Un novio diferente - Kate Thomas - E-Book
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Un novio diferente E-Book

Kate Thomas

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Beschreibung

Ella sabía todo lo que había que hacer... Wendy Marek necesitaba dinero para financiar sus estudios de diseño en París, pero para reclamar su herencia debía estar casada. Por su parte, el checo Peter Havel necesitaba la nacionalidad estadounidense. ¿Qué podría hacer Wendy con un genio de las matemáticas con el cuerpo de un deportista olímpico? Bueno, podría casarse con él, por supuesto. Pero, ¿qué pasaría cuando el amor entrara a formar parte de aquel matrimonio de conveniencia?

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Seitenzahl: 157

Veröffentlichungsjahr: 2016

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2002 Catherine Hudgins

© 2016 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un novio diferente, n.º 1369 - abril 2016

Título original: Czech Mate

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Publicada en español en 2003

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-687-8119-8

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Portadilla

Créditos

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

AsÍ que lo de Eddie no ha salido bien, ¿eh? —suspiró su padre, con tono decepcionado.

Agradeciendo que los teléfonos todavía no tuvieran pantalla, Wendy Marek levantó los ojos al cielo.

—No tuvimos tiempo de conocernos, papá. Vino a buscarme borracho y a las diez ya se había desmayado.

—Una lástima. Pero acaba de llegar un electricista nuevo a la fábrica, le preguntaré…

—¡Papá! —lo interrumpió Wendy. Su obsesión por buscarle novio la estaba volviendo loca—. Por favor… se acabaron las citas a ciegas.

—Pero cariño, tienes veinticuatro años. ¿Quieres seguir siendo una secretaria el resto de tu vida?

—No —contestó ella, disimulando un bostezo. Aparte del fiasco con Eddie, se había pasado todo el fin de semana dándole vueltas a su presupuesto. Intentando sacar leche de una alcuza, más bien—. Por eso he presentado una solicitud en el Instituto de Diseño de París. ¿Recuerdas?

La habían aceptado, pero solo le quedaban un par de meses para reunir el dinero de la matrícula.

—¡París! —exclamó su padre, como si estuviera hablando de un pueblo perdido en las montañas—. ¿Y qué tiene de malo casarse?

Wendy volvió a levantar los ojos al cielo. Desde que su hermano Patrick salió del armario, su padre se había dedicado a insistir en que debía casarse y tener hijos.

¿No sabía que el matrimonio no era un sustituto de la creatividad? ¿Que los hijos no eran salida suficiente para un artista que necesitaba expresarse?

Pero Wendy sí lo sabía y estaba decidida a no repetir los errores de su madre.

—Espera un momento, papá. Tengo otra llamada.

Nunca cambiaría una carrera creativa por una familia que estaba segura, abandonaría unos años más tarde.

—¿Dígame?

—¿Wendy Marek?

—Sí, soy yo.

—Lamento molestarla un domingo por la noche, señorita Marek.

—No pasa nada.

Mientras el desconocido no intentase convencerla de que debía casarse…

—¿Trabaja usted en la Universidad de Saint Louis?

—Perdone, ¿con quién hablo? —preguntó Wendy, rezando para que no fuese una nueva factura. Llevaba seis meses ahorrando para pagar la matrícula en el Instituto de Diseño de París y una factura más la dejaría en la ruina.

—Soy Rudolph Roland, del Departamento de Inmigración y Naturalización de Chicago.

¿Inmigración? Sus padres llevaban cinco años en el país cuando nació su hermano Patrick y ella era tres años más joven que él. Era tan americana como George Bush.

—¿De qué quiere hablarme, señor Roland?

—¿Está usted esperando a un tal Peter Havel? —preguntó el desconocido.

—Ah, sí, sí. Tiene que llegar esta noche… iré a buscarlo al hotel mañana por la mañana.

—Para información del servicio, ¿ese individuo es un conocido suyo? ¿Esperaba usted su llegada al país?

