Tierra prometida - Alver Metalli - E-Book

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Álver Metalli

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Los comienzos del movimiento Comunión y Liberación (CL) no se pueden separar de la vitalidad de don Giussani desde el momento mismo en que pisó por primera vez la América Latina en 1973. Aquí comienza una historia que se dilata superando los confines iniciales, alcanza distintas profundidades y, a veces, se entierra como un río cárstico para volver a aparecer en forma de numerosos riachuelos donde menos lo esperábamos. Una historia fresca y sugestiva en la que aparecen personajes, amistades y los grandes acontecimientos políticos y eclesiales latinoamericanos que acompañan el nacimiento de CL en el Nuevo Mundo. Un libro imprescindible, la historia de una corriente de amistades que cruzó el océano y llegó a las costas de una tierra fértil que, con el tiempo, se convirtió también en la tierra del que escribe estas páginas.

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Seitenzahl: 405

Veröffentlichungsjahr: 2023

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TIERRA PROMETIDA

Los comienzos del movimiento Comunión y Liberación (CL) no se pueden separar de la vida de don Giussani desde el momento mismo en que pisó por primera vez la América Latina en 1973. Aquí comienza una historia que se dilata superando los confines iniciales, alcanza distintas profundidades y, a veces, se entierra como un río cárstico para volver a aparecer en forma de numerosos riachuelos donde menos lo esperábamos. Una historia fresca y sugestiva en la que aparecen personajes, amistades y los grandes acontecimientos políticos y eclesiales latinoamericanos que acompañan el nacimiento de CL en el Nuevo Mundo.

Un libro imprescindible, la historia de una corriente de amistades que cruzó el océano y llegó a las costas de una tierra fértil que, con el tiempo, se convirtió también en la tierra del que escribe estas páginas.

 

 

 

Alver Metalli. Debutó como periodista en Roma en 1978 y continuó su trabajo en América Latina para el semanario Il Sabato. En 1987 se radicó en Argentina y en 1999, en Ciudad de México. En 2002 se trasladó a Montevideo, donde permaneció hasta 2007. Finalmente regresó a Argentina, donde todavía vive en la periferia de Buenos Aires. Dirigió la revista 30Giorni, colaboró con Radio Rai y el portal periodístico Vatican Insider y dirigió también el sitio Terre d’America. Escribió ensayos sobre América Latina, libros para adolescentes, cuentos y novelas, todos ellos publicados en italiano y en español.

ALVER METALLI

TIERRA PROMETIDA

Historia de una storia

Índice

CubiertaAcerca de este libroSobre el autorPortadaDedicatoriaEl primer impulsoMonjas en el fin del mundo (1973-1974)Prolegómenos de un nacimiento (1975-1976)Mochileros1978El caso cero (1978)La red (1979)Las huellas de un gigante (1980)Un pensamiento… “transatlántico” (1980-1982)Un fragmento de América Latina made in Italy (junio de 1981-diciembre de 1982)SindicalistasLa tierra del futuro (septiembre de 1981)Al pie de la cordillera de los Andes (septiembre de 1981)Giussani y las Malvinas argentinas (abril de 1982)“El san Pablo de América Latina”Florece la azalea (julio de 1982)La escala chilena (julio de 1982)Caminos paralelos (fines de 1982)El elegido (agosto de 1982)Frente a frente (septiembre de 1983)Constructor de puentesEntrega del testimonio (1982-1983)La encrucijada uruguaya (julio de 1984)América-Américas (agosto de 1984)El mandato (septiembre de 1984)La historia adquiere consistencia (octubre de 1984)Agradecimientos y epílogoTextos citadosCréditos

A todos los amigos que se recuerdan en estas páginas, y también para aquellos que ya no están.

El primer impulso

Este libro es la historia de una corriente de amistades que traza un surco en la historia más amplia de los hombres de nuestro tiempo. Como toda historia particular, se desarrolla en un tiempo y un espacio determinados, en nuestro caso en Italia y América del Sur, entre 1973 y 1984.

El centro de esta historia es un hombre.

Tiempo, espacio y hombre se irán esclareciendo a medida que avanza la lectura de estas páginas, cuya progresión está marcada por los ritmos propios de una amistad que se va expandiendo, en una época en que las comunicaciones no ofrecían las sofisticadas posibilidades de hoy. En aquellos años los viajes largos se hacían en avión o en barco y los más cortos, en coche u ómnibus. Los mensajes se redactaban con máquinas de escribir y ocasionalmente se usaba el teléfono, cuyos costos no estaban al alcance de todos. De eso tratan estas páginas, de las relaciones entre personas que vivían en lugares distantes y que se fueron definiendo y profundizando gracias a la linfa vital que a partir de un determinado momento comenzó a fluir por sus ganglios más recónditos.

Llegados a este punto, creo que debería hablar sobre las razones que me llevaron a emprender este proyecto. El motivo principal que da origen al libro es un sentimiento de profunda gratitud hacia la persona que es el centro de esta historia de amigos en perenne movimiento. El segundo motivo son esos mismos amigos. Los que todavía viven y los que ya no están. Tanto unos como otros merecen que su recuerdo se conserve a través del tiempo.

El agradecimiento y los recuerdos me llevaron frente a la computadora donde, por otra parte, suelo pasar mucho tiempo debido a mi trabajo. Pero en este caso fue diferente. No había ninguna presión profesional que me obligara a escribir o que marcara los tiempos posteriores de publicación. Pude disfrutar de una inesperada libertad. Me senté frente a la portátil encendida, abrí el documento de Word y me quedé allí una buena media hora mirando la página en blanco mientras el cursor titilaba. El polvillo de los recuerdos comenzó entonces a removerse en el fondo de mi memoria donde estaba asentado, formando una especie de emulsión.

Tuve que prender y apagar varias veces la computadora antes de que la nebulosa se asentara, decantando rostros, imágenes y circunstancias. A partir de ese momento ya no pude dar marcha atrás y –para seguir con la metáfora– empecé a tomar el extremo de algunos hilos de esa urdimbre y a tirar de ellos hacia la superficie. Detrás, aferrados como moluscos a la cadena de un ancla, comenzaron a asomar otros y otros más. Rostros antiguos y más recientes, circunstancias, lugares y momentos de personas, incluso sabores, olores y sonidos relacionados con hechos que en realidad nunca se olvidaron. Las cosas importantes de la vida tienen sus propias leyes, no desaparecen, sino que siguen influyendo en formas y tiempos misteriosos en un eterno presente.

