Tentando al amor - Kate Thomas - E-Book
SONDERANGEBOT

Tentando al amor E-Book

Kate Thomas

0,0
2,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 2,99 €

-100%
Sammeln Sie Punkte in unserem Gutscheinprogramm und kaufen Sie E-Books und Hörbücher mit bis zu 100% Rabatt.

Mehr erfahren.
Beschreibung

La maldición de tener suerte... Tyler Harding tenía la sensación de haber sido tocado por un ángel. Acostumbrado a llevar una vida de lo más normal, de pronto había empezado a tener una suerte extraordinaria. Primero le había tocado la lotería y después le habían ascendido después de un solo día de trabajo. ¿Qué sería lo siguiente? A lo mejor su camino se cruzaba con el de un espíritu libre como el de Marisa Corelli, una bella y desastrosa mujer que entraría directa en su corazón. ¿Podrían estos dos seres tan opuestos tener la fortuna de amarse?

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 190

Veröffentlichungsjahr: 2016

Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2000 Catherine Hudgins

© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Tentando al amor, n.º 5408 - noviembre 2016

Título original: Too Lucky for Love

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-687-9010-7

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

TYLER Harding caminaba decidido por la calle a la hora punta de la mañana. Pensaba en la entrevista laboral que iba a realizar. Si todo salía como esperaba, y así sería gracias a su habitual meticulosidad, aquel día alcanzaría la tercera fase de su carrera según su plan, un plan formulado siete años atrás, el día en que recibió el título de arquitecto.

Justo según lo previsto. Quería ese empleo, lo conseguiría. La vida era demasiado sencilla, en realidad: se fijaba una meta, se esforzaba en alcanzarla, y la lograba.

Ty tenía pensado trabajar los siguientes cuatro años en Krako, Iverson & Delaporte, el estudio de arquitectura más importante de Phoenix. Luego fundaría su propia empresa y se especializaría en el diseño de casas clásicas para gente adinerada y con buen gusto. En un par de años cosecharía los premios y honores de su tenaz esfuerzo. Para entonces tenía previsto casarse, comprarse un deportivo y una casa.

No es que su intención fuera enamorarse. Por lo que a Ty respectaba, el amor era una ilusión. Simplemente quería compañía, mantener una relación estable con una persona serena, reservada y normal. Y en cuanto al sexo… bueno, Ty era un americano perfectamente corriente.

Tenía planeada además toda su vida matrimonial. Él y su pareja se divertirían, viajarían y quizá incluso jugaran al golf. Y si ella insistía, quizá Ty accediera a tener un hijo… siempre y cuando no fuera revoltoso.

Ty se estremeció recordando el caos de su infancia rodeado de hermanos. Y él justo en medio. Pensándolo bien, mejor no tener ningún niño.

—¡Eh, amigo! —le gritó un transeúnte bloqueándole el paso.

Ty alzó la vista. El tráfico era voraz. Había llegado a un cruce.

—Gracias.

Se balanceó al borde de la acera y miró el reloj. Perfecto. Tenía la entrevista en diez minutos, y su destino estaba a solo dos manzanas. Ty miró absorto a su alrededor esperando que el semáforo se pusiera verde.

¿Acaso era Halloween?, se preguntó observando a una anciana al otro lado del cruce. Solo le faltaba la pandereta y la bola de cristal. Llevaba la falda estampada de vuelo, la camisa ancha adornada y multitud de baratijas colgando. Ty siguió la dirección de la vista de la anciana, que sacaba la cabeza en dirección a la calzada.

Una manzana más abajo un autobús giraba entrando en McDowell Avenue. De pronto la calle se despejó y el autobús aceleró. Ty observó a la anciana por el rabillo del ojo. Parecía nerviosa, se tiraba de la ropa y se recogía el chal. ¿Qué diablos pretendía hacer? Un hada menudita y morena corría frenética tratando de adelantar a la multitud, pero era evidente que no alcanzaría a la anciana a tiempo.

De pronto la anciana puso un pie en la calzada… justo delante del autobús.

