Tiburones - Theodor Plievier - E-Book

Tiburones E-Book

Theodor Plievier

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Beschreibung

Tiburones es una poderosa novela escrita por Theodor Plievier, autor conocido por sus impactantes retratos de la sociedad. En este libro, Plievier relata los turbios mundos del poder y la corrupción. La historia la vivió el autor al marchar de Alemania a Chile; sigue a un grupo de negociantes y figuras políticas que manipulan el destino del país en su propio beneficio, simbolizados por los "tiburones" del título: depredadores humanos que se alimentan de la miseria ajena. Plievier utiliza personajes ficticios pero basados en figuras reales, construyendo una trama impactante. Tiburones no es solo una crítica social y política; es también un documento histórico de gran valor, que invita a reflexionar sobre el rol de las clases dominantes en tiempos de crisis.

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Seitenzahl: 341

Veröffentlichungsjahr: 2025

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Tiburones
Theodor Plievier
Century Carroggio
Derechos de autor © 2025 Century publishers, s.l.
Reservados todos los derechos.Introducción de Federico Carlos Sainz de Robles.Traducción del aleman de Víctos Scholtz.Isbn; 978-84-7254-704-9
Contenido
Página del título
Derechos de autor
Introducción
AUTOBIOGRAFÍA
TIBURONES
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Introducción
por
Federico Carlos Sainz de Robles
THEODOR PLIEVIER
(Berlín, 1892 - Avegno, 1955)
Novelista y periodista alemán nacido -1892- en Berlín en el seno de una familia de la clase media, pero escasa en recursos económicos. Estudió las primeras letras en una escuela pública de su ciudad natal, pero no llegó a terminar ninguna carrera facultativa porque su enorme vocación por las letras le impulsó al abandono de sus estudios para entregarse de lleno al periodismo y a la literatura. Sin embargo su cultura fue extensa, ya que desde muy joven vagabundeó por varios países de Europa con una gran e inextinguible curiosidad por cuanto significase cultura. Dominó varios idiomas, dominio que le permitió entablar relaciones con importantes escritores franceses e italianos.
Al estallar la guerra -primera mundial- de 1914 a 1918 Plievier se alistó en la marina, formando parte de la dotación de un crucero y más tarde de un submarino que paseó su audacia por todos los mares del mundo. Pese a su comportamiento heroico y a sus heridas, al terminar el conflicto, derrotada Alemania y reducida a un republicanismo liberal y de vuelos modestos, Plievier hubo de ganarse la vida desempeñando los más diversos oficios, pues su periodismo de avanzados ideales no era la mejor recomendación para su ingreso en aquella prensa alemana de la postguerra, permitida casi con sordina y mientras no delatase su radical alemanismo. Durante algún tiempo trabajó en varias minas. Más tarde, valiéndose de su perfecto dominio del francés, del inglés y del italiano, pudo colocarse de intérprete en algunos hoteles y oficinas. Escribió, sin firmar, folletos de turismo, y no tardó en encontrar mejores medios de vida como publicista de comercio en la prensa.
Naturalmente tales vicisitudes no lograron doblegar su voluntad, y jamás dejó de cultivar la literatura, enviando cuentos y crónicas a periódicos de toda Alemania. Por fin logró publicar en 1920 su famosa novela Los coolíes del Káiser agotando muchas ediciones en varios idiomas y causando gran sensación el crudo realismo de su tema, ya que en él se ponían de manifiesto no sólo el despotismo de Guillermo II, sino la terquedad y hasta la estúpida soberbia de sus consejeros, ministros y generales, muy creídos sinceramente en la invencible potencia bélica alemana. Pero en la misma gran novela Plievier lograba una impresionante pintura del dolor y del fracaso a que habían sido condenadas las clases modestas.
El éxito universal de Los coolíes del Káiser permitió a su autor dedicarse plenamente a la literatura y reanudar sus amados viajes por el mundo, estudiando con fervor los movimientos literarios europeos y las nuevas tendencias de la política. Con sus observaciones, tan agudas como brillantes, escribió incontables y admirables crónicas aparecidas en varias cadenas de la prensa alemana, francesa e italiana. Pero cuando sus ideales y su fama estaban mejor consolidados estalló la segunda gran guerra mundial de 1940. Patriota ante todo, Plievier se alistó en el ejército sin admitir la menor jerarquía, a pesar de su edad y de su fama. Participó en la fulminante invasión de Rusia -increíblemente descabellada- en la que se repitió la trampa que los rusos pusieron a Napoleón en 1812. Pero esta vez la trampa estuvo en Stalingrado en cuyos alrededores fueron barridas divisiones enteras del ejército alemán, quedando prisioneros muchos miles de alemanes, entre quienes se encontraba Theodor Plievier.
Habiendo tomado con filosofía de espíritu fuerte su encierro en un campo de concentración pletórico de miseria y de hambre, de malos tratos y de diarias desesperanzas, Plievier se dedicó a escribir la que sería una de sus mejores y más admirables novelas: Stalingrado -1945-, de un realismo de bárbara y seductora crudeza, en la que se narra «gota a gota» la derrota trágica del VI Ejército alemán, que iniciaría el declive no menos trágico del bárbaro hitlerismo derramado por toda Europa y los mares todos del mundo. En menos de un año, Stalingrado fue traducida a veintidós idiomas y vendidos más de quince millones de ejemplares.
