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«He traído a Hollywood una maleta llena de espaguetis para Sofía Loren. Se los he traído desde Roma, me los había dado su madre, y creo que pocos acontecimientos de las últimas semanas han emocionado tanto al frívolo suburbio de Los Ángeles como la noticia de que una periodista italiana le ha traído espaguetis a Sofía». Esto sucedió en junio de 1957, cuando Oriana Fallaci dividía su tiempo entre Roma, Nueva York y Los Ángeles para hablar de la "fábrica de estrellas". Con una mirada desencantada y el inconfundible estilo cáustico e irreverente de su pluma, Miss Fallaci, como la llamó Orson Welles, a diferencia de sus otros colegas, "sabe esconder al periodista más feroz bajo la más engañosa de las máscaras femeninas". Son los años en los que los ojos del mundo persiguen los nuevos mitos del celuloide, pero solo ella logra describir la humanidad desesperada de estas estrellas tan adorables. De James Dean a Yul Brynner, de Ava Gardner a Ingrid Bergman, y en busca de Marilyn Monroe, Miss Fallaci deambula por Hollywood con mirada desconcertada. "En esta ciudad pueden llegar a ocurrir las cosas más extrañas", escribe. "Aquí las casas parecen tener paredes de cristal. No puede hacerse un gesto o decirse una palabra sin que los demás lo sepan. Vivir en Hollywood es como vivir con un micrófono oculto en cada habitación y cámaras de televisión apuntando en dirección al dormitorio".
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Seitenzahl: 539
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Oriana Fallaci
Tan adorables
Miss Fallacia la conquista de América
Traducido del italiano por Carlos Gumpert
ÍNDICE
AUDREY HEPBURN.Una chica triste
1. La anti-Marilyn
2. Dos cabezas y una almohada
3. Una esposa europea
JAMES DEAN.Hermoso y salvaje
4. Al mundo del cine la muerte no le sienta bien
5. El primer amor
6. Rival de Marlon Brando desde el principio
7. Anna Maria Pierangeli, una diva fuera de lo común
8. Detrás de la máscara
9. Las últimas semanas
MARILYN MONROE.La aventura más americana
10. Odiada como una mujer celosa
11. El vestido de novia manchado de sangre
12. El embarazo
13. Una hora con Arthur Miller
14. La sombra de Gregory Peck
AVA GARDNER.Los hombres equivocados
15. El más joven de los cómicos italianos, Walter Chiari
16. Una intuición formidable
17. «Cuando me enamoro, me caso»
18. Frank Sinatra: un drama de principio a fin
19. Una habitación con las paredes de cristal
HERMOSAS Y ENAMORADAS
20. Brigitte Bardot: famosa sin mover un solo dedo
21. Hermosas a los treinta
22. Sofia Loren y una maleta llena de espaguetis
23. Ingrid Bergman, una mujer paciente
FUERA DE TODO ESQUEMA
24. Yul Brynner, fascinante cruce entre una gitana y un mongol
25. Anna Magnani, cien mujeres a la vez
26. Errol Flynn, el último de los locos años veinte
27. Joan Collins, una niña tímida va al colegio
APÉNDICES
Notas biográficas
Fuentes
Créditos
Los artículos de los que proceden estos textos fueron publicados entre 1954 y 1959 en la revista L’Europeo; para referencias más concretas, consúltese la página de fuentes al final del volumen. Para contextualizarlos mejor, se ha preferido mantener la grafía de la época.
Las vacaciones romanas de Audrey Hepburn y Mel Ferrer dieron comienzo a las siete de la mañana del miércoles 29 de septiembre de 1954, cuando, temblorosos y espantados, los dos cónyuges llegaron a la estación Termini en el tren procedente de Ginebra. Decenas de periodistas y fotógrafos los esperaban bajo la marquesina: ni siquiera el viejo Charlot, cuando llegó por primera vez a Roma, había conseguido reunir a tantos. Allí estaban todos los corresponsales de los periódicos europeos y americanos, los representantes de las agencias más importantes; célebres fotoperiodistas que se habían visto convocados por nerviosas llamadas telefónicas y convulsos despachos desde las oficinas de Londres y Nueva York. El matrimonio de los dos actores había pillado a todos por sorpresa y los corresponsales tenían órdenes de enviar posibles entrevistas y fotografías cuanto antes, costara lo que costase. Uno de ellos, más aplicado que los demás, llegó a Ginebra en avión y consiguió un asiento en el «coche cama» que llevaba a los Ferrer a Italia. Durante veinticuatro horas estuvo parado delante del compartimento de la pareja del momento, suplicándoles que le dejaran hablar con ellos. En la frontera había comprado una cesta de flores y dos botellas de champán y se las había hecho llegar a los recién casados, junto con una tarjeta de felicitación: todo en vano. Tanta insistencia solo había contribuido a aterrorizar a los Ferrer, quienes, tímidos por naturaleza, cuando llegó el momento de bajar en la estación de Roma, se refugiaron en un vagón de tercera clase, donde permanecieron escondidos aproximadamente media hora. «¿Dónde están?», refunfuñaban los periodistas. «Se ve que han tomado un avión». «Se están burlando de nosotros». Al final, Dick Erman, de Associated Press, los descubrió a través de una ventana. «Please», gritó entonces el reportero. «Please, salgan ustedes. No pretendemos hacerles daño». Y el matrimonio Ferrer, derrotado, se decidió a bajar del tren.
Ella llevaba una capa rosa, con un pañuelo del mismo color. Iba despeinada y sin maquillaje, silenciosa. Él llevaba un traje gris arrugado y, para recuperar la compostura, intentó gastar una broma: «Tenemos un perro guardián con nosotros. Estamos de luna de miel y no buscamos publicidad. ¿Prometen dejarnos en paz?». «No», respondieron los periodistas, que los siguieron hasta la salida. Fuera se hallaba el Mercedes gris del productor Forges Davanzati. Audrey y Mel montaron rápidamente en él y el vehículo partió a toda velocidad hacia Vigna Sant’Antonio, la villa a tres kilómetros de Albano que los recién casados habían elegido para su estancia. Los periodistas no se desanimaron. Subieron a sus automóviles y empezaron a correr tras ellos, en procesión. Fue la persecución más cinematográfica que ningún personaje pudo soñar jamás. De vez en cuando el Mercedes gris se detenía y el conductor bajaba con gesto de enfado. «¿Queréis parar de una vez?», gritaba. «No», le contestaban los otros, y se reanudaba la carrera. Al salir de Roma, sin embargo, los Ferrer lograron despegarse y su coche se introdujo, sin ser visto, por la puerta de entrada de Cinecittà. Durante dos horas, Audrey y Mel permanecieron encerrados en un estudio, bebiendo coñac para recuperarse; y cuando empezaron la segunda etapa del viaje, ya estaban solos y en paz. Pero en Vigna Sant’Antonio el rostro de Audrey volvió a palidecer y los ojos de Mel echaban llamas: allí estaban los perseguidores, esperándolos. Entonces los Ferrer entraron en la casa, desempacaron las veintitrés maletas, se cambiaron de ropa y convocaron a los fotógrafos para posar en el jardín: rígidos, algo avergonzados, cogidos del brazo o con las manos a la espalda, como los príncipes de sangre real cuando anuncian un compromiso. Mel no abrió la boca. Audrey se limitó a decir: «Es curioso lo que me está pasando. Cuando vine a Roma, hace dos años, nadie me hizo el menor caso».
