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¡Su asistenta era un hombre impresionante! La doctora Melinda Burke necesitaba algo más que una asistenta para poner su vida en orden, lo que necesitaba era un ama de casa profesional. Lo que no esperaba era que solicitara el trabajo el guapísimo Jack Halloran. Solo ponía una condición: ¡quería casarse con ella! Jack necesitaba un seguro médico que lo cubriera ahora que pensaba dejar su trabajo y montar su propia empresa. La sexy doctora le ofrecía la oportunidad perfecta... ahora solo tenía que mantener las manos alejadas de su nueva jefa.
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Seitenzahl: 156
Veröffentlichungsjahr: 2016
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2002 Catherine Hudgins
© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Un marido en casa, n.º 1425 - septiembre 2016
Título original: Her Perfect Wife
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Publicada en español en 2003
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-687-8698-8
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Portadilla
Créditos
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…
LOS dos amigos salieron de la carpa, dejaron de sonreír y se pusieron manos a la obra.
—Tú encárgate de la comida —dijo Sherry—. Yo me ocupo del champán. Nos vemos en la mesa de siempre.
—Muy bien —contestó Jack yendo hacia el bufé.
Por separado, los amigos de la infancia se adentraron en el bullicio, sonrieron a sus compañeros de trabajo y poco después se volvían a encontrar en una mesa situada en un rincón.
Jack llevaba un plato con sándwiches y canapés y se dejó caer en una de las sillas que estaban apoyadas en la pared.
—¡Madre mía, qué cantidad de gente! En la última mesa había gambas y fresas, pero no he podido ni acercarme. Cualquiera diría que llevan meses sin comer.
Sherry, que se había hecho con el prometido champán, le sirvió una copa.
—Ya sabes cómo se ponen cuando es gratis. Espero que Deb haya preparado suficiente bebida.
—No creo que haya problema —contestó Jack—. El padre del novio tiene una empresa de distribución de bebidas alcohólicas.
—Por el padre de Brad —brindó Sherry—. ¿Vas a bailar si alguien te lo pide? —añadió observando a los novios bailando el vals.
Jack se encogió de hombros.
—No creo que nadie me lo pida. En la de Anne-Marie de la semana pasada, nada. No sé si será que me tengo que comprar un traje nuevo.
—No es el traje —le dijo Sherry con confianza—. Es tu actitud triste y taciturna la que aleja a la gente.
—Vaya, intentaré ser más alegre a partir de ahora —contestó Jack con sarcasmo dando por zanjado el tema.
—Por cierto, nadie bailó en la boda de Anne-Marie. Solo los novios y porque no les quedó más remedio —apuntó Sherry.
—Sí, mira que estuvo aburrida aquella fiesta. ¿Por qué sería?
—Porque en lugar de orquesta trajeron acordeonista —apuntó la pelirroja—. ¿Quieres tomar otra copa de champán?
Jack asintió y suspiró seguro de que nadie lo oiría entre tanta algarabía.
—Lo que de verdad quiero…
—¡Sabía que te pasaba algo! —exclamó su amiga—. Llevas unas semanas muy raro. ¿Qué te pasa, Halloran? ¿Qué es lo que quieres?
Jack tomó aire y contestó.
—Quiero hace lo mismo que Deb. Quiero casarme, dejar de trabajar y quedarme en casa.
—¡No lo dirás en serio! —exclamó Sherry mirándolo con los ojos muy abiertos.
—No me malinterpretes. No estoy buscando el amor eterno y todas esas tonterías.
Sherry asintió encantada. Ambos creían que el amor era simplemente una palabra de cuatro letras.
—Es solo que… bueno, desde que mi cuñado murió de cáncer… he estado pensando en mi vida.
—¿Y?
—¿Cómo «y»? ¡Que quiero vivirla! Estoy quemado, Sher. Estoy cansado de trabajar setenta horas semanales. Me gustaría ir al cine de vez en cuando y comer comida de verdad.
—¿Y quién no? —contestó Sherry haciendo, como de costumbre, de abogado del diablo—. Pero, como todos, tienes muchas facturas que pagar.
Jack ignoró su comentario.
—Quiero abrir un despacho de asesoría fiscal y tener un horario fijo. Quiero ayudar a los demás y voy por el buen camino, pero tengo que sacarme el título de auditor y no es fácil. Además, no tengo tiempo de estudiar. Si fuera amo de casa, podría hacerlo y estoy seguro de que aprobaría a la primera.
Sherry sacudió la cabeza.
—¡Pero no puedes casarte y dejar de trabajar!
—¿Por qué no? —preguntó Jack a gritos pues habían puesto la música disco a todo volumen ya.
—¡Porque eres analista financiero!
—Y Deb también. Si ella puede dejarlo para casarse, ¿por qué no voy a poder yo hacerlo mismo?