Lo único que Wendy esperaba era poder ir a París. Si su padre olvidase aquella obsesión por casarla y le prestase dinero…

El Instituto de Diseño de París no tenía becas para norteamericanos y, aunque nunca había leído la letra pequeña, por lo visto no podía tocar el dinero que sus abuelos habían dejado para ella en un fideicomiso hasta que cumpliese treinta años.

—¿Señorita Marek?

Ah, sí, Peter Havel.

—No nos conocemos en persona. Nos conocemos a través de Internet.

—¿Internet? —repitió el tal Roland, extrañado—. ¿Y espera usted a este… doctor Havel?

—Sí, estoy deseando conocerlo.

Su jefe, el decano Leippert, y el doctor Boroni, una de las antiguallas del departamento de matemáticas, daban saltos de contento por la visita de aquella eminencia.

—Muy bien —dijo el agente de inmigración—. Solo necesitábamos confirmarlo. Muchas gracias.

—De nad…

El tipo había colgado antes de que Wendy pudiera terminar la frase.

Genial. ¿Aquella era la noche del «macho que hace llamadas y solo está a lo suyo»?

—Gracias por esperar, papá.

—¿Era Eddie? Quizá deberías darle otra oportunidad, cielo. Los mecánicos ganan mucho dinero y…

—Aunque fuera millonario no me ineresaría. No quiero casarme, papá. Quiero ir a París a estudiar diseño de moda.

No solo «quería» ir a París a estudiar, pensó, mirando el lío de telas y patrones que había quedado sobre la mesa después de enviar su currículum al Instituto de Diseño. Iría a París y se convertiría en diseñadora. No pensaba casarse y tener niños. Para nada. Eso solo acarreaba infelicidad.

Y le rompía el corazón a los más inocentes.

Pero necesitaba dinero para hacer realidad su sueño.

O empezaba a jugar a la lotería o buscaba una forma de que su padre olvidase la obsesión por casarla. O esperaba seis años más para meter mano a la herencia de sus abuelos. O cambiaba la fecha en su partida de nacimiento.

«Seguro que soy la única mujer en América que quiere cumplir treinta años».

—Tengo que colgar, papá —lo interrumpió Wendy, cuando se lanzaba de nuevo a hablar de los hijos. Como si su hermano no pudiera heredar el negocio de fontanería solo porque era gay—. Pero haremos un trato. Tú te piensas lo de mi viaje a París y yo pensaré lo de casarme.

Ya, seguro. Estaba tan dispuesta a casarse como a presentarse voluntaria para salir con un asesino en serie.

 

 

Peter Havel se despidió de las azafatas y siguió al resto de los pasajeros, esperando que lo llevasen a la zona de recogida de equipaje. De otra forma, seguramente no la encontraría.

Le dolían los párpados y apenas podía leer los confusos carteles del aeropuerto.

Después de más operaciones de las que quería recordar, la visión en su ojo izquierdo seguía siendo borrosa, la pérdida de audición en el oído izquierdo del ochenta por ciento… eso en las mejores circunstancias.

No aquellas, precisamente.

Y aquellas eran la llegada al aeropuerto de Saint Louis, horas más tarde de lo previsto gracias al Departamento de Inmigración y Naturalización de Chicago.

Seguía sin saber cuál era el problema. Les había explicado que cambió la grafía de su nombre checo, Petr, por la anglosajona Peter, pero querían más explicaciones. Intentó evitar las preguntas, pero al final tuvo que entregarles la carta de la universidad.

Peter dejó escapar un suspiro. Después de una llamada a su supervisor, el pesado burócrata le había puesto el sello en el pasaporte.

Pero todavía tenía que recuperar las maletas y encontrar el hotel.

Podría preguntar a alguien, si se tragaba el orgullo y recordaba cómo formular la pregunta correctamente en un idioma que no era el suyo…

Pero entre el cavernoso ruido del aeropuerto de Saint Louis y sus problemas de oído, entender la respuesta sería imposible.