Ya a salvo de cualquier necesidad económica, famoso en el mundo entero, dos veces propuesto para el «Premio Nobel», Plievier se dedicó a escribir dos novelas que formarían con Stalingrado una trilogía histórico-novelesca de los acontecimientos acaecidos entre 1940 y 1945 y que serían los motores irresistibles de las revoluciones tremendas que partirían en dos la política internacional del mundo: a un lado el Comunismo, al otro la Democracia, representadas respectivamente por Rusia y los Estados Unidos. Los títulos de tales novelas-testimonios: Moscú -1953- y Berlín -1954-; las dos alcanzaron éxitos muy semejantes a la primera.
Habiéndose iniciado en él la enfermedad que le daría muerte, Plievier se estableció en Avegno (Suiza), donde murió en 1955.
Theodor Plievier perteneció por derecho propio y con la máxima categoría a la generación alemana de grandes novelistas: Heinrich y Thomas Mann, Jakob Wassermann, Bertolt Brecht, Toller, Hans Fallada, Hermann Hesse, generación fidelísima a la tendencia realista más cruda y a los problemas sociales de la máxima vigencia en su tiempo; bien lejos esta generación de la precedente, entreverada de simbolismo y de expresionismo, en la que se hicieron famosos Freytag, Gottfried Keller, Hauptmann, Sudermann, Ricarda Huch, Clara Viebig, Max Kretzer... De entre los grandes novelistas de su promoción fue -sigue siendo- Plievier acaso el entregado con más decisión a los problemas tanto sociales como políticos; problemas que trata con una precisión de historiador muy erudito, sin que esta precisión reste el menor interés al entramado novelesco en el que Plievier disimula la historicidad. Algún historiador alemán ha llegado a decir que en las novelas de Plievier no se encuentra el menor fallo histórico, lo que hace convertir sus novelas en auténticos testimonios de época.
Acaso la novela menos rigurosamente histórica pero más admirable de Plievier sea la titulada En el último rincón de la tierra. Otra novela magnífica es la titulada Tiburones, obra en la que su vida aventurera y extraordinaria se refleja de una manera admirable y definitiva.
Bibliografía ESENCIAL
Koch, M.: Historia de la literatura alemana. Editorial Labor, Barcelona.
Bossert, A.: Histoire de la Litterature allemande. Varias ediciones siguientes y aumentadas. París, 1935.
Frank, K.: Die Kulturwerte der deutschen Literatur. Berlín, 1925.
Vogt y Koch: Gesch. der deutschen Literatur. Leipzig. Desde 1920 varias ediciones.
Borinski, K.: Geschichte der deutschen Literatura. Desde 1921 varias ediciones.
NADLER, Y.: Geschichte der deutschen Literatur nach Stammen und Landschaften. Ratisbona. 1929-1932.
Federico Carlos Sainz de Robles  
AUTOBIOGRAFÍA
Llueve..., llueve a cántaros. El agua cae desde el borde del tejado y va formando charcos de agua alrededor de la casa. Las nubes cubren las cimas de las montañas y las nubes invaden los valles. No se ven ya contornos, no se divisa ya la lejanía..., es un caos gris, turbulento. El ser humano es condenado a permanecer bajo techo y a sumirse en su pasado. Este es el tiempo apropiado para pensar en sí mismo y para decir algunas cosas con respecto a su propia persona.
La lluvia subtropical en las laderas de los Alpes me recuerda otra lluvia torrencial en las laderas de las cordilleras, en un campamento de buscadores de oro. La lluvia caía tan ininterrumpidamente que durante días cesó todo trabajo en el campamento. Apenas una docena de hombres iluminados por una luz caótica y en el centro de ellos, como una pálida linterna, el rostro blanco de una mujer. Tratábamos de matar el tiempo, permanecíamos con los codos apoyados sobre el tablero de la mesa y dábamos la impresión de querer permanecer en esta pose por toda una eternidad.
Aquellas fueron las grandes lluvias del año 1912, y hoy bajo la lluvia en el valle de Maggia escribimos en el año 1953. Allí como aquí son las mismas aguas, los mismos vientos y el mismo pasado. Pero han transcurrido cuarenta años y una vida con mucho sol, pero también con tormentas de arenas, con nieves y un frío tan intenso que las cornejas caían muertas del aire. Unos años en el curso de los cuales se entablaron muchas amistades, en los que se celebraron dos bodas y hubo dos divorcios, en los que lloramos la muerte de una hija pequeña y de un hijo ya adulto, en los que nos detuvimos junto a las tumbas de amigos inolvidables que habían desaparecido para siempre más, en los que se concertó una boda y vino al mundo una hijita. Unos años de huidas y emigraciones y nuevas huidas y una nueva vuelta al hogar. La lucha por el pan nuestro de cada día. Entre las dos grandes lluvias asistimos a dos guerras mundiales, a levantamientos populares, a revoluciones. Monarquías que se hundieron y Repúblicas que no supieron hacer frente a los problemas actuales. El mapa político fue cambiando y Europa se convirtió en un tenso torso, por lo menos, temporalmente, pero sólo temporalmente..., puesto que la luz sigue ardiendo en nuestro viejo continente desangrado por las crisis económicas y las guerras, pero el espíritu que continuamente da nuevas fuerzas al cuerpo sigue muy vivo. Y esta es la fe tan profundamente arraigada en mí que me ayudó a vencer todas las catástrofes personales y sociales.
