The Bad Game - Adam Millard - E-Book

The Bad Game E-Book

Adam Millard

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Beschreibung

LA NUEVA NOVELA DE ADAM MILLARD, AUTOR DE OCTOBER BOYS (UN HALLOWEEN DE MUERTE). Hemsby está en pleno auge: un pueblo costero que no deja de crecer. Los turistas llegan en masa, y con ellos el dinero. Para la mayoría de sus habitantes, el lugar es un auténtico paraíso. Pero no para Jamie Garrett. A sus quince años, está harto de todo, y pasar el verano en Hemsby es lo último que desea. Salvo algún que otro rescate en el mar, nunca ocurre nada verdaderamente emocionante. Eso está a punto de cambiar. Un juego misterioso aparece en el salón recreativo frente a la playa. Nadie conoce su origen ni sus reglas, pero pronto se convierte en la sensación del pueblo. Su jugabilidad compleja y sus gráficos surrealistas atraen a niños de todas partes. Cuando los jóvenes comienzan a cometer actos violentos e inexplicables, Jamie descubre que todo es consecuencia del juego. Entonces, decide desconectar la máquina antes de que sea demasiado tarde... ¿Te atreves a jugar a este JUEGO PERVERSO?

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Seitenzahl: 307

Veröffentlichungsjahr: 2025

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The Bad Game (Juego perverso)

Adam Millard

Traducido por Roberto Carrasco

Dimensiones Ocultas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

THE BAD GAME (JUEGO PERVERSO)

Título original: THE BAD GAME

 

Primera edición: octubre 2025

 

© Del texto: Adam Millard, 2016

© De la traducción: Roberto Carrasco, 2025

© de esta edición, Dimensiones Ocultas Paperback, 2025

www.editorialdimensionesocultas.es

[email protected]

 

Editado por Roberto Carrasco

Corrección: Cristóbal Olmedo

Ilustración y diseño de cubierta: David Saavedra

 

ISBN: 979-13-990547-4-3

 

Todos los derechos reservados.

 

Queda prohibida la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio o procedimiento, incluidas la reprografía, tratamiento informático, la fotocopia o la grabación, la difusión a través de Internet y la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo público, sin la autorización previa y por escrito de los titulares del copyright.

ÍNDICE

UNO

DOS

TRES      

CUATRO

CINCO

SEIS

SIETE

OCHO

NUEVE

DIEZ

ONCE

DOCE

TRECE

CATORCE

QUINCE

DIECISÉIS

DIECISIETE

DIECIOCHO

DIECINUEVE

VEINTE

VEINTIUNO

VEINTIDÓS

VEINTITRÉS

VEINTICUATRO

VEINTICINCO

VEINTISÉIS

VEINTISIETE

VEINTIOCHO

VEINTINUEVE

 

 

 

Para todos los gamers ahí fuera:

Recordad, es arriba, arriba, abajo, abajo, izquierda, derecha, izquierda...

para munición ilimitada

 

UNO

Come-coco, come-coco, come-coco…

Los fantasmas intentaban arrinconarlo, rodeándolo por todas partes, pero Jamie Garrett sabía qué hacer. Llevaba demasiado tiempo jugando como para dejar que Blinky, Inky, Pinky y Clyde lo pillaran desprevenido, así que golpeó rápidamente el joystick a la derecha y hacia abajo y, una vez más, se puso en cabeza en aquella persecución de locos, una persecución que duraba ya, al menos, una hora y cuarto.

Cuando terminó el nivel, Jamie se agachó para coger la Pepsi que tenía apoyada a los pies de la enorme máquina recreativa amarilla. Al ponerse de pie, se dio cuenta de que el hielo se había derretido y la bebida había perdido su sabor, estaba de lo menos apetecible. Un zumo hubiera sido lo más adecuado para este singular maratón.

—Vale —dijo, dejando de nuevo la insípida bebida en el suelo y regresando a la máquina—, a por el siguiente laberinto…

Las otras máquinas pitaban a su alrededor, de las más nuevas emergía música rock, pues intentaban seducir a los jugadores con la sucia mezcla de ultraviolencia y gameplay rápido, perfecto para aquellos con la capacidad de atención de un pez y que buscaban robar —y estrellar— coches o golpear prostitutas a plena luz del día. Eran los juegos más populares entre los chavales que venían de vacaciones, buscando bronca sin tener que apechugar con las consecuencias de acabar en la cárcel, pero, para Jamie, eran tan atractivos como ir al dentista o un brote severo de acné.

Come-coco, come-coco, come-coco…

—Vamos, Inky —susurró Jamie, atrayendo al fantasma celeste hacia una esquina, junto a una bola de poder rosa—. Es la hora de cambiar las tornas.

