Tácito II - Sir Ronald Syme - E-Book

Tácito II E-Book

Sir Ronald Syme

0,0
7,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

Por primera vez en castellano, la obra definitiva sobre Tácito, uno de los historiadores más importantes de la literatura universal. Una obra determinante para entender el primer siglo del Imperio romano. Aclamado a menudo como el mejor historiador romano y, en general, como uno de los prosistas latinos más brillantes, Tácito es una figura literaria clave sobre la que, sin embargo, existen muchas incógnitas. Son muchas las sombras que se ciernen sobre su vida y su obra. El influyente latinista Ronald Syme le dedica la que se considera la más completa monografía sobre el escritor. En ella no solo analiza de forma pormenorizada la obra conservada de Tácito, sino que ofrece un vasto contexto histórico y político tanto de su vida como de su obra. En el segundo tomo, Syme continúa analizando la rica e inagotable producción del autor romano y cómo su personalidad inconfundible marca todos y cada uno de sus textos. Culmina el ensayo una completísima compilación de apéndices que ayudan a comprender mejor al hombre, su obra y el contexto histórico que la rodeó.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 943

Veröffentlichungsjahr: 2025

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Índice

VII. LA ÉPOCA

35. LA FECHA DE LOS ANALES

36. EL ASCENSO DE ADRIANO

37. TÁCITO Y ADRIANO

38. TÁCITO Y LOS GRIEGOS

VIII. EL AUTOR

39. OPINIONES DE TÁCITO

40. LA PERSONALIDAD DE TÁCITO

41. DOCTRINAS Y GOBIERNO

42. EL NOVUS HOMO

IX. LOS NUEVOS ROMANOS

43. EL ASCENSO DE LAS PROVINCIAS

44. LOS ANTECEDENTES DE LOS EMPERADORES

45. EL ORIGEN DE CORNELIO TÁCITO

APÉNDICES

A. EL AÑO 97

B. CÓNSULES Y GOBERNADORES

C. SENADORES Y ORADORES

D. LAS HISTORIAS

E. LAS FUENTES DE LOS ANALES

F. ESTILO Y VOCABULARIO

G. EL TEMA DE LOS ANALES

H. LA FECHA DE COMPOSICIÓN

I. ROMANOS DE LAS PROVINCIAS

J. ORIGEN Y AMIGOS DE TÁCITO

ABREVIATURAS

BIBLIOGRAFÍA

Notas

Título original inglés: Tacit.

© Oxford University Press, 1958.

Esta traducción ha sido publicada gracias a un acuerdo con Oxford University Press.

RBA es la responsable de esta traducción, y Oxford University Press no se responsabiliza

de cualquier error, omisión, imprecisión, ambigüedad o pérdida.

© del texto: Ronald Syme, 1958.

© de la traducción: Cristina Martín Vigo y Francesc de Borja Folch Permanyer, 2025.

© de esta edición: RBA Libros y Publicaciones, S. L. U., 2025.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

Primera edición en libro electrónico: septiembre de 2025

REF.: GEBO725

ISBN: 979-13-8789-607-2

Composición digital: www.acatia.es

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Pueden dirigirse a Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesitan fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47). Todos los derechos reservados.

VII

LA ÉPOCA

35

LA FECHA DE LOS ANALES

La carrera de Tácito como senador, un cargo situado entre el de cuestor y el de cónsul, coincidió casi exactamente con los quince años de gobierno de Domiciano. Tácito fue cónsul durante el mandato de Nerva en el breve interludio que llevó a Trajano al poder y, cuando dicho emperador finalizó la conquista de Dacia e inició el décimo año de un próspero reinado, ya estaba redactando los libros domicianos de las Historias.

No se ha confirmado más que un solo hecho acerca de su vida tras las cartas de Plinio: que fue procónsul de Asia. De los años anteriores no se sabe gran cosa. Tácito había cesado con elocuencia senatorial después de que Mario Prisco fuera procesado, así que poco consiguió de todo el tiempo y el talento que había invertido en su período como senador. Los estudios históricos lo obviaron. Tácito nunca regresó. Terminó las Historias y, en el año 112,1 tras un intervalo de unos tres años, decidió marcharse en calidad de procónsul. ¿Lo hizo movido por el deber, la curiosidad o el descontento que le causaron los comentarios de la gente (o lo falta de ellos) cuando las Historias salieron a la luz?

Ni la vida de Tácito ni sus escritos permiten suponer que hubiera puesto los pies en ningún país al este del Adriático. Las provincias occidentales lo atraían, con sólidos conocimientos de la Galia y del Rin, una comprensión empática de los pueblos nativos. Sus digresiones sobre el dios Serapis o el culto pafio de Venus no hacen sino certificar que poseía un sacerdocio romano y que era experto en conocimientos sacerdotales y cultos extranjeros.2 Tácito insiste con orgullo justificado en que es el primer romano en escribir sobre Serapis. Tal vez hubo algo más que erudición a medida que fueron pasando los años, una reacción a la fascinación por el Oriente exótico y antiguo.3 Sin embargo, el autor de los Anales no estaba destinado a visitar la tierra de Egipto, cognoscendae antiquitatis, y tampoco hay indicios de que hubiera estado en Siria.4

Treinta años como senador no podían dejar a un hombre en total ignorancia de la provincia de Asia. Ciertos temas se repiten una y otra vez: el estatus de una ciudad o de un templo, disputas sobre fronteras o sobre ingresos.5 Las embajadas llegaban en gran cantidad, con peticiones o decretos honorarios, dirigidas por celebridades cuya elocuencia resonaba por todo el mundo. Cuando Domiciano, hacia el final de su reinado, ordenó la destrucción de la mitad de los viñedos en las provincias, los intereses de Asia fueron defendidos por el famoso Escopeliano.6

Un historiador necesitaba asuntos senatoriales (que obtenía de los acta) para completar la crónica de años que carecían de color y de acción. No era necesario que conociera Asia personalmente. Sin embargo, en la segunda obra histórica de Tácito hay material suficiente para desvelar al hombre que había sostenido las fasces en esa provincia. Hay varios capítulos dedicados a los asuntos de Asia. Durante el reinado de Tiberio hubo un gran terremoto: doce ciudades que sufrieron daños aparecen registradas con su nombre.7 Cuando los derechos de asilo fueron sometidos a escrutinio, los oradores de Asia apelaron a todos los recursos de la historia y la leyenda.8 Once ciudades competían ávidamente por un nuevo privilegio: poseer el templo dedicado al culto de Tiberio César, Livia y el Senado.9

El autor tiene un ojo agudo para todo lo que hubiera sucedido a los procónsules anteriores, ya fuera una acusación justa o injusta, incluso un asesinato. Relata con detalle el modo en que M. Silanus fue ejecutado;10 y explica la difícil situación de un procónsul sin dotes oratorias enfrentado en el Senado al hombre más elocuente de Asia.11 Además, señala con una satisfacción contenida que, en los viejos tiempos, el agente de César en Asia podía verse obligado a someterse a juicio ante los senadores.12

En su primer contacto con Asia, un procónsul descubriría muchas cosas que lo ocuparían y lo distraerían. Encontró lo que esperaba: los monumentos de un largo pasado y de numerosos gobernantes. Contempló con asombro (y quizá con envidia) las imponentes construcciones que atestiguaban la gloria y la opulencia de las familias dinásticas de Pérgamo y de Éfeso.13

Si bien los primeros días fueron radiantes y acogedores, pronto sobrevinieron las molestias: la turbulencia del populacho, la corrupción y las intrigas rampantes entre los personajes ilustres. Los magnates de las ciudades orientales tenían mala reputación por su carácter orgulloso y opresor.14 Las facciones o los delitos diversos les creaban problemas con el gobierno de Roma;15 y algunos hombres de alto rango fueron enviados al exilio.16 Entre profesores y sofistas prevalecían la frivolidad, la ostentación y la arrogancia. Esos hombres también podían ser peligrosos. Se sabía de filósofos que habían retribuido la amistad de un senador romano con espionaje y delación.17

En Roma y las ciudades de las tierras occidentales la religión se mantenía bajo control: el sacerdote y el magistrado tendían a ser la misma persona. Las divinidades griegas habían sido aprobadas y domiciliadas desde hacía ya mucho tiempo, y el gobierno romano no se preocupaba por las creencias ajenas o los caprichos personales. No obstante, ciertos credos o prácticas criminales denotaban hostilidad hacia la autoridad imperial. Habían invadido las ciudades de Asia e importado una nueva causa de malestar social.