¿Acaso podía ser de otro modo? La renuncia a esta fe sería renunciar a nuestro propio origen, sería renunciar a sí mismo y sería una muerte psíquica que luego la muerte física convertiría en realidad. Cuando hablo de Europa pienso en Berlín, en Pomerania, en Ámsterdam y en muchos otros lugares en los que late el corazón de nuestro continente y tampoco me olvido de aquellas espaciosas regiones que hoy, aisladas de nosotros, sueñan en el día de su integración. Pienso en Berlín, en donde di mis primeros pasos y en mi primer viaje de descubrimientos, cuando solo tenía cinco años de edad, desde la plaza de Wedding hasta el Kupfergraben y Unter den Linden en donde al son de los tambores y en sus uniformes de gala asistí al relevo de la guardia. Una grandeza pasada desaparecida como el centenar y más de martillos con sus extraños mangos retorcidos en las paredes del viejo taller en la pequeña ciudad de Labes, en Pomerania, en donde mi padre y el abuelo por parte de la madre durante dos generaciones habían realizado tan buen trabajo de artesanía. Mi padre, un artesano llegado de Ámsterdam, conoció allí a mi madre con la que se trasladó posteriormente a Berlín. El relato de mi padre de que en cierta ocasión y por el solo hecho de haber cometido una travesura sin importancia su padre le había arrojado al canal, me produjo una profunda impresión, pero mucho mayor impresión me causaba el abuelo por parte paterna, que solamente se presentaba una vez al año como una tormenta en casa de los suyos para zarpar de nuevo a los pocos días con su barco y permanecía desaparecido hasta la vez siguiente.
Hace pocos días sentí el deseo de revivir ese pasado. Desde París me trasladé a Perpiñán y de allí a Barcelona para visitar a mi hermano mayor al que no había vuelto a ver desde hacía cuarenta años. Llevado por la ira se había marchado de casa y nunca más supimos de él. Cuando yo todavía era un niño le recordaba como un joven indomable que no sabía qué hacer con sus fuerzas. Pero en Barcelona me encontré con un anciano que se inclinaba hacia adelante y apenas tenía fuerzas para levantarse de su silla. No tenía dientes y cuando le pregunté por qué motivo no se mandaba hacer una dentadura nueva, me contestó, lacónico: «¿Para qué los dientes... para el cementerio?». Por supuesto, para ir al cementerio no se requiere una dentadura nueva. Cuarenta años más tarde me encontraba con un anciano que había terminado con la vida y que allí en Barcelona esperaba la hora de su muerte. Esto se desprendía  claramente de sus  palabras: «Quiero que te lleves el reloj de nuestro padre». Me llevé el reloj que le habían regalado a él cuando cumplió los diecinueve años de edad. Pero no era solamente el reloj de nuestro padre, era el reloj también de aquel abuelo que ya en vida se había parecido a un fantasma marino. Cuando levanté la tapa del viejo reloj de plata y descifré la inscripción en francés, hallé entonces el hilo que confirmaba mi origen, a través de mi padre y de mi abuelo, hasta la región francesa de Flandes, hasta la región de Dunkerque en donde, de hecho, aún hoy día saludamos en las tabernas de los pueblos a ese u otro Plievier.
Mi hermano mayor nació en Labes, en Pomerania y yo doce años más tarde, en el año 1892, en Berlín. Cuando cumplí los diecisiete años no me regalaron ningún reloj (el padre solo tenía un reloj) pero sí un sonoro bofetón. Fue este el primero y el último que me dio mi padre. Al día siguiente me lancé carretera adelante y vagué por Alemania, Austria y Hungría, regresé a Alemania y de allí pasé a Rotterdam en donde encontré trabajo en un barco. Los barcos habían de convertirse en un segundo hogar para mí. Navegué hasta que estalló la Primera Guerra Mundial y la diferencia, a partir de aquel momento, fue solo que de un barco mercante pasé a bordo de un navío de guerra y que durante cuatro años prestara servicio en la Marina imperial. Durante ese período pasé también parte del tiempo en tierra, sobre todo, en la costa occidental americana. Entre Pisagua e Iquique me dediqué a la pesca, es decir, lo mismo que mis lejanos parientes en el Paso de Calais venían haciendo desde hacía generaciones.
Para mí, sin embargo, representaba solo un compás de espera. Todo lo que hiciera, tanto si era dedicarme a la pesca, o pintar puentes de ferrocarril, o trabajar de secretario con el vicecónsul alemán en Pisagua, o de cocinero en una mina de cobre, vaquero, camarero o buscador de oro, todo era episodio, todo era transición. No hubiese podido decir hacia dónde señalaba la brújula de mi vida. Cuando un ingeniero inglés de las minas de nitrato le preguntó en cierta ocasión a aquel europeo que tenía aproximadamente su misma edad, pero que allí se sentaba descalzo en medio de los indígenas de piel curtida por el sol: «No puede usted seguir viviendo aquí, ¿qué piensa hacer usted? Debe tener algún plan», no supe entonces qué responderle.