Su amiga sacudió una mano con frustración.
—¿Qué tipo de amo de casa serías? ¿No se supone que, por lo menos, tienen que saber cocinar y limpiar?
—¿Y Deb sabe hacerlo?
—No, lo cierto es que no sabe ni hacer palomitas. Fue ella la que rompió el microondas de la sala de descanso el mes pasado, ¿no?
—Exactamente. Así que, si ella puede quedarse en casa cuando no sabe hacer nada, ¿por qué no voy a poder hacerlo yo?
—Porque no sé si vas a encontrar alguna mujer que quiera mantenerte.
—Tendré que intentarlo.
—Es por Jensen, ¿verdad? Cámbiate a la oficina de Richardson.
Jack negó con la cabeza.
Su jefe era un zoquete, pero ese no era el problema. Su amiga del alma seguía teniendo la misma ambición que cuando habían salido de la universidad y se habían lanzado a trabajar como animales en Loeb-Weinstein.
Jack la había perdido por el camino e ir a trabajar se le hacía un mundo todas las mañanas.
La muerte de su cuñado lo había convencido de que la vida era demasiado corta como para hacer algo que la amargara todos los días.
—Vete de vacaciones —le sugirió Sherry—. Ross y Kilmer se van a pescar al Golfo la semana que viene. Vete con ellos.
—No —contestó Jack.
Una semana con aquellos dos locos de las finanzas y sería hombre muerto.
—Lo que necesito es un descanso para poder dedicarme al título que quiero sacarme. Tengo que actualizar mis conocimientos de derecho mercantil y política fiscal —dijo sinceramente ya que los diez años que llevaba trabajando lo habían dejado un tanto oxidado.
—Pues pásate un par de semanas en la piscina.
—Necesito más tiempo —insistió Jack.
Necesitaba tiempo para dilucidar qué quería hacer con su vida.
—Entonces, déjalo —le espetó Sherry—. Vete. Tienes dinero ahorrado, ¿no?
—No es suficiente —contestó Jack con una mueca de fastidio—. Además, ¿te acuerdas del viaje a esquiar que hicimos hace dos años?
Sherry asintió sorprendida.
—¿Y del problema que tuve el segundo día?
—Creo que lo llaman pino, sí —rio su amiga.
—Bien, pues por culpa del pino me han subido el seguro médico al máximo.
—¡Pero si estás como nuevo! La semana pasada corriste diez kilómetros.
—No importa. Ellos no lo ven así. La póliza que tengo que pagar es de multimillonario —le contó pasándose los dedos por el pelo—. Si dejo el trabajo, no podré pagarla y, si no estás asegurado durante un tiempo y quieres volver a darte de alta luego no tienen obligación de admitirte. Lo he mirado.
—Por eso, la solución de Deb es la mejor. Me caso, me vale el seguro médico de mi cónyuge, me quedo en casa y estudio —apuntó Sherry.
—¿Por qué ella puede hacerlo y yo, no? ¿Porque soy hombre? Eso es discriminación.
Sherry levantó las manos en actitud de rendición.
—Muy bien, Halloran, ya basta. Ahora viene el sermón sobre los sexos y no me apetece. Voy a por más champán. Si me encuentro con una mujer que esté buscando un amo de casa que no sepa ni barrer, le daré tu número —añadió levantándose.
—Gracias, Sher. Por cierto, yo sí sé hacer palomitas en el microondas.
Cuando a su amiga se la tragó la multitud, Jack se quedó mirando a la nada. ¿A cuántas de aquellas fiestas habían ido en los últimos diez años? ¿A cincuenta? ¿A cien? ¿A doscientas?
—Estoy harto —murmuró.
Tenía treinta y un años y se sentía como si tuviera noventa y uno. Agobiado y quemado continuamente.
Llevaba meses queriendo cambiar de vida, se había dado cuenta de que mucha gente a su alrededor estaba igual y de que los únicos que no se volvían locos eran los que tenían una empresa propia o las que se casaban y dejaban de trabajar.
¿Por qué no iba a poder él utilizar las mismas tácticas? La segunda para llegar a la primera.
Solo tenía que encontrar a una mujer que necesitara un amo de casa. No buscaba enamorarse, claro que no. De hecho, prefería no hacerlo.
Tess, su hermana, había perdido a su marido hacía un año y todavía no se había recuperado.
Tess…
Esa era otra de las razones por las que necesitaba una vida menos acelerada. Tenía que tener tiempo para ayudar a su hermana, para sacarla de casa y devolverle las ganas de vivir.
Pete era un tipo estupendo, pero había muerto. La vida seguía y había que seguir adelante, pero Tess parecía no haberlo comprendido.