Los judíos en conflicto con los griegos ya eran bastante problemáticos: delincuencia, disturbios y denuncias mutuas. Además, en el seno de las comunidades judías estaban surgiendo divisiones doctrinales que un procónsul quizá prefiriera despreciar e ignorar, sobre todo si era experto en cuestiones de palabras y nombres.18 Pero los judíos, aunque tolerados por el gobierno de Roma fuera de su país de origen, no podían eludir las consecuencias de su rebelión en tiempos de Nerón. La hostilidad aumentó. Cuando Tácito escribía los Anales, en las tierras orientales, desde Mesopotamia hasta Cirene, se producían masacres y atrocidades.19 No resultaba fácil determinar las causas y los culpables. Esa cuestión ya no importaba cuando las insurrecciones detenían o destruían ejércitos romanos en la retaguardia de la guerra contra los partos.20 La ira debió de ser feroz, aunque queda rastro de ello, salvo quizá en los Anales de Tácito.

En época de Tiberio, el Senado prohibió los ritos egipcios y judíos en la capital. La causa fue un par de escándalos que involucraban a ciertas damas de familias senatoriales.21 Tácito no se molesta en narrar esa historia. Omite la razón de lo sucedido. Y tampoco se preocupa en dejar constancia de la dura represión del culto a Isis: el templo fue demolido y la estatua, arrojada al Tíber. Una omisión paradójica nada esperable de un senador romano que escribe anales. Continúa relatando la deportación de cuatro mil judíos a Cerdeña con una satisfacción cruel: si perecían en esa isla insalubre, vile damnum.22

Surgió una nueva fuente de disturbios. Ningún gobernador de una provincia oriental con grandes y populosas ciudades podía no tener conocimiento de las actividades de una nueva secta religiosa procedente de Judea, ya fueran toleradas o castigadas. Plinio se topó con esa secta cuando era gobernador de Bitinia-Ponto. Actuó sin dudar y ejecutó a varias personas que, proclamando el nombre y la fe, no se retractaron y ni cedieron ante las amenazas o las advertencias. Entonces surgió una duda en la mente de Plinio. Solicitó auxilio al Emperador, confesando ser ignorante del procedimiento legal establecido: ¿no debía haber algún cargo o prueba de conducta criminal? Trajano dio una respuesta breve. Aprobó la actuación del gobernador y se negó a ahondar en sus dudas.23

El testimonio de Plinio se complementa con el decreto imperial que se dirigió a Minicio Fundano, procónsul de Asia, una década más tarde.24 Minicio, un hombre de gustos refinados, había sido amigo de Plinio.25 El historiador Tácito, observando minuciosamente un incidente ocurrido en Roma tras la gran conflagración sufrida en época de Nerón, registra el origen del nombre Christiani con precisión documental (XV, 44, 3). Cuando, en el libro VII, hizo referencia a sucesos ocurridos recientemente en Siria y Palestina, no omitió al procurador Poncio Pilato... y alguna de sus vicisitudes.26

Es razonable suponer que Tácito había llevado a cabo investigaciones sobre el comportamiento y las creencias de esos descontentos y había descubierto quizá no actos criminales o delitos menores, pero sí un espíritu invencible que negaba la lealtad a Roma cuando esta significaba rendir culto al Emperador. Aun así, lo consideró una exitiabilis superstitio.27

Por lo demás, Tácito posee un conocimiento preciso de los cultos y la adoración, despojado de toda creencia. Lo que le atraía eran la historia y la leyenda. El procónsul, en sus viajes de servicio o de ocio, pudo haber visitado la residencia de Tiberio César en Rodas. Observa un detalle: la casa está en los acantilados.28 La escena (y las narraciones circunstanciales sobre la ciencia de Trasilo) quizás animó a un hombre a marcar predicciones astrológicas con mayor vigilancia que antes.29

En tierras de Oriente a un funcionario romano podían sucederle cosas extrañas que lo indujeran a cambiar su conducta o sus creencias. Algunos llegaban vacíos, movidos por la codicia, presas fáciles para un mago o un sabio barbudo de una santidad anormal.30 Los escépticos no siempre eran inmunes. Un gobernador de Cilicia se había convertido hacía poco en uno de aquellos santuarios y había renunciado a sus impiedades epicúreas.31

El procónsul, que llevaba muchos años siendo quindecimvir, tenía una buena razón para visitar los lugares sagrados de Asia, especialmente aquellos relacionados con Apolo y la Sibila, y una malicia profesional que penetraba las credenciales de sacerdotes y profetas, tal vez sin omitir el juicio de su actuación. En Claros, el renombrado santuario de Apolo situado cerca de Colofón, no era una mujer la que atendía los oficios sino un hombre, seleccionado en ciertas familias de Mileto. Tácito sabía que había hombres muy respetados en la provincia de Asia, y refiere el oráculo con gran exactitud. Claros recibió la visita de Germánico César, que (según se rumoreaba) obtuvo una respuesta ambigua del dios.32 Es muy posible que, en el otoño de 113, cuando llegó a Asia desde Roma, Trajano consultara ese famoso oráculo. En Siria, el Imperator puso a prueba al dios de Heliópolis y, al encontrarlo fiable, solicitó y obtuvo una predicción sobre la guerra contra los partos. El resultado confirmó la respuesta del oráculo.33

En otro pasaje acerca de los viajes de Germánico hay un comentario anexo que incide en la fecha de los Anales. El príncipe, en su periplo por Egipto, llegó a Tebas y contempló las imponentes ruinas de un esplendor antiguo. Un sacerdote interpretó las inscripciones conmemorativas de los reyes. La suma y el catálogo de los tributos ofrecidos por las naciones de Asia eran impresionantes y comparables (añade el historiador) a lo que ahora exigen dos imperios, por la vis Parthorum o por la potentia Romana.34 Tras inspeccionar otros monumentos y otras maravillas, el príncipe viajó hasta la frontera sur del país, a Elefantina y Siena, «que antaño fueron los últimos límites del Imperio romano y que ahora llegan hasta el océano Índico».

«Nunc rubrum ad mare patescit».35 La frase es inequívoca: no solo implica una gran expansión de la conquista, sino la sumisión de Oriente y su dominio sobre todo el mundo conocido, ya sin ningún imperio rival. Estas palabras representan la gloria de Alejandro, emulada de forma vulgar por la grandilocuencia de los generales romanos que desfilaron por las tierras de Oriente: Pompeyo Magno y Marco Antonio.36 La misma idea se repite en los escritores de la época de Augusto que ensalzan el dominio del heredero del César, sobre todas las tierras, desde una orilla del mar hasta la otra.37

En el extremo occidental del mundo se encontraba Gades, cerca del punto donde los geógrafos antiguos trazaban una línea desde Tauro y el Cáucaso hasta India oriental. Hércules había erigido allí su renombrado templo, con leyendas, visitantes notables y anécdotas. En el templo había una estatua, la imagen de Alejandro. Julio César, cuestor en Hispania, echó a llorar cuando la vio (¡qué poco había conseguido!), y puede que haya alguna anécdota parecida acerca de Pompeyo Magno.38 Trajano, en los despachos que mandaba al Senado de Roma, afirmaba que había llegado más lejos que Alejandro.39 Es una afirmación absurda, pero queda atenuada si el emperador hacía sus cálculos no desde Roma, sino desde la lejana Gades, en su propio país.