Di la vuelta al Cabo de Hornos... dos veces, tres veces. Mientras hice un viaje a Australia y regresé a la costa occidental. Mis compañeros que habían navegado conmigo en los barcos de vela regresaron a casa. Algunos fueron a la Academia Naval para sacar provecho de sus años de navegación y aprender un oficio. Pero yo no regresé a casa, seguía deambulando por el mundo. En uno de mis viajes llegué a la región en donde nace el Amazonas. Recorrí ciudades y países. No veía lo que tenía ante mis ojos, sabía, única y exclusivamente, que tras el horizonte se levantaban nuevos e inexplorados espacios. Fue mucho más tarde cuando comprendí, por ejemplo, que aquellas ruinas en las que había dormido alguna que otra vez, eran viejos monumentos y restos de una cultura desaparecida, la civilización de los incas. Y fue mucho más tarde también cuando descubrí que el largo camino no había sido en vano y que el sin fin de imágenes que se acumulaban en mí no se habían perdido. Un célebre escritor ruso calificó una vez la carretera como la escuela en la que más había aprendido. Lo más probable es que reconociera este hecho cuando llegara al final de su ruta y viviera entonces de sus experiencias. Aquel caminar sin objetivo adquiría un sentido muy concreto tan pronto cogía la pluma y el papel y descubría en ellos los instrumentos para expresarme. Se demostró que dar la vuelta al mundo y el haber cruzado los cinco mares y el conocimiento que había trabado con infinidad de personas, a cada cual más diferente, me proporcionaba una rica paleta. Pero no por ello había nacido ya el escritor.
Era necesario que madurasen otros componentes. Estos otros componentes eran la rebeldía, la rebeldía contra el bofetón del padre, contra la autoridad de fuerzas sobreimpuestas, contra las arbitrariedades del Estado policíaco, contra un orden que hacía que los pobres fueran cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos, que permite la explotación del ser humano por sus semejantes y que como único remedio a todos los males sólo ve la guerra. La rebeldía contra lo existente, que exige una entrega total y sacrificios, incluso tal vez el sacrificio de la propia vida, esta rebeldía que se convirtió y fue para mí mi maestro espiritual. Esta rebeldía que se alzaba hasta la metafísica me enseñó a leer y me ayudó a elegir los autores, empezando por los profetas del Antiguo Testamento y pasando por los místicos de la Edad Media y por Lao-Tse y los pensadores chinos hasta los filósofos como Federico Nietzsche y autores como Heine, lbsen, Gorki, Dostoievski, Tolstoi y los escritores modernos con sus acusaciones sociales.
Pero, por el momento, el muchacho de dieciséis años de edad se sentaba en su cuarto en casa de sus padres y no le estaba permitido objetar cuando la madre entraba y le apagaba la luz. A los diecisiete años vagaba de un lado al otro por Europa y cuando era detenido por los gendarmes y le llevaban ante el juez de instrucción, el juez movía incrédulo la cabeza ante los extraños aforismos y las ideas fijas de aquel vagabundo infantil y le soltaba de nuevo y otro juez, en otro país, mandó, después de tenerle encerrado durante seis semanas, que lo llevaran hasta la frontera más próxima. A los dieciocho, diecinueve y veinte años navegó por los mares y manifestaba su creciente rebeldía en peleas callejeras, en Hamburgo, en Valparaíso, en Newcastle y en San Francisco. Pasó mucho tiempo hasta que comprendí que en toda la existencia hay valores indestructibles y que no todas las costumbres que nos han sido legadas pueden ser pisoteadas caprichosamente y que incluso los sistemas económicos y sociales son, junto a unos rasgos de explotación criminal, también un suelo firme sobre el que puede seguir trabajándose y alcanzar un nivel de vida humano. Pasó mucho tiempo y fue el fruto de una comprensión tardía y madura cuando reconocí de nuevo en el hombre lleno de inquietudes y faltos de fe, en el «hombre en rebeldía», al hombre de nuestros tiempos, y no solamente de nuestros tiempos y de nuestra generación.
Pero no había llegado aún el tiempo para compilar las experiencias y hacer uso de los reconocimientos. Era necesario continuar por el camino que se había emprendido ya y con cada día que pasaba y con cada milla que se recorría añadir una experiencia a la otra. Llegó la guerra, una existencia dominada por la disciplina militar y que parecía tanto más absurda puesto que los grises navíos del emperador no salían de las bahías de Jade o Kiel y tanto más cruel dado que los racionamientos eran cada vez más y más pobres en tanto muchos oficiales, obligados por la inactividad, celebraban ruidosas orgías y se comportaban de un modo altivo y engreído frente a sus subordinados. Un viaje de cuatrocientos cuarenta y cuatro días -recorrimos cinco mares y por tres veces dimos la vuelta al mundo-, hizo que con aparente menos disciplina la tripulación se sintiera como liberada. Después de un feliz regreso a Kiel, el tiempo había madurado. El sistema imperial que había calculado mal sus fuerzas se hundió frente a una coalición mundial. Cuando se rebelaron los marinos, tenía yo entonces veintiséis años, me convertí en redactor del periódico del comité de obreros y marinos.