En el verano de 1952, la chica que en el curso de un año habría de convertirse en una de las actrices más famosas del mundo era casi una desconocida. Roman Holidays era su primera película. Lo único que se sabía de ella era que Colette la había elegido para interpretar Gigi en Broadway, que provenía de una familia adinerada y que estaba comprometida con James Hanson, un joven londinense de aspecto bastante insulso, director de una agencia de transportes en Inglaterra y Canadá. La baronesa Van Heemstra, madre de Audrey, impulsó el enlace al enterarse de que Gregory Peck estaba cortejando a su joven compañera de reparto. En Roma se decía que Peck estaba enamorado de Audrey y que le prestaba una atención excesiva para ser una mera compañera de rodaje. Los rumores ganaron credibilidad cuando Audrey rompió el compromiso y la esposa de Peck se fue a París con sus hijos. En aquel momento Audrey Hepburn aún no conocía a Mel Ferrer. Solo lo había visto una vez en una película en la que interpretaba el papel de un médico negro (Harlem Tragedy), y lo consideraba únicamente a fine actor, un buen actor: todo, menos atractivo como hombre. Su encuentro con Mel Ferrer no tuvo lugar hasta un año después, cuando el actor, que pretendía montar en Broadway la obra Ondine de Jean Giraudoux, sugirió su nombre. Aquella muchacha frágil y delgada, half boy and half girl, como él mismo se expresó, parecía hecha a medida para personificar a Ondina, la niña-espíritu, la ninfa que vive en las aguas de un lago y se enamora de Hans, el caballero que afrontará la muerte por haber osado amar a una criatura inmortal. Audrey aceptó y el éxito fue memorable. Los críticos se devanaron los sesos para inventar adjetivos hiperbólicos, llenos de exaltación. Hepburn era charmante, fashionable, stylish, soignée, ravissante. Hepburn era la gracia, la elegancia. Hepburn era una artista y había creado un nuevo tipo de mujer: la mujer-niña, la mujer-duende, la mujer sin curvas, la anti-Marilyn Monroe. En una época enloquecida por las curvas, Hepburn impuso su figura efébica y desnutrida, de caderas muy estrechas y pechos aplanados. Dior creó sobre ella un nuevo estilo de moda.
Fue en el apogeo de su éxito cuando Audrey se enamoró de Ferrer. La nueva pareja de Audrey era doce años mayor que ella, que tenía veinticuatro. No era excesivamente popular, por más que hubiera trabajado bastante como actor y director de cine, teatro y radio. No era guapo y lo afligía una calvicie prematura que constituía uno de sus muchos complejos: cuando «rueda» tiene que llevar peluquín. No era ni rico ni elegante: no era raro verlo vestido con el mismo traje que tenía un desgarro remendado en la solapa de la chaqueta. No era brillante: era metódico, silencioso, con extrañas rigideces de big brow, un intelectual presuntuoso. Además, estaba casado, se había divorciado varias veces y tenía cuatro hijos: Pepa, de trece años, Mela, de doce, Christopher, de once, y Mark, de diez, todos con Frances Pilchard, con la que se había casado dos veces y de la que vivía separado. «Y sin embargo», dice Audrey con candor, «me enamoré de él a primera vista. Corría tras él como una colegiala». Decidieron casarse cuando él aún no había obtenido el divorcio; por eso Audrey se fue a Suiza fingiendo un agotamiento nervioso y Mel aceptó rodar una película en Cerdeña. Todos los sábados él tomaba el avión y se dirigía a Bürgenstock, donde Audrey se alojaba con la escritora Anita Loos, que hacía de carabina. A los demás les decía: «Voy a visitar a mi tía».
La romántica historia la contó el matrimonio Ferrer la tarde del miércoles, durante una rueda de prensa celebrada en un hotel romano, tras muchas vacilaciones e incertidumbres. Audrey entró con aire decoroso, del brazo de su marido. Llevaba un vestido de lana gris muy ajustado que le dejaba los brazos y el cuello al descubierto y que provocó de inmediato numerosos comentarios. Era una niña pequeña; no: era una gran dama. Era sofisticada; no: era muy sencilla. Parecía un efebo; no: era sexi. Mel la sostenía con ternura, vagamente paternal, y fueron a sentarse juntos en un sofá, con aire de asistir a una ceremonia. «Me recuerda a la rueda de prensa de Roman Holidays», dijo alguien, notando la actitud remilgada de la señora Ferrer; y lo que hacía más vívida la comparación fue el hecho de que muchos periodistas, que habían participado como extras en esa escena de la película, estaban de nuevo frente a ella con libreta y lápiz en mano. Justo en ese momento Audrey reconoció a Paul Hofmann del New York Times, a Bill Pepper de la United Press, a Reynolds Packard del New York Daily News, y su expresión cambió de repente. Estalló en una carcajada infantil y apuntando con el dedo índice hacia ellos exclamó: «You! And you! And you! Oh, Mel, is it not exciting?». El hielo se había roto y todos se apiñaron a su alrededor, intercambiándose preguntas y respuestas. No, no creían que su carrera pudiera interferir en su matrimonio: tenían la intención de permanecer siempre juntos y tener muchos hijos. Sí, ella sabía cocinar, aunque no sea una cuestión imprescindible; ambos comen muy poco: Mel, pan negro y tortillas; ella, carne cruda, verduras y ciruelas hervidas, para mantener la línea. ¿Y qué pensaba de la línea H? Que era preciosa, le gustaba muchísimo. ¿Sabía que Dior la había creado inspirándose en su figura? Pues no, en realidad, y sospechaba que al decirle eso querían burlarse de ella. De lo contrario, debería sentirse very much flattered, muy halagada. ¿Es que su vestido de novia no había sido diseñado por el sastre francés? Qué va: lo había diseñado ella misma, siempre diseña su propia ropa, estudió pintura en la academia. Pero desde luego le habría encantado llevar un modelo del señor Dior si los modelos del señor Dior no fueran tan caros. ¿Y cuánto pesaba? Cincuenta kilos. ¿Cuánto medía? Un metro setenta. ¿Qué circunferencia tenía su cintura? Cincuenta y un centímetros. Alguien le pidió incluso su opinión sobre la sentencia del caso Montesi. «¿Qué?», preguntó entonces con asombro. Desaparecido todo rastro de timidez, parecía una niña pequeña que, entre risas, levantaba su carita sin rastro de maquillaje y se despeinaba su pelo castaño, muy corto, como el de un chico. Mel la miraba con ojos tranquilos y rara vez intervino.
Los días siguientes no conllevaron para Audrey y Mel emociones aparentes. La villa de Vigna Sant’Antonio (que es donde Gregory Peck vivió con su familia durante su estancia en Roma) les ha sido cedida por un mes y el matrimonio Ferrer tiene intención de pasar allí el mayor tiempo posible desde que supieron que el alquiler les cuesta medio millón. Ni uno ni otra son derrochadores, prefieren manejar con prudencia sus ganancias y su ideal de vida es tranquilo, estrictamente burgués. Se levantan temprano por la mañana: Mel va a trabajar a Cinecittà en la película Proibito y Audrey se queda en casa leyendo, dibujando, ordenando las habitaciones. No acuden a restaurantes ni a locales nocturnos, no reciben visitas: un agente de policía se encarga desde las siete de la mañana hasta medianoche de que nadie intente cruzar la puerta sin ser invitado. Aún han de pasar cuatro semanas en Roma; el 1 de noviembre partirán hacia Ámsterdam, donde nació Audrey y donde viven todos sus familiares. Luego ella irá a rodar una película a Inglaterra y él a Hollywood. Sus contratos los mantendrán a menudo separados y todavía no saben dónde podrán levantar su hogar.
Cuando le preguntan si es cierto que Audrey Hepburn y él están a punto de divorciarse, Mel Ferrer ni siquiera se enfada. Se echa a reír. «Dígame: ¿tengo el aspecto alguien que está en medio de una crisis matrimonial?», pregunta en italiano; y su rostro amable y enjuto adquiere una expresión juguetona, con un destello ingenioso en los ojos. «Audrey y yo somos como las dos mitades de una nuez encerradas en su cáscara», añade con aire de confiar un secreto, y se asoma de inmediato al vestíbulo del hotel para pedirle confirmación a su mujer. Audrey no está allí. Ha salido a pasear por los Campos Elíseos y Mel la espera impaciente; en parte porque no quiere que lo entrevisten solo y en parte porque está preocupado. En París nieva, y «esa locuela» anda siempre con la cabeza descubierta, un vestido ligero y zapatos de vestir, no hace falta más con un tiempo así para pillar un resfriado. «Ya sabe usted: Audrey tiene veintiséis años, pero es como si fuera una niña. Incluso para las cosas más pequeñas tengo que estar encima de ella», dice, observando a su alrededor con mirada inquieta.
