Tierra de zombis - Vicente Romero - E-Book

Tierra de zombis E-Book

Vicente Romero

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"Haití fue el primer país americano en obtener su independencia y el primero que abolió la esclavitud. Tiene una historia fascinante (y sangrienta), además de un interesante patrimonio cultural y natural. Sin embargo, nada de esto suele llamar la atención de los medios de comunicación. Salvo cuando algún desastre natural asola su territorio o se produce algún suceso político trágico. O cuando sale a relucir el tema del vudú y, cómo no, el de los zombis. Sin embargo, frente a la imagen de brujería, de prácticas de magia negra vinculadas a gentes analfabetas, ¿alguien se imagina que el máximo dirigente espiritual vudú pueda ser un licenciado por el City College de Nueva York y doctorado por La Sorbona, y que hable cuatro idiomas? ¿O que el vudú, un hecho religioso como cualquier otro, haya sido el principal elemento vertebrador de un país marcado por más de dos siglos de golpes de Estado y violencia extrema, con la complicidad del poderoso "vecino del Norte"? ¿O que los zombis sean un hecho científicamente probado, que sigue generando silencios y "olvidos" intencionados en el entorno haitiano? Fruto del conocimiento sobre el terreno de un periodista que, lejos de conformarse con lo aparente, siempre ha tratado de ir al fondo de las cosas, esta crónica propone una reveladora visión de la terrible historia de Haití, de su sociedad, de sus prácticas religiosas y del fenómeno de los zombis. Si alguien tiene dudas de su existencia, sólo tiene que adentrarse en la lectura de este apasionante relato, tan alejado de la superficial espectacularización de Hollywood, tan conmovedor por acercarnos a la dura realidad de los que nada tienen y a lo que Alejo Carpentier llamó lo "real maravilloso"."

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Seitenzahl: 341

Veröffentlichungsjahr: 2019

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foca investigación

167

Diseño interior y cubierta: RAG

Imagen de cubierta: Max Beauvoir haciendo un amarre a una poseída, en un ritual vudú. Fotografía de Vicente Romero.

Revisión de texto y documentación: Mayte Pérez Báez

Contacto con el autor: [email protected]

Reservados todos los derechos. De acuerdo a lo dispuesto en el art. 270 del Código Penal, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes sin la preceptiva autorización reproduzcan, plagien, distribuyan o comuniquen públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, fijada en cualquier tipo de soporte.

Nota a la edición digital:

Es posible que, por la propia naturaleza de la red, algunos de los vínculos a páginas web contenidos en el libro ya no sean accesibles en el momento de su consulta. No obstante, se mantienen las referencias por fidelidad a la edición original.

© Vicente Romero, 2019

© Ediciones Akal, S. A., 2019

Sector Foresta, 1

28760 Tres Cantos

Madrid - España

Tel.: 918 061 996

Fax: 918 044 028

www.akal.com

www.akal.com

facebook.com/EdicionesAkal

@AkalEditor

ISBN: 978-84-16842-50-6

Vicente Romero

TIERRA DE ZOMBIS

Vudú y miseria en Haití

Haití fue el primer país americano en obtener su independencia y el primero que abolió la esclavitud. Tiene una historia fascinante (y sangrienta), además de un interesante patrimonio cultural y natural. Sin embargo, nada de esto suele llamar la atención de los medios de comunicación. Salvo cuando algún desastre natural asola su territorio o se produce algún suceso político trágico. O cuando sale a relucir el tema del vudú y, cómo no, el de los zombis.

Sin embargo, frente a la imagen de brujería, de prácticas de magia negra vinculadas a gentes analfabetas, ¿alguien se imagina que el máximo dirigente espiritual vudú pueda ser un licenciado por el City College de Nueva York y doctorado por La Sorbona, y que hable cuatro idiomas? ¿O que el vudú, un hecho religioso como cualquier otro, haya sido el principal elemento vertebrador de un país marcado por más de dos siglos de golpes de Estado y violencia extrema, con la complicidad del poderoso «vecino del Norte»? ¿O que los zombis sean un hecho científicamente probado, que sigue generando silencios y «olvidos» intencionados en el entorno haitiano?

Fruto del conocimiento sobre el terreno de un periodista que, lejos de conformarse con lo aparente, siempre ha tratado de ir al fondo de las cosas, esta crónica propone una reveladora visión de la terrible historia de Haití, de su sociedad, de sus prácticas religiosas y del fenómeno de los zombis. Si alguien tiene dudas de su existencia, sólo tiene que adentrarse en la lectura de este apasionante relato, tan alejado de la superficial espectacularización de Hollywood, tan conmovedor por acercarnos a la dura realidad de los que nada tienen y a lo que Alejo Carpentier llamó lo «real maravilloso».

Vicente Romero Ramírez (Madrid, 1947) es uno de los nombres más reconocidos en el periodismo español. Como enviado especial ha cubierto los principales conflictos internacionales, desde las guerras de Vietnam y Camboya hasta la actualidad de los refugiados de Siria o las cárceles secretas de la CIA y Guantánamo. Corresponsal volante, primero del diario Pueblo y después de TVE, ha informado desde un centenar de países. Autor de más de 350 reportajes en Informe Semanal y En Portada, además de crónicas para el Telediario, ha dirigido dos series de documentales y el programa Buscamundos, y publicado una docena de libros, entre ellos Habitaciones de soledad y miedo, aparecido en esta misma editorial. A lo largo de su larga carrera ha recibido numerosos galardones, como –entre otros– el Ondas Internacional, el Víctor de la Serna de la Asociación de Prensa de Madrid, los premios del Club Internacional de Prensa, del Festival de Nueva York, el Cirilo Rodríguez o el Bravo, así como el de la Asociación Pro Derechos Humanos de España, el de Unicef o la Medalla de Oro de Cruz Roja Española.

