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Si crees que la felicidad sexual y espiritual no es compatible con los ritmos frenéticos del mundo actual, no has experimentado el tantra urbano. La aclamada educadora sexual Barbara Carrellas mezcla sabiduría erótica y sabiduría espiritual para conseguir una actualización radical de la antigua práctica del tantra. Los exploradores sexuales modernos que deseen superar su límite encontrarán técnicas fáciles de seguir para experimentar estados orgásmicos expandidos y juegos en solitario y en pareja (así como prácticas más aventureras). Esta sorprendente guía revela deliciosos mundos de éxtasis disponibles para todos, e incluye prácticas de veinte minutos, sexo adaptado a todas las identidades y cuerpos, así como bdsm tántrico. Sea cual sea tu género, orientación sexual o gusto erótico, Tantra urbano expandirá tus nociones sobre el placer y te impulsará a nuevas cotas de intimidad y satisfacción sexual.
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Seitenzahl: 582
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Título original: Urban Tantra. Sacred sex for the twenty-first century
This translation published by arrangement with Ten Speed Press,
an imprint of Random House, a division of Penguin Random House llc
© de las ilustraciones: Colleen Coover
© de las ilustraciones de las páginas «El desarrollo de los genitales» y «Misma gelatina, modelos distintos»: Yudori (Noori Lee)
© de la fotografía de cubierta: Elke Van de Velde
© de la ilustración de cubierta: Kate Quinby
© de la traducción: Albert Fuentes
© Editorial Melusina, sl
www.melusina.com
Reservados todos los derechos de esta edición
Primera edición: febrero de 2020
Primera edición digital: junio de 2020
Diseño de cubierta: Silvio García Aguirre
eisbn: 978-84-18403-00-2
Asómate al precipicio, me dijo ella.
No, que me voy a caer.
Asómate al precipicio.
No, que está muy alto.
Asómate al precipicio.
Lo hice,
me empujó
y volé.
*
Este libro está dedicado a Louise Hay y Patricia M. Neilson
Contenido
Agradecimientos
Prólogo
Introducción a la nueva edición
Preludio
Primera parte Tantra: los principios básicos
Capítulo 1 ¿Qué es eso del tantra?
Capítulo 2 ¿Por qué necesitamos el éxtasis?
Capítulo 3 Vive el aquí y ahora
Capítulo 4 Conoce tus chakras, conócete a ti mismo
Capítulo 6 Cómo tocar
Capítulo 7 Tantra en veinte minutos
Segunda parte Tantra en solitario: desata tu energía orgásmica
Capítulo 8 La energía sexual: qué es y qué hacer con ella
Capítulo 9 El orgasmo: todas las posibilidades
Capítulo 10 Los orgasmos de aliento y energía
Capítulo 11 Tantra para uno
Tercera parte Tantra para parejas: un ritual tántrico
Capítulo 12 Preparar el escenario
Capítulo 13 Relajarse y entrar en calor
Capítulo 14 Reunirse
Capítulo 15 Rock and roll
Capítulo 16 El placer del después
Capítulo 17 El masaje del despertar erótico: introducción
Capítulo 18 El masaje del despertar erótico para personas con vagina
Capítulo 19 El masaje del despertar erótico para personas con pene
Capítulo 20 El masaje del despertar erótico para personas trans e inconformistas del género
Cuarta parte Tantra para intrépidos
Capítulo 21BSDM tántrico
Capítulo 22 Cómo crear el ritual tántrico perfecto para ti
Capítulo 23 Tantra en grupo
Quinta parte Tantra: la siguiente dimensión
Capítulo 24La magia sexual
Bibliografía
Recursos
Agradecimientos
Imaginé este libro hace ya unos años, durante unos talleres salvajes y muy cachondos que impartí en Australia sobre sexo y espiritualidad. Han sido necesarios el amor y el apoyo de muchas personas para que Tantra urbano salga de las aulas y quede plasmado en la página impresa.
A mi compañera en el amor, el arte y la vida, Kate Bornstein: gracias por tu fe inquebrantable en mí y en la importancia de este libro. Gracias por darme la inspiración y el ánimo que necesitaba para llevar este libro mucho más allá de la idea original. Gracias por leer cada capítulo de este libro, una y otra vez. Gracias por amarme.
A Chester Mainard: gracias por regalarme las palabras precisas para hablar de los cuerpos y el placer. Eres el mejor maestro que haya encontrado nunca y enseñar en colaboración contigo ha sido una de las mayores emociones de mi vida. He intentado captar el espíritu de tus enseñanzas en Tantra urbano. Te amaré siempre.
A Louise Hay: gracias por tu amor incondicional, por seguir subiéndote con placer al tren de mis diversiones más extremas, y por estar siempre a mi lado cuando necesito una buena sesión de lágrimas, de risas o de chispas. Gracias, especialmente, por la intensidad de tu apoyo durante las últimas etapas en la redacción de este libro.
Gracias a mi hermana del alma, Annie Sprinkle, quien me dio la mano cuando me lancé de cabeza a la piscina del sexo y me obsequió con la mejor de las amistades desde entonces. Gracias también a las otras mujeres del Club 90: Veronica Hart, Gloria Leonard, Candida Royalle y Veronica Vera, quienes me han brindado su ánimo en cada etapa de este camino. Vaya asimismo un agradecimiento especial a Linda Montano, quien me prestó orientación espiritual y consejos en el arte y en la vida durante tantísimos años.
He aprendido muchísimo de mis amigas y colegas: Lily Burana, Kutira Decosterd, Betty Dodson, Raelyn Gallina, Lynda Gayle, Jwala, Robert Lawrence, Christiane Northrup, Carol Queen, Pat Sinatra y, sobre todo, Joseph Kramer. Os estaré eternamente agradecida no sólo por lo que me habéis enseñado, sino también por haberme permitido incluir algunas chispas de vuestro brillante saber en este libro.
Vaya mi más profundo agradecimiento a la coordinadora de mi taller nacional australiano y querida compañera de fatigas Hayley Caspers. Gracias a mis valientes y sabios presentadores regionales, Margie Fischer, Sue Marley, Kirien Withers, Di Alexander, Alka y Joanne Baker. El éxito de mis talleres se debió en gran medida al apoyo físico, emocional y psíquico de Catherine Carter, Steve Cairnduff, Heather Croall, Cyndi Darnell, Lianna Gailand, Diana Haigh, Laura-Doe Harris, Debra Kaplan, Peter Masters, Jenny Navaro, Alison Partridge, Justine Watson y norrie my-welby, entre otros.
Gracias a mi agente literaria Malaga Baldi por tu total entrega y fe en este libro. Con tu ayuda se ha desarrollado hasta convertirse en todo lo que había imaginado, y más.
Un enorme abrazo de éxtasis entusiasmado a Colleen Cover, quien creó las ilustraciones perfectas que acompañan a Tantra urbano.
Montones de gratitud a Ten Speed Press, donde me ayudaron a restañar las heridas de una pesadilla editorial anterior brindándome respeto, entusiasmo y amor; y un agradecimiento especial a mi editora, Brie Mazurek. Brie, eres una estrella. Gracias también a Mark Rhysberger y Felice Newman por su ayuda editorial con una versión previa del manuscrito.
Es verdad lo que dicen: la gente del mundo del espectáculo es especial. Gracias a James M. Nederlander, Herschel Waxman y Jim Boese de la Nederlander Organization, y a la plantilla y personal del Brooks Atkinson Theatre, quienes no sólo supieron tolerar mis frecuentes angustias de escritora, sino que además me apoyaron con su buen amor y alegría a lo largo de este camino. Muy en especial, mi más sentido agradecimiento y amor a Marilyn S. Miller, quien me sustituyó en un sinfín de actuaciones para que pudiera escribir. Me quito el sombrero ante todos.