Había que ayudarla y, como él era el hermano mayor y el único que vivía en Dallas, lo haría él.
Jack insistió para que se fueran pronto y así lo hicieron.
Como en aquella ocasión le tocaba conducir a él, Sherry se metió en el coche y se quitó los zapatos.
Jack se desabrochó la corbata antes de salir del club de campo. Tras quince minutos de esa clase de cómodo silencio que solo dos buenos amigos pueden disfrutar sin sentirse mal, Sherry se giró y se quedó mirándolo.
—¿Qué? —preguntó Jack enarcando una ceja.
—Eso que me has dicho antes… No lo decías en serio, ¿verdad?
Jack suspiró.
—Mira, Sher, sé lo que opinas del matrimonio —le dijo. Lo cierto era que si él hubiera nacido en la familia de su amiga pensaría lo mismo que ella—. Ya sabemos que el amor no es nada bueno, pero, ¿quién en su sano juicio firmaría para desempeñar el papel tradicional de marido que sale a buscarse el sueldo trabajando de sol a sol para mantener a una mujer y a unos hijos a los que apenas ve?
Sin embargo, ser amo de casa… ¡Eso sí que era vida! Leer el correo, hacer la compra y poco más. El resto del día libre.
Jack salió de la autovía y se metió en la urbanización de Sherry.
—Estoy muy cansado, Sher. Quiero frenar un poco —le dijo—. Estoy seguro de que ser amo de casa es mucho más tranquilo que dejarse la piel para tener a Jensen contento.
—¿Te crees que poner lavadoras es tranquilo? —se mofó su amiga—. ¿Te crees que quitar el polvo es bonito? ¡Tú estás loco!
Jack se rio. Aquellas tareas domésticas le sonaban a gloria tras diez años pendiente del Dow, del Nasdaq y cosas por el estilo, pero no esperaba que Sherry lo entendiera.
—Te digo de verdad que, tal y como estoy, todo me parece mejor que trabajar para Jensen —insistió Jack apagando el motor del coche—. ¿Quieres que tomemos el almuerzo mañana en Smitty’s?
—No puedo —contestó Sherry sacando las llaves de casa—. He quedado con una clienta nueva.
—¿El domingo?
Jack sacudió la cabeza. Eso era precisamente lo que él quería evitar.
—Su tía, que lleva años siendo clienta, le ha dado un capital para que tenga dinero cuando se jubile y solo podía verme el domingo —le explicó Sherry—. No te preocupes, si me comenta que necesita un amo de casa, le hablaré de ti —añadió metiéndose en casa mientras Jack se alejaba en su Jeep.
—Perdón, perdón, perdón… —murmuró Melinda siguiendo al maître entre las mesas de blanquísimos manteles de hilo.
Se le habían caído las gafas hasta la punta de la nariz y, al subírselas, se le enganchó la bata en una silla.
—Perdón —repitió tirando de ella y desgarrándole el bolsillo en el que llevaba el informe de quejas del departamento sanitario.
¿Cómo habían llegado las cosas a estar tan fuera de control?
Furiosa, decidió que había que devolver la situación a la normalidad.
—¿Señorita Downe? —preguntó al llegar a su mesa y encontrarse con una mujer perfectamente vestida para la ocasión con un traje de chaqueta impecable.
«No como yo, que llevo un vestido de mi madre porque no tenía nada limpio», se recriminó.
—Soy Melinda Burke —se presentó estrechándole la mano—. Perdón por llegar tarde, he tenido un niño de tres años con una hemorragia.
—Lo primero es lo primero —contestó la analista financiera—. Siéntese, por favor, y llámeme Sherry.
—Yo soy Melinda o Mel o «¡Eh, Burke!» —sonrió Melinda ojeando la carta.
—Yo ya he pedido, espero que no le importe —le dijo Sherry.
—No, no, claro que no —contestó Melinda—. Yo tomaré lo mismo —le dijo al camarero.
Al arrellanarse en el asiento, el informe volvió a su mente.
«Una amenaza para la salud pública», decía.
Maldición. Por primera vez en su vida, estaba perdida. Acababa de pararle una hemorragia mortal a un niño pequeño y eso no le daba miedo porque sabía hacerlo, pero lo del informe era una cuestión muy diferente.
—Le he traído información sobre diferentes fondos de inversión —le estaba diciendo Sherry—. Para que los mire y decida.
Mel sintió un nudo en la garganta y, sin previo aviso, las lágrimas comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
¡Qué ridículo!
—Perdón —se disculpó—. Es que…
—Odia la información financiera —apuntó Sherry.
—Oh, no, no es nada de eso. Seguro que es apasionante —consiguió sonreír Melinda secándose las lágrimas—. Bueno, la verdad es que seguramente me quedaría dormida leyéndolos —confesó—, pero no tengo siquiera el tiempo de hacerlo.