El historiador repite la audaz afirmación del Emperador: rubrum ad mare. Estas palabras no se escribieron antes del año 116. Al año siguiente, las conquistas de Trajano se perdieron o fueron entregadas. De ahí una precisión de datación particularmente útil: la frase no podría haberse empleado después del año 177.

La conclusión no es del todo válida. La nueva provincia mesopotámica de Trajano no incluía Babilonia ni el territorio que se extendía hasta el golfo Pérsico. La definición generosa de Tácito (si se tomara en sentido literal, lo cual es discutible) consideraría el reino vasallo de Mesena como parte de la provincia ampliada. Aunque los ejércitos romanos se retiraron a la orilla occidental del Éufrates, el siguiente emperador, por razones de prestigio, no podía —y no lo hizo— renunciar al derecho de soberanía, por leve que fuera su correspondencia con la realidad.40 Trajano había entregado la corona a Partamaspates en Ctesifonte, como vasallo real, y Roma mantenía el trono dorado de los arsácidas.41 La retirada fue un hecho que no se encubrió, pero eso no significaba una renuncia irrevocable. Adriano, con los problemas urgentes que tenía entre manos, podría haber retomado la política de conquistas si así lo hubiera deseado. La formulación de Tácito no queda invalidada por lo que sucedió en 117. Su orgullo romano o el resentimiento le aconsejaron que dejara tal cual lo que había escrito. El lector podría entrever los sentimientos de un patriota... y el deber de un emperador.

El pasaje permite hacer una deducción. Un libro de los Anales, o un grupo de libros, fue compuesto (o publicado) en el año 116, o posteriormente. Existen sólidos argumentos que apoyan la teoría de que la obra completa fue diseñada en tres secciones de seis libros cada una.42 Los libros del I al VI, o más bien los libros del I al III (porque la primera héxada se divide en dos mitades) no son anteriores al 116.43 No pueden vincularse estrictamente al 117 como fecha de publicación, y podrían haberse escrito varios años después.

Se ha detectado otra señal más: el fénix del libro VI. Adriano, rindiendo el debido tributo a la memoria del Divus Traianus, acuñó monedas con ese emblema.44 El fénix simboliza la renovación y la perpetuidad, apropiadas para el Imperio en su aeternitas, para la sucesión imperial y para la pietas de un hijo hacia su padre. ¿Se había registrado la presencia del fénix en el año 117? Tácito dedica todo un capítulo a una supuesta aparición del ave en el año 34, que suscitó mucho debate entre los sabios egipcios y griegos.45

El historiador, con una gravedad deferente, recoge los diversos cómputos del ciclo sagrado y, tomando quinientos años como cálculo estándar, con el último espécimen de fénix certificado oficialmente en la época del tercer Ptolomeo, declara que no puede evitar compartir las dudas de aquellos que impugnaron la autenticidad de aquella manifestación en los tiempos de Tiberio César. No exhibía ninguno de los signos ni comportamientos prescritos por la tradición antigua. El fénix era único entre todas las aves, por su forma y su plumaje. Se hicieron representaciones de él. Tácito narra con lenguaje poético la muerte del fénix: el ave renovada, alzándose del nido y transportando con devoción los restos de su padre al templo del Sol, en un largo viaje, cargado con combustible fragante. Dice con una prosa llana: «No se discute que el ave en cuestión se ve en Egipto de vez en cuando».46

Tal es la solitaria digresión de una naturaleza exótica en todos los Anales, y se erige con una prominencia deliberada como el primer elemento en la solemne crónica de un año romano. Cualquiera podría conocer la explotación que el gobierno hizo del ave árabica, y el amanecer de una nueva era en Roma no tardó en convertirse en un tema habitual de burla y parodia. Cuando Claudio utilizó el octingentésimo aniversario de Roma como pretexto para celebrar unos Ludi Saeculares, solo sesenta y tres años después de la ceremonia de Augusto, el ridículo alcanzó su punto máximo. Claudio no hizo ningún favor a su imagen exhibiendo un fénix como símbolo y documento de un nuevo saeculum. El fenómeno quedó debidamente registrado en las acta diurna de la Ciudad. Nadie se lo tomó en serie.47

Tácito, como hace a menudo, se burla de las pretensiones de la tradición sacerdotal. También podría estar aludiendo a los gustos eruditos de un emperador y a los engaños oficiales. Omnium curiositatum explorator, tal es la notoria etiqueta de Adriano.48 Si el ascenso de Adriano evocó a esa criatura fabulosa, hay un matiz de sátira en la mención de Tácito.

Se recomienda precaución. Se pueden sospechar varios indicios de revisión o inserción en la primera héxada de los Anales.49 Por lo tanto, es posible que Tácito añadiera la breve referencia a las conquistas de Trajano.50 Quizá (aunque no de manera probable), la digresión acerca del ave fénix.51

Si se acepta que el fénix es una alusión clara a un acontecimiento fechado, se derivaría sin duda algún beneficio. Si se trata de una inserción, sitúa la terminación del libro VI (aunque desde luego no de la obra entera) en el año 117. Si no, el libro VI podría ser incluso posterior a 117. Las teorías que establecen que Tácito terminó los Anales en el año 117 o el 118 empiezan a parecer poco plausibles.52

Sigue sin estar claro cuándo comenzó el autor su tarea, cuánto tiempo le llevó y cuándo la terminó. Se podría apelar al estilo. Los Anales muestran un cambio muy marcado con respecto a las Historias. Sin embargo, no es un cambio que pueda explicarse simplemente por el paso del tiempo o evaluarse en términos de años. La duración del intervalo transcurrido desde las Historias (alrededor del año 109) sigue sin poder verificarse.

Además, en el estilo de Tácito hay un cambio adicional que se manifiesta entre la primera héxada y la tercera. Surgen varias explicaciones, algunas de ellas no carentes de atractivo.53 Una vez más, no hay un criterio seguro para el ritmo de composición, aunque podría haber un argumento que respalde una fecha en el reinado de Adriano. Si se omiten cuestiones de estilo y lenguaje, ciertos fenómenos sugieren que la tercera héxada no llegó a recibir los retoques finales.54 La muerte o un colapso podrían ser la razón.

Nada impide suponer que Tácito estuviera escribiendo tan tarde como en el año 120 o incluso el 123.55 El esfuerzo estilístico demuestra que no era un escritor espontáneo; requería una gran dedicación reconstruir la historia a partir de material documental, como ocurre en gran parte de la primera héxada.

Es posible que Tácito concibiera un diseño de tres héxadas comenzando en torno al año 115, o incluso, en el mejor de los casos, tan tarde como en 117. Esto plantea una pregunta intrigante sobre los Anales en su conjunto. Si, como parece muy probable, Tácito compuso la mayor parte de la obra en época de Adriano, pero no completó los dieciocho libros antes del sexto año del mandato de dicho emperador,56 ¿hasta qué punto se vio influenciado por los acontecimientos contemporáneos? Eligió no escribir sobre Trajano. Sin embargo, las guerras orientales de Trajano se ven reflejadas en los Anales —de forma indirecta, pero poderosa—, y Adriano, también.