Quizá debería haber aceptado la ayuda que le ofrecían en la carta…

Bah, él no era un inútil. Y no se comportaría como tal.

Por eso había pasado el último año en Siberia, aislado en la república de Altai como un oso polar, lamiendo sus heridas. Soportando el desengaño de la última operación y evitando los cuidados de su ex novia.

Habían estado tres años prometidos y ninguno de los dos tenía prisa por sentar la cabeza. Pero Peter rompió el compromiso unos meses después de la operación, cuando Katrina intentó limpiarle la nariz.

Hovno! Él quería casarse, no que lo cuidasen como si fuera un cachorro.

La próxima vez que alguien intentase tratarlo como a un niño vería las estrellas, como los personajes de los dibujos animados, se prometió a sí mismo.

El chirriante sonido de los altavoces exacerbaba el daño causado por la colisión con otro jugador en el último partido de su carrera como jugador olímpico de hockey sobre patines.

Peter suspiró, recordando a todo el estadio puesto en pie mientras otro de sus compañeros del equipo de la República Checa le lanzaba el disco. Tenía que tirar a portería durante los últimos minutos de un partido que valía la medalla de oro… Recordaba la adrenalina, los gritos, los flashes de las cámaras, el dolor en la cabeza al chocar contra algo. Después, todo se volvió negro…

«Déjalo ya», se dijo a sí mismo. El pasado era pasado.

A los veintiocho años tenía una nueva vida. Después del accidente, incapaz de proseguir la carrera de medicina como quería, eligió la química y las matemáticas. Encontró solaz en la elegante complejidad de las estructuras cristalinas y las ecuaciones diferenciales.

Unos meses antes había concebido una idea sobre la Anomalía de Gandel, que consultó a través de Internet con Emil Boroni, uno de los más famosos matemáticos del mundo.

Como resultado, había sido invitado a Saint Louis para trabajar en un proyecto de la facultad.

¿Y luego?

Peter se encogió de hombros. Después de Saint Louis tenía una colaboración con el doctor Wilkersen de UCLA, en California. Y luego un contrato para una serie de lecturas en la Universidad de Guadalajara, México.

Sí, esa era su vida en aquel momento: el matemático nómada.

—Y me gusta —murmuró Peter. No necesitaba una familia. No necesitaba esposa e hijos. No necesitaba a nadie.

«Y nadie te necesita a ti», le dijo una vocecita.

Pero no le hizo caso.

El grupo de pasajeros giró hacia la izquierda y Peter hizo lo mismo. Desgraciadamente, el brusco movimiento le hizo perder el equilibrio y tuvo que pararse un momento para recuperar la estabilidad.

Quizá debería haber dejado que alguien de la universidad fuera a buscarlo…

—No —gruñó, mientras sus guías doblaban a la derecha. Encontraría la salida del aeropuerto él solito.

Unos minutos más tarde llegaron a la última puerta y el grupo se disolvió. Algunos tiraron hacia la salida, otros tomaron una rampa… esos debían ser los que iban a buscar las maletas. Por fin, llegaron a la cinta transportadora.

Cuando consiguió recuperar su equipaje, caminando despacio para no perder el equilibrio, se dirigió a la parada de taxis con la dirección del hotel en la mano.

Cerrando los ojos, Peter se obligó a pensar en el que sería su idioma a partir de aquel momento:

«¿Lo ves? No necesita ayuda. Yo cuida de mí mismo».

Veinte minutos más tarde llegó al hotel, pidió la llave de su habitación y, haciéndole un gesto con la mano al botones, subió él mismo sus maletas en el ascensor. Por fin, exhausto pero triunfante, entró en su habitación.

Había una cama de matrimonio.

«Una solitaria cama de matrimonio», le dijo entonces la irritante vocecita.

«No solitaria. Solo vacía. No ocupada».

—Yo corrijo —murmuró quitándose los zapatos.

La fatiga y la visión borrosa ralentizaron el proceso, claro, pero por fin consiguió poner el despertador, con el volumen lo más alto posible. Y esperaba que estuviese suficientemente alto.