«La rebelión es la expresión de una fuerza social y en los tiempos de peligro el medio necesario y final que ha de convertirse en eficaz cuando los déspotas pequeños o grandes amenazan la seguridad del individuo y los fundamentos vitales de la comunidad. Un Gobierno que contempla al ser humano no como un ser que tiene alma y piensa, sino como una materia prima que puede ser moldeada y roba a sus ciudadanos toda iniciativa creadora, no es ya una fuerza ordenadora, sino que está condenado al hundimiento.» Sin embargo, estas son palabras de un reconocimiento posterior y más maduro. Por aquellos días bastaba hacer hincapié en la justicia y en los sentimientos elementales de los esclavos frente a aquel Gobierno que había perdido toda responsabilidad para que estallara la rebelión. Pero también los otros carecían de responsabilidad, les faltaban los fundamentos sobre el que erigir un nuevo orden y por este motivo aquel levantamiento en masa no pasó de ser una rebelión. Proseguí mi camino a través de la inflación y la deflación a través de aquel orden social que se conmovía en todos sus goznes. Primeramente en Berlín en una pequeña tienda junto al matadero, luego en unos sótanos junto al Spree y finalmente en una buhardilla en el Alexanderplatz dirigí una editorial en la que sólo se publicaban octavillas. HAMBRE, INFIERNO, REBELION, NUEVO ORDEN, estos y otros títulos parecidos eran los que llevaban las octavillas. Yo mismo escribía los artículos de fondo y los intelectuales de tendencias izquierdistas mandaban sus colaboraciones. Pintores de la época del expresionismo, en cierta ocasión incluso Käthe Kollwitz, o reproducciones de Francisco Goya, de Rops o de Daumier, suministraban el material para las cubiertas y unos jóvenes parados -llegaron a ser trescientos-, repartían los impresos en Dresde, Nuremberg, en la región del Ruhr, por toda Alemania. El redactor y editor vagaba de ciudad en ciudad, hablaba en las salas de conferencias, a veces incluso en la misma calle, tratando temas que notaban en el ambiente, «El hundimiento del Occidente», «El nacimiento del nihilismo» u otros temas por el estilo. Pero no podía señalar yo un camino que condujera al nuevo orden, excepción hecha de una conjugación general a la humanidad y a un comportamiento ético y social y de una afirmación optimista a la vida, como tampoco podían hacerlo aquellos predicadores ambulantes que, por aquellos días, surgían a docenas, aquellos falsos profetas que se hacían llamar Luis Hauser, Leonhardt Stark, Cristo II, Zoroastro Dchingis Khan u otros nombres parecidos, y de nuevas formas sabía yo tan poco como en otros campos los expresionistas. Todos los esfuerzos tendían, a fin de cuentas, a destruir las formas existentes.
La revolución contra todo y contra todos era el gran impulso que animaba al hombre que en este boceto autobiográfico trata de dar cuenta de su vida, a colocarse frente al colectivismo de sus colaboradores, lo que le obligó a continuar su camino en solitario. Este camino en solitario significaba: el nacimiento del escritor que ha de basarse única y exclusivamente en sus propias fuerzas y que intenta comprender este mundo que, a fin de cuentas, es el mundo de todos nosotros.
El comienzo fue poco satisfactorio, sin embargo, después de sus intentos previos, fue, a los treinta y tres años, un empezar en serio. Fueron unos relatos que compilados en el año 1930 fueron publicados con el título de DOCE HOMBRES Y UN CAPITÁN. Los viajes por mar y las costas exóticas me habían proporcionado el tema. Unas experiencias vividas y un intenso colorido, pero ahora, al echar una mirada hacia atrás, veo que se trata solamente de un boceto de carácter general. No puede hablarse en este caso de un estudio partiendo de un centro vital. La fuerza impulsora era la alegría por dar forma a algo y el afán por exponer algo de la forma más corta posible. El beneficio que saqué de todo ello fue el irme acostumbrando a la concentración. Siguió una comedia que elegí tomando como base el mismo tema y ambiente, TIBURONES, que fue presentada en Berlín y en Ámsterdam. Casi al mismo tiempo publicaron mi primera obra, EL CULÍ DEL EMPERADOR. Con ello reanudaba el camino de mi propia creación. Puede ser y lo reconozco que este libro representa un bloque macizo que apenas ha sido cincelado, sin embargo, era el punto de partida de mis futuras actividades. En la primera prueba de este libro había una frase que luego taché pero en la que he de insistir ahora dado que con la misma decía algo muy decisivo para mí y que había de señalar el camino de mis posteriores creaciones. Hacía referencia a la prioridad del contenido frente a la forma. Sea como fuere, solo el contenido puede ser verdad, aquella verdad que solo puede hacerse a la luz gracias a incansables esfuerzos. La expresión «también yo fui testigo» es solo una pequeña promesa a este respeto y un documento suele ser muchas veces solo un pedazo de papel. Lo que sí importa es este incansable esfuerzo por hacer resaltar la verdad.