Audrey ya ha llegado, pero él no la ve. Se ha acercado por detrás, de puntillas, y aparece de repente ante él, increíblemente pequeña con su abrigo negro, su cabecita despeinada por el viento, su cara delgadísima enrojecida por el frío, su amplia boca sin pintar que se abre en una sonrisa alegre. «Bonsoir, mon mari», exclama con voz infantil, un poco estridente. «Te he comprado un suéter, ¿quieres verlo?». Él se levanta de un salto, ya más tranquilo, la observa abrir el paquete, escucha sus palabras atropelladas sin interrumpirla. «Es un jersey de pura lana, darling, lo elegí en gris porque te sienta bien el gris. ¿Has trabajado mucho, cariño? ¿Qué tal está Renoir? Me he pasado la tarde dando vueltas para encontrar este color. Estoy hambrienta. ¿Lo preferías azul, chéri?». Al final se calma, se sienta, pide una limonada, me reconoce, me saluda con alborozo, pregunta de qué estábamos hablando. Y en cuanto se lo contamos, se pone seria. Sus inmensos ojos marrones, dibujados con inexperiencia por el lápiz, adquieren una expresión casi dolorosa. «Otra vez con esa historia tan horrenda», se queja, «esa horrenda historia que se inventaron en el extranjero o quién sabe dónde y de la que se hicieron eco hasta los periódicos de Milán; ¿por qué se portan tan mal? Han llegado incluso a decir que buscamos cualquier oportunidad para no estar juntos. Mel, querido, díselo tú, que no nos separamos ni un minuto». Mel asiente gravemente y saca una pequeña agenda. Desde que se casaron escribe todos los días en su diario, y aquí está la crónica de los últimos tiempos.
Durante cuatro meses vivieron en Roma, donde filmaron Guerra y paz. La mañana del 23 de octubre partieron juntos y vinieron a París. Él tenía las pruebas de vestuario para la película de Renoir que está rodando con Ingrid Bergman, Eliana y los hombres. Ella tenía que rodar con Fonda, pero prefirió seguirlo. Estuvieron en París durante dos días y luego continuaron hacia los Estados Unidos. Una vez en Hollywood, se quedaron allí durante una semana con los niños, Marc y Pepa, que viven con la segunda mujer de Mel. Juntos partieron hacia Europa y se separaron en Zúrich. Ella fue a Roma para rodar las últimas escenas de Guerra y paz, él a París para empezar su película. La separación apenas duró una semana. Luego Audrey se reunió con su marido en París. «Si por lo menos nos hubiéramos peleado, si hubiéramos tenido una discusión en público», se lamenta ella. «Pero nada. ¿Cómo pueden decir que queremos divorciarnos?». Se le quiebra la voz en la garganta, parece estar a punto de llorar. «Han llegado a publicar incluso fotografías de una falsa discusión», refunfuña Ferrer. Y alude al reportaje aparecido en un periódico italiano en el que se veía a Audrey llamando a alguien en vano, y a Mel subiendo a un autobús. «Ella lo llamó», aclaraban los pies de fotos, «pero él no le contestó y se alejó en el autobús». Ferrer niega con la cabeza y cuenta la versión exacta. No habían discutido. Salían del hotel cuando un fotoperiodista se les acercó y les pidió que posaran. «¿Qué he de hacer?», preguntó Ferrer. Y el otro: «Nada. Caminar». Él se dirigió hacia un quiosco y Audrey le gritó que comprara una revista en cuya portada aparecía Elsa Martinelli, su actriz favorita. Mel le dijo: «De acuerdo» sin darse la vuelta. Luego pasó un autobús. El fotógrafo le pidió a Mel que subiera. Mel hizo el gesto para complacerlo. «Eso fue todo», concluye Ferrer con resignación.
Lo cierto es que hay pocos actores que sean objeto de tantos malentendidos como los cónyuges Ferrer. Sería inexacto decir que es un matrimonio popular y que los fabricantes de escándalos los miran con benevolencia. A muchos no les gusta este ménage, y la razón es que Audrey y Mel son diferentes a otras parejas de la pantalla y no hacen nada para despertar la simpatía de quienes llevan la voz cantante en los ambientes del cine. En primer lugar, no se comportan como sus colegas de profesión. No tienen en cuenta las exigencias publicitarias. No tienen trato con otras estrellas. No participan en cócteles. No van a clubes de moda. Desde que están en París solo han estado dos noches en un night-club y una vez en el Lido, donde hay un famoso espectáculo de estriptis, «porque son esas cosas que hay que ver una vez en la vida por lo menos». No visten con elegancia. Nadie ha visto nunca a Audrey con un abrigo de pieles. A ella no le importa, no lo necesita, ni se lo ha comprado. Fuman muy poco. Nunca se emborrachan. Ni siquiera tienen coche. «¿De qué nos sirve?», dice Audrey. «Yo no sé conducir. Mel no es de esos a los que les gusta fanfarronear con un coche exclusivo». No son especialmente proclives a los periodistas. No hacen confesiones sobre su vida privada. Muestran una actitud polémica con los actores que viven en Beverly Hills. Audrey solo ha estado una vez en Hollywood, que le dio gloria y riqueza, cuando estaba filmando Sabrina, y permaneció allí lo mínimo indispensable, ni un día más. «Soy europea», dice con orgullo; y el propio Ferrer, ciudadano americano, admite estar completamente europeizado. Prefieren vivir en Roma o París. Hablan italiano y francés perfectamente. Usan estos dos idiomas incluso cuando están juntos, un detalle que ciertamente no le gusta a Louella Parsons. Su hogar no está en Hollywood, como les gustaría a sus productores, sino en Bürgenstock, cerca del lago de Lucerna, y es allí donde van a descansar, rechazando toda compañía.
«Estamos muy bien solos. ¿Quién necesita a más gente?», dice Ferrer. De esta intimidad absoluta los curiosos se sienten excluidos; y de ahí, según explica, nacen los chismes. Se ha llegado a decir incluso que hay fuertes celos profesionales entre ellos y que es esa la causa de la discordia. Es indudable que los celos profesionales son un veneno que no debe subestimarse entre personas que realizan el mismo trabajo, pero en el caso de los Ferrer la insinuación no está justificada. Tienen ambiciones demasiado diferentes como para chocar. A ella le gusta ser actriz. A él la actuación no le interesa en exceso. Prefiere dirigir y escribir libros. Si acepta actuar es porque le pagan bien. También se ha dicho que sus formas de ser son demasiado independientes como para llevarse bien. En cambio, nunca se había dado un caso en el que dos personalidades tuvieran tanto en común. Ambos provienen de un estrato social elevado. La madre de Audrey pertenece a la aristocracia holandesa. El padre de Mel es un profesional adinerado, una de sus hermanas es cirujana y la otra periodista. Además, ambos son sofisticados, se divierten pasando por intelectuales, les gusta ahorrar el dinero que ganan. Está claro que el catálogo de sus dificultades familiares no es corto. No resulta fácil, por ejemplo, ser actor cuando la gloria artística de tu mujer supera la tuya; la posición del príncipe consorte siempre es un poco embarazosa. Al mismo tiempo, no es fácil para una chica de veintiséis años aceptar el papel de madrastra. De sus anteriores esposas, Mel Ferrer tiene cuatro hijos a los que quiere mucho y Audrey debe compartir necesariamente su cariño con ellos. El hecho de que hayan conseguido superar tantas dificultades es una señal evidente de que se quieren.
