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Lo último que Josh Walker esperaba ver, tras su accidente, era a una mujer embarazada. ¡Y menos a una a punto de dar a luz! El caballeroso abogado no tuvo más remedio que ayudar a traer al mundo al bebé y cuidar de aquel exquisito ángel que lo había rescatado y de su recién nacido. Dani Caldwell no quería que su corazón volviera a romperse otra vez, pero no tuvo más remedio que confiar en Josh. Sus fuertes brazos estaban dispuestos a defenderla y a protegerla, y eran capaces de sostener a su hijo con ternura. Eso hizo que la madre soltera, que no quería depender de nadie, soñara con convertirse en la mujer de Josh Walker para siempre.
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Seitenzahl: 208
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Avenida de Burgos 8B
Planta 18
28036 Madrid
© 1999 Catherine Hudgins
© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Un ángel misterioso, n.º 1084- mayo 2022
Título original: Texas Bride
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-1105-650-2
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Si te ha gustado este libro…
Josh Walker frunció el ceño y metió otro CD en el reproductor del coche. No quería admitirlo, pero se había perdido. Perdido en medio de la más enorme nada que jamás hubiera visto: ni árboles, ni casas, ni tráfico. Aparte de unas cuantas florecillas silvestres en la cuneta, en el oeste de Texas no había nada salvo cactus y rocas.
Y mal tiempo. Las nubes grisáceas que habían comenzado a desparramarse por el horizonte una hora antes estaban llenando todo el cielo. Josh juró. Sólo había contado una intersección desde el momento de dejar la autopista interestatal. Debía de haberse equivocado entonces, pensó. Tendría que haber llegado ya a San Angelo.
Tampoco importaba demasiado. El caso de Midland se había resuelto inesperadamente al aceptar su cliente una nueva oferta aquella misma mañana. Josh había llamado a su oficina de Virginia y había comprobado que no había nada urgente. Así pues había metido el traje y la corbata en la maleta, había sacado los vaqueros, la camisa y las botas, y se había preparado para disfrutar de uno de sus grandes placeres: un largo y solitario viaje por carretera.
Por lo general los kilómetros en soledad conseguían relajarlo, desvanecer su estrés, pero en aquella ocasión la táctica no estaba funcionando. En aquellos días nada parecía funcionarle. El trabajo ya no lo absorbía, la casa no era sino una inversión, y el sexo… Aquella última relación lo había dejado completamente frío. Vacío, comprendió.
Pero eso tampoco estaba dispuesto a admitirlo. Al fin y al cabo sólo tenía veintinueve años, su vida no estaba vacía. Todo le iba bien, se dijo tratando de convencerse. Josh contempló las flores silvestres de aquel mes de abril. Quizá su vida fuera estéril, rutinaria… pero no solitaria. Si estaba solo era porque así lo había elegido.
Porque ésa era la única opción, pensó. Había aprendido la lección seis años antes, cuando su novia desapareció inesperadamente un fin de semana para deshacerse del hijo de los dos. Sin ni siquiera preguntar, sin molestarse en mencionarlo. Si no hubiera sido por aquella bocazas amiga suya, Josh nunca se hubiera enterado. Al final había descubierto la verdad, y la angustia y la ira se habían apoderado de él.
Sin embargo luego se había repuesto. Y había decidido ignorar para siempre todo sentimiento, mantenerse ocupado. Aquello había funcionado. Había conseguido poner en marcha el gabinete legal, había tenido éxito y nunca más le había vuelto a herir ninguna mujer. Por eso, aunque últimamente estuviera algo inquieto, su vida era perfecta, razonó.
Por supuesto otras personas podían no estar de acuerdo. Marletta, su secretaria, lo amenazaba con retirarse y su cuñada… Josh refunfuñó al recordar la forma en que había reaccionado al escuchar el repaso que él mismo le había dado a su vida cuando fue de visita a Montana. Cuando su hermano pequeño, Dan, apareció con Mei Li, su nueva novia asiática, Annie le había tomado el pelo diciéndole que era el último de los Walker soltero. Y le había advertido que más le valía espabilar. Él le había respondido que jamás volvería a relacionarse con ninguna mujer, Annie había corrido tras él y le había preguntado cuándo iba a dejar de compadecerse de sí mismo. No era cierto que se compadeciera de sí mismo, le había respondido él. Sólo había puesto en práctica una sabiduría y prudencia aprendidas a base de duras lecciones en la vida.