A mis nietas,

Lorna Lucía y Dora Haydée Orrego,

y Lorna Romero,

con el deseo de que nunca teman ni desprecien lo desconocido.

Agradecimientos

A Miguel Romero, por su ayuda en todos los terrenos.

A Mayte Pérez Báez, por su trabajo y apoyo.

A Jesús Espino, editor y amigo, por su paciencia y buen hacer.

Advertencia previa

Aunque este libro trate de resumir la historia de Haití, siempre referenciada al vudú como seña de identidad popular, y de asomarse a los secretos más ocultos de esa ancestral práctica religiosa de origen africano, no es la obra de un historiador ni de un antropólogo. Ni mucho menos, el trabajo de un estudioso del ocultismo o el esoterismo. Ni siquiera una fábula sobre las sombras de la muerte o un relato de intriga. Se trata simplemente de la experiencia personal de un periodista, de uno de esos osados especialistas en nada pero expertos en contar cualquier cosa que suceda, que tuvo la suerte de vivir en Haití algunas situaciones increíbles y de conocer a varios personajes fantásticos. Y que se atrevió a investigar someramente y a reflexionar sobre el fenómeno de los zombis en una sociedad que tiene en el vudú la más fuerte de sus raíces.

Yo mismo temo a veces

que nada haya existido,

que mi memoria mienta,

que cada vez y siempre

–puesto que yo he cambiado–

cambie lo que he perdido.

Líber Falcó

El vudú es la memoria de los oprimidos.

Lewis A. Clormeus

INTRODUCCIÓN

Lo «real maravilloso» y la atroz realidad

En Haití, los hechos nunca son absolutamente ciertos. Tanto en su historia como en los relatos de su vida cotidiana se mezclan y suplantan constantemente los datos y las suposiciones, lo onírico y lo existente, lo ocurrido y lo imaginado, lo increíble y lo comprobado… Y se asumen creencias o fabulaciones como verdades que, difuminadas por la tradición oral, conforman un mundo mágico que Alejo Carpentier contó haber hallado «a cada paso» durante su visita a Haití y que denominó «lo real maravilloso»[1].

El vudú[2] es elemento fundamental de esa realidad haitiana, que, a fuer de maravillar, llega a parecer producto de la fantasía. Pero, mucho más allá de tópicos folclóricos sobre magia negra y de clichés supremacistas sobre supersticiones primitivas, el vudú se ha hecho presente a lo largo de la historia de Haití como protagonista –oculto pero decisivo– y constituye la principal seña de identidad nacional. Sus creencias y rituales, de origen ancestral africano, llegaron a la isla de La Española a bordo de los barcos negreros. Constituyeron el mayor elemento movilizador de la rebelión de los esclavos, aglutinaron después las luchas que alumbraron la independencia, y finalmente se convirtieron en base consuetudinaria de una sociedad invertebrada, condenada a la pobreza extrema. La huella del vudú en los acontecimientos históricos fascinó a Carpentier, fue la esencia de lo «real maravilloso» –literariamente maravilloso, por asombroso o sobrecogedor– que narró de Haití, y siguió siéndolo de todo lo allí ocurrido hasta hoy.

Como señala el antropólogo Brian Morris, al vudú, «por lo común, y bastante equivocadamente, se lo considera un culto extraño y exótico. Aún peor, al vudú se lo ha tenido por pueril y depravado, identificado con rituales estrambóticos y orgiásticos, la hechicería, los zombis y el canibalismo»[3]. Sin embargo, se trata de una religión de carácter monoteísta, que cree en la existencia del bondye[4], un Dios único y bondadoso pero que se mantiene alejado de los asuntos cotidianos, de los que se encargan los loas o espíritus, cuyo alto número resulta imposible determinar porque a veces se repiten sus nombres y se cruzan sus características. Una religión mayoritaria en Haití, que significa un importante factor de cohesión social. Y que establece unas normas morales básicas, cuyo respeto exigen sus sacerdotes e imponen una veintena de organizaciones sagradas semisecretas. Según una de las mayores, la denominada Bizango, los vuduistas deben observar siete principios básicos, cuyo incumplimiento merece ser castigado en nombre de la comunidad: respeto a Dios como árbitro supremo; servicio a los loas que representan y protegen a la comunidad; memoria y honor a los muertos y los ancestros; cuidado y ayuda a los ancianos; generosidad con las personas cercanas; apoyo a familiares y amigos que lo necesiten, y buena convivencia social[5].

Todo ello se refleja en unas leyes no escritas, transmitidas por tradición oral, que la comunidad vuduista mantiene como principios rectores de su vida y convivencia. Normas que la mayoría de la población asume como propias, frente a los criterios sociales impuestos por medio de una legislación heredada del dominio colonial francés que siempre resulta ajena por contravenir costumbres profundamente arraigadas. Y que deben de ser aplicadas por una Administración de Justicia cuyos mecanismos son insuficientes, cuando no inexistentes. Así, se dice que para la sociedad Bizango –posiblemente la más poderosa de las entidades sagradas– hay siete delitos básicos: avaricia, falta de respeto a los demás, denigrar a los correligionarios vuduistas, tener relaciones sexuales con la pareja de otro, difundir calumnias, atacar a otras familias de la comunidad y apropiarse de tierras ajenas. Sensu stricto, en esos pecados capitales cae la enriquecida clase dirigente haitiana, lo que explica la desconfianza que inspira en la población, ya que goza de una impunidad absoluta frente a la disciplina impuesta por los vuduistas entre quienes viven en la pobreza.