Los columnistas que inventaron la noticia del divorcio acusan a Ferrer de dominar a su esposa y de haberle cambiado el carácter con su nefasta influencia. «Es evidente que he cambiado de carácter», contesta Audrey, mirando con ternura a su marido. «Me ha hecho más concienzuda, más segura. Pero es falso que pretenda dominarme. Lo único que quiere es protegerme. Y claro que se ocupa de mi trabajo. ¿Por qué no debería hacerlo? Es mi marido. Yo, además, no entiendo mucho de negocios». Hay un episodio que le da la razón, y tuvo lugar en Londres, donde Mel estaba rodando una película. Audrey fue a visitarlo al estudio y se topó con un fotógrafo que le pidió una instantánea. «Claro», respondió ella, y se colocó delante de la cámara. El fotógrafo estaba a punto de tomar la foto cuando Mel gritó: «No». «Hoy no», dijo Audrey entonces, y se alejó rápidamente. Los periodistas publicaron la noticia. «Él le prohíbe incluso que le saquen fotografías», dijeron. No sabían, explica Ferrer, que se trataba del fotógrafo que había difundido en América el fotomontaje en el que solo aparecía la cabeza de Audrey. El cuerpo, vestido con un diminuto bañador, era el de Terry Moore: «Audrey no reconoció a ese señor, pero yo sí, y no podía permitir que volviera a burlarse de ella».
Hay que tener en cuenta la vida y la apresurada carrera de esta joven de veintiséis años demasiado afortunada para comprender hasta qué punto ha influido en ella su matrimonio con un hombre como Ferrer, tres veces divorciado y doce años mayor. Al contrario de lo que muchos creen, Hepburn no tuvo una infancia y adolescencia felices. La baronesa Van Heemstra ya estaba divorciada y tenía dos hijos cuando se casó con el señor J. A. Hepburn, uno de los dirigentes del Partido Fascista Inglés; y Audrey solo tenía cuatro años cuando su madre se divorció por segunda vez y su padre se marchó, dejándole solo un apellido. La falta de un padre la torturó durante mucho tiempo junto con el miedo a ser fea («Siempre estuve convencida», dice, «de que mi figura era demasiado larguirucha, mi boca demasiado ancha, mis dientes demasiado irregulares, mi nariz demasiado grande, mi pelo demasiado liso»). Y cuando los alemanes invadieron Holanda, donde ella vivía con sus hermanastros y su madre, el hambre y el terror también contribuyeron a hacerla tímida y asustada. Una vez terminada la guerra, lo único que quedaba de esplendores pasados era un título nobiliario, y Audrey tuvo que esforzarse para encontrar un trabajo. Fue bailarina «de respaldo» en un club nocturno y en diversos programas de variedades, posó para vallas publicitarias y durante dos años su carita de ratón ensalzó la eficacia de la Lacto Calamina, una crema que borra las arrugas. Luego llegó el éxito repentino y Hepburn se convirtió en una diva.
«Ciertos golpes de suerte pueden ser muy peligrosos para una chica de veinte años», dice Audrey. «Y no sé qué habría ocurrido si no hubiera conocido a Mel. Estaba como borracha, no era consciente de lo que me estaba pasando. Todo el mundo parecía empeñado en demostrarme que yo era la actriz más extraordinaria que había tenido el cine desde Greta Garbo y me vi cargando yo sola con el peso de una celebridad que no había buscado. Mel me devolvió a la realidad. Restauró mi equilibrio perdido. Me enseñó a no enorgullecerme. Me ayudó a soportar las críticas que siguieron a los elogios. Ya no podría vivir sin él. Además, ha habido demasiados divorcios en nuestras familias como para aceptar uno más».
Quienes la conocen afirman las mismas cosas. Es Mel quien la asesora en los contratos, quien elige su ropa, quien insiste en que no se cambie de pelo, en que no se maquille. («No lo necesita», dice). Él es quien la convenció de retomar los estudios de danza para poder conseguir el papel principal en una película musical, Funny Face[Una cara con ángel]. Y ahora que Audrey lo ha conseguido, se siente más feliz que su esposa. «Audrey bailará y cantará con Fred Astaire: una ocasión extraordinaria», repite con satisfacción. Dado que la película se rodará en París, donde también él está a punto de empezar otra sobre la vida de Modigliani, ya han decidido dejar el hotel y buscar casa. «La verdad», refunfuña él, «nunca he oído hablar de un marido y una mujer en vías de separación que estén buscando una casa para vivir juntos».
Sola, melancólica, con una expresión de descontento en sus grandes ojos color avellana, Audrey Hepburn ha vuelto a Roma, y su inconfesada tristeza impresiona a quienes creen en el drama que le atribuyen los cronistas de Hollywood. Audrey llegó al aeropuerto de Ciampino el 8 de enero. Llevaba una gabardina blanca forrada de visón y tenía otra vez el pelo muy corto, después de habérselo dejado crecer para poder llevarlo suelto sobre los hombros en Ariane y en Una cara con ángel. Parecía más delgada y esbelta que de costumbre, su peinado masculino resaltaba los huesos de su rostro ligeramente pálido y Mel Ferrer no estaba con ella. Retenido en Hollywood por compromisos laborales, tampoco se reunirá con ella en África ni en Europa. «Es la primera vez que vengo a Italia sin mi marido desde que nos casamos», observó Audrey con amargura. «Y yo soy una esposa europea, no puedo tolerar ciertas separaciones con la desenvoltura de las mujeres americanas».
Ha venido a rodar su nueva película, Historia de una monja, que cuenta la historia de una chica belga que se hizo monja por vocación y que por vocación volvió a la vida seglar; entre otras cosas, es una historia realmente acaecida. El libro de Kathryn Hulme, que vivió esta experiencia, es ahora un best seller. Audrey lo había elegido por esto y también porque era una película sin amor, durante la cual no se vería obligada a intercambiar ni besos ni abrazos, ni aparecer sexi, ni lucir trajes de fiesta destinados a dictar moda porque, salvo contadas escenas, vestirá constantemente el hábito monacal. En Roma trabajará en los ensayos junto con Zinnemann, que es el director, luego se marchará con el equipo al Congo, donde permanecerá durante un mes, y después irá a Bélgica, donde nació y donde se desarrolla gran parte de la película. Ninguna otra historia podía ser más adecuada para ella en estos momentos que la de Kathryn Hulme, una historia de dolor y conflictos internos, muy adecuada para una mujer que esconde un dolor secreto. Al bajar por las escalerillas del avión se esforzó por mostrarse jovial. Cuando un amigo se lanzó hacia ella para abrazarla, su reacción fulminante fue tenderle rápidamente la mano y murmurar una frase fría y amable. Luego se dirigió al Hotel Hassler, que ha escogido porque allí también viven Fred Zinnemann y su esposa. Y a partir de ese día se volvió cada vez más inaccesible y extraña.
Nunca se ríe. Rara vez sonríe, frunciendo apenas los labios sin pintar, e incluso ha dejado de maquillarse los ojos, que era su forma más llamativa de coquetería. Habla muy poco, rechaza las entrevistas, lleva una vida aburrida. Por la mañana, a las ocho, un coche azul viene a recogerla delante del hotel y la lleva a Cinecittà, ya vestida de monja. No es la primera actriz que vemos vestida de monja: con el velo en la cabeza y el crucifijo en el pecho hemos visto ya a Anna Magnani, Deborah Kerr, Silvana Mangano, Ingrid Bergman, y quién sabe a cuántas más. Pero Audrey lleva ese velo y ese crucifijo con una naturalidad que casi da miedo. En Cinecittà no se acerca a nadie; cuando deja de trabajar en el estudio, se encierra en el camerino, adonde le llevan el almuerzo porque no le gusta entrar en el restaurante. Come muy poco. A las siete de la tarde el coche azul la lleva de vuelta al hotel. Se encierra en su habitación, cuyas ventanas dan a la escalinata de Trinità dei Monti, y sale únicamente para sacar de paseo a su perrito, que se llama Famous, Famoso, un nombre bastante significativo, elegido por ella.