—¿No tiene tiempo para planear su futuro? —preguntó Sherry preocupada.
—No tengo tiempo ni para ir a baño —contestó Melinda indignada probando la ensalada que les había llevado el camarero.
No era normal en ella quejarse, pero últimamente ya no podía más.
—Si la tienda que hay al lado del hospital no abriera las veinticuatro horas del día siete días a la semana, no llevaría siquiera ropa interior limpia —confesó—. No puedo ir a la lavandería desde hace un mes, ¿sabe?
Melinda dejó el tenedor en el plato y se sacó del bolsillo la causa de sus horribles preocupaciones.
—¡El trabajo me absorbe de tal manera que me van a detener por atentar contra la salud pública!
—Cuénteme —dijo Sherry mirándola con interés.
Mel se ajustó las gafas que habían sustituido hacía un par de semanas a las lentillas, que había tenido que abandonar por falta de horas de sueño.
—Anoche, conseguí sacar diez minutos para mirar el correo que tenía amontonado desde hacía una semana —dijo—. Entre las cartas, había un informe denunciando el jardín de casa de mis padres por constituir un peligro para la salud pública.
—¿Y usted qué culpa tiene? —preguntó Sherry.
—Toda. Se supone que yo tendría que hacerme cargo de su casa mientras ellos están en Oman —le explicó Mel—. Mi padre está destinado allí porque se está encargando de la construcción de un oleoducto —añadió pasándose los dedos por el pelo y apartando la ensalada que apenas había probado—. Lo he intentado, de verdad, pero… Estoy haciendo la especialidad con el Dr. Bowen, uno de los mejores especialistas infantiles del país. Está completamente entregado a su trabajo y espera lo mismo de sus colaboradores. Llevo toda la vida esperando esto y no le puedo fallar.
Desde que tenía diez años, había dedicado todos sus esfuerzos a llegar a ser cirujano de niños porque quería que otras familias no tuvieran que sufrir lo que ellos habían pasado cuando había muerto su hermano pequeño.
¡Estaba tan cerca de conseguirlo!
—Me parece a mí que no tiene usted tiempo ni de ocuparse de su casa, ¿verdad?
—Verdad. Ya tenía bastante con mi apartamento, pero ahora con la casa de mi padres, que tiene jardín y piscina… Nunca me han pedido nada y siempre me han apoyado, ¿sabe? —dijo con aquellas estúpidas lágrimas de nuevo al borde de los ojos—. Me siento como si los estuviera defraudando, pero no puedo con todo.
—Se refiere a hacer la compra y esas cosas…
—Me refiero a que hace seis semanas, desde que ellos se fueron, que nadie limpia la piscina, a que no he tenido tiempo ni de ir al banco a ver si he cobrado y a que tengo un montón de facturas sin pagar porque no tengo ni tiempo de sentarme a hacer los cheques. La empresa del agua me ha amenazado incluso con cortarme el suministro si no les pago ya. ¡Y ahora esto! —exclamó mirando el informe y hundiendo la cabeza entre las manos—. ¡Necesito ayuda, pero no tengo tiempo de ponerme en contacto con nadie para que me la preste!
—No sería una cosa permanente, ¿no?
—No, solo hasta que vuelvan mis padres. Seis meses, como máximo.
El camarero les cambió la ensalada por el primer plato y desapareció con la misma celeridad con la que había aparecido.
Melinda se quedó mirando la pechuga de pollo.
—Mataría por una comida casera —sollozó—. Y por tener la ropa limpia.
—¿Y qué me dice del polvo? —sonrió Sherry.
—Que hay tanto que me dejo mensajes a mí misma para que no se me olvide hacer ciertas cosas. Me parece que voy a tener que hacer un curso para aprender a aprovechar mejor el tiempo o algo…
—Lo que usted necesita es un amo de casa y conozco al mejor —sentenció Sherry.
NO lo dice usted en serio, ¿verdad? —preguntó Melinda.
—Los analistas financieros siempre hablamos en serio —contestó la mujer que tenía ante sí—. Lo que usted necesita es un amo de casa a imagen y semejanza de aquellas esposas de los años 50, sí de esas a las que ninguna mujer quiere parecerse ya. Usted necesita a alguien que se encargue de la casa y cuide de ti mientras usted termina su formación como médico.
—Y usted conoce al candidato perfecto.
—Desde el colegio.
Aquello era tentador. Una solución sencilla para un montón de problemas. Melinda llamó al camarero y le pidió lo que estaba bebiendo la persona que estaba sentada en la mesa de al lado. No sabía qué era, pero tenía buena pinta.
—¿Cuánto cobra?
—El hombre del que le hablo trabajaría a cambio de matrimonio y seguro médico.
—¿Eh?