El paso siguiente fue buscar direcciones de correo electrónico, números telefónicos y WhatsApp de personas de las que tenía noticias esporádicas y otras de las que ni siquiera sabía si estaban vivas o habían fallecido, o si habían sobrevivido a la pandemia que arrasó el mundo y a la que sucedió una guerra igualmente devastadora en el corazón de Europa. Y, después, empezar a escribir correos electrónicos, llamar por teléfono y dejar mensajes en Facebook.

Estaban casi todas vivas, por suerte para mí y de los que se dejen involucrar por estas páginas.

Algunas de ellas no ocultaron su sorpresa cuando les expliqué la razón por la cual me ponía en contacto después de tanto tiempo. Medio siglo en algunos casos. A todos los amigos que había vuelto a encontrar les pedí que recordaran circunstancias compartidas, hechos ocurridos, palabras dichas y escuchadas, que recordaran los porqué, cómo y cuándo que iluminaran la trama que el tiempo ha ido difuminando, pero no ha borrado. A medida que avanzaba por este camino, el cursor de la computadora también se movía al ritmo de los hechos que volvían a la vida y adquirían el aspecto ordenado de un tejido. Más aún, de un boca a boca, de una corriente que se abría paso dentro del flujo más amplio de la historia con h mayúscula, algo así como un arroyo arenoso que desemboca en las aguas de un lago y durante un buen trecho las tiñe con diferentes matices antes de desaparecer.

Con mucha generosidad casi todos los interpelados excavaron en sus recuerdos aportando cada uno de ellos una o más piezas del mosaico que se iba formando. Desde Italia, desde Argentina, desde Uruguay, Venezuela, Brasil o Chile se puso en marcha una cadena de complicidades y de simpatías, de amistades revividas, como en tiempos pasados. Hubo muchos, muchísimos aportes escritos, referencias a textos publicados o inéditos y cartas rescatadas, por así decirlo, de viejos baúles, junto con antiguas fotos amarillentas; innumerables correos electrónicos y wasaps que viajaban de una orilla a otra del océano con una facilidad impensable en otros tiempos, desafiando la lentitud de las comunicaciones de la época en que nos habíamos conocido pero que aún así no impidió que ocurriera lo que vamos a contar.

Y a medida que los recuerdos traían a la superficie otros recuerdos, una lenta caravana de episodios pasaba ante los ojos de la memoria. Las páginas de la computadora se llenaban. Los límites temporales se desplazaban hacia adelante y hacia atrás, los confines geográficos de la investigación inicial se iban resquebrajando, la intención inicial de escribir algo limitado se deshilachaba cada vez más. El artículo original adquirió las dimensiones de un libro que al terminar releo con sorpresa y admiración por la sabiduría con la que el destino, se crea o no en su finalidad consciente, fue guiando las cosas. Sin olvidar en ningún momento que una reconstrucción histórica es irremediablemente parcial. Siempre hay algo que escapa al intento de ordenar, al esfuerzo de desenterrar los recuerdos, al trabajo de sistematizar las relaciones. Es bueno ser consciente de ello para no caer en la presunción de pensar, y decir, que no queda nada por escribir o investigar sobre los años que constituyen el objeto de este relato. Por muy cuidadosa que sea una reconstrucción, cuando ya está puesta en el papel uno se da cuenta de que necesita ampliaciones, detalles, otras manos que completen los vacíos, otras voluntades que la continúen más allá de los límites y el epílogo que se hayan establecido.

Bienvenidas sean las aclaraciones, las correcciones y los agregados. Otros, si así lo desean, podrán también extender el período de tiempo que se ha considerado y ampliarlo hacia otras geografías que aquí apenas se mencionan. Pero ha llegado el momento de comenzar por el hilo más antiguo, por el rastro más remoto en el tiempo. Vayamos a la Argentina de los años 70, a un lugar de la pampa a 350 kilómetros de Buenos Aires…

Monjas en el fin del mundo (1973-1974)

Para llegar hasta allí hay que recorrer un largo camino entre campos sembrados de trigo, maíz y soja.1 Predomina el verde, el verde intenso cubierto por un cielo diáfano. Las vacas llegan hasta el costado del camino y disputan a las ovejas los manchones de pasto que todavía sobreviven a las pisadas. Algunos hombres a caballo miran con apatía los pocos vehículos que pasan. El viaje dura varias horas, hasta que aparecen las casas bajas de Olavarría y, en las afueras de la ciudad, una construcción diferente. Está presidida por una iglesia de arquitectura sencilla, con una cruz igualmente sobria y un techo de tejas que cae a dos aguas, como una cabaña. Tres grandes ventanas se abren sobre la fachada austera, permitiendo que ingrese la luz. Un pino alto y delgado, plantado a la izquierda vaya a saber cuántos años antes, le disputa al claustro el primado de antigüedad.

Es la meta a la que nos dirigimos, el monasterio Madre de Cristo.

Aquí, en esta construcción de una sola planta, vive y trabaja una comunidad de diecisiete monjas que provienen de diferentes latitudes. El destino las hizo nacer en Italia, España, Paraguay, Bolivia, Perú y Argentina, y las ha llevado hasta este lugar de la pampa por caminos a veces complejos. La más joven tiene cuarenta y dos años y la mayor, ochenta y cuatro. Pero la que nos atiende es una religiosa de unos cincuenta años que dice llamarse Liliana. Nos saluda con cordialidad y nos acompaña a la pequeña hospedería del monasterio. Aquí termina su función y, después de hacer algunas recomendaciones destinadas a los visitantes, vuelve a sus ocupaciones.

Entramos en puntas de pie en el silencio del lugar donde la oración se alterna con el trabajo, que en el monasterio donde nos encontramos consiste en producir chocolates, íconos y rosarios. Una parcela arrendada, la jubilación de las hermanas y lo que puedan obtener en la hospedería –que depende de la buena voluntad del peregrino– completan el sustento económico de la comunidad. Lo suficiente para una vida tan austera como la que ellas viven.