Josh sacudió la cabeza y giró el volante en una curva.
—Tú no eres el único que sufre, Josh —le había respondido Annie—. Todo el mundo sufre, es parte de la vida. Si quieres seguir así adelante, la elección es tuya. Pero si quieres ponerle fin deja de lamentarte de ti mismo. La mejor forma de hacerlo es encontrar a alguien que esté peor que tú y ayudarlo.
Tonterías, había respondido Josh. Sin embargo no había podido borrar de su mente las palabras de Annie. Aún en aquel momento, semanas después, era incapaz de olvidarlas. No obstante tampoco terminaba de comprender lo que Annie había querido decir: ¿se trataba de buscar la satisfacción ayudando a los demás o de comprender lo bien que estaba uno en comparación con ellos?, se preguntó.
No conocía a nadie que estuviera peor que él.
Dani Caldwell llevó el camión a la cuneta al llegar a la señal de stop. Quizá se equivocara, pero creía que se le había roto una varilla, lo cual significaba que… Dani tragó tratando de ignorar el pánico que la atenazaba. El miedo no servía de nada. El desastre ya se había producido, de modo que sólo le restaba calmarse y seguir adelante.
—Debería de tener práctica en esto —musitó para sí misma mientras recogía la bolsa de la compra en la que había gastado sus últimos dólares y salía del camión—. Quizá incluso me dedique a dar seminarios sobre cómo salir adelante en situaciones difíciles cuando el bebé haya nacido.
Dani continuó reflexionando sobre aquella estúpida idea mientras caminaba por la estrecha y poco frecuentada carretera estatal hacia la cabaña que se había convertido en su refugio y prisión. De ese modo evitaba pensar en sus verdaderos problemas: el calor de aquella tarde, sus desastrosas finanzas, el camión definitivamente inservible…
—Comenzaré por dar unas cuantas lecciones gratis a los grupos parroquiales, y luego daré clases en hoteles. Cobrando, por supuesto. Me convertiré en la reina de la supervivencia. Tendré vendedores propios, libros, vídeos…
Dani tropezó con una piedra y se tambaleó. Aquello hubiera podido ser el final. Cambió de mano la bolsa de la compra y continuó andando. Hasta el momento había logrado sobrellevar todas las dificultades, pero en medio de aquel desierto del oeste de Texas, de aquella nada, con un tobillo roto… Era razón suficiente para rendirse.
Sin embargo no se había roto el tobillo. Era joven, fuerte y resuelta, aunque también estuviera desgarrada, viuda, embarazada y sin empleo. El bebé pataleó en su vientre.
—Éste ha sido tu primer comentario en el día de hoy —dijo en voz alta sonriendo y poniendo una mano sobre su vientre—. Ya veo que estás bien, tigre. Nada de compadecerse de uno mismo, encontraremos una solución. Además, casi estamos llegando a casa.
Justo antes de llegar al cauce seco del río, Dani giró rodeando el árbol que marcaba el inicio de un estrecho sendero de piedras. Aquel camino seguía recto durante unos cuantos metros para girar después delante de una enorme piedra y llegar por fin a su escondite, una cabaña de una sola habitación que pertenecía al tío de una compañera de clase.
Dani tuvo que pararse a descansar en aquella gran piedra, pero según los libros era normal que se cansara estando tan cerca el momento del parto.
—Sólo un par de semanas más, cariño —le susurró a la preciosa carga que llevaba dentro—. Luego comenzaremos una nueva vida juntos.
Dani contempló el paisaje duro y desértico, tan distinto a Piney Woods, al este de Texas, donde había nacido. Una ola de añoranza la embargó. Hubiera deseado que todo hubiera sido diferente. Por ejemplo poder dar a luz en Lufkin, su ciudad natal, y que su hijo conociera a su padre.