EL CULÍ DEL EMPERADOR estaba aún muy lejos de exponer esta claridad, esta verdad que yo buscaba. Había expuesto mis propias experiencias. Hablaba de rebeldía, pero también de odios. El libro era un grito de indignación. Gritaba el que se sentía pisoteado. Y ese grito que se alargaba a través de más de cuatrocientas páginas lo llevaba en la garganta ya desde mi infancia, desde que a los cuatro años de edad, subido a los hombros de mi padre, vi cómo en la plaza de Nettelbeck, en Berlín, la policía a caballo golpeaba con sus sables a los huelguistas y los aplastaba con los cascos de sus caballos. El grito estaba muy hondo en mí, para desahogarme no bastaban cuatrocientas páginas. Pero no gritaba solamente por lo que yo había sufrido y padecido. Trataba de expresar un destino colectivo. Un destino que no afectaba solamente a los marinos que se habían levantado contra el emperador. Cien mil lectores en Alemania me descubrieron que muchos de ellos pensaban lo mismo que yo. Y, finalmente, las dieciocho traducciones que se han hecho del libro hacen suponer que se trata de un tema de carácter mundial. Este primer intento impuso nuevas obligaciones.
El siguiente libro, EL EMPERADOR SE FUE, LOS GENERALES SE QUEDARON, no pasó de ser un reportaje.
Siguieron luego dos libros: TIBURONES (que no tiene relación con la comedia del mismo título) y EN EL ÚLTIMO RINCÓN DE LA TIERRA, dos novelas de ambiente sudamericano y que son, quizás, las que más nostalgias y recuerdos me traen. Hablo en ellas de mi vida de marino y vagabundo, de la mar, de ciudades portuarias, de «tiburones» de tierra y de buenos camaradas y grandes aventuras.
Después de terminar el manuscrito de una nueva novela, que tuve que quemar en Rusia, escribí STALINGRADO y siete años más tarde MOSCÚ que, por orden cronológico, debe figurar en primer lugar y que con un tercer libro, BERLÍN, forman una trilogía completa.
STALINGRADO lo escribí en Moscú en donde viví durante once años en calidad de emigrante, de 1934 a 1945. STALINGRADO lo escribí en Moscú con la aprobación de la censura soviética, dado que el hundimiento de un Ejército alemán, tal como lo representaba yo, resultaba apropiado a la política literaria soviética de aquellos días. Sin embargo, nada cambiaría ni añadiría ahora tampoco a STALINGRADO. Hoy es tan verdad lo que expongo en este libro como cuando lo escribí.
MOSCÚ, por el contrario, no podía escribirlo bajo la censura soviética. Jamás hubiesen dado su permiso para representar al Ejército Rojo en plena desorganización y a la población civil haciendo gala de una resistencia pasiva. Traté de recordar todo lo que sabía sobre el hundimiento del Ejército ruso en el frente occidental y aquello que yo mismo vi y conviví, el pánico en Moscú, las olas de fugitivos que emprendían la marcha hacia el Este, mujeres y niños y hombres con unos hatillos en las manos e incluso con las manos vacías, a pie, en carros, en barcos, en vagones descubiertos de tren, ciudades sin alojamiento y sin pan... nieve, hambre, tifus, la muerte bajo el cielo, el aniquilamiento de millones de seres humanos. Guardé para más tarde aquellas impresionantes imágenes y mis experiencias, así como también el intento de una interpretación de las mismas. En el año 1951 empecé a escribir el libro que había concebido ya en el año 1941.
Pero antes había de regresar a un país en donde no se interpone entre el autor y el editor y entre el autor y el público que lee un censor. Esto fue en el año 1947 cuando por segunda vez en mi vida abandonaba un país autoritario. Con mi huida de la zona oriental de Alemania recobré la libertad y podía escribir ahora el tercer tomo de mi prevista trilogía.
Un autor ha de estar a la altura del tema que trata. A veces se crece cuando se enfrenta con la misión que se ha impuesto. Su origen y los bienes que le han sido legados representan, en este caso, un papel igual que el de las experiencias vividas. No he elegido el camino de mi vida, excepción hecha de aquellos años que pasé deambulando por el mundo. Y tampoco he podido elegir el siglo en que he nacido. Un siglo de catástrofes y de cambios sociales que he de interpretar a mi modo. Las coronas y los imperios mundiales que se han hundido en el curso de una sola generación nos permiten reconocer que la rebelión es una de las características elementales de nuestros tiempos y que esta rebelión es más vieja que nosotros mismos. Los viajes de Colón, los sensacionales descubrimientos en el campo de la ciencia cuyos autores fueron quemados como herejes en la hoguera, fueron obras de hombres que se encontraban en rebeldía. El punto central vivo, del que tan seguros se sentían los hombres de la Edad Media, se ha ido descomponiendo bajo los continuados martillazos del espíritu de la obra humana hasta que el hombre, sin conexión ya con el pasado, se sintió abrumado por una gran pobreza.
Pero el reconocimiento de esta pobreza -y este reconocimiento lo ha adquirido nuestra generación-, es ya un nuevo comienzo. Es la oración que será escuchada, es el vivo deseo por reanudar nuestras relaciones con el pasado.
El mundo se refleja en gotas de agua y los acontecimientos aislados permiten, en ocasiones, obtener una imagen general.