Ty sabía que estaba demasiado lejos y que era demasiado tarde, pero a pesar de todo se lanzó sin pensar. Y fue entonces cuando el destino dejó por fin de merodear a su alrededor y entró en acción.

Bueno, tenía que trabajar con los elementos disponibles: un hombre joven y ambicioso, una gitana mayor y deprimida, y las leyes de la física y la matemática. Es decir: a las ocho y diecisiete minutos de la mañana del segundo martes del mes de junio, en el centro de Phoenix, Arizona, la teoría de la relatividad de Einstein se hizo realidad para Tyler Harding. En el fondo era un proceso muy simple en términos matemáticos. Básicamente, Ty aceleró y voló, y el tiempo se ralentizó para él.

Se ralentizó tanto, que incluso Ty notó cómo sus músculos se tensaban y estiraban mientras volaba horizontalmente sobre la calzada. Vio al autobús acercarse con un movimiento lento y majestuoso, vio los rostros pálidos de los transeúntes y sus caras de susto. Incluso tuvo tiempo de captar la leve sonrisa de la anciana al poner el pie en la calzada. Al acercarse él, sin embargo, esa sonrisa se desvaneció. Extraño.

De hecho todo era muy extraño, reflexionó Ty justo en el momento en que alcanzaba su objetivo. Aun así, gracias a esas teorías sobre la inercia, la equivalencia de masa, energía, dimensión y demás, Ty tuvo tiempo de sobra de agarrar a la anciana y girar con ella en el aire con un movimiento calculado para que fuera su cuerpo, y no el de ella, el que chocara contra la acera.

Tyler sonrió cuando las primeras moléculas del pavimento contactaron por fin con su traje de verano italiano. Pensaba en lo agradecida que le estaría la anciana. Luego recordó sus planes de esa mañana y rogó por que el incidente no interfiriera en su entrevista laboral. Y tomó buena nota: desde ese momento en adelante evitaría los actos impulsivos y heróicos. Era mejor seguir los planes con estricta meticulosidad. Al fin y al cabo, un detallado análisis y un calculado plan eran…

¡Zas! El cuerpo en movimiento de Ty experimentó una rápida y dolorosa desaceleración al impactar contra la acera. El tiempo volvió a transcurrir para él con normalidad. El autobús pasó a toda velocidad.

La anciana trató de ponerse en pie hincándole un codo en el estómago y clavándole la rodilla en sus partes más delicadas.

Ty permaneció tumbado boca arriba, incapaz de respirar. Le dolían todos los huesos del cuerpo. Y sobre todo le dolían sus partes a rabiar.

—¡Estúpido! —gritó la anciana, con un fuerte acento extranjero, inclinándose sobre él y cegándolo con el reflejo del sol sobre las monedas que pendían de su pañuelo.

Ty cerró los ojos y reprimió un lamento. Jamás volvería a actuar impulsivamente. La anciana siguió musitando algo enfadada, inclinada sobre él. Le lanzaba juramentos y epítetos poco halagüeños en una lengua extraña. Pero lo que Ty no comprendía era por qué estaba enfadada. ¿No acababa de salvarle la vida?

Lentamente los pulmones de Ty comenzaron a funcionar y el dolor cedió hasta un nivel tolerable. Justo cuando iba a abrir los ojos para mirar el reloj, calcular el posible retraso y examinar el estado de su traje, una delicada mano empujó suavemente su pecho.

—No, no se mueva —dijo una dulce voz—. Puede estar herido.

Corto de oxígeno aún, Ty respiró hondo. Y captó una suave fragancia que le recordó a la luna llena de otoño. ¿Se había golpeado la cabeza contra la acera?, se preguntó Harding. ¿A qué olía la luna llena en otoño?

Ty abrió los ojos. Y topó directamente con dos pozos de cálido color ámbar enmarcados por una nube de seda negra del tono de la medianoche. Era el hada menudita que había visto correr justo antes de hacerse el héroe. El aire entre ellos pareció crujir, Ty sintió que se mareaba. Alzó una mano sin darse cuenta. Según parecía, para enredar los dedos en aquella masa de rizos del color del ébano, para agarrar aquella cabeza y acercarla hasta rozar aquellos labios generosos y suaves y…

—¿Estás segura de que estás bien, Nadja? —le preguntó el hada a la anciana.