Pac-Man se zampó la bola energética; los fantasmas se pusieron azules y se dieron media vuelta, intentando poner toda la distancia posible entre ellos y su cazador amarillo hasta que los efectos de la bola especial se desvanecieran. Jamie sabía que no duraría mucho en este nivel, así que se concentró en aspirar los cocos restantes mientras pudiera.

Y entonces, con un chasquido, la pantalla se apagó. Jamie se encontró cara a cara con su propio reflejo, que lo miraba de frente con una expresión de shock total. Se quedó ahí durante unos segundos, abriendo y cerrando la boca como un pez fuera del agua, intentando comprender qué había pasado, a dónde se había ido su partida y cómo recuperarla…

—Tremendo juego viejo —dijo una voz. Venía de la parte de atrás de la máquina, lo que explicaba en gran medida lo que había sucedido—. Es una mierda, ¿sabes?

Jamie cerró los ojos y respiró profundamente. No estaba de humor para esto. Cuando volvió a abrirlos, allí estaba Calum Rowe, apoyado en la máquina, jugando con el cable que acababa de desenchufar, como si fuera la primera vez que tenía uno en las manos. Su sonrisa torcida mostraba dos filas de dientes amarillentos; un pequeño cementerio mantecoso que no había sido atendido en muchos años.

Jamie no podía hablar, a pesar de que tenía muchas cosas que decirle, y ninguna buena. En lugar de eso, se quedó mirando fijamente su reflejo fantasmal, preguntándose qué habría pasado si Calum no hubiera desenchufado la máquina: «¿Habría superado su récord? ¿Habría completado los 266 niveles? ¡Podría haberlo hecho! ¡Joder, lo podría haber conseguido!».

—No te cabrees, Jimbo —le dijo Calum, poniéndole el cable a dos escasos centímetros de su cara, como si fuera una rata muerta colgando—. Te he ahorrado unas cuantas horas de aburrimiento. Deberías darme las gracias.

—No estoy cabreado —murmuró Jamie; el corazón le latía tan rápido que podía notarlo por todo el cuerpo. La sala de recreativos había dejado de ser un lugar seguro; en cuestión de segundos se había vuelto gélida y amenazante. Se sentía tan incómodo que quería irse, era como si el ambiente estuviese compuesto de fibra de vidrio.

—Pues a mí me parece que sí lo estás. —Calum dejó caer el cable, que chocó contra el lado de la máquina antes de tocar el suelo—. ¿No te parece que está cabreado, Lee?

—Lo está —dijo Lee Kutz, el socio de Calum, que había aparecido por el otro lado de la máquina de Pac-Man. Lee era mucho más delgado que Calum, pero no por ello menos amenazante—. Se nota por cómo se muerde el labio, mira. Seguro que quiere pelea, Cal.

Jamie negó con la cabeza o, al menos, pensó que así lo había hecho, puesto que parecía que se moviera de forma independiente a su cuerpo.

—Tíos, solo quiero jugar en paz.

—¿No te das cuenta de que esta máquina es un peligro para la salud y la seguridad? —Calum la golpeó con el puño cargado de anillos—. ¿Y que todo el que juega con ella es un puto friki?

—Y virgen —añadió Lee.

—Eso —asintió Calum, mostrando de nuevo el cementerio de dientes—, ¿eres virgen, Jimbo? Montártelo con tu madre no cuenta.

Jamie se acordó de que ese mismo día su madre y él habían estado en la cocina, comiendo tostadas y bebiendo té, mientras Always on my Mind de Elvis sonaba en la vieja radio en un rincón. Se acordó de la invitación que ella le había hecho: «Será divertido, siempre dices que te aburres aquí y a la abuela le gustará mucho verte». Se acordó de cómo se había negado a ir a echar el día a la casa de la abuela Dale y cómo su madre se había ido sola a por el coche, moviendo la cabeza de lado a lado y murmurando cosas que no pudo entender. Si simplemente se hubiera ido con ella…

—Estás pensando en tu madre en pelotas —dijo Calum, pasándose la lengua por sus labios agrietados y tamborileando sobre los controles del Pac-Man.

—Hombre, normal —dijo Lee—, la madre de Jimbo está to buena. —Meneó las caderas contra la máquina—. Yo le daba.

—¿Por qué no nos invitas un día a tu casa, Jimbo? —Calum se rascó la pelusilla que le estaba saliendo sobre el labio. No era ni mucho menos un bigote, tan solo servía para que el muy idiota pareciera sucio, como si le hiciera falta un buen baño—. Te juro que seremos buenos con tu mami; se lo va a pasar bien. Seguro que no ha visto una buena polla desde que tu padre os abandonó.

Lee Kurtz resopló, ¿le parecía divertido? Jamie apretó los dientes; no quería dejar que aquellos cretinos ganasen, pero, siendo realistas, sabía que no tenía muchas posibilidades si se metía en pelea con ellos. Era mucho más bajito, por no mencionar el hecho de que ellos eran dos. Mejor no decir nada que acabar recibiendo una paliza.