Moscú-Stalingrado-Berlín: un camino y un destino, pero no se trata solamente de un camino alemán y de un destino alemán. Es el camino de la inquietud, de la desesperación, el camino que, aparentemente, conduce a un callejón sin salida. Es también el camino de la rebelión contra el orden que nos ha sido legado, contra las fronteras y contra las leyes humanas. Es la rebelión contra todos pero, en lo más hondo también, es la oración que se alza tan potente que es oída desde muy lejos.
Berlín es un montón de piedras calcinadas, pero es algo más también. Esa ciudad derruida, pero que no puede ser destruida, es el exponente de una catástrofe nacional, pero tampoco es solamente esto. La situación actual penetra tan profundamente en todos los aspectos y la invasión procedente de todos los rincones del mundo la inunda de tal modo que esta ciudad despedazada, conmovida en sus estructuras materiales, comunales y políticas, esta ciudad que vibra incansablemente bajo los golpes de los contrastes mundiales, esa ciudad que cuenta con una población idónea como sólo la puede albergar una auténtica metrópolis, esta ciudad posee hoy un significado único y propio.
Hubo ciudades que fueron arrasadas e incendiadas y que volvieron a resurgir de sus cenizas. Hubo ciudades que al hundirse lanzaron unas consignas que iluminaron el camino por el que había de seguir la humanidad.
¿Cuáles son las palabras que pronunciará Berlín? Hoy día se lucha en todo el mundo por un nuevo esclarecimiento, se contribuye de un modo decisivo a esta lucha mundial por la libertad, por situar las relaciones sociales a un nivel más elevado y general, ¿acaso no representa Berlín el fin de una inquietud y de unos temores, el fin de una rebelión de siglos y también, al mismo tiempo, el cálido aliento que da vida a una nueva creación?
Investigar estos aspectos y sacarlos a la luz del día, sacar de entre la confusión y las lágrimas la forma viva y ayudar a interpretar las palabras que llegan hasta nosotros, esto se me antoja hoy día, en que puedo cosechar de las experiencias de toda una vida, la labor más importante y la que merece toda mi dedicación.
Theodor Plievier
TIBURONES
1
El traquetear de las ruedas sobre los raíles sin fin, el ininterrumpido entrechocar de los amortiguadores y la locomotora que corría impulsada por una elevada presión de atmósferas llenaban el aire con sacudidas metálicas.
No valía la pena mirar por la ventana.
No se veían ya los rebaños de ganado, también las llamas se habían quedado atrás. Habían terminado las planicies de hierba dura. La Puna se había transformado en desierto. El tren que corría por el vacío levantaba un polvo amarillo. Este penetraba por las ventanillas desajustadas del tren y al posarse sobre los rostros de los viajeros, sobre sus toscos sombreros de fieltro y en sus bastas camisas y pantalones, tomaba un color grisáceo.
Wenzel se recostó contra el respaldo de su asiento.
El viaje interminable, el calor, el polvo y las emanaciones de aquellos seres, apretujados entre sí, producían un embotamiento y adormecían. A esto se añadía la molestia del estómago vacío. Wenzel miró de reojo al individuo de baja estatura que, desde hacía horas, permanecía sentado frente a él y antes de cerrar los ojos sonrió. Solo le quedaba la conciencia de que el tren corría ruidosamente.
Pero esos ruidos, sin embargo, eran al mismo tiempo un himno a la vida que sonaba maravilloso incluso con los talones gastados de los zapatos. Era una sensación esplendorosa haber salido con vida y comparado con esto, poco importaba haber recorrido a pie los senderos cubiertos de nieve de las cordilleras y el recordar que tras una marcha de varias semanas solamente se había ingerido una comida caliente. También era maravilloso estar sentado en un vagón de ferrocarril y penetrar velozmente desde las alturas de la «Salvaje Puna» por el desierto de «Atacama» como torbellino de arena.
Incluso cuando en una estación olvidada por el mundo se han tenido que cambiar los mejores pantalones por un billete de tren de tercera clase, en la que solamente viajaban los indígenas y solo le quedan a uno sus pantalones de trabajo y además muy usados. Y es igualmente maravilloso que en otra olvidada estación se abra la puerta y aparezca entre los numerosos sombreros de fieltro y las caras de pómulos salientes un individuo de baja estatura, con la gorra calada sobre la frente y con un par de ojos vivaces que miraban en torno a él.
-Hola, Joe.
-Hola, Johny.
Joe y Johny, este había sido su saludo y después de haber hablado del pasado y del futuro, habían proseguido llamándose con estos nombres si bien, en otros tiempos, sus madres los llamaron de modo muy distinto. Ambos eran marineros, ambos hacía ya demasiado tiempo que permanecían en tierra firme. Joe más tiempo que Johny, el cual hacía solo un mes había rondado por las montañas. Las montañas, en este caso quería decir por la zona de las minas de plomo y plata y en las refinerías de bórax. Los dos habían realizado aproximadamente los mismos trabajos. Joe, entre otras cosas, había pintado los puentes del ferrocarril y, a causa de haber intervenido en una huelga, se había visto precisado a abandonar el lugar a toda prisa. Había tenido que dar un gran rodeo por el interior del país para poder alcanzar la costa y tratar de enrolarse de nuevo. Johny no había pintado los puentes del ferrocarril, sino que pintó las chimeneas de hierro de las refinerías de bórax en uno de los desfiladeros de la Puna. Había soldado dos cables de acero del grosor de un brazo y aún se podía notar su satisfacción por la obra realizada por él, en su especialidad de hombre de mar, cuando narraba la historia del hecho.