¿Existen los zombis? No es, aunque pueda parecerlo, una pregunta absurda. Y la respuesta que han dado cuantos científicos han estudiado el fenómeno es rotunda: sí. Son reales, aunque también formen parte de lo «real maravilloso». Su existencia me parece fuera de toda duda, a la luz de mis propias experiencias en Haití a lo largo de varias décadas. ¿Cómo podría negarla, ni siquiera dudarla, cuando he conocido –y filmado– a tres de estas criaturas, cuyos fallecimientos estaban documentalmente probados? Tres casos de zombificación–dos de ellos estudiados por prestigiosos científicos– que fueron acreditados por el director del hospital psiquiátrico de la Universidad de Puerto Príncipe, y que contrasté con la máxima autoridad de la Iglesia vudú haitiana. Otra cosa es el debate sobre la verdadera naturaleza de los zombis.

Los llamados «muertos vivientes» son mucho más que una leyenda siniestra como la católica sobre la Santa Compaña. Pertenecen al lado más oscuro de una espiritualidad muy distinta a la nuestra, que desborda los límites de nuestra racionalidad y ha sido históricamente rechazada, perseguida y condenada al silencio. Primero, por el esclavismo y la opresión colonial europea y, más tarde, por el cristianismo como religión de las modernas clases dominantes haitianas. Durante muchas décadas, el vudú ha suplido –y en gran medida aún suple– a un Estado inexistente, embrionario o insuficiente, creando y manteniendo una estructura social de modelo primitivo africano. Sus sacerdotes y sacerdotisas (hunganes y mambós) no sólo ofician como tales, sino que llegan a paliar las enormes carencias en materias tan esenciales como medicina y justicia. Por eso la zombificación se entiende inicialmente como una teórica «pena máxima» para castigar a los autores de los delitos más graves, dictada y ejecutada sólo por los sacerdotes vuduistas con mayor poder y autoridad. Sin embargo, la creencia popular atribuye la mayoría de las zombificaciones a sacerdotes (bokores[6]) que ponen sus conocimientos al servicio del Mal, para su propio enriquecimiento.

Aunque ya en 1880 el cronista británico Spencer St. John escribió sobre los muertos vivientes en Haití, la primera zombificación comprobada que tuvo gran repercusión fuera del país data de 1936, cuando una anciana llamada Felicia Felix Mentor, que había fallecido en 1907, apareció en el pueblo de Ennery deambulando semidesnuda[7]. Desde entonces han sido numerosos los casos de zombis reflejados en los medios de comunicación de todo el mundo, generalmente de manera sarcástica o sensacionalista. Pero cuando el fenómeno tomó mayor cuerpo fue a comienzos de los años ochenta del siglo pasado, fruto de los estudios del psicoanalista haitiano Lamarque Douyon y del interés de las empresas multinacionales en los productos químicos supuestamente empleados por hunganes, mambós o bokores.

Desde muchas décadas atrás, la sociedad y la Justicia haitianas asumieron plenamente la práctica de zombificaciones, como demuestra que el artículo 246 del Código Penal describa un delito perfectamente identificable con ellas, aunque sin mencionar su nombre: «También se denomina intención de matar por envenenamiento al uso de sustancias por las cuales una persona no es asesinada, sino reducida a un estado de letargo más o menos prolongado […] Si después del estado de letargo la persona es enterrada, entonces el intento será considerado asesinato»[8].

La miseria y el abandono de la inmensa mayoría de la población y la práctica reducción del Estado a una superestructura hueca, con la economía encadenada por intereses ajenos, evidencian que Haití necesita una transformación radical de sus estructuras. Algo que suele recibir el nombre de revolución. Pero ésa es una palabra prohibida, que resuena como un cañonazo en las altas instancias financieras. Surge entonces el vudú como última esperanza popular. Como único y oscuro recurso inmediato de justicia o de medicina, cuando no hay instituciones capaces de escuchar y responder a los sectores más bajos y olvidados de una sociedad cuyo destino parece trazado como una inevitable agonía entre las privaciones y los sufrimientos de una realidad atroz.

PRIMER VIAJE A HAITÍ. Septiembre de 1981

CAPÍTULO 1

Entre el terror político, la pobreza profunda y el misterio del vudú

Página del diario Pueblo (1981) con un capítulo del reportaje de Vicente Romero sobre Haití.

Desde la ventanilla del avión que me llevaba de Santo Domingo a la nación más empobrecida de América se distinguía nítidamente la frontera entre los dos países que comparten el territorio de La Española. La isla aparecía dividida en dos partes: una, cuya vegetación aún la mantenía verde, y otra con un color marrón que denotaba la deforestación, donde la miseria endémica también había exterminado a la fauna. Los bosques autóctonos haitianos desaparecieron, primero, por la sobreexplotación maderera y, posteriormente, convertidos en leña hasta los árboles más pequeños por una población sin otra forma de hacer fuego para cocinar y calentar sus noches[9]. Así, las profundas carencias del pueblo haitiano se advertían desde el cielo. Y, al anochecer, aún se diferenciaría más la República Dominicana, por su modesto alumbrado, de un Haití casi carente de luz eléctrica. Finalmente, en los momentos previos al aterrizaje, Puerto Príncipe se presentaba rodeado por un enorme amasijo de bidonvilles, barrios formados por casuchas de adobe o cartón con techos de lata. Hogares sin esperanzas, faltos de agua potable, electricidad y otros servicios indispensables en los que se hacinaban innumerables fugitivos del hambre que devastaba las zonas rurales.