Luego se quitó la camisa, los calcetines y el pantalón. Con la última onza de energía que le quedaba apartó el edredón…

Ahhhh…

Estaba dormido antes de que su cabeza tocase la almohada.

 

 

Wendy se detuvo un momento en el impresionante vestíbulo del hotel antes de dirigirse hacia los ascensores. Iba a buscar al genio checo que, por lo visto, era incapaz de llegar solito al campus.

Después de pulsar el botón de llamada, se apoyó en la pared, suspirando.

Su padre tenía razón en una cosa: aunque le caían muy bien su jefe y sus colegas, no quería seguir siendo una secretaria toda la vida.

Pero, ¿por qué no apoyaba sus planes de ir a París, en lugar de buscarle novio entre todos los solteros de Saint Louis?

Wendy se apartó el pelo de la cara. Expresar su creatividad en el mundo de la moda le daría la satisfacción que necesitaba… y sin el riesgo de destrozar un hogar.

Tenía que reunir el dinero para la matrícula.

Ding. Ding. Ding.

Tres ascensores anunciaron su llegada simultáneamente y Wendy abandonó por un momento la búsqueda de una solución para su crisis económica. Hora de agarrar por el cuello al último genio invitado por el decano Leippert.

«Espero que este viejo hable en cristiano», pensó, mientras pulsaba el botón de la décima planta.

Solo tuvo que soportar un par de notas de la peor música del mundo porque el supersónico ascensor llegó a su destino en unos segundos. Entonces buscó la habitación 1117… era la 1117, ¿no? Podía recordar texturas, telas, colores y complicadas costuras, pero lo de los números no era precisamente lo suyo.

Wendy llamó a la puerta y esperó.

Recordaba al último genio que visitó la facultad: Lifzmeier. Flaco, anciano, y tan preocupado por los neutrones que no recordaba dónde había puesto las gafas.

Llamó de nuevo. Varias veces. Nada. Y ella no tenía tiempo para cuidar de otro genio despistado.

Cuando iba a darle una patada, la puerta se abrió…

Wendy tragó saliva al encontrarse frente a una mole de músculos cubierta de vello rubio.

Aquello era un «torso» de los que se ven en las películas. Un torso masculino, claro. Magnífico. Y desnudo.

—Lo siento. Me… he equivocado de habitación —murmuró, con la boca seca.

«El Torso»,increíblemente, se expandió un poco más.

—Dobré ráno —oyó una voz ronca, profundamente masculina.

 

 

Capítulo 2

 

Dobré ráno —repitió Wendy mecánicamente, admirando… ejem, observando aquel torso increíble. Después, tragando saliva, bajó los ojos hacia unos calzoncillos blancos de algodón más que abultados.

Nerviosa, apartó la mirada.

El saludo era lo único que su abuela Ana le había enseñado a decir en checo durante el tiempo que vivió con ellos, cuando su madre se largó de casa. Por supuesto, en cuanto descubrió que Wendy sabía cocinar, la abuela volvió a Florida.

—Buenos días —dijo Wendy entonces.

Evidentemente, no se había equivocado de habitación. Aunque no se le daban bien las matemáticas, las probabilidades de que hubiera dos checos en la misma planta de un hotel de Saint Louis eran minúsculas.

—¿Eres de la universidad? —preguntó El Torso con aquella voz ronca de delicioso acento centroeuropeo.

Wendy asintió.

«Cálmate», se dijo a sí misma.

De modo que el nuevo genio de Leippert iba al gimnasio.

«Sí, eso es como decir que Bill Gates tiene un dinerillo ahorrado».

—Yo… sí, soy Wendy Marek —consiguió decir por fin, intentando apartar la mirada del torso masculino más impresionante que había visto en toda su vida. La parte inferior de la anatomía masculina también parecía muy «interesante», desde luego—. Bienvenido a Saint Louis, doctor Havel.

—Los americanos no son muy formales —declaró el checo entonces.