Una mujer de mirada límpida y sonrisa franca se acerca lentamente empujando su andador hacia una habitación que se usa como locutorio. Es la persona que estábamos buscando, la Beatriz que deberá guiarnos a través de los espacios y recuerdos que encierran las paredes del monasterio como una perla en su ostra.

Pero su nombre no es el de la musa de Dante.

Es la hermana Cecilia, tiene ochenta y cuatro años, mucha lucidez y cierta dificultad para caminar. Está en el monasterio desde que se inauguró, como el viejo pino de la entrada que da la bienvenida a los visitantes. La historia que la trajo hasta aquí comenzó muy lejos.

En Italia.

La hermana Cecilia Chemello –tal es su nombre completo– nació en Vicenza y después fue a la Universidad Católica de Milán para estudiar Filosofía. Pero la especulación no le alcanzaba y las Confesiones de san Agustín fueron más efectivas que los filósofos en el arduo camino de acercarla al misterio de la vida. La familiaridad con el santo de Hipona profundizó, junto con el deseo de la Gracia, el sentido del pecado, y Cecilia Chemello intuyó cuál era la presencia que puede neutralizar el veneno que inocula. Los escritos de Thomas Merton, monje trapense de la abadía de Getsemaní, en Kentucky (Estados Unidos), le abrieron un horizonte nuevo, especialmente fascinante para su juventud ansiosa de vida. Pero fue la ilustración de una revista dedicada a la vida monástica cisterciense la que produjo un quiebre en el futuro de Cecilia, introduciendo como un relámpago la visión del horizonte que estaba buscando.

La profética fotografía fija en el tiempo una fila de monjes que, llevando sus azadas, caminan por una suave campiña ya trabajada por sus manos. Cecilia la observa largo rato. Registra la dirección, la abadía de las Tres Fuentes en Roma, de la que depende el monasterio femenino de Vitorchiano. Suficiente para intuir el camino. Cecilia se interesa por la experiencia trapense y, superando la resistencia familiar, bastante fuerte, entra en la comunidad de Vitorchiano, en la provincia de Viterbo.

Es el año 1961 y Juan XXIII acaba de anunciar que ha decidido convocar un concilio.

En Vitorchiano, la nueva casa de la hermana Cecilia, cuatro años antes se había instalado de forma permanente una comunidad de monjas pertenecientes a la Orden Cisterciense de Estricta Observancia, hijas de aquel movimiento monástico que surgió en Francia en el siglo XI con el deseo de vivir con mayor pureza y autenticidad la regla de san Benito, profundizado en el siglo posterior por san Bernardo, abad de Claraval. Habían llegado a Vitorchiano tras una migración anterior desde Grottaferrata, cerca de Roma, donde las condiciones para su subsistencia eran sumamente precarias, y eso las había obligado a buscar otro lugar más adecuado para sus propósitos.

El Concilio Vaticano II se inaugura solemnemente en octubre de 1962 y da sus primeros pasos sacudiendo ya desde el principio el árbol milenario de la Iglesia. Sor Cecilia recuerda el interés con que siguieron su evolución en el monasterio. Los padres conciliares convocados en Roma por Juan XXIII reflexionaban y, por qué no, discutían sobre la apertura de la Iglesia al mundo, ecumenismo y unidad de los cristianos, libertad religiosa y liturgia. Las Constituciones tomaban forma, se ultimaban las Declaraciones y se empezaban a anunciar los primeros decretos a los fieles de todo el mundo. Al regresar de Francia –donde tuvo que trasladarse para ayudar a otra comunidad de monjas ancianas– la hermana Cecilia supo que habían elegido una nueva abadesa en el monasterio. Se llamaba Cristiana Piccardo, era insólitamente joven (39 años) y poco antes había hecho los votos perpetuos. Tenía a sus espaldas un fuerte compromiso en la Acción Católica como presidenta nacional de la Juventud Femenina y había trabajado en estrecha colaboración con el arzobispo de Milán, monseñor Giovanni Montini, el futuro Pablo VI. “Nuestra joven abadesa”, cuenta la hermana Cecilia, “seguía con gran atención las enseñanzas de la Iglesia sobre la liturgia, el estudio de la Palabra y de los Padres de la Iglesia”, temas que eran objeto de estudio en el aula conciliar.2 La religiosa recuerda “el clima de fervor, de apertura y de renovación que comunicaba mucha vida a los jóvenes que venían al monasterio”. La madre Cristiana tenía un agudo sentido eclesial y estaba muy atenta al Concilio, “pero comprendió sabiamente que no se podían introducir cambios radicales de un día para otro. En la comunidad había hermanas mayores que estaban acostumbradas a un cierto ritmo de vida, pero todas la apoyaron porque la apreciaban por su energía y vitalidad, y porque tenía una personalidad fascinante: era simpática, abierta y sincera”.

La Madre Cristiana comenzó a proponer a sus hermanas algunas reflexiones sobre cuestiones doctrinales importantes, invitando al monasterio a personas que abrían las mentes y se alejaban de un cierto moralismo todavía muy arraigado. Las monjas empezaron a estudiar en profundidad a los Padres de la Iglesia, a traducir textos y a trabajar en la liturgia, que poco tiempo después haría una transición histórica pasando del latín a la lengua vernácula.

Cuando volvió de Francia, la hermana Cecilia hizo la profesión solemne y la madre abadesa le pidió que trabajara junto con otra hermana de más edad en la tarea de formar a las novicias. En esa época conoció a una joven llamada Germana Strola, quien tomaría el nombre de sor Emmanuela al hacer los votos religiosos. Y por primera vez oyó hablar del grupo de jóvenes que seguía a un sacerdote lombardo llamado Luigi Giussani, quien había elegido las aulas escolares como tierra de misión. Germana había sido alumna suya en el liceo Berchet en 1959 y desde entonces participaba en esa realidad educativa llamada Gioventù Studentesca. Su vocación había madurado muy pronto y, por sugerencia del padre Giussani, había pasado un tiempo en Francia con las Hermanitas de la Asunción, una congregación religiosa que se dedicaba a los enfermos y a la educación gratuita de los obreros.3 Sin embargo, le resultó claro que aquel no era su camino. En esos mismos días Germana Strola –la futura hermana Emmanuela– conoció la historia de la hermana Maria Gabriella Sagheddu, por la que se sintió inmediatamente atraída. Había vivido en el monasterio italiano de Grottaferrata entre 1936 y 1939, año en que falleció de tuberculosis con fama de santidad, habiendo ofrecido su vida a Dios por la unidad de los cristianos. Una vocación ecuménica que se adelantó a su tiempo y contagiaba el de Germana. Entonces volvió a Milán y gracias a los contactos realizados por el padre Fernando Tagliabue, colaborador de don Giussani, Germana ingresó a Vitorchiano en 1966.