Cerró los ojos. Durante los últimos seis meses el dolor por la muerte de Jimmy había dado paso a la aceptación. Jimmy se había peleado en una refriega en un bar, y al día siguiente, cuando el médico certificó su muerte, todas sus esperanzas e ilusiones se marcharon con él.
¡Y había tenido tantas!, recordó. Se había enamorado a primera vista, nada más tropezar con Jimmy Caldwell en la cafetería del instituto. En cuestión de semanas salían juntos y cuatro años más tarde, el día de su dieciocho cumpleaños, se habían casado para vivir felices para siempre.
—Para siempre —repitió Dani en voz alta suspirando.
Aquel para siempre había durado cinco años, y la parte feliz, bueno… fueron felices durante un tiempo, recordó. Sin embargo, Jimmy había cambiado mucho, sobre todo durante los dos últimos años. Para cuando la historia tocó a su fin el chico al que había amado se había convertido en un completo extraño.
—Pero no te preocupes, cariño, no volveré a cometer el mismo error —dijo Dani.
No tenía tiempo, un niño estaba de camino. Y por supuesto Dani no era tan inocente como para no darse cuenta de que sacarlo adelante ella sola iba a ser difícil. Sin embargo no tenía elección, de modo que aquello resolvía la cuestión.
No tenía elección, se repitió en silencio pasándose la mano por el vientre. Sus padres habían muerto en un accidente de tráfico semanas después de la boda, y los padres de Jimmy… Dani los hacía responsables de la infelicidad y del comportamiento autodestructivo de su marido. Habían ejercido una presión incansable sobre él alentándolo a ser el mejor, el primero. Cuando Jimmy comprendió que era incapaz de dar la talla se dio a la bebida en lugar de tratar de buscar el consuelo en su mujer.
Pero sus suegros no iban a tener la oportunidad de hacer lo mismo con su hijo, se dijo Dani. Por desgracia pensaban de un modo muy distinto a ella, y tenían dinero y contactos por todo el estado de Texas. No vacilarían en usar todos los medios a su alcance hasta conseguir lo que quisieran.
Y lo que querían, muerto su hijo, era la custodia legal de su nieto. Dani se negaba a separarse del bebé, pero no tenía medios para luchar contra ellos. Por eso había huido. Una y otra vez.
Había planeado esperar al bebé en aquella cabaña hasta el último momento y dirigirse luego a una ciudad grande para dar a luz. Pagaría un par de noches en un motel y a una niñera para que cuidara del recién nacido con sus escasos ahorros, y después limpiaría casas o cuidaría de niños mientras buscaba un modo serio de ganarse la vida.
—¡Bravo por los planes! —exclamó al comprender que el camión estropeado se los había echado a perder—. ¿Y ahora qué?
Un fuerte rugido la hizo mirar para arriba. Nubes negras llenaban el cielo lanzando rayos sobre el desierto.
—Gracias —continuó en voz alta—. Estaba a punto de perder el tiempo preocupándome, como si eso fuera a arreglar la situación —las primeras gotas de lluvia cayeron sobre su cabeza—. Tengo un techo bajo el que cobijarme —añadió dirigiéndose al niño y recogiendo la bolsa de la compra—, y será mejor que me apresure a hacerlo.
Dani se encaminó hacia la cabaña antes de que la lluvia arreciara. Deseaba seguir pensando de un modo positivo, pero no sabía cuánto tiempo más iba a poder resistir. Sin coche, sin trabajo, sin dinero, sola y con un bebé en camino…
—Vamos, deja de lamentarte —se ordenó a sí misma en voz alta—. Hay mucha gente que está peor que tú. No sé cómo, pero nos las arreglaremos —le prometió al bebé acariciándose el vientre—. No me rendiré, pase lo que pase.
Dani se mantuvo ocupada haciendo pan de maíz mientras el temporal arreciaba.
Josh reprimió un juramento y agarró el volante con fuerza mientras caían rayos del cielo. Las gotas de lluvia chocaban como piedras contra el coche en un diluvio amenazador. Pisó el acelerador, deseoso de salir de aquella tormenta y encontrar un pueblo y un motel en el que hospedarse. Estaba cansado, harto del desierto. Harto de dar vueltas perdido.
Cuando la lluvia se hizo más intensa formándose una cortina de agua redujo la velocidad.