Ya en tierra, la desigualdad aparecía ante los ojos del visitante como un inevitable espectáculo obsceno, representado en caminos y rincones urbanos. El recorrido en taxi desde el aeropuerto hasta un pequeño hotel en el centro mismo de la ciudad, muy cerca del Campo de Marte y del Palacio Presidencial, me recordó las estampas comunes de escasez que había visto en muchos países africanos. Desde aquella visita inicial, cada vez que llegase a Puerto Príncipe se repetiría en mi ánimo la misma sensación turbadora que produce la contemplación de la injusticia.

Hacía mucho tiempo que deseaba conocer Haití, una nación surgida de la primera rebelión triunfante contra el dominio colonial en América Latina. Quienes se habían sublevado en 1791 contra el yugo imperial habían sido los esclavos de las grandes plantaciones, no los hijos de administradores, militares y negociantes europeos que proclamarían las independencias nacionales de otros países, manteniendo su dominio y sus privilegios de clase sobre los indígenas. Pero la victoria de los desheredados tuvo un alto precio, impuesto por Francia como un castigo a sus vencedores y cuyo pago se dejaría sentir a través de las décadas como un lastre insuperable. Y los sueños de Justicia de los parias que se alzaron en armas se convertirían en una interminable pesadilla, ahogados en un pozo de miseria y terror político crecientes, que había culminado en una larga dictadura hereditaria sobre la que yo debía escribir.

La tiranía fundada en 1957 por el doctor François Duvalier y –tras su fallecimiento en 1971[10]– prolongada por su hijo Jean-Claude ofrecía un cuadro político trágico sobre la situación de pobreza extrema. Y tenía como trasfondo la invisible omnipresencia del vudú, protagonista de la historia nacional, cuyas creencias y prácticas influenciaban profundamente la cultura popular haitiana. La imbricación de esos elementos resultaba fascinante para los observadores extranjeros, que intuíamos el poder en las sombras del vudú, vinculado a la dictadura y cimentado sobre leyendas de magia negra, incluso de muertos vivientes. Todo ello formaba un escenario siniestro. Así, aproveché el largo viaje en avión desde Madrid y el día en Santo Domingo a la espera de un vuelo a Puerto Príncipe para releer Los comediantes[11]. Tal vez sea en la novela de Graham Greene donde mejor se refleje el clima opresivo y hermético en que transcurría la vida bajo el régimen oscurantista de los Duvalier. Y también la influencia amedrentadora del vudú.

Lo que me había llevado a La Española en aquellos días de septiembre de 1981 era, en definitiva, hacer un retrato del terror y el latrocinio en Haití. De un terror mucho más concreto e inmediato que el de las historias de zombis. Porque el miedo, que resultaba tan palpable en las calles de la capital como en cada rincón del país, no se basaba en supersticiones o leyendas fantasmagóricas, sino en hechos tan incontestables como los crímenes de una de las más cruentas dictaduras de la atormentada historia latinoamericana. El desaparecido diario Pueblo[12] me había encargado narrar la descomposición de aquella dinastía criminal, que mantenía sometida a la nación con los indicadores sociales más amargos. Mi misión consistía en elaborar un largo reportaje, destinado a publicarse en cuatro capítulos a toda página, con una descripción de la realidad social y un análisis de la situación política.

Entonces yo no imaginaba que aquel viaje me permitiría iniciar una larga y privilegiada experiencia en el mundo del vudú, desarrollar una relación personal con quien sería su mayor dirigente, e incluso asomarme a las profundidades de algunos de sus secretos mejor guardados, como la zombificación. Sin embargo, no podía ser de otra forma. Porque es imposible comprender o explicar la sociedad haitiana sin aproximarse al vudú, eje principal de su devenir histórico, oculto, silenciado, perseguido, menospreciado o ridiculizado durante décadas, pero que se deja sentir constantemente.

Por el contrario, mi trabajo político supuso una profunda frustración profesional. La prensa haitiana, absolutamente sometida por el Gobierno, era un continuo panegírico del duvalierismo. En las calles no se osaba hablar del régimen, ni siquiera los siempre locuaces taxistas. Incluso los empleados de la hostelería, obligados a tratar cortésmente a los forasteros y a aclarar sus dudas, evitaban las conversaciones peligrosas con una sonrisa enigmática. Nadie con una mínima significación social se atrevía a entrevistarse con un periodista. Los diplomáticos, funcionarios y hombres de negocios internacionales también hacían gala de una prudencia exquisita. Lástima que Álvaro Caballé, médico español al que había conocido años atrás en Camboya, hubiese muerto en Petionville pocas semanas antes de mi llegada, cuando se encontraba al frente de la delegación de la Organización Mundial de la Salud en Haití. Siempre lenguaraz e incapaz de callar por miedo, Caballé habría tenido mucho que contarme sobre aquella sociedad tan impenetrable.

Tampoco había personalidades políticas haitianas con un mínimo crédito democrático para opinar. Todas las figuras críticas con la tiranía estaban –parafraseando a mi amigo Eduardo Galeano– «enterradas, encerradas o desterradas». Quedaba tan sólo una oposición ficticia, creada y cultivada por la dictadura a la medida de sus necesidades, que se enfrentaba al régimen como una pareja de baile: danzando cheek to cheek al son que tocase la orquesta estatal, sin rebasar jamás los límites de la pista y con extremo cuidado de evitar pisotones. Por si quedase algún resquicio en el insalvable muro de la represión, resultaba más que notoria la vigilancia de que éramos objeto los escasos corresponsales o enviados especiales. Los policías encargados de seguirnos no se esforzaban en pasar inadvertidos; todo lo contrario, se hacían notar con la intención de que su presencia intimidara a los periodistas. En definitiva, se informaba mejor sobre la situación política haitiana desde los círculos políticos del exilio en Miami, Nueva York, México o La Habana que desde Puerto Príncipe. Lo único con cierto valor informativo que aportaba la visita a Haití eran las notas de color; es decir, la descripción de la profundidad de la miseria y el miedo, así como de la corrupción y el despilfarro gubernamentales.