Le estoy muy agradecida a Tristan Taormino por continuar apoyando mi trabajo de forma incansable y también haber participado en la creación de Dark Odyssey, donde encontré inspiración en muchísimos pioneros y pioneras del erotismo. Gracias, especialmente, a Anton, Phoenix Benner, Blair, Sir C, Colten Tognazzini, Femcar, Lee Harrington, Kate y David, Lolita, Major, y Puppy, por su sabiduría y amistad. Y vaya un agradecimiento especialísimo a los autores y maestros tántricos Mark Michaels y Patricia Johnson por su ejemplo y camaradería.
Vaya mi gratitud a Mary Wallach y Rod DeJong, quienes cuidaron de mis cuerpos físico y emocional mientras escribía, y a Osho, que cuidó de mi alma.
Gracias a familiares y amigos: Michelle Ainsworth, Lynn Birks y Judith Wit, Frances, Gizmo, Goose, Chele Graham, P. Kitty, Sara Miriam, Mollyanna, Patricia C. Lee, Patricia Neilson, Daniel Peralta, Beverly Petty, Kaylynn Raschke y Alexis Hurkman y Ron Tillinghast, quienes me brindaron espacios y oportunidades para esconderme, gritar, imaginar, enfurecerme, bramar y reír durante todo el proceso de escritura.
A los participantes de mis talleres durante todos estos años y a todas las personas que, en fiestas bdsm, rituales o retiros eróticos, me han impresionado con su honestidad, pasión, sabiduría, valentía y creatividad, gracias. Me habéis inspirado y dado fuerzas para no desviarme del camino. Para vosotros es este libro, del que en parte también sois autores.
Nota de agradecimiento para la edición revisada
Durante estos últimos diez años, he recibido la inspiración, el ánimo y el conocimiento de la comunidad de varios cientos de graduados en el programa que dirijo de Formación Profesional en Tantra Urbano. Estos cursos de formación no habrían sido posibles sin la apasionada dedicación de sus coordinadores locales en todo el mundo. Vaya, pues, mi más profundo agradecimiento a Elise Bish, Hayley Caspers, Liana Gailand, Lola D. Houston, Amanda Gay Love, Donia Love, Rebecca Lowrie, Gina Machado, Tara Phillips, Carl Johan Rehbinder, Jennie Rehbinder y Lorenzo Stiernquist. Un agradecimiento también enorme a los brillantes, entregados y leales miembros del equipo que se reúnen todos los años para prestar su apoyo a estos cursos de formación y a esta comunidad.
Todo mi amor para Rowan Tinca Parkes, amiga del alma, quien deja todo lo que esté haciendo, se sube a un avión y trae su magia a cualquiera de las aventuras salvajes y locas en que me haya embarcado.
Gracias una vez más a Ten Speed Press por su lealtad y compromiso con este libro, y por haberme brindado una nueva experiencia editorial maravillosa. Ha sido un auténtico placer trabajar con mi editora, Kate Bolen, y mi diseñadora, Angelina Cheney.
Un agradecimiento muy especial para la increíble artista YuDori (yudori.com), quien se ofreció a crear ilustraciones suplementarias para esta nueva edición, y a Cyndi Darnell por las imágenes de The Atlas of Erotic Anatomy and Arousal, que sirvieron de base para las ilustraciones. Gracias, también, al Club de Lectura bdsm de Lexington (Kentucky), por plantear unas preguntas estupendas y ofrecerme perspectivas novedosas sobre el tantra y el bdsm.
Y, por último, gracias a todas las personas que leyeron y recomendaron la primera edición de este libro. Con vuestro aliento, respirando acompasadamente, estamos cambiando el mundo.
Prólogo
Cuando mi amiga Barbara Carrellas me pidió que escribiera el prólogo de Tantra urbano, su segundo libro, me dijo que era «porque habíamos recorrido gran parte del camino juntas». Era verdad, por lo menos hasta la aparición de Tantra urbano en 2007. Habíamos viajado miles de kilómetros de la mano (y con la mano en otros paisajes del cuerpo), en pos del Santo Grial: disfrutar de un sexo estupendo que no sólo fuera divertido y satisfactorio, sino también profundamente curativo, emancipador en lo personal y revelador en lo espiritual. Seguimos el camino que nos indicaban nuestras musas, y nuestros clítoris, y nos guiaron maravillosamente bien.
Nuestra aventura comenzó en el Nueva York de los años ochenta, antes de Sexo en Nueva York, antes de que Disney invadiera el ambiente deliciosamente sórdido de Times Square, antes de que hubiera talleres de sexo tántrico en todas las grandes ciudades del país. Barbara era una mujer cultivada, con una carrera de éxito, pues era directora general de un teatro en Broadway, mientras que yo, por mi parte, era una prostituta y actriz porno a mucha honra, y también me había convertido en una profesional en el arte de hacer realidad las fantasías fetichistas de mis clientes, al tiempo que daba mis primeros pasos como educadora sexual.
Nos habíamos conocido durante los años del «sexo equivale a muerte» de mediados de los ochenta, en un gran grupo de apoyo llamado New York Healing Circle (Círculo Curativo de Nueva York), cuando el sida causaba estragos y dolor sin que nadie pudiera ponerle remedio. Estábamos perdiendo a muchos amigos, demasiado jóvenes. El Círculo Curativo era un grupo de apoyo que encontraba fuerzas en la espiritualidad. Barbara estaba dejando atrás el catolicismo y se mostraba muy timorata en asuntos religiosos. Yo era atea y me había criado en una familia unitaria, por lo que no me sentía del todo cómoda con ese interés que se me había despertado hacía poco de entrar en ámbitos sagrados, aprender que lo espiritual podía ser curativo e intentar santificar mi vida. Tuvieron que morir varios de nuestros amigos y amantes más queridos para que ingresáramos en un camino espiritual que iba a cambiarnos la vida y que nos venía como anillo al dedo.
Desde el primer momento, Barbara y yo hicimos buenas migas. Tuvimos una breve relación sexual que terminó mutando en una profunda amistad. Por aquel entonces, Barbara ya era más experta sexualmente y pro-sexo que la mayoría de gente. Con ella aprendí que tenía un punto g (gracias, B.). Pero en otros aspectos también era inexperta. Cuando la invité a conocer el «underground sexual» de la ciudad, pensé que iba a meter los deditos en aquel mar para probar cómo estaba el agua y luego regresar a caminos más trillados y heteros. Ni hablar.
En vez de ello, Barbara enfiló por el carril rápido y se puso a aprender todo lo que pudo sobre cualquier faceta del sexo, adquiriendo experiencias a través del exceso. Fuimos juntas a orgías, a clubes bdsm, a los palacios del peep-show que había en Times Square, a fiestas de transexuales, y nos apuntamos a cursillos y rituales de masturbación, y Barbara lo probó todo con montones de gente. Incluso se puso delante de la cámara y apareció en un par de películas porno con pretensiones artísticas que dirigí, The Sluts and Goddesses Video Workshop y Annie Sprinkle’s Amazing World of Orgasm. También participó en la primera película de educación sexual que realizó Betty Dodson, Selfloving, y más tarde se pasó a la televisión comercial con varias apariciones en Real Sex, una serie documental producida por hbo. Y a todas esas aventuras Barbara aportó todo su entusiasmo, estilo e integridad.
