicos era formidable y estaba intacto: Maguntiacum y Colonia Claudia no estaban dispuestas a entregar la primacía de la estima imperial a los nombres que no habían recibido aún ningún honor de Carnuntum, Viminancium o Singidunum.
Los ejércitos más cercanos a Maguntiacum eran los de la Germania Inferior, Britania y Panonia.23 Las legiones de Britania, formadas en la guerra activa, gozaban de buena reputación por su disciplina; y de Britania, como antes, se podía esperar que se mostraran expectantes ante lo que fuera a suceder o siguieran el ejemplo de las legiones del Rin. Todo se volvió contra la Germania Inferior. Según parece, en octubre del 97 el legado o era un aliado de Trajano, o estaba dispuesto a someterse y seguir a otro.24 Una vez coordinados los dos ejércitos podían actuar con rapidez y demostrar su fuerza. Si se trataba de una guerra civil, el primer movimiento era invadir el norte de Italia, anticipándose o repeliendo la vanguardia de las legiones del Danubio.
El mando de Panonia, cruzando por las rutas que llevaban de Italia a las provincias occidentales a los ejércitos de Mesia y a Bizancio, estaba perfectamente situado para atacar o defenderse. El fácil paso a través de los Alpes julianos permitía una invasión de Italia incluso más rápida que desde el Rin y, de no ser así, el legado de Panonia podía defender la barrera de las montañas o caer sobre los ejércitos de Mesia. Las legiones del Danubio podían decidir la contienda a favor de un pretendiente de Oriente si carecían de candidato propio. Así había sucedido una vez, y cabía temer que se repitiera. Es probable que en esta crisis Panonia estuviera en buenas manos; y nada se sabe de ninguna amenaza desde la lejana Mesia.25 Además, la adopción de Trajano, dado que se produjo a finales de año, pudo haber impedido el movimiento de tropas en determinadas zonas, lo cual suponía un respiro para negociar, si lo que convenía hacer no se había hecho ya.
La adopción acabó con todos los disturbios y, por lo que se sabe, reprimió toda rivalidad. Algunos pensaban que el legado de Siria con tres legiones parecía proclive a presentar una reclamación.26 El mando gozaba de prestigio y tenía una larga historia, pero no se tenía buena opinión de las tropas, que vivían placenteramente y apenas sentían las molestias de la guerra o la disciplina. Incluso aunque fuera posible vencer a Capadocia, Egipto o Judea, acumulando así otras cinco legiones, las fuerzas unidas de Oriente nunca podrían competir con la masa y el poder de los ejércitos de la frontera del norte: seis legiones a lo largo del Rin y nueve en las provincias del Danubio. Judea estaba gobernada por un senador de rango pretoriano, con una legión: el legado consular de Capadocia era amigo de Trajano.27
Egipto era un factor que no guardaba proporción alguna con su fuerza militar (dos legiones). Si el mundo romano estaba bajo la amenaza de una guerra, el prefecto de Egipto podía matar de hambre a la capital.28 La realidad fue que nada se torció en las tierras orientales. Cualesquiera que fueran los rumores sobre Siria, el misterioso consular se fue de su provincia o fue destituido; y es posible que algunos de sus legados de las legiones estuvieran de acuerdo.29 El registro es breve y fragmentado, y no desvela acontecimientos problemáticos. No hay fuente ni indicio alguno que apunte a que algún gobernador fuera desacreditado o ejecutado cuando Trajano asumió el poder. No obstante, algo ocurrió. Es verdad que ahora no había legado en Siria. El clima, o la decrepitud de los gobernadores —por lo general ancianos— generaban una elevada tasa de mortalidad. Si el gobernador fallecía o se iba, uno de los comandantes de la legión asumía el cargo, normalmente alguien de la clase pretoriana. Pero esta vez hubo una novedad.