Calum se inclinó hasta poner la cara a apenas un centímetro de la de Jamie. Un olor a rancio, a cacahuetes podridos mezclados con algo dulce, le dio de frente y cerró los ojos, como si de esa forma fuera a acabarse aquella peste del demonio.

—¿No crees que tu padre os dejó porque estaba avergonzado de ti? Como hijo, quiero decir. Que le salieras así.

—Yo creo que sí que fue eso —dijo Lee—. Solo un hijo que te sale marica puede jugar al Pac-Man.

Jamie se mordió la lengua tan fuerte que le dolió. Quiso atacar, darle a Calum un buen puñetazo en la sien. Al menos, se llevaría un golpe y esperaba que el factor sorpresa hiciera el resto. En ese momento, se olvidó del juego con el que había estado durante más de una hora; todo lo que quería era darles su merecido a Calum Rowe y Lee Kurtz. Si tan solo…

—¿Quién ha desenchufado esta máquina?

Jamie abrió los ojos, era una voz que conocía muy bien y, aunque sonaba enfadado, la mera presencia de Scottie Lipman pareció relajar la tensión que hasta entonces impregnaba el ambiente.

Calum se apartó de la máquina, como si nunca hubiera roto un plato:

—Ha sido sin querer, Scottie —dijo, señalando el cable desconectado—. Lee se tropezó con él y se salió. Deberías poner cables más cortos.

Durante un segundo, Scottie se preguntó si le estaba diciendo la verdad. A ver, él era un hombre corpulento, de esos con los que no te metes si quieres seguir conservando todos los miembros en su sitio. Su cabeza rapada era la guinda del —intimidante— pastel. Tenía ambos brazos —que eran más gruesos que las piernas de Jamie— cubiertos de tatuajes, aunque la tinta se había ido disipando con el paso de los años y no se distinguían bien del todo; Jamie podía más o menos discernir la forma de un ancla en un brazo y la silueta azul de un par de piernas de mujer en el otro, pero solo eso.

Scottie miró a Lee y a Calum con cautela, no era ningún tonto. Todo lo contrario, sabía de sobra lo que estaba pasando. ¿Lo había visto todo desde la cabina al fondo de la sala, el lugar donde permanecía sentado día tras día, dando el cambio y canjeando tokens de papel por pequeños premios? ¿Había querido intervenir antes de que las cosas se pusieran feas? Jamie quería pensar que sí.

—¿Por qué no coges y vuelves a enchufarla? —le preguntó a Calum, que se movía nervioso en el sitio.

—Yo, yo…

—Voy a contar hasta tres —dijo Scottie sin pestañear— y, cuando llegue a tres, más te vale que la máquina esté enchufada y Pac-Man haciendo de las suyas en un laberinto o, si no, tú… —movió la mano trazando un amplio arco y posándola sobre Calum—… y tu novio vais a estar cancelados en este arcade por los restos de los restos. ¿Me entiendes?

Jamie sonrió por dentro. Era lo mejor que le podía haber pasado. Scottie era como un ángel —un puto ángel de la guarda— que castigaba a los malvados y les hacía comprender el error de sus actos. Este era un buen punto de partida.

Calum se agachó, negando con la cabeza, y volvió a conectar el cable:

—Joder, Scottie, que ha sido sin querer. —Cuando se puso de pie, seguía negando con la cabeza de un lado a otro; estaba claro que no le gustaba que le dijeran qué tenía que hacer. Así era como se había convertido en un malhechor en Hemsby; siempre se había salido con la suya sin sufrir las consecuencias—. Díselo, Jimbo.

Scottie puso toda su atención en Jamie, aunque su semblante se mostró algo más relajado. El chico no estaba asustado, sentía que no había nada que temer, no tenía la culpa de nada, lo sabía, Scottie lo sabía y él sabía que Scottie lo sabía.

—Sí, ha sido un accidente —mintió, encogiéndose de hombros—. No había llegado tan lejos, no pasa nada por tener que empezar desde el principio.

Scottie asintió a pesar de que no se creía ni una sola palabra.

—¿Por qué no dejáis tú y tu amigo en paz al chaval? Id a molestar a otro o, mejor, quitaos de en medio.

El miedo trepó por los rostros de los chicos, como si les acabaran de revelar que la lucha libre no es más que teatro coreografiado.

—No nos vas a prohibir la entrada, ¿verdad? —preguntó Calum, con los ojos como platos—. Nos gastamos un montón de pasta aquí, Scottie. No hay otra cosa que hacer en esta mierda de pueblo.

—No os la voy a prohibir —respondió Scottie—, pero dejad al chaval tranquilo, ¿vale? Mira que pie más grande tengo y qué zapatos, no te gustaría que te diera una patada en el culo.