De la floreciente comunidad de Vitorchiano, que en un momento llegó a contar con un centenar de religiosas, nació la primera fundación de Valserena, en las colinas toscanas, rodeada por los bosques y olivares del valle de Cecina, donde se trasladaron veintidós de ellas. En el grupo que partió hacia el nuevo destino se encontraba la maestra de novicias a la que sor Cecilia había recibido el encargo de ayudar. A partir de ese momento quedó sola y la responsabilidad de la formación recayó enteramente sobre sus hombros. La hermana Cecilia recuerda que no fue una responsabilidad fácil de llevar adelante. En primer lugar, porque debía ejercerla con un grupo numeroso, pero también por su propia edad, no mucho mayor que las novicias que debía guiar.

En 1970 sucedió algo que con el tiempo demostraría su importancia. Tres jóvenes del movimiento Comunión y Liberación entraron juntas al noviciado: Monica Della Volpe, Marina Magni y Maria Teresa Acerbi. El grupo de novicias que estaba a cargo de sor Cecilia ya era numeroso y la incorporación de tres personas al mismo tiempo no habría sido fácil. “Pero la Madre Cristiana era así”, recuerda la hermana Cecilia, “decía que, si la vocación venía de Dios, seguiría adelante; de lo contrario, no”.

Las turbulencias no se hicieron esperar.

La hermana Cecilia recuerda que una vez, mientras daba una clase sobre un aspecto de la regla de san Benito, alguien levantó la mano. Era Monica Della Volpe, quien manifestó su desacuerdo con lo que estaba escuchando. Sus compañeras de Comunión y Liberación se sumaron a la actitud crítica de la joven postulante. Casi todas las otras novicias presentes no sabían nada de aquel movimiento del que participaban las jóvenes contestatarias, salvo la hermana Emmanuela, que tenía un temperamento más reservado. Para la hermana Cecilia era una situación nueva que no podía dejar pasar. Las llamó a la escucha y a la obediencia. “Les dije que, si querían entrar en esta vida, debían escuchar”. Pero la sinceridad de aquellas jóvenes le gustaba. No le parecía que fuera contradictoria con la vocación religiosa cuya disciplina tenía la tarea de “inculcar” en las novicias.

Nació así una amistad que sor Cecilia describe como un diálogo fecundo entre el carisma milenario del monasterio y un carisma joven que se estaba difundiendo y que podía aportar elementos pedagógicos nuevos a la tradición monástica. Esta última –como pedían los padres del desierto– exigía una obediencia ciega mientras que lo “nuevo” apuntaba a respaldar la obediencia ofreciendo razones que debían ser adecuadamente interiorizadas. “Para una persona joven sin duda es muy importante el sentido de las motivaciones por las cuales puede adherirse al Señor en un carisma, comprobar que puede identificarse con él, encontrar su propia identidad a partir de una comprensión más profunda, de la que esa misma obediencia puede recibir aliento”. Eso era lo que aportaban las novicias provenientes del movimiento de Comunión y Liberación, cuya historia personal las llevará luego en distintas direcciones.4

En su testimonio sobre la experiencia de aquellos años la Madre Cristiana dice:

 

El encuentro más profundo con Comunión y Liberación, después de la gran amistad con don Fernando Tagliabue […] se produjo con un grupo de Gudo5. Chicas y muchachos muy jóvenes en los albores de una experiencia fascinante. Llegaban a veces al monasterio para pasar una jornada de retiro y nos producía un asombro infinito darnos cuenta de que compartíamos la misma visión y el mismo lenguaje […] Un día vino también don Giussani. Nos habló de “mendigar”. Aquel encuentro, al menos para mí, fue definitivo para asumir el mendigar como una dimensión verdadera y fecunda de toda mi vida.6

 

Entre el sacerdote de Milán y la madre superiora se había establecido una gran sintonía. Don Giussani valoraba muchísimo la tradición benedictina7 y por eso animaba a los que deseaban verificar esa hipótesis a visitar el monasterio de Vitorchiano.8 La Madre Cristiana, por su parte, se consideraba en cierto modo deudora de Giussani, en quien veía una continuación de aquel impulso que la había movido desde sus años en la Acción Católica:

 

Para mí significó una continuidad con la experiencia, con ese impulso vital que había experimentado en los primeros tiempos de la Acción Católica, inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, y que después se fue atemperando. Recuerdo su desbordante humanidad, su capacidad de amistad. Lo que nuestra experiencia llevaba dentro, él sabía expresarlo con una novedad y una pasión maravillosas.9

 

Para la hermana Cecilia, la sintonía entre don Giussani y la Madre Cristiana en el plano educativo también fue muy importante para la función de formadora que debía desempeñar en el monasterio de Vitorchiano. Le impresionó sobre todo el “cristocentrismo” de la vida comunitaria y la convicción de que el Misterio –como a don Giussani le gustaba referirse a Cristo– era la raíz de la propia identidad. Era un método educativo centrado en el diálogo y cargado de un desafío positivo a la propia humanidad. Era lo que ella misma intentaba comunicar a las jóvenes novicias en la práctica de la conversatio monástica.

Había también otro aspecto donde la coincidencia en la manera de ver y de sentir de la Madre Cristiana y don Giussani influía positivamente en la experiencia del monasterio. Sor Cecilia lo resume de esta manera: “Si la Iglesia es una comunión de creyentes, su expresión fundamental e inevitable es la misión”. Comunión y misión “son entonces dos dimensiones que pertenecen a la naturaleza misma de la Iglesia”; y esa era la perspectiva que la religiosa italiana trasplantada en la Argentina identificaba tanto en la Madre Cristiana como en don Giussani.