Casi desde el principio, empezamos a hacer cursillos de tantra organizados por los pocos maestros de la especialidad que había activos en ese momento. Lo que nos atrajo de entrada al tantra fue lo que habíamos leído sobre los antiguos senderos tántricos, que parecían abarcar cualquier manifestación de la sexualidad, como poemas amorosos, posiciones extremas de yoga para follar, alucinantes prácticas fetichistas, relatos sobre «prostitutas sagradas» y orgías en cementerios que duraban un mes, entre otras cosas salvajes. Pero muchos de esos cursos que hicimos nos parecían un poquitín bobos y demasiado mojigatos para nuestras inclinaciones zorrunas y las sensibilidades que se estilaban en Nueva York. No terminamos de encajar en esa modalidad tántrica pensada para parejas progres, estrictamente heterosexuales, blancas, de mediana edad y con veleidades New Age. Como éramos las únicas participantes queer, provocadoras, raritas y perversas, se nos juzgaba por cómo éramos y por lo que nos interesaba. «El tantra no es eso», nos decían. Pero las técnicas que aprendimos y la óptica general del tantra dejaron una impronta indeleble en nosotras. En secreto, nos preguntábamos si no habríamos sido unas expertas tantrikas en alguna reencarnación pasada.
Hasta técnicas antiguas relativamente asequibles como la respiración para alcanzar el éxtasis nos cambiaron la vida para siempre. Tuvimos experiencias absolutamente electrizantes con orgasmos energéticos de cuerpo completo que parecían enemas para los chakras, viajes chamánicos y experiencias religiosas potentísimas, todo a la vez.
Estábamos tan entusiasmadas con aquellas experiencias que, como no podía ser de otra forma, nos dieron ganas de compartir todo aquel saber con nuestras amistades y las distintas comunidades en las que participábamos. Empezamos por nuestros hermanos gais enfermos de sida. Cuando abrazaron con amor esa nueva forma extática de sexo sagrado y más seguro, nos sentimos tan animadas que enseguida cogimos carretera y manta y empezamos a echar una mano en la organización de talleres de sexualidad, aprendiendo todavía más a través de la enseñanza. Nuestros cursos «Sexo sagrado», «Pasarlo bien con la respiración y los orgasmos energéticos», «Masaje erótico» y «Zorras y diosas» estaban completamente imbuidos del espíritu tántrico, pero se alejaban bastante de los talleres tradicionales de la disciplina. Incluían cantos, trabajo energético y meditación, pero en ocasiones incorporábamos también bdsm, intercambio de géneros, corsés muy ceñidos, fetiches, arquetipos de puta/zorra/bruja y disfraces alucinantes, entre otras muchas cosas. La mayoría de la gente maravillosa que vino a estos cursos nos hizo comentarios entusiastas, sentidos y a veces emocionados, agradeciéndonos sentirse libres o diciéndonos que sus vidas habían cambiado para bien, y para siempre, gracias a algo que habían aprendido o experimentado con nosotras. Muchos de los participantes de los cursos nos regalaron sin saberlo nuevas claves o experiencias que nos permitieron ahondar en nuestra exploración personal, y se lo agradecemos de verdad. Enseñábamos lo que queríamos aprender, ¡y vaya si aprendimos!
El tantra nos brindó una nueva vía para continuar nuestros viajes sexuales y conseguir satisfacer nuestras necesidades espirituales y emocionales, al tiempo que nos ofrecía estrategias para lidiar con toda la enfermedad y muerte que nos rodeaban. Barbara y yo tuvimos la impresión de estar reivindicando el sexo, rescatándolo de la cultura desquiciada, disfuncional, moralista, ignorante y puritana que, en materia sexual, dominaba Estados Unidos. Entendimos que nuestro deber cívico, nuestra labor amorosa y nuestra misión en la vida consistían en emplear la sexualidad para suscitar experiencias sexuales que fueran curativas, trascendentales y enriquecedoras para los demás y para nosotras mismas.
Tras muchos años aprendiendo, trabajando y viajando juntas, Barbara y yo llegamos a una encrucijada en nuestra colaboración. Habíamos seguido a nuestras musas, y a nuestra dicha, y llegamos a un punto en el camino en el que, como por arte de magia, intercambiamos nuestras vidas: yo me convertí en la mujer de teatro y Barbara en la mujer de sexo. Barbara siguió concibiendo nuevas formas de acercarse a la enseñanza de la sexualidad colaborando con Chester Mainard, maestro entre maestros del tacto con unas manos prodigiosas. Más tarde, se enamoraría de Kate Bornstein —autora visionaria, performer, activista y «forajida del género»— con quien impartió algunos cursos buenísimos. Bornstein la inspiró a transitar por terrenos inexplorados en la educación sexual más allá del binarismo de género.
Andando el tiempo, Barbara creó el tantra urbano: una versión del tantra fresca, nueva, inclusiva, estupenda, a la última, atrevida y muy divertida y vanguardista. La ha llevado por toda la geografía estadounidense y también a otros muchos países, y sus enseñanzas han llegado a públicos nuevos y diversos que buscaban experiencias transformadoras diseñadas para personalidades y estilos de vida que se salen de lo convencional. Hoy día, Barbara es una experta y educadora sexual de talla mundial y el tantra urbano ha hecho del mundo un lugar más satisfecho sexualmente, extático, tolerante e inclusivo.
Así pues, no podías estar en mejores manos. Ahora que te dispones a iniciar tu singladura por el tantra urbano, has de saber que te recibimos con los brazos abiertos, seáis tú y/o tu pareja expertos o inexpertos, jóvenes o mayores, trans o cis, con capacidades diferentes, con piercings o tatuajes o con la piel intacta, te ponga el kink o no. Da igual dónde vivas, quién seas o a qué te dediques. Esta es tu casa si quieres entrar en ella. Barbara cree que eres una persona perfecta y sexy tal y como eres, y te enseñará cosas nuevas, deliciosas y muy apetecibles para ayudarte a que tu vida sea cada vez más más gozosa y plena. ¡Feliz aventura!
Annie Sprinkle
Introducción a la nueva edición
Conque quieres una revolución…
Cuando empecé el primer borrador de la primera edición de Tantra urbano, escribí: «¡Quiero una revolución!». No sólo quería una revolución en las actitudes culturales en torno a la sexualidad y la espiritualidad, sino que además aspiraba a una revolución en el tantra: la única práctica espiritual que he conocido a lo largo de mi vida que asume de buen grado que la sexualidad es un sendero hacia la libertad espiritual. Quería una revolución. Y no estaba dispuesta a esperar más.
Hoy, once años después, esa revolución está en marcha. Eché un vistazo al círculo de graduados de mi más reciente programa de formación profesional en tantra urbano y esto es lo que vi: una dominatrix profesional transgénero, un médico cisgénero, un íntimo sagrado (persona que ayuda a otras a encontrar el camino del placer en sus cuerpos) gay, una enfermera, una prostituta, una trabajadora social que colaboraba con pueblos indígenas, varios especialistas en educación sexual, otros maestros tantra, dos monitores de yoga, una artista de la performance, y una religiosa protestante. Un tercio del grupo estaba formado por personas de color. Nuestras edades estaban comprendidas entre los veintipocos y los sesenta y muchos. Pudimos amar, llorar, reírnos a carcajadas, sentir profundamente, experimentar momentos «¡eureka!» que te cambian la vida, y apoyarnos y querernos los unos a los otros durante toda una semana. Todos ellos eran exploradores hermosos, valientes y apasionados, y tras esos siete días se habían convertido en colegas y amigos míos. Con Tantra urbano, mi primera intención había sido escribir el libro que siempre había querido leer pero que nunca había encontrado. Sabía que en el mundo había gente valiente, amorosa, inclinada a lo espiritual y centrada en lo erótico que también quería ese libro. Y me apetecía conocer a toda esa gente. Jugar con ella. Trabajar con ella. Aprender de ella. Y allí estaban. Escribí el libro y vinieron. Un sueño hecho realidad.