El despótico doctor Duvalier, popularmente conocido como Papá Doc, había conquistado la jefatura del Estado en las urnas, poniendo fin a un complicado periodo de inestabilidad nacional durante el cual cinco presidentes se sucedieron en un solo año. Pero no tardó en establecer una dictadura implacable que logró la estabilidad mediante el aplastamiento de todos los derechos. Impuso su autoridad con despiadada violencia y, como principal recurso para mantenerse en el poder, desarrolló una eficaz metodología basada en la muerte o desaparición de sus oponentes, y en torturas, exilio o cárcel para reducir a sus críticos más tibios.

Además, el propio Duvalier –hombre culto y buen conocedor de la idiosincrasia haitiana– alardeó de sus vinculaciones con el mundo secreto del vudú, celebró sus ritos en el Palacio Presidencial y cultivó la atribución de poderes sobrenaturales a su figura. Incluso incorporó a su aspecto personal algunos de los rasgos más identificables de la iconografía con que el vudú representa al Barón Samedi, «señor de los muertos», uno de los espíritus más conocidos y temidos del santoral popular. En buena parte gracias a ello, Papá Doc consiguió prolongar la dictadura más allá de su propia desaparición física, dejándola como herencia política y parte de su patrimonio personal a su hijo Jean-Claude, un ridículo personaje de tan sólo diecinueve años apodado Baby Doc. Pero se trataba de un legado tan imposible de perpetuar como de modificar: un trono cimentado en un culto mágico por la figura del viejo tirano, inestable por su propia naturaleza y agrietado por la desigualdad y la miseria.

Cuando visité Haití por primera vez, ya se habían cumplido diez años de su muerte, pero su fantasma político rondaba y se hacía presente por todas partes. Resultaba evidente que los privilegiados por la tiranía añoraban la figura del viejo doctor Duvalier y su mano de hierro, mientras miraban con desconfianza a su sucesor, inseguros del futuro. Tampoco eran pocas las gentes sencillas que aún vertían lágrimas sinceras recordando a Papá Doc, tras haber llorado hasta el paroxismo ante sus despojos mortales dos lustros antes, en abril de 1971. Porque millares de hombres y mujeres subalimentados, condenados a la más profunda ignorancia, formaron colas interminables ante las puertas del Palacio Presidencial de Puerto Príncipe para rendir homenaje al cadáver de un tirano que supo hacerse idolatrar por los sectores más atrasados de su pueblo. Entre quienes vivieron aquellas luctuosas jornadas históricas, nadie había olvidado la imagen de François Duvalier metido en un catafalco, con los lentes puestos sobre sus ojos cerrados para siempre, vestido de gala y rodeado por 22 miembros de la guardia y otros tantos del Ejército, según él mismo dejó ordenado, ya que consideraba el 22 como su «número benéfico». Al lado del cadáver, casi como postrera ironía de un autócrata que logró superar innumerables conspiraciones en su contra, se encontraba un ejemplar encuadernado en piel de sus Memorias de un líder del Tercer Mundo[13]. Las escenas de histerismo, de dolor popular sincero durante los funerales, sembraron la perplejidad entre los observadores extranjeros que conocían la política infernal de Papá Doc, pero no llegaban a entender su enraizamiento en la mentalidad supersticiosa de los haitianos ni su indudable popularidad entre quienes no le debían más que desdichas, conquistada gracias a una habilísima demagogia amparada en la religiosidad tradicional del vudú.

Con los destinos de Haití en sus manos, François Duvalier había estado presente en las preces diarias de los obispos y sacerdotes católicos, a la vez que en los peristilos –capillas del vudú– se rezaba por él una oración, parafraseando el padrenuestro[14]:

Papá Doc nuestro, que estás en palacio para toda tu vida, santificado sea tu nombre por las presentes y futuras generaciones. Hágase tu voluntad así en Puerto Príncipe como en las provincias. Danos en este día un nuevo Haití. No perdones las invasiones de nuestra tierra por tus enemigos, que escupen sobre ella cada día; déjalos caer bajo el efecto de su propio veneno, mas no los libres, Papá Doc, de ningún mal. Amén.

Dueño absoluto del poder, a la vez paternal y despótico, el doctor Duvalier no vacilaba en abofetear públicamente a sus ministros –como años después haría Idi Amin en Uganda–, uno de los muchos gestos con que pretendía mostrarse intransigente con los errores de su propio Gobierno, mientras que la prensa a su servicio le dedicaba epítetos desproporcionados hasta el ridículo, que los medios internacionales reflejaban con ironía: electrificador de almas, apóstol de la unidad nacional, líder del Tercer Mundo, padre de la patria, jefe supremo de la revolución, patrono del comercio y de la industria, protector del pueblo, bienhechor de los pobres…[15]. Incluso circulaban estampitas en las que Jesucristo apoyaba su mano en el hombro del tirano, sobre un texto que decía «Yo lo he elegido». Sin embargo, más allá de la desmesurada propaganda oficial, no se pueden discutir su inteligencia ni su carisma, al igual que tampoco caben dudas sobre su perfil más oscuro.