La búsqueda de alusiones puede desestimarse como un mero ejercicio de inventiva. Es muy poco habitual que lleguen a encontrarse y a fijarse con certeza; y cualquiera puede poner en duda que Tácito hubiera escrito lo que escribió si Trajano no hubiera invadido Mesopotamia, si Adriano no hubiera heredado el poder imperial. Con esta salvedad, no implica ningún daño ni engaño señalar aquellos elementos de los Anales que debieron de impactar al lector con una aguda sensación de relevancia o familiaridad.57

El lector podría encontrar no pocos, y tal vez le asaltaría una pregunta. Una gran obra: ¿no era eso suficiente para agotar lo que un hombre tenía que decir, para satisfacer su ambición y su fama?

Con frecuencia los historiadores se ven impulsados a seguir delante... o a retroceder. Mientras escriben, el pasado más profundo los atrae, a veces antes de terminar la tarea, y así van modificando el plan original y el punto de partida. Otros retoman un segundo tema más adelante. Salustio quizás alteró su diseño, situando el exordio de sus Historias en el 78 a. C. en vez del 62, año en que Pompeyo Magno regresó triunfante de Oriente, o del 60, el año de la fatídica alianza de las tres dinastías.58 Asinio Polión, que eligió esta última fecha, llevó a cabo su propósito, retomó la oratoria y vivió al menos treinta años más, activo, enérgico y seguro de sí mismo, sin sentir necesidad de retroceder y narrar la rebelión de los itálicos contra Roma (que afectaba a su pueblo y a su familia) o las guerras civiles de Mario y Sila.

Los primeros pensamientos de Tácito sobre un tema se remontan al reinado de Domiciano. No tardó en darse cuenta de que la historia de los Flavios debía comenzar en enero del año 69. Los anales de los primeros Césares eran ahora el tema dado, discernidos con mayor claridad gracias al transcurso de los siglos y muy atractivos. Tácito respondió.

El tema era duro y sombrío: el auge del despotismo, la decadencia y la caída de la aristocracia, la ruina de la libertad de expresión y de la dignidad humana. Tácito lanza una queja. Más felices fueron los historiadores que escribieron sobre la República. Podían relatar grandes guerras, ciudades asaltadas, reyes derrotados y capturados; o, volviendo a la historia interna, hablar de los cónsules contra los tribunos, de las leyes agrarias y las de los cereales, de los conflictos entre el pueblo y el Senado. Ellos, en verdad, tenían mayor libertad; Tácito, en cambio, estaba constreñido: «Nobis in arto et inglorius labor».59

¿Cuáles eran sus motivos, explícitos o no declarados? Tito Livio, en el prefacio de una de las últimas entregas de su historia, confesó que tenía que seguir adelante, aunque la gloria de la que disfrutara fuera ya suficiente.60 En Tácito, el motivo personal no se puede detectar: ¿curiosidad o una energía nueva, fuerte convicción o ira?

Eran muchas las cosas que lo irritaron mientras llevaba las Historias a su conclusión: el boato y la elocuencia oficial, los gladiadores y todos los monumentos a la victoria. El valor y el honor del Senado disminuían constantemente. Cuando Trajano se marchó a las tierras de Oriente y permaneció allí, dejó el poder en manos de confidentes personales o de simples secretarios. Del emperador llegaban boletines rápidos y exultantes que detallaban la larga sucesión de reyes y naciones conquistadas en los confines del mundo. El Senado votó que Trajano celebrara cuantos triunfos quisiera;61 y se vio obligado a admitir y elegir como cónsul a un caudillo nativo: Lusio Quieto.62

Luego se produjo el colapso repentino, con silencio o con excusas laboriosas y engañosas... y con gran perplejidad para los senadores leales. El fracaso de Trajano, la ascensión al trono de Adriano y diversos acontecimientos posteriores no hicieron más que agudizar la desconfianza de Tácito. Ya era un hombre viejo, en los tristes años finales, y quizá estuviera ya muy amargado. Mientras Trajano vivía, no veía ninguna perspectiva de recibir honores como un segundo consulado o la prefectura de la ciudad. En inútil lamentar que el cargo recayera en Glicio Agrícola, general en la primera guerra contra los dacios (Glicio había sido cónsul el mismo año que Tácito). Pero ¿quién era Bebio Macro, y con qué méritos o credenciales ostentaba la autoridad civil en Roma cuando Trajano murió?63 A veces, un nuevo gobernante traía consigo a un nuevo praefectus urbi. Tácito, al parecer, no tenía nada que esperar del heredero de Trajano.64

Y había una razón general para el desánimo. La libertad y la energía se iban desvaneciendo, las modas cambiaban y una generación más joven (hombres que tenían veinte años menos que él) ascendía ahora al poder. Quizá Tácito había soportado enfermedades, duelos y aflicciones, con un sombrío presentimiento del final. Era hora de que un hombre se retirara con elegancia y aceptara la renuncia cuando su utilidad o sus fuerzas se agotaran.65 Al tener sesenta años quedaba excusado de asistir al Senado, y los sesenta y tres se consideraba una edad peligrosa.

Se han buscado signos de vejez o desilusión en los temas que elige Tácito, en el tono que usa y en su forma de escribir, aunque con menos éxito del que cabría imaginar.66 Comparados con las Historias, los Anales muestran un estilo llevado hasta el extremo. Su vocabulario se vuelve rigurosamente selectivo, con marcadas aversiones. Es significativo que Tácito exprese su desaprobación de los términos que la fraseología del gobierno había anexado y degradado, al tiempo que se aparta de las palabras benevolentes y esperanzadoras.67 Pero esto no debería sorprendernos. El fenómeno no tiene por qué denotar ningún cambio en sus ideas fundamentales sobre los hombres y el gobierno. Más bien refleja en Tácito una creciente conciencia de lo que hacía: su poderoso talento para lo sombrío y lo subversivo. El autor de los Anales es implacable e irónico. Sin embargo, su obra también revela alegría y tolerancia; y, a lo largo del texto, su sentido del humor parece volverse más profundo y más amplio.68

No se sabe nada con certeza. Lo que puede inferirse es una firme resistencia a la extinción, una determinación de triunfar a través del estilo y el esfuerzo estilístico. La séptima década de su vida lo encontró enérgico y vigoroso. Mientras trabajaba en los libros de Tiberio, Cornelio Tácito (contra su reticencia habitual) estaba dispuesto a hacer un anuncio claro de sus proyectos futuros. Si vivía, volvería una vez más a tratar con César Augusto.69

El historiador ocupaba un puesto muy elevado, y estaba muy solo. Tenía la sensación de que el tiempo pasaba deprisa, implacable. Sus amigos de juventud, que lo habían guiado en los días de Vespasiano, habían muerto hacía ya mucho tiempo.70 El más cercano en edad era Vipstano Mesala: Tácito había sido testigo reciente del nombramiento del hijo de Vipstano como cónsul en 115.71

La mayoría de sus contemporáneos mayores ya habían fallecido, y también muchos otros más jóvenes, todos ellos hombres brillantes tanto en tiempos de paz como en la guerra, pero apagados en la flor de la vida. Licinio Sura y Sosio Seneción fueron una gran pérdida. Fabio Justo, el amigo más cercano del historiador, no vivió durante mucho tiempo tras convertirse en gobernador de Siria.72 Y Plinio murió en Bitinia.