La carretera estaba llena de charcos que desviaban a un lado u otro la dirección. El coche los pasaba salpicando, y de inmediato Josh volvía a retomar el control.
De pronto vio una sombra oscura delante de él y torció el volante para evitarla. Era un camión, comprendió nada más verlo desaparecer en la oscuridad. Algún idiota había dejado el vehículo en medio de la carretera, pero al menos eso significaba que no estaba solo, pensó aliviado incrementando la velocidad.
Justo delante una corriente de agua atravesaba la calzada de lado a lado. Josh no la había visto y había acelerado, y fue a parar directo al infierno.
Primero se escuchó el ruido del golpe del coche contra la corriente de agua e, instantes después, el vehículo fue arrastrado por el torrente antes de que él pudiera pisar el freno. La fuerte corriente arrastró el coche sacándolo de la calzada y haciéndolo girar una, dos, tres veces. Josh se dio con la cabeza contra la puerta. Un impacto más y por fin el vehículo se paró.
Josh consiguió desabrocharse el cinturón, pero el agua le impedía abrir la puerta a pesar de los esfuerzos. El sistema electrónico de apertura no funcionaba. Trató de abrir la puerta del copiloto, pero también estaba cerrada.
Antes de que tuviera tiempo de pensar, un montón de rocas entraron en el coche golpeándolo todo. El impacto sobre su cabeza volvió a mandarlo contra la puerta. Josh vio las estrellas con los ojos cerrados.
Entonces, a pesar del dolor y de la desorientación, Josh notó que entraba agua en el coche y que comenzaba a inundarlo todo. Iba a ahogarse allí, reflexionó saboreando de pronto el arrepentimiento. En aquel barro, en aquella agua pantanosa, recapacitó perdiendo la conciencia a pesar de sus esfuerzos por mantenerse alerta. Quizá su vida estuviera vacía, pero no sentía deseos de morir.
El calor y el humo del horno cociendo el pan amenazaban con cocer también a Dani, de modo que salió al porche a tomar el aire. Estaba a punto de volver a entrar cuando escuchó un ruido. Le llevó un buen rato reconocerlo. Corrió a por una chaqueta, una linterna y una vieja cuerda. Era todo lo que tenía.
—Ese golpe ha sonado como a metal, cariño, como a coche. Si hay alguien en peligro tenemos que ayudarlo, no debemos darle la espalda —dijo en voz alta—. ¡Aguanta! —añadió dando unos golpecitos al bebé en el vientre en medio de la neblina.
Gracias a Dios la lluvia parecía estar cediendo. Dani corrió cautelosa por el sendero hasta llegar a la enorme piedra y sacar la cabeza para asomarse. Era un coche en medio del riachuelo desbordado. Estaba detenido, de momento, en medio de la corriente, bloqueado por una piedra. Pero el agua tiraba de él con fuerza, amenazando con llevárselo río abajo. Tenía que actuar deprisa si quería rescatar a los pasajeros.
Aunque quizá no hubiera nadie dentro, recapacitó Dani. Quizá todos hubieran salido. Quizá el vehículo se hubiera estropeado y su dueño lo hubiera dejado abandonado en medio de la carretera, como ella el camión. Quizá no necesitara arriesgar a su bebé.
Dani se mordió el labio y dirigió la luz de la linterna hacia el interior del coche. La sombra de una figura se recortaba detrás del volante.
—Bueno, entonces decidido —musitó guardándose la linterna en el bolsillo.
Ató un cabo de la cuerda al árbol y el otro bajo su pecho. Respiró hondo y se internó en la corriente. Dejó que ésta la arrastrara hacia el coche y se agarró a un picacho que sobresalía en medio de las aguas. Palmo a palmo luchó por subirse a aquella piedra que sobresalía justo delante del coche, rezando y rogando a Dios en voz alta.
Sacó la linterna y enfocó la sombra humana. La luz apenas dejaba adivinar los detalles: cabellos rubios, mandíbula firme, hombros anchos y fuertes, indudablemente masculinos… Tenía los ojos cerrados pero… Dani trató de mirar a través de las gotas de lluvia del parabrisas. Sí, aquel pecho se movía. Estaba inconsciente, pero vivo.