—Sí, Sí —gruñó la anciana.

Aunque su parte más delicada de la anatomía parecía de pronto revitalizada, Ty se recostó en la acera. Estaba atónito ante la reacción de su cuerpo ante el hada.

—¿Puede usted mover las piernas, señor…? —preguntó el hada.

—Harding —se apresuró Ty a contestar—. Tyler Harding. ¿Y usted es…?

—¡Estúpido! ¡Más que Estúpido! —repitió la anciana a gritos—. ¿Cómo te atreves a interferir?

—¡Pero Nadja, te ha salvado la vida! —protestó la joven volviéndose hacia él.

Sus enormes ojos ámbar tenían motas doradas de fuego, observó Ty medio soñando. Cualquier hombre se habría perdido en ellos. Feliz.

—Muchas gracias, señor Harding. Íbamos…

—¿Quién te ha pedido que me salvaras? —la interrumpió la anciana—. Yo decido. Lo haré. No hay solución. ¡Y nadie va a detenerme!

—Íbamos al Salvation Army a rellenar una solicitud de búsqueda de una persona desaparecida, el nieto de Nadja —explicó el hada con la mano aún en el pecho de Ty—. No estaba segura de que fuera por aquí, así que volví a comprobar el nombre de la calle. Cuando vi lo que ocurría… era demasiado tarde.

El hada estaba nerviosa. Ty se incorporó dispuesto a reconfortarla. No más actos impulsivos, le recordó su cerebro. En cambio otras células de su cuerpo, bien cargadas de testosterona, gritaron unánimemente a favor.

—¡Bah! ¡Como si se tratara de una cartera! —declaró la anciana—. Si Nico no quiere que lo encuentre, es inútil. Es así…

Ty desvió la atención hacia el hada. Siempre había sentido cierta preferencia por las rubias. Además, a juzgar por su vestimenta, el hada no era una persona reservada. Llevaba una especie de vestido de tela de camiseta de miles de colores y zapatos de plástico rosa. Pero aun así lo atraía con aquel cabello brillante negro, aquellos labios sensuales y aquellas curvas quizá un poco delgadas pero definitivamente muy femeninas.

—¿Suele tu abuela…? —comenzó a preguntar Ty bajando la voz—. ¿Suele enfadarse siempre así?

—¿Cómo? —preguntó Marisa parpadeando.

Bastaba con mirar al señor Harding a los ojos para olvidar el problema de Nadja. Para olvidarlo… todo. Aquel hombre hubiera debido llevar gafas de sol para evitar sobreexponer a los demás a aquellas profundidades azules. El color le recordaba al cielo de un cuadro del Renacimiento italiano que había visto en un museo. Era un azul puro, rico, claro. Por supuesto muchas mujeres podían encontrar mucho más fascinante su cabello castaño oscuro. O su piel dorada. O su magnífico cuerpo atlético, elegantemente ataviado con un traje que le hacía parecer la estatua de un Dios griego. Bueno, lo que quedaba del traje. La manga izquierda estaba completamente desgarrada.

Marisa sonrió recordando la forma en la que se había lanzado a salvar a la señorita Costeceaseu. Valiente y elegantemente, como un héroe.

—Solo tengo un nieto —declaró Nadja.

—Somos vecinas —explicó el hada tratando de disculparse por la actitud de la anciana.

Tyler Harding le devolvió la sonrisa, y ella se quedó sin aliento. Aquel hombre hubiera debido racionar también sus sonrisas.

—Me llamo Marisa… Marisa Corelli. Y ella es Nadja Costeceaseu.

Marisa sacudió la cabeza. Era inútil escapar a su mala suerte. Tenía que humillarse a los pocos segundos de conocer a un hombre tan increíble. Pero debía enfrentarse a los hechos. Su vida, que para empezar jamás había sido nada del otro mundo, se había convertido en un desastre desde el momento en que la madre de Ruben «Manos-Largas» le había echado el mal de ojo. Y aquel no era sino otro ejemplo más, como los innumerables empleos que había perdido en tres meses.