Un joven llamado Larcio Prisco, que había sido cuestor de Asia, llegó a Siria. Larcio ostentaba el título de legado de la legión IV Scythica y de gobernador adjunto.30 La excepcionalidad de la medida demuestra que había un estado de emergencia. Muy pronto tomó el mando el siguiente consular, quizá un anciano, y sin duda un hombre seguro.
Trajano no tuvo prisa en presentarse al Senado y al pueblo, las fuentes relevantes y legales de la autoridad imperial. El pueblo romano ansiaba ver a su emperador soldado.31 Eso podía esperar. En el Senado, el rencor, la envidia y el desengaño quedaban mitigados por la gratitud que generaban la paz y el orden o, cuando menos, acallados por protestas ruidosas y apasionadas. Era necesario que una delegación partiera enseguida para transmitir todos estos sentimientos al nuevo César. No hay duda de que la acritud caracterizó el debate: qué senadores debían ir como delegados de la Alta Asamblea, y a cuáles había que excluir por haber servido a Domiciano.32 Para que la virtud y el prestigio estuvieran al frente de la misión se designaría a hombres como Frontino o Espurina, si no fuera por el astuto conspirador Fabricio Veiento.33 Pero si hasta ese momento la influencia de Veiento se dejaba sentir, ahora se acercaba a su final.34 El protagonismo entre los veteranos hombres de Estado pasó rápidamente a Julio Frontino, quizá no sin razón. En las negociaciones del 97 es posible que Veiento fuera derrotado por la resolución de Frontino, o aventajado por Espurina (pudiera ser que, bajo esa superficie de honesta simplicidad anidara una mente astuta). Trajano estaba en deuda con estos hombres, cuando menos por su vigilancia, una deuda que pagó con el más alto de los honores públicos.35
El prefecto de la Guardia no estaba entre los felices enviados que se dirigieron hacia el norte. Trajano lo llamó más tarde, y él acudió, tal vez esperando que le diera las gracias o lo perdonara. Fue condenado a muerte.36 Trajano se quedó con las legiones, la verdadera base del poder, y confirmó o puso a sus defensores en los puestos de mando. El propio César abrió el año 98, en su condición de cónsul como su collega Nerva, y una sucesión de consules suffecti sirvieron para dar publicidad a la nueva armonía pública y al giro que se había producido. La noticia de la muerte de Nerva sorprendió a Trajano en el bajo Rin, en la principal ciudad de la región, Colonia Claudia.37 Para ocupar su cargo de mando en la Germania Superior recurrió a su amigo, el fiel Julio Serviano.38
Si alguien buscaba la guerra y la conquista en Germania, estaba buscando en vano. No había necesidad ni excusa para una campaña. Trajano se quedó algún tiempo junto al Rin, y luego fue a Panonia, acompañado por varios senadores, para inspeccionar los ejércitos repartidos a lo largo de la frontera del Danubio.39 Los mandos del Rin quedaron a buen recaudo;40 y Julio Serviano, tras ostentar la más breve titularidad en Germania Superior, asumió el mando de Panonia; sin embargo, no existen pruebas de que su predecesor en Panonia hubiera sido desleal, ni de que no se hubiera comportado como cabía esperar de él.41 Panonia no retuvo mucho tiempo al nuevo emperador, pese a que las tropas habían realizado operaciones más allá del río el año anterior.42 Trajano se dirigió a Mesia. Allí pasó el invierno en uno de los campamentos, en Viminacium o en Singidunum, frente al territorio de los dacios, y en el centro estratégico del Imperio, entre el mar del Norte y el río Éufrates, en el camino del Imperio que unía Italia con las provincias occidentales.