La Madre Cristiana se sentía atraída por la idea de una fundación en América Latina. La Providencia quiso que un monje estadounidense, Dom Edmund Futterer, que había sido abad del Priorato Cisterciense de Nuestra Señora del Valle en Valley Falls (Estados Unidos), visitara Vitorchiano y sugiriera a la numerosa comunidad la idea de plantar su semilla en aquella parte del continente. La visita dejó su huella. La Madre Cristiana se puso en contacto con el monje Agustín Roberts, que en aquel momento era el superior del monasterio de Nuestra Señora de los Ángeles, en la Argentina.10

En septiembre de 1971 la Madre Cristiana y el abad del monasterio de las Tres Fuentes de Roma, su superior inmediato, viajaron a la Argentina para estudiar la posibilidad de comprar tierras para realizar esta segunda fundación. Una vez obtenida la autorización de la Orden, concretaron la compra de 35 hectáreas en el partido de Olavarría, en el centro de la provincia de Buenos Aires, donde ya se encontraba el monasterio trapense Nuestra Señora de los Ángeles en la localidad de Pablo Acosta.11

La documentación con los planos y las indicaciones cruzan el océano desde Italia y desembarca en la Argentina.

La Madre Cristiana presenta el proyecto a la comunidad y consulta a sus monjas. Comienza un tiempo de discernimiento y de diálogo durante el cual se formó un grupo de diez hermanas –todas voluntarias– dispuestas a ir a la Argentina.12 El 26 de diciembre de 1972 Pablo VI convocó a las monjas que partían y después de hablar con ellas les preguntó si querían una bendición especial para alguien en particular. La hermana Emmanuela, que formaba parte del grupo, le pidió al papa una bendición para Comunión y Liberación, al que pertenecía. Don Giussani contó este hecho el 19 de marzo de 1973 durante un encuentro nacional en Milán.13 Le había impresionado que una joven que había ingresado a la vida de clausura en 1966, cuando Comunión y Liberación daba sus primeros pasos, le hiciera al papa un pedido así, porque ponía de manifiesto que “ser de Comunión y Liberación es una dimensión de tu persona que nada puede suplir; no se puede pretender que formas o esquemas suplan una dimensión personal”.14

Después de que la Madre Cristiana consultó con toda la comunidad de Vitorchiano, se eligió el nombre del nuevo monasterio siguiendo la tradición monástica, que ponía la fecundidad de sus fundaciones bajo la protección de la Madre de Cristo. El 7 de enero de 1973 embarcaron las primeras cuatro hermanas en el puerto de Génova y emprendieron la travesía atlántica que al final de un largo viaje las llevaría a la Argentina. Llegaron a Buenos Aires el 20 de enero después de trece días de navegación y el 5 de febrero tomaron posesión de la construcción de Hinojo, cuyo aspecto no era precisamente monástico. Al mes siguiente, otras seis monjas debían unirse al grupo, pero una huelga de los trabajadores del puerto de Génova impidió que partieran en la fecha prevista. Las religiosas no tuvieron más remedio que buscar un lugar para quedarse y esperar que la situación se normalizara. Ya habían dejado el monasterio para embarcar, con todas sus ropas y unos pocos objetos personales en las valijas, y las perspectivas no eran precisamente alentadoras. Fueron alojadas en la casa de otra comunidad religiosa y allí permanecieron cerca de un mes. En su casa temporal recibieron la visita de don Giussani y algunos amigos de Comunión y Liberación que quería saludarlas antes de que partieran.15 En marzo llegó por fin a la Argentina el segundo contingente, completando las filas de la comunidad.

Giussani las acompaña, al principio desde lejos.

Pregunta sobre su situación, escribe personalmente y recibe noticias a través de otras personas. Finalmente decide acortar distancias. “Pocos meses después de nuestra llegada”, recuerda sor Cecilia, “don Giussani vino a visitarnos acompañado por algunos jóvenes del movimiento, de los cuales recuerdo solo a Pigi Bernareggi”. Después se dirigieron a Brasil, primero a Macapá, donde se había radicado el empresario lombardo Marcello Candia, y luego a Belo Horizonte.16 El viaje quedó grabado en los anales de Comunión y Liberación. Alberto Savorana, en su cuidadosa biografía del fundador, registra que, en un momento característico del movimiento que se denomina “jornada de inicio”, el mismo Giussani se refirió expresamente a aquella visita.

 

La primera meta de nuestro viaje fue el único monasterio trapense que hay en América Latina. Realmente ha sido un espectáculo edificante, conmovedor y estimulante, esta decena de hermanas que se encuentra, más que cualquier otra cosa, tan dentro de la expresión de nuestra experiencia, con las palabras que nosotros usamos, con los sentimientos de los que vivimos. La hermana Emmanuela, Germana Strola, me dijo: “En la primera oportunidad que los vea, dígales que les mandamos saludos a todos”.17

 

Fue una visita breve, el monasterio todavía estaba en construcción y la hospedería no se había terminado. La hermana Cecilia recuerda que los albañiles estaban trabajando y probablemente don Giussani y sus acompañantes estuvieron allí pocas horas, porque no hay anotaciones en los registros del nuevo monasterio. Otra monja que conocía a don Giussani, Lucía,18 agrega que apenas entró en el claustro el sacerdote repitió con admiración el versículo del Génesis 28,17: “¡Qué impresionante es este lugar! ¡Es realmente la casa de Dios y la puerta del cielo!”.