Así pues, desde 2007 he visto cómo se hacían realidad muchos de mis sueños tántricos urbanos. La expresión «sexualidad consciente» es habitual hoy día. El sexo sagrado ha ampliado sus fronteras hasta incorporar toda suerte de creencias y prácticas. El campo de la educación sexual ha vivido un crecimiento exponencial, proporcionando recursos a personas de todas las razas, religiones y perfiles culturales. El bdsm fue suprimido del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales en 2013, pasando a ser una elección fruto del consenso y no una enfermedad mental. Las relaciones no monógamas salieron del armario y nos han invitado a todos a replantearnos sin prejuicios de qué forma creamos y conservamos nuestras relaciones. Y luego llegó el género. ¡Tremendo! En estos últimos años, el apogeo simultáneo de las identidades de género y las iniciativas por los derechos trans lo han cambiado todo, abriendo una caja de infinitas oportunidades de género que ya no es posible cerrar. Hoy, el tantra urbano es un movimiento global. El programa de formación profesional en tantra urbano por sí solo ha supuesto la graduación de cientos de practicantes de veintiséis países distintos que, a su vez, han llevado la práctica a rincones del mundo que nunca habría soñado.
Logré mi revolución. A lo grande.
Ahora que nos hallamos en tiempos posrevolucionarios, ha llegado el momento de que el tantra urbano madure de acuerdo con esta nueva época. Para esta segunda edición, he revisado, actualizado y complementado el texto, no sólo para poner el libro al día, sino también para echar un vistazo a lo que puede depararnos el futuro. Siempre he pensado que el tantra urbano es una práctica en constante evolución. ¿Adónde podemos encaminarnos ahora? ¿En qué puede convertirse el tantra urbano el día de mañana? Esta edición revisada es un paso hacia ese futuro.
Comunidad ampliada
Como suele ocurrir con las revoluciones, cuando alguien iza una bandera, todas las demás personas que estaban ansiando una revolución acuden corriendo para presentarse y preguntar cómo pueden ayudar. Eso es justo lo que me ocurrió en 2007, cuando apareció la primera edición de Tantra urbano. Toda la gente que había encontrado cerradas las puertas de otras escuelas de tantra descubrió una bandera a la que podían unirse. Primero nos reunimos en internet, para hacerlo después en persona, desde todo el mundo.
En esta edición revisada, extiendo una invitación a una inclusión todavía mayor. Ofrezco prácticas y consejos para personas que comparten relaciones con varias parejas. El número de personas que practican abiertamente una no monogamia pactada ha crecido muchísimo. Durante esta última década, he creado cursos de tantra para tríadas, quads y otras variantes. En esta edición, propongo estrategias para que el tantra de pareja pueda incluir a más de un amante.
Muchas escuelas de tantra han adoptado posiciones más inclusivas, de forma que grupos de personas con intereses e identidades comunes han creado sus propios grupos tántricos o han incorporado principios y prácticas tántricas a sus organizaciones y escuelas de pensamiento. El tantra gay, el tantra oscuro, el tantra pagano, el tantra queer y el tantra para mujeres son tan sólo una muestra de ese nuevo repertorio de sabores tántricos. He encontrado inspiración en muchas expresiones creativas del tantra que han florecido en todo el planeta y espero que esta nueva edición de Tantra urbano pueda, por su parte, servirles de inspiración.
También he encontrado una fuente de inspiración en el auge del movimiento asexual. Una persona asexual es aquella que o bien no experimenta atracción sexual o bien sí la experimenta, pero no siente la necesidad de exteriorizar sexualmente esa atracción. En nuestra cultura, la falta de interés y/o deseo sexual suele considerarse patológica. Yo aplaudo a los asexuales y arrománticos (gente que experimenta una atracción romántica escasa o nula por los demás) por negarse a que los traten de enfermos. Y resulta que un número cada vez mayor de asexuales y arrománticos empieza a sentirse atraído por el tantra. En esta edición, indico prácticas dirigidas a personas con distintas afinidades sexuales y románticas que les ayudarán a encontrar formas de relacionarse, traspasar energía y crear vínculos e intimidad sin incluir necesariamente el sexo y/o la seducción.
Tantra y bdsm
La relación entre tantra y bdsm —considerada radical y herética cuando escribí sobre ella por primera vez— es hoy práctica habitual. El boom causado por la novela Cincuenta sombras de Grey catapultó el bdsm desde la oscuridad a las casas de las clases medias. Los practicantes del bdsm que siempre habían jugado con un toque tántrico disponían ahora de un nombre con el que referirse al juego energético del que tanto tiempo habían disfrutado. Aquellos tantrikas aficionados a darle un giro un poco más físico o intenso en el plano emocional a sus prácticas vieron que podían hacerlo sin que nadie se lo afeara. Algunos practicantes tántricos conjugan hoy elementos de poder y sensaciones intensas con el tantra tradicional, en una variante a la que en ocasiones se denomina «tantra oscuro». Veteranos del bdsm salen hoy del armario y confiesan ser buscadores espirituales, al tiempo que crean escenas diseñadas específicamente para recibir a dios/diosa/universo/todo-lo-existente en sus mazmorras. Están creciendo comunidades en las que se dan cita personas kinky y tántricas para mezclarse y jugar juntas, y hoy podemos encontrarlas por todo el mundo.
El sexo tántrico y el bdsm tienen mucho más en común de lo que podría parecer a primer vista. Ambos son artes eróticas de la conciencia. Ambos inyectan intensidad a la vida y al sexo. Ambos adoptan una gran variedad de prácticas potentes y pactadas. Tanto los rituales del tantra como los del bdsm comparten el objetivo de generar energía erótica. Ambas prácticas implican un dar y recibir consciente. Ambas animan a asumir riesgos, sean éstos físicos o emocionales. Ambas artes eróticas animan a buscar la libertad personal, la individualidad y la imaginación. Y ambas provocan estados de trance y experiencias transcendentes y transformativas. En esta edición, ofrezco a los lectores un repertorio más amplio para quienes deseen investigar en esta intersección.
La revolución del género
Nuestra mirada y nuestro discurso sobre el género han experimentado una transformación radical. Cuando escribí la primera edición de Tantra urbano, quise emplear un lenguaje inclusivo en cuanto al género, pero mis editores (comprensiblemente) consideraron que el público general lo encontraría confuso o incorrecto desde un punto de vista gramatical, así que esquivé el problema usando nombres de pila neutros en vez de pronombres, alternando entre él y ella, y empleando él/ella. Durante la preparación de esta segunda edición, el tema ni siquiera se planteó. Hoy, la mayoría de diccionarios ingleses admite el uso del pronombre de tercera persona del plural (they) como pronombre neutro de tercera persona del singular.*
El lenguaje del género está cambiando tan deprisa que estoy convencida de que, cuando leas este libro, habrá evolucionado para dar nombre a nuevos aspectos o interpretaciones del género. Ello requiere extremar el cuidado en el uso de una terminología sobre el sexo y el género que se halla en constante evolución. Tal y como recuerdo en mis talleres y libros, definir los términos que emplearemos al hablar o escribir es esencial para transmitir de forma rigurosa nuestros sentimientos, identidades y deseos. Con este ánimo, detallo a continuación mis definiciones de los términos relacionados con el género que voy a emplear en el libro:
• Cisgénero (o cis) es aquella persona cuya identidad de género coincide con el sexo que se le asignó al nacer.
• Transgénero, al escribir estas líneas, se refiere a un hombre, mujer, niño o niña que ha hecho la transición desde otro género. Hasta hace tan sólo unos años, transgénero era un término inclusivo para cualquier persona que estuviera experimentando con el género. Hoy, ese término inclusivo es trans.
• Trans, al escribir estas líneas, es un término inclusivo para cualquier persona cuyo género no concuerde con las normas culturales del género. Incluye, por tanto, personas no binarias, genderqueer, e inconformistas del género.