«Puto ángel guardián», pensó Jamie de nuevo.

Lee Kurtz levantó sus escuálidos brazos, conciliando:

—Estábamos de broma, no le íbamos a hacer nada.

—Tirad —dijo Scottie, señalando las puertas dobles del arcade—. Fuera de aquí. Mañana, si queréis, podéis volver.

Calum quiso protestar, pero se lo pensó mejor.

—Vamos, Lee —dijo sin apartar los ojos de Jamie—, vamos a los coches de choque. El padre de Barry nos debe unas cuantas vueltas gratis.

Lee y Calum salieron por la puerta, pero, antes, Calum le dio una patada al vaso de Pepsi del suelo. El líquido marrón empapó el suelo; estaba claro que lo había hecho a posta, pero hizo como que no se había dado cuenta. Una vez que se fueron y las puertas dobles se cerraron tras ellos, Jamie suspiró aliviado:

—Yo lo limpio —dijo refiriéndose al charco. Era lo menos que podía hacer; en primer lugar, no debía haber dejado la bebida en el suelo.

Scottie se pasó una mano por la calva y rio entre dientes:

—Claro que sí. —Echó un vistazo alrededor, mirando por encima de las máquinas. No quedaba nadie, la sala estaba desierta. La cosa solía estar tranquila después de comer—. Echa el cerrojo, Jamie. Ya he tenido bastante por hoy y tengo una caja de la mejor sidra de Hemsby en el almacén.

—¿Tienes una fregona? —le preguntó mientras cruzaba la sala.

Después de fregar echó los cerrojos, tanto el de arriba como el de abajo, y le dio la vuelta al cartel de ABIERTO/CERRADO para indicar que, efectivamente, el arcade de Scottie estaba cerrado hasta mañana.

—Ah, no te preocupes por eso. —Scottie había entrado en su cabina, estaba buscando algo en el bolsillo de su chaqueta. Sacó su mano con dos cigarrillos y le ofreció uno a Jamie—. ¿Fumas?

—Qué va, mi madre me mata. Gracias de todas formas.

Scottie gesticuló con indiferencia, encendió uno de los cigarrillos con un Zippo, que parecía de los caros, y se puso el otro detrás de la oreja. Exhaló una columna de humo azulado y al momento se creó una niebla ante ellos.

—Entonces, ¿qué coño les pasa a esos capullos? No les deberás dinero, ¿verdad?

Jamie se adentró lentamente en las hileras de máquinas, hipnotizado por las luces intermitentes y los pitidos de ocho bits.

—No, solo disfrutan haciéndome la vida imposible.

Scottie dio un gruñido; Jamie no sabía qué significaba, pero, cuando el hombre comenzó a hablar, lo entendió.

—Mira, he visto a un montón de chavales entrar y salir de aquí, la mayoría están de vacaciones en el pueblo unos días nada más, como mucho una semana, pero vosotros, los que vivís aquí, como tú, como esos dos capullos, como Barry Mills… Yo os he visto crecer. Tú eres buena gente, Jamie, pero esos dos… He sabido desde siempre que acabarán mal. Sus padres son unos hijos de puta buenos para nada y ya se sabe: «De tal palo, tal astilla».

Jamie asintió y sonrió. El padre de Lee estaba en la cárcel por robo a mano armada, y el de Calum había visto más la trena que su propia casa.

—Pero tú… Tú eres diferente. —Scottie salió de su cabina con una lata dorada entre las manos. Al tirar de la anilla, la lata siseó y la espuma cayó por los lados, pero fue rápido y la chupó antes de que fuera demasiado tarde.

Jamie no bebía —excepto en Navidad—, pero, en ese momento, no le hubiera importado haber dado un trago de la sidra de Scottie. El hombre pareció leerle la mente, regresó a la cabina, volvió con otra lata y se la ofreció.

—No se lo diré a tu madre si tú no se lo dices. Eso sí, recuerda cepillarte bien los dientes en cuanto llegues a tu casa.

Aceptó el ofrecimiento y la abrió. Lamió la espuma antes de que se derramara del todo y, después, se bebió la sidra helada.

—Ey, con calma, chaval —le dijo Scottie— o vas a estar pedo antes de la hora de la merienda.

Jamie bajó la lata, tenía la cara que parecía que acababa de morder un limón. Después de unos segundos —y de lamerse los labios— dijo: «Está buena», aunque realmente no lo estaba, para nada. Le había dejado un sabor raro en la boca y le ardía la lengua, como si se hubiera pasado por ella un papel de lija.