Los ecos resonantes del golpe de Estado chileno del 11 de septiembre de 1973 –que llevó al poder al general Augusto Pinochet– siguieron de cerca el regreso de don Giussani a Italia, poco después de su primera visita al aislado monasterio argentino de Hinojo. No fue la única vez que el fundador de Comunión y Liberación estuvo en el nuevo monasterio de la Madre de Cristo. Al año siguiente, en 1974, don Giussani volvió a visitarlo con un grupo de acompañantes.19 Las crónicas del monasterio, sumadas a las de su biógrafo, registran su presencia a fines de agosto. Entre el 28 y el 30 tuvo tres encuentros con las trapenses.20 En esa oportunidad conoció a un sacerdote italiano de la Congregación de los Hijos de María Inmaculada que había llegado a la Argentina en 1966 y que, después de pasar dos años en Avellaneda, comenzó su misión en el populoso barrio de Mataderos de la ciudad Buenos Aires, donde dirigía una escuela. El padre Giuseppe Bracco había reunido a un grupo de jóvenes muy entusiastas llamado Mochileros.21 En aquel momento recibió en donación unas tierras cerca de Hinojo y fue a verlas con algunos de sus muchachos para decidir si podían aprovecharlas para realizar retiros y campamentos. En sus viajes acostumbraba a visitar a los monjes trapenses de Santa María de los Ángeles, el monasterio masculino cerca de Hinojo, y a través de ellos se había enterado de la creación del monasterio femenino Madre de Cristo. Se acercó a las hermanas; con el tiempo ese primer contacto se convirtió en amistad y el sacerdote italiano comenzó a llevar al monasterio a sus Mochileros. Una de las hermanas, Ela Presutti, que durante mucho tiempo estuvo a cargo de la hospedería, fue especialmente amiga suya hasta que falleció en 1987.

Don Giussani no volvió a visitar el monasterio de Hinojo. Lo hizo en cambio su mano derecha, don Francesco Ricci, cuyo destino en América Latina ya parecía decidido. Las visitas continuaron en 1975, 1976 y 1977. “Nos contaba todos los viajes que hacía por el mundo y después conversaba mucho con la hermana Emmanuela”, recuerda la hermana Cecilia. También siguieron hasta 1978 los encuentros con el grupo de jóvenes del padre Bracco. Ese año del mundial de fútbol, un grupo musical italiano formado por jóvenes de Comunión y Liberación, llamado Zafra, conoció al padre Bracco durante una gira por la Argentina.22 El encuentro tuvo lugar antes del recital programado en el famoso teatro Colón de Buenos Aires, en una parroquia de la periferia, donde fueron invitados a almorzar por el párroco y los jóvenes de su comunidad. “Nos dimos cuenta enseguida de que era un hombre muy valioso”, recuerda Marina Valmaggi, directora de Zafra. “En un momento dado, en efecto, se levantó y dijo que unos días antes la policía había detenido a dos jóvenes novios como «peligrosos elementos subversivos» y desde entonces habían desaparecido. El sacerdote añadió que, si en ese momento se encontraba presente en la sala algún informante del gobierno, hiciera saber a sus superiores que esos jóvenes no eran culpables de nada y debían dejarlos en libertad”. Al final de la comida, los Mochileros regalaron a los invitados el cancionero que se usaba en su comunidad. “Con gran sorpresa nos dimos cuenta”, recuerda Ciro Picciano, el integrante del grupo musical que lo recibió, “que en la portada estaban dibujados los conocidos hombrecitos de Guido Clericetti,23 dibujante y humorista milanés perteneciente a Comunión y Liberación, y entre las numerosas canciones de la comunidad, todas diligentemente copiadas a mano, había dos de cantautores italianos del movimiento: Claudio Chieffo y la misma Marina Valmaggi”.24

La relación del padre Bracco con don Francesco Ricci tiene más de un capítulo que anticipa las posteriores experiencias de Comunión y Liberación en el país sudamericano. Así lo atestigua un sacerdote italiano radicado en Brasil que muchas veces acompañó a don Francesco al país vecino.25 “Nuestro punto de encuentro en Buenos Aires era el padre Bracco y un grupito de jóvenes que él había reunido del que formaban parte Mary Villano, una joven consagrada con un estilo de vida muy semejante a los Memores Domini, y dos muchachos que después entraron al seminario”.26 Giancarlo Petrini, actual obispo de Camacari, en el estado brasileño de Bahía, recuerda que durante los encuentros se hablaba de la Iglesia y de cómo participar en una experiencia cristiana. “Se percibía en la Argentina una sensibilidad más parecida a la italiana, con mayor énfasis en la catequesis de los jóvenes”. Petrini cuenta que “desde el principio surgió una gran simpatía, que se continuó con algunas otras visitas de Ricci en los años posteriores, pero al final no nació una historia en común”. Las dificultades que planteaban las distancias de Buenos Aires y las reducidas dimensiones de la hospedería, que podía alojar apenas a diez personas, no permitieron que los encuentros en el monasterio continuaran en forma permanente. Y también partió sor Emmanuela, quien deseaba completar los estudios en Sagradas Escrituras que había comenzado en Vitorchiano.27

La comunidad argentina de Hinojo se fue consolidando con el tiempo. La vida monástica creció en la observancia del carisma cisterciense. La Madre Cristiana visitaba el monasterio con frecuencia y no faltaron las vocaciones, incluso en los años de la dictadura militar. La comunidad original duplicó sus miembros y con el tiempo las hermanas nativas fueron asumiendo progresivamente mayores responsabilidades, hasta que en 1995 se eligió la primera abadesa argentina, la Madre María Marcerano. En 2001, las treinta monjas que poblaban el monasterio aceptaron la invitación para hacer una nueva fundación, esta vez en Nicaragua. Se llamará Santa María de la Paz y estará ubicada en la diócesis de Juigalpa, bajo la protección del obispo, Bernardo Hombach. La historia se repite así con una nueva yema en el tronco de la antigua cepa.

Entre tanto, fuera de las puertas del monasterio de Hinojo, la Argentina vivía horas agitadas. El general Juan Domingo Perón volvió al país tras dieciocho años de exilio en España. En el aeropuerto de Ezeiza, donde su vuelo debía aterrizar el 20 de junio, los enfrentamientos convirtieron el regreso en graves disturbios con muertos y heridos. El avión se desvió al aeropuerto de Morón y entre los que esperaban al general había cientos de miembros de una agrupación con un nombre enigmático, Guardia de Hierro, “una organización muy particular por sus características, surgida como un pequeño grupo que alternó durante casi una década con los sectores rebeldes, y que se convirtió en una de las organizaciones más numerosas dentro del peronismo, que tuvo una considerable influencia en la formación de cuadros y en el trabajo de base”.28

1. Se trata de la ruta nacional 3 que une la provincia de Buenos Aires con las de Río Negro, Chubut, Santa Cruz y Tierra del Fuego.