Nadja se aclaró la garganta con un gesto significativo e impaciente, esperando a que Marisa dijera el resto:

—Nadja Costeceaseu es la Reina de las Gitanas.

—¿Gitanas? —repitió Tyler—. ¿En Phoenix? —añadió soltando una carcajada—. ¡He oído de todo, pero…!

—¿No crees? —preguntó Nadja.

Marisa se mordió el labio. La señora Costeceaseu tenía un fuerte temperamento.

—Espera, Nadja…

—¡Yo te enseñaré, señor estúpido Tyler Harding! ¡Te enseñaré a dudar del poder de los rumanos! —exclamó Nadja señalándolo con el dedo—. Yo, Nadja Costeceaseu, Reina de las Gitanas, te maldigo.

—¡Nadja! ¿Cómo has podido? —exclamó Marisa a gritos—. ¡Este hombre te ha salvado la vida!

Al menos alguien apreciaba sus esfuerzos, pensó Ty sonriendo y poniéndose en pie. Lástima que no fuera a la señorita Corelli a quien hubiera salvado.

—¡Eh, espera un momento! —exclamó el hada con los brazos en jarras—. Si puedes maldecir al señor Harding, ¿por qué no puedes deshacer el mal de ojo que me echó la señora Pachenko?

Aquella mujer era adorable, pensó Tyler. Pero él medía más de metro ochenta, y ella no debía llegar ni a metro y medio. Además, si creía en las maldiciones, es que estaba tan loca como la anciana.

—Cortesía profesional —explicó la anciana extendiendo las manos y encogiéndose de hombros.

—Bueno… quizá me preocupara si creyera en las maldiciones, pero como no… —explicó Ty alisándose el traje.

—Creerás —afirmó la anciana penetrándolo con sus ojos negros—. Veo en tu interior, Tyler Harding, y por eso te maldigo con lo que más te molesta. ¡Te maldigo con buena suerte!

—¡Nadja, el señor Harding no se merece eso! —dijo Marisa seria, pero dando un paso atrás asustada.

Ty sabía cuidar de sí mismo, pero el gesto era bonito. Aquella hada era bonita y sexy, y tenía buen corazón. Pero al contrario que el resto de la familia Harding, Ty no estaba dispuesto a cambiar sus planes por un simple capricho.

—No te preocupes, Marisa —dijo Ty—. No creo en la suerte. Ni buena, ni mala.

—Creer, no creer… no hay diferencia —comentó la anciana—. La suerte es como la electricidad. Existe, funciona… se crea en ella o no. Pronto lo descubrirás.

Ty sacudió la cabeza y se despidió de Marisa Corelli, una mujer adorable pero totalmente inadecuada para él. Sonrió en dirección a la loca de su amiga y siguió caminando calle abajo. Minutos más tarde, al guiarlo la secretaria al despacho del señor Krako, Ty soltó una carcajada. Aunque fuera cierto, aunque Nadja fuera la Reina de las Gitanas, aunque el destino de una persona pudiera cambiar solo con unas palabras, ¿cómo podía ser la buena suerte una maldición?

Dos semanas más tarde, Tyler conocía la respuesta a esa pregunta.

Para empezar, a pesar de llegar tarde a la entrevista de trabajo, con la cara sucia y el traje rasgado, Ty consiguió el empleo en Krako, Iverson & Delaporte. Tras cinco escasos minutos de entrevista. Con el doble de salario de lo previsto.

Eso había sido el martes. El miércoles le robaron el coche, pero lo recuperó una hora más tarde sin un rasguño. La compañía de seguros estaba tan contenta, que decidieron bajarle la prima. Y el viernes le subieron el sueldo.

La segunda semana fue aún peor. Ty heredó una mansión en Paradise Valley, la zona residencial más cara de Phoenix. Se la dejó un compañero de estudios al que ni siquiera recordaba. Ese mismo día capturó accidentalmente a un par de ladrones al que perseguía el FBI. Y por último le tocaron dieciocho millones de dólares en la lotería. Sin comprar siquiera un boleto. Un compañero de oficina los repartió en lugar de cigarrillos cuando su mujer dio a luz.