Audrey ama a su Famous, a quien trata como a un niño. Lo llama «Baby», lo besa, le peina atándole una cinta de raso en el mechón de su cabeza; y cada día es una cinta de color diferente, como se hace con los niños. Sus paseos con Famous no duran mucho. Audrey elige calles solitarias o los prados desiertos de Villa Borghese, y camina con la cabeza gacha porque teme que la reconozcan; la otra mañana tuvo un ataque de nervios porque la señalaron con simpatía. Luego regresa y espera la llamada telefónica desde Los Ángeles: no consigue dormir a menos que hable con Mel. Las conversaciones son breves porque la llamada a Los Ángeles cuesta doce mil liras cada tres minutos y los cónyuges Ferrer detestan malgastar el dinero. Pero las conversaciones son tiernas: Mel se interesa por la salud de su esposa como si tuviera sarampión; se dice que en la voz de él se aprecia un temblor aprensivo continuo. Audrey lo tranquiliza contándole lo que hace. La semana pasada estuvo en París para encargar ropa a Givenchy, que es su sastre favorito, y todo el mundo sabe lo mucho que disfruta Audrey Hepburn encargando ropa; pero esta vez no ha disfrutado. El único residuo de coquetería que queda en ella es su obsesión por verse fea; y por eso fotografiarla se ha vuelto tan difícil como saber si Margarita de Inglaterra sigue enamorada de Townsend. Después de cada fotografía quiere ver la hoja de prueba, y casi siempre la rompe: rompió en pedazos muchas hermosas fotografías en color porque le sobresalía demasiado un diente y su nariz le parecía grande. Cede a algunos caprichos: exigió que en el rodaje solo estuviera el fotógrafo que conoció rodando Guerra y paz y en quien confía porque solo vende fotografías aprobadas por ella. En agradecimiento, el fotógrafo le regaló una muñeca; pero ella respondió que odia las muñecas: «No pueden moverse, tienen siempre la misma expresión, me parecen niños muertos». Las nobles romanas que, sacando las uñas, compiten por el honor de aparecer vestidas de monjas en la película (el oficio de figurante es el último grito de la alta sociedad) la invitan en vano a cotillear en sus fiestas y cócteles.
Es la tercera vez que Audrey Hepburn viene a Roma y nadie la había visto nunca así. La primera vez fue en el verano de 1952, cuando rodó Vacaciones en Roma, y en ese momento era una adolescente entusiasta, comprometida con el señor James Hanson. La boda estaba prevista para septiembre de ese mismo año y ya habían sido invitadas doscientas personas. Sin embargo, ya fuera por culpa de Gregory Peck, de quien se dice que sentía una simpatía excesiva por ella, o porque Audrey no encontró tiempo para participar en la ceremonia (como decían ridículamente los ingenuos), la boda nunca se celebró y Audrey anunció el 14 de diciembre que el compromiso había quedado roto. «Sería poco correcto», dijo, «casarme con Jimmy cuando estoy más enamorada de mi carrera que de él».
La segunda vez vino en octubre de 1954 para pasar su luna de miel con Mel Ferrer, con quien se había casado en una ceremonia civil en Bürgenstock, Suiza, luciendo una corona de rosas pálidas sobre su ya definitivo pelo negro muy corto. Audrey tenía los ojos morados por el esfuerzo de escapar de los fotógrafos, pero parecía feliz. Nunca había estado tan enamorada como entonces de ese hombre alto e introvertido, que le había gustado desde el día en que lo vio en la pantalla, en Chicago. Mel ya tenía hijos y fama de pendenciero, pero el matrimonio parecía perfecto. Alguien dijo: «Se parecen porque los dos son listos, ambiciosos y viven para el teatro y el cine». Mel Ferrer dijo: «Se casó conmigo porque nunca le impediré ser actriz y la ayudaré con todas mis fuerzas». Audrey dijo: «Lo conocí, me gustó, lo amé. Quiero muchos hijos. Uno se casa para tener hijos. Los niños no constituyen un obstáculo para una carrera». Vivían en plena campiña romana, entre las gallinas, y permanecieron allí durante la realización de Guerra y paz. En ese momento Audrey se maquillaba cuidadosamente, charlaba con todos, comía con apetito y no tenía nada en contra de las muñecas.
Nadie se dio cuenta, más tarde, de que algo preocupaba a la señora Ferrer. Los dos fueron juntos a París, donde ella rodó dos películas de éxito, y regresaron a Bürgenstock durante sus periodos de descanso. El descontento no empezó a nublarle los ojos hasta el verano pasado, cuando Mel Ferrer viajó a Alemania para rodar la película Fräulein, una historia de posguerra ambientada en Maguncia, a orillas del Rin. En ese momento se separaron y ella se fue sola a Nueva York, donde había florecido su amor por Mel. Se reunieron el pasado mes de octubre en Hollywood, donde también pasaron los días de Navidad y Nochevieja. Vivían en las colinas, en la casa del productor Edwin Knopf, y ella parecía disfrutar trasladando muebles y cambiando cortinas, pero había algo inusual en ella. «Audrey», dijeron quienes llevaban años sin verla, «ha perdido su acostumbrada jovialidad». Los periodistas empezaron a indagar. ¿Por qué no estaba contenta? Gusta a todo el mundo, todos la halagan, nunca se equivoca en la elección o en la interpretación de una película, es rica. Ninguna otra diva gana tanto como ella: ha llegado a pedir 380 000 dólares por película, más de doscientos treinta millones de liras. Mel Ferrer tiene una gran habilidad para gestionar el talento de su mujer. Además, gracias a un complicado e ingenioso método que estudiaron juntos durante largas noches mientras sus colegas más pródigos iban a bailar y divertirse, Mel consigue evitar que pague los astronómicos impuestos que pagan otros.
No hay discusiones entre Mel y ella. No tiene sentido siquiera hablar de rivalidad. Mel Ferrer tiene más ambiciones como director que como actor; precisamente en Hollywood había ganado una batalla importante. mgm le había confiado la tarea de dirigir Mansiones verdes, que se ambienta en gran parte en los bosques de Ecuador, y que tiene a Audrey como protagonista. Fue Audrey quien le consiguió tal encargo: la mgm quería darle el papel principal en la película y ella había respondido que solo aceptaría si Mel era el director. Siempre habían soñado con hacer una película así; Audrey debería estar satisfecha. ¿Qué ocurría entonces? Los periodistas insistieron en sus indagaciones. Viven una vida nómada, es cierto. Pero son dos nómadas voluntarios: ninguno de los dos sabe quedarse quieto en un sitio fijo. Desde que salió de la Universidad de Princeton para llegar a ser escritor y se convirtió por el contrario en bailarín, cronista de radio y actor, Mel Ferrer aprendió a vagabundear entre América y Europa. En cuanto a Audrey, aprendió pronto a correr detrás de trenes y aviones, a vivir en hoteles y en casas de alquiler: tenía solo dieciséis años cuando dejó Bruselas y se fue a Londres a estudiar danza y a ser modelo. Luego fue a la Riviera para rodar Montecarlo Baby. Luego fue a Nueva York para interpretar Gigi en Broadway, cuya gira la obligó posteriormente a moverse por casi todos los cuarenta y ocho estados norteamericanos. Luego empezaron las idas y venidas entre Hollywood, Roma y París: el viajar lo lleva en la sangre.
No tienen hogar, eso es verdad. Se aburrieron de la casa de campo de Bürgenstock y quisieron vendérsela a Lauren Bacall. Pero saben muy bien que algún día construirán uno. En Roma, París, Londres y Nueva York acumulan tapices, muebles antiguos y sillones. Audrey dice: «Los usaremos. No me pregunten dónde ni cuándo, pero los usaremos». ¿Sufre porque (como algunos afirman) Mel la domina hipnotizándola con su personalidad? «Soy una criatura frágil y necesito que me guíen. Las cualidades de Mel son tan extraordinarias que estoy orgullosa de seguir sus consejos», dice Audrey. Y añade que la igualdad entre los cónyuges no tiene sentido, ella no es una estadounidense sedienta de igualdad de derechos: cree en las opiniones de su madre, holandesa, y de su padre, angloirlandés, para quienes una esposa debe obedecer a su marido. (Pero los padres de Audrey están divorciados).