2. Los diálogos con Cecilia Chemello que se citan en este capítulo fueron mantenidos por Águeda Courreges en el monasterio de Hinojo, donde vive la religiosa, el 4 de diciembre de 2021. En correos electrónicos posteriores fueron confirmados y enriquecidos con mayores detalles.

3. Fue instituida por el asuncionista Étienne Pernet y aprobada por la Santa Sede en 1881. Su casa de formación estaba en París. Posteriormente, durante su expansión misionera, “las hermanitas” –como las llaman en los barrios donde viven y trabajan– también llegaron a Milán, donde don Giussani las conoció en 1958, impresionado por su experiencia de fe y la unidad entre misión y vida religiosa.

4. Monica Della Volpe llegó a ser luego abadesa del monasterior de Valserena y tuvo una participación importante en la renovación del repertorio de himnos en Vitorchiano. Marina Magni ingresó a la abadía benedictina Mater Ecclesiae de la isla de San Julio y María Teresa Acerbi en los Memores Domini, la asociación laical cuyos miembros viven los preceptos de pobreza, castidad y obediencia dentro del movimiento eclesial Comunión y Liberación.

5. Gudo es un pueblo en las afueras de Milán. [N. del T.]

6. Testimonio de la hermana Cristiana Piccardo, Vitorchiano, 14 de noviembre de 2000, archivo de Comunión y Liberación–, citado por Massimo Camisasca, Comunione e Liberazione: la ripresa, 1969-1976, Milán, Edizioni San Paolo, 2003, pp. 194-195. También en Alberto Savorana, Luigi Giussani: su vida, Madrid, Encuentro, 2015, p. 466.

7. En una de sus primeras entrevistas, cuando le preguntaron si Comunión y Liberación era más benedictino o más franciscano, don Giussani contestó: “En cuanto a la concepción, es más benedictino que franciscano. No obstante, los comienzos del franciscanismo fueron un tipo de acontecimiento que sentimos muy cercano a nuestra experiencia” (Luigi Giussani, El movimiento de Comunión y Liberación: entrevista de Robi Ronza, Milán, Jaca Book, 1987, p. 75). Por otra parte, el camino de san Benito está entrelazado con el de la Fraternidad de Comunión y Liberación debido al valor que siempre le atribuyó don Giussani, alentando a un redescubrimiento más profundo del carisma benedictino.

8. Más de una vez el mismo don Giussani había llevado a su gente para hacer unos días de retiro en Vitorchiano. A partir de 1964 solía visitarlo con algunos jóvenes, entre los que la hermana Cecilia recuerda a Pigi Bernareggi –uno de los primeros misioneros de Comunión y Liberación en Brasil–, Carlo Wolfsgruber y Adriano Rusconi, unos de los primeros miembros de los Memores Domini, y Giancarlo Cesana, quien durante mucho tiempo fue el responsable de Comunión y Liberación de Italia. Todos ellos siguieron al sacerdote milanés hasta el final de sus días.

9. Entrevista a la madre Cristiana Piccardo, “Nosotros, don Giussani y un carisma que me deja agradecida”, por Paola Bergamini, Tracce, N° 9, 2009.

10. Agustín Roberts nació en China de padres misioneros protestantes estadounidenses. Cuando volvió a Estados Unidos se convirtió al catolicismo y posteriormente entró en el monasterio de Spencer. De allí partió en 1961 para unirse al grupo fundador del primer monasterio trapense de América Latina, en Pablo Acosta, cerca de Hinojo (provincia de Buenos Aires), donde las monjas de Vitorchiano establecieron su fundación. Cuando la Madre Cristiana se puso en contacto con él, el padre Roberts era el superior del monasterio.

11. La construcción comenzó en 1958 y fue el primer monasterio trapense femenino de América Latina. Precisamente este monasterio asumió la tarea de realizar las primeras construcciones de la incipiente fundación de Vitorchiano en la Argentina.

12. El grupo estaba formado por la Madre Cecilia Chemello y las hermanas Redenta Barbussa, Sebastiana Stucatto, Clara Delussu, Maria Ela Presutti, Emmanuela, Anna María Righini, Augusta Tescari, Anna Bruna, Franca Ancona. La hermana Augusta y la hermana Emmanuela volvieron a Vitorchiano, la primera en 1976 y la segunda en 1979. La hermana Franca Ancona participó luego en 2007 en la fundación del monasterio de Nicaragua. Todas las otras hermanas, a excepción de Cecilia y Anna Bruna, murieron en el monasterio de Hinojo entre 1976 y 2020 y están sepultadas en el cementerio del monasterio en la Argentina.

13. “Antes de viajar a la Argentina, el grupito de nuestras amigas trapenses fue convocado por el papa (que por su propia iniciativa quiso despedir y bendecir a las hermanas). Después de conversar con ellas les preguntó una por una si querían una bendición especial para alguien. Cuando le tocó a Germana Strola, que había elegido ese camino cuando el movimiento estaba dando sus primeros pasos, ella se arrodilló y le dijo: «Beatísimo Padre, yo soy de Comunión y Liberación y le pido una bendición para Comunión y Liberación». Y de esa manera hemos llegado hasta donde todo lo demás no permite que lleguemos…” (en Alberto Savorana, Luigi Giussani: su vida, Madrid, Encuentro, 2015, p. 474).

14. Alberto Savorana, Luigi Giussani: su vida, p. 446.

15. En algunas fotos se pueden ver a las protagonistas de aquella aventura fundacional junto con don Giussani, Carlo Wolfsgruber, sor Emmanuela, Antonella Moglia, Angelo Di Chiano y otros tres amigos.

16. El viaje, con toda probabilidad, tuvo lugar en julio de 1973. En una entrevista realizada poco después sobre la misión en Brasil, Giussani explicó que por una parte fue intencionada “porque nos parecía indudable la importancia decisiva que tiene América Latina para el futuro de la Iglesia. Pero por otro lado fue algo ocasional” (Luigi Giussani, El movimiento de Comunión y Liberación: entrevista de Robi Ronza, p. 95).

17. Jornada de inicio de año, 16 de septiembre de 1973, en Alberto Savorana, Luigi Giussani: su vida, p. 472. Evidentemente, cuando habla de “único monasterio trapense” don Giussani se refería a monasterios femeninos, y los “todos” que la hermana Emmanuela le pedía que saludara eran las amigas y los amigos de Comunión y Liberación.