Tyler se sentía ridículo, estaba decidido a demostrar que nada de aquello tenía nada que ver con la maldición. Así que compró otro boleto de lotería con el mismo número para la rifa siguiente. En esa ocasión le tocaron veintiséis millones de dólares.

Fue entonces cuando contrató a un investigador privado. Se enfrentaría a esa tal Nadja. Le exigiría una explicación. Y proyectaría y llevaría meticulosamente a cabo un plan para que su vida volviera a la normalidad. Para ayudar al investigador privado en los comienzos, Ty le describió a Marisa Corelli. Al detalle.

Mientras esperaba los resultados, Ty comenzó su primer proyecto de arquitectura en Krako, Iverson & Delaporte: la ampliación de un colegio diseñando un laboratorio informático. Al ocuparse de los asuntos mecánicos se le ocurrió pensar que en realidad no comprendía qué era la electricidad, por mucho que supiera manejarla. Como tampoco comprendía cómo la luz podía ser a la vez un haz de partículas y una onda…

Fue entonces cuando Tyler Harding hizo su primera concesión a lo inexplicable. No creía en la suerte, en las maldiciones ni en las gitanas. Ni siquiera creía en el cambio de planes, una vez que uno se había puesto en marcha. A menos que fuera absolutamente necesario, claro. Pero sí creía que era útil estar preparado. Así que volvió a casa y sacó el artilugio de cristal de la suerte que le había regalado una de sus hermanas. Solo por si acaso.

Capítulo 2

TRAS otra semana más, durante la cual el influjo de la maldición de la gitana se extendió a todos los aspectos de la vida de Ty como una plaga, el investigador privado consiguió un número de teléfono que podía llevarlo a Marisa. De la adivina no había rastro. El detective estaba anotándole el número cuando Ralph Krako asomó la cabeza por su despacho.

—Ven a mi despacho luego, Harding. ¡Vamos a hacerte una oferta que no podrás rechazar!

Ty firmó un cheque, se lo tendió al detective y le ordenó seguir buscando. Y se escabulló por la puerta de atrás para pasar la tarde en el cine. Escondiéndose. Porque la secretaria de Krako le había hablado ya de la oferta. ¡No podían hacerle eso! ¡Aún no! ¡Acababa de comenzar el primer diseño preliminar para la empresa!

¿Qué tenía de bueno el éxito si uno no se lo ganaba?, ¿cómo disfrutar de él sin demostrar antes que lo merecía? En medio de la oscuridad, mientras contemplaba explosiones, choques frontales y disparos, Ty trató una vez más de dar sentido a la locura de las últimas tres semanas.

¿Qué ocurría? Siempre había sido una persona estable. Le gustaba la sensación de satisfacción que le producía un trabajo bien hecho, pero desde hacía tres semanas… se sentía como la víctima impotente de un tren de alta velocidad. Sus hermanos y hermanas, en cambio, siempre habían sido felices en medio del caos. Flotaban en la vida sin rumbo fijo, dejando que los acontecimientos los arrastraran.

En la pantalla un helicóptero chocó contra un edificio y explotó, ardiendo en llamas. El fuego le recordó a los ojos de Marisa. Ty manoseó el pedazo de papel con el número. Marisa Corelli no entraba en sus planes. Nunca, imposible. Aunque tenía que admitirlo, ninguna explosión podía compararse con el efecto que le causaba Marisa Corelli.

Quizá debiera llamarla. Pedirle que saliera con él. Demostrarse a sí mismo que eran incompatibles a pesar del magnetismo. Y olvidarla para siempre. Entonces podría concentrarse en enderezar todas aquellas ridículas coincidencias. Y volver a su vida normal, bien planeada.

Por fin. Podía relajarse. Por fin tenía un plan. Ty suspiró contento y se arrellanó en el asiento del cine para ver The Boston Killers’ Rampage.