Entre los miembros del círculo de senadores de Plinio, aún vivían el soporífero Cornuto y el elegante Minicio Fundano.73 Bebio Macro había alcanzado un inesperado punto culminante como praefectus urbi. Catilio Severo y Pompeyo Falco estaban ahora al mando de provincias militares, partidarios innegables del nuevo gobernante. Al parecer, Catilio, Falco (y otros) habían sido apartados de los mandos consulares hasta una fase tardía del reinado de Trajano.74 Cada uno disfrutó después de una larga vida.75 Una sorpresa aún mayor fue que Brucio Praesens y Erucio Claro adquirieron fama en la guerra contra los partos y, muchos años más tarde, fueron destinados a las más altas distinciones civiles.76

No puede identificarse con certeza cuáles de los hombres con edad y rango parecidos a Tácito eran más cercanos a él.77 Formaban un grupo variado que incluía a varios aristócratas: algunos eran quizá bien conocidos de Tácito, mientras que otros conservaban preciosos fragmentos de la tradición, como los descendientes de Asinio Polión o los Volusios, hombres prudentes y amables, de cuya familia los Anales presenta un testimonio inmaculado.78 Sin duda, también había otros a los que miraba con desdén por ser ociosos, pomposos e ineptos. Del reinado de Domiciano aún quedaban varios hombres de linaje y estilo.79 Los primeros en cuanto a pedigrí (y tal vez por ninguna otra razón) habían sido Calpurnio Craso, perpetuando nombres históricos y fatídicos: las víctimas de Claudio y de Nerón, el breve y desdichado heredero de Sulpicio Galba.80

Entre las familias más recientes, los dos Neracios (Marcelo y Prisco) alcanzaron fama por sus logros.81 Annio Vero, también coetáneo de Tácito, se convirtió en una figura destacada, un hombre estable y tranquilo que Adriano tenía en alta estima;82 y Julio Serviano se resistía a morir.83

Los supervivientes ancianos que echaban la vista atrás no siempre medían el presente y el pasado con equidad o indulgencia; a menudo sino abalanzándose sobre el escándalo y la paradoja. Su escrutinio recaía implacable sobre nombres y familias. El historiador senatorial tenía que ser en sí mismo un repertorio senatorial, sin lapsus ni errores en cuanto al rango, la extracción social o la nomenclatura, y escribía para un público malicioso y sutil.

Mientras que las Historias describían a personas que Tácito había conocido, el tema de los Anales trajo consigo un nuevo estímulo: una época sumergida que esperaba ser explorada. El atractivo era doble. Tácito recurría ahora a nombres evocadores de la antigüedad más remota de Roma, todavía bajo el dominio de los Césares, ilustres y condenados. Al mismo tiempo, discernía los primeros vestigios de varias familias recientes, ya desaparecidas o cuidadosamente ocultas por buenos motivos. Al tomar posesión de los cincuenta y cuatro años desde Tiberio hasta el final de Nerón, se convirtió en su coetáneo, como un senador que podía revivir toda aquella época en la memoria de un solo hombre.

Tácito prolongó su propia experiencia en el pasado con un nuevo punto de vista y una comprensión más aguda de la comedia social. Aquella época anterior mostraba el mismo escenario y la misma conducta (aunque amplificada): ostentación e insensatez, ansia de rango y dinero, y súbitos cambios en los asuntos humanos. Y también en eso el paso del tiempo se burló de todas las pretensiones y desveló la naturaleza secreta de cada hombre antes del final.

Las Historias no podían dejar de incluir muchas cosas que alarmaban o enfurecían a los vivos.84 En los Anales veían un daño a sus antepasados. Incluso cuando las familias se extinguían, los hombres podían descubrir en algún antiguo desliz la forma y el modelo de su propio comportamiento, y tomarlo como una ofensa intencionada, o sentir resentimiento ante el contraste implícito, si la virtud y la gloria merecían conmemorarse.85

Tácito no dudaba en desenterrar lo infame o lo ridículo. Ningún historiador familiarizado con los anales de la elocuencia de Roma podía pasar por alto la primera acción del gran Domicio Afer, un feroz fiscal de la época de Tiberio César.86 Y al final Tácito tampoco dejó de condenar a Afer con un breve obituario.87 La muerte y el testamento de su hijo adoptivo (Domicio Tulio) destacaron como un acontecimiento memorable en la sociedad romana hacia la mitad del reinado de Trajano. La fortuna fue a parar a Domicia Lucila, miembro de un grupo familiar con poderosas alianzas.88

Umidio Cuadrato, legado de Siria durante nueve años, tipifica todo un sistema: gobernadores ancianos y tolerantes, y una política innoble en las tierras de Oriente.89 Tácito destaca el contraste que hay con la fama y la energía de Corbulón, a quien el envidioso de Imudio no podía soportar encontrarse y enfrentarse en Siria.90 Los Umidios eran una familia de reputación local y cierta opulencia.91 La hija del gobernador, la robusta anciana Umidia Cuadratila, transmitió la herencia a su nieto, un joven de conducta ejemplar y (según se proclama) brillante, además de un orador prometedor.92 Accedió a las fasces en el año 118.93

Los nombres oscuros o menores son otro asunto. Algunos están ahí porque se repiten en la narración; pero cabe la posibilidad de que individuos aislados que aparecen casualmente en el texto tuvieran para Tácito un valor personal que ya no se puede detectar. Una transición hábil o una mera yuxtaposición, aparentemente inocente, a veces pueden proporcionar una pista. La elección deliberada de Tácito ha introducido discretamente a antepasados de personas de excelente posición y de renombre. El relato muestra cómo eran: informantes, partidarios de Sejano, necios, pícaros o degenerados.94

Dos incidentes sirven de ejemplo, enlazados secuencialmente por el historiador. Relata dos crímenes que marcaron un solo año del reinado de Nerón. Uno de ellos fue un testamento falsificado. Tácito da los nombres.95 Dos de los culpables merecen ser mencionados: Antonio Primo, audaz y sin escrúpulos, y un aristócrata, Asinio Marcelo, que era bisnieto de Polión. Los otros tres, a primera vista, no parecían importantes; y Tácito añade a dos más, que estuvieron implicados y que fueron castigados en la secuela judicial. La documentación es meticulosa, pero quizá los nombres evocaban a personas de rango y dignidad en la sociedad de su época.96

El segundo crimen viene a continuación. Fue un acontecimiento en sí mismo, y bien recibido para Tácito, ya que le permitió redactar un discurso. Un esclavo había matado al prefecto de la ciudad. Tácito deja clara constancia del motivo. Es muy deshonroso para la víctima.97 Y también para L. Pedanio Segundo,98 el primer cónsul perteneciente a una de las nuevas familias del grupo que Tácito vio ascender cada vez más alto gracias a las alianzas y el parentesco con la dinastía. Julia, sobrina de Adriano, estaba casada con Pedanio Fosco, cónsul en 118 por ser amigo del Emperador.99

36

EL ASCENSO DE ADRIANO

El historiador no sobrevivió para poder presenciar el sombrío final del principado de Adriano. Sin embargo, debió de intuir el camino que ese gobernante parecía destinado a transitar. Los gustos y las tendencias del nuevo emperador, y sus actos ya desde el principio de su reinado, ofrecían material suficiente para cualquier historiador, aunque no estuviera naturalmente inclinado a augurar lo peor.

Tácito había visto conferir el poder a varios gobernantes antes de Adriano por la auctoritas patrum y el consensus militum, es decir, la formulación de la fraseología en su tipo y orden oficiales, generalmente en contradicción con los hechos.1 Sabía qué palabras emplea un emperador cuando protesta por su propia indignidad o, con falsa modestia, reclama legitimidad cuando tiene ya autoridad. Los primeros capítulos del libro I describen sin piedad el comportamiento político: las fraudulentas protestas de los súbditos leales, discretamente moduladas entre el duelo y la celebración, y la ansiosa precipitación hacia la esclavitud voluntaria.2 Las ceremonias de Estado, las profesiones públicas y los conflictos secretos: todo ello podría insinuar y presagiar la entronación de Adriano.