18. La religiosa pertenecía a la congregación de las Siervas de Jesús –cuya misión era atender a los enfermos en sus casas– y había conocido a don Giussani en Milán. De Milán se trasladó a la Argentina y entró a Hinojo como postulante, aunque todavía vestía el hábito anterior. Giussani quedó sorprendido al verla y después de preguntarle cómo había llegado hasta allí, hizo el comentario citado.

19. Un orden del día redactado por los participantes anticipa los temas previstos para los encuentros: “La Cruz y la Resurrección de Cristo como centro de la vida”, “La Iglesia como sacramento”, “La experiencia de la Misión”. A continuación, se ofrecen indicaciones a los participantes sobre la manera de llegar al monasterio, aclarando que los gastos locales están a cargo de cada uno mientras que los pasajes de avión para los que vienen de San Pablo son “amablemente ofrecidos por el Movimiento desde Italia”.

20. Ya desde el primer momento dio las razones para hacer un viaje tan largo explicando que estas se fundan “en el reconocimiento de la clausura como el corazón de nuestra experiencia de Iglesia”. Monasterio y clausura se repitieron varias veces en las meditaciones de Giussani. “Si una persona que está en la clausura no vive a Cristo como la totalidad de la vida, está acabada”, tan es así que “el cristianismo es algo que se desvirtúa si no se encarna en el espacio y en el tiempo, si no hace del mundo un monasterio, y el monasterio es un fragmento del mundo que ya pertenece a Dios”. Por eso Giussani compara el convento de clausura con un “faro”, “el signo más completo de la vida en la que Cristo es todo, en la manera de comer, en el oratorio, en las relaciones”.

21. La palabra mochileros, muy usada en la Argentina, se refiere a una “persona que viaja a pie llevando solo una mochila”.

22. El conjunto musical nació en Rímini en los años 70. Estaba formado por dieciocho miembros, entre instrumentistas y vocalistas, que participaban en la vida de Comunión y Liberación. En el repertorio de los primeros años ocupaban un lugar importante algunas canciones de la tradición latinoamericana que eran expresión de contextos de lucha, reelaboradas para el público italiano. En cierto sentido, el grupo anticipó a su manera, en pequeña escala, el interés que el Meeting de Rímini desarrollaría luego de una manera más amplia. Por iniciativa del ENIT (el ente nacional de turismo), el conjunto artístico acompañó a la selección italiana de fútbol, primero en Mar del Plata y después en Buenos Aires.

23. Clericetti también trabajó en televisión, además de ser escritor y autor de famosas ilustraciones. Sus viñetas humorísticas se publicaron durante mucho tiempo en periódicos como Avvenire y revistas como Epoca, Famiglia Cristiana y otras.

24. Las dos canciones a las que se alude son “Faccia a faccia” de Claudio Chieffo y “Narrano i cieli” de Marina Valmaggi. En el citado folleto estaban escritas en italiano.

25. El testimonio de Giancarlo Petrini fue recogido por Silvina Premat el 10 de septiembre de 2005 en San Pablo, Brasil.

26. El grupo estaba formado por cinco personas: el padre Bracco, María y Roque Villano –hermanos–, Roberto y Lucía.

27. La hermana Emmanuela volvió al monasterio italiano en 1978. Allí obtuvo el doctorado en el Pontificio Instituto de Estudios Bíblicos con una tesis sobre el deseo de Dios.

28. Alejandro Tarruella, Guardia de Hierro, de Perón a Bergoglio, Buenos Aires, Punto de Encuentro, p. 9. En un momento se le atribuían tres mil cuadros y quince mil militantes y activistas en distintos niveles.

Prolegómenos de un nacimiento (1975-1976)

A principios de 1975, durante un encuentro de los responsables de Comunión y Liberación en la ciudad italiana de Bolonia, sede de una de las universidades más antiguas de Europa, don Giussani habló sobre la Argentina y preguntó si alguien estaba dispuesto a ir a ese país y compartir durante uno o dos años la experiencia de un grupo de jóvenes en un colegio secundario de la ciudad de Buenos Aires. En esa oportunidad contó que él y don Ricci habían estado en el país de América del Sur el año anterior, 1974, y que en un monasterio de religiosas trapense habían conocido a un grupo de jóvenes llamado Mochileros. Explicó también que se habían mantenido en contacto con ellos por correspondencia.

Entre las personas que lo estaban escuchando había una joven de veinticinco años que todavía no había terminado su carrera universitaria. Era de Chiavari, pero estudiaba en Bérgamo. Emi Serio no debería haber estado ese día en aquel lugar, pero acompañaba a grupos de estudiantes secundarios y por esa razón había sido invitada al encuentro. El pedido de don Giussani no la dejó en absoluto indiferente. Estuvo reflexionando durante el resto del día y esa noche no pudo dormir. Se sentía llamada. Nunca había pensado en salir de Italia o ser misionera y sabía muy poco sobre la Argentina. Pero tenía una cosa clara: el llamado a la misión en una tierra lejana que había escuchado el día anterior la interpelaba interiormente.

Se despertó con un propósito: hablar con don Giussani. No le resultó difícil hacerlo. Cuando lo vio, se acercó y se sentó a su lado. Con voz trémula por la emoción le contó que le faltaban pocas semanas para graduarse en Filosofía y que después podía ir a la Argentina. Giussani la miró y le dijo que rezara a la Virgen. No sabemos si lo hizo ni con cuánta devoción, pero pocos días después el sacerdote responsable de la comunidad de Comunión y Liberación a la que pertenecía Emi Serio, don Pino de Bernardis, le preguntó si realmente estaba dispuesta a ir. Ella confirmó su sí y el sacerdote le dijo que fuera a hablar con don Francesco Ricci, cada vez más abocado a la proyección internacional de Comunión y Liberación, pero a quien Emi solo conocía de lejos. Don Ricci le dio más detalles sobre los Mochileros y le habló de una “hermosa experiencia de fe que valía la pena compartir”, que llevaba adelante un sacerdote italiano. Le pidió que aprendiera castellano lo antes posible, pero ella no tenía mucho tiempo porque debía terminar su tesis; además, pocas semanas después se casaba su hermana y tenía que ayudarla con los preparativos.