• No binarias, genderqueer e inconformistas del género son aquellas personas cuyas identidades de género son masculinas y femeninas al mismo tiempo, ni lo uno ni lo otro, o escapan a los conceptos de masculinidad y feminidad.
En esta edición, ofrezco un abanico más amplio de posibilidades eróticas tanto para transexuales como para las personas que les aman. Cuando escribí la primera edición de Tantra urbano, titulé mis masajes para un despertar erótico indicando que iban destinados a «personas con vagina» y «personas con pene», en vez de a mujeres u hombres. Quería que los lectores entendieran que no todas las personas que se identifican como mujeres tienen coño y no todas las personas que se identifican como hombres tienen polla. Ahora, a medida que cada vez más gente entiende que los genitales no equivalen al género, es la ocasión perfecta para ser más inclusiva con respecto a la comunidad trans añadiendo un nuevo capítulo, «Masaje del despertar erótico para personas trans e inconformistas del género». Se trata de una aventura erótico-espiritual basada en la idea de que todo tejido erótico es la misma gelatina vertida en moldes distintos.
Un tantra en constante evolución
Hoy día, la palabra tantra se considera prácticamente sinónima de sexo en la cultura dominante en Occidente, lo cual es una pena. Aunque he tratado de centrarme en la práctica espiritual en un sentido más amplio, lo cierto es que quiero honrar y apoyar la profunda necesidad que tanta gente tiene de una práctica espiritual que abrace la sexualidad. En el capítulo 1, «¿Qué es eso del tantra?», adopto una postura más matizada sobre la naturaleza y la historia del tantra, así como su evolución hasta convertirse en una práctica moderna y sagrada de la sexualidad en Occidente.
Cuando apareció Tantra urbano, mi primer propósito era crear una práctica tántrica que diera la bienvenida a personas de todo género, raza, capacidades, preferencias sexuales y creencias espirituales. Quería una escuela de tantra que tuviera los pies en el suelo y que fuera divertida, asequible y transformadora. También quería ampliar los límites de lo que era y podía llegar a ser el tantra. A lo largo de los años siguientes, he presenciado innumerables milagros emocionales y curativos en el plano físico gracias a las prácticas tántricas de varias personas. Hoy día, lo que me pregunto es: ¿cómo puede la práctica del tantra urbano no sólo curarnos sino también sanar el mundo? ¿Cómo podemos ser de ayuda a los demás? ¿Qué otras posibilidades alberga esa intersección entre espíritu y sexo? ¿Cómo puede el tantra —y, en concreto, el tantra urbano— no sólo inspirar a la gente a dar lo mejor de sí misma, sino también provocar cambios en el mundo para beneficio de los demás? La quinta parte de esta nueva edición —«Tantra: la siguiente dimensión»— apunta precisamente hacia ese porvenir. Os invito a todos, así como a mí misma, a emplear el arte de la magia sexual que nos brinda el tantra para que cada cual cree su propio sello de un activismo social alimentado por la espiritualidad y la sexualidad.
Hayas transitado por la senda del tantra urbano desde que apareció la primera edición de este libro o estés empezando hoy tu viaje con nosotros, te doy la bienvenida. Tengo la esperanza de que esta nueva edición de Tantra urbano te inspire a crear tu propio cóctel de sexualidad con unas gotas de espiritualidad y/o de espiritualidad con unas gotas de sexualidad. Puedes llamar a esa práctica tantra, sexo sagrado, sexualidad consciente, espiritualidad erótica o kink sagrado. El nombre que yo le he dado es, sencillamente, «Cómo amo».
* Para la traducción, hemos optado por utilizar el masculino como género no marcado. No ha sido una decisión fácil, pero cualquier otro uso habría complicado en gran medida la legibilidad del texto. Con todo, el lector deberá tener en cuenta que, salvo que se indique expresamente lo contrario, el texto va dirigido a personas de todos los géneros. (N. del trad.)
Preludio
El templo del baile erótico sagrado o el éxtasis está donde lo encuentras
Los veranos en Nueva York son legendarios por el bochorno que hace. Remolinos de vapor ascienden por entre las rejillas del metro y se mezclan con el aire húmedo y estadizo, oprimiendo en un desagradable abrazo a quienquiera que no haya podido escaparse a las playas pijas de Long Island y la costa de Nueva Jersey.
El distrito financiero de Nueva York es incluso más claustrofóbico en la canícula de agosto que la mayoría de barrios de la ciudad. Entre las estrechas calles y los imponentes rascacielos no corre ni la más mínima brisa que pueda refrescarte. En 1992, mucho antes de que nadie pudiera imaginar que ese barrio algún día se llamaría Zona Cero, los jóvenes genios de las finanzas que todavía no destacaban lo bastante para pasar esas jornadas bochornosas en climas más templados salían con traje y corbata de un rascacielos climatizado para meterse inmediatamente en otro rascacielos climatizado. La mera visión de esos seres abotonados hasta el cuello en el calor de las calles del centro me hacía boquear ahogada. El distrito financiero no era una parte de la ciudad que yo frecuentara, pero tenía que ir donde corría el dinero: había metido en la maleta mi mejor sujetador de encaje negro y el liguero y el tanga más caros que tenía. Las medias negras extralargas que completaban mi atuendo no eran caras. Cuando te dedicas al baile erótico, lo más normal es que te cargues varios pares de medias en un solo turno.
Sólo lo había hecho una vez, pero aprendí rápido. Lo primero, ponte medias; sujetan mejor los billetes que un liguero. De esa forma puedes dedicar toda tu atención al cliente sobre cuyo regazo te contoneas, lo que a su vez da pie a un baile más largo y, por lo tanto, a más propinas. Además, las medias hacen que tus piernas luzcan más largas y atractivas. Lo segundo: elige un personaje que te funcione y no lo cambies por otro. En ese club, yo era «Alexandra», una chica de compañía de altos vuelos y clase alta. Una rubia estupenda de porte refinado es algo único en esos locales de mala muerte. Todas basamos nuestros personajes en estereotipos sexuales. Las latinas con las que trabajaba preferían el look Charo-cuchi-cuchi, en homenaje a la ínclita cantante española Charo. Las afroamericanas se inclinaban por el estilo Uptown Saturday Night. Las pocas blancas que trabajaban en el Harmony preferían un look deportivo, tonificado y atlético. Alexandra era una rareza en esos ambientes y eso siempre constituía una ventaja en aquel negocio. Ese aire a «¿Y si Grace Kelly fuera una puta?» cautivaba a una clientela considerable en esta parte de la ciudad.
Trabajo en el Harmony Burlesque porque necesito dinero, y rápido. Mi novia está en Australia cuidando de su madre enferma y me ha invitado a pasar un par de semanas con ella. Incluso me ha enviado el billete de avión. Pero ando tan escasa de fondos en este momento que ni siquiera me atrevo a gastar dinero. Además, me apetece trabajar aquí una última vez. Admiro mucho a Dominique, la dueña del local. Es una mujer fuerte e inteligente. Hay que aceptar una larga lista de normas para poder trabajar aquí (empezando, con buen criterio, por abstenerse de consumir drogas y prostituirse, ya que ambas cosas están prohibidas en Nueva York), pero, a cambio, dispones de mucha libertad creativa. Y puedes ir a trabajar más o menos cuando te apetezca.
Me sorprende de verdad lo mucho que me gusta trabajar en este sitio. Quizá se deba a la sensación de equilibrio que me da. El tipo de trabajo sexual que suelo hacer tiene propiedades instructivas y curativas, es decir: es muy yin. El sitio es todo lo sucio y tirado que puedas imaginar, descaradamente yang. Además, me encanta ser Alexandra. Es la antítesis arquetípica de Amara, mi personaje de diosa New Age sensible. También me encanta el ejercicio. Si pudiera pasármelo así de bien en un gimnasio, me apuntaría a uno. Y también me gusta pasar el rato con las otras mujeres en el reservado, imaginando que ese sitio es en realidad un templo moderno de la prostituta sagrada. Incluso muchos clientes me caen de maravilla. Los que no me gustan o bien son soportables o puedes pasar de ellos, porque aquí siempre hay tantas mujeres trabajando que puedes desaparecer sin problema cuando quieres evitar a alguien que te resulta demasiado asqueroso.