El fundador de la dinastía Duvalier acabó ocupando un lugar destacado en las páginas de la Historia latinoamericana, como arquitecto de otra peculiar versión tropical del fascismo. Hijo de un funcionario, cursó con brillantez los estudios de Medicina, especializándose en la tradicional aplicación terapéutica de hierbas. El título de doctor honoris causa de la Sorbona avalaría su rara inteligencia. Parece que el apelativo de Papá Doc venía de su experiencia como médico rural, que le hizo ganar prestigio por su cercanía y familiaridad con sus pacientes, y que le proporcionó un conocimiento directo de la precariedad de la vida de la mayoría de los haitianos. Françoise Duvalier conquistó una merecida fama mundial de estadista sanguinario. Ninguno de los miembros del cuerpo diplomático acreditados en Puerto Príncipe pudo jamás borrar de su memoria la ocasión en que el jefe del Estado les invitó a asistir al fusilamiento de 16 opositores a su Gobierno, en presencia de los miembros de la Corte Suprema, todos los integrantes de la Cámara de Diputados y los máximos dignatarios eclesiásticos. El propio Papá Doc, ataviado con chaqué y sombrero de copa, a imagen del Barón Samedi, se puso al mando del pelotón de ejecución. Igualmente inolvidable fue su decisión de colocar y mantener varios días el cadáver del guerrillero Iván D. Laraque sentado en un sillón frente al aeropuerto de la capital[16].

Estas trágicas anécdotas históricas hicieron que todos los relatos de otras atrocidades resultasen creíbles. Ordenó que le llevaran al despacho las cabezas de algunos oponentes, como Gusley Vildroin, y dejó saber que había enviado un avión militar a recoger la de otro, Blucher Philogenes, para después disecarla, colocarla sobre su mesa de trabajo e invocar al espíritu que la habitó. Se decía que empleaba contra sus enemigos sus amplios conocimientos de vudú. No vaciló en atribuirse la muerte de Kennedy, ocurrida precisamente un día 22, como consecuencia de un ritual vudú para acabar con él. Y cuenta la leyenda que, para tomar las decisiones importantes, se sumergía en una bañera, desnudo pero con la cabeza cubierta por la chistera del Barón Samedi. Cualquier cosa resultaba verosímil en un ambiente mezcla de película de horror y de opereta.

El caso es que la figura siniestra de Papá Doc creció rápidamente hasta hacerse universal. Recibía a los periodistas con el revólver siempre al alcance de la mano, apoltronado tras una mesa de caoba sobre la que descansaban una Biblia y los retratos de sus familiares. En las entrevistas solía citar de memoria a Ho Chi Minh y a otros líderes revolucionarios con los que le gustaba equipararse. El pueblo llano le creía inmortal y poseedor de misteriosos poderes mágicos. «Ninguna fuerza en el mundo puede impedir que desempeñe mi papel histórico, ya que he sido escogido por Dios y por el destino», llegó a afirmar solemnemente, mientras otras veces aseguraba que «cualquier tentativa de rebelión será sepultada bajo un Himalaya de cadáveres». No mentía ni exageraba. A los pocos meses de ocupar el Palacio Presidencial, sus enemigos políticos –y, en general, todo sospechoso de oponerse a sus designios– comenzaron a desaparecer tras ser secuestrados en sus domicilios durante la noche por brigadas políticas clandestinas que operaban con absoluta impunidad. Después, los cadáveres serían encontrados en playas o en las cunetas de las carreteras. Los asesinos se harían amargamente famosos bajo el nombre de Tontons Macoutes[17]. Su modus operandi –semejante al de la policía política del vecino dictador dominicano, Rafael Leónidas Trujillo[18]– sería un claro precedente de los numerosos escuadrones de la muerte que mancharían de sangre el mapa político de América Latina durante los años siguientes. Tonton Macoute es un apelativo popular que viene a significar para los haitianos algo semejante a nuestro hombre del saco: un sanguinario coco capaz de espantar a los adultos por el aspecto imponente de unos individuos brutales, seleccionados por su gran complexión física, cuyos uniformes (sombrero de paja, camisas azules y gafas de sol) acabaron resultando dolorosamente familiares para los haitianos. El más temido fue Luckner Cambronne, conocido como «el Vampiro del Caribe». Al parecer, vendía los cadáveres de sus víctimas a universidades norteamericanas. Murió en 2006, exiliado en Miami.

Baby Doc carecía de la inteligencia, la cultura y el carisma de su padre. Nunca fue muy amigo del estudio, la lectura, los rituales vudú, las divinidades africanas o la magia. Siempre le atrajeron más el oropel palaciego, la compañía de la oligarquía local y, sobre todo, los cuerpos femeninos. Tampoco parecía que, a diferencia de su hermana Marie Denise, hubiera heredado los poderes espirituales ocultos que la voz popular atribuía a su padre. Pero la verdad era que, hasta el momento, no le habían hecho falta. Sin ellos había conseguido mantenerse en el poder durante los diez años largos que Papá Doc llevaba muerto, pese a no ser más que una criatura política monstruosa: un playboy tercermundista cuyo sobrealimentado corpachón destacaba en un universo de hambre, y que llevaba una década intentando una imposible modernización del Estado sin renunciar al oscurantismo y al terror. «Mi padre hizo la revolución política, yo haré la revolución económica», anunció como primera declaración de propósitos. Pero ni siquiera llegó a intentarlo. Obsesionado por los coches deportivos y otros lujosos juguetes, cazador ávido de trofeos cinegéticos y bestia depredadora de hombres, Baby Doc vivía en su propio cuento de hadas, aislado de la realidad.