El suspiro de alivio de Dani se convirtió de pronto en un grito al darse cuenta de otro problema: había agua en el interior del vehículo, de hecho cubría ya hasta el salpicadero. Aquel hombre iba a morir a menos que ella hiciera algo. Y pronto.
Había piedras sobre la enorme roca a la que estaba subida. Dani tomó la más grande y la arrojó contra el parabrisas, repitiendo el proceso hasta romper el cristal en un estallido de pequeños trozos. Entonces se inclinó y miró por el agujero que había hecho.
Un intenso calor erótico la recorrió. Aquella excitación era completamente inadecuada dadas las circunstancias, pero era innegable. A pesar de la urgencia, Dani no pudo evitar contemplar a aquel hombre durante unos instantes. Era increíblemente masculino, y terriblemente atractivo. Incluso inconsciente emanaba de él un poder salvaje, pensó.
Tenía que sacarlo del coche antes de que se ahogara. ¿Pero cómo? Parecía alto, fuerte y pesado, y ella estaba embarazada de más de ocho meses. Ni siquiera se sentía capaz de alargar el brazo lo suficiente como para tocarlo.
Dani se mordió el labio inferior de nuevo. Luego, respirando hondo, hizo lo único que se le ocurrió: gritar.
El arrepentimiento seguía ahí, en su conciencia, al comenzar a despertar lentamente. Así que aquello era lo que se sentía cuando se estaba muerto, reflexionó Josh. ¿Pero qué era aquel ruido infernal?
—¡Maldita sea, despierta! ¡Vamos, hombre, abre los ojos!
Josh gimió y obedeció. ¿Dónde…? ¿Aún estaba en el coche?, se preguntó. El parabrisas parecía la tela de una araña excepto por el agujero que había en el centro. A través de aquella abertura, Josh pudo mirar. Había oído hablar de aquella experiencia. Se suponía que tenía que seguir la luz.
De pronto apareció un rostro con una sensual, lasciva boca y unos enormes ojos verdes. Aquel rostro estaba rodeado de un halo místico. Era un ángel, un ángel sacado de un cuadro de Della Robbia, pensó.
—Eso es, despierta.
Josh parpadeó. Lo veía todo borroso, no estaba muy seguro de si había uno o dos ángeles. Los límites de las siluetas se confundían mientras el ángel gesticulaba frenético. Cerró los ojos. De ese modo se sentía mejor.
—¿Estás herido? —preguntó el ángel. Un cúmulo de sensaciones apareció entonces en la conciencia de Josh. Tenía frío, estaba mojado y todo le dolía. Sobre todo la cabeza—. ¡Contéstame! —gritó de nuevo el ángel asustado. Pero los ángeles no se asustaban, ¿no?, se preguntó Josh—. ¿Puedes moverte?
Aquel ángel, desde luego, lo estaba. Resultaba palpable.
—Sí, señorita… —dijo Josh levantando una mano para demostrarlo.
—Bueno, entonces venga, no hay tiempo que perder. Sal por el parabrisas.
No, se dijo Josh. La cabeza le estallaría en cuanto se moviera. Era mejor quedarse muy quieto.
—No quiero —musitó Josh.
—No te he preguntado si quieres o no, te he dicho que te muevas. ¡Ahora mismo!
Maldito ángel mandón, pensó Josh comenzando a escalar por encima del volante ante su insistencia y apretando los dientes de miedo.
Una eternidad más tarde, Josh consiguió sacar la cabeza fuera del parabrisas. Una pequeña mano angelical agarró su camisa aunando sus esfuerzos a los de él. Por fin salió del coche para tumbarse sobre una roca, dura y mojada. Su salvadora estaba sentada a su lado, respirando con fuerza.
Respirando, recapacitó de pronto. Pero entonces no podía ser un ángel ni él podía estar muerto. Sí, pensó. De pronto todo le parecía obvio. Seguía vivo. Porque el cuerpo le dolía demasiado como para estar muerto.
Josh abrió los ojos brevemente y se quedó mirando un tobillo, preguntándose de quién sería. No lograba enfocarlo correctamente, no lograba concentrarse en nada excepto en que tenía que darle las gracias.