Así que espero con ganas la jornada de hoy. La entrada del Harmony es discreta. Solo un pequeño letrero sobre la puerta lo identifica como un local de placer. Entro por la puerta y cruzo el mismo torniquete que tienen que franquear los clientes de pago. Espero el golpe frío del aire acondicionado. Sin embargo, el aire sólo es un poquito más fresco que en la calle.
—¿Qué ha pasado? —pregunto al fornido portero.
—El aire acondicionado —me responde con característico acento de Brooklyn— ha estirado la pata.
El calor empieza a molestarme. Es muy difícil conservar la perfección de mi maquillaje y el peinado a lo Grace Kelly a casi cuarenta grados con un noventa por ciento de humedad. Especialmente, cuando estás bailando en el regazo de un tipo que está incluso más sudado que tú. Gracias a Dios que el sitio es oscuro. Al cabo de unas cuatro horas, abandono toda esperanza de conservar mi imagen. Me retiro al reservado y me limpio todo el maquillaje salvo lo poco que me queda del rímel. Me vuelvo a pintar los labios y me recojo el pelo empapado en lo que espero pueda pasar por un moñito chic en la oscuridad. Me seco el sudor del cuerpo con un trozo mojado de papel absorbente y vuelvo a la sala.
Veo al Vaquero antes incluso de que franquee el torniquete de la entrada al club. Destaca como una fresca brisa de Montana entre las camisas empapadas de sudor y los maletines de los ejecutivos que abarrotan el local. El Vaquero es mono. Es auténtico. Lleva unos vaqueros desteñidos, botas de vaquero terminadas en punta y llenas de arañazos, una camisa de cuadros ligera y de colores claros, y, como no podía ser de otro modo, un sombrero de vaquero hecho polvo. Me hace pensar en una versión más vieja y estropeada de Jon Voight en Cowboy de medianoche. Me intriga. Me acerco. Él se fija en mí apenas unos instantes después de que yo lo haya visto.
—Hola —digo.
—Hola.
—¿Te apetece un baile?
Encontramos una silla. Se sienta. Yo me siento sobre su regazo. Bueno, sentarse no es la palabra. La mitad de mi peso reposa sobre mis pies. Si te sientas de verdad sobre el cliente, no te puedes mover tan bien. (Luego también está la cuestión de mi ego; no quiero que piense que peso tanto.)
Empiezo el baile como siempre hago. Respiro hondo y le miro a los ojos, concretamente al ojo izquierdo. Aprendí esta técnica del tantra. El ojo no dominante (que es el izquierdo si la persona es diestra y el derecho si es zurda) se considera la puerta de acceso al alma. No hay peligro de vislumbrar accidentalmente su alma sin que te hayan dado permiso o de que puedan acceder a la tuya sin querer. Esa puerta de entrada está cerrada a cal y canto a menos que de verdad quieras abrirla. Además, la gente no suele tolerar demasiado bien que la miren a los ojos. Es demasiado íntimo. Yo lo hago por dos motivos. Primero, porque así tengo un punto en el que concentrarme. (Como bailarina y artista, siempre te desempeñas mejor cuando tienes un punto en el que concentrarte.) En segundo lugar, porque la mirada a los ojos, aunque no sea correspondida o dure tan sólo un momento, me permite no perder la compasión. Cuando miro a una persona a los ojos, la veo como algo más que una simple máquina pagapropinas. Veo su vulnerabilidad, su ansia, su humanidad. Hace que la danza sea una experiencia más curativa, por lo menos para mí.
El Vaquero parece conocer bien este ritual de la danza del regazo, aunque también se le ve un poco tímido. No es que dude, pero carece de la bravuconería a la que me tiene acostumbrada la clientela habitual de Wall Street. Sonrío. Me devuelve la sonrisa. Busco su mirada y la encuentro. El Vaquero apresa mi mirada y la sujeta. Con fuerza. La estríper que hay en el escenario detrás de mí trabaja al ritmo de un rhythm and blues que me gusta especialmente y mis caderas se suben al compás como una ola. Me dejo el alma en el baile. La mirada del Vaquero no se aparta de la mía ni un momento.
La canción está a punto de concluir y seguimos mirándonos. ¡Qué maravilla! Esto no me pasa casi nunca. Por favor, quiero seguir así otra canción, suplico para mis adentros. Cuando termina la canción y empieza la siguiente, entiendo que podré continuar bailando para él. Pero, ¿dónde está el dinero? Maldita sea. Ya tendría que haberme ofrecido algo a estas alturas. Mierda, ahora me tocará sacar el tema. Cuando me dispongo a hablar, siento el roce inconfundible del dinero que se desliza entre el borde de la media y el muslo. No tengo ni idea de dónde ha salido ese billete. No le vi sacarlo. Gracias, diosa. Que empiece el rock and roll. Y eso es precisamente la siguiente canción, un tema arrollador de Bruce Springsteen. La ola en que nos hemos convertido los dos se vuelve un tsunami. Su respiración se funde con la mía con la misma fuerza que su mirada. Es como si estuviéramos atrapados en una cápsula transparente que contiene toda nuestra energía acumulada y nos va alimentando de ella. Nuestras miradas no se despegan.
Dan comienzo las alucinaciones. Los rasgos de su cara empiezan a cambiar. Como en una escena de una película de ciencia ficción, parece transformarse en otra persona, y luego aún en otra. Por su mirada, entiendo que el Vaquero está teniendo alucinaciones parecidas conmigo. Es algo que me ha ocurrido muchas veces durante rituales tántricos, pero me sorprende no verlo demasiado asustado; yo me asusté la primera vez que me ocurrió. Pero a él le gusta. Ahora se está meciendo conmigo con tanta fuerza que pienso que la silla se va a romper. Ya hace rato que no me preocupo por retener mi peso. Nos hemos entrelazado como un dragón de múltiples brazos, sudoroso y mojado, y ese dragón sabe volar. Estamos en el club, pero también más allá de estas paredes. Oímos ruidos y vemos estrellas de otras dimensiones. Cada átomo de nuestro ser vibra de dicha. Formamos parte de todo lo que podemos percibir y, al mismo tiempo, nos hallamos en el centro de ese todo. Lo sabemos todo el uno del otro y nos conocemos desde la noche de los tiempos en ese momento. Y ese momento sigue desplegándose.
Esto no puede estar pasando —no aquí, no en este sitio—, pero sí está pasando. Estoy teniendo una experiencia erótica auténticamente tántrica, orgásmica de cuerpo entero, de esas que te llevan a la luna y te acercan a la Diosa, y además la estoy teniendo sobre el regazo de un desconocido en un club de baile erótico de tres al cuarto. En cuanto lo pienso, expulso la idea de mi mente. Sé por experiencia que la única cosa que es capaz de frustrar invariablemente un viaje en alfombra mágica como el que estoy disfrutando es el pensamiento crítico. Lleno mis pulmones de aire y le miro aún más profundamente a los ojos. Nuestro punto de anclaje a la tierra es el dinero. Al final de cada canción, sin que vea cómo, un billete doblado se desliza bajo el borde de mi media. No empaña nuestro entusiasmo. Tampoco lo alimenta. Es tan sólo una parte más del ritual.