En compañía de Trajano, y quizá haciéndose oír, estaban los viri militares que lucharon en las distintas guerras de Domiciano, o que habían visto frustrada su ambición o infravalorada su energía. Una vez más las expectativas militares fracasaron. Después de tomar sus decisiones, con nuevos gobernadores en las provincias del Danubio, Trajano regresó a Roma. Los consules ordinarii del año 99 eran un par de amigos suyos más jóvenes, destinados al alto mando militar;43 y propuso inaugurar el nuevo año, siendo él mismo cónsul de nuevo, con Julio Frontino por tercera vez. Ningún peligro de allende los ríos exigía una larga estancia del emperador de Roma en las tierras fronterizas. El peligro era de orden interno y político. Nerva había fomentado la concordia exercituum. Trajano la consiguió.
Del mandato de Nerva, y su sustitución, surgió un historiador romano. Cuando en el transcurso del año 97 el ya entrado en años Verginio Rufo falleció después de una larga enfermedad, el Senado aprobó un funeral de Estado, donde Cornelio Tácito, por entonces fasces consular, un orador con poder y reputación, pronunció la laudatio.1 Al cabo de pocos meses, Tácito publica una composición de naturaleza y tema afines, en la que conmemora al padre de su esposa, Julio Agrícola, que había fallecido hacía más de cuatro años. En el Agrícola, el elocuente consular anuncia que va a escribir una historia de los tiempos que le tocaron vivir, como testimonio de la pasada esclavitud y la felicidad actual.2
El propio escrito puede tener algo que decir acerca del nuevo emperador. En el tercer capítulo del Agrícola Tácito califica la época de feliz porque Nerva César había unido la libertas y el principatus, y Nerva Trajano incrementaba día tras día la «felicitas temporum».3 Las palabras producen la impresión de que Nerva aún vive. Sin embargo, más adelante, hacia el final del Agrícola, se describe a Trajano como Princeps.4 ¿Cuál es la explicación? ¿El libro se publicó antes o después de la muerte de Nerva (el 28 de enero del 98 d. C.)? ¿O se compuso antes de esta fecha para ser publicado después?5 La cuestión tiene escasa importancia. Nerva Caesar podía aparecer en el escrito después de que Nerva hubiera pasado a ser un divus, y lo que importa no es la muerte de Nerva, sino que adoptase a Trajano.
El nombre de Trajano aparece dos veces en el Agrícola de Tácito. Esta obra en conjunto es mucho más que un panegírico aplazado del suegro de un hombre. Guarda una estrecha relación con la formación y la trayectoria del propio emperador, con su carácter y sus virtudes.
Cualquiera nacido en provincias y de una clase más elevada solía sentir la tentación de quedarse en su propio país. Los honores y la estima locales, los agradables vecinos, y la supervisión de un patrimonio aseguraban una comodidad y un ocio dignos
y sin descrédito alguno: «honestas quies».6 La metrópoli ofrecía vida y alegría, y la apasionante cercanía de grandes eventos. También encerraba peligros, y corrupción. Tenía su precio. Comedidos y laboriosos, los hombres importantes de la Italia provincial del norte y las tierras orientales tenían fama de poseer sentido común, y no se les escatimaban elogios por haber mejorado la ciencia de la agricultura.
Algunos se resistían con firmeza a las tentaciones del gran mundo, otros, en cambio, se sintieron impelidos por su educación, por el impulso del talento o por las ansias de sobresalir. Uno de los mejores era L. Julio Grecino, que procedía de la colonia de Forum Julii en la provincia narbonense.7 Ingresó en el Senado en tiempos de Tiberio y alcanzó el grado de pretor. Grecino hizo cosas muy diversas: escribió un tratado sobre el cultivo del vino, elegante y preciso, adquirió cierto renombre como orador público, y gozaba de la conversación con los filósofos. Sus firmes principios asomaban tanto en las cuestiones intrascendentes como en las importantes. Dos aristócratas estaban dispuestos a costear los gastos de los juegos que él debía organizar como pretor. Rechazó la oferta: eran hombres de vida disoluta.8 Calígula le ordenó que se hiciera cargo de un proceso penal; él se negó. Calígula se enojó y, por esta u otra razón, Grecino fue condenado a muerte.9
Su hijo Cneo Julio Agrícola nació en el 40.10