Scottie fue apagando las máquinas, mientras dejaba un rastro de humo tras de sí. Jamie contempló cómo trabajaba, absorto. Algún día, él trabajaría para Scottie, sería el responsable de cambiar los billetes por monedas, de vaciar las máquinas y apagarlo todo al final del día. Para muchos era un trabajo de mierda, el tipo de curro que coges para echar el verano o para pagarte la universidad, pero, para Jamie, trabajar para Scottie era un sueño. En aquellas horas de tranquilidad, entre las dos y las cuatro de la tarde, podría salir de la cabina —la verdad es que no sabía por qué había una cabina, no es que la gente fuera a atracar un arcade de un pueblucho en la costa— y jugar a las máquinas. Nunca se aburriría, nunca sería infeliz… Tendría Pac-Man y Space Invaders, Asteroids y Defender, Galaga y Donkey Kong para él solito. Jugaría a todos los clásicos, solo a los clásicos. No tenía tiempo para Grand Theft Auto o House of the Dead. De hecho, si él estuviese al cargo, quitaría esas, porque ocupaban mucho sitio. Guitar Hero y Dance, Dance, Revolution irían fuera… y Q*Bert y Paperboy se quedarían dentro. ¿Afectaría a la popularidad del arcade? Lo dudaba, a la gente le encantaban los clásicos, por eso son clásicos.

—Échame una mano con esta máquina, anda. —Scottie apagó la colilla y se la guardó en el bolsillo trasero del pantalón.

—¿Mortal Kombat 3? —leyó en voz alta el chico—. Nunca he jugado a esta ni una sola vez.

—Te creo, es de después de 1990 —dijo entre risas Scottie.

Jamie se acercó a la máquina que el hombre estaba empujando con su enorme hombro. Seguramente la podría haber movido por sí solo; Jamie pesaba menos de cincuenta kilos, más que ayudar, solo serviría para ponerse en medio y molestar.

—¿Qué le pasa?

—Agarra de atrás —le ordenó Scottie. Jamie le hizo caso, no sin tropezarse antes con el cable—. Mañana a primera hora vienen unas cuantas nuevas, así que quitaré esta y tres más.

Apartó la máquina unos cuantos centímetros de la pared, lo suficiente para poder meterse por detrás y agarrarla de las asas que tenía por arriba.

—Venga, ahora tenemos que inclinarla sobre las ruedas.

Jamie resopló, ya estaba sudando, a pesar de que todavía no había hecho ningún esfuerzo.

—No irás a quitar ninguno de los clásicos, ¿verdad? —su voz sonaba realmente preocupada y se quebró a medida que hablaba. Pensar en el arcade sin Pac-Man o Frogger era inconcebible.

Scottie empujó la máquina y la puso en un ángulo de cuarenta y cinco grados:

—La tengo —dijo.

Jamie se echó a un lado, no quería estorbar. El hombre empujó la máquina por el pasillo, frente a las motos de Rage.

—No te preocupes por tus juegos, seguirán estando ahí por la mañana.

Menudo alivio, por un momento el corazón se le iba a salir por la boca.

—Esta la ponemos detrás, el repartidor se la llevará cuando traiga las nuevas.

Lo siguió de cerca y mantuvo las puertas abiertas mientras maniobraba la pesada máquina para sacarla fuera. Jamie sintió algo que hacía mucho tiempo que no sentía: un propósito, una razón para vivir. Era útil, aunque simplemente estuviese sujetando la puerta mientras Scottie hacía todo el trabajo.

Tras Mortal Kombat 3, sacaron Rambo, Jurassic Park y Neon FM, que era un juego rarísimo en el que el jugador tenía que pulsar cinco botones de colores al ritmo de la música. A Jamie no le gustaban esos juegos musicales; les daban a los niños una falsa seguridad. Dios quisiera que no se pusieran a tocar un instrumento musical creyendo que ya saben de música, porque a ver qué cojones iban a hacer con él.

Con las cuatro máquinas en la parte de atrás del arcade, donde el conductor las vería fácilmente y se las podría llevar a las cinco de la mañana, ambos volvieron a entrar para terminarse sus latas de sidra.

Scottie se encendió otro cigarrillo y echó un vistazo alrededor de la sala vacía.

—Bueno, ¿y qué plan tienes para esta noche, Jamie? ¿Juerga? ¿Bolera?

Jamie casi echa la sidra por la nariz.

—JA-JA, muy bueno. —Estaba empezando a coger el puntillo, esperaba no sonar tan borracho como le parecía en su cabeza—. Mi madre estará de vuelta de lo de mi abuela dentro de un rato, así que tendré que quedarme escuchando la historia de cómo la pobre vieja se cayó la semana pasada o esa otra de que le han robado mi herencia porque la han estafado por teléfono.

Había verdadero rencor en su voz y Scottie se dio cuenta de ello.

—No eres muy fan de tu abuela, ¿no? —Hizo un anillo de humo perfecto y, a ese, le siguieron dos más.

Jamie no pudo evitar pensar en lo guay que era Scottie, más allá aún, en lo guay que sería trabajar para él.