Pese a su mediocridad política, Baby Doc se mantenía firmemente instalado en el blanco Palacio Presidencial de Puerto Príncipe, un edificio con aspecto de gigantesca tarta de azúcar, en cuyo entorno estaba prohibida la circulación de peatones. Sus retratos oficiales amarilleaban por doquier, pegados en casi todos los muros y farolas de la ciudad, exhibidos en los escaparates y obligatoriamente colgados en las paredes principales de oficinas públicas y privadas, comercios y hoteles. La sonrisa satisfecha del orondo Jean-Claude Duvalier se encontraba presente en cada rincón, para advertir a los haitianos de que sus ojos pequeños lo veían todo y que a sus oídos no escapaba el mínimo rumor adverso. Incluso los incansables cazadores de turistas ofrecían, entre sus baratijas artesanales, distintos objetos con fotografías del fundador de la dinastía y de su sucesor. Los extranjeros hacían bien en comprarlos y llevarlos encima, como un amuleto que proporcionaba seguridad, además de ser un souvenir que resumía el drama político de Haití.

En Puerto Príncipe aún resonaban los ecos del matrimonio contraído por Jean-Claude Duvalier con Michelle Bennett[19] poco más de tres meses antes, el 27 de mayo de 1981, que había escandalizado al mundo entero. Porque los grandes fastos del enlace vaciaron las exhaustas arcas oficiales menos de diez meses después de que el huracán Allen hubiera arrasado el país[20]. Los gastos de los festejos corrieron por cuenta del Estado, aunque el tirano se casara con una hija del multimillonario dueño de la compañía de aviación Haití Transair y de otros muchos negocios. La dictadura emparentaba así con una de las grandes familias de la oligarquía haitiana, estrechando la unión del poder político con el reducido círculo financiero del país, que agrupaba a los grandes beneficiarios históricos de la tiranía duvalierista. Los festejos supusieron un despilfarro insoportable para una nación en ruinas, castigada por las privaciones. Sólo para fuegos artificiales, bengalas y otros artificios, se destinaron 300.000 dólares de un presupuesto total que superó los tres millones.

Al cabo de diez años en el poder, el fracaso político de Baby Doc era absoluto, sin que se adivinara salida alguna a una situación social explosiva. El balance de su gestión se reducía a una mínima industrialización del país y un lavado de cara del régimen, pero manteniendo las mismas cotas de desigualdad, injusticia y represión que caracterizaron el largo y sombrío periodo durante el cual se sostuvo en el poder el fundador de la dinastía Duvalier. El programa de gobierno del difunto Papá Doc se basaba en luchar contra la desocupación, la pobreza y el hambre mediante un aumento racional de la producción, con participación estatal directa y la aportación de capitales nacionales y foráneos. Pero, cuando el tirano murió, la realidad social haitiana se situaba en las antípodas de sus promesas demagógicas.

«Ofrecemos un seguro, un acuerdo que garantiza las inversiones contra las huelgas, la insurrección, la invasión y la nacionalización», repetía año tras año Papá Doc ante quienes quisieran escucharle. Y era cierto. Su dictadura se esforzó en crear condiciones atractivas para el capital multinacional: salario mínimo oficial veinticinco veces más bajo que el norteamericano; represión salvaje contra todo movimiento reivindicativo, llegando al asesinato de líderes sindicales; legislación económica muy permisiva, que autorizaba la importación libre de materiales para su manufacturación y la exportación sin condiciones de los productos ya elaborados… Baby Doc había mantenido aquellas draconianas facilidades, soñando con hacer de Haití un segundo Taiwán. Sus cálculos se basaban en la proximidad de los Estados Unidos, la baratura del transporte, la escasez o ausencia de impuestos, una supuesta habilidad tradicional de los haitianos para el trabajo manual y los bajísimos costes tanto de la mano de obra como generales. Sin embargo, el tan esperado milagro económico haitiano no se había producido. El país permanecía muy alejado del «modelo taiwanés», pese al establecimiento en su suelo de algunas industrias multinacionales de manipulación textil, electrónica, material deportivo y juguetería. Las autoridades haitianas se jactaban, patéticamente, de que su país fuera el primer productor mundial de pelotas de béisbol. Pero el pequeño desarrollo conseguido era ficticio, artificial, y no respondía a las necesidades nacionales, sino al despiadado «principio de rentabilidad máxima» para el capital norteamericano: los beneficios se escapaban siempre, dejando tan sólo la limosna de unos sueldos de hambre[21].

Además, a lo largo de los últimos años se había agravado el empobrecimiento rural. Si la visión de la pobreza era constante en el mismo centro de la capital, en las afueras quemaba los ojos y, a un puñado de kilómetros de distancia, el paisaje resultaba desolador. Todo el país, potencialmente rico en agricultura, acusaba un acelerado proceso de desertificación y se veía condenado a importar unos alimentos que no era capaz de producir. Sin abonos asequibles, el único recurso frente a la degradación del suelo era el tradicional empleo de los residuos orgánicos de las familias campesinas. Y a la actividad parasitaria de los intermediarios, surgidos del propio aparato administrativo del régimen, se habían unido en los últimos tiempos unas condiciones climáticas más que adversas: cuando no era la sequía, era un ciclón lo que provocaba la ruina general. Así, los agricultores optaban por vender sus pequeñas propiedades e intentaban escapar del hambre migrando masivamente a las ciudades en busca de trabajo, o a la vecina República Dominicana para convertirse en cortadores temporeros de caña de azúcar.

Los esfuerzos de la oficina haitiana de turismo me parecieron conmovedores. Sus empleados, sin nadie más a quien atender, me abrumaron con una montaña de mapas, fotografías, ofertas de circuitos, folletos informativos sobre visitas a lugares históricos. No acertaban a explicar por qué, pese a la belleza de muchos rincones naturales y la abundancia de playas, los hoteles permanecían vacíos. Yo no me atreví a argumentar que la imagen exterior de Haití era pésima. Y que cuantos nos habíamos aventurado a recorrer parte del país, o simplemente a deambular por las calles de su capital, coincidíamos en que la falta de visitantes se debía a que la miseria hubiera llegado a extremos insoportables. Porque, con las alcantarillas colapsadas, el ambiente de gran parte de Puerto Príncipe era hediondo e invitaba a desconfiar de las condiciones higiénicas. Fuera de Petionville, el sector privilegiado donde residía la minoría adinerada y tenían sus sedes las embajadas, apenas existían lugares donde refugiarse del calor. Y legiones de pedigüeños acosaban a los viandantes, limosneando incasablemente a su alrededor.