La verdad salió a la luz una tarde de diciembre cuando se estrenó en Hollywood Adiós a las armas, la película de Selznick basada en el libro de Hemingway. Fue una gran velada de gala. Todos los actores importantes estaban allí. Audrey acudió acompañada del abogado Greg Bautzer, amigo de Mel, porque Mel detesta estos actos sociales. Estaba más silenciosa que de costumbre y parecía aún más evanescente con su vestido blanco y recto que la ceñía sin resaltar sus formas. La multitud que aguardaba a sus ídolos frente al teatro le regaló más aplausos que a ningún otro. Audrey respondió con una educada sonrisa y fue a sentarse en las primeras filas. La sala estaba abarrotada. Hacía calor: el invierno californiano no se parece al de Nueva York o al de París. Pero nadie cree que el incidente se debiera al calor o a una imaginaria indigestión de las ostras que, según su encargado de prensa, Audrey había comido al mediodía. De hecho, durante la proyección de la película se mostró serena. Fue hacia el final, cuando Jennifer Jones interpreta la escena en la que da a luz al niño, cuando Audrey empezó a manifestar signos de inquietud. Greg Bautzer se percató de que inclinaba la cabeza, escondiendo los ojos detrás de la mano enguantada y suspirando. Para animarla, le ofreció un cigarrillo e hizo ademán de encenderlo. A la tenue luz de la llama, se le aparecieron dos ojos llenos de lágrimas. Audrey rechazó el cigarrillo, y puso los dedos en el brazo del abogado: «Sáqueme de aquí, por favor. Estoy a punto de desmayarme».
Todos vieron a Bautzer levantarse, sujetándola de las axilas, y sacarla a rastras como si estuviera inconsciente. Audrey solo se recuperó al aire libre cuando llegó Mel, avisado por teléfono. «No es nada. Solo que me he emocionado un poco. La escena era muy realista», comentó Audrey. ¿Una actriz como ella que se desmaya al ver una escena realista? Audrey, explicaron algunos mejor informados, sintió que se le rompía el corazón al ver a una mujer dando a luz a un niño, porque ese era su drama: no tener hijos y, tal vez, no poder tenerlos nunca. Cuando el periodista Henry Gris le hizo la siguiente pregunta, casi con crueldad: «Audrey, ¿pero tú quieres tener hijos?», el rostro de Audrey se ensombreció y durante unos segundos fue incapaz de responder. Luego, como la auténtica actriz que es, contestó: «En cualquier momento. Estoy dispuesta a renunciar a mi carrera para tener hijos. Mel los quiere. Solo dándole un hijo puedo hacerlo completamente feliz». Parecía sincera y casi serena, pero, en los días sucesivos, ya no quiso volver a hablar de su desmayo. Y por eso, dicen, ya no ríe, ya no disfruta comprando ropa, peina a su perrito como un niño y se muestra tan sola, melancólica y extraña.
Eran las 17:50 horas del 30 de septiembre de 1955: una calurosa tarde californiana de finales de verano. El automóvil, un Porsche descapotable de color aluminio y diseño aerodinámico, circulaba por la carretera asfaltada que conduce de San Luis Obispo a Salinas: la Highway 41. Había un chico al volante: fornido sin excesos, con los hombros algo encorvados, mono blanco y gafas. El viento le alborotaba el pelo, de un rubio rojizo, con largos mechones desordenados, y le azotaba el rostro: ancho, cuadrado, con ojos pequeños e inquietos, una boca dulce de niño malhumorado. Cualquiera lo habría reconocido: desde hacía dieciséis meses reinaba en las pantallas, fascinaba a miles de mujeres, valía millones de dólares. Una sola película había bastado para darle la gloria, se le auguraba un extraordinario porvenir. Se llamaba James Dean; «Jimmy» para los amigos y los colegas de profesión. El Porsche corría por la larga recta desierta y Jimmy parecía contento. Era un buen coche: rápido, de hermoso aspecto. Lo había comprado hacía poco y le había costado siete mil dólares, unos cuatro millones de liras. Durante toda una tarde había circulado por Hollywood para que todos lo vieran: los elogios lo habían sonrojado. Ahora lo llevaba a Salinas para participar en una carrera en pista, y su mirada azul, detrás de los cristales, brillaba de emoción. No había nada en el mundo con lo que Jimmy disfrutara tanto como con una carrera de coches. El retumbar del motor, el viento que abofetea las mejillas, la sensación de devorar la carretera eran cosas que lo consolaban de toda desgracia.
«It is like a good baby» (es como una buena chica), le dijo Jimmy al hombre sentado a su lado. El hombre era el mecánico encargado de asistirlo durante las carreras. Tenía treinta y dos años, una cara redonda y bigote. Venía de Alemania. Se llamaba Rolph Wütherich. «Like a sweet girl» (como una dulce muchacha), repitió Jimmy, y pisó el acelerador, con aire de felicidad. El velocímetro marcaba sesenta millas por hora, noventa y seis kilómetros. «Hi!», gritó Jimmy, agitándose en su asiento. Era su grito de alegría. Rara vez lo hacía. Pero si gritaba «Hi!», estaba satisfecho de verdad. El cuentakilómetros marcaba sesenta y cinco millas. Pronto alcanzó las setenta. «Puedes pedirle lo que quieras. Le haces un gesto con la cabeza y ella te obedece», le dijo Jimmy a Rolph Wütherich. Hablaba en voz alta porque el viento dispersaba el sonido de sus palabras. «¿Me oyes?», gritó Jimmy. El mecánico asintió con una media sonrisa. Jimmy era un corredor sin tacha, pero Rolph temía que estuviera exagerando. Era extraño lo que Rolph Wütherich sentía cuando Jimmy estaba al volante. Rolph, la verdad, sentía miedo, una especie de premonición. Debería habérselo dicho más de una vez, pero siempre dejaba que se le escapara la oportunidad. Jimmy parecía muy feliz cuando estaba al volante. Lejos del automóvil tenía una expresión triste, mortificada, como la de un perro que, con las orejas caídas, espera que alguien le arroje un hueso. Se quedaba así con la cabeza gacha, la mirada oscura, y no decía ni media palabra. Pensaba y fumaba. Si alguien intentaba sonsacarle algo, se ponía hecho una furia. «¡Al infierno!», gritaba, y volvía a caer en una apatía exhausta. Pero cuando montaba en un automóvil, la mueca de decepción desaparecía y empezaba a sonreír de nuevo. ¿Cómo decirle que fuera más despacio? Habría sido peor que arrebatarle de las manos un juguete a un niño.
Jimmy respiró hondo y volvió a pisar el acelerador. Setenta millas, ochenta, noventa. Ahora el Porsche parecía una bala de plata, lanzada por la carretera con la potencia de un cohete. Dos empleados de una gasolinera, Tom Frederick y Tom Dooley, lo miraron asustados y sacudieron la cabeza. «Ese va como un loco», dijo Tom Frederick. «Si sigue así, no llegará a Salinas», dijo Tom Dooley. Noventa y cinco, cien millas: unos ciento sesenta kilómetros por hora. Si la policía lo sorprendía, Jimmy pagaría una buena multa. Pero Jimmy no pensaba en eso. «Gosh! Mira qué bien va mi pequeña», le dijo a Rolph. Rolph guardó silencio, nada entusiasmado. Acababan de dejar atrás Bakersfield, faltaban siete millas hasta Salinas. En la Highway 41 no había nadie, solo ellos y luego un coche que venía en dirección contraria. Eran las 17:59 horas. Se acercaba la intersección entre la 466 y la 41. «Más despacio», ordenó Rolph. Jimmy respondió con un gruñido. Odiaba reducir la velocidad cuando volaba tan bien. «Más despacio, te estoy diciendo». El viento estiraba ahora los mechones rubios del chico. La cara de Jimmy estaba entumecida y sus gafas parecían dos pequeños trozos de hielo. «Hi!», dijo Jimmy, soltando apenas el acelerador. Entonces se percató del coche que se acercaba hacia ellos.