—No, a ver, no es mala. Solo que… es siempre lo mismo, ¿sabes? Siempre viene con las mismas historias. Ya aburre… Aunque, bueno… Toda mi… vida… me aburre.

Una sonrisa se dibujó en los labios de Scottie.

—Vaya, qué serios nos hemos puesto de repente. Y solo te has bebido una. —Dio una fuerte calada al cigarrillo; Jamie se vio tentado de pedirle uno, pero se dijo a sí mismo que no era buena idea—. No te gusta la vida en Hemsby, ¿es eso?

Eso era quedarse corto. Si no fuera por el arcade, Jamie estaría perdido. A la mayoría de los chicos de su edad le gustaba el mar, pasar los días escuchando el sonido del océano, respirar el aire salado, oír a las gaviotas mientras sobrevuelan en busca de un paquete de patatas fritas. Algunos chavales venían de vacaciones, estaban un fin de semana o una semana jugando en la playa o echando un vistazo por las recreativas y las tiendas de regalos, y después volvían a sus vidas. Cuando se les acababan las vacaciones, nunca querían volver a casa, pero Jamie estaba seguro de que, quince días más allí, y cambiarían por completo de idea.

—Aquí es que nunca pasa nada —dijo Jamie, mirando fijamente un chicle pegado en el suelo. ¿Cuánto llevaba ahí? «Tanto como tú», pensó—. Vaya, que la semana pasada lo mejor que me pasó fue que los Red Arrows hicieron una exhibición aérea. ¿Sabes lo triste y patética que tiene que ser tu vida para que te emociones tanto por unos aviones haciendo acrobacias?

—No seas cínico —le respondió Scottie muy serio, aunque más bien parecía que iba a reírse de un momento a otro—, yo estuve en lo de los Red Arrows y fue turboflipante.

—Sí, ya… —No sabía qué más decir. ¿Había sido cínico? ¿Así era como un chico de quince años, con toda la vida por delante, debería hablar?—. Da igual, creo que con la sidra me ha dado bajona.

Miró la lata medio vacía que sujetaba con la mano. No la estaba disfrutando, bebía por beber. «Como yo, que estoy por estar».

—No se está tan mal aquí, hombre. —Scottie señaló las máquinas—. Sabes que eres siempre bienvenido y, si te portas bien, puede que te dé una llave para la máquina de Pac-Man. —Hizo una pausa de unos segundos antes de continuar—. Partidas gratis por el resto de tu larga y emocionante vida, ¿qué te parece?

Jamie no pudo evitar sonreír, ya se le había olvidado hasta el encontronazo con Calum y Lee, aunque volvería a agobiarse por ello un par de horas después. Pero por el momento, pensó, se sentía… feliz.

—Bien. —Scottie le cogió la lata a medio terminar de la mano—. Más te vale que te vayas ya a casa y así voy cerrando. No tendrás nada mejor que hacer, pero yo tengo una cita… con Breaking Bad y una botella de whisky.

Jamie asintió y se dirigió hacia la puerta.

—Gracias, Scottie —dijo, girándose para despedirse—. Otro día a lo mejor te acepto un palito del cáncer, ¿vale?

—¿Qué te hace pensar que otro día te voy a ofrecer uno? —Se terminó la sidra de Jamie de un trago y aplastó la lata entre sus manos.

Jamie quitó los cerrojos de la puerta y la empujó:

—¿Nos vemos mañana? —Menuda pregunta más tonta, por supuesto que se iban a ver, ambos lo sabían.

—Claro, y no te olvides de lavarte los dientes antes de echarle el aliento a tu madre.

Jamie no oyó esa última parte, ya había salido hacia el paseo marítimo, alejándose del arcade de Scottie, sin saber que estaba a punto de meterse en un buen lío.

 

 

 

 

 

DOS

A pesar de la hora que era, el sol seguía brillando con ferocidad. Cuando Jamie llegó a la heladería de Jo-Jo —tres bolas por dos libras, y virutas de chocolate por cincuenta peniques extra—, tenía la espalda empapada de sudor y llevaba parches por toda la camiseta de los Ramones. Se quedó contemplando el paseo marítimo, podía distinguir las pequeñas figuras que jugaban y retozaban cuando rompían las olas. Los perros correteaban de aquí para allá, persiguiendo frisbees y pelotas; a lo lejos, un helicóptero se mantenía en el aire, lo suficientemente bajo como para hacer ondular el agua. Jamie no veía que hubiera ningún bañista en apuros, ni que de él colgara una escalera ni una grúa. El helicóptero estaba allí observando, quizás era un piloto de formación. No había mucho más que ver, así que Jamie volvió a centrarse en la zona peatonal. El paseo marítimo siempre estaba tranquilo a esa hora del día, le gustaba. Al mediodía ni te podías mover de lo de gente que había en las tiendas, buscando los cubos de playa más baratos para los pequeños de la familia, o las pistolas de perdigones menos peligrosas para los hijos mayores. Esta hora del día estaba reservada para los paseadores de perros y para las parejas.