Tiberio César emitió un edicto para convocar al Senado. Según señala Tácito, ya había dado órdenes a las tropas en Roma y en el extranjero. Tiberio solo mostró vacilación cuando tuvo que hablar ante el Senado.3 Temía que Germánico, al mando de un gran ejército, se sintiera tentado a proclamar algo, y deseaba gobernar con el apoyo de la res publica, no como alguien que se aferraba al poder mediante las intrigas de una mujer o la decisión senil de una adopción.4 Es más, titubeante, disimulaba: quería averiguar qué pensaban los principales senadores. Observó sus miradas y tomó nota de sus palabras para futuros rencores, como se descubriría posteriormente.5

Estos son comentarios desagradables e infundados. Situados donde aparecen en la narración, generan la duda de si el historiador tiene en mente a otro emperador. El problema es muy complejo. Varios elementos parecen remontarse a una fuente que también es la de Dion Casio.6 Tácito ha añadido énfasis y veneno. Sin embargo, la referencia a la adopción, aunque no se haya escrito con mala intención, no puede explicarse ni explotarse como algo que no habría estado allí si no fuera para insinuar algo contra Adriano y Plotina Augusta.7

El Senado se reunió, pero solo para escuchar el testamento de César Augusto (y hacer los preparativos para la ceremonia fúnebre). Diversas comodidades aguardaban a cualquier nuevo gobernante. La curiosidad o la malicia llevarían a preguntar cómo se situaba con respecto a su predecesor y a otros miembros de la familia. El testamento de Augusto reveló más que el de cualquier otro César posteriormente. Comenzaba con la queja de que la atrox fortuna había arruinado sus planes para la dinastía8 y, de forma bastante anómala, el difunto incorporaba a su viuda al apellido y la familia de los Julios, otorgándole el título de Julia Augusta.

Tácito inclina la balanza contra Livia, insinuando un crimen (es decir, un envenenamiento), vinculado a la historia de que Augusto había visitado recientemente a Agripa Póstumo en la isla de Planasia.9 Además, señala que es dudoso que Augusto todavía siguiera vivo cuando Tiberio regresó tras la pronta llamada de Livia;10 y afirma también que, durante un tiempo, Livia mantuvo en secreto la muerte del Princeps, añadiendo un detalle que lo corrobora: guardias en la casa y en los caminos, y boletines tranquilizadores.11 También insiste en arrastrar a Livia a la narración sobre la ejecución de Agripa.12

No todos los rumores eran infundados cuando fallecía un césar. La noticia sobre Claudio se retuvo por un tiempo a fin de poder hacer las disposiciones necesarias. Lo que hizo Agripina pudo haber sugerido lo que se dice de Livia.13 Por otro lado, no es probable que las historias sobre Livia surgieran antes del año 54. El historiador no está inventando. Sin embargo, uno de los pasajes que injertó en su relato principal no es nada artístico, a saber: la anécdota sobre el viaje de Augusto a Planasia.14

La consorte de César Augusto no podía dejar de verse implicada en la promoción de su hijo. Ya fuera como esposa o como madre, era una mujer orgullosa y poderosa. Cualquier signo de desarmonía sería señalado con gusto. Cuando los senadores, ya fueran leales o insidiosos, presentaron diversas propuestas para honrar a Julia Augusta, Tiberio las rechazó. El historiador sugiere envidia.15 Aún no estaba preparado para alegar discordia entre madre e hijo. Eso surge más tarde, y sin la justificación adecuada.16

Augusto era otro asunto. Si Tácito hubiera investigado adecuadamente la carrera temprana de Tiberio, habría encontrado una larga lista: coerción, resentimiento y antagonismo secreto.17 Lo que aporta en el libro I es insignificante y endeble. Los hombres más perspicaces, en las exequias de César Augusto sugieren que el Princeps, al elegir como sucesor a Tiberio, pensaba en su propia fama, realzada por la comparación.18

Aunque el principado fue dinástico desde sus inicios, la sangre y la familia no podían conferir autoridad legítima en el Estado romano. De hecho, no todos los testamentos de los césares fueron respetados, y algunos fueron retenidos. De ahí el escándalo y diversas conjeturas. Es posible que el propio Tácito oyera las aseveraciones de un emperador, porque Domiciano siempre dijo que el testamento de su padre había sido manipulado.19 Cuando Tácito dio fin a la segunda héxada de los Anales, escogió una frase apropiada para el epílogo, señalando cómo se suprimió el testamento de Claudio, para no provocar disturbios populares, y cómo el hijastro desplazó al hijo.20 Sigue a continuación el exordium del libro XIII, con el primer asesinato en el reinado de Nerón.

Debería haber existido un testamento de Trajano, depositado bajo custodia de las vestales.21 Podría haber nombrado solo a sus herederos personales, pero en realidad era un documento de estado, y es muy posible que tuviera elementos desafortunados en el prefacio o en un codicilo. No ha quedado ni rastro de él: solo especulaciones ociosas sobre nombres e intenciones.22

No podía surgir ningún problema jurídico. El documento era inválido, ya que había sido revocado por el Imperator en su lecho de muerte cuando adoptó a un hijo. En consecuencia, los senadores contaban con la palabra y la firma de Plotina Augusta, además de su propia confianza o sus sospechas. El rumor se extendió, reavivando o creando historias sobre la supuesta parcialidad de Plotina hacia un pariente de su consorte.23

Había tiempo (y motivo) para algo peor que los rumores: envenenar la situación. El reinado comenzó sin el nuevo emperador, que se encontraba en Siria, mientras se proclamaban las necesidades de la res publica. Transcurrieron once meses antes de su llegada.

Cuando Tiberio César se enfrentó al Senado, no se sintió cómodo. Sus palabras delataban su difícil situación, con explicaciones cada vez más enrevesadas.24 Por su parte, los senadores disimularon, pero algunos de los hombres más influyentes, con el pretexto de ofrecerle consejos sinceros o útiles, no lamentaban causarle problemas.

Adriano sufrió un suplicio similar, pero mucho peor: los senadores interpretaban cada una de sus palabras, cada silencio. Aceptar honores o rechazarlos siempre hacía vulnerable a un emperador. Por su parte, Adriano se había mostrado reservado y prudente.25 Eso, sin embargo, no le sirvió de escudo: podía ser tachado de arrogans moderatio.26 Cualquier mención de Plotina Augusta era un asunto delicado; y el espectáculo del triunfo de Trajano frente a los partos, con la efigie del difunto Imperator en el desfile,27 sin duda provocó duros comentarios entre los prudentes.

Los documentos de Estado del predecesor podían ayudar o perjudicar a un gobernante cuando exponía los recursos y las emergencias del Imperio. Tiberio citaba el consejo de Augusto, que desaprobaba cualquier expansión imperial adicional (y Tácito añade un motivo: el miedo o la envidia).28 Difícilmente podía Adriano disponer de un documento con el que respaldar su propia política y, cuando apelaba a instrucciones secretas, se le imputaba engaño.29

En un acto no revelado al Senado, Tiberio César buscó un medio deshonesto para cumplir el mandato de su padre, según Tácito.30 Se trató de la ejecución de Agripa Póstumo. Adriano, antes de enfrentarse al Senado, tuvo mucho más que encubrir o justificar. En primer lugar, senadores en peligro de muerte, y uno de los exiliados, Calpurnio Craso, asesinado cuando intentaba escapar de la isla donde estaba preso (según se informó); luego, Avidio Nigrino y sus tres cómplices en la traición.31 ¿Con qué prueba o documento, y por orden de quién? ¿Cuál de los agentes y ministros de Adriano merecía el reconocimiento —o la culpa— si todo resultaba ser un error?