Como si al Gobierno le diera vergüenza publicarlas –o tal vez incluso hacerlas–, no existían estadísticas oficiales sobre materias como salud, alimentación, educación o vivienda. Por supuesto, tampoco se hacían encuestas de opinión. Los periodistas sólo podíamos apoyarnos en las estimaciones de diferentes agencias económicas internacionales y organizaciones de ayuda humanitaria, cuyos datos resultaban elocuentes: el número de médicos haitianos en el exterior era superior al de cuantos trabajaban en la deficiente red sanitaria nacional; la desnutrición afectaba a casi un 90 por 100 de los niños en edad escolar; las calorías ingeridas por habitante no llegaban a 1.800, estimándose entonces el mínimo necesario en 2.590, y el consumo de leche apenas alcanzaba la media de siete litros anuales. Cifras atroces que se resumían en una expectativa media de vida de treinta y cinco años, con una mortandad infantil que segaba las cabezas de la mitad de las criaturas antes de que cumpliesen cinco años. Además, el analfabetismo rebasaba el 90 por 100, el desempleo ostentaba el vergonzoso primer puesto de América y el magro poder adquisitivo de los haitianos disminuía sin parar desde once años atrás.

Rara era la semana en que ningún grupo de familias campesinas emprendía un trágico éxodo, aventurándose en las aguas del Caribe con frágiles embarcaciones de madera, vela y remos, rumbo a Miami, Puerto Rico o las Bahamas. Jugarse la suerte con los vientos era mejor que el destino que les ofrecía la tierra maldita donde nacieron. La última década había sido una interminable historia de fugas: se sabía que 75.000 haitianos consiguieron llegar a Florida; 30.000, a las Bahamas; 10.000, a la Guyana; 3.000, a Venezuela, y un millar, a Guadalupe. Pero se ignoraba cuántos fracasaron y perecieron en la huida. Nadie contaba los muertos. Baby Doc intentó conseguir que Jimmy Carter aceptase un cupo anual de 50.000 emigrantes. Pero las autoridades norteamericanas se negaron. Los haitianos les parecían indeseables: de raza negra, con extrañas tradiciones y creencias, y un lenguaje propio (despectivamente llamado patois, mezcla de francés mal pronunciado y de lenguas africanas) muy difícil de entender. Ni siquiera escapaban del comunismo. Así, mientras en Miami se recibía bien a los exiliados de Cuba, los haitianos eran internados en campos de concentración y, tras desinfectarlos y clasificarlos, eran devueltos a las autoridades de su país para que castigasen el delito de molestar al vecino con sus sueños de una vida mejor.

Tampoco se podía decir que la publicitada «revolución económica» de Baby Doc hubiera fracasado en su promesa de terminar o, al menos, reducir el hambre. Porque ni siquiera lo había intentado. Nunca se supo cuántos millares de muertos había causado la severa hambruna de 1977 en el norte del país. La censura consideró «subversiva»la cifra. Cinco años después, las perspectivas tampoco respaldaban el optimismo oficial. Los expertos coincidían en que el producto nacional bruto seguiría disminuyendo, a la vez que auguraban un estancamiento de la inversión y un déficit extraordinario. Entretanto, los insaciables grupos de la oligarquía dueña de la riqueza, dividida en históricos clanes de negros y mulatos, se disputaban el poder económico al pie del trono de Jean-Claude Duvalier. A esas peleas de gallos se reducía la política en un Estado donde cualquier posibilidad de cambio estaba asfixiada por la represión.

En el terreno político, los avances de la tiranía eran tan escasos como los alcanzados en el económico. La anunciada liberalización del régimen, pese a la timidez de las medidas adoptadas, agudizó las contradicciones internas hasta provocar el aborto de la reforma. Las presiones de Washington, con el demócrata Jimmy Carter como inquilino de la Casa Blanca[22], obligaron al régimen duvalierista a una mayor tolerancia informativa. Ello permitió que, pese a la continuidad de la censura, se airease un poco el profundo malestar existente. En un país de analfabetos –donde la adquisición de un periódico resultaba un lujo imposible para la mayoría de la escasa población capaz de leer–, la radio empezó a adquirir importancia política al desvelar algunos de los graves problemas que conformaban una explosiva situación social. La gente se reunía para escuchar las emisiones más atrevidas, y la dictadura llegó a temer que los transistores se convirtieran en instrumentos de agitación revolucionaria. Porque el castigado movimiento sindical empezaba a dar señales de resurrección. Pero aquella amenaza duró sólo hasta que, en noviembre de 1980, Baby Doc ganó las elecciones norteamericanas. El triunfo del republicano Ronald Reagan significaba una garantía de respaldo yanqui para la dictadura de Duvalier, igual que para las de Pinochet y sus colegas uniformados de otros países como Argentina, Uruguay, Guatemala, El Salvador… Inmediatamente después de conocerse el resultado de las urnas estadounidenses, volvió a arreciar la persecución contra los «enemigos del Gobierno». La policía entró en los estudios de Haití Inter y se llevó a cuantos periodistas y locutores se habían atrevido a cumplir con su deber profesional. Desde entonces, silencio radio. O música popular alternada con el eterno mensaje de tout va bien