—¡Jamie! —gritó una voz.

Se volvió y allí, junto a una cesta de pelotas de plástico, estaba Barry Mills. Desgarbado y raruno —era una jirafa, pero sin las manchas—, tenía un año más que Jamie y también era unos treinta centímetros más alto. La camiseta del Manchester United le quedaba muy ancha y los pantalones cortos, por encima de sus rodillas pálidas y nudosas. Aquella ropa no le pegaba, pero Jamie tampoco tenía muy claro qué podría sentarle mejor…

—Qué pasa, Barry —le dijo. No quería pararse a charlar, no con este calor, pero era de maleducado seguir andando sin al menos saludar, así que se acercó a la cesta de las pelotas de playa.

Barry tenía en la mano una pequeña bolsa de plástico, llena de monedas.

—Mi padre me ha mandado para que pille cambio, estoy haciendo tiempo porque menudo aburrimiento de día que llevo.

Jamie se imaginaba a Marcus Mills dando vueltas entre los coches de choque, nervioso, esperando a que su hijo volviera.

—Ya no te queda nada —dijo Jamie, mirándose el reloj. Eran las cuatro y veinte, y sabía que Marcus cerraba más o menos sobre la hora de la merienda, por un par de horas, cuando apenas había gente.

—¿Por qué no te vienes un rato y me haces compañía? —Barry sonaba demasiado optimista; se quedó a cuadros cuando le respondió negando con la cabeza.

—Qué va, estoy muy liado esta noche, tío. —Se sintió culpable por rechazarlo.

Barry era un buen chaval, a pesar de que Jamie no lo podía considerar realmente un «amigo» y, realmente, estaban en la misma situación: atrapados. Como se descuidara, atrapado en Hemsby por el resto de sus días. Aunque nunca habían hablado de ello, sabían que ambos compartían este dilema. Quizás algún día podrían escapar juntos, mandar a la mierda a sus padres, buscar una vida mejor, fuera donde fuese. Quizás Jamie comenzara a llamar «amigo» a Barry —un amigo, un colega, un socio de verdad— y dejaría de pensar en él como el chaval flacucho y raro cuyo padre curraba en los coches de choque.

—Si mañana no haces nada —le dijo Jamie, todavía abrumado por la culpa—, Scottie va a tener nuevas máquinas. Yo voy a estar allí todo el día, pásate y echamos unas partidas.

Barry sonrió.

—Me parece guay, se lo digo a mi padre, porque últimamente no es tan estricto con mis descansos como solía ser.

—Guay.

Jamie miró a lo lejos, un gesto poco sutil para dejar caer que se iba, pero se detuvo cuando una pareja de mediana edad salió de la tienda junto a la que estaban. Los seguía una chica de unos dieciséis años, pelirroja, con unas pequitas recorriéndole el puente de la nariz. «Qué guapa —pensó Jamie—, seguro que son turistas, estarán una semana aquí y después se irán para siempre». La chica siguió a sus padres, que se alejaban, pero miraba hacia atrás de vez en cuando, sabía que alguien la estaba observando. Y entonces ella le sonrió, volvió a mirar hacia el frente y comenzó a mirar el móvil rosa que llevaba en la mano.

—¿Esa piva te acaba de sonreír? —le preguntó Barry, pasándose la bolsa de plástico con el cambio de una mano a la otra.

«Pues sí que me ha sonreído —pensó Jamie—. ¡Sí que me ha sonreído y es superguapa!».

—Creo que estaba asustada por si le robábamos el bolso.

—Qué va, te ha puesto ojitos —le contestó Barry—. No sé cómo lo has hecho, tío. Menuda novia te has echado.

—No estoy interesado —refunfuñó. Aunque realmente sí que lo estaba, solo que nunca se le había presentado la oportunidad—. De todas formas, seguro que te sonreía a ti, que eres el que lleva una bolsa con dinero.

Barry se quedó mirando la bolsa llena y le cambió la cara, como si fuera la primera vez que la veía.

—Mejor me voy —dijo Jamie, despegándose la camiseta sudada del cuerpo—. Te veo mañana si eso, ¿vale?

Se fue alejando antes de que al otro chaval le diera por comenzar una nueva conversación. Por suerte, no lo hizo.

—Sí, me paso por lo de Scottie cuando pueda. —Lanzó la bolsa de dinero al aire y la pilló al vuelo, orgulloso de sus reflejos. Para Jamie, no era más que un idiota con una bolsa de monedas.

—Guay.

Jamie se dio media vuelta y se alejó, lento para no sentirse mal por Barry, pero lo suficientemente rápido —y sin mirar atrás— para que se diera cuenta de que aquella reunión había llegado a su fin.