Al final terminamos aterrizando en la realidad. Quizá se estaba quedando sin dinero. Quizá me estaba quedando yo sin fuelle. Lo más probable es que esos veinte minutos de actividad aeróbica de alto rendimiento en un ambiente sofocante que rozaba los cuarenta grados hayan quemado toda la energía erótica de nuestros cuerpos. Todavía sobre sus rodillas, mirándole, dejamos que suene otra canción. En silencio. Meciéndonos suavemente. Sonriendo. Nuestras miradas delatan el pasmo total por lo que acabamos de vivir. La música sigue sonando atronadora a nuestro alrededor. No hablamos. Él intenta pagarme una vez más; rechazo el billete que me ofrece con la mano. Me pongo de pie y él hace lo propio. Me apetece darle un abrazo, pero no parece adecuado. Levanto el brazo y coloco la mano sobre su corazón y le aprieto un poco. Él pone su mano izquierda sobre la mía y me la aprieta también. Inclino la cabeza casi imperceptiblemente y me alejo. Él camina despacio hacia la salida, franquea el torno y se aleja lentamente rumbo a la historia del tantra urbano.
No acostumbraba a pasar el agosto en la ciudad. Solía perderme por algún bosque, ya fuera oficiando talleres o participando en ellos. Me encantaban esas jornadas largas, calurosas, durante los cursos. Eran ricas en ese tipo de diversión y asombro que sólo sabes valorar después de tirarte demasiados años de tu vida adulta echando de menos las alegrías sencillas de un campamento de verano. Así pues, mis talleres eran en realidad campamentos de verano para adultos, es decir, campamentos para adultos que estaban fascinados con el sexo, la espiritualidad y sus propiedades curativas. Organizábamos talleres sobre casi cualquier tema New Age concebible: tantra, taoísmo, chamanismo, masaje erótico, ejercicios de respiración, renacimiento, fitoterapia, reiki, cantos, danza, espiritismo, clarividencia, clarisensibilidad y clariaudición. Es posible que fuéramos New Age, pero no éramos unos palurdos. Éramos unos luchadores en los talleres. No había nada que no nos atreviéramos a abordar con la mirada, la respiración, el canto o el masaje. Tratábamos nuestra vergüenza, nuestra pena, nuestros límites, nuestras heridas y nuestra alegría. Perdonábamos, aceptábamos, nos abrazábamos, alcanzábamos el orgasmo, nos amábamos.
Vivíamos intensamente. Dábamos gracias por el simple hecho de estar vivos.
Los años del sida habían hecho mella en todos nosotros. Éramos gais, lesbianas, queer, heterosexuales, bisexuales, dos espíritus. (Todavía no éramos transgénero; eso tardaría por lo menos cinco o diez años en llegar.) Éramos profesionales del sexo, artistas, profesores, masajistas terapéuticos, enfermeros, escritores, contables, directores de marketing, vicepresidentes de compañías, astrónomos y herpetólogos. Algunos habíamos sufrido abusos sexuales; otros no. Algunos éramos católicos practicantes o estábamos abandonando la Iglesia. A esas alturas, casi todos habríamos debido estar muertos. Algunos no tardaríamos en estarlo. Lo que compartíamos era un ansia de rescatar nuestro ser espiritual y sexual del vertedero judeocristiano en el que había terminado cuando la idea de que el sexo equivalía a muerte se convirtió en el nuevo mantra de las ciudades. Casi todos habíamos perdido a decenas, cuando no cientos, de amigos y compañeros de trabajo a manos de la epidemia de sida. Y seguían muriéndose.
En mi caso, había llegado al New Age por pura desesperación. La crisis del sida había liquidado todo lo que daba por supuesto en la vida: mis amigos, mi libertad sexual, la sensación de hallarme segura en el mundo. Necesitaba ayuda. Necesitaba un espacio en el que expresar mi pesar y recobrar mis fuerzas. Sobre todo, necesitaba una nueva deidad. Más o menos, había vivido sin ninguna desde que escapé despavorida del catolicismo a los quince años. Necesitaba una deidad que me apoyara, que amara y aprobara el mundo en el que vivía con mis amistades. Necesitaba una deidad que fuera queer, rara, paradójica, amable, divertida y muy, pero que muy sexual. Igualita que yo.
Ese deseo de una deidad era una novedad para mí. Siempre me habían interesado el misticismo y el sexo, pero había guardado cierto recato al respecto de ambos. Cuando le dije a mi madre que no iba a seguir fingiendo que era católica, se puso hecha un basilisco. Me dijo que no podía renunciar como si tal cosa. «¡Estás bautizada!». Entre lágrimas de angustia, me advirtió: «¡Irás al infierno!». Guardé aquel mensaje en algún rincón profundo de mi ser. Si era demasiado mística y sexual, ese dios grandullón, furibundo y vengativo del que me había escapado se daría cuenta y me haría pasar las de Caín. Literalmente.
Así que resté importancia a mi sexualidad y mi espiritualidad durante casi veinte años. Sin embargo, la epidemia del sida me obligó a enfrentarme a ambas. En nuestras disciplinas metafísicas, decimos que por feas que se pongan las cosas siempre habrá algo por lo que estar agradecido. A esa crisis le agradezco haberme llevado al tantra.
A lo largo de mis talleres de verano, me convertí en una tantrika. (No quiere decir otra cosa que alguien que practica el tantra.) Para ser más precisa, no es que me convirtiera realmente en una tantrika, sino que me di cuenta de que siempre lo había sido. No necesitaba convertirme al tantra y tampoco tenía que encontrar un templo en el que hacerlo. Lo único que me hacía falta era tener los ojos abiertos, respirar hondo y dejarme llevar por el sentido de la aventura. Lo último que necesitaba era una nueva deidad antropomórfica. Lo que buscaba era, sencillamente, una práctica espiritual con una visión positiva de la sexualidad. Me convertí en una tantrika porque era un paso lógico y práctico al mismo tiempo. (Aunque mi signo sea Piscis, lo cierto es que mi ascendente es Virgo.) El tantra me sacó de la pena, el dolor y el desvalimiento para situarme en un espacio de poder y éxtasis. El tantra me dio lucidez y fortaleza frente al caos. El tantra me puso húmeda. El tantra no se andaba con chorradas. Cuando empecé a compartir el tantra con otras personas, tuvo el mismo efecto para ellas. Y aquel día, después de mi momento de éxtasis con el Vaquero, me pareció que el tantra funcionaba incluso en locales de baile erótico.
Aunque aprendí el tantra en refugios hermosos y tranquilos rodeados de bosques, no es allí donde vivo. Tengo una debilidad por las ciudades grandes, bulliciosas y apabullantes. Me encanta retirarme de vez en cuando a la playa o el bosque, pero he podido comprobar que no soporto instalarme lejos de una gran ciudad. Por desgracia, no es nada fácil llevar a cabo un ritual tántrico de tres días, al aire libre y bajo las estrellas en una bañera de hidromasaje en Nueva York. Sencillamente, no funciona. Por ello, cada vez que trataba de crear un ritual de ese tipo en Nueva York, siempre terminaba cabreada y sintiéndome estúpida. Tenía que existir una forma de practicar el tantra de forma auténtica, efectiva y extática en entornos de acero y hormigón.
Antes de que pudiera imaginar esa forma de practicar el tantra en entornos urbanos (y suburbanos), tuve que preguntarme primero: «¿Cuál es la esencia del tantra?». Sabía que no se trataba solamente de estar en la naturaleza. Pasearse por un bosque silencioso o a orillas de un mar embravecido era una experiencia curativa y enriquecedora, pero no bastaba con la naturaleza para desatar las pasiones, la creatividad y la paz extática que había conocido en mis talleres. La naturaleza me daba la oportunidad de tomarme las cosas con más calma, de respirar más hondo, de despojarme de mi armadura emocional y, en fin, de ser más consciente de la belleza de cada momento del día.