El episodio de Agripa Póstumo, tal como lo narra Tácito (sin una respuesta clara), muestra las diversas dificultades que acarrean las acciones súbitas y secretas. Cuando el oficial de la Guardia hizo su informe, Tiberio no supo qué hacer: no era una orden suya, y había que informar al Senado.

De ahí la crisis y la perplejidad en el palacio. La orden la había dado Salustio Crispo. Si algo se hacía público, el ministro corría el mismo riesgo tanto por la verdad como por la mentira. Salustio advirtió a Livia: absoluto secreto y ni una palabra al Senado; solo hay una fuente de autoridad.32

Un princeps era afortunado si no tenía que deshacerse de rivales al trono. César Augusto nombró en su testamento a varios de los cónsules más destacados como herederos subsidiarios. Fue una ostentación para impresionar a la posteridad, insiste Tácito, pues Augusto despreciaba a la mayoría de ellos.33 Tácito ya había hecho un comentario siniestro sobre Tiberio y los principes de forma prematura, antes incluso de que el Senado se reuniera.34 El tema se amplía en la segunda sesión, cuando varios senadores, por lo que dijeron, incurrieron en la sospecha y la hostilidad de Tiberio. Aquí el historiador introduce una anécdota sobre César Augusto. Cuando se acercaba a su final, el princeps pronunció un discurso acerca de las ambiciones y las capacidades de tres importantes cónsules. Tácito añade un cuarto nombre, en una versión distinta, y, no contento con ello, afirma de manera sumamente injusta que todos menos uno perecerían, debido a las maquinaciones de Tiberio.35

La anécdota es más que peculiar. No solo hay una discrepancia general con la historia del principado de Tiberio, sino que se introduce dentro de un debate senatorial, lo que interrumpe la presentación. Tal vez sea una interpolación, introducida cuando Tácito revisaba el libro I.36 Suetonio y Dion Casio, que pueden relatar numerosos detalles curiosos sobre la ascensión al trono de Tiberio, han pasado por alto este relato tan llamativo y perjudicial. Sea cual sea su origen y autenticidad, Tácito no pudo resistirse a incluirlo.

Cuando un emperador dice de alguien que es capax imperii, el destino de ese hombre está sellado. La implicación es clara. Sería interesante saber cuándo surgió este tema o esa leyenda en la Roma imperial. El siguiente rastro en los Anales es un comentario de Nerón.37 No se conserva ningún registro de las especulaciones que hizo Nerva ni de ningún rival al que Trajano eliminara al tomar el poder.38 El propio Trajano evaluó las cualidades de ciertos cónsules y mencionó a Neracio Prisco (según se alega).39 Hay otra anécdota: Trajano sacó a relucir en una conversación el tema del capax imperii, desafiando a sus invitados a nombrar a diez hombres, sin esperar sin embargo su respuesta. Afirmó de inmediato que conocía a uno con certeza: Julio Serviano.40

La referencia de Tácito no es casual ni inocente. Más allá del providencial paralelismo con la escena de la sucesión, un hombre de la época descubriría sin ningún esfuerzo elementos sugerentes (una persona, una acción o un motivo) en los primeros años del reinado: fricciones entre el emperador y sus amigos, intrigas y ambiciones dinásticas, el prefecto de la Guardia, las vicisitudes de las influencias y las deshonras.

Para aliviar tensiones o discordias en Roma, un emperador podía encontrar alivio en un viaje a las provincias. Se ofrecía una excusa válida: había que inspeccionar de los ejércitos. Y el proyecto podía anunciarse fácilmente, incluso más de una vez. El emperador no siempre partía.41 Tenía pretextos nobles a su disposición: César estaba consumido por su fervor por Roma y la res publica, y no podía soportar infligir dolor a sus leales y afectuosos súbditos.42 El pueblo, por su parte, no tenía dudas; quería el pan y los juegos que su presencia garantizaba.43 Las clases altas de Roma estaban divididas: ¿era mejor el gobernante en casa o fuera?44

Un año después de su llegada, hubo indicios o rumores de que Adriano podría estar planeando marcharse al extranjero.45 Se fue de la ciudad. Aunque lo único que pretendía era hacer una peregrinatio suburbana a Campania, bastó para que algunos especularan sobre si Adriano regresaría a Roma, tarde, temprano, o quizá nunca.46

Adriano no emprendió su viaje por las provincias hasta el año 121. Los primeros años estuvieron marcados por espectáculos, ceremonias y actos de benevolencia.47 También por legislación y reformas. Se podía argumentar (y tal vez era cierto) que Trajano había sido excesivamente negligente. El nuevo Princeps fue diligente en el Senado.48 En materia de leyes y justicia, tenía sus propias ideas y el impulso de intervenir.49 Sus decretos tendían a ser mesurados y humanitarios.50 Protegía a los esclavos del trato cruel;51 se negó a conceder a los ricos el beneficio de la duda;52 y, haciendo concesiones a los soldados, condenó la dureza de los gobernantes anteriores.53 Tanto sus palabras como su comportamiento dejaban claro que no daba mucha importancia a la clase y el rango.54

Pocos senadores se sentirían cómodos con un Princeps que intervenía con entusiasmo en todos los asuntos o que promovía una legislación social en favor de las clases bajas.55 Teniendo ya muchos enemigos (y granjeándose aún más), Adriano recurrió a senadores que no habían gozado del favor de Trajano y a hombres sin linaje; lo hizo tanto por necesidad, como también por aversión a Trajano y sus allegados. Uno de sus agentes en las primeras emergencias, Acilio Atiano, el prefecto de la Guardia, fue destituido y se llevó consigo la culpa por la ejecución de los cuatro cónsules. Se le concedió un escaño en el Senado, pero no un consulado.56 Marcio Turbo ocupaba una posición elevada. Había conseguido ganarse la confianza de un emperador suspicaz: ¿cuánto tiempo iba a durar la potentia del ministro ecuestre del César?57

La discordia permeaba el círculo familiar desde hacía tiempo. Varias damas imperiales, con sus pretensiones, causaban incomodidad; el anciano Serviano, a quien el poder ya había dejado atrás, era una fuente visible de vergüenza, y el propio Princeps se vio confrontado con su propio supuesto sucesor en la persona de Pedanio Fosco, apenas diez años más joven que él. Los hombres de la época, reflexionando sobre los anales de una dinastía anterior, podrían haber contado a Pedanio entre los herederos desafortunados, condenados a perecer mientras un déspota odioso sobrevivía: «breves et infaustus populi Romani amores».58

Adriano, de naturaleza tan distinta, parecía un epítome de todos los césares, desde Tiberio hasta Nerón. Y no solo era distinto, sino también enigmático, distante e intimidante.59 Su capacidad para disimular y las animosidades ocultas evocaban inevitablemente al hombre que César Augusto, al final, se había visto obligado a designar como emperador.60 Ningún senador podía dejar de percibir (y la mayoría lo disfrutaba) el dilema de un gobernante que ascendía al poder después de retrasos o frustraciones, resentido bajo la sombra de su poderoso predecesor.

La reputación del Imperator estaba asegurada, defendida por necesidad por Adriano y amplificada por sus enemigos: si Trajano había cometido alguna falta, fue por amor a la fama, una noble debilidad.61 Adriano, sin embargo, era vulnerable en múltiples aspectos. La renuncia a las conquistas en Oriente provocó dolor, ira y calumnias. Pronto toda la política exterior de Adriano quedó expuesta a una crítica devastadora: se lo acusó de resentimiento hacia su predecesor y de desconfianza hacia los generales. Y hubo unos ataques indirectos que desviaban el debate hacia una variedad de temas y que empañaban la percepción histórica desde los días de Augusto.