Una vez que llegó al final del paseo marítimo, se puso a silbar y echó una última mirada para asegurarse de que se había ido. Seguro que había salido escopeteado antes de que a su padre le diera por pensar que se había escapado con el dinero. Barry era buen chaval, pero estaba aterrorizado por su padre y con razón, Jamie vio una vez cómo Marcus le daba la del pulpo a tres tíos por haber rayado uno de los coches de choque; los sacó de allí a patadas hasta la ciudad, arrastrándolos por la arena como si nada. Al final, esos tres tíos, que no debían de tener más de veinte años, se las apañaron para escapar, pero no podían creerse lo que acababa de pasar; se fueron agarrándose las heridas, sin duda, para evitar que se abrieran y echar las tripas en la arena, como medusas moribundas.

Jamie llegó a la cafetería Playa, que tenía ese nombre de verdad, nada creativo, pero que cumplía con lo que decía. Sus dueños, Pat y Dick Gurley, habían estado a cargo del lugar desde que tenía uso de razón. Pasó por delante de la terraza, llena con turistas ancianos, y vio a Spanner echado en la entrada.

Spanner era el Jack Russell de Pat y Dick, Jamie calculaba que el pobre tendría alrededor de veinte años. Quizás tenía menos, pero aparentaba veinte o más. Spanner había estado ahí, mendigando sobras entre las mesas y molestando a viejos en andador y a otros perros, al menos tanto tiempo como Pat y Dick; Jamie se preguntaba cómo habría sobrevivido todos esos años a base de pescado, patatas fritas y helado. Quizás era la brisa marina. La gente solía decir que esa era la razón por la que sus abuelas octogenarias seguían vivitas y coleando. La verdad es que eso explicaría por qué su propia abuela aún no la había palmado.

La abuela Dale vivía a media hora en coche y estaba pasando sus últimos años —últimos o no tan últimos, si le seguía dando la mágica brisa del mar— en una residencia en Hopton. Al pensar en ella, Jamie sintió un súbito pinchazo de culpa. Debería haber ido a verla, debería haber hecho el esfuerzo. Su madre se había cabreado con él por ello; lo sabía por cómo había dado un portazo al irse. «Esta noche seguro que pago por ello», pensó, anticipando la avalancha de reproches por parte de su madre, seguida de las historias de las caídas de la abuela y de cómo la estafaban por teléfono. Pensar en ello le hizo caminar más despacio.

—¡Oye, mariquita!

Al principio, Jamie no le echó cuenta, ni siquiera se volvió para mirar. Pero apenas había dado diez pasos cuando…

—¡Tú, Jimbo, carapolla!

Con el corazón en un puño, las piernas hechas espagueti y la boca seca, Jamie se llenó los pulmones de aire, como si fuera a hacerlo inmortal de la misma manera que lo hacía con los viejos. Echó un vistazo por encima de su hombro y supo todo lo que necesitaba saber, que Calum Rowe y Lee Kurtz iban tras él, y no precisamente porque quisieran hablar del tiempo: ¿la temperatura se había desplomado a varios grados bajo cero?

«Opciones —pensó Jamie—. ¿Cuáles son mis opciones? Párate, deja que te peguen, vuelve a casa cubierto de sangre y moratones y explícale todo este desastre a tu madre». No, eso no era una opción. Su madre ya pensaba mal de él, como para aparecer con la ropa rota, meando sangre y escupiendo dientes. Eso sería ya la gota que colmaba el vaso. Sí, claro, le ayudaría a limpiarse y lo llevaría al hospital si era necesario, pero no es que fuera a hacerla feliz todo aquello.

«¿Opción número dos? Correr como un puto loco». Intentar perder a esos chiflados antes de llegar a su casa, presentarse delante de su madre sin la ropa rota y sin una gota de sangre, y pedirle perdón por haber sido tan capullo, decirle que la semana que viene podría ir con ella a ver a la abuela… o a la otra. O quizás a la otra.

—¡Más despacio, Jimbo! —le gritó Calum, que ya iba sin aliento, lo que era bueno para Jamie—. ¡Solo queremos hablar de lo que ha pasado en lo de Scottie!

—Vaya, no eres tan valiente cuando no tienes a tu guardaespaldas contigo, ¿verdad? —añadió Lee. Por desgracia y no como el gordo de su amigo, sí que podía respirar; Jamie se preguntó si Lee seguiría persiguiéndolo, aunque Calum se quedara detrás.

Los dos chicos estaban a unos seis metros de distancia cuando él comenzó a esprintar; nueve cuando se dieron cuenta de lo que estaba pasando.

—¡Cógelo, Lee! —gritó Calum a lo lejos, lo que respondía a la pregunta que se había hecho hacía un momento.

Tenía que correr todo recto, era un esprint hasta la línea de meta. Jamie solo esperaba tener suficiente energía como para llegar.

 

TRES