Marisa abrazó el philodendron, alzó la cabeza para mirar por encima de sus enormes hojas y atravesó el apartamento en dirección a casa de Nadja. Aquel era su viaje número dieciséis: había dejado a su Bebé para el final.

—Voy a echarte de menos —le aseguró a la planta—, pero eres demasiado delicada como para sobrevivir debajo de un puente, donde acabaré yo.

Marisa tragó tratando de superar la ansiedad. El caos emocional afectaba a las plantas. Bastante tenían con el hecho de que las mudara. Y bastante tenía ella también. Pero sobreviviría aunque acabara debajo de un puente. Sabía hacerlo, lo había aprendido de pequeña. Suspiró y abrazó a su Bebé. Había vivido sin ninguno durante años, deseaba ardientemente tener una casa, una familia.

Pero tendría suerte si conseguía mantener un techo sobre su cabeza. Y solo por haberse negado a bailar con Ruben Pachenko, Manos-Largas, en el festival de la Iglesia. Suerte… tenía más de la que necesitaba. De la mala.

Toda mala. La semana anterior había sido la típica semana desastrosa en la que se había convertido toda su vida desde el asunto de Ruben: el casero le había subido el alquiler justo cuando perdía otro empleo. ¿Pero cómo iba ella a saber que el Departamento Antivicio tenía fichado el Alfredo’s Bar como centro de distribución de drogas? Lo habían cerrado justo el día de cobro. Antes de repartir los cheques. Por eso tenía que trasladar las plantas a casa de Nadja y mudarse a una diminuta habitación de alquiler.

Bueno, siempre quedaba la esperanza. La habitación era barata. Probablemente fuera una estupidez, pero Marisa tenía pensado ir a ver a un curandero para que anulara el mal de ojo. En vista de que su mejor amiga, la Reina de las Gitanas, se negaba… Cortesía profesional, ¡ja! Nadja Costeceaseu era un fraude.

Lo sabía, no era más que una anciana solitaria. Si tan solo su nieto Nico la llamara y le dijera que estaba bien…

Bueno, al menos había muchas ofertas de empleo para personas sin cualificar. Aunque todos los puestos entrañaban cierto peligro. ¿No había perdido las gafas en el contenedor de muffins de la panadería el mes pasado? Lo cierto era que tampoco veía tan mal. Y teniendo en cuenta que la habían despedido de la biblioteca por el incidente del ordenador… Era una lástima no trabajar con Tyler Harding. Eso sí que habría sido buena suerte. ¡Contemplar esos ojos azules y ese cuerpo a diario! Marisa llamó a la puerta.

—¡Más no! ¡Vete! —gritó Nadja dando un paso atrás para dejarla pasar—. Escucha, los rumanos somos nómadas. Nunca nos quedamos demasiado tiempo en ninguna parte.

Marisa dejó a su Bebé junto al sofá y observó la bola de cristal sobre la mesa.

—¡No somos agricultores! ¡Tienes que llevarte esa selva…!

—No puedo, Nadja —lloró Marisa—. Tengo que mudarme, y tú sabes por qué.

—Sí, el mal de ojo de la señora Pachenko —convino Nadja—. Es una poderosa bruja en el vecindario. La segunda, después de mí.

Marisa se mordió el labio. Eso era lo que siempre la confundía. La magia, las brujas y los hechizos le parecían una tontería, pero la sorpresa y la esperanza eran precisamente lo que hacía más soportable la vida. ¿Y dónde estaba la línea divisoria que separaba la esperanza y la ilusión del sueño y la fantasía?

—No voy a tener sitio para las plantas en mi habitación.

—Pues búscate otra.

—¿Dónde? —preguntó Marisa—. ¿Cómo?

—Bueno, está bien —cedió al fin la anciana—. Si hago algo con respecto a la señora Pachenko, ¿te llevarás las plantas?

—De acuerdo.

—Bien, pues llévatelas.

—Cuando anules el mal de ojo —se negó Marisa firmemente.

—No es tan fácil —declaró la anciana—. No se trata simplemente de repetir las palabras mágicas, ¿sabes? Lleva tiempo.