La guerra en Oriente —o la renuncia de ella— no era el único tema de discusión. Dacia estaba en juego. Adriano, según los rumores, deseaba ceder la nueva provincia situada más allá del Danubio (siendo la envidia el motivo). Solo la advertencia de sus consejeros lo hizo entrar en razón.62 La historia es un invento malicioso: Dacia, con sus colonos, ciudades y fortalezas, ya llevaba una década existiendo, construida como un bastión en el sistema de defensas del Danubio. Al principio bajo un mando consular, pasó luego a ser una provincia pretoriana con una sola legión. Tal medida pudo impresionar a los ignorantes, que no pensaban en los regimientos auxiliares dispuestos a lo largo de la frontera. No hay indicios de que Adriano redujera el tamaño del establecimiento militar.63

No todas las adquisiciones imperiales eran valiosas. Algunas nunca compensaron los costes o los peligros que implicaba conservarlas. Esta idea es característica de la época de Adriano y fue muy enfatizada en la paz de los Antoninos.64 Sin embargo, no era una novedad. Un fragmento aislado de las Historias de Tácito alude a países anexionados en los confines del mundo, a menudo en beneficio de Roma, pero a veces en su prejuicio.65 Tácito escribió esto en tiempos de la conquista dacia por parte de Trajano. La referencia era ambigua e inquietante, de no haber sido tan fácilmente aplicable a una dinastía anterior y a otra región, la isla que Claudio César había incorporado al Imperio.66

Britania era un activo dudoso. Pronto se haría evidente, tal vez con la rebelión de Boadicea. Y más tarde: a pesar de las conquistas logradas por tres generales flavios, la isla aún necesitaba una gran guarnición.67 Cuando el biógrafo de Julio Agrícola escribió historia, se tomó un tiempo para relatar los hechos antes del final del reinado de Domiciano.68

Las etapas de la retirada hacia una frontera estable y segura plantean una incógnita a los investigadores: no está claro cuánto territorio cedió Domiciano y cuánto Trajano. Domiciano se llevó una legión, y ambos emperadores tenían sus propias guerras en las que pensar.69 Ya fuese por negligencia o por exceso de confianza, el problema persistía. Es posible que los problemas ya hubieran comenzado antes de la muerte de Trajano.70 Los primeros años de Adriano estuvieron marcados por la guerra, el desgaste de las tropas y la necesidad de refuerzos.71

En el año 119, las leyendas de la acuñación romana afirman una victoria en Britania.72 Sin embargo, en algún momento entre los años 117 y 122, ocurrió un desastre grave que sumó a Armenia o a Dacia en las conversaciones y las especulaciones (no siempre bien fundamentadas): una legión entera, la IX Hispana, desapareció.73 Se percibe un eco lejano de los debates sobre Britania en un escritor contemporáneo que presenta una versión peculiar de la historia: Nerón pensó en retirar las legiones romanas de Britania, pero desistió para evitar ser considerado hostil a la memoria de su padre.74

Tácito insiste en juzgar a los gobernantes anteriores desde el punto de vista de la energía y la conquista de Trajano. Al revisar las provincias y los ejércitos bajo el reinado de Tiberio, no puede evitar contrastarlos con su propia época: «quanto sit angustius imperitatum».75 Aquí habla el orgullo; en otros lugares, la melancolía generada por lo que sucedió después de las guerras de Trajano: una paz frágil y un gobernante sin interés por expandir el Imperio.76

Una afrenta al honor de Roma podría quedar impune si el emperador temía a los generales o envidiaba su gloria, y el Senado no se preocupaba.77 Domicio Corbulón, ávido y activo al otro lado del Rin, fue llamado de regreso por Claudio César: el éxito del general no había sido menos perjudicial que el fracaso.78 Casio Longino, en Siria, sabía que los tiempos no ofrecían nada a la excelencia militar. La paz valora la energía y la pereza en igual medida.79

Al llamado de Trajano, Roma había salido de su letargo.80 Después de un breve impulso, volvió a caer en las antiguas costumbres y logró lo que, desde una perspectiva a largo plazo, parecía estar predestinado. Cuando César Augusto sentó con firmeza los cimientos de un gobierno ordenado, tal vez lo intuyó, pero no pudo proclamarlo: el propósito final era simplemente abolir la guerra y la política. Con Adriano Augusto, aquello se hizo evidente: la evolución había llegado a su fin.

37

TÁCITO Y ADRIANO

Las conquistas de Roma aparecen exaltadas en los Anales. Tal como lo describe Tácito, Germánico César presagia en esplendor y energía a un emperador marcial. El príncipe es también víctima de un gobernante envidioso y desconfiado. Tiberio le ordenó desistir de sus campañas en Germania (supuestamente tan cercanas a su mayor logro). El emperador se alegró de contar con un pretexto para arrebatarle a su rival el mando de legiones devotas.1 Alegando que se necesitaba su presencia en tierras orientales, Tiberio hizo todo lo posible por frustrar las legítimas ambiciones del joven príncipe nombrando gobernador de Siria a Cneo Pisón, un hombre de temperamento intransigente con una tradición familiar de hostilidad hacia los césares.2 Germánico y Pisón discutieron primero y luego se pelearon ferozmente; y el historiador pone mucho énfasis en la muerte de Germánico, con acusaciones de envenenamiento, en su incriminación del Emperador.

Por lo demás, Tácito apenas tuvo viajes para registrar, salvo la pacífica investidura de un rey vasallo en Armenia. Hay tragedia y sufrimiento al final. Germánico murió repentinamente en Antioquía, causando gran pesar en la provincia y entre los pueblos de los alrededores. Naciones extranjeras y reyes lo lamentaron, tal era la clemencia y la nobleza del joven César. Algunos señalaron su parecido con Alejandro en la gracia de su porte, su edad, la manera en que murió, y hasta en la región donde halló su destino. Llevando más lejos el paralelismo, se destacaba a Germánico en las virtudes domésticas. Pero, como hombre de guerra, ¿era inferior? No era temerario y se abstuvo de acabar con los germanos. Si hubiera sido el único árbitro de los acontecimientos, con el nombre y el poder de un monarca, sin duda habría alcanzado la gloria militar acorde con su superioridad en virtud con respecto al macedonio.3

El artificio es evidente, la alabanza grotesca en su desmesura, y el historiador elude la responsabilidad. ¿Habría condenado una comparación entre Alejandro y el Imperator que cayó enfermo en Siria y murió en Selinunte?4

Otro héroe es Domicio Corbulón. Cuando llegó a Oriente, atrajo todas las miradas: era alto y majestuoso en el habla, y rápidamente impuso su prestigio.5 Corbulón poseía también la auctoritas que permite a un militar prescindir de la mera elocuencia.6 Sin embargo, el gran general pasó varios años sin embarcarse en una guerra activa. El monarca parto envió inmediatamente rehenes; y las legiones de Siria, perezosas y corruptas tras una larga inercia, necesitaban entrenamiento y disciplina. Más importante aún: la política del gobierno de Roma. Tácito insinúa constantemente que Corbulón era en gran medida un agente libre. El inicio de las hostilidades parece atribuirse en gran medida a su mérito, y su alcance se magnifica: nada menos que la reconquista de todo lo que habían ganado Lúculo y Pompeyo (según pensaba Corbulón) era lo que exigían el poder y el honor del Imperio.7

El orgullo romano se evoca magníficamente cuando un general anuncia que impondrá sobre los vencidos la ley de Roma en lugar de un monarca fantasma.8 La frase recuerda, y tal vez parodia, la proclamación que hizo Trajano cuando anexionó Armenia.9