—Gracias —dijo mientras sus párpados volvían a cerrarse y esperaba a que se le pasara el mareo y la desorientación.
—No me lo agradezcas todavía —respondió una voz llena de preocupación con un leve acento sureño.
—¿Por qué no? —consiguió preguntar Josh a pesar de que las palabras le daban vueltas en la cabeza—. Me has sacado del coche, me has salvado la vida.
—Aún no.
—Casi —añadió Josh con los ojos cerrados, presionando contento la mejilla contra la piedra. Aquella escasa lluvia apenas lo molestaba. Se echaría un sueñecito y luego…
De pronto una fragancia a flores y a mujer lo alertó. Aquellas manos de ángel acariciaban suavemente sus sienes. Su corazón, no obstante, debía de ser de hierro, y las palabras que dijo entonces se lo demostraron:
—Estás calado, y esto es el desierto. La noche y la oscuridad caerán muy pronto. ¿Has oído alguna vez hablar de la hipotermia? ¡Vamos, arriba!
Maldita mujer, reflexionó Josh. Le debía la vida, pero… Josh consiguió ponerse de rodillas. Y entonces comenzó a vomitar.
—Lo siento —se disculpó en cuanto su estómago lo dejó tranquilo.
—Calma, creo que yo también tengo parte de culpa —contestó ella con voz amable y cálida en aquella ocasión.
Josh no captó la broma, pero no importó. Un segundo más tarde el escuadrón de salvamento consiguió que se pusiera en pie y lo arrastró a través de la tormenta forzándolo a caminar monte arriba durante lo que le parecieron siglos. Vomitó una segunda vez, pero conquistó una alta cima. Cruzó un suelo de madera que crujía a su paso y se preguntó por qué el cielo olía a pan de maíz. Entonces recordó que aún estaba en Texas.
Y de pronto se sintió arropado y cálido, seco, tumbado sobre algo blando y suave. Escuchó a su salvadora en la distancia decirle que no se durmiera, pero cada vez que abría los ojos la habitación comenzaba a dar vueltas. La oscuridad, espesa, lo acurrucaba.
Sin embargo estaba vivo. Se le había concedido una segunda oportunidad, recapacitó curvando los labios en una sonrisa. Bien, tenía que admitirlo, su vida estaba vacía. Pero podía cambiar. Cambiaría, se prometió. Porque se le había concedido una segunda oportunidad, podría llenar ese vacío.
—Gracias, gracias otra vez —susurró Josh suspirando y dejando que la oscuridad se apoderara de él.
DANI sintió que el codo se le escurría del brazo del sillón. Abrió los ojos. El sol entraba a través de la ventana que había sobre el fregadero. La última vez que había echado un vistazo a su inesperado invitado era de noche. Se levantó del sillón y cruzó en silencio la estrecha habitación para volver a observar al hombre que dormía en su cama.
Aquella inmensa excitación volvió a invadirla otra vez. Era ridículo, pero la sombra de barba que cubría su mentón resultaba aún más atractiva por la mañana que la noche anterior al desnudarlo, pensó.
El calor se hizo más agudo, un estremecimiento la recorrió.
Aún recordaba el tacto de sus músculos y de su piel al desnudarlo, aún podía ver sus anchos hombros, su estómago plano, sus estrechas caderas. Los dedos de las manos todavía le temblaban al recordar el cosquilleo que le causaba el vello de su pecho y piernas.
Dani trató de parar aquel recital de sensaciones que la habían embargado. Había desnudado a Jimmy muchas veces al comenzar él a volver borracho a casa. Desnudar a un hombre no era un problema.
Bueno, a aquel sí…
Tenía que asegurarse de que no estuviera en coma. Dani le levantó un párpado y luego el otro. Sus pupilas reaccionaron a la luz de la mañana.
No era justo, se lamentó. Aquel hombre tenía un cuerpo magnífico, unos inequívocos rasgos masculinos, y un coche que, aunque estropeado, valía más que su camión. Y además tenía los ojos más preciosos que jamás hubiera visto. Eran profundos, vibrantes y de color turquesa, del color del mar Caribe de los anuncios, pensó.