«¿Y abrir la puerta en calzoncillos es formal?»

—¿Perdón?

—Tú me llamo Peter y yo te llamo Wendy, ¿bien?

Los ojos de Wendy amenazaban con deslizarse de nuevo hacia abajo y decidió levantar bien la barbilla para mirarlo a la cara.

Y, de nuevo, tuvo que tragar saliva.

La cara de Peter Havel armonizaba perfectamente con el torso y los calzoncillos: rasgos duros, como esculpidos, muy eslavos, muy masculinos. Pelo rubio oscuro, ojos azules, nariz recta, una boca de pecado… es decir, bien dibujada, mentón firme y unos pómulos… ¿con marcas de la almohada?

—No me lo diga, acaba de levantarse —sonrió Wendy, intentando salir de aquel estupor sensual.

—Sí, acabo de despertar de mi sueño —admitió Peter. Después cerró la boca. ¿Por qué iba a excusarse ante aquella, aquella… aquella americana de brillantes ojos verdes y curvas increíbles?

«Blbec! A mí no me afecta ninguna mujer».

Hasta aquel momento. Y no hacía falta una visión perfecta para observar los encantos de aquella chica que no le llegaba a la barbilla. Su pelo castaño seguramente tenía reflejos cobrizos a la luz del sol, sus ojos eran verdes como una pradera en mayo y, cuando la vio sonreír, Peter se calentó por dentro como si hubiera tomado una copa de coñac.

—He venido para acompañarlo a la universidad —anunció la pequeña tigresa—. Pero primero tendrá que vestirse.

Mmm… «patchouli». La más primaria zona erógena de Peter respondió al delicado aroma y tuvo que volverse para que ella no se diera cuenta.

—Esperaba que ya estuviese preparado.

Estaba preparado, desde luego. Más que en mucho tiempo.

Pero tenía razón, debería estar vestido. El despertador llevaba veinte minutos sonando cuando por fin lo oyó y acababa de saltar de la cama cuando le pareció oír un ruidito intermitente. Con su oído dañado, tardó varios minutos en darse cuenta de que alguien estaba llamando a la puerta.

—Tienes que perdonar —dijo, levantando una ceja.

«Sé inteligente, Havel». Su atracción por Wendy Marek no lo llevaría a ninguna parte… excepto quizá a lo único que no podía soportar: la compasión.

—No duermo vestido.

—Supongo que eso será asunto de su esposa, doctor Havel —replicó ella, con los ojos brillantes como esmeraldas.

—No estoy casado —dijo Peter entonces, intentando ocultar cierta tristeza.

No echaba de menos los insultos de Katrina, pero siempre había esperado vivir en pareja. No así, solo. Aislado.

—¿Ah, sí? Pues qué bien. Pero yo no estoy interesada.

Ya. A juzgar por el inventario que había hecho de su cuerpo, las palabras de Wendy Marek no eran del todo ciertas.

—Porque estás casada —aventuró, su curiosidad tan despierta como su masculino interés.

—No. Tengo otras cosas que hacer en la vida antes de ponerme la soga al cuello.

Peter no entendió la frase, pero el mensaje estaba claro. Wendy Marek lo miraba como un vegetariano mira un melocotón, pero no estaba de compras.

Por un momento, el reto le pareció tentador…

Pero no quería ver compasión reemplazando al interés en sus preciosos ojos verdes. ¿La mal entendida piedad de Katrina habría destrozado de tal forma su autoestima que no se atrevía a tontear con una mujer? Si era así, tendría que corregirlo. Pero no en aquel momento. No con una colega.

—¿Estoy tarde?

Wendy parpadeó. Debía haberlo dicho mal, pensó.

—¿Estoy mucho tarde?

Ella sonrió. Tenía una boca preciosa. Una boca que le hubiera gustado probar, que le hubiera gustado…

Bah. No pensaba arriesgarse a un rechazo.

—El decano Leippert lo espera… —dijo Wendy, mirando el reloj.