Era un coche gris e iba bastante rápido, pero no tanto como su Porsche. Cerca del cruce tomó la curva de la izquierda para incorporarse a la 466. Ahora estaba muy cerca, tan cerca que podía distinguir claramente el rostro del joven que lo conducía. Jimmy frunció el ceño, calculó la distancia y frenó ligeramente. «Debería parar él», dijo. Fueron sus últimas palabras. El impacto fue horrendo. Sonó como la explosión de una bomba. Cuando Rolph Wütherich, que había salido disparado a un lado de la carretera, logró abrir los ojos, sintió que se desmayaba. El Porsche era un montón de hierros retorcidos. Y Jimmy estaba dentro, atrapado entre el asiento y el volante. Tenía la espina dorsal partida en pedazos, los brazos rotos, el rostro convertido en una máscara de sangre. Murió poco antes de que la ambulancia lo dejara en el hospital de Paso Robles, sin recuperar el conocimiento. Tenía veinticuatro años, siete meses y veintidós días.
Al mundo del cine la muerte no le sienta bien. Es contraproducente, antipática. Cuando un actor fallece, hay un momento de dolorosa consternación y ya está. Se deja enseguida de hablar de él. Sus películas se retiran de las carteleras: a la gente no le gusta ver a alguien muerto en la pantalla. Es mejor reemplazarlo por alguien que quizá sea menos atractivo pero que esté vivo y respire. Ese fue el caso de Jean Harlow, que murió de cáncer cerebral en 1937; de Carole Lombard, que pereció en un accidente aéreo; de Lupe Vélez, que se envenenó con somníferos; de Leslie Howard, cuyo avión fue derribado durante la Segunda Guerra Mundial por cazas alemanes que creían que transportaba a Churchill, y de todos los demás: María Montez, Robert Walker, Suzan Ball, John Garfield, Bob Francis, John Hodiak, Carmen Miranda, Susan Peters, pese a que hubieran recibido el amor de las multitudes como monarcas o divinidades. Por lo tanto, lo que está sucediendo con James Dean no tiene precedentes. Ha pasado un año desde el día en que su Porsche se estrelló en el cruce entre las carreteras 466 y 41 y su nombre, lejos de caer en el olvido, ha ganado mayor popularidad. Hay que retroceder con la memoria hasta el lejano 1926, cuando murió Rodolfo Valentino, para encontrar un fenómeno similar al que se está produciendo hoy en los Estados Unidos. Pero entonces la reacción resultó menos desconcertante. La tragedia que se desencadenó con la apendicitis perforante del gran amador culminó en el funeral que tuvo lugar en Nueva York, durante el cual catorce personas murieron aplastadas por la multitud, cientos de personas resultaron heridas, sesenta y cuatro niños se perdieron y el acontecimiento se hizo merecedor de la crónica de uno de los más grandes narradores de los Estados Unidos: John Dos Passos. Después el pesar se fue apagando bajo los velos de las inconsolables «viudas». Valentino estaba muerto y los americanos se resignaron a saber que estaba enterrado. Sus películas fueron retiradas de circulación. Los ingresos se derrumbaron.
En el caso de James Dean sucede algo muy distinto. Sus películas siguen teniendo éxito comercial. Los comentarios que las oficinas de control siguen haciendo sobre las recaudaciones son precisos: «Buenas, muy buenas, a pesar del certificado de defunción». Los estadounidenses no parecen resignados a creer que Jimmy yace bajo un bloque de granito rosa en el cementerio de Fairmount. Se comportan, en muchos casos, como si estuviera vivo. Tres mil cartas dirigidas a su nombre llegan cada semana a las oficinas de la Warner Bros. Dos mil llegan al domicilio de sus familiares. Cada semana se envían diez mil fotografías «autografiadas» a sus admiradores. No pasa un día sin que un periódico le dedique un artículo conmemorativo y los titulares de los reportajes son los siguientes: «Jimmy Dean no ha muerto», «Dean sigue viviendo inolvidado e inolvidable», «El regreso de James Dean: preparémonos para recibirlo». Sobre la base de este fenómeno, la especulación comercial adquiere rasgos colosales. Un volumen de fotografías titulado James Dean’s Album vendió en veinticuatro horas seiscientos mil ejemplares. Otras dos publicaciones no han tenido menos éxito: El verdadero James Dean, Sus palabras desde el más allá. Cada una vendió medio millón de copias. Los trescientos ejemplares que llegaron a Italia se agotaron inmediatamente después de ser expuestos en los quioscos. Su padre, Winton Dean, está escribiendo una biografía completa y recibirá a cambio un buen montón de dólares. Otra la está preparando Nicholas Ray, quien lo dirigió en Rebelde sin causa. Un poema con música titulado Su nombre era Dean está a punto de ser publicado en Nueva York junto con la Historia oficial de James Dean, de la que se han anunciado un millón de copias. Bustos de bronce y yeso del actor están a la venta desde hace varios meses en las principales librerías de Estados Unidos. Los de bronce cuestan veinte mil liras cada una, y los de yeso, trece mil. Se han vendido casi cuatrocientos mil. Las chicas los colocan en sus habitaciones entre dos velas encendidas. Las velas son un regalo con la compra del busto.
El Porsche de aluminio, debidamente restaurado, se exhibe bajo una carpa en Paso Robles. Inmediatamente después del drama, las solicitudes de compra ascendieron a millares, se ofrecieron cifras fabulosas y el primero en llegar hizo un negocio excelente. En la carpa puede leerse este cartel: «Vehículo en el que James Dean encontró la muerte. Entrada 25 centavos». Veinticinco centavos son menos de doscientas liras: una emoción que no resulta nada cara. Por otros 25 centavos puedes sentarte al volante y apoyar la cabeza en el asiento contra el que Jimmy se rompió las vértebras cervicales. Con un tercer suplemento se te permite tocar las manchas de sangre que van diluyéndose con el tiempo y que los organizadores se ven obligados a retocar de vez en cuando con un poco de pintura. Las chicas americanas no se dan cuenta de que es un juego inmoral y cruel. Lo hacen con una especie de estremecimiento, casi como si fuera un ritual. Siempre hay cola delante del Porsche abollado.
La ropa de Jimmy, reducida a diminutos fragmentos, se vendió a precios de mercado negro. Inmediatamente después de su muerte, los ladrones irrumpieron en su apartamento y se llevaron hasta los calcetines. Cada fragmento se compró por nada menos que un dólar, algo más de seiscientas liras. Se ha fundado la James Dean Memorial Foundation, una asociación que se ha impuesto la tarea de ayudar, incluso económicamente, a jóvenes con aptitudes artísticas. Todos pueden ponerse en contacto con ella. La dirección es: Hotel Excelsior, Suite 208, 45 West 81 Street, Nueva York. El escultor Kenneth Rendell ha esculpido un pésimo medallón de mármol que el senado académico de la Universidad de Princeton ha decidido colocar en el Aula Magna, junto a los de Beethoven, Thackeray, Keats y Lincoln. Los espiritistas se están poniendo las botas. En las columnas publicitarias de los periódicos se publican avisos como el siguiente: «Conexiones con el alma de James Dean todos los días». En cada sesión participan treinta personas por lo menos y cuando el médium pregunta: «James Dean, ¿estás ahí? Da un golpe, Jimmy», todos le hacen entre lágrimas preguntas parecidas a estas: «¿Es cierto que te suicidaste, Jimmy? ¿Es cierto que no te gustaban las mujeres, Jimmy? ¿Has perdonado a Pierangeli, Jimmy?». Un club de gente inconsolable, encabezado por la señorita Betty Burr, amenaza con tomar decisiones terribles el 30 de septiembre, aniversario de su muerte. He aquí la carta, firmada por trescientas chicas, que llegó a la policía hace un mes: «El 30 de septiembre elegiremos un acantilado aislado y, al volante del coche de nuestros padres, nos arrojaremos al mar: todas juntas».