El dinero, que había ganado con su trabajo, se esfumó mucho más rápidamente que lo que le costara el ganarlo y era por este motivo justamente por el cual Johny se encontraba viajando nuevamente hacia la costa para embarcar de nuevo. Quedó por sentado que ambos buscarían juntos un barco en el que enrolarse.
Aún una tarde, una noche y unas pocas horas más resonó el estruendo del viaje en sus oídos hasta que el tren, por fin, dejó atrás las altiplanicies entre la cadena de cordilleras y se acercase a la costa. El declive era fuerte. También Wenzel se sentía impresionado por este descenso. Estaba tan cerca de la meta que se sentía agotado. Solamente realizando un gran esfuerzo podía apartar la mirada de las pieles de plátano que los indios arrojaran al suelo y que lo cubrían casi por completo. Finalmente, logró apartar sus ojos de las pieles de plátanos y los fijó en la pipa, apagada, que colgaba de la comisura de los labios de Johny. Esta pipa, mientras duró el tabaco de Johny, la habían estado fumando alternativamente. Pero el tabaco se había acabado. Ahora ya solo les quedaba el poder mirar por la ventanilla del tren. ¡Al fin y al cabo, recorrían la vía de ferrocarril más alta del mundo! La velocidad del tren era enorme. Cruzaba frente a gigantescas pirámides de rocas y pasaba vertiginosamente junto a atemorizantes abismos, lo cual también era digno de tenerse en cuenta. Pero cuando, y esto sucedió repentinamente, apareció el mar, el tranquilo océano visto de esta altura parecía una enorme bandeja azul, Joe se sintió definitivamente perdido.
Sabía perfectamente que, en el fondo, todo era debido a su estómago vacío. Pero, para superar esta sensación que le producía el estómago y recobrar su equilibrio, no podía hacer otra cosa que mirar hacia otro lado. Y allá abajo, en la curva más profunda, en una especie de bolsa formada por paredes de roca y el mar, estaba la ciudad portuaria rodeada de polvo y humo. Una ciudad que parecía de juguete y no era preciso tener manías de grandeza para tener la seguridad de que uno se la podría meter en el bolsillo.
Con gran seriedad, Wenzel comentó:
-Ya tenemos la ciudad en el bolsillo, Johny.
-Por supuesto, y la han engalanado para recibirnos.  Eso suelen hacerlo siempre que llega uno sin pantalones y los del otro están manchados con pinturas oleosas.
Joe no rió. Permaneció estático y pálido mirando ante sí. Era mala señal. Había que sacudirlo para hacerle volver a la realidad del momento.
-Calma, Joe. Ten por seguro que nos esperan. A Joe, el vencedor de la cordillera blanca, y a Johny, el pintor de chimeneas, el hombre que ha realizado la fabulosa hazaña de soldar un grueso cable de acero.
Sus palabras sirvieron de muy poco.
-Te digo que esa ciudad es un asco -gruñó Joe. Sin embargo, durante los días y las noches que durara su marcha y sufriera hambre y penalidades, había soñado con esa ciudad y sus barcos atracados al muelle, viéndola como si se tratara de la tierra prometida.
-A mí me da igual. Al fin y al cabo, poco me importa la ciudad. Lo que nosotros queremos es un barco.
-Sólo  un barco.
-Pero no seremos nosotros quienes lo elijamos, Joe. Será Slimmy quien cuidará de esto por nosotros. Además, solamente será Slimmy quien nos estará esperando.
-No me hables de Slimmy, Johny.
-Tienes razón, es el peor «tiburón de tierra» de toda la costa.
-Slimmy cazará sus peces cuando y donde quiera. Pero te aseguro que a mí no me pesca. Y confío que a ti tampoco.
-Seguro que no. Pero, ¿cómo conseguiremos enrolarnos en un barco sin su ayuda, Joe?
-¿Pretendes insinuar, acaso, que sin la ayuda de ese individuo nos van a roer hasta los huesos? Johny mordisqueó con mayor violencia la boquilla de su pipa y se quedó mirando largamente a su compañero.
«Ha pasado muy malos ratos allá arriba en las montañas» -se dijo-. «Lo primero que necesita ahora es llenarse el estómago con una comida como Dios manda. Solamente cuando tenga en su estómago un buen pedazo de carne y algo más, volverá a ser quien era y verá el mundo tal como es.»
Vaya estupidez llevar en los bolsillos solamente un par de centavos. ¿Qué puede ya comprarse con esto?
-Di, Joe, ¿cómo lograremos subir a un barco? Johny no estaba para bromas en aquellos momentos.
Pero tal vez si hablaba en serio lograse hacer entrar en razón a su compañero.
Nada. Ninguna respuesta. Joe miraba obsesivamente por la ventanilla. Por ello Johny le imitó, ya que no podía hacer otra cosa.