La conciencia. ¡Eso era! Lo que marcaba la diferencia entre el día a día de mi vida urbana y mis retiros tántricos a los bosques era la conciencia. Si lograba hacerme plenamente consciente y presente en cada momento, daría igual si practicaba el tantra en Bali o en el Bowery de Nueva York. Y al igual que el lugar no revestiría importancia, tampoco la tendría la adhesión estricta a las prácticas tántricas «tradicionales». Cualquier actividad que realizara con una plena conciencia resultaría plenamente viva, auténtica y transformadora. Fue esta teoría la que impulsó mi búsqueda de un nuevo tipo de práctica tántrica. En las páginas que siguen voy a compartir con vosotros lo que descubrí: una práctica tántrica urbana, flexible y consciente que podrás emplear, disfrutar, aprovechar, adaptar, ampliar, doblar, perforar o mutilar a tu antojo siempre y cuando te funcione y te haga feliz.
Primera parte Tantra: los principios básicos
El tantra nos enseña que si aceptamos con los brazos abiertos todo lo que nos depara la vida e indagamos en ello hasta las últimas consecuencias, podremos convertir cualquier cosa que nos ocurra en una experiencia transformadora y, finalmente, extática.
Empezaremos viendo lo que es tantra, lo que no es, y lo que puede ofrecerte sexual y espiritualmente, además de en tu vida cotidiana. Luego investigaremos el éxtasis. ¿En qué se distingue el éxtasis del placer? ¿Por qué es importante el éxtasis? ¿Por qué conviene priorizar la búsqueda del éxtasis en la vida?
A continuación, te pediré que cambies tu forma de pensar acerca de cómo funciona el sexo. Te presentaré los aspectos energéticos del sexo y compartiré contigo unos pocos consejos sencillos, pero poderosos, que te ayudarán a redoblar el placer cambiando simplemente tu forma de pensar y de centrar la atención.
Por último, me ocuparé del cuerpo. Aprenderás por qué la respiración, la meditación, el movimiento y la risa son los pilares del orgasmo ampliado y aprenderás a usarlos para construirte tu propia escalera sensual al paraíso. También aprenderás los secretos del roce exquisito y que tu forma de tocar puede transformar tus relaciones. Por último, te enseñaré a hacer todas estas cosas con el poco tiempo disponible en tu apretada agenda.
¿Preparado? Pues manos a la obra.
Capítulo 1 ¿Qué es eso del tantra?
El tantra es un tema tan extenso, antiguo y misterioso que es muy difícil encontrar a dos personas que estén completamente de acuerdo a la hora de definir de qué se trata. Por fortuna, no tendrás que pasarte el resto de tu vida estudiando la historia y las múltiples filosofías del tantra para recibir sus muchos beneficios y placeres. Tampoco tendrás que gastarte un dineral en un montón de accesorios, cambiar tu armario o aprender a hablar sánscrito.
Tantra es una palabra sánscrita que significa «telar» o «tejido». Tantra también puede significar un «proceso continuado», «la realización de una ceremonia», un sistema, una teoría, una doctrina, una tecnología o una parte de un libro. En este sentido, la palabra tantra puede referir simplemente a un tratado sobre cualquier asunto. Así que a menudo te la encontrarás en títulos de libros que no tienen nada que ver con el tipo de tantra del que hablaremos aquí.
Incluso cuando empleamos la palabra tantra para referirnos a la práctica espiritual que incorpora el sexo, es muy probable que nos topemos con muchas opiniones e interpretaciones distintas también en este terreno. Se perdieron numerosísimos textos tántricos en las múltiples ocasiones en que el tantra tuvo que refugiarse en la clandestinidad a lo largo de los siglos. Muchas otras enseñanzas nunca se fijaron por escrito. Corrían de boca en boca, de gurú a discípulo, a menudo bajo la condición de que el discípulo prometiera guardar un absoluto secreto.
Nadie sabe cuándo empezó exactamente el tantra. Muchos especialistas creen que las semillas del tantra se sembraron en las sociedades matriarcales chamánicas de entre hace tres mil y cinco mil años. El tantra del que desciende la versión actual que vamos a estudiar dio sus primeros pasos en la India del siglo vi, durante una época de riqueza cultural, renovación y progreso intelectual. El budismo, el jainismo y las distintas tradiciones védicas que hoy conocemos con el nombre de hinduismo eran las religiones dominantes en la India de aquel tiempo, y todas ellas segregaban a sus seguidores por razón de género y de casta. El tantra atrajo a una floreciente clase media que no era bien recibida por esas religiones precisamente por esas razones. En este sentido, el tantra era una búsqueda espiritual personal que operaba como una suerte de revuelta sociopolítica. A diferencia de las religiones consolidadas de la época, el tantra ofrecía al buscador espiritual una relación directa con un gurú/maestro, rituales poderosos, la ausencia (en ocasiones llevada a mucha honra) de normas religiosas y culturales tradicionales, la aceptación de gentes de casi todas las castas y géneros, una participación directa —o encarnación— de lo divino, y la creencia de que las experiencias sensuales del cuerpo eran una forma legítima de buscar la iluminación. Asimismo, una de las creencias fundamentales del tantra era que la iluminación era alcanzable en la propia vida actual, sin necesidad de tener que esperar a ulteriores reencarnaciones.
Hoy día, el tantra suele enseñarse las más de las veces en el marco de la sexualidad. Sin embargo, desde un punto de vista histórico, el papel del sexo en la práctica tántrica sólo aparece de forma ocasional, y bastante escueta, en los textos originales. Hubo muchas sectas tántricas distintas, y sólo algunas practicaban los rituales maithuna que se alargaban varios días e incluían relaciones sexuales, uso de sustancias psicotrópicas y alimentos prohibidos. El coito ceremonial con mujeres iniciadas de amplia experiencia (dakinis, o «recipientes de energía divina») no tenía un papel tan relevante como los intensos programas rituales que incluían meditaciones extáticas, canto de mantras, complejas posturas de yoga, visiones mentales (yantras) y, finalmente, la adquisición de la capacidad de practicar el coito divino con uno mismo.
El sexo ritual —ya fuera realizado o visualizado mediante la meditación— era una plasmación física de la visión tántrica de la creación del mundo: Shiva (el dios de la pura conciencia), uniéndose en amor sexual con Shakti (la diosa de la pura potencia y energía), alumbra el mundo. Me encanta esta imagen; es el relato más erótico que conozco sobre el origen del mundo. Pero sus consecuencias van mucho más allá. El tantra ve la vida como un proceso creativo incesante, un matrimonio en constante devenir entre la conciencia y la energía en todos los planos de la existencia. La misma esencia del tantra queda resumida, en unas pocas palabras, en un fragmento del Vishvasara tantra:
Lo que está aquí está en todas partes.
Lo que no está aquí no está en ninguna otra parte.
Es esta una de esas afirmaciones sobre las que se han escrito ríos de tinta, pero creo que en su brevedad tiene una fuerza incuestionable: lo que es espiritual es físico, y lo que es físico es espiritual. Si la energía existe en mi cuerpo, también ha de existir en mi mente. Así pues, en el mismo núcleo del tantra encontramos la eliminación de todo dualismo. En el tantra no dividimos mente y cuerpo, bien y mal, materia y espíritu, u hombre y mujer, situándolos en campos enfrentados. De hecho, el tantra es el único camino espiritual del que tenga noticia que siempre ha reconocido, en todo momento y en cualquier lugar donde se haya practicado, que todos los géneros son igual de poderosos.
El interés de la cultura occidental por las prácticas sexuales tántricas empezó en el siglo xix, durante el período colonial de la India. Los misioneros cristianos de la era victoriana consideraron que el sexo era el aspecto más inquietante de los tantras. El descubrimiento occidental del Kama sutra