Todo esto que ocurre es realmente extraño. En vida, James Dean no tuvo mucha suerte con las mujeres. Solía enamorarse inútilmente. O bien, si la muchacha correspondía a su cariño, en el último momento prefería a alguien que valía menos que él. Eso fue lo que le ocurrió con Anna Maria Pierangeli, quien, en vísperas de su boda, se casó con el cantante Vic Damone. Eso fue lo que le ocurrió con Natalie Wood, su compañera en Rebelde sin causa, que, al tener gustos demasiado sofisticados, había preferido reducir la relación a una amistad platónica. Lo mismo le ocurrió con Ursula Andress, una aspirante suiza a estrella con un contrato de siete años con la Paramount que lo dejó plantado por John Derek, el chico guapo de las patillas. Las mismas madres de las chicas a las que cortejaba lo consideraban odioso e incivilizado. «¿Casarte con ese camisa sucia? Jamás», dijeron. Le pusieron el sobrenombre de dirty shirt, camisa sucia. Tras su muerte, sin embargo, todas estas chicas lo adoran Ursula tuvo una crisis histérica que le duró tres meses, Natalie fue ingresada en una clínica para tratarse un colapso nervioso. Las desconocidas que tuvieron la oportunidad de pasar una noche con él, desde la dependienta de Macy’s hasta la heredera californiana, escriben descaradas memorias en las que cuentan detalles que normalmente no se publican.
Una joven texana de dieciocho años afirma que estuvo casada con él durante cinco meses y se está llevando a cabo una investigación para determinar si es cierto. Otra afirma haberle dado dos hijos. Cuatro están encerradas en un hospital psiquiátrico debido al desequilibrio mental provocado por su pérdida. Una señora con ambiciones poéticas, Marcia Seller, tuvo que aceptar el divorcio después de escribir el siguiente poema en memoria de Dean: «Me dijeron que habías muerto, / no lo creí. / Anoche soñé con tu sonrisa / ligera, como música del alma, / la luz de tus ojos, / el beso de tus labios, / y comprendí / que no se puede morir / cuando el espacio, el tiempo, la Eternidad / no pueden velar un recuerdo inmortal. / Sigues siendo / ese niño dulce, loco, adorado / que yo, que todas / abrazábamos en la oscuridad / de un cine cualquiera / con la mirada fija en tu imagen viva. / Y como un perpetuo milagro, / dondequiera que estés, Jimmy, / puedes volver a por mí, a por todas, en la oscuridad». Por último, son muchas las que, sin resignarse a creer que esté muerto, le escriben cartas desesperadas suplicando que se ponga fin a la pesadilla en la que los mantiene «la falsa noticia» de su fallecimiento. Se trata de una leyenda creada por un periodista sin escrúpulos, quien difundió el rumor de que Dean no había muerto. Estaba escondido en el campo, con el cerebro trastornado y el rostro desfigurado hasta el punto de causar repulsión. En su lugar, en el cementerio de Fairmount se hallaba el cuerpo de un autoestopista que falleció en el accidente.
Ciertas cosas resultan repugnantes para la sensibilidad de la gente civilizada. Y, sin embargo, tienen, al mismo tiempo, su propio significado. Desde que el cine entró en la vida y en las costumbres de la gente, jamás un actor fallecido había mantenido su popularidad con tanta violencia. Tanto hablar en torno al mito de James Dean no surge solo de un fenómeno de histeria colectiva y de una cínica campaña publicitaria que la productora está llevando a cabo para lanzar su última película, Gigante. También se deriva de un interés espontáneo. James Dean, en efecto, no fue solo un actor espléndido. No se limitó a crear una nueva apariencia del sex appeal masculino: la del chico malo arisco y desaliñado que va por ahí vestido como un mendigo y se baña una vez a la semana, si es que llega a tanto. Era un personaje de nuestro tiempo, del mismo modo que Rodolfo Valentino, con su pelo engominado y sus camisas impecables, fue el personaje de hace treinta años. No gustaba solo porque tenía éxito. Gustaba porque era un chico inquieto y, sobre todo, infeliz. Ese rostro pensativo y descontento, esos ojos oscuros de cachorro frustrado, esos andares desganados, los arrebatos repentinos, las carcajadas sollozantes nacían de una inquietud que comparten muchos jóvenes de hoy. Su constante angustia era la misma que la de mucha gente de su edad que se ve envuelta, por su ansia de apresurarse, en aventuras que los superan. Su personalidad y su comportamiento reflejaban las dudas y dramas de nuestra generación. Toda su breve vida transcurrió a la sombra de una soledad y una ansiedad que nos son familiares. Aunque solo sea por eso, vale la pena contar su historia: la de un personaje extravagante, pero, al mismo tiempo, significativo y actual.
La historia de James Byron Dean empieza en Marion, Indiana, el 8 de febrero de 1931. Jimmy nació a las dos de la mañana. Pesaba ocho libras y diez onzas. Los honorarios de la partera ascendieron a quince dólares. Su padre, Winton Dean, era un mecánico dentista, alto y delgado, de carácter cerrado y costumbres severas. Su madre, Mildred Wilson, era hija de un granjero de Gas City. Era de baja estatura y de proporciones pequeñas. Tenía el pelo negro y un carácter apacible. Mildred y Winton se conocieron en un baile y se casaron cuatro meses después. Él era de religión cuáquera; ella, metodista. El matrimonio se celebró según el rito cuáquero y no fue lujoso. Winton Dean no era rico. Por esa razón, después del nacimiento de Jimmy, ella no quiso traer más hijos al mundo. Consideraba inmoral criar hijos sin dinero. Si nacían, debían tenerlo todo. En este sentido, los primeros años de Jimmy fueron los de un niño feliz. Los Dean, que se habían mudado a Los Ángeles en 1936 por el trabajo de Winton, vivían en un apartamento amueblado de cinco habitaciones. Jimmy tenía su propia habitación y muchos juguetes. Pero no le gustaban los juguetes. «Muy pronto», cuenta Winton, «se volvió demasiado mayor para los trenes eléctricos y los ositos de peluche. Tenía otros intereses. Por ejemplo, le gustaba hablar con personas mayores que él. Se pasaba la mayor parte del día en compañía de su madre».
Mildred era una mujer llena de imaginación. Inventaba deliciosos pasatiempos para Jimmy. Una de sus habilidades consistía en improvisar comedias teatrales. Había pintado un telón, le había colocado una cortina de seda azul y utilizaba las muñecas como actores. Ella ponía la voz de mujer, Jimmy la voz de hombre. Representaban durante horas y horas. Otro pasatiempo era el juego de los deseos. Por la noche, antes de acostarse, Jimmy escribía un deseo y luego metía el papelito debajo de la almohada. Cuando se quedaba dormido, Mildred sacaba el papel y lo leía. Si era un deseo posible, a la mañana siguiente lo hacía realidad para Jimmy. Jimmy era un niño razonable. Nunca pidió cosas absurdas, excepto el día en que escribió que quería un estanque. Mildred y Jimmy se querían mucho. Eran amigos, más que madre e hijo. Él decía: «Si te mueres, yo quiero morir contigo. Meteré la cabeza en un cubo de agua y me ahogaré». Mildred estaba enferma. Lo había acostumbrado a la idea de la muerte. «Un niño», decía, «debe saber». Y Jimmy lo supo muy pronto: antes de lo que Mildred temía.
